Vidas dobles

La double vie

En cuanto se encendieron las luces sospeché de qué iba todo. El escenario estaba dividido en tres áreas. El centro mostraba un halo blanquecino y ninguna referencia a sitio real alguno. A la derecha el color era rojo y la escenografía representaba a la ciudad de Cracovia. El lado izquierdo era parisino y azuloso en cada detalle.

La música de Zbigniew Preisner empezó a sonar y supe que se trataba de un ballet basado en el film “La doble vida de Véronique”. Para mi asombro, sin embargo, la primera persona sobre el escenario no fue una bailarina representando a Weronika, o a Véronique, fue un bailarín bailando como si fuera Krzysztof Kieślowski, el director del film.

No se preocupen si no han visto esa película, la trama se puede contar en unas cuantas oraciones. Es la historia de dos muchachas, Weronika y Véronique. Una es polaca y vive en Cracovia, la otra es francesa y vive en París. Son físicamente idénticas y tan hermosas como Irène Jacob. Comparten una gran pasión por el canto clásico y padecen de una misma enfermedad del corazón.

Weronika decide ignorar su enfermedad. Su corazón le da todos los avisos que una persona puede recibir, pero ella decide seguir como si nada. Vive su vida con pasión, se aferra a la música sin reparar en consecuencias, corre bajo la lluvia, besa a su novio con las ropas mojadas y hace el amor en un callejón desierto. Canta, y cada vez que lo hace a uno le parece que lo está haciendo como si fuera la última vez, su voz no es de este mundo.

Véronique, por su lado, cuida muy bien de su enfermedad. Va al médico, deja de cantar e intenta controlar su vida amorosa tanto como puede. A pesar de sus esfuerzos termina enamorada de un titiritero. Esa es quizás la escena más hermosa del film. Véronique se enamora de la imagen de un hombre en un espejo. El tipo maneja sus marionetas con cuerpo y alma; se mueve con ellas, abre y cierra su boca cuando ellas hablan, reproduce sus movimientos con una danza de gestos suaves y naturales mientras Véronique lo mira a través de un espejo que está colgado en los bastidores. Se descubre deslumbrada con un hombre que es solo luz y reflejo.

Después empiezan a salir juntos y en la medida que la historia avanza y el titiritero empieza a reclamar sus atributos corporales la pasión de ella empieza a desvanecerse, hasta que desaparece. Nada mejor para el corazón, parece decirnosKieślowski, que poner nuestros sentimientos sobre una imagen.

Sólo una vez se intersectan las vidas de esas dos muchachas. Véronique visita Cracovia en una gira turística. El autobús en el que va se detiene en una plaza por la que está pasando Weronika. Se desata una protesta política y la plaza se convierte en un lugar caótico y violento. Un manifestante pasa corriendo, choca con Weronika y todas sus partituras se desparraman sobre las piedras. Ella empieza a recoger los papeles al mismo tiempo que Véronique corre a protegerse dentro del autobús. Una vez a buen recaudo Véronique empieza a tomar fotos. Una de las imágenes es Weronika parada en medio del chaos, mirando, asombrada, a una persona que es idéntica a ella.

Weronika puede estar pasando por una de esas experiencias de desdoblamiento. Hasta donde sus ojos dan, ella no puede decir si Véronique es una persona real o imaginada. Todo lo que ella ve es un ser, quizás ella misma, que la mira a través de la ventana de un autobús parqueado en medio de una situación caótica. Bien podría ser una de esas experiencias de cuerpo desdoblado que las supersticiones tanto asocian con la mala suerte, y hasta con el morir.

El film tiene esa cuerda profunda, ese tira y encoje por debajo de cada escena. ¿Cómo dos seres idénticos pueden ser tan diferentes? ¿Por qué Weronika escoge la pasión y Véronique decide controlarse? ¿Cómo decidimos ser quien somos? ¿Es la intuición? ¿Es la programación social? ¿O es un lugar inalcanzable que está en el centro de esos dos extremos? Kieślowski juega con esas preguntas a lo largo del film. Él, como todo gran creador, no da una respuesta clara o definitiva. Eso lo deja a nosotros.

El coreógrafo del ballet tuvo una perspectiva diferente. Para él la cuerda más profunda del film está en algo que Kieślowski quiso decirnos sobre su propia vida. La coreografía cuenta la historia de un hombre desgarrado por el conflicto entre dos opciones extremas: vivir al precio de no ser, o ser al precio de jugar con la muerte. Toda la puesta en escena descansa entonces en el hecho hoy bien conocido de que Weronika, Véronique y Kieślowski tuvieron algo en común: una enfermedad del corazón.

Así empieza el ballet. El escenario está dividido en tres áreas y en el centro blanquecino Kieślowski baila. A ambos lados, en el París azuloso y la roja Cracovia, Véronique y Weronika yacen sin moverse. Parecen semillas, o botones, plegadas sobre sí mismas y a la espera de un soplo de vida.

Kieślowski baila en el centro, pero a veces se mueve, como siempre hizo en vida, de Francia a Polonia y de Polonia a Francia. Es un hombre feliz que tiene una esposa, una hija y un amigo. Todos bailan con él. Su amigo es un maestro que tiene una batuta en cada mano y las mueve con gestos de titiritero. Las cuerdas son invisibles y parecen estar hechas con la música de Preisner.

Kieślowski lo tiene todo y su baile así lo refleja, sus movimientos son saludables y poderosos, sus pasos se deslizan como los de un hombre con un futuro sin fin. Su vida va como debe ir, hasta que su corazón deja de ser el tambor que era. La percusión de la orquesta se convierte en su ritmo cardiaco y nos avisa que algo va mal. El bailarín duda, sus pasos pierden confianza y hacen que su familia se acerque, con movimientos suaves, e intente llevárselo hacia lo más profundo del escenario, lejos del público, cerca de ellos. Kieślowski acepta y se va bailando, pero llegado a un punto, como pidiendo disculpas, regresa y se pone a bailar alrededor de Weronika y Véronique. Su meditación comienza.

Las dos muchachas son idénticas en su nacimiento. En un lado del escenario Kieślowski levanta el brazo derecho de Véronique y en el otro lado Weronika hace lo mismo. Después se va a Cracovia, levanta la cabeza de una muchacha y en París la otra reproduce el movimiento. Las dos se levantan con una sincronía perfecta y empiezan a bailar de una forma muy parecida. En la medida que el tiempo pasa, como es de esperar, la similitud de los movimientos desaparece.

Kieślowski baila con ellas; se va de una a la otra y cada vez que cambia de lado su baile sufre una metamorfosis. En los brazos de Weronika baila con pasión, cuando lo hace con Véronique sus movimientos son los de un bailarín que está al tanto de todos y cada uno de sus músculos, incluido el corazón. Él baila como un hombre con un conflicto. Su familia y sus amigos están ahí para recordárselo… sus creaciones también.

El segundo acto se ocupa de la vida y pasión de Weronika. Ella baila bajo la lluvia, besa y hace el amor, corre tras una motocicleta y expresa su voz de una forma increíblemente bella y poderosa. La mayor parte del tiempo Kieślowski está a su alrededor. Solo la deja cuando su enfermedad le recuerda que también existe la decisión de Véronique. El acto finaliza con la manifestación política y el encuentro entre las dos muchachas. El manifestante choca con Weronika, las partituras vuelan. Ella las persigue mientras Kieślowski y Véronique cazan imágenes, bailan alrededor de la plaza y en algún momento usan sus manos para delimitar un espacio rectangular, como si estuvieran mirando a través de una cámara. Véronique toma fotos y Kieślowski está filmando. Weronika, por su lado, vive y observa, con mucho asombro, a su imagen desdoblada.

En el tercer acto Véronique ejerce su derecho a vivir. Deja de cantar, casi camina en vez de bailar, toma buena nota de los deseos de su corazón y se cuida mucho. Va al médico y mantiene una vida tan simple y alejada de la pasión como le es posible. La escena con el titiritero le hace honor al film. Él controla con sus cuerdas y crucetas a una bailarina disfrazada de marioneta. Véronique lo mira a través del espejo. La marioneta se fractura una pierna y muere de sufrimiento; pero él, titiritero al fin, la pone dentro de una crisálida y la convierte en una bailarina con alas. Todo el tiempo Véronique ha estado bailando, de una forma muy suave, a su alrededor. En algún momento ella toma el lugar de la marioneta. Bailan y algo muy parecido a la pasión empieza a surgir, hasta que Véronique, aterrada, se va y lo deja solo.

En el cuarto acto Weronica canta su vida hasta la última nota. Baila el más exigente de sus solos antes de caer muerta. Véronique presiente su doble vida y busca alrededor. Busca sin saber qué anda buscando. Kieślowski baila con ella e imita sus movimientos, lo hace como si al bailar estuviera evitando morir. A pesar de sus cuidados, y a pesar de que él empieza a alejarse del público, para acercarse a su familia, él también muere.

La escena final es la resurrección de Weronika. Ella se levanta y baila con Véronique. Juegan alrededor del escenario. Bailan conectadas por una larga bufanda roja que se estira y se encoge, se pliega y se enreda, según se divierten. A veces se acercan y a veces se alejan de un Kieślowski que yace como ellas yacieron antes de nacer.

Ellas, parece decirnos el coreógrafo, tuvieron un titiritero, son obras de un creador y gracias a eso sus opciones siempre fueron igualmente válidas. Kieślowski no; para él cualquiera de las dos opciones era equivalente a morir. En una de ellas, al menos, tuvo la oportunidad de vivir a través de sus creaciones. Para demostrarlo, ellas bailan hasta que cae el telón.

Fragmento de mi cuarta novela “Media muerte”. ©2013, todos los derechos reservados.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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