Dos hipótesis para un modelo

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El único hecho que podemos dar por cierto es que Fidel Castro Díaz-Balart, conocido entre los cubanos como Fidelito, está muerto.

Dice el castrismo que se suicidó, que llevaba mucho tiempo deprimido y que al final no pudo más y se mató.

Es importante recordar que el castrismo bien pudo haber dicho lo que le diera su real gana.

La vida de la familia real siempre ha estado tan envuelta en un manto de misterio que bien pudieron haber dicho que Fidelito murió de un infarto, o de un accidente vascular encefálico provocado por una foto de Naomi Campbell en plena desnudez.

A pesar de eso decidieron airear la descorazonadora noticia –para los castristas—de que el arquetipo del futuro luminoso había acudido al deshonroso acto –para los castristas—del suicidio.

Llama la atención que enseguida, como con las orquestas bien dirigidas, se llenaron los periódicos de este mundo con enjundiosos artículos sobre las viejas tradiciones suicidas dentro de Cuba, y dentro del castrismo.

Señores, por favor, equiparar el supuesto suicidio de Fidelito con cualquier otro que haya ocurrido en Cuba, después de 1959, es como querer decir que en el Olimpo padecen de hemofilia, o que la Magdalena le pasó una enfermedad de transmisión sexual al sagrado Jesús de Judea.

La gente ha perdido el respeto por las alturas.

Hay que ser un Héroe Nacional del Trabajo en el viejo oficio de la estupidez humana para ignorar que el suicidio de Fidelito, si es que sucedió, es un hecho único e incomparable en la historia del castrismo.

No solo sería la primera vez que se mata un habitante de los verdaderos cielos castristas, sino que también sería la primera vez que una maquinaria infalible para diseminación de mentiras decide soltar una información que en apariencia no le conviene.

¿O será que sí les conviene decir que el tipo se suicidó? De ser así, entonces, ¿a quién y por qué le conviene eso?

Para responder a esas preguntas habría que acudir al modelo de la transición dinástica y despótica del poder real dentro de Cuba al hijo de Raúl Castro, o sea, a Alejandro Castro Espín, también conocido entre los cubanos como El Tuerto.

Hay que aclarar que un modelo es, a grandes rasgos, una construcción real o abstracta que intenta explicar datos conocidos que no encajan bien con los modelos ya existentes.

Por ejemplo, la enorme cantidad de defenestraciones dentro del castrismo en los últimos años (como las de Carlos Lage, Ricardo Alarcón, etc.), no encajan bien con el modelo de una continuidad institucional dentro de la llamada revolución cubana.

Igual, la enorme cantidad de opositores muertos en circunstancias muy extrañas (como Laura Pollán, Oswaldo Payá, etc.) no encaja bien con el modelo del afianzamiento en el poder de un hombre que, como Raúl Castro, fue capaz de anular sin mucho esfuerzo a figuras de la magnitud de Huber Matos, Camilo Cienfuegos y Arnaldo Ochoa.

El modelo que mejor explica, al menos para mí, todas esas acciones del castrismo –y muchas más que a primera vista parecen irracionales– es el de la transición del poder real a una figura tan ineficiente, despreciable y cobarde como la de El Tuerto. Un heredero impuesto que no cuenta con otra arma que la de una violencia brutal y abusiva.

A partir de ese modelo la muerte de Fidelito podría enmarcarse dentro de dos hipótesis fundamentales.

La primera sería la de un suicidio real. El tipo, después de 68 años viviendo de espalda al azar, ya no pudo más. Porque debe ser muy duro vivir sabiendo que todos tus amigos tenían misión, que todas tus mujeres cumplían tareas, que las calificaciones que te daban en la escuela no podían ser otras, y que tus reconocimientos como científico de renombre mundial estaban más cerca de Elena Ceaușescu que de Albert Einstein. Es para tronarse el encéfalo, diría yo.

En contra de esa hipótesis está, sin embargo, la edad escogida para matarse, el hecho de que unas semanas antes había estado de visita en Japón; o que para que se pudiera suicidar tenía que haber fallado garrafalmente la vigilancia contra suicidio que deben haberle puesto. Y eso en un país en el que lo único que funciona bien, desde hace casi 60 años, es precisamente la vigilancia.

La otra hipótesis es que lo suicidaron. Que, por su nombre y por sus vínculos de sangre con una de las familias más respetadas del exilio cubano en los EE UU, vieron su existencia como una amenaza para los planes de El Tuerto y decidieron deshacerse de él. Si además de eso se pusieron creativos y lograron vincularlo de alguna forma –por su condición de científico y por sus conexiones en Rusia— con los famosos ataques acústicos, pues mejor, porque así mataron dos pájaros de un tiro.

Lo digo para que nadie se asombre si dentro de unos meses vemos llegar a Miami a un oficial de alto rango de la Inteligencia castrista diciendo que a Fidelito se lo cargaron por haberse montado una operación contra los americanos, sin autorización del alto mando. Si algo ha demostrado El Tuerto en los últimos años es que sus bajezas no tienen límites.

Si la hipótesis del suicidio con lanzamiento por encima del balcón es válida podríamos pasar entonces a aventurar otras predicciones. Podríamos pensar, por ejemplo, que hombres como Ramiro Valdés o Patricio de la Guardia tienen al Tuerto durmiendo mal desde hace ya mucho tiempo.

Estamos hablando de cuadros bien entrenados en el trabajo de Inteligencia, de oficiales que tuvieron bajo su mando a muchos hombres, que establecieron relaciones dentro y fuera de Cuba que escapan al control de cualquier servicio de contraespionaje, y que fueron capaces de forjar lealtades con las que El Tuerto no puede ni soñar.

Todos los cubanos saben que tanto Ramiro como Patricio llevan años esperando su momento. Cada uno por razones distintas, pero cada uno con capacidades igualmente peligrosas. El Tuerto sabe que si quiere sobrevivir tiene que “moverse” contra ellos, y contra otros muchos que son como ellos, pero hacerlo no es tan fácil como defenestrar cuadros políticos, asesinar opositores, o suicidar familiares. El Tuerto, como buen cobarde que es, terminará titubeando, y en Cuba, el que pestapierde ñea.         

 

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Abajo la dinastía

El foro cubano por los derechos y las libertades acaba de iniciar una campaña contra la sucesión dinástica en Cuba.

Ya va siendo hora de que los cubanos, de todos los credos y orientaciones políticas, le planten cara a la corleónica familia Castro.

Cuba está en una encrucijada, solo deshaciéndose de los Castro puede Cuba dejar de ser la letrina (shithole) que ya es.

La otra opción es dejar que la familia Castro siga en el poder y entonces cambiarles los nombres a los dos ríos más importantes de la Ciudad de la Habana.

Llamar al Almendares, Río Fidel y al Quibú, Río Raúl, porque Cuba dejará de ser una letrina para convertirse en una interminable corriente de detritus.

Igual, ya va siendo hora de que la nomenclatura castrista empiece a entender que el 1% de una Cuba próspera alcanza para que todos ellos se enriquezcan; mientras que el 100% de una Cuba castrista solo alcanza para el enriquecimiento de una sola familia.

Conviene a todos impedir la transición dinástica.

 

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Invitación a un tratado

Carcelero comemierda

Estoy convencido de que cualquier cubano podría escribir una enjundiosa tesis de doctorado sobre el tema de la comemierdería. De hecho, me sorprende que hasta ahora, y hasta donde sé, a ninguno se le haya ocurrido hacerlo.

Para empezar, podría dedicarse ese cubano —en los primeros párrafos de su tesis— a enmendarle la plana a la sacrosanta y Real Academia Española; porque dice el diccionario de esa institución, después de indicar que comemierda es una palabra vulgar, que la aceptada acepción de la misma es una persona despreciable.

La Real Academia no explica el porqué de ese desprecio; aunque es fácil inferir, a partir de la presencia de la palabra mierda en la segunda mitad de la comemierdería, que el desprecio tiene que ver con el absurdo de que a alguien se le ocurra deglutir excrementos.

Yo no sé para el resto de los hispanoparlantes, pero en Cuba la acepción correcta de la palabra comemierda es la búsqueda activa y constante de la imbecilidad, es el trabajo fuerte e incesante para alcanzar las cotas más altas de la estupidez humana. De hecho, el chiste más famoso entre los cubanos sobre ese tema es el de un tipo que es tan comemierda que va al campeonato mundial de esa actividad y pierde la medalla de oro… por comemierda.

Si usamos como referencia el trabajo del ilustre antropólogo cubano Guillermo Álvarez Guedes podemos observar que en muchos países hispanoparlantes los sinónimos de la palabra comemierda son términos pasivos. Huevón, en Venezuela y en Chile; Boludo o Pelotudo, en la Argentina y en Uruguay; Gilipollas en España y ahuevado en Panamá indican más en el sentido de una posesión pasiva que en el de una búsqueda activa y constante.

En Cuba, sin embargo, la verdadera raíz de la palabra comemierda está relacionada con el cotidiano acto de comer. Un proceso activo en el que casi siempre nos vemos obligados a utilizar los dos músculos más poderosos del cuerpo humano: los maseteros. De esa forma, para los cubanos la comemierdería es un trabajo muy duro y de 24 por 7. Es el incesante currar de los bobos que buscan ser cada vez más bobos.

Si la Real Academia quisiera hacerle honor a la verdad debería incluir en su diccionario que un comemierda es un trabajador activo en el viejo oficio de la estupidez humana. Si la Real Academia quisiera, además, ayudar a la erradicación del sexismo debería proponer que su filial cubana cambie el término por comemierdo. Porque, ¿por qué mierda tiene que ser una palabra femenina? Con tantos comemierdos como hay.

Cualquier lector un poco comemierda podría pensar que lo hasta aquí expresado es algo risible, poco importante y hasta despreciable. La realidad, por desgracia, es bien distinta. El hecho de que la comemierdería sea un trabajo implica que estamos asistiendo a la confluencia de un grupo de perturbaciones que, una vez mezcladas, darán lugar —o ya lo están haciendo— a eso que llamamos una tormenta perfecta.

Uno de los elementos básicos de la famosa Ética Protestante es el culto al trabajo, y los Estados Unidos de Norteamérica son, ya sabemos, un país esencialmente protestante. Para los americanos el trabajo es tan importante, o más, que el sexo para los cubanos. Es por eso que en los últimos 200 años no ha existido una nación en este mundo con una productividad más alta que la de los EE UU. A esa virtud hay que sumarle el hecho de que en las últimas décadas ese país ha sido invadidos por millones de cubanos. Un grupo de personas que, entre otras cosas, es portador de la asombrosa idea de que los seres humanos pueden trabajar con ahínco y dedicación para ser cada vez más imbéciles.

Esa combinación, ya de por sí extraordinariamente peligrosa, aumenta cuando le añadimos la particularidad de que el capitalismo carece, a pesar de ser una palabra que termina en ismo, de una ideología única y rectora. Quizás sea por eso que porro a porro, o parra a parra, y una vez más por culpa de los cubanos, los estadounidenses se hayan enfrascado en la colosal tarea de trabajar sin descanso, como solo ellos saben hacerlo, para inventarse una ideología: el comemierdismo.

No se puede negar que cuando los gringos se ponen para algo no pasa mucho tiempo antes de que llegue el asombro. En unas escasas décadas los EE UU no solo fueron capaces de inventarse su propia ideología, sino que alcanzaron a crear algo que es nuevo en la Historia de la humanidad. El comemierdismo es la única ideología en la larga vida de este planeta que puede ser utilizada, con la misma eficiencia, por bandos radicalmente opuestos. Donde el marxismo y el fascismo, o el materialismo y el idealismo, solo pudieron aspirar a la mitad de los mercados el comemierdismo se presentó como una oferta igualmente tentadora para todos los compradores. Eso es, sencillamente, genial.

Y es así como año tras año las facultades de ciencias sociales y estudios liberales de las grandes universidades de los EE UU gradúan miles y miles de jóvenes que saben una mierda de matemáticas, que ignoran las leyes básicas del universo en que viven, que dicen haber leído a Marx, pero no lo entendieron, y que salen convencidos, después de graduarse, de ser los más indicados para dictarle a su país, y al mundo, las nuevas, sagradas e inobjetables leyes del comemierdismo.

Mientras eso sucede una cantidad similar de facultades de ciencias sociales y estudios religiosos gradúan a miles y miles de jóvenes que saben una mierda de matemáticas, que ignoran las leyes básicas del universo en que viven, que nunca leyeron ni leerán a Marx, y que salen convencidos, después de graduarse, de ser los más indicados para dictarle a su país, y al mundo, las nuevas, sagradas e inobjetables leyes del comemierdismo.

Unos creen, por ejemplo, que los EE UU tienen la obligación, a pesar de carecer de una imperiosa necesidad demográfica, de abrirle las puertas, con escasa selectividad, a cuanto inmigrante se le ocurra venir a ese país, sobre todo si arriban de regiones de este mundo que muestran entre los elementos esenciales de sus culturas un odio visceral hacia los EE UU. Los otros creen que esas puertas deben estar cerradas a cal y canto, porque va en contra de la ley de Dios que un científico chileno pueda valer más, desde el punto de vista social, que un alcohólico nacido en Kentucky que suspendió el examen noveno grado.

Igual, unos creen que una persona de origen caucásico que escribe sobre los habitantes del Polo Norte es un supremacista blanco que está practicando el deleznable crimen de la apropiación cultural. Eso, claro está, sin recordar que el 100% de los libros que estudiaron sobre la llamada revolución cubana, cuando pasaron por las elitistas academias liberales, fueron escritos por autores blancos y gringos (o por esos semigringos que ellos llaman cubanoamericanos). Los otros, por su lado, consideran que los habitantes del Polo Norte no merecen que alguien escriba un libro sobre ellos, porque Dios les dio mucha nieve y nunca aprendieron a exportarla.

La lista de ejemplos sería casi infinita. El comemierdismo ha arraigado tanto en los EE UU que las personas inteligentes de ese país, que todavía existen, se han visto obligadas a desarrollar una estrategia de sobrevivencia que es un poco comemierda: apuntarse a la comemierdería de un bando, hoy, y mañana a la del otro. El resultado de todo eso es un estado de confusión constante en el que resulta muy difícil no ya averiguar la verdad, sino incluso llegar a creer que esta existe.

Para los cubanos, por suerte, la orientación dentro de ese maremágnum escatológico es mucho más fácil. Un cubano —que no sea un tronco de comemierda— solo tiene que escuchar a un gringo hablar sobre el castrismo para saber si está practicando, o no, el comemierdismo. Si ese gringo cree que en Cuba la revuelta castrista trajo algo bueno para los cubanos, que Batista fue peor que Fidel Castro, que el embargo tiene que ver con la pobreza del país, o que la transición del poder dinástico hacia los vástagos de Raúl Castro es lo mejor que le puede suceder a Cuba, la cosa está clara. Ese gringo es un gourmet que está masticando mierda a carrillos llenos y comisuras goteantes.

El diagnóstico se hace un poco más difícil cuando el que habla sobre el castrismo es un latinoamericano. La inmensa mayoría de ellos lo hacen sin sospechar que hace ya muchos años que el imperialismo estadounidense renunció a la exportación de capitales, para dejársela a los comunistas chinos, y pasó a exportar el comemierdismo.

Cuando un latinoamericano dedica sus esfuerzos intelectuales a defender al castrismo, desde un odio visceral hacia los EE UU, lo hace sin sospechar algo: la inmensa mayoría de las balas ideológicas que se disparan en este mundo contra ese país tienen, en alguna parte de su hechura, el sello Made in USA.

En realidad, el comemierdismo es la gran penetración ideológica de los EE UU en Latinoamérica y en el mundo. Su origen son esos grupos que han convertido en parte esencial de sus egos los mitos de la maldad intrínseca de los Estados Unidos de Norteamérica, o la certeza de que ese es el verdadero pueblo elegido de Dios. Cuando un intelectual latinoamericano se apunta a cualquiera de esas dos variantes —aunque justo es reconocer que casi siempre prefieren la primera— lo hacen sin sospechar que están siendo víctimas de esa subalternidad cultural que tanto denuncian y dicen detestar.

Al mismo tiempo, cuando un intelectual latinoamericano defiende a Fidel Castro, aunque sea para practicar su odio contra los EE UU, lo hace sin sospechar que una buena parte de la depresión psicológica que presentó el déspota cubano, después de haber sufrido una obstrucción intestinal, tuvo con ver con uno de los tantos motes que le endilgaron los cubanos. Algunos le llamaron El Contorsionista, porque había convertido en arte la posibilidad de comerse su propia mierda.

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A tuertas con el entuerto

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Los defensores del castrismo empiezan a mutar de pareceres.

Poco a poco van abandonando la idea inicial de que los ataques acústicos fueron una invención del gobierno estadounidense, o una autoagresión.

Ahora, con Ben Rhodes a la cabeza una vez más, empiezan a aceptar la existencia de esos ataques, pero eximen de cualquier culpa al régimen cubano.

Para justificar esa exoneración se apuntan a dos hipótesis: una es que los ataques fueron obra de un sector duro dentro del castrismo; la otra es que el verdadero culpable bien podría ser un tercer país –-léase Rusia– que estaría muy interesado en malograr la última lunita de miel entre los Castro y la izquierda estadounidense.

Esas dos hipótesis, claro está, parten de un desconocimiento absoluto de la realidad cubana.

En Cuba, como en cualquier sociedad de este mundo, hay sectores o grupos de poder; pero a ninguno de ellos se les ocurriría pensar que es más duro que la cúpula castrista de hoy.

Baste recordar que en este momento no existe ningún individuo o sector “duro” dentro de Cuba –incluidos los que todavía quedan vivos de la mal llamada generación histórica– que tenga en su haber más secuestros, fusilamientos, asesinatos y desapariciones misteriosas que Raúl Modesto Castro Ruz.

Si no me creen pregúntenle a los marines estadounidenses que fueron secuestrados en 1958, a Camilo Cienfuegos, a Hubert Matos o a Arnaldo Ochoa, por solo mencionar unos pocos. Todos durísimos, todos con mando de tropas leales a ellos y todos tocados, de una forma u otra, por esa mala suerte que siempre ha emanado del benjamín de Birán.

Al mismo tiempo, pensar que cualquier “sector duro” dentro de Cuba puede montarse una operación como la de los ataques acústicos, sin ser detectado, es una soberana imbecilidad. Es ignorar eso que en el metalenguaje del castrismo se denomina “la unidad de la revolución”. Una amalgama cuya coherencia depende de cuatro ingredientes básicos:

  1. La vigilancia constante y exhaustiva de todos y cada uno de los llamados cuadros de la revolución.
  2. Un terror que nace de las represalias expeditas, y muchas veces brutales, que sufren los caídos en desgracia.
  3. La creación de sectores o grupos de poder con funciones que se sobreponen y se contraponen.
  4. La estimulación de la vigilancia mutua entre esos grupos o sectores para ganar el favor de la alta dirigencia.

O sea, que al que se le ocurra en Cuba montarse una operación como la de los ataques acústicos lo más probable es que lo detecten después del primer contacto operativo. Y de los rusos, ni hablar, nada más que por el aroma de sus axilas y alientos los detectarían antes de que pudieran iniciar cualquier trabajo.

Esos ataques tienen que haber sido obra y gracia del castrismo. Nadie, y es importante recalcar que nadie, ni los propios gringos, podrían haber montado algo así en Cuba. Solo la familia Castro podría haberlo hecho. La pregunta entonces es: ¿por qué?

Para responder a esa pregunta hay que ubicarse en el contexto de la transferencia del poder real a las manos de Alejandrito Castro Espín, un muchachón que llegado el momento de la verdad no podrá competir en méritos, historia y mucho menos en conexiones y popularidad, con los viejos cuadros del castrismo.

En la historia del comunismo internacional las transferencias de poder a familiares o a clones políticos nunca gozó de muy buena suerte. La viuda de Mao duró muy poco y el intento de poner a un clon de Chernenko, después de su muerte, tuvo el efecto contrario: eligieron a Gorbachov. El único ejemplo que existe es el de Corea del Norte, pero es tan brutal y estúpido que bien funciona como la excepción que confirma la regla.

Ese es el entuerto al que se enfrenta la familia de Birán. El plan original de usar a los Castro-Espín para aguantar el golpe mientras los Castro-Soto se aseguraban sus millardos pasaba, necesariamente, por el traspaso del poder real a un muchachón improvisado y sin historia. Bajo esa lógica queda claro que Obama, sin queriendo o sin querer, le tiró una línea de vida a la transición dinástica en Cuba.

Si las cosas hubieran sucedido como se planificó, si Hilary hubiera sido elegida y los millardos gringos hubieran empezado a financiar al complejo militar-empresarial cubano, Alejandrito Castro habría tenido el “mérito histórico” de haber negociado semejante arreglo y de haber convertido a una caterva de guajiros asesinos, junto con sus descendientes, en la nueva clase empresarial de Cuba.

Pero llegó Trump y el pobre Alejandrito no solo se quedó colgado de la brocha, sino que también ha tenido que cargar con la culpa de haber negociado los “sagrados principios de la revolución” a cambio de unos acuerdos que no sirvieron para nada, y que además dejaron en entredicho la “pureza ideológica del proceso revolucionario”.

Él sabe que esas balas retóricas y muchas otras más están guardadas para cuando llegue el momento adecuado, que no es otro que el de la desaparición física, cada vez más cercana, del deteriorado Raúl Castro. Cuando eso suceda, si Alejandrito no está debidamente posicionado dentro del poder su pellejo no valdrá dos centavos.

Para que ese posicionamiento sucediera no le quedó más remedio que pensar algo así como que: “si Trump no me deja ser Meyer Lansky entonces no me queda otro remedio que convertirme en Al Capone”. Desde esa lógica los ataques acústicos podrían ser visto como la Masacre de San Valentín de Alejandrito Castro. Una operación que llevó a cabo bajo la mirada estimulante y burlona de su padre.

Con ella reafirmó su brutalidad y su antiamericanismo mientras que les dejó bien claro a sus opositores, tanto dentro como fuera del castrismo, que cuenta con apoyo ruso, que tiene medios para fundir al que sea y que no le tembló la mano para usarlos contra los mismos gringos. Sin que pasara absolutamente nada.

Con esa carta de presentación, con algún que otro discursito de su padre insinuándole a los oficiales de la Contra Inteligencia Militar que apoyen al vástago, y con las oportunas salidas de este mundo de Ramiro Valdés y José Ramón Machado Ventura, el delfincito estará listo para convertir a Cuba en su Corea del Norte.

 

 

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Los irreductibles

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El paciente entró en el salón de conferencias, subió al estrado y se sentó al lado del profesor. La idea de la clase-práctica era demostrarnos cuan irreductibles por la lógica pueden ser algunas personas con trastornos mentales. Después de las presentaciones necesarias el profesor le preguntó por qué estaba ingresado. La respuesta fue rápida y concisa:

— Porque estoy muerto.

A partir de ahí se inició una conversación sobre las razones que el paciente podía tener para pensar que estaba muerto. No hubo, claro está, razón alguna. Todo fue pura y absoluta certeza de estar muerto. En algún momento, y de una forma muy casual, el profesor dejó caer otra pregunta: ¿Y los muertos sangran? La respuesta fue también rápida:

— No, los muertos no sangran, ¿quién ha visto a un muerto sangrando?, usted pregunta cada cosas, Doctor.

Siguieron conversado y al rato el profesor comentó que en el pasillo estaba esperando una enfermera que, al parecer, tenía interés en hacerle unos análisis de rutina. ¿La dejamos entrar? El paciente accedió, la enfermera entró, le puso una ligadura en el brazo, le canalizó la vena y empezó a sacarle sangre.

Pasaron unos segundos antes de que el profesor preguntara qué era eso que empezaba a acumularse en la jeringuilla. La respuesta fue: qué va a ser, sangre. Entonces llegó la estocada final: pero tú me dijiste que los muertos no sangran. El paciente tardó en responder, miró con mucha atención su antebrazo antes de levantar la vista y decir:

— Mire usted, un muerto que sangra.

En cuanto el paciente salió de la sala de conferencias el profesor nos explicó que ese era un caso típico de irreductibilidad por la lógica. Una marcada limitación para reconocer las consecuencias lógicas no ya de las ideas de otros, sino de las propias.

Traigo esto a colación porque el 17 de diciembre del año 2014 al entonces presidente de los EE UU se le ocurrió la genial idea de ponerle una transfusión de sangre al castrismo. En su superficie la propuesta fue llevar las relaciones diplomáticas entre Cuba y su país a un plano de normalidad. En su esencia, sin embargo, el objetivo no fue otro que el de presentar a un viejo régimen despótico, el de la familia Castro, como si fuera un gobierno más de este mundo mientras se le transfundía, por razones supuestamente humanitarias, una enorme cantidad de recursos políticos y financieros.

Para muchos cubanos el anuncio de Barack Obama fue una sorpresa muy desagradable, no solo porque tenía visos de una venganza partidista contra los políticos cubano-americanos, sino también porque partía de un desconocimiento absoluto, o de una negación cínica y negligente, de la verdadera naturaleza del régimen castrista.

Al otro día del famoso anuncio escribí un texto en el que dejé bien claro, como muchos otros en aquel momento, que las medidas del entonces presidente americano no iban a llegar a ninguna parte. La principal razón que esgrimí fue precisamente esa que Barack Obama decidió ignorar con disciplina partidista: la naturaleza despótica, estalinista, visceralmente antiestadounidense y violenta del régimen castrista.

De más está decir que mis razones y nada eran lo mismo, porque las opiniones, ya sabemos, se las lleva el viento. Pero por suerte las predicciones quedan y hoy, casi tres años después de aquella barrabasada, empieza a quedar claro que la inmensa mayoría de los pronósticos hechos, por los que nos opusimos a ella, se han ido cumpliendo con una precisión asombrosa.

Uno de los pronósticos que hice en mi texto del 18 de diciembre del 2014 fue que “las medidas anunciadas por el actual inquilino de la Casa Blanca, vistas en su cruda realidad, no pasan de ser un tímido intento de penetración que el castrismo, como es su costumbre, anulará sin muchos esfuerzos”. Una predicción que, a la luz de los recientes ataques acústicos contra diplomáticos americanos y canadienses, parece haber sido tristemente exacta.

Eso es lo que va quedando de la genial idea de Barack Obama: más opositores presos, un aumento del hostigamiento a los llamados “emprendedores” y varias docenas de diplomáticos y turistas –de al menos dos países– con sus encéfalos fundidos por los famosos ataques acústicos. Unas agresiones que el castrismo niega con un cinismo rayano en la psicopatía. Unas chapucerías que ahora los esbirros del régimen corren a refutar con un descaro patológico.

En su celo absolutorio esos esbirros han llegado incluso a decir, hace unos días, que se trata de una autoagresión muy parecida a la versión castrista del hundimiento del buque Maine. En realidad, son tan predecibles que dan vergüenza ajena. Para demostrarlo esta este mensaje que escribí en Twitter muchas semanas antes de que al castrismo se le ocurriera semejante tontería:

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Si lo muestro no es solo para exponer la vergonzosa predictibilidad del castrismo, sino también para introducir una pregunta que me parece interesante: ¿Cómo es posible que muchos cubanos, que como analistas políticos no pasamos de ser unos simples don nadie, seamos capaces de hacer predicciones que escapan a los geniales cerebros de las administraciones estadounidenses?

La respuesta es muy simple: no nos engañamos con respecto a la verdadera naturaleza del régimen. Estoy hablando de una esencia que conocemos muy bien porque la vivimos, porque fuimos educados por ese régimen, porque le dimos todos los beneficios de la duda y al final terminamos descubriendo, muchas veces no sin dolor, que se trata de una banda de asesinos, ladrones y abusadores que se venden precisamente como lo contrario.

Durante décadas los defensores del castrismo en los EE UU, entre ellos el expresidente Obama, han reclamado que una buena parte de ese despotismo del régimen cubano siempre ha sido una reacción natural a las acciones del gobierno estadounidense. Para demostrar esa idea, y siguiendo su propia lógica, decidieron hacer la paces a como diera lugar. Y fue así como se vistieron con el disfraz del mínimo y dulce Francisco de Asís y fueron a pedirle al lobo que dejara en paz a las ovejas.

El resultado ya lo conocemos. Las consecuencias, para los que estamos al tanto de la verdadera naturaleza del régimen castrista, no son una sorpresa. Como tampoco lo es la incapacidad de los defensores del castrismo en los EE UU para reconocer las consecuencias lógicas de sus propias ideas. Esos santurrones se niegan a aceptar que el lobo es lobo, y las únicas respuestas que han podido dar al desastre que provocaron son el silencio culpable y las defensas solapadas. Es triste reconocerlo, pero es así: para ellos el castrismo siempre será un muerto que sangra.

Lo preocupante es que no están ingresados.

 

 

 

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Días de odio

Dias de odio

El programa de estudios hispanos y caribeños de la Universidad de McGill continúa con su ciclo de filmes basados en la obra de Jorge Luis Borges. Esta vez con un título muy afín a estos tiempos que corren, o que quizás nunca han dejado de correr:

Días de odio (1954)

Del director argentino Leopoldo Torre Nilsson.

Basado en el cuento “Emma Zunz” —que forma parte del libro “El Aleph”—.

Quedan invitados el próximo miércoles 1ro de noviembre a las 4:30 pm en el 3475 de la calle Peel.

 

BORGES IN THE MOVIES

DIAS DE ODIO (1954)

Based on Jorge Luis Borges´s short story “Emma Zunz” —included in “The Aleph”— this film constitutes a rare jewel from a fundamental period in Argentinian history: the end of the first peronismo.

Leopoldo Torre Nilsson, Argentinian film director, producer, and screenwriter, made Argentinian cinema known to the International stage.  His lengthy work, many times in close collaboration with writers, marks a before and after in Argentinian Cinema.

When: November 1, 2017, at 4:30pm

Where: 3475 Peel Street

 

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Cubanía y sexualidades impuestas (final)

Sublimación del falo

La explicación que siempre se le ha dado a la homofobia castrista es la no coincidencia de los homosexuales con el arquetipo del revolucionario viril. Una imagen machista y violenta que contrasta de forma evidente con la femenina dulzura de la mayoría de los gais.

Esa imagen del macho revolucionario está construida a partir de un modelo de referencia que no es otro que el hombrón barbado, mal aseado, mujeriego, agresivo y fumador que fue Fidel Castro. Un metro-patrón que de ser falso bien podría explicar por qué la mayoría de los machos castristas son más alfalfa que alfa.

Los conocimientos que hoy existen sobre la sexualidad humana —y la influencia que sobre esta ejercen factores biológicos durante el embarazo— permiten hacer un análisis desprejuiciado de la figura de Fidel Castro y averiguar, o al menos indagar, cuanto de su publicitada masculinidad tuvo de predisposición biológica o de imposición social.

Como ya se dijo antes, está demostrado que la exposición durante el embarazo a los andrógenos —que son las hormonas sexuales masculinas— influye sobre la orientación sexual de los niños. Esa exposición ocurre durante el llamado pico androgénico, que es el aumento de la concentración de Testosterona entre las 8 y las 24 semanas de gestación. Los niños que son expuestos a concentraciones normales de andrógenos durante ese período de tiempo son más propensos, desde el punto de vista estadístico, a tener una orientación sexual masculina. Al mismo tiempo, esos niños muestran características morfológicas y fisiológicas más cercanas al estándar masculino que al femenino.

Se sabe, por ejemplo, que los hombres con mandíbulas, labios y narices que protruyen, o que se separan claramente de la línea facial, estuvieron más expuestos a la Testosterona durante el embarazo y tienen una mayor propensión a la masculinidad. De la misma manera, esos hombres presentan proporciones entre el ancho y la longitud de sus caras que coinciden con las que habitualmente presenta el sexo masculino, o sea, caras menos ovaladas y más rectangulares.

Todo el mundo sabe que Fidel Castro fue un hombre —como me dijo una vez el poeta Jorge Valls— de mentón fugado, o de barbilla recesiva. La barba que durante décadas caracterizó al personaje tuvo más de necesidad ornamental que de símbolo guerrillero. Sin ella la cara del Narciso habría perdido una buena parte de su deseado encanto. Es por eso que cuando se comparan las fotos de frente y perfil de Ernesto Che Guevara y Fidel Castro es fácil constatar que el argentino tuvo una cara mucho más masculina —menos ovalada y con una nariz, una mandíbula y unos labios mucho más prominentes— que la del cubano.

Si nos guiamos por esos criterios podemos aventurar que es muy probable que Fidel Castro haya estado expuesto a bajos niveles de andrógenos durante su vida intrauterina. Algo que refuerza esa hipótesis es la voz aflautada del personaje (que fue un dolor de cabeza para los ingenieros de sonido al inicio de la revolución), la finura de su piel, la escasa proporción entre el ancho de sus hombros y el de su cintura, la distribución de su grasa corporal, el cuerpo fofo que siempre lo caracterizó y unas manos que todavía al final de su vida recordaban a las de una vieja baronesa adicta a las manicuras.

Además, y “para completar la imagen de los factores biológicos que afectan la orientación sexual, debe notarse que el factor más confiable que se asocia con la homosexualidad masculina es la presencia en la familia de un hermano mayor nacido de la misma madre. La incidencia de homosexualidad se incrementa en un 33% con cada hermano mayor… [un efecto] que no parece ser explicado por las diferencias en educación o por las características familiares y que podría ser el resultado de la acumulación, durante los sucesivos embarazos, de anticuerpos en la madre contra proteínas expresadas específicamente por el cerebro masculino”.

Como bien se sabe, Fidel Castro tuvo un hermano mayor (Ramón) con una cara muy parecida a la suya, pero mucho más masculina, y un hermano menor (Raúl) que no se le parece en nada y que todo el mundo en Cuba sabe que siempre ha tenido una marcada inclinación a la bisexualidad (sobre todo cuando se da dos tragos). ¿Quiere decir todo eso que Fidel Castro tuvo tendencia a la homosexualidad? La respuesta es un rotundo no. Asegurarlo sería negar ese segundo pico androgénico que ocurre durante la pubertad, o minimizar la enorme influencia que una sociedad tan homófoba como la cubana puede ejercer sobre la orientación sexual de sus niños. Al mismo tiempo, sería ver la sexualidad humana en términos de la irreal separación entre homos y heteros y no como el gradiente de orientaciones que muestra la Escala de Kinsey.

Lo que sí se puede asegurar son dos cosas. Una es que existen elementos que permiten sospechar que la ubicación natural de la sexualidad de Fidel Castro, dentro de la Escala de Kinsey, pudo haber estado alejada del esperado patrón del heterosexual puro. Una lejanía que tiene que haber entrado en franca contradicción con las expectativas de una sociedad tan homófoba como la cubana. La otra es que la ubicación natural de Fidel Castro, dentro de la Escala de Kinsey, pudo haber sido reprimida de una forma tan brutal como indemostrable, ya fuera por un padre autoritario y despectivo o por una sociedad que siempre ha considerado a los homosexuales como seres esencialmente malos.

De haber sido así, se explicarían muchas cosas. Fidel Castro siempre tuvo una relación muy extraña con el sexo opuesto. El inicio de su vida sexual fue una violación que sufrió a los siete años de edad por una criada que trabajaba en la casa de su padre. No existe ningún sexólogo en este mundo que pueda clasificar como normal un encuentro sexual, de cualquier naturaleza, entre un niño de siete años y una persona de mayor edad. Los efectos psicológicos negativos de ese acto son tan profundos y duraderos que penalizarlos se considera como una prueba de civilización. A pesar de eso, Fidel Castro siempre se refirió a ese episodio de su vida como un acto consensual en el que él, con su prematura grandeza, sedujo a la pobre criadita. Freud habría hecho su agosto analizando semejante capacidad para el autoengaño.

Ya después de crecido, Fidel Castro tuvo una relación con las mujeres que fue mucho más cercana al usa y bota que a cualquier otra cosa. No existe una sola mujer con la que hubiera estado —y estuvo con muchas— que lo reconociera como un buen amante. Un dato muy importante si se recuerda que para los machos cubanos el ser reconocidos como malos amantes es lo peor que les puede pasar después de la homosexualidad.

Fidel Castro hizo caso omiso a eso. Lo suyo siempre fue morder y huir. Dalia, la más larga de sus relaciones, nunca pasó de ser una imagen empoderada y bien vestida de aquella criadita violadora. La única relación medianamente emocional que se le conoce a Fidel Castro fue con una mujer tan varonil como Celia Sánchez. Una dama también muy reconocida por su tendencia a la bisexualidad. A ninguna de las madres de sus hijos invistió el comandante con esa aura de primera dama que Celia siempre tuvo.

En realidad, si agarramos la cuquita de Fidel Castro y le quitamos la gorra, el tabaco, la barba, el uniforme, las botas y el fusil, nos quedamos con una figurilla de masculinidad inorgánica. Una imagen de hombría que destiñe cuando se contrasta con la de un Julio Antonio Mella, un Camilo Cienfuegos o un Arnaldo Ochoa. Lo único que algunos podrían invocar como prueba de la masculinidad de Fidel Castro es esa patológica agresividad que siempre le caracterizó. El problema con esa cualidad es que, como ya se dijo anteriormente, también se asocia con las represiones sexuales.

Una asociación que en el caso cubano puede alcanzar niveles de conflagración tan altos como los presentados por el personaje. Porque no es lo mismo, por ejemplo, reprimir sexualmente a un gringo, que ya de por sí viene de una sociedad profundamente reprimida, a hacerlo con alguien que, como un cubano, viene de una sociedad tan hedónica. Para los cubanos las represiones sexuales, de la índole que sean, tienen que ser infinitamente más insultantes y dolorosas que las que podría sentir un diabético cuando lo ponen a trabajar en una pastelería. No es casual entonces que, con tanta homofobia, o con tantas personas obligadas a escoger entre dos extremos tan absurdos como el homo y el hetero, Cuba sea un país tan violento.

Una de las características más interesantes de esa violencia cubana, al menos para mí, es la enorme cantidad de referencias anecdóticas que la vinculan de forma directa no ya a las represiones sexuales en general, sino a la represión de la homosexualidad en particular. Por razones de espacio solo mencionaré unas pocas.

Reinaldo Arenas, el homosexual cubano por antonomasia, nunca se cansó de denunciar la existencia en Cuba de machos-hombres y machos-hembras. Para Arenas, una buena parte de los represores más violentos de los homosexuales cubanos eran hombres-hembras, o sea, tipos que llevaban en su alma la bayamesa pero se negaban a reconocerlo. Un conflicto que en el caso de Cuba —y sospecho que de Latinoamérica— también se extiende hacia la violencia de género.

En sexto año de la carrera, cuando roté por la especialidad de Medicina Legal, escuché una estadística muy interesante. En algún momento el profesor dijo que un alto porcentaje de los presidarios que ocupaban posiciones de poder dentro de las cárceles cubanas (y que en Cuba se conocen como “mandantes”) daban positivo a la presencia de semen en el recto durante la necropsia. Un dato que me dejó pensando un rato. Es verdad que en aquel momento no se me ocurrió preguntar cuál era el tamaño de la muestra, cuáles habían sido las causas de las muertes, o que criterios habían sido utilizados para definir a un “mandante”, pero igual me dejó pensando.

Me recordó un día lejano de mi niñez, una mañana en la que tuve que hacer, como casi siempre, una larga cola en la bodega de la esquina. El bodeguero iba muy lento y muchos nos sentamos en los escalones que daban acceso al largo mostrador.

Como era habitual en esas colas, enseguida se formó una discusión y uno de los “mandantes” del barrio, que en Cuba se conocen como guapos o guapetones, empezó a pitar regado, que es la acción de formar un gran aspaviento mientras se grita a los cuatro vientos la bravura, el rugir de la entrepierna, la disposición de enfrentar a cualquiera y los llamados para que alguien saliera al ruedo. Lo único que le faltó fue el dedito estirado.

A mi lado estaba sentada una viejita muy negra y arrugada, que se levantó de su escalón y mientras se alisaba su vestido le dijo al tipo:

  • Ay, mijo, tú me vas a disculpar, y con todo el respeto del mundo, pero yo creo que a ti lo que te hace falta es un marido.

 

Cubanía y sexualidades impuestas (I)

Cubanía y sexualidades impuestas (II)

Cubanía y sexualidades impuestas (III)

 

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