A tuertas con el entuerto

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Los defensores del castrismo empiezan a mutar de pareceres.

Poco a poco van abandonando la idea inicial de que los ataques acústicos fueron una invención del gobierno estadounidense, o una autoagresión.

Ahora, con Ben Rhodes a la cabeza una vez más, empiezan a aceptar la existencia de esos ataques, pero eximen de cualquier culpa al régimen cubano.

Para justificar esa exoneración se apuntan a dos hipótesis: una es que los ataques fueron obra de un sector duro dentro del castrismo; la otra es que el verdadero culpable bien podría ser un tercer país –-léase Rusia– que estaría muy interesado en malograr la última lunita de miel entre los Castro y la izquierda estadounidense.

Esas dos hipótesis, claro está, parten de un desconocimiento absoluto de la realidad cubana.

En Cuba, como en cualquier sociedad de este mundo, hay sectores o grupos de poder; pero a ninguno de ellos se les ocurriría pensar que es más duro que la cúpula castrista de hoy.

Baste recordar que en este momento no existe ningún individuo o sector “duro” dentro de Cuba –incluidos los que todavía quedan vivos de la mal llamada generación histórica– que tenga en su haber más secuestros, fusilamientos, asesinatos y desapariciones misteriosas que Raúl Modesto Castro Ruz.

Si no me creen pregúntenle a los marines estadounidenses que fueron secuestrados en 1958, a Camilo Cienfuegos, a Hubert Matos o a Arnaldo Ochoa, por solo mencionar unos pocos. Todos durísimos, todos con mando de tropas leales a ellos y todos tocados, de una forma u otra, por esa mala suerte que siempre ha emanado del benjamín de Birán.

Al mismo tiempo, pensar que cualquier “sector duro” dentro de Cuba puede montarse una operación como la de los ataques acústicos, sin ser detectado, es una soberana imbecilidad. Es ignorar eso que en el metalenguaje del castrismo se denomina “la unidad de la revolución”. Una amalgama cuya coherencia depende de cuatro ingredientes básicos:

  1. La vigilancia constante y exhaustiva de todos y cada uno de los llamados cuadros de la revolución.
  2. Un terror que nace de las represalias expeditas, y muchas veces brutales, que sufren los caídos en desgracia.
  3. La creación de sectores o grupos de poder con funciones que se sobreponen y se contraponen.
  4. La estimulación de la vigilancia mutua entre esos grupos o sectores para ganar el favor de la alta dirigencia.

O sea, que al que se le ocurra en Cuba montarse una operación como la de los ataques acústicos lo más probable es que lo detecten después del primer contacto operativo. Y de los rusos, ni hablar, nada más que por el aroma de sus axilas y alientos los detectarían antes de que pudieran iniciar cualquier trabajo.

Esos ataques tienen que haber sido obra y gracia del castrismo. Nadie, y es importante recalcar que nadie, ni los propios gringos, podrían haber montado algo así en Cuba. Solo la familia Castro podría haberlo hecho. La pregunta entonces es: ¿por qué?

Para responder a esa pregunta hay que ubicarse en el contexto de la transferencia del poder real a las manos de Alejandrito Castro Espín, un muchachón que llegado el momento de la verdad no podrá competir en méritos, historia y mucho menos en conexiones y popularidad, con los viejos cuadros del castrismo.

En la historia del comunismo internacional las transferencias de poder a familiares o a clones políticos nunca gozó de muy buena suerte. La viuda de Mao duró muy poco y el intento de poner a un clon de Chernenko, después de su muerte, tuvo el efecto contrario: eligieron a Gorbachov. El único ejemplo que existe es el de Corea del Norte, pero es tan brutal y estúpido que bien funciona como la excepción que confirma la regla.

Ese es el entuerto al que se enfrenta la familia de Birán. El plan original de usar a los Castro-Espín para aguantar el golpe mientras los Castro-Soto se aseguraban sus millardos pasaba, necesariamente, por el traspaso del poder real a un muchachón improvisado y sin historia. Bajo esa lógica queda claro que Obama, sin queriendo o sin querer, le tiró una línea de vida a la transición dinástica en Cuba.

Si las cosas hubieran sucedido como se planificó, si Hilary hubiera sido elegida y los millardos gringos hubieran empezado a financiar al complejo militar-empresarial cubano, Alejandrito Castro habría tenido el “mérito histórico” de haber negociado semejante arreglo y de haber convertido a una caterva de guajiros asesinos, junto con sus descendientes, en la nueva clase empresarial de Cuba.

Pero llegó Trump y el pobre Alejandrito no solo se quedó colgado de la brocha, sino que también ha tenido que cargar con la culpa de haber negociado los “sagrados principios de la revolución” a cambio de unos acuerdos que no sirvieron para nada, y que además dejaron en entredicho la “pureza ideológica del proceso revolucionario”.

Él sabe que esas balas retóricas y muchas otras más están guardadas para cuando llegue el momento adecuado, que no es otro que el de la desaparición física, cada vez más cercana, del deteriorado Raúl Castro. Cuando eso suceda, si Alejandrito no está debidamente posicionado dentro del poder su pellejo no valdrá dos centavos.

Para que ese posicionamiento sucediera no le quedó más remedio que pensar algo así como que: “si Trump no me deja ser Meyer Lansky entonces no me queda otro remedio que convertirme en Al Capone”. Desde esa lógica los ataques acústicos podrían ser visto como la Masacre de San Valentín de Alejandrito Castro. Una operación que llevó a cabo bajo la mirada estimulante y burlona de su padre.

Con ella reafirmó su brutalidad y su antiamericanismo mientras que les dejó bien claro a sus opositores, tanto dentro como fuera del castrismo, que cuenta con apoyo ruso, que tiene medios para fundir al que sea y que no le tembló la mano para usarlos contra los mismos gringos. Sin que pasara absolutamente nada.

Con esa carta de presentación, con algún que otro discursito de su padre insinuándole a los oficiales de la Contra Inteligencia Militar que apoyen al vástago, y con las oportunas salidas de este mundo de Ramiro Valdés y José Ramón Machado Ventura, el delfincito estará listo para convertir a Cuba en su Corea del Norte.

 

 

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Los irreductibles

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El paciente entró en el salón de conferencias, subió al estrado y se sentó al lado del profesor. La idea de la clase-práctica era demostrarnos cuan irreductibles por la lógica pueden ser algunas personas con trastornos mentales. Después de las presentaciones necesarias el profesor le preguntó por qué estaba ingresado. La respuesta fue rápida y concisa:

— Porque estoy muerto.

A partir de ahí se inició una conversación sobre las razones que el paciente podía tener para pensar que estaba muerto. No hubo, claro está, razón alguna. Todo fue pura y absoluta certeza de estar muerto. En algún momento, y de una forma muy casual, el profesor dejó caer otra pregunta: ¿Y los muertos sangran? La respuesta fue también rápida:

— No, los muertos no sangran, ¿quién ha visto a un muerto sangrando?, usted pregunta cada cosas, Doctor.

Siguieron conversado y al rato el profesor comentó que en el pasillo estaba esperando una enfermera que, al parecer, tenía interés en hacerle unos análisis de rutina. ¿La dejamos entrar? El paciente accedió, la enfermera entró, le puso una ligadura en el brazo, le canalizó la vena y empezó a sacarle sangre.

Pasaron unos segundos antes de que el profesor preguntara qué era eso que empezaba a acumularse en la jeringuilla. La respuesta fue: qué va a ser, sangre. Entonces llegó la estocada final: pero tú me dijiste que los muertos no sangran. El paciente tardó en responder, miró con mucha atención su antebrazo antes de levantar la vista y decir:

— Mire usted, un muerto que sangra.

En cuanto el paciente salió de la sala de conferencias el profesor nos explicó que ese era un caso típico de irreductibilidad por la lógica. Una marcada limitación para reconocer las consecuencias lógicas no ya de las ideas de otros, sino de las propias.

Traigo esto a colación porque el 17 de diciembre del año 2014 al entonces presidente de los EE UU se le ocurrió la genial idea de ponerle una transfusión de sangre al castrismo. En su superficie la propuesta fue llevar las relaciones diplomáticas entre Cuba y su país a un plano de normalidad. En su esencia, sin embargo, el objetivo no fue otro que el de presentar a un viejo régimen despótico, el de la familia Castro, como si fuera un gobierno más de este mundo mientras se le transfundía, por razones supuestamente humanitarias, una enorme cantidad de recursos políticos y financieros.

Para muchos cubanos el anuncio de Barack Obama fue una sorpresa muy desagradable, no solo porque tenía visos de una venganza partidista contra los políticos cubano-americanos, sino también porque partía de un desconocimiento absoluto, o de una negación cínica y negligente, de la verdadera naturaleza del régimen castrista.

Al otro día del famoso anuncio escribí un texto en el que dejé bien claro, como muchos otros en aquel momento, que las medidas del entonces presidente americano no iban a llegar a ninguna parte. La principal razón que esgrimí fue precisamente esa que Barack Obama decidió ignorar con disciplina partidista: la naturaleza despótica, estalinista, visceralmente antiestadounidense y violenta del régimen castrista.

De más está decir que mis razones y nada eran lo mismo, porque las opiniones, ya sabemos, se las lleva el viento. Pero por suerte las predicciones quedan y hoy, casi tres años después de aquella barrabasada, empieza a quedar claro que la inmensa mayoría de los pronósticos hechos, por los que nos opusimos a ella, se han ido cumpliendo con una precisión asombrosa.

Uno de los pronósticos que hice en mi texto del 18 de diciembre del 2014 fue que “las medidas anunciadas por el actual inquilino de la Casa Blanca, vistas en su cruda realidad, no pasan de ser un tímido intento de penetración que el castrismo, como es su costumbre, anulará sin muchos esfuerzos”. Una predicción que, a la luz de los recientes ataques acústicos contra diplomáticos americanos y canadienses, parece haber sido tristemente exacta.

Eso es lo que va quedando de la genial idea de Barack Obama: más opositores presos, un aumento del hostigamiento a los llamados “emprendedores” y varias docenas de diplomáticos y turistas –de al menos dos países– con sus encéfalos fundidos por los famosos ataques acústicos. Unas agresiones que el castrismo niega con un cinismo rayano en la psicopatía. Unas chapucerías que ahora los esbirros del régimen corren a refutar con un descaro patológico.

En su celo absolutorio esos esbirros han llegado incluso a decir, hace unos días, que se trata de una autoagresión muy parecida a la versión castrista del hundimiento del buque Maine. En realidad, son tan predecibles que dan vergüenza ajena. Para demostrarlo esta este mensaje que escribí en Twitter muchas semanas antes de que al castrismo se le ocurriera semejante tontería:

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Si lo muestro no es solo para exponer la vergonzosa predictibilidad del castrismo, sino también para introducir una pregunta que me parece interesante: ¿Cómo es posible que muchos cubanos, que como analistas políticos no pasamos de ser unos simples don nadie, seamos capaces de hacer predicciones que escapan a los geniales cerebros de las administraciones estadounidenses?

La respuesta es muy simple: no nos engañamos con respecto a la verdadera naturaleza del régimen. Estoy hablando de una esencia que conocemos muy bien porque la vivimos, porque fuimos educados por ese régimen, porque le dimos todos los beneficios de la duda y al final terminamos descubriendo, muchas veces no sin dolor, que se trata de una banda de asesinos, ladrones y abusadores que se venden precisamente como lo contrario.

Durante décadas los defensores del castrismo en los EE UU, entre ellos el expresidente Obama, han reclamado que una buena parte de ese despotismo del régimen cubano siempre ha sido una reacción natural a las acciones del gobierno estadounidense. Para demostrar esa idea, y siguiendo su propia lógica, decidieron hacer la paces a como diera lugar. Y fue así como se vistieron con el disfraz del mínimo y dulce Francisco de Asís y fueron a pedirle al lobo que dejara en paz a las ovejas.

El resultado ya lo conocemos. Las consecuencias, para los que estamos al tanto de la verdadera naturaleza del régimen castrista, no son una sorpresa. Como tampoco lo es la incapacidad de los defensores del castrismo en los EE UU para reconocer las consecuencias lógicas de sus propias ideas. Esos santurrones se niegan a aceptar que el lobo es lobo, y las únicas respuestas que han podido dar al desastre que provocaron son el silencio culpable y las defensas solapadas. Es triste reconocerlo, pero es así: para ellos el castrismo siempre será un muerto que sangra.

Lo preocupante es que no están ingresados.

 

 

 

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Días de odio

Dias de odio

El programa de estudios hispanos y caribeños de la Universidad de McGill continúa con su ciclo de filmes basados en la obra de Jorge Luis Borges. Esta vez con un título muy afín a estos tiempos que corren, o que quizás nunca han dejado de correr:

Días de odio (1954)

Del director argentino Leopoldo Torre Nilsson.

Basado en el cuento “Emma Zunz” —que forma parte del libro “El Aleph”—.

Quedan invitados el próximo miércoles 1ro de noviembre a las 4:30 pm en el 3475 de la calle Peel.

 

BORGES IN THE MOVIES

DIAS DE ODIO (1954)

Based on Jorge Luis Borges´s short story “Emma Zunz” —included in “The Aleph”— this film constitutes a rare jewel from a fundamental period in Argentinian history: the end of the first peronismo.

Leopoldo Torre Nilsson, Argentinian film director, producer, and screenwriter, made Argentinian cinema known to the International stage.  His lengthy work, many times in close collaboration with writers, marks a before and after in Argentinian Cinema.

When: November 1, 2017, at 4:30pm

Where: 3475 Peel Street

 

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Cubanía y sexualidades impuestas (final)

Sublimación del falo

La explicación que siempre se le ha dado a la homofobia castrista es la no coincidencia de los homosexuales con el arquetipo del revolucionario viril. Una imagen machista y violenta que contrasta de forma evidente con la femenina dulzura de la mayoría de los gais.

Esa imagen del macho revolucionario está construida a partir de un modelo de referencia que no es otro que el hombrón barbado, mal aseado, mujeriego, agresivo y fumador que fue Fidel Castro. Un metro-patrón que de ser falso bien podría explicar por qué la mayoría de los machos castristas son más alfalfa que alfa.

Los conocimientos que hoy existen sobre la sexualidad humana —y la influencia que sobre esta ejercen factores biológicos durante el embarazo— permiten hacer un análisis desprejuiciado de la figura de Fidel Castro y averiguar, o al menos indagar, cuanto de su publicitada masculinidad tuvo de predisposición biológica o de imposición social.

Como ya se dijo antes, está demostrado que la exposición durante el embarazo a los andrógenos —que son las hormonas sexuales masculinas— influye sobre la orientación sexual de los niños. Esa exposición ocurre durante el llamado pico androgénico, que es el aumento de la concentración de Testosterona entre las 8 y las 24 semanas de gestación. Los niños que son expuestos a concentraciones normales de andrógenos durante ese período de tiempo son más propensos, desde el punto de vista estadístico, a tener una orientación sexual masculina. Al mismo tiempo, esos niños muestran características morfológicas y fisiológicas más cercanas al estándar masculino que al femenino.

Se sabe, por ejemplo, que los hombres con mandíbulas, labios y narices que protruyen, o que se separan claramente de la línea facial, estuvieron más expuestos a la Testosterona durante el embarazo y tienen una mayor propensión a la masculinidad. De la misma manera, esos hombres presentan proporciones entre el ancho y la longitud de sus caras que coinciden con las que habitualmente presenta el sexo masculino, o sea, caras menos ovaladas y más rectangulares.

Todo el mundo sabe que Fidel Castro fue un hombre —como me dijo una vez el poeta Jorge Valls— de mentón fugado, o de barbilla recesiva. La barba que durante décadas caracterizó al personaje tuvo más de necesidad ornamental que de símbolo guerrillero. Sin ella la cara del Narciso habría perdido una buena parte de su deseado encanto. Es por eso que cuando se comparan las fotos de frente y perfil de Ernesto Che Guevara y Fidel Castro es fácil constatar que el argentino tuvo una cara mucho más masculina —menos ovalada y con una nariz, una mandíbula y unos labios mucho más prominentes— que la del cubano.

Si nos guiamos por esos criterios podemos aventurar que es muy probable que Fidel Castro haya estado expuesto a bajos niveles de andrógenos durante su vida intrauterina. Algo que refuerza esa hipótesis es la voz aflautada del personaje (que fue un dolor de cabeza para los ingenieros de sonido al inicio de la revolución), la finura de su piel, la escasa proporción entre el ancho de sus hombros y el de su cintura, la distribución de su grasa corporal, el cuerpo fofo que siempre lo caracterizó y unas manos que todavía al final de su vida recordaban a las de una vieja baronesa adicta a las manicuras.

Además, y “para completar la imagen de los factores biológicos que afectan la orientación sexual, debe notarse que el factor más confiable que se asocia con la homosexualidad masculina es la presencia en la familia de un hermano mayor nacido de la misma madre. La incidencia de homosexualidad se incrementa en un 33% con cada hermano mayor… [un efecto] que no parece ser explicado por las diferencias en educación o por las características familiares y que podría ser el resultado de la acumulación, durante los sucesivos embarazos, de anticuerpos en la madre contra proteínas expresadas específicamente por el cerebro masculino”.

Como bien se sabe, Fidel Castro tuvo un hermano mayor (Ramón) con una cara muy parecida a la suya, pero mucho más masculina, y un hermano menor (Raúl) que no se le parece en nada y que todo el mundo en Cuba sabe que siempre ha tenido una marcada inclinación a la bisexualidad (sobre todo cuando se da dos tragos). ¿Quiere decir todo eso que Fidel Castro tuvo tendencia a la homosexualidad? La respuesta es un rotundo no. Asegurarlo sería negar ese segundo pico androgénico que ocurre durante la pubertad, o minimizar la enorme influencia que una sociedad tan homófoba como la cubana puede ejercer sobre la orientación sexual de sus niños. Al mismo tiempo, sería ver la sexualidad humana en términos de la irreal separación entre homos y heteros y no como el gradiente de orientaciones que muestra la Escala de Kinsey.

Lo que sí se puede asegurar son dos cosas. Una es que existen elementos que permiten sospechar que la ubicación natural de la sexualidad de Fidel Castro, dentro de la Escala de Kinsey, pudo haber estado alejada del esperado patrón del heterosexual puro. Una lejanía que tiene que haber entrado en franca contradicción con las expectativas de una sociedad tan homófoba como la cubana. La otra es que la ubicación natural de Fidel Castro, dentro de la Escala de Kinsey, pudo haber sido reprimida de una forma tan brutal como indemostrable, ya fuera por un padre autoritario y despectivo o por una sociedad que siempre ha considerado a los homosexuales como seres esencialmente malos.

De haber sido así, se explicarían muchas cosas. Fidel Castro siempre tuvo una relación muy extraña con el sexo opuesto. El inicio de su vida sexual fue una violación que sufrió a los siete años de edad por una criada que trabajaba en la casa de su padre. No existe ningún sexólogo en este mundo que pueda clasificar como normal un encuentro sexual, de cualquier naturaleza, entre un niño de siete años y una persona de mayor edad. Los efectos psicológicos negativos de ese acto son tan profundos y duraderos que penalizarlos se considera como una prueba de civilización. A pesar de eso, Fidel Castro siempre se refirió a ese episodio de su vida como un acto consensual en el que él, con su prematura grandeza, sedujo a la pobre criadita. Freud habría hecho su agosto analizando semejante capacidad para el autoengaño.

Ya después de crecido, Fidel Castro tuvo una relación con las mujeres que fue mucho más cercana al usa y bota que a cualquier otra cosa. No existe una sola mujer con la que hubiera estado —y estuvo con muchas— que lo reconociera como un buen amante. Un dato muy importante si se recuerda que para los machos cubanos el ser reconocidos como malos amantes es lo peor que les puede pasar después de la homosexualidad.

Fidel Castro hizo caso omiso a eso. Lo suyo siempre fue morder y huir. Dalia, la más larga de sus relaciones, nunca pasó de ser una imagen empoderada y bien vestida de aquella criadita violadora. La única relación medianamente emocional que se le conoce a Fidel Castro fue con una mujer tan varonil como Celia Sánchez. Una dama también muy reconocida por su tendencia a la bisexualidad. A ninguna de las madres de sus hijos invistió el comandante con esa aura de primera dama que Celia siempre tuvo.

En realidad, si agarramos la cuquita de Fidel Castro y le quitamos la gorra, el tabaco, la barba, el uniforme, las botas y el fusil, nos quedamos con una figurilla de masculinidad inorgánica. Una imagen de hombría que destiñe cuando se contrasta con la de un Julio Antonio Mella, un Camilo Cienfuegos o un Arnaldo Ochoa. Lo único que algunos podrían invocar como prueba de la masculinidad de Fidel Castro es esa patológica agresividad que siempre le caracterizó. El problema con esa cualidad es que, como ya se dijo anteriormente, también se asocia con las represiones sexuales.

Una asociación que en el caso cubano puede alcanzar niveles de conflagración tan altos como los presentados por el personaje. Porque no es lo mismo, por ejemplo, reprimir sexualmente a un gringo, que ya de por sí viene de una sociedad profundamente reprimida, a hacerlo con alguien que, como un cubano, viene de una sociedad tan hedónica. Para los cubanos las represiones sexuales, de la índole que sean, tienen que ser infinitamente más insultantes y dolorosas que las que podría sentir un diabético cuando lo ponen a trabajar en una pastelería. No es casual entonces que, con tanta homofobia, o con tantas personas obligadas a escoger entre dos extremos tan absurdos como el homo y el hetero, Cuba sea un país tan violento.

Una de las características más interesantes de esa violencia cubana, al menos para mí, es la enorme cantidad de referencias anecdóticas que la vinculan de forma directa no ya a las represiones sexuales en general, sino a la represión de la homosexualidad en particular. Por razones de espacio solo mencionaré unas pocas.

Reinaldo Arenas, el homosexual cubano por antonomasia, nunca se cansó de denunciar la existencia en Cuba de machos-hombres y machos-hembras. Para Arenas, una buena parte de los represores más violentos de los homosexuales cubanos eran hombres-hembras, o sea, tipos que llevaban en su alma la bayamesa pero se negaban a reconocerlo. Un conflicto que en el caso de Cuba —y sospecho que de Latinoamérica— también se extiende hacia la violencia de género.

En sexto año de la carrera, cuando roté por la especialidad de Medicina Legal, escuché una estadística muy interesante. En algún momento el profesor dijo que un alto porcentaje de los presidarios que ocupaban posiciones de poder dentro de las cárceles cubanas (y que en Cuba se conocen como “mandantes”) daban positivo a la presencia de semen en el recto durante la necropsia. Un dato que me dejó pensando un rato. Es verdad que en aquel momento no se me ocurrió preguntar cuál era el tamaño de la muestra, cuáles habían sido las causas de las muertes, o que criterios habían sido utilizados para definir a un “mandante”, pero igual me dejó pensando.

Me recordó un día lejano de mi niñez, una mañana en la que tuve que hacer, como casi siempre, una larga cola en la bodega de la esquina. El bodeguero iba muy lento y muchos nos sentamos en los escalones que daban acceso al largo mostrador.

Como era habitual en esas colas, enseguida se formó una discusión y uno de los “mandantes” del barrio, que en Cuba se conocen como guapos o guapetones, empezó a pitar regado, que es la acción de formar un gran aspaviento mientras se grita a los cuatro vientos la bravura, el rugir de la entrepierna, la disposición de enfrentar a cualquiera y los llamados para que alguien saliera al ruedo. Lo único que le faltó fue el dedito estirado.

A mi lado estaba sentada una viejita muy negra y arrugada, que se levantó de su escalón y mientras se alisaba su vestido le dijo al tipo:

  • Ay, mijo, tú me vas a disculpar, y con todo el respeto del mundo, pero yo creo que a ti lo que te hace falta es un marido.

 

Cubanía y sexualidades impuestas (I)

Cubanía y sexualidades impuestas (II)

Cubanía y sexualidades impuestas (III)

 

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Cubanía y sexualidades impuestas (III)

Naturaleza forzada

A partir de la relación entre las carencias somatosensoriales, las represiones sexuales y la violencia cabría preguntarse: ¿Es el hedonismo una vacuna contra las actitudes violentas? O, para ser más específicos ¿debería tener Cuba, una nación hedónica donde las hay, menos violencia que los EE UU?

Un vistazo al mapa de la violencia interpersonal en el mundo revela que Cuba y los EE UU tienen tasas muy parecidas. Una estadística que resulta asombrosa por varias razones. La primera es que la tasa cubana debería ser mucho menor si tomamos en cuenta que se trata de una sociedad que nunca ha sufrido de grandes carencias somatosensoriales. Los cubanos, ya sea por el clima o por la herencia africana, nunca han hecho del contacto corporal un tabú. La inmensa mayoría de los niños cubanos crecen literalmente abrazados, y cuando llegan a la vida adulta casi nunca ven el sexo como algo sucio e innombrable.

A pesar de eso cualquier persona que haya vivido en Cuba sabe que la violencia cotidiana en ese país es mucho más alta que en los EE UU. Para empezar, el habla, la gestualidad y la retórica habitual de los cubanos están tan cargadas de violencia que no solo resultan insoportables para muchos extranjeros, sino también para muchos cubanos que regresan a Cuba después de haber vivido en el exterior. Nada de eso, por desgracia, sale en las estadísticas.

Se sabe que desde sus inicios el castrismo convirtió los números en instrumentos de una propaganda que siempre ha sido debidamente maquillada. Un truco al que hay que sumarle el hecho de que una buena parte de violencia de la sociedad cubana está controlada o contenida por unos cuerpos represivos que son aún más brutales y violentos. De esa forma, comparar la violencia entre los EE UU y Cuba es como comparar el patio de una escuela de barrio con el de una academia militar especializada en la reeducación.

La violencia en Cuba es tan cotidiana y aceptada que muchos actos violentos —que en cualquier otro país civilizado habrían sido registrados como tales— pasan inadvertidos y nunca entran a formar parte de las estadísticas. Sin ir muy lejos, los asesinatos de opositores como Oswaldo Payá, Harold Cepero y Laura Pollán no salen en ninguna estadística, como tampoco lo hacen la enorme cantidad de Damas de Blanco que son golpeada y maltratadas cada semana.

Con independencia de cuál sea la cifra real, lo cierto es que Cuba es un país mucho más violento de lo que cabría esperarse a partir de su hedonismo. ¿Cuáles pueden ser las razones de esa violencia? Es evidente que, como con todos los problemas sociales, son muchas y muy variadas. Hay una, sin embargo, que coincide con la idea de las represiones sexuales como fuente de agresividad: Cuba es un país profundamente homófobo.

Si echamos otro vistazo al mapa de la violencia interpersonal en el mundo podemos ver que las regiones más violentas son también famosas por su marcada homofobia. Cuba no es una excepción. Estamos hablando de un país en el que, a diferencia de los EE UU, la palabra malsonante que habitualmente se usa para designar a la homosexualidad masculina no solo es utilizada como un insulto cotidiano, sino también como un sinónimo de maldad.

En Cuba, como con los zurdos convertidos en siniestros, la palabra maricón es sinónimo de una malevolencia sin límites. Cuando a un cubano le hacen algo muy malo la frase que habitualmente le viene a la cabeza es “me han hecho una mariconada”. Un término que ha sido incluso extendido en sus acepciones para indicar, o dejar bien claro, que la dicotomía marica-malvado se refiere específicamente al llamado homosexual pasivo, o sea, al que es penetrado, un verbo que en el habla cotidiana de Cuba se identifica con la palabra singar. Un cubano hijo de puta es un singado o, en el apuro de las contracciones, un singa’o; y si su maldad va tan escondida como el origen sexual que se le achaca es entonces un singadito.

De más está decir que semejante asociación carece de la más mínima validación práctica. Los homosexuales cubanos son, como todas las personas de este mundo, tan buenos o malos como cualquier otro ser humano. Pero cuesta mucho trabajo que los cubanos así lo entiendan. El propio Fidel Castro nunca pudo escapar a esa asociación y a cada rato se la soltaba a algún que otro jefe de estado. Dicen que se la soltó a Ceaușescu en Rumanía, a través de un traductor, y que se la envío como un recado a Felipe González, allá en España.

Hace unos años llegó incluso a gritarla a todo pulmón en la radio de Miami cuando dos humoristas cubanos que viven en esa ciudad se hicieron pasar por Hugo Chávez durante una llamada telefónica. Llamaron los humoristas y después de varias transferencias y explicaciones uno de ellos logró hablar directamente con Fidel Castro, oportunidad que aprovechó para decirle que era un asesino y que todo el mundo lo estaba escuchando en la radio. La reacción en vivo y en directo del déspota lustrado no fue otra que llamarlo “mariconsón”, palabra que el argot cubano se traduce como el superlativo de la homosexualidad masculina y de esa maldad que siempre se le asocia.

Fidel Castro no pudo evitar esa asociación, y eso a pesar de haber tenido entre sus benefactores y hombres de confianza a muchos homosexuales cubanos. Basta recordar a Alfredo Guevara, al comandante Julio Martínez Páez, a Melba Hernández, a Jesús Montané Oropesa, o a una lista bien larga, para saber que la llamada revolución cubana siempre les debió a los homosexuales mucho más de lo que nunca estuvo dispuesta a reconocer. Un reconocimiento que no solo brilló por su ausencia, sino que terminó convirtiéndose en una represión brutal que fue liderada, para más maldad, que por el propio Fidel Castro.

El castrismo tiene una larga, cruel y paradójica historia de persecución a los homosexuales. Ya desde el mismo triunfo de la revolución fueron vistos como lacras, los cazaron en las calles como si fueran animales, los molieron a golpes, los expulsaron de las escuelas, les negaron el acceso a los estudios universitarios y muchos terminaron encarcelados en verdaderos campos de concentración.

Fue una represión brutal que además se revelaba en toda su irracionalidad cuando muchos de los represores terminaban pidiéndole favores sexuales a muchos de sus reprimidos. Fue tan fuerte y absurda que obliga a reconocer que solo una utilidad podría tener la aceptación del estúpido vínculo entre homosexualidad y maldad: decir que el castrismo fue un régimen mariconamente homófobo.

Cubanía y sexualidades impuestas (I)

Cubanía y sexualidades impuestas (II)

Cubanía y sexualidades impuestas (final)

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Cubanía y sexualidades impuestas (II)

Tender touch

Otra gran utilidad que tendrá el programa desarrollado por la Universidad de Stanford será la de ayudar a destruir, si es que eso es posible, el criterio oscurantista de que la orientación sexual tiene su origen en las influencias sociales y es, por tanto, modificable. Ya hoy está comprobado que “la orientación sexual, y la homosexualidad en particular, son influenciadas antes del nacimiento por un conjunto de mecanismos biológicos”.

Esas influencias incluyen las acciones de determinados genes y hormonas durante el embarazo. En el caso de los efectos hormonales se sabe que son debidos a secreciones glandulares, como la cortisona y los andrógenos, cuyas capacidades para afectar las sexualidades de humanos y animales durante la gestación ya están muy bien documentadas. En el caso de los genes todavía no se conocen bien sus mecanismos de acción, pero sí se sabe que están profundamente implicados y que es muy probable que muchos de sus efectos sean a través de la modulación del sistema endocrino. También se han invocado, como veremos después, mecanismos inmunológicos.

Esos efectos hormonales, genéticos y —quizás— inmunológicos dejan rastros físicos que, en algunos casos, se asocian estadísticamente con la llamada homosexualidad. De hecho, algunos de ellos forman parte de las características no transitorias del rostro humano —como la relación entre el ancho y el largo de la cara— que fueron incluidas en el programa desarrollado por la Universidad de Stanford. Otros rastros, como la relación entre la longitud del dedo índice y el anular —cuyo alto valor se asocia estadísticamente con la homosexualidad femenina (pero no la masculina)— no fueron incluidos en la versión inicial de ese programa por no formar parte de la cara.

En la medida que esos y otros predictores estadísticos sean incluidos en los algoritmos de detección sucederán dos cosas. Una, evidente, es que el aumento de la capacidad predictiva de los programas será una prueba más del origen biológico de la orientación sexual. La otra, no tan evidente, será la necesidad de sustituir la clasificación artificial de hetero y homo por una mucho más rica y cercana a la realidad.

Cuando eso suceda empezaremos a tener una visión más normal de la sexualidad humana y el sexo se convertirá en una opción tan banal como escoger entre un helado de fresa o uno de chocolate. Las imposiciones disminuirán y el enorme precio que pagamos por ellas también se reducirá drásticamente. El mundo, creo, se beneficiará mucho y, por paradójico que pueda parecer, ese beneficio será mucho mayor para las regiones que todavía hoy practican las represiones sexuales con un celo enfermizo. Quiero decir: las consecuencias serán mucho más positivas para Latinoamérica, para los EE UU, para el África o para el mundo árabe que, por ejemplo, para los franceses.

Una de esas consecuencias bien podría ser una marcada disminución de la violencia en esas regiones. Ya desde inicios del siglo pasado Sigmund Freud postuló la fuerte relación que existe entre las represiones sexuales y la agresividad. Esa observación ya está más que comprobada y se sabe que forma de un cuadro mucho más extenso. En el año 1975 el neuropsicólogo americano James W Prescott estableció la marcada relación que existe entre la ausencia de los placeres corporales y la violencia. Para Prescott, las represiones sexuales son una parte importante, pero no única, de eso que él llamó “carencias sensoriales”. La ausencia del conjunto de sensaciones corporales que el ser humano recibe de sus padres (sobre todo de la madre) durante las primeras etapas de su vida, de sus amigos y familiares durante las etapas intermedias y de sus amores una vez alcanzada la madurez.

El ser humano es, esencialmente, un ser empático y social. El alto precio evolutivo que pagamos por la actividad nerviosa superior nos obliga a ello. A diferencia de la inmensa mayoría de los mamíferos el ser humano es casi inválido durante los primeros años de su vida y depende, para sobrevivir, de los cuidados de la familia, del grupo, de la tribu o del clan. La sobrevivencia de la especie depende entonces de que ese ser humano, una vez devenido adulto, haya desarrollado niveles de empatía lo suficientemente altos como para ocuparse de sus descendencias y, de ser necesario, de las ajenas. Esa empatía, como casi todas las facultades humanas, es el resultado de una predisposición genética cuya expresión puede aumentar o disminuir en dependencia de las condiciones sociales.

Según la teoría somatosensorial de Prescott una parte del desarrollo de la empatía se debe a la estimulación de determinadas regiones del cerebro humano por un grupo de señales que, al menos durante los primeros años de vida, son recogidas en su mayor parte por el olfato y por el más extenso de nuestros órganos —la piel. De esa forma, las sociedades que favorecen, o al menos no persiguen, las interacciones físicas cercanas —sean eróticas o no— tendrán, desde el punto de vista estadístico, una menor inclinación a la violencia. Por el contrario, las sociedades que hacen del cuerpo humano —y de sus contactos— un tabú, tendrán, desde el punto de vista estadístico, una mayor inclinación hacia la violencia.

En ese sentido llaman mucho la atención los análisis que se hacen sobre la violencia en los EE UU. La mayoría de ellos —que casi nunca parten de reconocer que ese país no es, ni lejanamente, uno de los más violentos del mundo— están secuestrados por la focalización en las armas de fuego y por las discusiones sobre si prohibirlas o no.  Detrás de esas dos opciones yacen viejas y profundas agendas políticas (e ideológicas) que ven al Estado, y a sus poderes, de formas diametralmente opuestas. Unas como una bendición y otras como el camino más seguro hacia la esclavitud. Con independencia de quien pueda o no tener la razón es evidente que esos análisis están llenos de estadísticas, generadas por uno u otro bando, sobre la tenencia de armas de fuego y sobre la posible influencia que estas pueden tener sobre la vida y la muerte de los ciudadanos estadounidenses.

Todo eso a pesar de que hace más de cuarenta años Prescott avisó de que las carencias somatosensoriales en general, y las represiones sexuales en particular, bien podían ser una de las causas primarias de la violencia en el mundo y en los EE UU. Una explicación que, claro está, brilla por su ausencia en las sesudas discusiones que a cada rato surgen sobre las armas de fuego y la muerte en los EE UU. Y es lógico que así sea, porque para el estadounidense promedio el cuerpo humano y sus interacciones son el tabú más profundo e innombrable, siempre preferirán agotar su intelecto en cualquier tema menos en ese.

Estamos hablando de una sociedad en la que un programa de televisión puede mostrar en pantalla, en un horario de alta audiencia, el cuerpo de un ser humano en estado de putrefacción dentro de una bañera repleta de cucarachas. Eso puede pasar, o los productores pueden dejar que eso suceda—aunque tenga muy poco que ver con la trama—, porque todos saben que las consecuencias negativas serán nulas. Ah, pero si en una transmisión en vivo una cantante tiene un problema de vestuario y enseña, durante una fracción de segundo, la mitad de un seno, se forma la gran protesta, el programa es multado y los productores tienen que disculparse.

En los EE UU los niños van en coches o en autos con sillas a pruebas de choques, las cunas tienen cámaras, las madres disfrutan de apenas unos cuantos días de licencia de maternidad y la lactancia materna, en público, es vista como una afrenta a la sagrada tradición victoriana. En América los olores sintéticos ambientan las casas y los cuerpos; los adolescentes se revuelven con asco cuando ven a sus padres besarse y ven como muy normal que el sexo sea por teléfono. Muchos de ellos después terminarán viviendo solos y los que alcancen a tener pareja tendrán una vida sexual modulada por una incomprensión ancestral del cuerpo humano y sus interacciones.

América sufre de una epidemia de obesidad y al mismo tiempo de un ejército de cuerpos maltratados en la búsqueda de arquetipos físicos que son tan perfectos como inalcanzables. Para los americanos la reconciliación con sus cuerpos no es una gran prioridad. Tampoco lo es el contacto con sus semejantes. Vivir solos o en casas con más de un cuarto por persona es perfectamente normal y esperado, como también lo es transportarse en unas burbujas metálicas, repletas de artilugios electrónicos y dotadas de unos ambientadores que huelen a plástico, o de unos cláxones que a veces suenan como disparos. En América la ternura es el daño colateral de la productividad, el pragmatismo y la defensa a ultranza de los espacios individuales.

A todo eso hay que sumarle el hecho de que en los EE UU todavía existe —a pesar de los innegables logros que ya se han alcanzado en ese sentido— una marcada homofobia. Eso genera una especie de bomba binaria en la confluyen millones de seres humanos con grandes carencias somatosensoriales y una enorme cantidad de personas con represiones sexuales. Con ese paisaje como referencia es posible pensar que las armas, lejos de ser la causa de la violencia en los EE UU, bien podrían ser una consecuencia lejana de algo mucho más profundo e innombrable. Si nos guiamos por Kinsey y Prescott podríamos decir que habla mucho de la grandeza del pueblo americano, o de su respeto por las leyes y la civilización, que en ese país la violencia no sea aún mayor.

Cubanía y sexualidades impuestas (I)

Cubanía y sexualidades impuestas (III)

Cubanía y sexualidades impuestas (final)

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Cubanía y sexualidades impuestas (I)

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Hace unas semanas dos programadores de la Universidad de Stanford dieron a conocer una noticia que enseguida causó un gran revuelo: habían creado un programa de computación capaz de detectar la orientación sexual de los seres humanos a partir de sus fotos.

Ese programa, basado en el uso de unos algoritmos que se conocen como redes neurales profundas, sobrepasa a otros, y a los propios seres humanos, en su capacidad predictiva. Cuando se le provee con cinco fotos distintas de un mismo sujeto es capaz de detectar la orientación sexual del mismo con un 91% de exactitud en los hombres, y un 83% en las mujeres.

Las características del rostro humano que ese programa toma en consideración, a la hora de analizar una foto, no solo son transitorias (como el corte del pelo, el entresacado de las cejas, etc.) sino también fijas (como la forma de la nariz, la anchura de la cara, etc.).

Como cabría esperar, y como los propios autores señalan al final de su artículo, las implicaciones éticas de su invento son considerables y no deben ser despreciadas. En pocas palabras: el programa puede ser utilizado por personas o sociedades homófobas para detectar y reprimir a los homosexuales.

Fue quizás por eso que enseguida que salió la noticia la prensa no especializada se desató en una ola de comentarios críticos. Un alud de quejas que puso más énfasis en las posibles consecuencias negativas del invento que en la ayuda que este podría brindar a la comprensión y aceptación de la sexualidad humana.

Las organizaciones de defensas de los derechos de los homosexuales también corrieron a expresar su preocupación. Algo comprensible si se toma en cuenta que las personas discriminadas casi siempre terminan desarrollando una exquisita sensibilidad para detectar discriminaciones, sean reales o imaginadas. Sensibilidad que, en ocasiones, conspira contra los análisis justos y desprejuiciados.

A mí, tengo que confesarlo, el invento me pareció fabuloso y por varias razones. La primera es eso que en sexología se conoce como la Escala de Kinsey, llamada así en honor a un entomólogo americano que terminó estudiando la sexualidad humana y descubrió algo que en su época muy pocos se atrevieron a aceptar, pero que ya hoy está más que comprobado: Desde el punto de vista estadístico el heterosexual puro es un ser extraordinariamente raro, como también lo es el homosexual puro. La inmensa mayoría de los seres humanos se ubican, según la Escala de Kinsey, dentro de una amplia gama de bisexualidades, o de preferencias ambiguas que en unos casos se inclinan hacia la heterosexualidad y en otros hacia la homosexualidad.

Creo que es fácil entender que en un mundo con tantas gamas de sexualidades los represores de los homosexuales siempre llevarán las de perder, sobre todo si se dedican a usar ese programa de la Universidad de Stanford. En un mundo matizado por la Escala de Kinsey ese programa siempre terminará generando más dudas entre los adictos a la represión que entre los propios gais.

Al mismo tiempo, en la medida que el programa aumente su capacidad predictiva, ya sea mediante la mejora del algoritmo o la introducción de otros parámetros (como timbre de voz, postura, gestos, etc.) los represores terminarán descubriendo, si continúan usándolo, que tanto ellos mismos como sus reprimidos son, en realidad, un arcoíris de infinitos matices sexuales. Un abanico de posibilidades en las que el macho irredimible y el gay puro son verdaderas rarezas zoológicas. Al final los homófobos terminarán evitando ese programa de la misma forma que los racistas de hoy evitan los análisis de sus ADNs.

Lo interesante del asunto es que por muy bueno que pueda ser ese programa, para desarmar a los represores, es posible que terminemos pensándolo dos veces antes de decidirnos a desarrollar sus capacidades y extender sus usos. La razón podría estar en el hecho de que la sexualidad humana es uno de los componentes esenciales de la sacrosanta vida privada. Después de miles de años de represión sexual los seres humanos hemos aprendido a considerar el sexo como algo más oscuro e innombrable que nuestro sistema digestivo. La pregunta, entonces, es: ¿Estamos dispuesto a dejar que un programa ponga al descubierto eso que durante milenios hemos sido programados para esconder? O, para decirlo de otra forma, ¿Qué podríamos ganar con semejante sacrificio de nuestra privacidad?

Creo que ganaríamos mucho, y para explicarlo tengo que recurrir a una analogía.

El porcentaje de zurdos en todas las sociedades humanas es muy parecido al de los llamados homosexuales (entre el 5 y el 10% de la población). Durante mucho tiempo los zurdos también fueron discriminados sin piedad. Todavía hoy, por ejemplo, sobrevive la asociación entre la palabra siniestro —como sinónimo de malvado— y la preferencia izquierda de nuestras acciones motoras. Una consecuencia de esa absurda discriminación fue la conversión forzada de muchos zurdos en supuestos derechos. Una imposición que generó tantas secuelas negativas entre sus víctimas que bien podría ser considerada como una forma de tortura.

Ya desde finales de los años 1920s el médico americano Samuel Torrey Orton postuló que muchos de sus pacientes que sufrían de tartamudeo e incapacidad para la lectura eran zurdos forzados a ser derechos. Ya hoy está comprobado que el fallo para establecer un hemisferio cerebral dominante —que es característico de los zurdos forzados a ser derechos— se asocia con el tartamudeo, con el bajo rendimiento escolar, con los problemas de salud mental y con la esquizofrenia. Ya hoy también se sabe que la imposición de la lateralidad derecha tiene un efecto duradero sobre la estructura de la corteza cerebral y de los ganglios basales del cerebro humano.

Es muy difícil calcular con exactitud el impacto negativo que tuvo la lateralidad forzada que se les impuso a los zurdos, durante siglos, sobre la vida de social y económica de este planeta. Es fácil aceptar, sin embargo, que durante ese largo período de tiempo la humanidad generó, de una forma absurda, injusta y perfectamente evitable, una gran masa de personas con secuelas psicológicas y trastornos de conducta. Cuánto contribuyó eso a la pérdida de la riqueza y la armonía social es una pregunta muy difícil de responder. Lo que sí se puede asegurar es que todos habríamos ganado si esa discriminación nunca hubiera existido.

De más está decir que la lateralidad motora es algo mucho más simple y de menor alcance —desde el punto de vista evolutivo, neurológico, psicológico y social— que la sexualidad. Para empezar, el sexo es, junto con la alimentación, uno de los mecanismos básicos de la sobrevivencia de nuestra especie. Además de eso estamos hablando, en el caso de los zurdos, de una fracción pequeña de la humanidad que fue obligada a comportarse como el resto. Cuando de la represión sexual se trata tenemos, sin embargo, un cuadro diametralmente opuesto. Si seguimos la Escala de Kinsey podemos aceptar que la discriminación sexual busca que una masa mayoritaria de seres humanos —ese enorme porcentaje que se mueve alrededor de la bisexualidad— se comporte como esa rareza estadística que llamamos heterosexual puro, o sea clasificado y discriminado como esa otra rareza estadística que llamamos homosexual.

¿Cuál es el precio que ha pagado la humanidad por esas sexualidades impuestas? En realidad, no lo sabemos. Nos consta que tiene que ser, dada la importancia que tiene el sexo para la psiquis humana, mucho más alto que el enorme precio que pagamos por la lateralidad forzada de los zurdos. Nos consta, también, el abrumador precio psicológico, físico, económico y social que han pagado y todavía pagan muchos homosexuales por no querer reconocerse como heteros. Sabemos, o intuimos, que el mundo sería un lugar mucho más habitable y armónico si todos pudieran ubicarse, sin presiones externas de ninguna índole, dentro de ese punto de la Escala de Kinsey que mejor les parezca. Pero estamos muy lejos de tener una idea real de cuánto pagamos como sociedad por la ausencia de esa posibilidad.

Podría pensarse que una forma de saberlo es averiguar la sexualidad real de cada persona y cuanto se aleja esta del patrón heterosexual-homosexual predominante. A partir de ahí podría inferirse el precio que ha pagado cada individuo y como se transfiere este hacia la familia y la sociedad.  Ojalá fuera tan fácil, porque el asunto es, en realidad, mucho más complejo. El sexo, además de ser esencial para la sobrevivencia de la especie, o quizás por eso, está estrechamente ligado al placer y a eso que de forma general llamamos el ser; o sea, a esa parte de nuestra vida inteligente que requiere de una validación constante, aunque sea al costo de la objetividad, de la sinceridad y de las decisiones justas.

Una vez que una persona “escoge” una sexualidad, y esta deviene una parte esencial de su ser, resulta muy difícil analizar las consecuencias de esa opción “escogida”. Al intentar hacerlo podríamos adentrarnos en los pantanos del acoso psicológico, de las negaciones freudianas (denials en inglés), de las causas presentadas como efectos (o viceversa) y de cuanto mecanismo de defensa psicológica y social puedan existir. Al mismo tiempo, una vez que una persona “escoge” la heterosexualidad es muy probable que intente dejarla en herencia a sus descendientes.  Así se establece un círculo vicioso de sexualidades impuestas, una noria que a pesar de sus buenas intenciones nunca para de exprimirle el agua a la vida.

Ante la imposibilidad de calcular el precio de las sexualidades impuestas solo queda una alternativa: detener la noria y observar qué sucede después. El primer paso para lograrlo sería que cada cual pueda saber, de la forma más objetiva posible, dónde se ubica su sexualidad dentro de la Escala de Kinsey. El segundo paso, que es en el que más hemos avanzado—gracias a las organizaciones de defensa de los homosexuales—, es que cada cual pueda asumir esa sexualidad sin presiones de ninguna índole y con la más completa tolerancia de sus semejantes.

Estoy convencido de que el programa desarrollado en la Universidad de Stanford es un excelente inicio para el desmantelamiento de la noria de las sexualidades impuestas. Esos algoritmos, y otros que eventualmente serán más poderosos en su capacidad predictiva, harán posible que en el futuro cada cual pueda saber de una forma objetiva —sin sospechar juicios injustos o  proyecciones psicológicas ajenas— la ubicación real de su sexualidad.

Una consecuencia inmediata será que los homófobos y los represores de los homosexuales descubrirán, para su desmayo, que en realidad no son tan machos como creían serlo.  A corto o mediano plazo intentarán negarlo. Lo harán , claro está, con la misma vehemencia que los racistas de hoy usan para rechazar esos análisis de ADN que los delatan —mundo cruel— como portadores de un alto porcentaje de genes africanos o semíticos. A la larga, sin embargo, a los homófobos no les quedará más remedio que aceptar que la bandera del arcoíris es más literal de lo que ellos nunca estuvieron dispuestos a aceptar.

Cubanía y sexualidades impuestas (II)

Cubanía y sexualidades impuestas (III)

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