Parece mentira, Gabor

Diario de Cuba acaba de publicar un artículo en el que tres supuestos jóvenes de Miami –que a todas luces responden a la maquinaria de propaganda del Partido Demócrata de los EE. UU.– se han dado gusto mintiendo sobre el presidente Donald Trump y sobre los cubano-americanos.

Lo interesante del caso es que lo han hecho sin que medie la más mínima verificación, o balance editorial, por parte de un medio, Diario de Cuba, que siempre se ha ufanado de su imparcialidad en esos temas.

Dice uno de esos señores, en el artículo de marras, que da miedo ser Pro-Biden en Miami. Así mismo, estimados lectores, una vez más el Partido Demócrata recurre al tonto y racista estereotipo de que los cubanos-americanos, cuando no votan a la izquierda, son una bola de intolerantes y violentos.

En un momento en el que los EE. UU. sufren una absurda e innecesaria ola de violencia, estimulada por la extrema izquierda marxista y tolerada por el Partido Demócrata, a un cubano llegado de la isla le da por decir, y nada más y nada menos que en Diario de Cuba, que da miedo ser pro-Biden en Miami.

Los golpes, los disparos, los asaltos, las muertes, los incendios y las calles cerradas han sido obra, durante meses, de personas que, incluso en Miami, se creen con el derecho de destruir e insultar a los que muestren su apoyo por el presidente Trump.

Los cubano-americanos en la Florida, y en otros estados, han hecho público su apoyo al presidente Trump en actos, como caravanas de autos y conciertos, en los que no se ha registrado un solo delito de violencia por parte de los convocados.

Al mismo tiempo, no se conoce de ninguna incitación a la violencia, por parte de los anti-castristas de Miami, contra los defensores de Joe Biden. A pesar de eso aparece este señor diciendo, y nada más y nada menos que en las páginas de Diario de Cuba, que da miedo ser pro-Biden en Miami.

No contentos con esa primera, garrafal, y estigmatizante mentira, continúan los aguerridos defensores de Bidencismo diciendo que el presidente Donald Trump quiere “dejar a millones de personas sin atención médica”. Fíjense que no dicen “sin seguro médico”, o “sin cobertura médica”, que también sería mentira.

No, prefieren usar la palabra “atención” porque así introducen, como buenos propagandistas que son, las ideas de indefensión y maldad que buscan dejar como mensaje. Son, sin lugar a dudas, profesionales de esa técnica que hoy conocemos como “asesinato del carácter o de la reputación”.

El resto del artículo es una sarta de mentiras que no vale la pena seguir comentando. Lo importante, a mi entender, es el hecho de que semejante texto haya salido publicado en uno de los sitios de noticias que más leen los cubanos en el exilio, y que haya salido sin el más mínimo balance editorial.

Diario de Cuba puede recurrir, claro está, al siempre socorrido argumento de que ellos no censuran y de que, por tanto, no se responsabilizan con las opiniones vertidas por sus entrevistados. Una salida que estaríamos obligados a aceptar de no ser por un detalle: una revisión de los textos publicados en Diario de Cuba, sobre las actuales elecciones estadounidenses, muestra una marcada inclinación a favor del Bidencismo.

En febrero de este año me percaté de que, a pesar de la enorme popularidad que el presidente Trump ya mostraba entre los cubano-americanos, Diario de Cuba no había publicado un solo artículo para indagar sobre las razones de esa popularidad.

Por esa fecha escribí este texto y lo envié a Diario de Cuba con la solicitud de que fuera considerado para su publicación. Me respondió su editor, Antonio José Ponte Mirabal, para decirme que no podían publicarlo porque ya tenían “varios textos a la espera sobre el tema”.

Confieso que me alegré. Era bueno saber que esa publicación tenía en planes indagar sobre lo que es, sin lugar a dudas, el fenómeno político más interesante que ha ocurrido en el último siglo de la democracia estadounidense; pero el tiempo empezó a pasar y solo vi, con extrañeza, que la mayoría de los textos publicados buscaban una neutralidad que siempre se inclinaba a favor de Biden.

Ayer, sin embargo, descubrí con asombro que, a solo ocho días de las elecciones estadounidenses, Diario de Cuba había decidido abandonar sus últimos vestigios de imparcialidad para publicar un texto plagado de mentiras contra el presidente Donald Trump.

La impresión no fue solo mía. Uno de los comentaristas en esa publicación así también lo expresó cuando dijo:

26 Oct 2020 – 18:51 CET

El viajero

La gente puede tener la opinión que quiera, pero estamos muy cerca de las elecciones para dejar pasar este anuncio político “no pagado”. Espero que de la misma forma que DDC le dio espacio a este grupo pro Biden y Partido Demócrata, le den el mismo espacio y tiempo a los partidarios de la candidatura de Trump y el partido Republicano. Digo, si es verdad eso de “dotar” a la Democracia que dice el National Endowment for Democracy.

Hay dos cosas que me han llamado mucho la atención sobre esta asimetría de DDC con respecto a Trump. La primera es que, dada la enorme popularidad del presidente entre los lectores habituales de esa publicación, es fácil reconocer que una cobertura más balanceada les habría permitido aumentar su circulación. En ese sentido puedo asegurar que el texto mío que ellos decidieron no publicar, por tener otros sobre el tema, ha tenido una enorme cantidad de lecturas.

La segunda cosa que me llama mucho la atención es que siempre pensé que, al menos para el editor en jefe de Diario de Cuba, Donald Trump tendría que ser una figura muy llamativa y seductora. A fin de cuentas, la lengua suelta del presidente estadounidense, y su aire de fingida medianía, recuerdan mucho a Fermín Gabor, que es el inter y el alter ego de Antonio José Ponte Mirabal.

Publicado en Cuba | Deja un comentario

Ayer –antes del Bidencidio político–, con Guillermo Coco Fariñas, Boncó Quiñongo y Manuel Milanés

Ayer tuve la suerte de compartir un par de horas con Coco Fariñas. Pudimos conversar sobre “El Sóviet caribeño” desde la perspectiva de esa Inteligencia Militar Soviética (GRU) que Coco conoce tan bien. Muchas gracias a Manuel por la invitación, y al gran Boncó Quiñongo por cerrar el programa con la frase que lo resume todo.

Para los interesados, pueden verlo aquí:

Publicado en Cuba | 6 comentarios

Con Andrés Albuquerque en la directa de Eliécer Ávila

Ayer en la tarde volví a conversar con mi estimado Andrés Albuquerque sobre “El Sóviet caribeño“. El tema da, claro está, para conversar largo y tendido.

Muchas gracias a Eliécer por la invitación, y a su productora, Hannah Imbert, por su excelente trabajo.

Para los interesados, pueden ver la conversación a partir de la hora y los 19 minutos de este video, aunque justo es reconocer que toda la directa está bien interesante.

Publicado en Cuba | 2 comentarios

¿Asesinado asesinando? No, por favor.

Vuelve a la carga, contra el presidente Donald J. Trump, mi admirado Carlos Alberto Montaner.

Esta vez en respuesta a un excelente discurso en el que Tom Klingenstein explica, de una forma muy clara, precisa, y racional, eso que muchos llevamos pensando, durante tanto tiempo, sobre el presidente número 45 de los Estados Unidos de Norteamérica.

Ya en un texto anterior CAM identificó al objeto de sus amonestaciones con una larga lista de epítetos. Lo llamó avasallador, mentiroso, gritón, despótico, anticientífico, chantajeado por los rusos, antihispano, sin empatía, fracasado, y nacionalista.

En cuanto ese texto salió, escribí uno explicando por qué las razones que CAM da –para endilgarle semejante lista de adjetivos a un ser humano– no son, cuando se miran desde otras perspectivas, tan válidas o axiomáticas como el autor de “La mujer del Coronel” cree y nos quiere hacer creer.

Después de publicado ese texto, y en una conversación con la periodista y escritora Idolídia Dárias, expliqué que muchos de los epítetos que CAM usa contra Trump tienen su origen en técnicas mediáticas que fueron creadas por los comunistas; y que el Partido Demócrata ha estado utilizando, a través de su poderosa maquinaria de propaganda, desde mucho antes de que Trump fuera electo presidente de los EE UU.

Los comunistas descubrieron, hace ya mucho tiempo, que cuando ponemos a alguien bajo una luz negativa les estamos insinuando a los que ven y aceptan esa imagen que son, por puro contraste, buenas personas. Y si algo disfrutan los seres humanos, además de creerse lindos, sanos e inteligentes, es precisamente ser buenos.

Una vez logrado que parte de las masas acepten, o al menos dejen pasar acríticamente esa imagen negativa, los comunistas la agarran y la introducen dentro de una caja de resonancia, que no es más que la enorme cantidad de medios de propaganda que siempre tienen a su disposición. No olvidemos que Lenin dijo que la primera tarea de los comunistas era crear periódicos.

Una vez introducida dentro de esa caja de resonancia mediática, la imagen negativa empieza a rebotar, de medio en medio, hasta que adquiere vida propia y empieza entonces a ser citada y aceptada sin el más mínimo reparo crítico. Al mismo tiempo, y como la imagen es negativa, los comunistas la usan para endilgársela a los que intenten rechazarla o, al menos, analizarla críticamente. Un ejemplo clásico es llamar racistas a esos que hoy se atreven a decir que Donald J. Trump nada tiene de racista.

Para tener una fuente infinita de imágenes negativas, los comunistas siempre han usado un grupo de técnicas que van desde la culpabilidad por asociación, las citas verbales fuera de contextos, el secuestro arbitrario de la línea del tiempo y la amplificación de esos errores que los humanos siempre cometemos. Todo eso (y mucho más que no viene al caso por razones de espacio) sale aderezado de la cocina comunista con medias verdades y francas mentiras.

El resultado cimero de esa vieja técnica de los émulos de Lenin es eso que hoy conocemos como el asesinato del carácter o de la reputación. Un proceder que, en nuestros tiempos, y gracias a eso que llamamos los medios sociales, ha alcanzado un nivel de pesadilla para aquellos que, como Donald J. Trump, se ven convertidos en blancos de esa maquinaria infernal.

Cuando Carlos Alberto Montaner escribió su primera diatriba contra Trump, usando todos y cada uno de los adjetivos previamente creados por la poderosa maquinaria de propaganda del Partido Demócrata, pensé que se trataba de una persona decente, como la que CAM realmente es, que no había podido ir más allá de las ronchas que inevitablemente levanta la personalidad del actual inquilino de la Casa Blanca.

Pensé que CAM solo estaba haciendo uso de esos adjetivos para expresar su rechazo, pero que no se estaba prestando, con su nombre y prestigio, para seguir dándole resonancia a semejante operación de asesinato del carácter –porque eso es lo que es– contra un presidente legal y democráticamente electo por 63 millones de estadounidenses. Ahora descubro, con tristeza, que pude estar equivocado.

En su respuesta al discurso de Tom Klingenstein CAM vuelve a la carga, pero esta vez con argumentos que están tan desvinculados de la realidad que no dejan otra alternativa que pensar en una respuesta más visceral que racional.

Para empezar, no hay prueba alguna de un “antitrumpismo infinitamente mayoritario de la población negra” de los EE UU. Lo que sí hay es un movimiento llamado Blexit, creado por la excelente comunicadora Candace Owens, que busca emancipar a los votantes negros de lo que Owens y sus seguidores llaman “la plantación del Partido Demócrata”.

Lo que sí es evidente es que Trump ha logrado movilizar a su favor, con sus reformas del sistema penitenciario y su probada capacidad para generar puestos de trabajo, a una cantidad nunca antes vista de votantes negros para un candidato republicano. Esa es una realidad que ya casi nadie niega y que CAM decide ignorar para de paso insinuar, sin prueba alguna, o con más deseos que argumentos, que en 1861 Trump habría simpatizado con el “Sur derrotado” y no con el Norte de ese Partido Republicano al que pertenece.

Insatisfecho con semejante embarre, CAM decide sacar de contexto una frase del senador Marco Rubio, dicha al calor de un fuerte debate durante las primarias del Partido Republicano, para hacer resonar la idea de que Donald J. Trump es un “con man”, o un pillo. Un hombre que, según CAM, fracasó en todo menos en tener, hoy por hoy, un patrimonio probado de más de 3 millardos de dólares… vaya fracaso.

De más está decir que semejante acusación de Marco Rubio sería nada si nos pusiéramos a recordar que Kamala Harris, la flamante compañera de boleta de Joe Biden, dijo en su momento que ella les creía a todas las mujeres que acusaban de conducta impropia al candidato presidencial del Partido Demócratas. La caja de resonancia, claro está, nunca hará resonar esa frase.  

Podría seguir desmontando, una a una, las sinrazones de este último ataque de CAM contra el presidente Trump, pero prefiero concentrarme en lo que realmente me importa, que es la tristeza de ver a un hombre, como Carlos Alberto Montaner, que tantas veces ha sido víctima de intentos de asesinatos del carácter, por parte del castrismo, atacar a otro ser humano con argumentos que tienen su origen en técnicas muy similares a la que los castristas usaron para atacarlo a él.

Hace ya un tiempo CAM escribió un artículo denunciando un intento de asesinato de su reputación por parte de una supuesta soplapito (whistleblower) italiana. En ese texto CAM cita la definición de esa técnica que fue dada por el académico cubano Juan A. Blanco, y que dice así:

Los promotores del asesinato de reputaciones para lograr sus fines emplean una combinación de métodos abiertos y encubiertos como son la formulación de acusaciones falsas, el fomento de rumores y la manipulación de informaciones… El asesinato de reputación persigue la finalidad de anular la capacidad de influencia de la víctima, silenciar su voz y lograr su rechazo por la sociedad. Al transformar a sus víctimas en no-personas, las hacen vulnerables a abusos aún más graves…”.  

Los subrayados son míos, y los hago para recordar que Donald J. Trump fue injusta, criminal y absurdamente acusado de haber hecho colusión con Rusia para ganar las elecciones. Además, de él se han corrido rumores sobre su mala salud, el estatus de su matrimonio, la vida de sus hijos y un largo etcétera. No contentos con eso, los orquestadores del asesinato de su carácter han manipulado las informaciones una y otra vez para decir, por ejemplo, y en contra de hechos que son inobjetables, que el presidente nunca ha denunciado a los supremacistas blancos.

Causa mucha tristeza observar que nuestro admirado Carlos Alberto Montaner no solo no se dé cuenta de eso, sino que decida sumar su nombre y su prestigio a una campaña que, al menos para los cubanos, debería oler muy mal.

Maestro, se lo suplicamos, no haga eso.

Publicado en Cuba | 12 comentarios

Darwin baila sobre la tumba de Marx

Si una idea ha repetido hasta la nausea la ideología marxista, es esa de que la moral es el reflejo de los intereses de una clase social dominante.

La  han repetido tanto que, en el año 1947, la Sociedad Antropológica de los EE UU ya se había apuntado a la receta de que lo bueno y lo malo eran meras construcciones sociales y que, por tanto, no existían las normas morales universales.

Así se había mantenido esa idea hasta que, el año pasado, un grupo de científicos de la Universidad de Oxford publicó un artículo describiendo el hallazgo de reglas morales que se repiten, con una altísima frecuencia, en sociedades de todas las culturas y regiones geográficas, y con todos los niveles de desarrollo posibles.

Ese hallazgo, que es extraordinario, surgió a partir del análisis de cientos de registros etnológicos documentados en los últimos 300 años. Ninguno de esos registros fue hecho con el objetivo específico de estudiar o demostrar hipótesis alguna sobre reglas morales o éticas. Todo lo contrario, fueron hechos para describir características que solo hoy pueden ser extraídas, clasificadas, y tabuladas, gracias a la computación.

Como resultado de ese estudio, las siguientes normas morales han emergido como universales a través de los tiempos, las culturas, los niveles de desarrollo, y las distintas regiones geográficas:

  1. Ayudar a la familia y a los parientes.
  2. Ayudar al grupo al que se pertenece.
  3. Reciprocar las acciones, tanto las positivas como las negativas.
  4. Ser valiente.
  5. No oponerse a los superiores.
  6. Dividir los recursos en disputa.
  7. Respetar las posesiones previas.

Es evidente que esas reglas son necesarias para la sobrevivencia de una especie, el Homo sapiens, que pagó un enorme precio evolutivo por su actividad nerviosa superior y que se vio obligada, por pura necesidad, a desarrollar estrategias de adaptación que le permitieran contrarrestar la enorme vulnerabilidad impuesta por el desarrollo de esa actividad nerviosa superior.

El cerebro humano es el 2% del peso de nuestro cuerpo y consume el 20% de la energía disponible. Eso explica, entre otras cosas, que seamos casi nulos, para nuestra sobrevivencia, durante una buena parte del inicio de nuestras vidas.

Como resultado de eso, el Homo sapiens tuvo que desarrollar, a la par de su cerebro, una enorme capacidad para cuidar a su descendencia, tanto de forma individual como en grupo y, además, durante un largo período de tiempo.

Somos mucho más que una especie con una gran capacidad para el altruismo y la empatía: somos, en realidad, una especie que no habría podido sobrevivir sin el desarrollo de esas capacidades.

El problema con el altruismo y la empatía –o su vulnerabilidad desde el punto de vista evolutivo– es la existencia de los llamados tramposos; o sea, de esos individuos que se benefician de esas características sin contribuir, de una forma proporcional, al mantenimiento de las mismas.

Digamos, por ejemplo, que un individuo está al cuidado de los bebés mientras otros humanos buscan comida. Si un depredador aparece, ese individuo tendrá una más alta probabilidad de sobrevivir si abandona a los que está cuidando. La pregunta es: ¿cuál es la mejor estrategia evolutiva para que eso no suceda?

La mejor estrategia que hemos encontrado es que solo cuiden bebés los individuos que están genéticamente relacionados con ellos. De esa forma, si el tramposo los abandona, y los bebés desaparecen, también habrá desaparecido una buena parte del acervo genético de ese tramposo y así, pasadas varias generaciones, ese acervo genético habrá mermado o desaparecido.

Igual, los individuos que decidan sacrificarse, para salvar a los bebés, verán su acervo genético crecer con el tiempo y con este crecerán, también, el altruismo y la empatía como estrategias evolutivas válidas.

Una validez que implicará, necesariamente, el surgimiento de grupos de identidad genética como las tribus, los clanes, las etnias, las naciones, los países, etc.

Desde esa perspectiva, los valores familiares y de ayuda al grupo al que se pertenece no son, para nada, valores relativos. Son valores absolutos que están estrechamente relacionados con nuestra capacidad para sobrevivir.

Algo parecido sucede con nuestra predisposición a reciprocar las acciones, tanto positivas como negativas, de las que somos objeto. Una estrategia evolutiva que todavía hoy no ha podido ser derrotada en ningún modelo computacional.

Una forma de actuar que permite, a través del “toma y daca” – o del “tit for tat” y del si tú me “ayudas yo te ayudo” –, ir sumando cooperadores a nuestro grupo social e ir eliminando, a través del rechazo o la no cooperación, a los tramposos.

Si seguimos esa línea de pensamiento es fácil entender que, para que seamos capaces de cuidar a nuestra familias y parientes, y a esos miembros de nuestro grupo social extendido, así como para que podamos reciprocar tanto las acciones buenas como las malas, tenemos que desarrollar nuestra capacidad de imponernos al miedo. Una necesidad que eventualmente devino ese concepto que hoy llamamos valentía.

Igual, si somos casi nulos durante una buena parte de los años iniciales de nuestras vidas, y dependemos del grupo para sobrevivir, lo mejor que podemos hacer, desde el punto de vista evolutivo, es seguir las indicaciones y las enseñanzas de las personas de ese grupo que son más viejas y tienen, casi siempre, más experiencia y jerarquía que nosotros.

Con la división de los recursos en disputa también es fácil entender que, dentro de un amplio número de opciones, las más válidas siempre serán esas que impidan que unos pocos se beneficien a expensas del decrecimiento de la población del grupo. Cuando eso sucede es cuestión de tiempo que todos, tanto los privilegiados como sus víctimas, sean objeto de una alta vulnerabilidad evolutiva.

Quizás la más sorprendente de las reglas morales universales descubiertas en Oxford, al menos para los marxistas, sea esa que reconoce a la propiedad, o el respeto de las posesiones previas, como un derecho sagrado que existe desde mucho antes del surgimiento de las clases sociales.

La razón de esa característica podría estar dada por el hecho de que el Homo sapiens, además de ser una especie con una alta inclinación al altruismo y a la empatía es, hasta donde sé, la única especie que para sobrevivir se ha visto obligada a hacer simbiosis con los objetos.

Para los seres humanos el pedernal, el hacha, la lanza, el arco, la flecha o el fuego, fueron mucho más que objetos de uso facultativo o esporádico. Fueron extensiones de su cuerpo que resultaron imprescindibles para contrarrestar la debilidad intrínseca de su organismo y poder, de esa forma, ganar la única ventaja evolutiva que podría conferirle el desarrollo de su actividad nerviosa superior.

Si nuestra relación con los objetos es simbiótica, entonces nuestro sentido de la propiedad, y su importancia evolutiva, precede en el tiempo, y en jerarquía lógica, al surgimiento de las clases y a la tan cacareada lucha de clases que los marxistas siempre han usado como justificación para robar.

Algo que llama la atención, con respecto a las reglas morales universales, es que todas están muy bien representadas en los preceptos esenciales de las grandes religiones que existen hoy en este planeta.

De alguna forma, ya sea por mandato divino o por ensayo y error, todas las grandes religiones se las han arreglado para salvaguardar ideas cuya violación haría pagar un alto precio evolutivo a las poblaciones que las practican.

Lo contrario, sin embargo, ocurre con la ideología marxista. Si miramos los preceptos de Marx podemos ver, sin mucho esfuerzo, que entran en franca contradicción con los dictados de la evolución.

Donde Marx vio proletarios de todos los países, Darwin vio familia y grupo social extendido. Donde los marxistas ven internacionalismo, la evolución defiende etnias y países.

Si los supuestos revolucionarios practican el servilismo perruno a una ideología, el pragmatismo adaptativo avisa que la reciprocidad, o el toma y daca, brinda mejores resultados.

Ante la destrucción en masa de los valientes, por los totalitarismos marxistas, Darwin enseña que respetarlos es una mejor estrategia evolutiva.

En contraste con la supuesta superioridad del “hombre nuevo”, la evolución promueve respetar las jerarquías generacionales.

La originalidad del reclamo marxista de la justicia social, y de una mejor distribución de los recursos en disputa, pierde fuerza cuando la evolución nos demuestra que es tan viejo como la humanidad.

Por ultimo, quejarse del robo marxista de las propiedades no es, según la evolución, defender los intereses de una clase dominante. Es defender un derecho ancestral de los seres humanos.

Parece no ser casual, entonces, que las sociedades que abrazaron la ideología marxista, en toda su extensión, sean sociedades que hoy muestran grandes regresiones económicas, sociales, demográficas y, en algunos casos, francamente antropológicas. En esas sociedades, el marxismo perdió la batalla económica y perdió, por tanto, la posibilidad de imponerse militarmente.

Eso implica que lo único que hoy queda vivo de esa doctrina es el llamado marxismo cultural; o sea, esa parte de la ideología que todavía descansa sobre la idea de que las normas morales son el reflejo de los intereses de una clase social dominante.

Ese marxismo cultural es el que hoy muestran, quizás como un canto de cisne, todos los partidarios de Black Live Matter y Antifa que asolan a los EE UU. Una caterva de desadaptados sociales que se aferran, con fervor fanático, al relativismo moral inventado por Marx.

Todos esos chiquillos que reniegan de sus familias, que insultan a su país, que se quejan de sus mayores mientras practican la cobardía de los ataques grupales para robar y destruir las propiedades de otros, lo hacen con la certeza absoluta de que tienen la razón, de que son el instrumento de un futuro luminoso y de que están, por tanto, del lado correcto de la Historia.

Ignoran, por desgracia para ellos, que están del lado equivocado de la evolución.

Publicado en Cuba | 5 comentarios

Les suplico, por favor, 17 minutos de su tiempo

No dejen de leer o escuchar este discurso.

Es importante que lo lean, o lo escuchen, antes del 3 de noviembre.

Pocas veces alguien ha articulado, de una forma tan clara, el pensar de tantos.

No dejen de compartirlo con otros. Es importante.

Publicado en Cuba | 6 comentarios

Hablando de Trump y Carlos Alberto Montaner con Idolídia Darias

Ayer, en la tarde, tuve una conversación, a más bien un monólogo, con la periodista y escritora cubana Idolídia Darias.

El tema de nuestro asimétrico intercambio fue el texto que recientemente escribí para argumentar por qué me encanta Donald Trump.

Publicado en Cuba | 4 comentarios

Por qué me encanta Donald Trump

Para mi admirado Carlos Alberto Montaner

Porque el comunismo, el socialismo, el chavismo y el putinismo son el fin del debate civilizado.

Me encanta Donald Trump porque, en primer término, lo recuerdo escribiendo, en 1999, un artículo para explicar que no invertiría en el boom inmobiliario que el castrismo anunció, con bombos y platillos, en aquella época. ¿Su razón?: que no invertiría en propiedades robadas.

Me encanta Donald Trump porque, décadas antes de postularse para presidente, ya tenía clara la idea de que los EEUU estaban siendo vendidos a potencias extranjeras por una caterva de odiadores de los EE UU que habían logrado disfrazarse de políticos.  

Me encanta Donald Trump porque la izquierda estadounidense lo cortejó, durante años, para que fuera un candidato demócrata y él se negó. Y lo hizo porque ya desde entonces sabía algo, y es que la mayor parte de esa caterva de odiadores de los EE UU eran miembros de la élite de ese Partido Demócrata que lo estaba cortejando.

Me encanta Donald Trump porque cuando el Partido Demócrata le hizo saber que controlaban los medios, y que lo harían puré de talco si intentaba postularse, no solo se postuló, sino que supo oponer a la proverbial hipocresía anglosajona, y a la ancestral culpa protestante, que son las piedras angulares de la propaganda demócrata, un estilo desenfadado, directo, sincero, y en ocasiones brutal en su honestidad. Un estilo que, claro está, enseguida fue tildado por la propaganda demócrata como “mentiroso”, “arrogante”, “avasallador”, etc.

Me encanta Donald Trump porque sé, como solo un cubano puede saberlo, que el New York Times, CNN, el Washington Post, El País y otros muchos medios de izquierda, llevan décadas mintiendo sobre la mal llamada revolución cubana y defendiendo, con sus mentiras, a ese despotismo castrista que sufrimos hoy.

Me encanta Donald Trump porque ante medios que no tienen la decencia de anunciar en sus cintillos que son “órganos oficiales” de una ideología caduca, la única respuesta posible es la lengua bien sacada de la “post verdad”, el dedo mostrado de las exageraciones, y los pantalones bajados de “si vamos a mentir, mintamos”.

Me encanta Donald Trump porque si hubiera sido cortés, en el debate con el pobre anciano abusado de Joe Biden, los medios demócratas habrían dicho que su oponente lo calló; y si lo hubiera interrumpido, para no dejarle pasar sus mentiras evidentes e insultantes, los medios demócratas habrían dicho, como lo hicieron, que eso era un vergonzoso e incivilizado circo.

Nada más refrescante que ver a un hombre ejercer esa libertad que siempre nos regalan cuando sabemos, de antemano, que el juicio que recibiremos ya está decidido.

Me encanta Donald Trump porque la versión moderna de la vieja aristocracia europea, los llamados socialistas y socialdemócratas de hoy, llevan décadas parasitando el presupuesto militar estadounidense, y las más avanzadas tecnologías de defensa de los EE UU mientras se llenan la boca para denigrar al país que los salvó del nazismo y del comunismo.

Me encanta Donald Trump porque ya era hora de que se acabara la ley del embudo en el trato de los Estados Unidos con sus supuestos aliados. Si la parte estrecha del cono siempre le tenía que tocar a los EEUU y, encima de eso ese país tenía que aceptar que lo presentaran como el malo de la película, entonces se imponía, como un aviso, el gesto de un teléfono bien colgado.

Me encanta Donad Trump porque recientemente Alemania ha sido llamada la provincia número 33 de China; porque el sur de Europa es cada vez más iraní, y porque Australia lleva años aceptando la penetración China e ignorando los llamados de atención de los EE UU al respecto. Ante ese cuadro, es mejor dejar de mantener militarmente a esas naciones. Al final, parece decir el actual presidente de los EE UU, en este mundo casi nadie tiene lo que se merece, pero casi todos sí tienen lo que se buscan.

Me encanta Donald Trump porque estoy cansado de que Rusia, un país con un Producto Interno Bruto equivalente al del estado de Nueva York (antes de Cuomo, claro está) vaya por el mundo blufeando sus aires de superpotencia a costa de la permisividad de esos políticos estadounidenses que odian a su país, y están dispuestos a venderlo.  

Me encantan Donald Trump porque durante su primer mandato Rusia no ha hecho nada equivalente a comerse parte de Ucrania, a mandar en los destinos de Siria; o a lograr que su provincia en las Américas, Cuba, recibiera, sin contar con el dolor de los cubanoamericanos, una rendición incondicional por parte de los E UU.

Me encanta Donald Trump porque dijo, desde el principio, y el tiempo lo ha comprobado, que toda la trama de su supuesta colusión con Rusia no era más que una utilización asquerosa, ilegal, y sin precedentes, del FBI, la CIA y el Departamento de Justicia para perseguir a un presidente legítima y legalmente electo. Lo dijo, y hoy demuestran que tuvo la razón todos esos documentos que están siendo desclasificados y que ilustran, sin lugar a la más mínima duda, que todo fue una operación única (por esa bajeza de la que solo creía capaz al castrismo) en la historia de los Estados Unidos de Norteamérica.

Me encanta Donald Trump porque soy un científico de formación y conozco, muy bien, de resultados negativos escondidos en gavetas, de comas desplazadas hasta el punto decimal requerido para poder publicar, de investigadores llamados “project killers” (por su honestidad a la hora de reportar sus resultados) y de revistas científicas de primera línea que casi todas las semanas tienen que publicar “disclaimers”, o retractaciones, porque antes habían publicado resultados científicos que sencillamente no eran verdad.

Me encanta Donald Trump porque el 66% de los graduados de preuniversitario en los EE UU van a la Universidad, y porque eso implica que todos los años se gradúan, como futuros científicos, miles y miles de personas que no tienen los mínimos requerimientos intelectuales, y mucho menos éticos, para ejercer esa profesión. Después de graduadas esas personas salen a un mercado laboral que enseguida convierte a muchas de ellas en vendedoras de verdades por contrata.

Me encanta Donald Trump porque casi al inicio de la pandemia pidió cerrar las fronteras de los EEUU a los visitantes de China, y los demócratas lo acusaron a ser un despreciable xenófobo.

Me encanta Donald Trump porque los mismos que ahora lo acusan de haber manejado mal la epidemia de Covid son partidarios de ese mismo Partido Demócrata que dondequiera que es gobierno ha sido responsable de tasas de muertes, por Covid, que son entre un 200 y un 400% más altas que las de los estados donde gobiernan los republicanos.

Me encanta Donald Trump porque cuando inmigré al Canadá me hicieron muchos análisis de sangre y varios rayos X de tórax, me pidieron títulos universitarios, chequearon mi manejo de las lenguas de este país, comprobaron si tenía plata en el banco, y me exigieron cero antecedentes penales. Todo eso, y mucho más, me lo pidieron sin que a nadie se le ocurriera decir que el Canadá rechazaba a los inmigrantes cubanos (me niego a reconocerme como hispano, y mucho menos como latino. Soy cubano).

Me encanta Donald Trump porque todo sistema complejo con capacidad de adaptación tiene, entre sus muchas propiedades, la función de homeostasis; o sea, la capacidad de mantener la integridad interna del sistema ante las variaciones externas. Si seguimos esa ciencia que muchos de los detractores de Trump dicen seguir es fácil entender que la sociedad estadounidense busque evitar, como sistema complejo con capacidad de adaptación que es, que la afluencia de inmigrantes nunca sea tan desorganizada, ilegal, o masiva como para desestabilizar el equilibrio interno de esa sociedad. Tildar esa respuesta de absurda, o inhumana, es un acto más cercano al fanatismo ideológico que a cualquier otra cosa.

Me encanta Donald Trump porque los EE UU le deben una buena parte de su grandeza (sí, son una gran nación) al hecho de ser un país de leyes al que la gente llega, casi siempre de forma legal, huyendo de países sin leyes. Intentar convertir la ilegalidad en una virtud, y premiarla incluso hasta la segunda generación, tiene dos efectos negativos que son evidentes, uno es que los ilegales les quitan recursos y puestos de trabajo a aquellos que sí respetaron la ley, el otro es que el premio a la ilegalidad es un contrasentido para aquellos se salieron huyendo de países sin leyes. Es verdad que hay razones humanitarias que son insoslayables, pero usarlas para hacer avanzar agendas ideológicas tiene más de “buenismo”, y de culpa protestante, que de cualquier otra cosa.

Me encanta Donald Trump porque nunca ha estado en contra de legalizar a los llamados “dreamers”. Lo que siempre ha intentado es negociar el fin de una cadena infinita de “dreamers” que cada cierto tiempo haya que legalizar por razones que volverán a ser humanitarias. Para lograr eso Donald Trump ha intentado negociar, con el Partido Demócrata, una reforma al sistema de inmigración estadounidense que permitiría acercarlo más al sistema que tiene Canadá. Eso evitaría el sinsentido de escapar de países sin leyes para burlar las leyes del país de acogida. De más está decir que el Partido Demócrata prefiere el amor de los ilegales al respeto de sus ciudadanos.

Me encanta Donald Trump porque por primera vez un presidente estadounidense se niega a seguir el inhumano juego que el Partido Demócrata lleva décadas jugando. Un juego que implica apoyar a regímenes dictatoriales de izquierda, a impedir que la comunidad internacional los elimine por razones humanitarias, y a incentivar, así, las emigraciones masivas e ilegales hacia los EE UU. Unos éxodos que crean una masa de inmigrantes que casi siempre devienen una muy buena clientela política del Partido Demócrata.

Me encanta Trump porque se dio cuenta de que los decretos de Obama con respecto al castrismo, aunque empedrados con las intenciones del “buenismo”, no pasaban de ser una rendición incondicional ante un régimen que nunca tendrá otra identidad que la de un odio visceral hacia los EE UU. Así lo demostraron los ataques acústicos a los diplomáticos estadounidenses en La Habana, la brutal represión contra los opositores cubanos, y la reluctancia a abandonar la criminal ocupación castrista de Venezuela.

Me encanta Donald Trump porque le ha plantado cara a la élite de un Partido Demócrata que, en su inmensa mayoría, llegó sin un centavo al poder y, décadas después del ejercicio de ese poder, cuenta con fortunas que nadie sabe a ciencia cierta de dónde salieron. Una élite que, como Fidel Castro, fue incapaz de crear riquezas y puestos de trabajos; pero que ha recurrido a cuantas bajezas podamos imaginar para presentar, como corrupto, a un hombre que hizo su fortuna creando riquezas y puestos de trabajo.

Me encanta Trump, porque se ha caído muchas veces y se ha vuelto a levantar, porque nunca ha aceptado los reveses como derrotas y porque a través de su carrera, en un oficio en el que muy pocos triunfan, se las arregló para llegar hasta hoy con una fortuna de más de tres millardos de dólares, miles de puestos de trabajo creados, y una hermosa familia.

Me encanta Donald Trump porque donde muchos ideólogos lo acusan de nacionalismo, él ve a un pueblo que se niega a que le cambien su identidad. Él ve a una sociedad reluctante a rendir ese conjunto de leyes y tradiciones que la han convertido en una gran nación. Una forma de ser que ahora algunos pretenden cambiar, ya sea por beneficio propio, para satisfacer espurios intereses foráneos, o por turbias agendas ideológicas.    

Por último, me encanta Trump porque los ideólogos que crearon esa leyenda negra, que lo identifica como un racista y un supremacista, son los mismos que se niegan a identificar al socialismo, al comunismo y al marxismo como ideologías de odio contra la minoría más productiva de la historia de la humanidad. Son los mismos ideólogos que, cuando se sienten derrotados por un hombre capaz de crear riquezas y puestos de trabajo, acuden a algo tan bajo como pagarle grandes sumas de dinero a cualquier miembro de su familia que esté dispuesto a denigrarlo.  

Nota bene.

Soy cubano-canadiense, vivo en Montreal y en las últimas elecciones generales de este país voté, por primera vez, por el Partido Liberal. Estoy a favor del reconocimiento de todos los derechos a todas las minorías. Estoy a favor del matrimonio sin importar el sexo de los cónyuges. Estoy a favor de la legalización de las drogas y creo que es un derecho de cada mujer hacer con su cuerpo lo que estime conveniente. Mi primera reacción ante el fenómeno de Donald Trump fue de rechazo; pero dos cosas me hicieron cambiar. Una fue la vieja certeza de que los medios y la academia estadounidense llevaban décadas mintiendo descaradamente sobre mi país de origen. La otra fue que, cuando el fenómeno Trump empezó a coger una fuerza indetenible dentro de los votantes estadounidenses, me llené de humildad y me hice una pregunta que hasta ese momento no me había hecho: ¿Cuál es el mensaje que esa democracia de 330 millones de personas, y más de 240 años de ejercicio, le está enviando al mundo? Repito, me llené de humildad.      

Publicado en Cuba | 66 comentarios

Una gigantesca Trampa 22

Para los no familiarizados, el término Trampa 22, o en inglés Catch 22, tiene su origen en la novela homónima del escritor americano Joseph Heller y se refiere, de una forma humorística, a esas situaciones o engañifas de las que no podemos salir sin correr el riesgo de hundirnos aún más en ellas.

En el libro de marras la trampa está representada por el hecho de que los locos no pueden pilotar aviones de guerra; pero si un piloto dice estar loco, para no pilotar, está intentando salvar su vida y, por tanto, no está tan loco como dice estarlo. Por esa razón se le niega la baja de servicio; pero, como dijo estar loco, se le envía a una de esas unidades de combate que están llenas de locos.

Ayer fue el primer debate presidencial de los EE UU, con vistas a las elecciones del próximo 3 de noviembre y, mientras lo veía pensé, o terminé al fin comprobando, que los últimos cuatro años de la presidencia de Donald Trump han sido una gigantesca Trampa 22.

Si miramos a esos cuatro años desde una perspectiva relajada o desinteresada podemos observar, sin mucho esfuerzo, los eslabones de una gigantesca engañifa. O sea, la concatenación de una serie de situaciones concebidas para que el presidente Trump se hundiera aún más, en los pantanos de Washington, mientras intentara salir de ellas.

De inicio buscaron a una trabajadora sexual que estuviera dispuesta a acusar al recién electo presidente de cuanta cosa una trabajadora sexual es capaz de acusar a un ser humano.

Si el presidente guardaba silencio, lo presentaban como una aceptación tácita de la acusación; pero si intentaba defenderse entonces lo presentaban como un monstruo misógino atacando a una pobre dama compungida y al abogado, un bandido convertido en caballero, que intentaba defenderla.

Como quiera que te pongas –parecían decir los enemigos del presidente– tendrás que llorar”.

En cuanto esa situación pasó, sacaron del horno un pastel que ya llevaban tiempo cocinando, y acusaron al presidente de haber entrado en colusión con Rusia para ganar las elecciones.

Una vez más, si el presidente aceptaba esa mascarada y se prestaba para ser interrogado –por los mismos que inventaron el dossier de la trama rusa– usarían eso como prueba de que estaba cooperando con la justicia y, bueno, ustedes saben, lo estaba haciendo para atenuar las penas.

La alternativa, o que el presidente los enviara a freír espárragos, también podía ser usada para esgrimir una obstrucción a la justicia y así enviarlo a un proceso de destitución que también podría ser presentado, sin mucho esfuerzo periodístico, como una prueba fehaciente de su culpabilidad.

Si no te mueves, te duele –parecían decir los enemigos del presidente– y si te mueves, te duele más”.

El próximo eslabón de esa cadena de trampas fue una invasión migratoria a través de la frontera de México con los EE UU. Una jugada concebida para presentar al presidente como un salvaje inhumano, si se negaba a que esos inmigrantes entraran; o como un mentiroso incapaz de cumplir sus promesas electorales, si los dejaba entrar.

Palos porque remas –parecían decir los enemigos del presidente– y palos porque no remas”.

A pesar de todo eso, la economía americana empezó a ir en ascenso. La varita mágica, que el anterior presidente usó como un sarcasmo, empezó a funcionar muy bien en manos de Trump.

Así iban las cosas cuando llegaron las primeras noticias del virus chino; y, en cuanto el presidente quiso detener la entrada de ciudadanos de ese país en los EE UU lo acusaron, con golpes de pecho y espumitas en las bocas, de ser un despreciable xenófobo incapaz de entender las nobles aspiraciones y contribuciones de los visitantes e inmigrantes de esa gloriosa nación asiática.

Muchos chinos siguieron entrando y las elementales medidas epidemiológicas, que sirven para evitar males mayores, como no ingresar pacientes infestados en los hogares de ancianos, no fueron cumplidas. Igual, las ofertas de ayudas del gobierno federal solo fueron aceptadas in extremis, para así poder presentarlas, claro está, como tardías e ineficientes.

Nos da lo mismo –parecían decir los enemigos del presidente– que te llames Pascual Angulo o Angulo Pascual”.

Sin desanimarse por tan larga cadena de Trampas 22 el presidente logró, a finales de marzo de este año, negociar un paquete de ayuda financiera a los damnificados por el virus chino e iniciar así, como parece ser que solo él sabe hacerlo, una recuperación económica que para sus enemigos tuvo más de ofensa que de celebración.

Fue entonces que un trabajador en el consumo y la distribución de sustancias ilícitas falleció durante un arresto y fue convertido, por arte de birlibirloque, en un santo varón y en el estandarte de unas protestas que se extendieron, con y como el fuego, en los mismos estados que hasta ese momento habían decidido cancelar sus economías para “luchar” contra el virus chino.

Una vez más, la trampa fue que, si el presidente enviaba la Guardia Nacional, para acabar con esos actos vandálicos en unas cuantas horas, sería presentado como un fascista. Pero, si no lo hacía, sería presentado entonces como un pusilánime incapaz de imponer el orden, y como el blanco de una ira popular que nunca pasaría, a pesar de todos los esfuerzos de CNN y el New York Times, de una caterva de desadaptados moviéndose de un estado al otro.

Aunque prefieras las papas –parecían decir los enemigos del presidente– lo tuyo es el Mondolongo”.

En medio de toda esa hecatombe artificial Donald Trump ha conservado la sangre fría y ha intentado, en los últimos meses, negociar un segundo y necesario paquete de ayuda financiera para los afectados por el virus chino. Una medida necesaria para reactivar la economía y mantener esa creación de puestos de trabajos que tanto molesta a sus enemigos.

Por desgracia para el pueblo estadounidense, los enemigos de Donald Trump decidieron condicionar la aceptación, de ese segundo paquete de ayuda, a demandas que son inalcanzables, que tienen más que ver con la nefasta práctica del clientelismo político y que terminarían, por su extensión y costo, destruyendo la economía que se pretende salvar.

En todo eso pensaba ayer mientras veía el debate presidencial. Sobre todo, cuando un balbuceante Joe Biden se atrevió a decir que Donald Trump sería el único presidente de la historia que dejaría su puesto con una tasa de desempleo superior a la que tuvo cuando fue elegido.

Esa frase me llamó mucho la atención y por dos razones, la primera porque puede indicar que la cifra de creación de puestos de trabajo para el mes de septiembre, que debe ser anunciada dentro de poco, no sea tan alta como la de los últimos meses y que, de alguna forma, la información fue filtrada al campamento de Joe Biden.

La otra razón es porque, de ser así, y la creación de puestos de trabajo para el mes de septiembre no es como la de los meses anteriores, entonces tendríamos que reconocer que al fin los enemigos de Donald Trump tuvieron una Trampa 22, la negación del segundo paquete de ayuda, que les funcionó.

Hasta aquí tengo que reconocer que durante estos cuatro años me he divertido mucho viendo como a un tipo lo llevan a la martingala y logra, de una forma u otra, seguir ganando o al menos no perdiendo.

A pesar de lo cuestionables que puedan ser todas esas Trampas 22, desde el punto de vista ético, no he podido dejar de reconocer que el presidente Trump siempre supo a lo que se enfrentaría en caso de ser elegido y que, cualquier precio personal que pueda pagar está, de alguna forma, calculado de antemano.

Lo que sí me parece triste, o éticamente inaceptable, es que un grupo de políticos decidan tornar a su propio pueblo en el daño colateral de su contienda ideológica, o de su odio, contra un presidente legal y limpiamente elegido por ese pueblo. Esa me parece una acción que impide adjudicarle el calificativo de decente a una persona, o a un grupo de personas.

Espero estar equivocado, espero que dentro de poco las cifras de la creación de empleos en los EE UU, para el mes de septiembre, sean como las de los meses anteriores y esa Trampa 22 tampoco les haya funcionado a los enemigos del presidente Trump. Espero seguir pensando que son personas decentes.

De no ser así, tengo que reconocer que sentiría mucha más preocupación que asco; porque como cubano que soy me consta, de la forma más dolorosa que algo pueda constar, que, en política, cuando la decencia salta por las ventanas, casi siempre es porque los comunistas entraron por la puerta.

Nota añadida:

Dos días después de publicado este post, el Departamento del Trabajo de los EE UU publicó las cifras de creación de empleos para el mes de septiembre.

Como predije, y como pueden ver en el gráfico del enlace que aparece arriba, la creación de empleos no fue tan fuerte como en los meses anteriores.

Una simple extrapolación de la creación de empleos en los meses de mayo, junio, julio y agosto, indicaría que Joe Biden no pudo haber tenido ninguna razón, matemática o estadística, para asegurar con tanta vehemencia que Donald Trump sería el primer presidente en terminar sus cuatro años de mandato con una tasa de desempleo superior a la que existía cuando llegó a la presidencia.

Incluso en presencia del boicot del Partido Demócrata, al segundo paquete de ayuda a los afectados por la epidemia del virus chino, era imposible predecir que la creación de empleos se comportaría de una forma tan pobre como lo hizo en el mes de septiembre.

Todo esto le da fuerza a la hipótesis de que las cifras para ese mes fueron del conocimiento del equipo de Joe Biden antes del primer debate presidencial.

No sé si eso sea algo sancionado por la ley, lo que sí sé es que esas cifras siempre se mantienen en secreto, porque su conocimiento con antelación puede ser usado, por delincuentes, para la especulación bursátil con ventajas ilegales.

La otra cosa que también sé es que el boicot del Partido Demócrata, al segundo paquete de ayuda a los afectados por el virus, y su efecto sobre la economía americana, es una prueba clara de que ese partido político decidió usar al pueblo estadounidense, como un daño colateral, en su absurda campaña de odio contra el presidente de los Estados Unidos.

En mi opinión, eso rebasa todos los límites de la decencia política y humana.

Publicado en Cuba | 10 comentarios

César Vidal sobre “El Sóviet caribeño”

El escritor y politólogo español César Vidal, usa “El Sóviet caribeño” como punto de partida para hacer un par de diagnósticos que, en mi opinión, son muy acertados.

Una conclusión lógica que se desprende de la lectura de “El Sóviet caribeño” es que, tanto Fidel Castro como el Che Guevara, fueron unos bocazas o, como decimos en Cuba, fueron más rollo que película.

El diagnóstico de César Vidal pueden verlo en este video:

Los que estén interesado en escuchar la entrevista que César Vidal me hizo, para hablar sobre el libro, pueden escucharla aquí:

Publicado en Cuba | 2 comentarios