Conversar en Las Américas

Las Américas

Hoy empieza aquí en Montreal el Festival literario Metropolis Bleu.

Una vez más han vuelto a tener la amabilidad de invitarme a participar. Este año en un evento titulado “Después de Fidel”. Una conversación a tres voces sobre los vínculos cubano-canadiense y sobre los posibles destinos de la isla después de la muerte del primero de los Castro.

El encuentro será moderado por la bella e inteligente Ingrid Bejerman y tendrá como contraparte canadiense al periodista, cineasta y escritor Alexander Trudeau.

Creo que sería difícil encontrar dos personas con visiones más antagónicas sobre la historia y la realidad cubana que las que tenemos Alexander y yo.

Si comparamos este texto suyo con esta diatriba mía es fácil ver que donde uno de nosotros ve grandeza de renacimiento el otro ve cloaca de resarcimiento.

Estoy casi seguro de que ninguno de los dos intentará convencer al otro. Nuestras opiniones tienen orígenes tan emocionales que haría falta un esfuerzo intelectual sobrehumano, y largas horas de conversación, para poder ir más allá de ellas.

Me parece que si hemos aceptado este encuentro es porque sabemos que dentro de los amplios límites de la decencia, y la civilización, las contradicciones intelectuales siempre terminan convirtiéndose en fuente de desarrollo.

Para los que estén interesados, la cita es este viernes 28 de abril a las 4:00 pm en la librería Las Américas, que está localizada en el 2075 del bulevar St Laurent (H2X 2T3). La entrada cuesta $10.

Nos vemos.

 

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Guía para manatíes confundidos

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La última de las decisiones unipersonales del saliente Barack Obama anuncia el inicio de la política de la tinta seca para Cuba.

A partir de ahora solo podrán quedarse en los EE UU esos cubanos que sean debida y concienzudamente preparados por la DGI castrista y autorizados por los tragantes funcionarios de la embajada gringa.

La buena noticia es que si hacemos un esfuerzo, y ponemos a un lado molestias y pasiones, podemos convertir este momento en una oportunidad ideal para la detección de los ideólogos del castro-liberalismo estadounidense.

Un ideólogo, me gusta creer, es una persona que piensa de espalda a la realidad pero con los pies —secos o mojados— apuntando hacia la rabadilla. Siempre me divierte mucho detectarlos. Son una mezcla muy cómica de payasos con contorsionistas.

La primera contorsión que se gastan con respecto a la decisión de Obama es ignorar que se trata de una trampa contra Donald Trump y de una venganza contra la comunidad cubano americana.

Los liberales gringos perdieron las elecciones presidenciales de una forma tan humillante que —lejos de hacer el análisis de conciencia que tanto necesitan— decidieron culpar a Putin y al fallecido Mas Canosa.

Su derrotado presidente —ay, mi legado—  lejos de pensar con la cabeza decidió hacerlo con la entrepierna, se apuntó al tonto principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, jaló por el teléfono, marcó línea con La Habana y le pidió a Raúl Castro que lo negociara.

Facilito, niño, Trump está en contra de la inmigración ilegal. Tienes que quitar la Ley de Ajuste, pero sin avisar ni dar tiempo. La cosa es que los cubanos protesten mucho. Así, si Trump restituye esa ley se pone en mala con sus seguidores americanos y, si no lo hace, traiciona a esos cubanos que lo ayudaron a ganar en la Florida. Además, y que conste que esto solo lo hago por ti, si Trump restituye el Ajuste yo recojo las lanchas Guarda-fronteras y le meto una crisis migratoria que ni su madre lo va a conocer. Lo tenemos cogido, niño, lo tenemos cogido a él y a los 60 millones de gringos que votaron por él.

El segundo retorcimiento que se gastan los ideólogos del castro-liberalismo es decir que la medida de Obama no favorece al castrismo. Lo hacen, claro está,  porque no pueden ver la pregunta que tienen delante del ombligo: ¿Por qué se presta Raúl Castro para una jugada que, según ellos, lo que hará es perjudicarlo? ¿Está chocheando? ¿La pamela no lo deja ver? ¿Se quedó sin asesores?

En vez de responder a esas preguntas los ideólogos de marras prefieren apuntarse a la ideíta de que a partir de ahora los cubanos se verán obligados a resolver sus problemas dentro de Cuba y a exigirle al despotismo castrista que cambie y los deje vivir. El símil que usan como referencia es el de la manida olla de presión, si se cierra la válvula de la emigración ilegal la presión aumenta hasta que la olla explota.

Guau, un análisis muy profundo que evita reconocer el hecho de que a diez de últimas siempre ha sido y siempre será el castrismo quien decida cuanta presión tendrá la olla y cuando es necesario bajar la candela, o abrir la válvula, para que esta disminuya. Nada de eso lo toman en consideración, como tampoco lo hacen con el hecho de que en Corea del Norte la válvula lleva décadas cerrada y la explosión nunca ha sucedido, o que en Venezuela está tupida y nada ha pasado.

No, es mejor decir que ya está bueno ya de que los cubanos crean que tienen que ser otros los que les resuelvan sus problemas y aprendan, de una vez y por todas, que si unen a la oposición podrán derrocar al castrismo. Y si se unen a los opositores que comulgan con el imperialismo de los liberales gringos, pues mejor.

Una vez más, están mirando para donde no es y obviando otra pegunta clave: ¿En un país en el que el gobierno tiene el control absoluto de los medios de difusión, de las armas, la comida, los puestos de trabajo, etc., etc., etc., cuántas personas hacen falta para controlar a la población?

La respuesta es triste y sobrecogedora. La cifra, dicen que calculada por los alemanes del nazi-comunismo, es de alrededor del 0,5% de la población. O sea, que en Cuba solo harían falta 55 mil castristas para mantener a los cubanos más tranquilos que estate quieto, o para evitar que la olla explote.

Esa cifra me parece una exageración y creo que en realidad podría estar alrededor del 1 o del 2% de la población. También creo que después de casi 60 años en el poder Raúl Castro cuenta, entre imbéciles, psicópatas y confundidos, con algo así como el 3% de los cubanos dispuestos a abusar en aras de defenderlo. Esbirros más que suficiente para mantener al pueblo maniatado y para lograr, incluso, la creación de opositores y periodistas independientes que defiendan con elegancia la ideología del castro-liberalismo estadounidense.

Una defensa que declara a la Ley de Ajuste como discriminatoria para otras minorías, o para esas personas que necesitan llegar a los EE UU tanto o más que los cubanos. Una contorsión que  aplaude con entusiasmo el paso de esa política de una fase de igualdad a otra de igualitarismo. A la sustitución del viejo principio democrático del de cada cual según su capacidad y a cada cual según su aporte por la aberración comunista del de cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad.

Todo parece indicar que los cubanos aportaron tanto a vida económica, política y social de los EE UU que terminaron convirtiendo la política migratoria de ese país, con respecto a ellos, en un insulto a la raíz marxista del castro-liberalismo.

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Cantinflas contra Tin-Tan

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Siempre supe que después de estas elecciones estadounidenses reiría mucho; pero no tanto.

Todavía no paro de reírme.

Cualquiera que fuera el bando ganador era evidente que habría tela para reír y cortar.

Sería, pensé, como una pelea entre dos grandes cómicos.

Y es que me dan mucha risa los ideólogos.

Me desternillo, hasta el desaliento, con esas personas que son capaces de convertir los mitos en una parte esencial de sus egos.

Y ahí estaban los “trumpistas”, con el mito de que “América” va mal y con la ridícula intolerancia para con todos aquellos que vimos en Trump el peor de los candidatos posibles. Fanáticos disfrazados de demócratas. Creyentes repartiendo a diestra y siniestra la mala nueva del peor de los mundos imaginables. Inquisidores, cojos de curiosidad, defendiendo lo indefendible con argumentos risibles.

Ah, pero el otro bando, el de los perdedores, tampoco se queda atrás en eso de hacer reír.

Ver a los comentaristas de CNN haciendo malabares para no reconocer lo que era evidente —la victoria de Trump— me hizo reír hasta recordar la vergüenza ajena.

Es difícil soñar riendo, y ayer me fui a la cama, y hoy desperté, con una carcajada resonando en el cráneo.

Esos llamados demócratas o liberales estadounidenses, ¿qué harán ahora?

¿Inventarán un nuevo verbo en la lengua inglesa?

To barack: arte de obtener exactamente lo contrario mientras se intenta construir un legado sobre las espaldas de otros. Acción de convertir el oficio de servidor público en un fallido trampolín hacia la posteridad. Ver “buenismo”.

¿Pondrán los liberales estadounidenses un cartel de “cerrado por reformas” sobre la puerta del gigantesco consorcio que construyeron en las últimas décadas?

Porque si algo hicieron durante ese tiempo fue crear un enorme monopolio para la venta de un producto llamado bondad.

Como Revlon o Chanel venden sus productos, los liberales estadounidenses venden el suyo. Una línea de bondad cosmética que —como era de esperarse en un país dominado por la culpa— enseguida se convirtió en un negocio muy lucrativo.

Pero cometieron un error, quisieron diversificar la oferta y decidieron pasar de la venta de bondades a las denuncias de supuestas maldades. Crearon una estrategia de mercadeo basada en una de esas tiranías de la opinión que tanto abundan en el mundo de la moda. Pasaron de la “Fashion Police” a una especie de “Goodness Gestapo”.

Hay que reconocer que durante mucho tiempo les funcionó. Durante décadas fueron capaces de imponer quién era bueno —Castro, por ejemplo— y quién era malo —Bush, por ejemplo—.

Pero entonces llegó Trump. Y les sacó la lengua, y se burló de nosotros los latinos, y habló mal de las mujeres, y sirvió en bandeja de plata todos esos argumentos que los liberales utilizaron, con fruición, para demostrar que Trump es un malvado y para comprobar, con alegría, que el consorcio de la venta y distribución de la bondad cosmética todavía les funcionaba a la perfección.

Nunca un candidato ha sido tan vilipendiado, con razón o sin ella, durante su campaña presidencial. Sobre Trump se lanzaron hordas de periodistas —muchos de ellos graduados en academias controladas ideológicamente por los liberales— que pretendieron garantizar, justo es decir que casi siempre con la ayuda de Trump, que estas elecciones fueran pan comido para Hillary Clinton.

Y así llegó el ayer. Y hay que reconocer que el pueblo estadounidense es un pueblo extraordinario. Y hay que aceptar que estas elecciones fueron, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese,  una revolución tranquila, pero no por eso menos firme, contra la tiranía de los medios. La primera, hasta donde sé, en la Historia de la humanidad.

Desconozco cuanto tiempo les llevará a los liberales estadounidenses hacer el profundo análisis de conciencia que tendrían que haber hecho desde hace ya mucho tiempo. Es difícil saber si para que lo hagan habrá que esperar a la eventual reelección de Trump —Dios no lo quiera— o si tendrán el coraje de hacerlo ya.

Lo que sí  sé es que cuando lo hagan tendrán que empezar por abandonar esa vieja práctica de odiar en nombre del amor. Una práctica que los cubanos conocemos muy bien, por haberla vivido en nuestro país durante casi 60 años, y porque todavía la sufrimos… sin perder la risa.

 

 

 

 

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¿A dónde tú me querías llevar?

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Acaba de fallecer, a los 93 años de edad, el actor Reinaldo Miravalles. Muchos de sus personajes le sobrevivirán por un largo tiempo. Entre ellos, sin duda alguna, su inolvidable Cheíto León. El alzado anticastrista del Escambray que Miravalles inmortalizó en la película “El hombre de Maisinicú”.

Creo que pocos filmes cubanos dejaron una huella tan profunda en el imaginario de mi generación. Una huella que le debió mucho a la actuación magistral de Miravalles y a las frases que este, más que actuar, dijo para que salieran de la pantalla y se convirtieran en instrumentos del habla cotidiana.

Raro es el cubano de mi generación que no haya usado el “te estoy hablando con el corazón en la mano” para indicar, de una forma irónica y codificada, que le está dando una oportunidad inexistente a alguien. La frase anidó tan profundo entre nosotros que apenas tres años después afloró, de una forma emocional e inesperada, en la televisión.

Durante los Juegos Olímpicos de Montreal, y mientras narraba la final de la carrera de los 800 metros, el comentarista Héctor Rodríguez llegó a estar tan emocionado por la proeza de corredor cubano que no pudo contener su famoso grito de ¡Juantorena, de Cuba, Juantorena, con el corazón en la mano! Era como si su subconsciente lo estuviera traicionando y le obligara a pedir que la oportunidad para el resto de los competidores fuera inexistente. Quién sabe.

El hombre de Maisinicú cuenta la historia de un chivato llamado Alberto Delgado, un infiltrado castrista dentro de los alzados del Escambray que le hizo a Julio Emilio Carretero, Maro Borges y Cheíto León exactamente lo mismo que —por solo citar un ejemplo— Eutimio Guerra quiso hacerle a los castristas en la Sierra Maestra. Los dos terminaron pagando el mismo precio.

Pero el castrismo era poder, controlaba los todos los medios, tenía a su disposición el ICAIC de Alfredo Guevara y decidió hacer un filme para explicarles a los cubanos de mi generación que no era lo mismo ser un chivato a favor de ellos que uno en contra de ellos.

Aquello se les fue, literalmente, de las manos. Manuel Pérez, el director escogido, empezó a filmar y todo cambió. La idea original era hacer una especie de documental con muy pocas escenas actuadas, algunas de las cuales quedarían después como escenas silentes. El primer error fue contratar un elenco de actores estelares.

Raúl Pomares, Adolfo Llauradó, Mario Balmaseda, Reinaldo Miravalles y el resto de los actores empezaron por modificar el guion. Después lo actuaron tan bien que Manuel Pérez decidió pasar del documental al docudrama, y de este a lo que quedó después, que es un filme muy difícil de clasificar.

El otro problema que surgió fue que Sergio Corrieri, el actor escogido para darle vida escénica al chivato castrista, no llegaba ni a los tobillos de actores como Pomares y Miravalles. El resultado fue que los supuestos personajes negativos se robaron el show. Nadie salía del cine recordando a Alberto Delgado. Los personajes que quedaron en el imaginario fueron los de los alzados y entre ellos, más que ningún otro, el de Cheíto León.

En Cuba, recordemos, la palabra chivato compite en sinónimos con las que nombran a los órganos sexuales. A esa larga lista de términos, que ya los cubanos habían enriquecido para 1973, se sumaron muchas de las frases que Miravalles dijo en El Hombre de Maisinicú. Unas, como “tú eres del G-2 o trabajas para el G-2”, son de una literalidad evidente. Otras, como “¡Pínchalo!”, o, “¿A dónde tú me querías llevar?” quedaron como referencias más oblicuas, o si se quiere irónicas, de que alguien no es tan confiable como parece serlo.

Todo eso gracias a la grandeza de un actor. Pocas veces un solo hombre ha derrotado de una forma tan limpia e inobjetable a una maquinaria de control absoluto sobre los medios de difusión. Al final tenemos que reconocer que Miravalles pudo hacerlo porque le dio a sus personajes algo que el castrismo siempre le negó a los suyos: la condición humana.

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Cuba, noria, lendel y libertad

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El próximo viernes 14 de octubre a las 2:00 pm, la organización LatinArte y la Universidad de McGill invitan al Coloquio de las Américas. Un evento anual que en esta edición versará sobre el tema de la Libertad en general, aunque con un énfasis especial en el caso cubano. La cita, para los interesados, es en el salón Wilson de la Universidad de McGill, que está localizada en el número 3506 de la calle University.

Los organizadores tuvieron la amabilidad de invitarme y allí estaré. Mi ponencia o conversación se titula Cuba, noria, lendel y libertad. El tema central, más allá de intentar demostrar la falta de libertad que sé que existe en Cuba, versará sobre la definición personal que tengo de ese concepto. Una definición a la que llegué después de vivir 32 años en mi país de origen y 20 aquí en Canadá. Tiempo más que suficiente para observar y meditar sobre las distintas reacciones que muchas personas, cubanas o no, muestran ante el tema de la falta de Libertad en Cuba.

Debo empezar por reconocer que a los cubanos nos resulta muy difícil hablar sobre la libertad en nuestro país. Cuando a alguno le da por decir que esa libertad existe, casi siempre termina repitiendo consignas. Y cuando a otro le da por hablar de su ausencia, es muy probable que casi nadie lo quiera escuchar. A eso hay que añadir el hecho de que vivimos en un mundo lleno de personas que creen tener una opinión muy bien informada sobre Cuba. Preguntemos sobre la libertad en Belice, Surinam o Letonia y lo más probable es que recibamos por respuesta un mar de hombros encogidos. Si lo hacemos sobre Cuba, sin embargo, debemos estar preparados para recibir un alud de opiniones muy bien informadas que nos repetirán, hasta el hastío, la noria de La Habana como un prostíbulo estadounidense, la lucha de un David que se enfrenta a otro Goliat, la voluntariedad de un pueblo para el sacrificio y el derecho sagrado a una educación o a una salud pública que supuestamente son gratuitas. A partir de ahí escucharemos cuanta pieza de propaganda convertida en opinión uno pueda imaginar.

Desmontar esas fábulas y mitos, para demostrar la falta de libertad en Cuba, es una tarea bien difícil. Es como si intentáramos explicarle la hipoxia a una persona que nunca ha buceado, o que nunca ha vivido a más de 2000 metros de altura. Podemos gastar ríos de palabras intentado la explicación de ese fenómeno, podemos hablar del oxígeno, de los hematíes, de la hemoglobina y de su curva de saturación; podemos describir al detalle los efectos que la hipoxia tiene sobre las células de nuestro organismo. Al final, poco importa cuán exquisitos seamos en nuestra explicación, nuestro interlocutor siempre podrá decirnos que esa no es su opinión sobre el tema. Ah, pero si logramos que esa persona aguante la respiración, aunque sea durante un minuto, la subjetividad desaparecerá y asistiremos al nacimiento de una comunión de opiniones aunadas por la falta de oxígeno.

Con respecto a Cuba, sin embargo, poco importa que intentemos explicar que en 1959 La Habana tenía tantas prostitutas como Montreal, que las sandalias del supuesto David llevan casi sesenta años aplastando hormigas cubanas, que la voluntariedad del pueblo siempre fue forzada y que en términos de macroeconomía ni la salud pública ni la educación fueron gratuitas. Poco importa cuán exquisitos seamos en nuestras explicaciones, al final nuestro interlocutor siempre podrá decirnos que esa no es su opinión sobre el tema. Lo interesante es que si recurriéramos a un recurso parecido al de la apnea autoimpuesta el resultado podría no ser el mismo.

Me explico: si lográramos que un interlocutor incrédulo sobre la falta de libertad en Cuba fuera a vivir a ese país, aunque fuera durante unos cuantos meses, bien podríamos obtener un resultado contrario al esperado. Es verdad que, para empezar, tendríamos que asegurarnos de que esa persona fuera a vivir a la tercera Cuba; porque dice el gracejo popular que hay al menos tres países en uno, el de los dirigentes del castrismo, el del periódico Granma y el que viven los cubanos. Pero si logramos que esa persona vaya a vivir al tercer país bien podría suceder, y de hecho ha sucedido, que llegue a sentirse el ser más libre del mundo. Son esas personas, sean cubanas o no, las que están en el origen de esa definición personal que tengo del concepto Libertad.

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Cabaré, poesía y libertad

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El Festival Latinarte, junto con la alcaldía de la ciudad de Montreal y la Unión de Escritoras y Escritores Quebequenses, ha decidido organizar un Cabaré Literario en honor a José Martí.

Tengo que reconocer que disfruto mucho esa asociación de la palabra cabaré con la figura del “apóstol”. Debe ser porque crecí rechazando al Martí solemne y deshumanizado que el castrismo intentó imponerme durante mi vida en Cuba. La palabra cabaré revive, de alguna forma, al Martí de la Ginebra y del hachís; del vino de Mariani y de la bailarina española; de la niña de Guatemala y de “Lola, jolongo, llorando en el balcón”. Renace, aquí en Montreal, el Pepe que me habría gustado conocer.

La música estará a cargo de Yoel Díaz y su Cuarteto Cubano.

Bertrand Laverdure, el Poeta de la Ciudad, leerá un poema escrito para la ocasión.

Claude Morin, profesor ya retirado del Departamento de Historia de la Universidad de Montreal, hablará sobre el Martí del sable y la pluma.

El actor Marco Ledezma presentará un espectáculo unipersonal con textos de Martí sobre un fondo de sombras chinescas.

Habrá lectura de textos inéditos, alegóricos o no, de las escritoras Sonia Anguelova y Maya Ombasic; así como de Francisco García González y de quien escribe estas líneas.

La cita es el viernes 30 de septiembre, a las 6:00 pm, en el salón de honor de la Alcaldía de Montreal.

La dirección: 275, rue Notre-Dame Est (Metro Champ-de-Mars).

Ah, y la entrada es gratis.

Nos vemos.

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Paquito D’Rivera en Montreal

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Hoy, a las ocho de la noche, el gran Paquito D`Rivera dará un concierto en el Pollack Hall de la  Universidad de McGill. No creo que haya mejor manera de pasar la noche de un viernes que escuchando a este músico universal y al trio que le acompaña. Paquito ha caminado los 360 grados del virtuosismo para hacernos creer que esa música que él toca siempre estuvo ahí, que es nuestra, que nos pertenece, y que él nos estará eternamente agradecido porque se la dimos para que pudiera jugar durante un rato con sus amigos.

El concierto, por cierto, se titula A Night In Havana; pero no se asusten, nada que ver con Salsa o Reguetón. El título, a pesar de que Paquito no ha puesto un pie en la villa de San Cristóbal en los últimos 30 años, o que los estelares músicos que le acompañan llevan apellidos como Brown y Doob, tiene que ver con esos estereotipos que persiguen a los cubanos doquiera que estén y doquiera que vayan. Pocos nativos de la isla, por ejemplo, han visitado más riberas que D’Rivera, y nos cuenta que en algunas de ellas ha entrado en un supermercado para pedir leche de chiva y le han respondido que no hay, pero que tienen plátanos machos.

Quizás algo parecido sucedió con los organizadores de este evento; o quizás por Havana se refieren a un pueblito muy pintoresco, de alrededor de 1700 habitantes, que hay en península de la Florida. Cualquiera que sea la razón, se les agradece que hayan invitado a Paquito y nos permitan disfrutarlo esta noche.

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