Feliz año 2020

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A todas las lectoras y lectores de este blog –que para mi asombro son cada vez más– les deseo un muy feliz año 2020.

Que todos sus deseos se cumplan, y que Cuba sea al fin libre.

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Un hombre y su cuento atraviesan La Habana. El recorrido empieza, creo, en la Avenida del Puerto. El personaje sube a una guagua de número ya olvidado y va a parar, o rinde viaje, en la Terminal de Trenes.

Cambia de ruta y las ventanas, la gente, el ruido y sus memorias dibujan, sin que el lector quiera, la locura de una ciudad sitiada por consignas revolucionarias, calor sofocante, violencia, petróleo mal quemado y calles que reverberan.

Se baja en el Parque de la Fraternidad y pierde varias horas. Espera y espera hasta que una turbamulta lo monta a empujones en una ruta que ahora va camino del Oeste. ¿Calle Reina?, ¿Hospital Freire Andrade?, ¿Ayestarán? No sé.

Sólo recuerdo que vuelve a cambiar de dirección y logra irse hasta la Fuente Luminosa. Lo veo montándose en la ¿76? y puedo pensar que va en busca del aeropuerto. Mientras lo hace desgrana, al paso, un rosario de sitios y hechos que describen ¿una fábrica de fideos?, ¿el barrio de Altahabana?, ¿Río Cristal?, ¿Río Verde? Sabrá Dios.

Pero no. El personaje no va para Rancho Boyeros y, antes de llegar a ese destino, se baja del infierno.

Está en Mazorra. Camina hasta la reja de hierro que rodea al manicomio, agarra con fuerza los barrotes, incrusta su cara entre los hierros y grita, desde afuera, hacia adentro:

— ¡Sáquenme de aquí!

Ese cuento me lo contó, hace ya quince años, mi amigo Che Serguera Lagache, el hijo del comandante Jorge “Papito” Serguera.

Estábamos conversando en el lobby del piso 3-B del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología y la conversación cayó en Virgilio Piñera. El Che, suave y pausado, sano y tranquilo, me contó lo que dijo era “su cuento preferido” de ese gran escritor.

Mucho tiempo ha pasado desde aquella conversación y todavía hoy, a pesar de haberlo intentado tanto como me ha sido posible, no he podido encontrar el papel que guarda esa historia, y mucho menos la firma que la reclama. Si alguien sabe quién la escribió, y dónde puedo encontrarla, le estaré muy agradecido por la información. Varias veces le he preguntado al Che Serguera y la respuesta siempre ha sido la misma: una media sonrisa convertida en un ¿qué más da?

Y creo que tiene razón, porque a fin de cuentas lo que importa de esa historia —con independencia de quién la haya escrito— es cuántas veces la realidad de nuestro país nos obliga a recordarla.

Este año que termina, por ejemplo, ha sido pródigo en el recuerdo de ese ¡Sáquenme de aquí! Las noticias que llegaron desde La Habana, a lo largo de estos doce meses, siguen hablando de un país convertido en asilo, de una nación que insiste en olvidar izquierdas y derechas, castrismo y democracia, tiranía y libertad, para dividirse, cada vez más, en sanos y enfermos, en locos de atar y pacientes ambulatorios, en barrotes de hierros y rejas de carne y hueso.

Este último ha sido un ciclo solar marcado por un viceministro de cultura que está dispuesto a golpear mujeres indefensas, turbas que se regodean acosando a damas que caminan en silencio, hombres que envían golpes en vez de palabras y escribanos que mienten y difaman —con énfasis y convicción de locos— desde unas páginas que bien podría ser utilizadas para ilustrar el comportamiento diario de una banda de psicópatas.

Pero en medio de esos espacios que se cierran alrededor de la naciente sociedad civil cubana hay, ya sabemos, signos de esperanza. Señales que nacen de una generación de disidentes, opositores y contestatarios que tienen, como marca de identidad más preciada y atrayente, una lozanía y una sanidad mental que ponen al descubierto, por simple contraste, la locura que ha vivido nuestro país en los últimos cincuenta años, la demencia que los cubanos, tanto dentro como fuera de Cuba, se han acostumbrado a usar en sus luchas políticas.

Esa nueva generación está condenada de antemano al asedio de una Cuba enferma. Los seguidores de los hermanos Castro no le perdonan que sean personas normales; mientras que muchos anticastristas, por su lado, resienten hasta el dolor que se trate de jóvenes que representan, en cuerpo y espíritu, la cura de una enfermedad que, de suceder, significaría, para muchos, una condena a la inexistencia.

Esos jóvenes saben que les espera un futuro incierto, una lucha que en ocasiones se confundirá con el ejercicio de la mejor de las psiquiatrías, un acoso del que sólo podrán escapar abriendo espacios y aceptando, como una nueva realidad, que el único objeto contundente con el que cuentan, para defenderse, es la tecla más larga de sus ordenadores.

***

Este texto lo escribí hace más de diez años. Ahora no recuerdo dónde lo publiqué por primera vez y, la verdad, es que lo habría olvidado si en estos días no me hubiera dedicado, como hago cada fin de año, a ordenar mis ordenadores y limpiar sus discos duros.

Si lo vuelvo a publicar es porque me parece que puede servir como referencia para evaluar el estado de ese manicomio que llamamos Cuba. Una evaluación que indica que ese eterno viaje del castrismo, desde el mal hacia el peor, continúa con pasos de gigantes.

En la década que ha pasado desde la publicación inicial de ese texto las hordas castristas asesinaron, entre otros, a Orlando Zapata, a Laura Pollán, a Oswaldo Payá y a Harold Cepero. No contentos con eso, los esbirros del régimen de La Habana se dedicaron al parasitismo destructivo de la sociedad venezolana y lograron convertir a ese país en un narco estado fallido.

La respuesta de la comunidad internacional, ya sabemos, fue un reconocimiento de facto del carácter dinástico del castrismo y el premio —por parte de un Barack Obama convertido en aliado ideológico del régimen— de una apertura incondicional a la banca estadounidense y a la posibilidad de reciclar a la junta militar castrista en una nueva clase de asesinos con millardos.

Cualquier entidad medianamente racional se habría montado, sin pensarlo dos veces, en la carroza que la izquierda estadounidense —con Barack Obama de calesero— parqueó frente a la familia Castro con alfombra roja y fuegos de artificios. Pero si algo está claro hoy es que esa banda de psicópatas que controla a Cuba prefirió seguir apostándole al odio irracional de los fanáticos religiosos.

Para demostrarlo están los asquerosos actos de repudio que ahora son internacionales y los montan, igualitos que en Cuba, lo mismo en Panamá que en las Naciones Unidas. Para comprobarlo basta recordar a los diplomáticos americanos y canadiense que sufrieron los ataques acústicos, o a los miles de jóvenes asesinados en Venezuela y Nicaragua por exigir democracia. Si a esos ejemplos les sumamos los de la corrupción brasileña, y el del absurdo intento de desestabilización de la democracia chilena, podemos ver con gran claridad la verdadera naturaleza de la banda que hoy controla a Cuba.

Para los cubanos que viven dentro de esa pesadilla esta última década ha sido la de descubrir que eso del cuentapropismo era un mito y que el régimen nunca dejará que sus súbditos dejen de comer de su mano. Es también la década de la cancelación, en términos prácticos, de la “Ley de ajuste cubano” y del reconocimiento de que ese “sáquenme de aquí” tendrá que ser reemplazado, en algún momento, por un “sáquelos de aquí”. No hay otra opción.

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EL SÓVIET CARIBEÑO, “LAS CADENAS VIENEN DE LEJOS”

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Hace poco el poeta y editor cubano Felipe Lázaro, quien es además el director de la editorial Betania, tuvo la gentileza de leer mi libro El sóviet caribeño.

Cumpliendo el vaticinio de que se trata de un libro escrito para generar más preguntas que respuestas Lázaro me contactó, enseguida que terminó de leerlo, para hacerme las suyas.

El resultado es esta entrevista kilométrica que no tiene otro origen que la curiosidad de un lector avezado y una pequeña fracción de la enorme cantidad de informaciones que, por razones de espacio, quedaron fuera del libro.

La entrevista ya fue publicada en los blogs de Zoé Valdés y de Carlos Alberto Montaner, algo por lo que Lázaro y yo les estamos muy agradecidos.

Comoquiera que se trata de un texto muy largo e incómodo de leer en una sentada, ante la pantalla de un blog, hemos decidido ponerlo aquí en formato pdf; de esa forma, todo el que esté interesado en leerlo de a poco, podrá bajarlo y tenerlo a mano cuando quiera.

 

Para los interesados, EL SÓVIET CARIBEÑO-LAS CADENAS VIENEN DE LEJOS.

 

 

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El truco de la culpa-V

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A mediado de los años 80s, gracias al desarrollo de la computación generado por el capitalismo, fue posible analizar la veracidad de algunos de los postulados de Marx que hasta ese momento muchos consideraban inobjetables.

Como bien explica Bruce M. Boghosian en su reciente artículo para la revista Scientific American, en 1986 el sociólogo John Angle concibió la idea de usar los llamados modelos matemático basados en agentes (agent-based models) para estudiar el desplazamiento y la distribución de la riqueza mediante la observación de una enorme colección de transacciones teóricas entre dos “agentes económicos”.

Esos modelos incluyen un grupo de reglas iniciales que son muy simples; pero que generan dinámicas –una vez que son aplicadas a un gran número de “agentes” y los resultados de sus interacciones son computados por los ordenadores– que demuestran las verdades subyacentes, o no evidentes, en la evolución del sistema complejo que se esté analizando.

Lo interesante del caso es que en ninguno de los modelos que han sido utilizados para estudiar el desplazamiento y la distribución de la riqueza se ha introducido, como regla inicial, la ventaja (o explotación) de un agente sobre otro. Todo lo contrario, todos esos modelos han incluido entre sus reglas iniciales la justeza, o la paridad entre los actores del modelo en cuestión.

A pesar de eso, cada uno de los modelos analizados hasta hoy ha arrojado que después de un número muy alto de interacciones o transacciones (para la capacidad de cálculo de la mente humana, pero no para un ordenador) la riqueza se desplaza hacia una cantidad cada vez más pequeña de “agentes”, hasta quedar concentrada en el equivalente de una “oligarquía” que, en este caso, surge por razones que son puramente matemáticas.

Repito, no hay ventaja, no hay explotación, no hay plusvalía. Lo que hay son unas condiciones iniciales que son matemáticamente justas y, a pesar de eso, el comportamiento del sistema es, en cada uno de los análisis hechos hasta ahora, hacia la desigualdad.

La explicación de lo anterior es muy simple y compleja al mismo tiempo; y  tiene que ver con eso que en el estudio de los sistemas complejos se conoce como la dependencia de las condiciones iniciales.

Pequeñas diferencias, pequeñísimas hasta parecer despreciables que, en esos sistemas, y en virtud de sus dinámicas no-lineales, empiezan a crecer con cada interacción hasta convertirse en una tendencia imparable que se acumula cada vez más y termina favoreciendo a unos y desfavoreciendo a otros.

En el caso de los modelos que estudian el desplazamiento y la distribución de la riqueza lo que sucede es lo siguiente: por muy justas que sean las condiciones iniciales, ya desde la primera transacción, en la que un grupo de agentes saldrán ganando un poco (poquísimo) y otros saldrán perdiendo un poco (poquísimo) se habrá establecido una asimetría (pequeñísima) que, dada la naturaleza compleja del sistema, empezará a crecer exponencialmente a favor de pocos y en detrimento de muchos.

Es como los dos péndulos que pesan lo mismo hasta la millonésima de un gramo, que cuelgan de una longitud que es idéntica hasta mil-millonésima de un milímetro y que son elevados hasta una altura que es igual hasta la diez-mil-millonésima de una micra.

A pesar de esas similitudes, cuando esos dos péndulos son dejados caer al unísono solo tienen oscilaciones similares, o igualitarias, durante un muy corto período de tiempo. Basta un número relativamente pequeño de oscilaciones para que aquellas diferencias, que eran casi despreciables al inicio, se amplifiquen de manera exponencial y terminen creando comportamientos que son diametralmente opuestos.

En pocas palabras: Carlos Marx se equivocó y donde quiso ver maldad los ordenadores descubrieron una regularidad matemática; y donde quiso ver el eclesiástico pecado original de la acumulación primaria del capital, la ciencia descubrió algo tan elemental como el comportamiento lógico de un sistema complejo.

No es casual, entonces, que estemos rodeados de distribuciones desiguales; que un porcentaje muy pequeño de bacterias haya dominado la colonización de los suelos de este planeta, que una oligarquía de músicos clásicos acapare la mayor parte de los conciertos, o que solo unos escasos libros alcancen cada año la categoría de súper ventas.

Es fácil entender que, en ninguno de los casos anteriores, se puede aducir, como explicación, algo ni remotamente relacionado con la maldad. Eso quiere decir que Marx se equivocó y que al menos dos consecuencias importantes se desprenden de esa aproximación errada, y esencialmente ideológica, que él quiso imponerle a su interpretación de la economía del capitalismo.

Una es que el importante tema de la desigualdad social, y sus soluciones reales, fue secuestrado durante más de 150 años por una interpretación errada (la de la maldad intrínseca del capitalismo) que, una vez convertida en ideología, no solo fue inefectiva en la eliminación de esa desigualdad, sino que logró convertirse en un obstáculo para su entendimiento y, por tanto, para su verdadera y necesaria solución.

La otra consecuencia importante es que, si aceptamos que la desigualdad le debe mucho a un proceso que es en buena parte ciego y aleatorio, como todo parece indicar, estamos aceptando que la pecaminosa acumulación primaria del capital, o el pecado original del marxismo, le debió tanto o más a los hábitos de vidas y creencias personales de los primeros capitalistas que a sus malvadas capacidades (según Marx) para explotar o robar a los trabajadores.

En otras palabras, si la suerte era loca y a cualquiera podía tocarle, entonces un factor determinante pasaba a ser la actitud ante esa suerte y no ella en sí misma. De esa forma, aquellos que se vieron favorecidos por pequeñas ventajas y no supieron o quisieron conservarlas es muy probable que hayan pasado a ser parte del club de los desfavorecidos.

Mientras que aquellos que hicieron todo lo posible por crear, conservar o hacer crecer sus pequeñas ventajas, en virtud de sus hábitos de vida y creencia personales, se sumaron al club de los que tuvieron una probabilidad más alta de seguir creciendo.

Esa segunda consecuencia es esencial porque estremece una de las asunciones más importantes de la teoría marxista. Esa que siempre intentó supeditar los llamados aspectos súper estructurales, como las creencias personales y los hábitos de vida, a eso que Marx llamó la base económica.

Así lo explicaban en Cuba durante los cursos de adoctrinamiento ideológico disfrazados de estudios filosóficos: el hombre piensa como vive y no vive como piensa. Un axioma que permite, entre otras cosas, rechazar muchas ideas por considerarlas, como dicen los marxistas, expresiones del modo de producción de una clase dominante que ha construido esas ideas para defender sus intereses económicos.

En realidad, Marx no supo que uno de los mecanismos más importantes que gobiernan el comportamiento de los sistemas complejos con capacidad de adaptación es la coevolución. Una forma de codependencia que mezcla la competencia y la cooperación entre dos factores que, a primera vista, podrían parecer independientes e incluso antagónicos.

Eso implica que la dualidad del ser humano como ser biológico, o material, y al mismo tiempo como entidad pensante, o inmaterial, no puede ser analizada sin tener en cuenta la coevolución de esos dos factores, y la extensión de la misma a la vida económica y social de la humanidad. Cualquier análisis que intente absolutizar uno de esos elementos está condenado al fracaso.

Marx tuvo la prueba de eso delante de su nariz, pero fue incapaz de analizarla. La tuvo cuando hizo su predicción newtoniana y materialista de que el desarrollo de las fuerzas productivas llevaría, de inicio, a la destrucción del capitalismo en Inglaterra y Alemania, por ser esas las dos naciones que, en su época, mostraban el mayor desarrollo capitalista.

Lo dijo sin saber o sin querer analizar que esos dos países, junto con el tercero que después se sumaría, y que hoy conocemos como los Estados Unidos de Norteamérica, eran sociedades en las que el capitalismo había coevolucionado con la religión protestante, y lo había hecho hasta establecer una muy eficiente relación simbiótica.

De eso se percató, un par de décadas después de la muerte del Marx, el sociólogo y filósofo alemán Max Weber, que fue quien avanzó la idea, a inicios del siglo 20, de que el impetuoso desarrollo del capitalismo a partir del siglo XVI le debió mucho a la estrecha relación que se estableció entre ese modo de producción y lo que Weber llamó “la ética protestante”.

 

Continuará.

El truco de la ideología.

El truco de la culpa-I

El truco de la culpa-II

El truco de la culpa-III

El truco de la culpa-IV

 

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El truco de la culpa-IV

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El tema de la “evolvabilidad” es un tema importante en la teoría de la evolución desde los tiempos de Darwin. La pregunta que lo define es: en ausencia de una hipótesis divina, ¿cómo hacen los organismos para prepararse con vistas a lo que vendrá si no tienen la más mínima idea de qué es lo que vendrá?

La respuesta a esa pregunta es que no hay preparación alguna, solo hay azar, necesidad, y una serie de estrategias que se han desarrollado a lo largo de la evolución. Una de las más famosas de esas estrategias es la que Darwin denominó “pre adaptación”, pero que hoy se conoce con el nombre más exacto de exaptación.

El ejemplo clásico es el de unas plumas que surgieron para regular la temperatura y después, cuando la necesidad obligó, quizás porque una población de emplumados quedó atrapada en unos islotes con muy poca comida (y la mejor forma de sobrevivir era volando de unos a otros), ocurrió algo que poco tiene de milagro.

Como mismo Gutenberg combinó sus artes de herrero con una prensa para exprimir uvas, y logró crear la imprenta de tipos móviles; algunos organismos en esos islotes combinaron sus plumas con unos músculos que antes usaban (digamos) para danzas de apareamiento, y así empezaron a tener algo muy parecido a unas alas que les permitieron, a duras penas, volar de un islote a otro y sobrevivir.

Otra estrategia de “evolvabilidad” podríamos llamarla la de la acumulación óptima o, por decirlo de otra forma, la de los garajes atiborrados. Imaginemos dos poblaciones de individuos que tienen casas idénticas. La única diferencia es que una de esas poblaciones tiene el garaje de su casa lleno de tarecos y la otra lo tiene impecablemente limpio y organizado con las cosas que realmente necesita para mantener su casa, su carro, y su vida, en buen estado.

Es fácil aceptar que los que están simplificados y organizados tienen una mejor adaptación para las condiciones reinantes. Cada vez que algo se les rompe, enseguida tienen y encuentran lo que necesitan para arreglarlo. El carro lo guardan en el garaje y no se les oxida. Al trabajo casi siempre llegan temprano porque casi nunca tienen problemas de transporte.

Los otros, es también fácil aceptar, son un desastre. Nunca encuentran nada, el carro lo guardan fuera del garaje y se les oxida y se les rompe a cada rato. En ocasiones llegan tarde al trabajo porque tienen problemas de transporte y, para colmo de males, muchas veces no saben a ciencia cierta qué es lo que tienen en ese dichoso garaje.

Pero entonces el mundo se inunda. Los carros amanecen tapados y los que antes estaban perfectamente adaptados descubren que, para poder hacerlo, pagaron un precio en “evolvabilidad”. Porque en sus lindos garajes, que fueron seleccionados para una vida en tierra firme, hay muy poco o nada que pueda salvarlos.

Los otros, los de los garajes llenos de tarecos, empiezan a buscar, mientras las aguas siguen subiendo, y encuentran una cama inflable ponchada, un pegamento para ponches de bicicleta y una puerta de cedro que tenían recostada contra una pared. Con eso, y con otros trastos, arman una balsa y salen a navegar, medio escorados, para encontrarse con otros que construyeron las suyas y pudieron sobrevivir.

De esa forma, si aceptamos esta historia absurda y sobre simplificada, una población desaparece y la otra florece. La floreciente llevará consigo, claro está, la información de que un garaje lleno de tarecos es algo que no es tan malo como podría parecer a primera vista.

A partir de ese momento la adaptabilidad estará matizada por la “evolvabilidad”, y viceversa. A partir de ese momento los tarecos en los garajes irán en aumento; pero nunca hasta el punto de derrumbar las casas, hacerlas inhabitables, o matar de hambre a sus habitantes. Se establecerá, entonces, un equilibrio entre esas dos variables.

Si tomamos lo anterior en consideración podríamos entender que no sea completamente casual que muchos sistemas complejos con capacidad de adaptación –como la biosfera, la economía, la sociedad, la conciencia de cada ser humano, el imaginario colectivo, las sociedades, los genes y el sistema inmune– contengan en su interior una enorme cantidad de elementos que a primera vista pueden parecer simples desperdicios.

Ya hoy se sabe, por ejemplo, que la inmensa mayoría de la astronómica cifra de anticuerpos que tenemos en nuestro organismo nunca son utilizados para nada. Algo similar sucede con nuestra conciencia. Basta observarnos durante unos cuantos minutos, mientras pensamos, para descubrir que la inmensa mayoría de nuestros pensamientos son dignos de un garaje atiborrado.

Con la sociedad sucede igual, raro es el grupo humano que no lleva en su interior una enorme cantidad de personas que, en apariencia, ni pintan ni dan color. Igual, no necesitamos estar muy informados para darnos cuenta de que nuestro imaginario colectivo acumula una enorme cantidad de ideas –como las de este texto, quizás– que se caracterizan por una muy escasa, si es que alguna, utilidad.

Con los genes sucede algo similar, durante muchos años usamos el término ADN-basura (junk DNA) para referirnos al hecho de que un porcentaje aplastantemente mayoritario del genoma de los organismos vivos no tiene capacidad codificante alguna.

Solo en fecha reciente hemos empezado a aceptar que esos tractos no codificantes, lejos de ser un lastre innecesario, juegan un papel muy importante en varias estrategias de adaptación de los organismos vivos; estrategias que incluyen, entre otras, la capacidad de evolucionar.

En el caso de la economía, creo que es válido preguntarse si esa acumulación primaria del capital, sobre la que descansa una buena parte de la ideología marxista, lejos de ser una consecuencia de la maldad intrínseca y primigenia de los llamados capitalista, es simple y llanamente una estrategia evolutiva común a muchos sistemas complejos con capacidad de adaptación.

Donde Marx vio un pecado original bien pudo haberse tratado de un ecosistema, llamado economía, en el que, ante las condiciones cada vez más cambiantes del ambiente, y la presión selectiva que esos cambios impusieron, la subpoblación que mejor logró adaptarse fue aquella que acumuló capital.

O sea, aquella que atiborró sus garajes con recursos que no fueron dilapidados en lujos y catedrales, y que solo fueron reinvertidos (o recombinados) cada vez que las aguas subieron de nivel (metafóricamente hablando) y fue necesario sobrevivir.

De ser así, entonces, las dos grandes ideologías del mundo occidental, el cristianismo y el marxismo, descansan sobre la ignorancia de una de las mejores herramientas que nuestro intelecto ha creado para entender la realidad. Son, en esencia, ideas que viven de espalda a la realidad.

Tanto el catolicismo como el protestantismo defendieron la inteligibilidad del mundo real. Para esas religiones bastó una cosmogonía tan simple como la de Ptolomeo, y el relleno de cualquier contradicción con la guata de Dios, para asumir, e imponer la asunción, de que el mundo era inteligible.

El marxismo, por su lado, es hijo de Newton, o de esa idea de que, si conocemos las condiciones iniciales de un sistema, y conocemos también las leyes que describen el comportamiento de ese sistema, seremos capaces de saber cómo será la evolución de ese sistema. De ahí, la arrogancia de Marx intentando predecir un futuro que él llamó comunismo.

Darwin es otra cosa o, para ser más exactos, Darwin fue el inicio de otra cosa. Donde otros vieron leyes y determinismo Darwin vio ensayo y error, grandes números, azar, necesidad y probabilidades.

Donde otros vieron un universo que en lo esencial funcionaba como un reloj, Darwin vio o nos hizo ver una realidad que anticipaba, en su complejidad e incertidumbre, esas revoluciones del pensamiento que hoy conocemos como mecánica cuántica y complexología.

Donde antes sobraban con unas cuantas leyes, y sus colofones, ahora a duras penas nos alcanzaría con una lista interminable de modelos matemáticos en los que casi siempre la verdad es probabilística y asintótica.

Modelos que buscan describir sistemas caóticos con dinámicas no-lineales y, por tanto, con una gran dependencia de las condiciones iniciales. Sistemas que solo pueden ser analizados, en sus complejidades reales, por unos ordenadores que necesitan ser cada vez más poderosos.

La irónica paradoja es que uno de esos modelos, recientemente descrito, habría puesto a Carlos Marx a bailar rocanrol.

Continuará.

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El truco de la ideología

El truco de la culpa-I

El truco de la culpa-II

El truco de la culpa-III

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El truco de la culpa-III

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Para el marxismo, el modo de producción capitalista también nació sobre la base de un pecado original y, en consecuencia, sobre una culpa imperdonable.

Como ya se dijo antes, el catolicismo intentó imponer la literalidad inapelable de la maldad intrínseca y primigenia de los seres humanos.

El marxismo, por su lado, fue más condescendiente y solo buscó hacerlo con esa fracción de la humanidad que hoy conocemos como capitalistas; o sea, con esos que se han encargado de crear el 95% de las riquezas que disfrutamos hoy.

Para Carlos Marx el pecado original del capitalismo fue lo que en economía política se conoce como la acumulación primaria del capital; y es importante recalcar que la asociación entre ese proceso y la pecaminosa culpa marxista no es una interpretación de lo que dijo Marx, es literal.

Así lo escribió en El Capital el sociópata de Tréveris: “Esta acumulación originaria viene a desempeñar en la Economía política más o menos el mismo papel que desempeña en la teología el pecado original”.

Tronco de descarado el compañero Marx, que después de hacer una interpretación materialista de la filosofía (el materialismo dialéctico), y de la historia (el materialismo histórico) se apeó con algo tan subjetivo como una ideología (el comunismo y la lucha de clases) que descansa, para más inconsecuencias, en conceptos tan religiosos e intangibles como el pecado original y la culpa.

Lo único que le faltó fue recitar un Avemaría. No en balde tiene tantos seguidores. No en balde acuñó la frase de que la religión es el opio de los pueblos y, todavía hoy, tiene a muchos literal y metafóricamente drogados con su cuento del pecado original del capitalismo.

Se impone, entonces, analizar ese pecado o acumulación primaria del capital. Un proceso que es consustancial al capitalismo y cuya aparición en la vida económica del mundo occidental cambió para siempre a este planeta.

Enriquecerse, hasta la indecencia marxista, no es una característica única de los capitalistas. Desde mucho antes de que el capitalismo existiera ya los seres humanos habían descubierto las ventajas y placeres de acumular capital.

Una gran diferencia entre el capitalismo y las formaciones económicas anteriores es que para el capitalista enriquecerse no es solo un objetivo en sí. Para el capitalista la acumulación de riquezas es el único medio posible de seguir subsistiendo en un mundo en el que, a partir de la llegada del capitalismo, la única garantía de subsistencia ya no solo era tener, sino reinvertir lo que se tenía para así sobrevivir en un futuro cada vez más incierto.

Una de las razones de esa acumulación primaria podría ser, entonces, que el capitalismo introdujo en la actividad económica un nivel de complejidad y de incertidumbre evolutiva que era desconocido hasta ese momento y que impusieron, como cabría esperarse, estrategias adaptativas de nuevo tipo.

Una de esas estrategias fue la acumulación de capital no ya como un mecanismo de adaptabilidad, sino como una fuente de capacidad evolutiva o, por decirlo de alguna forma, de “evolvabilidad” (la palabra en inglés es evolvability y la traducción sería “evolucionabilidad”, pero suena a trabalenguas).

Hasta la llegada del capitalismo la vida económica del mundo occidental era mucho menos rica en actores, era mucho menos competitiva, variable y, por tanto, compleja e impredecible. Hasta ese momento cualquier persona que hubiera amasado una fortuna sabía que la posibilidad de legársela a sus descendientes estaba mucho más amenazada por factores sociales y fortuitos que por decisiones financieras o comerciales. Igual, si alguien se empobrecía casi siempre era por malas decisiones propias y no por las buenas decisiones ajenas.

Con el capitalismo todo eso cambió, y lo hizo tanto en el agrario como en el comercial, que fueron sus etapas iniciales, y que de inmediato se vieron agobiadas por un cúmulo de variables que antes no existían, o que al menos no eran tan importantes.

En el caso de los propietarios de tierras, una actividad económica relativamente estable durante siglos, la situación cambió. Sobre todo, a partir del momento en el que la mano de obra empezó a tener cada vez más libertad para moverse y para contratarse al mejor postor.

A partir de ese momento, o cadena de momentos, los propietarios supieron o intuyeron que la capacidad que pudieran tener para sobrevivir dependía de evaluar muchas variables.

Tuvieron que aprender la importancia de “leer” el mercado, el clima, las plagas, la política, los trabajadores, y un largo etc. Además de eso algunos empezaron a descubrir, quizás por ensayo y error, que la mejor garantía para sobrevivir en un mundo que empezaba a ser cada vez más cambiante era acumular un capital que les permitiera, llegado el momento, encontrar soluciones para las nuevas situaciones que pudieran surgir.

Con los comerciantes sucedió algo parecido, las antiguas rutas comerciales por tierra eran mucho más seguras y predecibles, desde el punto de vista financiero, que las nuevas y cada vez más extensas y complejas rutas marítimas. A eso hay que sumarle que las manufacturas empezaron a ser cada más variadas y competitivas. El resultado fue el desarrollo de estrategias adaptativas similares a las anteriormente descritas para los terratenientes, incluida la acumulación de capital.

Se puede decir que la llegada del capitalismo significó el desplazamiento del ecosistema económico del mundo occidental de una dinámica de subsistencia basada en la adaptabilidad, a una dinámica de subsistencia basada en la “evolvabilidad”.

Donde antes era más que suficiente estar, ahora se imponía desarrollar la capacidad de seguir estando cuando todo, necesariamente, cambiara; y cuando todo lo hiciera, además, a una velocidad que empezaba a ser anonadante.

Carlos Marx no pudo o no quiso darse cuenta de eso, y es una lástima porque si algo puso Darwin sobre la mesa de la cultura occidental fue una forma de analizar no ya la evolución de las especies; sino algo mucho más general que hoy conocemos como “sistemas complejos con capacidad de adaptación”.

Lo que Darwin describió fue un caso particular de ciclos de poblaciones que crecen, o se reproducen con variaciones, y son seleccionadas para determinadas condiciones hasta convertirse en una subpoblación que vuelve a crecer, o a reproducirse con variaciones, para volver a entrar en otro ciclo de selección para determinadas condiciones.

Esa dinámica, que Darwin descubrió analizando un sistema complejo con capacidad de adaptación llamado biosfera, es común a otros sistemas como la economía, la sociedad, el imaginario colectivo, los genes y el sistema inmune (por solo mencionar unos cuantos).

Todos esos sistemas, además de compartir dinámicas similares, comparten también estrategias de adaptación que son, cuando se reducen a sus esencias, muy similares. El conocimiento de esas estrategias, o de las formas en las que estas se manifiestan para cada sistema, permite hacer un análisis de la realidad que siempre estará mucho más cerca de la verdad que cualquiera tontería ideológica.

Llama mucho la atención que las tres grandes tonterías ideológicas del mundo occidental, el catolicismo, el protestantismo y el marxismo, descansan sobre la idea de una maldad primigenia y una culpa imperdonable.

En el caso de las religiones, un análisis darwinista de esa maldad intrínseca, que ellas le adjudican al ser humano, demuestra que es esencialmente inexistente y que nuestra especie, lejos de ser portadora de un pecado original, solo pudo haber sobrevivido gracias a estrategias evolutivas que incluyeron, como elementos muy importantes, la empatía, el altruismo y la bondad.

Los seres humanos pagamos un alto precio evolutivo por nuestra actividad nerviosa superior. El cerebro humano pesa el 2% del cuerpo (adulto) y consume el 20% de la energía. Eso trae como consecuencia, entre otras cosas, que durante los diez primeros años de nuestra vida seamos casi nulos en nuestra capacidad para sobrevivir y dependamos, por tanto, de nuestros padres y del grupo, del clan, la tribu o la sociedad.

Sin la empatía, el altruismo y la bondad, al menos para con aquellos con los que compartimos el mismo pool genético, es muy probable que no habríamos sobrevivido como especie. Lo cierto, sin embargo, es que aquí estamos, que cada vez somos más, y que cada vez somos mejores, y eso a pesar de haber estado convencidos, durante siglos, de todo lo contrario.

En cuanto al marxismo, la otra ideología que descansa sobre una culpa original, habría que analizar si esa acumulación primaria del capital es pura maldad o solo una necesidad evolutiva que, más que descansar en la adaptabilidad, descasa en la capacidad para evolucionar.

Continuará.

 

El truco de la ideología

El truco de la culpa-I

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El truco de la culpa-IV

El truco de la culpa-V

 

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El truco de la culpa-II

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La mañana del sábado 31 de octubre, del año 1517, un cura alemán, llamado Martín Lutero, fue hasta la Iglesia de la ciudad de Wittenberg y clavó en la puerta del santuario un documento, una protesta, que pasaría a la Historia como las “95 tesis sobre el poder y la eficacia de las Indulgencias”.

Con ese aldabonazo empezó la Reforma Protestante o el protestantismo. Hoy es evidente que ese inicio fue posible porque el documento pudo ser inmediatamente copiado, impreso, y distribuido por toda Europa a una velocidad que habría sido imposible antes de la invención de la imprenta.

Para ese inicio exitoso, Lutero reprendió con fuerza la práctica católica de las indulgencias, que eran una forma de aminorar las culpas (incluida la del Pecado Original), mediante unos pagos que buscaban acortar el paso obligado –y sobrecogedoramente literal– por el Purgatorio.

Ya para el momento de Lutero las indulgencias se habían convertido en una transacción más dentro del mercado internacional de la culpa. El Vaticano las vendía como si de prendas se tratara y muchos, claro está, querían o tenían que arroparse con ese tejido de perdones que cubría al mundo.

La reforma de Lutero, o su revolución, fue en lo esencial un acto de descentralización de ese proceso mercantil. Según su nueva doctrina lo que antes era patrimonio de una casa matriz, el Vaticano, y se distribuía a través de sucursales locales, las Iglesias, ahora pasaba a ser un bien común del que todos podían participar como individuos.

A Lutero solo le faltó decir “laissez faire”, que es la frase que usaron, casi dos doscientos años después, los llamados fisiócratas; un grupo de economistas que reclamaron para el comercio en general lo que Lutero ya había reclamado en su momento para el mercado de la culpa: mientras menos intervención de un poder central, mejor. Lutero fue para la Iglesia Católica lo que los fisiócratas fueron, siglos después, para la aristocracia feudal.

Esa descentralización pudo ocurrir porque el protestantismo propuso que la salvación solo podía ocurrir mediante la fe y no mediante la venduta de favores celestiales en el reino de este mundo. Para alcanzar esa fe, según la nueva doctrina, los creyentes solo tenían que seguir las enseñanzas de una Biblia que ya estaba al alcance de muchos (gracias a Gutenberg) y no necesitaban, por tanto, de intermediarios sotaneados que les explicaran qué fue lo que Cristo quiso o no quiso decir.

El protestantismo fue visto, entonces, como un intento de regreso a la simplicidad del cristianismo inicial, al candor de las Iglesias tan austeras como una casa de discípulo, a la simple inocencia de las imágenes, a la negación de su comercio y al desprecio de unas suntuosidades que, ya para ese momento, el catolicismo había convertido en palacios y catedrales con mendigos en sus puertas. Para Lutero, a Cristo había que buscarlo a través de sus palabras; pero, sobre todo, a través de sus acciones.

Donde el catolicismo exaltaba la contemplación, o las ofrendas contemplativas a la Santa Iglesia, el protestantismo invitaba a una vida de virtud y trabajo que, lejos de convertirse en recursos malgastados serían, con el paso del tiempo, el origen de eso que a inicios del siglo XX Max Weber describiría como “La ética protestante”. Una forma de adorar a Dios que poco a poco se convirtió en una fuente inagotable de riqueza acumulada y reinvertida. Una manera de vivir que enseguida hizo una simbiosis perfecta, casi divina, con eso que hoy muchos insisten en llamar capitalismo.

No es casual, entonces, que le haya ido tan bien. El protestantismo creció tan rápido porque en Europa ya existían muchas personas, en todas las clases y estratos sociales, que estaban cansadas de que unos curas panzones e improductivos controlaran, de una forma u otra, la mayor parte de las tierras, las riquezas y las formas de producir.

Le fue bien a esa nueva religión porque los países que la adoptaron empezaron a crecer económicamente y porque, ya en 1534, el rey de Inglaterra, Enrique VIII, se cansó de que el Vaticano pretendiera decirle lo podía o no podía hacer y decidió que en su reino la religión oficial sería protestante.

Hasta ahí todo iba bien, pero es ley de vida que en esos ecosistemas donde las ideas compiten, evolucionan, mueren o sobreviven –y que algunos llaman imaginarios colectivos– sea muy frecuente que una idea exitosa termine garantizando (o perpetuando) su existencia mediante su conversión en una ideología.

El inicio de ese proceso de ideologización del protestantismo puede ser asociado con la figura de Juan Calvino, un cura francés que alrededor de 1530 se convirtió a la fe de Lutero y terminó siendo, a fuerza de prédicas y escritos, el paladín de la ideología que se desprendió de la doctrina protestante.

Calvino hizo énfasis en que a Dios solo se le podía conocer a través de la Biblia y que esta era, por obra y gracias de Dios, la fuente de su propia autenticidad. Esa proposición está en el origen de varios enunciados de Calvino que hoy resultan relevantes para el tema de la culpa. Uno de ellos es que solo mediante la fe ocurren el arrepentimiento y la remisión de los pecados; pero, como la perfección no puede existir fuera del reino de Dios, entonces la lucha contra esos pecados es eterna y conlleva, como una prueba de fe, la aceptación constante de esa incertidumbre que siempre asociamos con la eternidad.

El otro es el concepto de la predestinación, o la idea de que, cuando de la redención se trata, no todos los hombres son creados iguales. Unos están destinados, por la gracia de Dios, al perdón y a la vida eterna; mientras que a otros les espera, como consecuencia de esa misma gracia, una condena infinita. De más está decir que esa idea de la predestinación es grupal y se extiende, por tanto, a naciones y países.

Podrían parecer simples palabras; pero por desgracia no lo fueron. Durante sus años de exilio en Ginebra, Calvino creó un poder casi teocrático dentro de esa ciudad, impuso su doctrina, decretó destierros y quemó en la hoguera a Miguel Servet, el descubridor de la circulación pulmonar y su oponente en unas cuestiones teológicas que Calvino consideró, quizás con celo excesivo, como blasfemias.

El calvinismo es un intento de mantener aglutinada –mediante la eternidad del pecado, la fe como única redención posible, la predestinación divina y la entereza frente a la incertidumbre– a una religión que había sido atomizada, o individualizada, para así poder retar el milenario y congregante poder de la Iglesia Católica. Al final, y como casi siempre ocurre, el elemento aglutinante más poderoso fue algo que es casi indistinguible del miedo.

Todavía hoy resuena la descripción que Voltaire hizo del protestantismo cuando escribió que “si condenaron el celibato, y abrieron las puertas de los conventos, fue solo para convertir a toda la sociedad en un convento”. Una frase que describe la transmutación, una vez más, de una idea en ideología; y es bien sabido que cada vez que eso ocurre la primera tarea de la nueva ideología es sobrevivir al costo que sea necesario, aunque sea al de modificar, tergiversar o incluso traicionar, la idea original.

Eso fue lo que pasó con el protestantismo en Inglaterra. Fueron tantos los vaivenes que esa ideología tuvo que enfrentar que al final, y por puras necesidades adaptativas, terminó alejándose de eso que algunos consideraban como la esencia de la doctrina calvinista original.

Así surgieron distintos grupos, o congregaciones, que reclamaron el retorno a esa esencia. Uno de ellos terminó siendo reconocido, de forma despectiva al inicio, y por la supuesta pureza calvinista que reclamaban, como los Puritanos. Unos creyentes tan celosos que en ocasiones terminaron siendo rechazados y perseguidos.

Fueron alrededor de cien miembros de esa congregación los que en el año 1620 partirían de Europa hacia Norteamérica, en el barco Mayflower, para fundar eso que eventualmente conoceríamos como los Estados Unidos. Traían consigo una culpa insalvable, una extraordinaria ética de trabajo, una austeridad a toda prueba, y una inamovible idea de la predestinación.

Eran portadores de una tolerancia a la incertidumbre que les permitió hacer una simbiosis, casi perfecta, con el capitalismo. Una asociación que se traduciría, junto con otras cosas, en un crecimiento económico y social que tiempo después los convertiría en la primera gran democracia del mundo moderno, y en la gran potencia económica y militar de la historia de la humanidad. No es exagerado decir, entonces, que los EE UU fueron construidos sobre la culpa.

La gran paradoja, sin embargo, es que los Puritanos triunfaron gracias a las ventajas que les dio una forma de acarrear las culpas, auto flagelante y sin perdones, que ha llegado hasta nuestros días y se ha convertido, aunque nos cueste trabajo creerlo, en el arma principal de la última batalla del marxismo contra la democracia americana.

 

El truco de la ideología

El truco de la culpa-I

El truco de la culpa-III

El truco de la culpa-IV

El truco de la culpa-V

 

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