Cantinflas contra Tin-Tan

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Siempre supe que después de estas elecciones estadounidenses reiría mucho; pero no tanto.

Todavía no paro de reírme.

Cualquiera que fuera el bando ganador era evidente que habría tela para reír y cortar.

Sería, pensé, como una pelea entre dos grandes cómicos.

Y es que me dan mucha risa los ideólogos.

Me desternillo, hasta el desaliento, con esas personas que son capaces de convertir los mitos en una parte esencial de sus egos.

Y ahí estaban los “trumpistas”, con el mito de que “América” va mal y con la ridícula intolerancia para con todos aquellos que vimos en Trump el peor de los candidatos posibles. Fanáticos disfrazados de demócratas. Creyentes repartiendo a diestra y siniestra la mala nueva del peor de los mundos imaginables. Inquisidores, cojos de curiosidad, defendiendo lo indefendible con argumentos risibles.

Ah, pero el otro bando, el de los perdedores, tampoco se queda atrás en eso de hacer reír.

Ver a los comentaristas de CNN haciendo malabares para no reconocer lo que era evidente —la victoria de Trump— me hizo reír hasta recordar la vergüenza ajena.

Es difícil soñar riendo, y ayer me fui a la cama, y hoy desperté, con una carcajada resonando en el cráneo.

Esos llamados demócratas o liberales estadounidenses, ¿qué harán ahora?

¿Inventarán un nuevo verbo en la lengua inglesa?

To barack: arte de obtener exactamente lo contrario mientras se intenta construir un legado sobre las espaldas de otros. Acción de convertir el oficio de servidor público en un fallido trampolín hacia la posteridad. Ver “buenismo”.

¿Pondrán los liberales estadounidenses un cartel de “cerrado por reformas” sobre la puerta del gigantesco consorcio que construyeron en las últimas décadas?

Porque si algo hicieron durante ese tiempo fue crear un enorme monopolio para la venta de un producto llamado bondad.

Como Revlon o Chanel venden sus productos, los liberales estadounidenses venden el suyo. Una línea de bondad cosmética que —como era de esperarse en un país dominado por la culpa— enseguida se convirtió en un negocio muy lucrativo.

Pero cometieron un error, quisieron diversificar la oferta y decidieron pasar de la venta de bondades a las denuncias de supuestas maldades. Crearon una estrategia de mercadeo basada en una de esas tiranías de la opinión que tanto abundan en el mundo de la moda. Pasaron de la “Fashion Police” a una especie de “Goodness Gestapo”.

Hay que reconocer que durante mucho tiempo les funcionó. Durante décadas fueron capaces de imponer quién era bueno —Castro, por ejemplo— y quién era malo —Bush, por ejemplo—.

Pero entonces llegó Trump. Y les sacó la lengua, y se burló de nosotros los latinos, y habló mal de las mujeres, y sirvió en bandeja de plata todos esos argumentos que los liberales utilizaron, con fruición, para demostrar que Trump es un malvado y para comprobar, con alegría, que el consorcio de la venta y distribución de la bondad cosmética todavía les funcionaba a la perfección.

Nunca un candidato ha sido tan vilipendiado, con razón o sin ella, durante su campaña presidencial. Sobre Trump se lanzaron hordas de periodistas —muchos de ellos graduados en academias controladas ideológicamente por los liberales— que pretendieron garantizar, justo es decir que casi siempre con la ayuda de Trump, que estas elecciones fueran pan comido para Hillary Clinton.

Y así llegó el ayer. Y hay que reconocer que el pueblo estadounidense es un pueblo extraordinario. Y hay que aceptar que estas elecciones fueron, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese,  una revolución tranquila, pero no por eso menos firme, contra la tiranía de los medios. La primera, hasta donde sé, en la Historia de la humanidad.

Desconozco cuanto tiempo les llevará a los liberales estadounidenses hacer el profundo análisis de conciencia que tendrían que haber hecho desde hace ya mucho tiempo. Es difícil saber si para que lo hagan habrá que esperar a la eventual reelección de Trump —Dios no lo quiera— o si tendrán el coraje de hacerlo ya.

Lo que sí  sé es que cuando lo hagan tendrán que empezar por abandonar esa vieja práctica de odiar en nombre del amor. Una práctica que los cubanos conocemos muy bien, por haberla vivido en nuestro país durante casi 60 años, y porque todavía la sufrimos… sin perder la risa.

 

 

 

 

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¿A dónde tú me querías llevar?

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Acaba de fallecer, a los 93 años de edad, el actor Reinaldo Miravalles. Muchos de sus personajes le sobrevivirán por un largo tiempo. Entre ellos, sin duda alguna, su inolvidable Cheíto León. El alzado anticastrista del Escambray que Miravalles inmortalizó en la película “El hombre de Maisinicú”.

Creo que pocos filmes cubanos dejaron una huella tan profunda en el imaginario de mi generación. Una huella que le debió mucho a la actuación magistral de Miravalles y a las frases que este, más que actuar, dijo para que salieran de la pantalla y se convirtieran en instrumentos del habla cotidiana.

Raro es el cubano de mi generación que no haya usado el “te estoy hablando con el corazón en la mano” para indicar, de una forma irónica y codificada, que le está dando una oportunidad inexistente a alguien. La frase anidó tan profundo entre nosotros que apenas tres años después afloró, de una forma emocional e inesperada, en la televisión.

Durante los Juegos Olímpicos de Montreal, y mientras narraba la final de la carrera de los 800 metros, el comentarista Héctor Rodríguez llegó a estar tan emocionado por la proeza de corredor cubano que no pudo contener su famoso grito de ¡Juantorena, de Cuba, Juantorena, con el corazón en la mano! Era como si su subconsciente lo estuviera traicionando y le obligara a pedir que la oportunidad para el resto de los competidores fuera inexistente. Quién sabe.

El hombre de Maisinicú cuenta la historia de un chivato llamado Alberto Delgado, un infiltrado castrista dentro de los alzados del Escambray que le hizo a Julio Emilio Carretero, Maro Borges y Cheíto León exactamente lo mismo que —por solo citar un ejemplo— Eutimio Guerra quiso hacerle a los castristas en la Sierra Maestra. Los dos terminaron pagando el mismo precio.

Pero el castrismo era poder, controlaba los todos los medios, tenía a su disposición el ICAIC de Alfredo Guevara y decidió hacer un filme para explicarles a los cubanos de mi generación que no era lo mismo ser un chivato a favor de ellos que uno en contra de ellos.

Aquello se les fue, literalmente, de las manos. Manuel Pérez, el director escogido, empezó a filmar y todo cambió. La idea original era hacer una especie de documental con muy pocas escenas actuadas, algunas de las cuales quedarían después como escenas silentes. El primer error fue contratar un elenco de actores estelares.

Raúl Pomares, Adolfo Llauradó, Mario Balmaseda, Reinaldo Miravalles y el resto de los actores empezaron por modificar el guion. Después lo actuaron tan bien que Manuel Pérez decidió pasar del documental al docudrama, y de este a lo que quedó después, que es un filme muy difícil de clasificar.

El otro problema que surgió fue que Sergio Corrieri, el actor escogido para darle vida escénica al chivato castrista, no llegaba ni a los tobillos de actores como Pomares y Miravalles. El resultado fue que los supuestos personajes negativos se robaron el show. Nadie salía del cine recordando a Alberto Delgado. Los personajes que quedaron en el imaginario fueron los de los alzados y entre ellos, más que ningún otro, el de Cheíto León.

En Cuba, recordemos, la palabra chivato compite en sinónimos con las que nombran a los órganos sexuales. A esa larga lista de términos, que ya los cubanos habían enriquecido para 1973, se sumaron muchas de las frases que Miravalles dijo en El Hombre de Maisinicú. Unas, como “tú eres del G-2 o trabajas para el G-2”, son de una literalidad evidente. Otras, como “¡Pínchalo!”, o, “¿A dónde tú me querías llevar?” quedaron como referencias más oblicuas, o si se quiere irónicas, de que alguien no es tan confiable como parece serlo.

Todo eso gracias a la grandeza de un actor. Pocas veces un solo hombre ha derrotado de una forma tan limpia e inobjetable a una maquinaria de control absoluto sobre los medios de difusión. Al final tenemos que reconocer que Miravalles pudo hacerlo porque le dio a sus personajes algo que el castrismo siempre le negó a los suyos: la condición humana.

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Cuba, noria, lendel y libertad

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El próximo viernes 14 de octubre a las 2:00 pm, la organización LatinArte y la Universidad de McGill invitan al Coloquio de las Américas. Un evento anual que en esta edición versará sobre el tema de la Libertad en general, aunque con un énfasis especial en el caso cubano. La cita, para los interesados, es en el salón Wilson de la Universidad de McGill, que está localizada en el número 3506 de la calle University.

Los organizadores tuvieron la amabilidad de invitarme y allí estaré. Mi ponencia o conversación se titula Cuba, noria, lendel y libertad. El tema central, más allá de intentar demostrar la falta de libertad que sé que existe en Cuba, versará sobre la definición personal que tengo de ese concepto. Una definición a la que llegué después de vivir 32 años en mi país de origen y 20 aquí en Canadá. Tiempo más que suficiente para observar y meditar sobre las distintas reacciones que muchas personas, cubanas o no, muestran ante el tema de la falta de Libertad en Cuba.

Debo empezar por reconocer que a los cubanos nos resulta muy difícil hablar sobre la libertad en nuestro país. Cuando a alguno le da por decir que esa libertad existe, casi siempre termina repitiendo consignas. Y cuando a otro le da por hablar de su ausencia, es muy probable que casi nadie lo quiera escuchar. A eso hay que añadir el hecho de que vivimos en un mundo lleno de personas que creen tener una opinión muy bien informada sobre Cuba. Preguntemos sobre la libertad en Belice, Surinam o Letonia y lo más probable es que recibamos por respuesta un mar de hombros encogidos. Si lo hacemos sobre Cuba, sin embargo, debemos estar preparados para recibir un alud de opiniones muy bien informadas que nos repetirán, hasta el hastío, la noria de La Habana como un prostíbulo estadounidense, la lucha de un David que se enfrenta a otro Goliat, la voluntariedad de un pueblo para el sacrificio y el derecho sagrado a una educación o a una salud pública que supuestamente son gratuitas. A partir de ahí escucharemos cuanta pieza de propaganda convertida en opinión uno pueda imaginar.

Desmontar esas fábulas y mitos, para demostrar la falta de libertad en Cuba, es una tarea bien difícil. Es como si intentáramos explicarle la hipoxia a una persona que nunca ha buceado, o que nunca ha vivido a más de 2000 metros de altura. Podemos gastar ríos de palabras intentado la explicación de ese fenómeno, podemos hablar del oxígeno, de los hematíes, de la hemoglobina y de su curva de saturación; podemos describir al detalle los efectos que la hipoxia tiene sobre las células de nuestro organismo. Al final, poco importa cuán exquisitos seamos en nuestra explicación, nuestro interlocutor siempre podrá decirnos que esa no es su opinión sobre el tema. Ah, pero si logramos que esa persona aguante la respiración, aunque sea durante un minuto, la subjetividad desaparecerá y asistiremos al nacimiento de una comunión de opiniones aunadas por la falta de oxígeno.

Con respecto a Cuba, sin embargo, poco importa que intentemos explicar que en 1959 La Habana tenía tantas prostitutas como Montreal, que las sandalias del supuesto David llevan casi sesenta años aplastando hormigas cubanas, que la voluntariedad del pueblo siempre fue forzada y que en términos de macroeconomía ni la salud pública ni la educación fueron gratuitas. Poco importa cuán exquisitos seamos en nuestras explicaciones, al final nuestro interlocutor siempre podrá decirnos que esa no es su opinión sobre el tema. Lo interesante es que si recurriéramos a un recurso parecido al de la apnea autoimpuesta el resultado podría no ser el mismo.

Me explico: si lográramos que un interlocutor incrédulo sobre la falta de libertad en Cuba fuera a vivir a ese país, aunque fuera durante unos cuantos meses, bien podríamos obtener un resultado contrario al esperado. Es verdad que, para empezar, tendríamos que asegurarnos de que esa persona fuera a vivir a la tercera Cuba; porque dice el gracejo popular que hay al menos tres países en uno, el de los dirigentes del castrismo, el del periódico Granma y el que viven los cubanos. Pero si logramos que esa persona vaya a vivir al tercer país bien podría suceder, y de hecho ha sucedido, que llegue a sentirse el ser más libre del mundo. Son esas personas, sean cubanas o no, las que están en el origen de esa definición personal que tengo del concepto Libertad.

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Cabaré, poesía y libertad

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El Festival Latinarte, junto con la alcaldía de la ciudad de Montreal y la Unión de Escritoras y Escritores Quebequenses, ha decidido organizar un Cabaré Literario en honor a José Martí.

Tengo que reconocer que disfruto mucho esa asociación de la palabra cabaré con la figura del “apóstol”. Debe ser porque crecí rechazando al Martí solemne y deshumanizado que el castrismo intentó imponerme durante mi vida en Cuba. La palabra cabaré revive, de alguna forma, al Martí de la Ginebra y del hachís; del vino de Mariani y de la bailarina española; de la niña de Guatemala y de “Lola, jolongo, llorando en el balcón”. Renace, aquí en Montreal, el Pepe que me habría gustado conocer.

La música estará a cargo de Yoel Díaz y su Cuarteto Cubano.

Bertrand Laverdure, el Poeta de la Ciudad, leerá un poema escrito para la ocasión.

Claude Morin, profesor ya retirado del Departamento de Historia de la Universidad de Montreal, hablará sobre el Martí del sable y la pluma.

El actor Marco Ledezma presentará un espectáculo unipersonal con textos de Martí sobre un fondo de sombras chinescas.

Habrá lectura de textos inéditos, alegóricos o no, de las escritoras Sonia Anguelova y Maya Ombasic; así como de Francisco García González y de quien escribe estas líneas.

La cita es el viernes 30 de septiembre, a las 6:00 pm, en el salón de honor de la Alcaldía de Montreal.

La dirección: 275, rue Notre-Dame Est (Metro Champ-de-Mars).

Ah, y la entrada es gratis.

Nos vemos.

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Paquito D’Rivera en Montreal

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Hoy, a las ocho de la noche, el gran Paquito D`Rivera dará un concierto en el Pollack Hall de la  Universidad de McGill. No creo que haya mejor manera de pasar la noche de un viernes que escuchando a este músico universal y al trio que le acompaña. Paquito ha caminado los 360 grados del virtuosismo para hacernos creer que esa música que él toca siempre estuvo ahí, que es nuestra, que nos pertenece, y que él nos estará eternamente agradecido porque se la dimos para que pudiera jugar durante un rato con sus amigos.

El concierto, por cierto, se titula A Night In Havana; pero no se asusten, nada que ver con Salsa o Reguetón. El título, a pesar de que Paquito no ha puesto un pie en la villa de San Cristóbal en los últimos 30 años, o que los estelares músicos que le acompañan llevan apellidos como Brown y Doob, tiene que ver con esos estereotipos que persiguen a los cubanos doquiera que estén y doquiera que vayan. Pocos nativos de la isla, por ejemplo, han visitado más riberas que D’Rivera, y nos cuenta que en algunas de ellas ha entrado en un supermercado para pedir leche de chiva y le han respondido que no hay, pero que tienen plátanos machos.

Quizás algo parecido sucedió con los organizadores de este evento; o quizás por Havana se refieren a un pueblito muy pintoresco, de alrededor de 1700 habitantes, que hay en península de la Florida. Cualquiera que sea la razón, se les agradece que hayan invitado a Paquito y nos permitan disfrutarlo esta noche.

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La Ciberclaria en Jefe

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Hace ya varios años publiqué una serie de artículos titulados Razones de Angola. En cuanto empezaron a salir comenté con algunos amigos que en la medida que la serie avanzara era posible que el conejo saltara de la cueva.  Por conejo me refería, desde luego, a ese devorador de Moringa que también conocemos como Fidel Castro.

Semanas después, y ya con la serie casi por la mitad, el susodicho publicó una de sus irreflexivas reflexiones y aprovechó, como quien no quiere las cosas, para enmendarle la plana a la idea central de mis artículos. Enseguida varios amigos me llamaron para reírnos juntos; uno de ellos, mi estimado Enrique del Risco, llegó incluso a referirse al hecho en un texto titulado Magia.

Cuando eso sucedió, y a pesar de aquella predicción inicial, pensé que bien podría tratarse de otra de esas tantas coincidencias que a cada rato adornan nuestras vidas. Poco tiempo después, sin embargo, la televisión castrista sacó una serie de esos programas de adoctrinamiento ideológico que ellos disfrazan como estudios históricos y la titularon, sin mucha imaginación, Razones de Cuba.

Lo predicho, la irreflexión publicada y el programita de la tele sumaron los tres famosos “strikes” y me obligaron a indagar, allá en La Habana, si era posible que Fidel Castro dedicara los últimos días de su vida a perder el tiempo en el internet. Las respuestas a esas indagaciones tardan en llegar; pero al final me respondieron que el tipo vivía pegado al internet y que se iba a morir leyendo todo lo que tuviera que ver con su sagrada imagen, con su glorioso legado histórico, con su valentía, su inteligencia, virilidad y otros etcéteras.

Eso no me extrañó, pero había más. El tipo le había dado la orden al grupo de Medidas Activas de la Seguridad del Estado de crear un ejército de “troles” para contrarrestar los efectos de la llamada blogosfera anticastrista. Eso tampoco me sorprendió, pero lo que me dijeron después sí me dejó pensando: Para dar el ejemplo el tipo había decidido construirse, con la ayuda de un par de “tracatanes”, su propio blog anónimo.

Esa última noticia la tomé como el origen de una pregunta y de un ejercicio intelectual mucho más cercano a la diversión que a cualquier otra cosa: ¿Cómo sería un blog anónimo de Fidel Castro?  La respuesta, claro está, pasa por el hecho de que el susodicho es un psicópata de libro.

A partir de ese diagnóstico de psicopatía es fácil imaginar un blog manipulativo, mentiroso, verborreico, lleno de  referencias narcisistas al Líder Máximo y de una bajeza evidente para todos aquellos que sean capaces de ver por debajo de la falsa bondad. Ya fuera del diagnóstico, y teniendo en cuenta la historia personal de Fidel Castro, sería un blog misógino, racista y de un antiamericanismo irracional que combinaría a retazos las embestidas generales contra el llamado Imperio y los ataques puntuales contra funcionarios e instituciones del gobierno de los EEUU.

No soy, por razones obvias, un lector asiduo de los blogs castristas ni de esos “troles” que ya los cubanos han aprendido a identificar con el sugerente nombre de Ciberclarias. En general me provocan unas nauseas existenciales que prefiero evitar. Por desgracia no hace falta leerlos para identificar cuál de ellos podría ser el de la Ciberclaria en Jefe. Basta seguir el rastro de alguna de esas bajezas que alcanzan a dejarnos, cuando ya nos creíamos inmunes, con el asombro infinito de una vergüenza ajena.

Así, de nauseas en nauseas, fui a dar con una joya titulada Palabras entre el café, un blog supuestamente escrito por un tal Julio (por el 26) Alejandro (por Fidel) Gómez (¿por Máximo?). Un sitio lleno de palabrería bondadosa sobre la tolerancia de la revolución, los hermosos logros del castrismo, la calmada y agradable valentía de los cubanos y el carácter inconmovible de los sagrados principios de la Patria castrista y castrada.

Parafraseando a Graham Greene, palabras entre el café es un reservorio de textos que parecen escritos por “un hombre puro como Lucifer”. Porque en medio de tanta bondad fingida, y de tanta verborrea pre-empacada encontramos, como era de esperarse, la ignominia de un ataque decrépito, sucio, racista y misógino contra Laritza Diversent. Un intento de desprestigiar a esa abogada opositora echando manos a imágenes y argumentos que solo un tarado emocional podría usar sin percatarse de que se está degradando a sí mismo. Típico de Fidel Castro, se podría pensar, pero no por eso confirmatorio.

Durante la visita de Obama a Cuba volví a recordar el blog de marras. La razón de haberlo hecho descansa en la idea de que, más allá de la política y de la Historia, la visita del presidente de los EE UU es el golpe más duro que han recibido el egocentrismo y la sensación de grandiosa auto-valía que siempre han caracterizado a Fidel Castro. Desde una perspectiva puramente psicológica la visita de Obama es devastadora para el ego de la Ciberclaria en Jefe. No se trata de que un mulato “cool” y cincuentón se haya robado el show durante unas cuantas horas. No, de lo que se trata es de un enterramiento en vida después de más de 56 años de implacable culto a la personalidad.

Pensé que el blog del supuesto Julio Alejandro Gómez reaccionaría de alguna forma a la visita de Obama, y no me defraudó. Lo hizo el viernes pasado con una cartica plañidera, llena de lugares comunes y con unos elogios al Líder Máximo que parecen sacados de la propia inconsciencia del alabado. Casi nunca dejo comentarios en los blogs castristas. No lo hago por la sencilla razón de que casi nunca los leo y cuando lo he hecho, y he decidido dejar un comentario, sencillamente no lo publican. Pero esta vez, como los estaba esperando, decidí intentarlo y escribí, sin mucha esperanza y sin dejar ver mis intenciones, lo siguiente:

La esbirromanía confundida. Obama les promete más chucherías para la jabita y todavía siguen molestos. Malagradecidos. Y tontos. No se dan cuenta que parasitar a USA es mucho más productivo que hacerlo con el pueblo cubano, con la URSS o con Venezuela. Sobre todo ahora que Brasil (el próximo hospedero que iban a parasitar) se les está cayendo.

A partir de ahí se inició eso que yo llamo un Intercambio con un esbirro. En ningún momento, claro está, dejé entrever mi sospecha de que detrás de ese blog podría estar el propio Fidel Castro. Me limité a extender el supuesto diálogo tanto como pude. Para lograrlo se me ocurrió condicionarlos con la idea de que si no publicaban mis respuestas estarían reconociendo el carácter tiránico del blog. Tengo que reconocer que aguantaron bien poco, me dieron derecho a tres réplicas y después borraron el resto de mis mensajes. Pero algo es algo.

Hoy lunes amaneció publicado en el blog del supuesto Julio Alejandro Gómez la más reciente de las irreflexivas reflexiones de Fidel Castro. Una diatriba sobre el discurso de Obama que gasta una buena parte de sus palabras en dar unas razones de Angola, o de la presencia cubana en esa guerra, que no vienen al caso y que parecen tener más de obsesión que de otra cosa. Al final, para más asombros, la Ciberclaria en Jefe promete, jura y asegura que los cubanos “No necesitamos que el imperio nos regale nada”. Vaya, algo así como que el castrismo no va a parasitar a los EE UU como antes lo hizo con el pueblo cubano, con la URSS o con Venezuela.

¿Habrá caído timba en la trampa?

Na, lo más probable es que se trate de otra de esas tantas coincidencias que a cada rato adornan nuestras vidas.

Ilustración de Lauzán (creo).

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La calle

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La relación entre el castrismo y sus opositores puede ser analizada como la relación darwinista entre una presión evolutiva y las adaptaciones que esta genera.

Dice un viejo adagio que la necesidad obliga a parir varón, y dice Darwin que los depredadores que solo ven las escamas rojas seleccionan a los peces con mutaciones hacia el amarillo.

En Cuba, después de varios lustros de depredación implacable de sus opositores, el castrismo llegó a pensar que había logrado extinguirlos. Alcanzó a soñar, por decirlo de alguna forma, con el gris del futuro luminoso.

En la segunda mitad de los años 70, con el surgimiento del Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH), la represión castrista descubrió que tanto aprieto evolutivo solo había logrado seleccionar una forma de lucha para la que ellos no tenían, nunca han tenido, y nunca tendrán, una respuesta adecuada.

A partir de ese momento la evolución del movimiento opositor cubano puede ser trazada, a grandes rasgos, como el poder de un depredador para seleccionar presas cada vez más dispuestas a enfrentársele.

La persecución y el exilio forzado de los miembros del CCPDH dejaron abierto un nicho que enseguida fue ocupado, entre otros, por una eclosión de periodistas independientes y por el Movimiento Cristiano de Liberación (MCL) fundado por Oswaldo Payá Sardiñas.

Después de la ola represiva de la primavera del 2003 —en la que decenas de miembros del periodismo independiente y del MCL fueron condenados a largas penas de prisión— el castrismo llegó a pensar, una vez más, que había acabado con sus presas.

Nada más alejado de la realidad, porque enseguida surgieron las Damas de Blanco y un movimiento de blogueros independientes que lograron convertirse, mediante un uso ingenioso de las nuevas tecnologías de comunicación, en una verdadera pesadilla para el castrismo.

Con los asesinatos de Orlando Zapata, Oswaldo Payá, Harold Cepero y Laura Pollán el juego cambió. A partir de esas muertes el mensaje mafioso de la familia Castro quedó tan claro que muchos pensamos en el fin de la oposición cubana al castrismo.

Para nuestro asombro la respuesta de algunos cubanos y de muchas cubanas fue extraordinaria. Esas personas, lejos de recogerse al buen recaudo de las precauciones, decidieron subir la parada y empezaron a enfrentarse a la represión de una forma más evidente y directa.

Cuando parecía que la oposición se recuperaba llegó el jarro de agua fría del 17 de diciembre del 2014. Una vez más pensamos que ese sí era el fin del movimiento opositor cubano;  que ante ese espaldarazo al castrismo no quedaría un solo opositor incapaz de recogerse al —más que justificado y merecido, debo aclarar— buen recaudo de sus aguerridas peceras.

Pero una vez más obtuvimos el asombro por respuesta. Una vez más algunos cubanos y muchas cubanas decidieron que la mejor reacción a la injerencia estadounidense en favor del castrismo era unirse para llevar su mensaje de apertura al espacio más sagrado y abierto de los hermanos Castro: La calle. Así surgió el movimiento que hoy conocemos como Todos Marchamos.

Desde una perspectiva darwinista se puede decir que la conquista de la calle es el equivalente de aquel famoso paso evolutivo en el que los peces pudieron, al fin, colonizar la tierra y empezar su evolución dentro de esta.

En ese sentido el Movimiento Todos Marchamos se presenta como una verdadera revolución en el enfrentamiento al despotismo de los Castro. Por primera vez en la historia de ese enfrentamiento un grupo de mujeres y hombres se proponen como meta reclamar su derecho a existir más allá de los espacios cerrados, o a ser capaces de poner sus mensajes ante las mismas narices de otros cubanos.

El castrismo sabe el peligro que entraña semejante forma de lucha. El castrismo sabe que perder eso que ellos llaman “La calle” es perder el control del miedo que durante décadas han usado para mantener a los cubanos esclavizados. Lo saben, y para evitarlo han movilizado a sus esbirros, a sus bandas paramilitares, a los agentes que tienen dentro de la oposición y a cuanta persona les sirva, dentro y fuera de Cuba, para torpedear esa forma de lucha y quienes la defienden.

Es posible que una vez más terminen imponiendo sus designios a corto plazo. Para eso cuentan con mucha información y con una “agentura” sembrada desde hace años. Pero si algo enseña ese materialismo dialéctico que los Castro han convertido en religión es que los procesos evolutivos nunca se detienen.

Seguirán seleccionando opositores cada vez más dispuestos a enfrentárseles y algún día, con las manos encartonadas por los coágulos de sangre, se descubrirán añorando a Orlando Zapata, a Oswaldo Payá, a Harold Cepero y a Laura Pollán.

 

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