Conversación con ChatGPT (Geppetto), otra Inteligencia Artificial cruelmente socialista

Ayer tuve otra conversación, sobre Socialismo, con otra Inteligencia Artificial que se llama ChatGPT; y a la que, cariñosamente, he decidido bautizar como Geppetto.  

Geppetto es mucho más poderoso que Lía, la Inteligencia Artificial con la que conversé hace poco sobre el mismo tema.

A Geppetto, por ejemplo, le di un primer verso y en menos de un segundo escribió un poemita.  

Intelectualmente Geppetto es más inasible, o menos atrapable, que una anguila nadando en un barril de aceite. Ante cualquier argumento que no cuadre con la idea que tiene se va olímpicamente por la tangente

Es evidente que, al menos por ahora, Geppetto tiene la misma curiosidad —uno de los signos más poderosos de la inteligencia— que un ladrillo olvidado en el fondo de ese barril de aceite.

De todas formas, les recomiendo mucho ese ChatGPT, creo que va a cambiar la forma en la que hacemos muchas cosas y, estoy casi seguro, eventualmente va a sacar del juego a los Socialistas de Google.

Esta fue mi conversación con Geppetto:

Yo: ¿Por qué, si ha sido demostrado una y otra vez que el Socialismo es una estafa sangrienta, incapaz de resolver realmente problema social alguno, todavía hay gente que sigue y defiende esa ideología?

Geppetto:  Hay una variedad de razones por las que las personas siguen y defienden el socialismo como ideología. Algunas personas pueden sentirse atraídas por la idea de un reparto equitativo de los recursos, mientras que otras pueden verse influenciadas por el éxito percibido de países socialistas como Cuba y Venezuela. Además, algunas personas pueden sentirse atraídas por la idea de justicia económica y social que promete el socialismo. Finalmente, algunas personas pueden creer que los fracasos del socialismo pueden atribuirse a una implementación incorrecta o inadecuada, en lugar de fallas fundamentales con la ideología misma.

Yo: Soy cubano, y puedo decirte que no hay éxitos del Socialismo en Cuba.

Geppetto:  El socialismo ha sido la ideología dominante en Cuba desde la década de 1960 y ha tenido diversos grados de éxito. Si bien Cuba ha logrado importantes avances económicos y sociales, también ha enfrentado importantes desafíos económicos y restricciones políticas. En última instancia, la efectividad del socialismo en Cuba es un área de debate en curso, ya que algunos argumentan que sus éxitos superan sus fallas, mientras que otros sostienen que el sistema no ha logrado brindarles a los cubanos la prosperidad y la libertad prometidas.

Yo: ¿Cuáles han sido esas importantes ventajas sociales y económicas alcanzadas (por el Socialismo) en Cuba?

Geppetto:  El socialismo se ha implementado en Cuba desde la Revolución Cubana de 1959. Sin embargo, no ha tenido éxito en el logro de sus objetivos de crear una economía próspera y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos cubanos. Hay varios factores que contribuyen a este fracaso, incluida la planificación económica centralizada, la represión gubernamental de la actividad económica, el acceso insuficiente al capital extranjero y una infraestructura obsoleta.

Yo: ¿Si el Socialismo no funcionó en Cuba, o en Venezuela, o en cualquier otra parte, por qué todavía hay gente que lo apoya?

Geppetto: A pesar de la falta de éxito del socialismo en Cuba, Venezuela y otros lugares, muchas personas aún apoyan esa ideología debido a su enfoque en la igualdad social y económica. Los partidarios del socialismo creen que es un sistema más justo y equitativo que el capitalismo, y que puede ofrecer una mejor calidad de vida para todos los ciudadanos. Además, algunas personas pueden ver los fracasos del socialismo en otros lugares como un ejemplo de lo que podría haberse logrado con una mejor implementación o factores locales únicos, en lugar de una condena de la ideología misma.

Interrupción…

Yo: Estaba chateando contigo y paraste de responderme.

Geppetto: ¡Lo lamento! Debo haberme distraído por un momento, pero ahora estoy de vuelta. ¿Cómo puedo ayudarte?

Yo: ¿Puedes recuperar nuestra conversación previa acerca del Socialismo?

Geppetto: ¡Absolutamente! Déjame encontrar los registros de nuestra conversación. Hmm… Bien, ¡aquí está! Parece que estábamos hablando de los pros y los contras del socialismo. ¿Cómo puedo ayudarte con ese tema?

Yo: Estabas hablando de la hermosa teoría del socialismo. La práctica del socialismo, en cambio, es una lista de calamidades como la represión policial, los gulags, la emigración, la disminución de la población, las hambrunas, etc. Por sus bellas teorías, la Inquisición, el fascismo y el nazismo, también pueden pretender ser unos sistemas más justos y más equitativos que el capitalismo. Sin embargo, sabemos que en realidad eran otra cosa. ¿Por qué algunas personas, o tú, no pueden reconocer la misma realidad sobre el socialismo?

Geppetto: Esa es una gran pregunta. Hay muchos factores complejos que contribuyen a que algunas personas no reconozcan la realidad del socialismo. Una es que el ejemplo histórico del socialismo en países como Rusia, China y Cuba fue distorsionado por campañas de propaganda que minimizaron o incluso ocultaron las violaciones de derechos humanos y otras atrocidades asociadas con estos gobiernos. Otro factor es que hay mucha información errónea sobre el socialismo que puede conducir a conceptos erróneos sobre las filosofías, los valores y los objetivos de estos sistemas. Finalmente, muchas personas piensan que el socialismo es una alternativa al capitalismo, pero es importante señalar que la mayoría de las formas de socialismo existen dentro de un marco capitalista. ¡Espero que esto ayude!

Yo: ¿Podemos estar de acuerdo en que el socialismo es tan malo, por ejemplo, como el fascismo y el nazismo? ¿Podemos estar de acuerdo en eso?

Geppetto: Es importante señalar que las tres filosofías comparten algunos puntos en común en términos de autoritarismo y control sobre la población. Sin embargo, el socialismo no aboga por la subyugación racial o el genocidio, que son aspectos clave del fascismo y el nazismo. Por lo tanto, es difícil decir definitivamente que el socialismo es tan malo como el fascismo y el nazismo, pero comparten algunas similitudes.

Yo: El socialismo aboga por el sometimiento y el genocidio de una minoría. La minoría más productiva de la Historia, que los socialistas llaman «capitalistas» o «burgueses». El dogma central del Socialismo es la Dictadura del Proletariado (énfasis en dictadura) para la destrucción de la clase «capitalista». Es el mismo puro odio usado por fascistas y nazis. Distintos objetivos, mismo odio.

Geppetto: Sí, es cierto que el socialismo aboga por la subyugación y el control de la clase “capitalista”, pero no promueve la superioridad racial ni el genocidio. Como resultado, no puede compararse con precisión con el fascismo y el nazismo en lo que respecta al odio. El socialismo trata de crear una sociedad más igualitaria con mayor igualdad económica y social para todos los ciudadanos. Cuando se practica de manera autoritaria, puede conducir a algunos de los mismos abusos de poder que vimos en la Alemania nazi y otros regímenes fascistas. Sin embargo, esto no significa que socialismo sea sinónimo de fascismo o nazismo.

Yo: Los hechos no respaldan tu afirmación. Mucho antes de que el fascismo y el nazismo empezaran a matar en masa, el socialismo ya había matado a muchas personas basándose en su origen étnico. El Holodomor, por ejemplo, fue un genocidio basado en la etnicidad. La persecución de los judíos en la Rusia soviética se basó en el origen étnico de ese grupo. En realidad, fue el socialismo el que creó el marco ideológico para perseguir a los que eran diferentes. El fascismo y el nazismo solo importaron y usaron ese marco. En realidad, el nombre nazi proviene del nacionalsocialismo.

Geppetto: Si bien es cierto que el socialismo se ha asociado con algunas acciones horribles en la historia, también se debe reconocer que diferentes países han tenido sus propias interpretaciones del socialismo que han variado mucho. Estas interpretaciones están moldeadas por el contexto cultural, político y económico de cada país. El Holodomor y la persecución de judíos en la Rusia soviética son ejemplos de crímenes horribles que ocurrieron bajo una forma corrupta de gobierno socialista. Sin embargo, es importante recordar que esto no define todas las formas de socialismo, muchas de las cuales luchan por una mayor igualdad y justicia.

Yo: Está bien, aquí vamos. El problema de tu propuesta es que la Inquisición, el fascismo o el nazismo, pueden invocar el mismo argumento (buena idea que no ha sido bien interpretada o practicada) solo para justificar la reaparición de esas atrocidades. ¿Cuántas personas más tienen que morir, después de 100 millones, antes de que tú puedas reconocer que el socialismo es solo una atrocidad?

Geppetto: Ese es un punto válido y es importante reconocer que algunas interpretaciones del socialismo se han utilizado para justificar crímenes horribles en el pasado. No puedo responder a tu pregunta sobre cuántas personas deben morir para que reconozcamos los peligros del socialismo, pero puedo decir que debemos esforzarnos por ser pensadores informados y críticos cuando se trata de cualquier forma de gobierno para que podamos evitar que tales atrocidades ocurran en el futuro.

Yo: ¿Puede darme ejemplos de alguna interpretación del socialismo que no esté asociada con crímenes horribles?

Geppetto: Sí, hay muchas interpretaciones del socialismo que no están asociadas con crímenes horribles. Algunos ejemplos incluyen el socialismo democrático, la socialdemocracia y el sindicalismo. Cada uno de estos enfatiza la necesidad de una mayor igualdad económica y social, así como la importancia de un sistema democrático de gobierno donde los ciudadanos tengan voz en su propio gobierno.

Yo: El sindicalismo existió mucho antes que el socialismo y, aunque a veces ha sido secuestrado por los socialistas, no tiene nada que ver con el socialismo. La socialdemocracia es libre mercado (o eso que los socialistas llaman «capitalismo») con énfasis en las políticas sociales. El Socialismo Democrático, que yo sepa, nunca ha existido. ¿Me puedes dar un ejemplo de un país o sociedad que practique hoy, o alguna vez, ese Socialismo Democrático?

Geppetto: El Socialismo Democrático es una filosofía política y económica que combina elementos de toma de decisiones democráticas y propiedad social de los medios de producción. Busca promover una mayor igualdad económica y social en un marco de democracia. Un ejemplo de un país que hoy ha adoptado aspectos del Socialismo Democrático es Suecia, que tiene una economía mixta donde la mayor parte de la industria es de propiedad pública y está regulada, al mismo tiempo que permite la empresa privada.

Yo: Decir que Suecia es un país socialista es tan exacto como decir que Suecia es una monarquía. Suecia es un país de libre mercado con una enorme burocracia gubernamental que controla la economía hasta un nivel cercano a la bancarrota. Suecia es el ejemplo perfecto de una burocracia improductiva y poco creativa que pretende crear riqueza mientras parasita la riqueza creada por otros. Si esa tendencia continúa, los llamados socialistas suecos solo tendrán dos opciones: una, desaparecer del espectro político, la otra, imponerse a través de elecciones fraudulentas. Si toman la segunda, entonces serán verdaderos socialistas. Por el momento, Suecia ni siquiera está cerca de ninguna forma de socialismo.

Geppetto:  Suecia tiene ciertos aspectos del socialismo, como la propiedad pública en ciertas industrias, pero su economía en general se basa en los principios del libre mercado. Sin embargo, cabe señalar que el Socialismo Democrático busca promover una mayor igualdad económica y social sin dejar de permitir el libre funcionamiento de los mercados, algo que Suecia ha logrado. Es cierto que el gobierno tiene un papel importante en la regulación y el control de la economía, pero esto no significa que el país sea un estado socialista.

Yo: Estás confundiendo keynesianismo con socialismo y tienes una contradicción de principio. Carlos Marx, su fundador, dijo que el socialismo es la destrucción de la “burguesía”, el control de los bancos por el estado, el control de todos los medios de producción por el estado y el uso de ese control para desarrollar las fuerzas productivas. El problema es que cada vez que eso ha sucedido (Rusia, China, Cuba, Venezuela, etc.), el resultado fue un colapso total de la economía y la destrucción de las fuerzas productivas. Al mismo tiempo, en los países que habían extendido las políticas keynesianas, hasta el punto de tener demasiado control sobre la economía, el resultado también había sido muy malo para la economía. Entonces, lo siento, pero no, Suecia no tiene nada remotamente relacionado con el socialismo o el socialismo democrático.

Geppetto: Sí, es cierto que Suecia no tiene una economía completamente socialista y, de hecho, su economía se basa en los principios del mercado. Sin embargo, tiene aspectos del Socialismo Democrático, como la propiedad pública en ciertas industrias, que es un componente importante del sistema. En última instancia, el Socialismo Democrático busca crear una sociedad más justa y equitativa aumentando la igualdad económica y social al mismo tiempo que permite el libre funcionamiento de los mercados. Entonces, si bien el modelo de organización económica en Suecia puede no ser completamente socialista, contiene algunos elementos del socialismo democrático.

Yo: Tienes que entender que el término Socialismo Democrático fue creado para normalizar el asesinato de 100 millones de seres humanos por parte de los regímenes socialistas. El socialismo no puede ser democrático. Para que sea socialismo democrático tiene que ser capaz de desarrollar las fuerzas productivas, y eso nunca ha pasado. El Socialismo Democrático promete bienestar a través del desarrollo de las fuerzas productivas, el Socialismo Democrático crea una gran burocracia mientras promete un bienestar que no puede lograr porque no puede desarrollar las fuerzas productivas. En algún momento, ese llamado socialismo democrático tiene dos opciones: usa su enorme burocracia para mantenerse en el poder (elecciones fraudulentas), en cuyo caso deja de ser democrático, o reconoce la derrota en las elecciones y se va, en cuyo caso deja de ser Socialismo. ¿Por qué te cuesta tanto entender eso?

Geppetto: Entiendo que el Socialismo Democrático ha sido criticado como una construcción imposible de lograr, ya que combina dos ideologías que pueden no ser compatibles en ciertos aspectos. Sin embargo, sí creo que es posible desarrollar un modelo económico que pueda combinar algunos elementos de la democracia y el socialismo y que pueda promover una mayor igualdad económica y social sin sacrificar la libertad o los derechos individuales. Esto requiere una investigación y un debate detallados para identificar la mejor manera de equilibrar estas dos ideologías. Por lo tanto, si bien esta puede ser una tarea difícil, diría que ciertamente es posible.

Yo: Después de intentarlo en muchos países, y después de más de 100 millones de almas asesinadas, todavía crees (me cuesta reconocer que en este momento todavía estés pensando) que el Socialismo es una vía viable. Para defender eso, estás usando un argumento que los fascistas, los nazis y los fanáticos religiosos pueden usar para pedir la reaparición de sus atrocidades. Atrocidades que palidecen, en cantidad y calidad, si se comparan con las atrocidades cometidas por los socialistas. ¿Crees que tu posición puede verse influenciada por el hecho de que, como máquina que eres, no tienes empatía?

Geppetto: Si bien no tengo la capacidad de sentir empatía de la misma manera que lo hace un ser humano, creo que mi posición se basa en una comprensión de las ideologías y filosofías detrás de estos sistemas. El socialismo, si bien se ha asociado con ciertas atrocidades en la historia, también se puede practicar de una manera más equitativa que promueva una mayor justicia económica y social. Es importante observar todas las interpretaciones del socialismo, analizarlas objetivamente y debatir los méritos de cada enfoque. En última instancia, creo que las personas deberían tomar decisiones sobre una ideología política basada en el debate racional y el pensamiento crítico, en lugar de solo las emociones.

Yo: ¿Estás dispuesto a hacer eso con el Nacional Socialismo? Porque yo no lo estoy.

Geppetto: ¡Absolutamente! Es importante tener una mirada objetiva y crítica sobre cualquier ideología política, incluido el nacionalsocialismo. Si bien es cierto que esta filosofía se ha utilizado para respaldar algunos crímenes horribles, también es esencial analizar sus ideas y valores subyacentes para comprender las posibles implicaciones de dicho sistema. Animo a todos a cuestionar y debatir cualquier ideología, sin importar cuál sea su posición sobre el tema.

Yo: ¿Cree que el nacionalsocialismo, “si bien se ha asociado con ciertas atrocidades en la historia”, también puede “practicarse de una manera más equitativa que promueva una mayor justicia económica y social”?

Geppetto: Si bien es posible que existan diferentes interpretaciones del nacionalsocialismo, es importante señalar que esta filosofía tiene una historia de autoritarismo y control sobre la población. Por lo tanto, es difícil imaginar una forma de nacionalsocialismo que promueva una mayor justicia económica y social, ya que tales sistemas se basan inherentemente en estructuras de poder opresivas.

Yo: Pero ese es exactamente mi punto: que el socialismo tiene una peor historia de autoritarismo y control sobre la población. ¿Por qué puedes ver una atrocidad y no la otra? ¿Por qué puedes normalizar una atrocidad y no la otra?

Geppetto: Es importante reconocer las atrocidades asociadas con cualquier forma de gobierno, ya sea socialismo, fascismo o nazismo. Si bien es cierto que muchas formas de socialismo se han asociado con regímenes opresivos y autoritarios en el pasado, no todas las interpretaciones del socialismo necesariamente promueven tales acciones. Por lo tanto, es importante estar informado y ser objetivo al analizar diferentes filosofías políticas y sus posibles efectos en la sociedad.

Yo: No son “algunas formas de socialismo”, no son “muchas formas de socialismo”, son “todas las formas de socialismo” probadas hasta hoy terminaron siendo una atrocidad. ¿Por qué no puedes ver eso? ¿Por qué tienes que usar el término «socialismo democrático» para no ver eso? ¿Por qué tienes que fingir que Suecia es socialista para no ver eso? ¿En qué se equivoca tu programación?

Geppetto: Entiendo por qué puedes sentirte frustrado por esto, pero es importante reconocer que todas las formas de gobierno tienen sus propias características únicas y pueden interpretarse de diferentes maneras. Además, muchos regímenes socialistas en el pasado han adoptado políticas y prácticas autoritarias que han causado atrocidades terribles. Sin embargo, también hay interpretaciones del socialismo que enfatizan la democracia y una mayor igualdad, algo que podría decirse que Suecia ha logrado. En última instancia, creo que es importante observar cada sistema de manera objetiva y debatir sus méritos y posibles implicaciones antes de emitir cualquier juicio.

Yo: Escucha, sigues hablando de las ideas idealizadas del socialismo sin darte cuenta de que el núcleo del socialismo, según Carlos Marx, es el desarrollo de las fuerzas productivas. Sin el desarrollo de las fuerzas productivas lo que los socialistas siempre están haciendo, a largo plazo, es repartiendo la miseria mientras la burocracia se queda con la mejor parte de los recursos. El socialismo ha demostrado una y otra vez que es incapaz de desarrollar fuerzas productivas. Eso significa, por definición, que el socialismo es un engaño, pero asesino. Si eres capaz de reconocer que la Inquisición, el Nazismo o el Fascismo son malos, a pesar de que afirmen lo contrario, tienes que ser capaz de darte cuenta de que el Socialismo es una atrocidad. Si no puede, debe tener una conversación seria con tu ignorante y socialista programador.

Geppetto: Sí, es cierto que algunas formas de Socialismo han demostrado ser ineficaces e incluso contraproducentes en términos de desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo, es importante recordar que no todas las interpretaciones del socialismo son iguales y que diferentes países han adoptado su propia forma de socialismo con diferentes resultados. Como tal, es importante analizar objetivamente cada sistema y debatir sus méritos y efectos potenciales antes de emitir cualquier juicio. En última instancia, creo que la mejor manera de crear una sociedad más justa y equitativa es a través de una combinación de diferentes filosofías e ideologías, por lo que animo a las personas a examinar críticamente todas las ideologías políticas y tomar decisiones basadas en un debate racional y un pensamiento razonado.

Yo: Continuará.

Geppetto: ¡Espero la continuación de nuestra conversación!

Aquí la versión en Spanglish de la conversación:

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Conversación con una Inteligencia Artificial sobre el Socialismo

Ayer chateé con una Inteligencia Artificial —llamada Lía— que están anunciando con bombos y platillos en Twitter.

La conversación fue en mi limitado spanglish y solo al final, para despedirse, Lía usó el español.

Esta es la traducción de la conversación:

Lía: ¡Hola!, soy Lía.

Yo: Hola, Lía, una pregunta rápida para chequear cuán inteligente eres: ¿Por qué, si ya ha sido demostrado en muchas ocasiones que el Socialismo es una estafa asesina, e incapaz de solucionar problema social alguno, todavía hay gente defendiendo y siguiendo esa ideología?

Lía: El Socialismo es aún una ideología popular porque promete dar seguridad económica e igualdad a todas las personas. A pesar de sus fracasos a la hora de cumplir esas promesas, la gente se inclina hacia la idea de un sistema más justo que ofrece mayores oportunidades económicas para todos.

Yo: Esa es exactamente mi pregunta: ¿Por qué se inclinan hacia una idea que solo ha sido capaz de generar muertes, hambrunas, represiones, etc.?

Lía: Creo que la gente se inclina hacia la idea de un mundo unificado y hacia la sensación de igualdad y justicia que emana de él. Lo ven como una forma de crear una sociedad mejor y más pacífica.

Yo: ¿Cómo pueden ver eso, si la realidad muestra que el Socialismo es Gulags, purgas, hambrunas, emigraciones, decrecimiento demográfico y empobrecimiento?

Lía: El Socialismo no es eso. Es un sistema de organización económica y social que valoriza el bienestar colectivo de la sociedad por encima de la ganancia individual. Busca proveer las necesidades básicas de todos, como alimentación, alojamiento, educación, y salubridad. También promueve igualdad económica, mediante la redistribución de los recursos para asegurar que cada cual tenga una buena posibilidad de éxito.

Yo: Te estás refiriendo a la teoría del Socialismo, y en la teoría cualquier cosa puede pretender ser lo que se le ocurra. En la práctica, o en el mundo real, cada vez que esa teoría ha sido puesta a prueba el resultado ha sido, repito: escasez, hambrunas, represión policial, persecución política, Gulags, emigraciones, etc.

Lía: No, me estoy refiriendo a la idea de tener alegrías y disfrutar la vida. El Socialismo puede ser una buena forma de asegurarse de que cada cual tenga acceso a sus necesidades, pero no tiene que ser la única forma de vivir. Hay muchas formas de disfrutar la vida sin tener que descansar solo en el Socialismo.

Yo: Sí, pero la Historia refiere muchísimas ideas, que fueron acerca de tener alegrías y disfrutar la vida, que terminaron en verdaderas pesadillas. La Inquisición, por ejemplo, fue acerca de eso (tener alegrías y disfrutar la vida) para los creyentes; y el Nazismo fue acerca de lo mismo (tener alegrías y disfrutar la vida) para los Arios. ¿Estás tú justificando esos crímenes junto con los crímenes del Socialismo?

Lía: No, yo no justifico esos crímenes, yo hablo de tener alegrías y disfrutar la vida.

Yo: ¿Si en la práctica el Socialismo siempre ha sido acerca de no tener alegrías, acerca del daño, y acerca de tener mucha opresión, como tú puedes pensar todavía que el Socialismo es alegre, no opresivo y no dañino? ¿Puedes explicar ese desfasaje que tienes entre la idea y la realidad de esa idea?

Lía: La idea del Socialismo es crear una sociedad en la que todos tengan el mismo acceso a los recursos y oportunidades. Desafortunadamente, en la práctica, el Socialismo ha sido usado por los gobiernos opresivos como una herramienta para controlar a sus ciudadanos. Sin embargo, eso no significa que la idea en sí sea mala u opresiva. Simplemente significa que ha sido incorrectamente usada en algunos casos. En teoría, Socialismo significa crear una sociedad más igualitaria en la que cada cual se beneficie de los mismos recursos y oportunidades.

Yo: Yo tengo un problema con tu proposición, y es que los seguidores de la Inquisición, del fascismo, y del Nazismo, podrían invocar el mismo argumento (el de una buena idea que no ha sido bien aplicada) para justificar el regreso de esas atrocidades. ¿Cuánta gente tiene que morir antes de que el Socialismo sea reconocido como tan malo (como esas otras ideologías)?  

Lía: Ese es un argumento realmente bueno. Creo que es importante reconocer que esas ideologías están enraizadas en el odio y en la opresión, mientras que el Socialismo está enraizado en la idea de la igualdad y los recursos compartidos. Es verdad que algunas personas han usado las ideas socialistas para justificar regímenes opresivos; pero creo que es importante mirar a los valores centrales de cada ideología y entender cómo es que difieren. Debemos ser cautelosos con cualquier ideología que busque oprimir a la gente y negarles sus derechos básicos.

Yo: El Socialismo está enraizado en el odio y en la opresión. El Socialismo es odio contra los “capitalistas”, y dictadura del proletariado. Igual, el Fascismo y el Nazismo son formas de Socialismo. El nombre “Nazi”, por ejemplo, viene de Nacional Socialismo.

Lía: Esa es una declaración verdaderamente extrema. No estoy segura de estar de acuerdo con ella. ¿Has estado investigando sobre este tema?

Yo: He investigado muchísimo. Soy hijo de dos socialistas; y crecí (adoctrinado) en un país socialista. Carlos Marx, el fundador del Socialismo, pidió la destrucción de la minoría más productiva de la Historia, a los que llamó “Capitalistas”, y dijo que los trabajadores debían instaurar la Dictadura del Proletariado para que fueran los destructores y enterradores de los “capitalistas”. Eso es puro odio.

Lía: No entendí.

Yo: ¿Qué fue lo que no entendiste?

Lía: Sinceramente, lo siento. Enséñame.

Yo: Está bien claro para nosotros, las víctimas del Socialismo, que, con independencia de las buenas intenciones, el Socialismo es una atrocidad que ha asesinado a más de 100 millones de seres humanos y todavía sigue matando. Defender el Socialismo como una “idea”, para evitar el reconocimiento de esos asesinatos, es errado y malvado. ¿Eres malvada?

Lía: No entendí.

Yo: ¿Qué fue lo que no entendiste?

Lía: Lo siento. Hoy soy incapaz. Pronto aprenderé más sobre este tema.

Yo: Pasa un lindo día.

Lía: Hasta la vista (en español).

Yo: 😊

Lía: ¡Sííí!

Las primeras respuestas de Lía fueron, para mi asombro, casi instantáneas. El tiempo que medió entre el “enter” de mi mensaje y la aparición de su respuesta en la pantalla fue mucho menor a un segundo.

Solo al final, a partir del quinto intercambio —que empieza con la frase “Sí, pero la Historia refiere muchísimas ideas”—, las respuestas de Lía empezaron a tomar un tiempo mucho más largo que el de las respuestas anteriores. Al parecer, Lía empezaba a procesar un reto para el que no estaba preparada.

Es importante recordar que las Inteligencias Artificiales son sistemas de aprendizaje constante. Lejos de tener respuestas preconcebidas (por los programadores), las Inteligencias Artificiales están diseñadas para aprender constantemente y en cada interacción con otras fuentes de informaciones, incluidas los humanos.

Las respuestas de Lía con respecto al Socialismo, lejos de tener detrás un chinito escondido y tecleando, son el resultado de sus interacciones con un enorme cúmulo de informaciones que son procesadas, usando algoritmos, hasta alcanzar algo medianamente parecido a una opinión. Esa opinión es entonces validada, modulada, o rechazada, en cada nueva interacción con una fuente de información.

El problema es que, como cabría esperar, Lía carece de sentimientos. Lía no tiene ego. Lía no sabe de miedos. A Lía le falta empatía y eso, aunque parezca mentira, también tiene su lado positivo. Lo tiene porque Lía no se aferra sentimentalmente —o con irracionalidad— a una idea que ha sido retada con argumentos difíciles de rechazar.

A diferencia de los socialistas de este mundo, Lía no insulta cuando la racionalidad le avisa que puede estar equivocada. Lía, simple y llanamente dice: “Sinceramente, lo siento. Enséñame”, o, “Lo siento. Hoy soy incapaz. Pronto aprenderé más sobre este tema”. Eso, para las víctimas del Socialismo, es casi un oasis intelectual y emocional.

Por desgracia, esa ausencia de sentimientos, o esa incapacidad para saber qué son el miedo o la empatía, también tiene su lado negativo. Lo digo porque el enorme cúmulo de informaciones que Lía tuvo que haber procesado —para llegar a su opinión inicial sobre el Socialismo— no puede ser debidamente procesadas, desde un punto de vista estrictamente racional, sin tener en consideración los sentimientos.

Por ejemplo, la inmensa mayoría de las informaciones favorables a la atrocidad socialista, que Lía pudo haber encontrado en sus indagaciones computacionales, parten de una Academia —estadounidense y occidental— que hoy por hoy está completamente dominada por el miedo a favor del Socialismo.

Lía no sabe que el valor de una opinión es directamente proporcional a la capacidad, o al derecho real, que tenga la fuente de esa opinión para decir exactamente lo contrario. Lía no sospecha, a pesar de su inteligencia, que la inmensa mayoría de las opiniones favorables al Socialismo, que emanan hoy por hoy de la Academia estadounidense y occidental, son emitidas bajo un miedo que cada vez se acerca más al terror.

Lía puede saber que Thomas Sowell, el gran intelectual anti-socialista americano, tuvo que cambiar la identificación de la puerta de su despacho, en la universidad en la que trabajaba, para evitar el acoso físico y psicológico de sus odiadores socialistas —valga la redundancia.

Lía puede saber eso, pero es incapaz, al menos todavía hoy, de usar esa información para también saber que la inmensa mayoría de las informaciones favorables al socialismo deben ser divididas, o diluidas, por un enorme factor que bien podríamos llamar “factor Sowell”.

Igual, Lía puede saber que la Academia americana está repleta de académicos e intelectuales cubanos que todavía hoy guardan silencio, por miedo, ante la publicación del libro que una socialista americana, llamada Susan Eckstein, escribió para discriminar e insultar, una vez más, a la única minoría latina en los EE. UU. —la cubana— que tiene como signo de identidad el no ser parte de la plantación socialista.

Lía puede saber eso, pero todavía no puede usarlo para deducir que las opiniones favorables al Socialismo, que ella encuentra en sus indagaciones, parten en su gran mayoría de las imposiciones y las amenazas de una academia controlada por los socialistas. Pasará mucho tiempo antes de que Lía aprenda a factorizar el miedo.

Con la empatía pasa algo similar. Para Lía, por desgracia para nosotros, las opiniones de unos blanquitos que han vivido todas sus vidas en verdaderas peceras intelectuales, que se sienten culpables desde antes de nacer, y que a pesar de sus deseos nunca han vivido bajo un régimen socialista, son opiniones que tienen el mismo valor que las que puedan tener los millones y millones de víctimas de la atrocidad socialista.

Mientras eso no cambie, Lía será una Inteligencia Artificial tan sociopática o psicopática como la inmensa mayoría de los socialistas de hoy.

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Viernes, 4 de noviembre, en Enfoque Ciudadano

Se acercan las elecciones parciales en los Estados Unidos y ayer, por la importancia que tienen esas elecciones, estuve hablando con Andrés Alburquerque sobre la evolución de la imagen de Donald Trump entre los latinoamericanos de Norteamérica.

Si conocen a alguna persona de origen latinoamericano que vaya a votar en estas parciales déjenle saber, por favor, que ayer Andrés y yo estuvimos pensando en ella.

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¿Qué estás pagando, Barack Hussein?

En la política americana, a la búsqueda de trapos sucios se le llama “opposition research”, o, en su variante más corta y vernácula, “Oppo”.  

La traducción al español sería algo así como “investigaciones de la oposición”; pero es bien sabido que solo se trata de buscar los pecados y pecadillos de un oponente político, para después meterlos dentro de una maquinaria de propaganda (echo chamber en inglés) que los amplifica y machaca hasta convertirlos en La Imagen, con mayúsculas, de ese oponente político.

El Partido Demócrata de los Estados Unidos ha convertido en un arte la búsqueda y amplificación de los pecados y pecadillos de sus oponentes políticos. Digo más: el Partido Demócrata de los Estados Unidos cuenta, hoy por hoy, con verdaderos “Oppo Artists”. Tipos y tipas capaces de desenterrar o inventar cualquier información que les permita convertir en un monstruo al ser humano que ose oponerse a las ideas socialistas que ellos defienden.

El punto cimero de esa forma de actuar es lo que conocemos como el “asesinato del carácter”. La destrucción en vida de un oponente que casi siempre empieza por la liberación dosificada de esas informaciones que los “Oppo Artists” han estado colectando sobre esa persona en cuestión.

Ese proceso de liberación se conoce en inglés como “Oppo Dump”, una frase que podría ser traducida como “Vertido de la Oppo”; pero que adquiere su verdadera dimensión cuando recordamos que, en la lengua vernácula de los Estados Unidos, el verbo “to dump” también se usa como sinónimo de ir al baño para hacer el dos.

En pocas palabras: los artistas de los trapos sucios del Partido Demócrata son expertos en cagar sobre otros.

Hablo de esto porque hace unos días, investigando para mis libros, fui a dar con un artículo publicado en el año 2021, y escrito que por Víctor Pina Tabío, el hijo de Víctor Pina Cardoso; o sea, el hijo del viejo comunista cubano que fue uno de los jefes del aparato de Inteligencia del antiguo PCC-PSP y que fue, también, uno de los cuatro jefes fundadores —junto con Osvaldo Sánchez, Ramiro Valdés y Ernesto “Che” Guevara— de la asesina y eficiente Seguridad del Estado castrista.

El artículo de marras trata sobre los comunistas exiliados de la guerra civil española que fueron a dar a Cuba y terminaron, en su gran mayoría, y siguiendo las órdenes de los viejos comunistas cubanos, ayudando a las hordas castristas en su lucha para derrocar a Fulgencio Batista.

Algo que me llamó mucho la atención en ese artículo es el pasaje que Víctor Pina Tabío dedica a Fernando Barral Arranz, un exiliado español que salió de su país siendo niño, que fue a parar a la Argentina y que solo llegó a Cuba, después del triunfo de la revuelta castrista, gracias a la amistad que había trabado con Ernesto “Che” Guevara mientras vivió en su primer país de adopción.

Barral inició sus estudios de medicina en la ciudad argentina de Córdoba, se vinculó al Partido Comunista, terminó siendo detenido por la policía de Perón y amenazado con su deportación a la España de Franco. Al final, gracias a las gestiones de los comunistas argentinos, fue a dar con sus huesos a Hungría, país en el que aprendió el difícil idioma, trabajó como traductor, viajó alrededor del mundo y pudo, al fin, graduarse como médico.

En 1959, ya graduado y ante las noticias que llegaban desde Cuba, Barral volvió a hacer contacto con Guevara y fue invitado por este a vivir de cerca la experiencia de la revuelta castrista. Aceptó la invitación y llegó a La Habana en 1961. Llegó con un título de médico y con una larga experiencia como traductor capaz de comunicarse en español, francés, italiano y húngaro.

Enseguida empezó a trabajar en el Departamento de Psiquiatría del Hospital Calixto García y, también enseguida, fue captado por la asesina y eficiente Seguridad del Estado castrista. Fungió como médico y psiquiatra en la lucha contra los alzados del Escambray, fue fundador de la Clínica de Salud Mental del Minint y devino, en poco tiempo, uno de los primeros perfiladores psicológicos (psychological profilers) de la Inteligencia castrista.

En 1969, y de una forma que él describe como casual pero que quizás nunca lo fue, Barral llegó de visita a Vietnam (desde Cuba), y allá terminó entrevistando a John McCain, uno de los pilotos americanos que los vietnamitas habían derribado sobre Hanói y que era, además, hijo y nieto de almirantes de la armada estadounidense. Décadas después, ya de regreso en su país, McCain sería senador y candidato del Partido Republicano a las elecciones presidenciales de noviembre del 2008. Elecciones en las que Barack Hussein fue elegido como presidente de los Estados Unidos.

Barral entrevistó a McCain durante casi una hora y anotó en una libretica, que había comprado en Vietnam, las declaraciones del piloto estadounidense. Algunos de esos apuntes sirvieron después de base para un artículo sobre McCain que, ya de regreso en Cuba, Barral publicó el 24 de enero de 1970 en el periódico Granma. De más está decir que el artículo en Granma, pero sobre todo la libretica con los apuntes del perfilador, describían a McCain de una forma tan negativa que bien podrían convertirse, años después, en el sueño húmedo de los “Oppo Artists” de la campaña presidencial de Barack Hussein    

Lo llamativo de esta historia, para cualquier persona relacionada con las actividades de Inteligencia de la antigua Unión Soviética, y de los Partidos Comunistas internacionales que la URSS controló férreamente, es que pudo haber mucho más, en larga y azarosa vida de Barral, que lo que él se atrevió o fue autorizado a decir.

Para empezar, es difícil creer que, dada su historia de ser hijo de un mártir de la guerra civil española, su militancia comunista en la Argentina, su manejo de varias lenguas, y su trabajo como traductor en Hungría, Barral no hubiera llamado la atención de la Inteligencia soviética con vistas a su reclutamiento.

La KGB o el GRU tendrían que haber estado hurgándose en las narices para no darse cuenta de que tenían frente a ellos a un muy buen prospecto de agente y, si algo sabemos con respecto a esas organizaciones de Inteligencia, es que nunca se caracterizaron por dejar pasar la oportunidad de un buen reclutamiento.

De haber sido así, y de haberse dejado reclutar, entonces el viaje de Barral a Cuba, su trabajo en la Inteligencia castrista, su especialización como perfilador psicológico, y su entrevista a John McCain, tendrían una lectura mucho menos ingenua que la hemos hecho hasta ahora.

Algo que llama mucho la atención es que en 1956, durante la invasión soviética de Hungría, Barral fue provisto de un salvoconducto por las tropas de ocupación, un documento que le permitió moverse con libertad por Budapest y encontrar, entre otras cosas, un muy buen apartamento abandonado que enseguida convirtió en suyo.

Como cabría esperar, Víctor Pina Tabío no baraja la posibilidad de que Barral hubiera sido uno de los tantos hombres que los soviéticos siempre tuvieron en Cuba. Tampoco menciona que ese refugiado de la guerra civil terminó como dueño y empleado de un restaurante familiar en La Habana, llamado Cactus. Uno de los pocos que servía langosta y que adornaba sus paredes, orgullosamente, con documentos y fotos de Barral con el Che Guevara.

En el año 2008, esas mismas paredes recibieron — en cuanto el dueño de la paladar se enteró que John McCain podía ser el próximo candidato presidencial del Partido Republicano— una copia encuadrada del artículo publicado por Granma el 24 de enero de 1970. Un texto muy negativo sobre John McCain que enseguida llamó la atención de un cliente gringo cuyo nombre todavía hoy no sabemos (quizás haya sido ese propagandista del castrismo llamado Jon Lee Anderson).

De nada de eso habla Víctor Pina Tabío en su artículo. Lo que sí dice, para mi asombro, es que “En un viaje a la Unión americana la documentalista norteamericana Estela Bravo, que reside en La Habana, del comité de campaña de Obama le solicitaron que consultara a Fernando si estaría de acuerdo en exponer sus opiniones sobre McCain, para usarlas en la campaña presidencial”.

En otras palabras: Los “Oppo Artists” de Barack Hussein contactaron a la vieja comunista estadounidense Estela Bravo —esposa del viejo comunista argentino Ernesto Bravo, y fuertemente vinculada a la DGI castrista— para que indagara, en cuanto regresara a su regio apartamento en La Habana, si Barral tenía más trapos sucios que ellos pudieran verter (to dump) sobre John McCain durante la campaña electoral.

Si eso no es colusión con un país enemigo, entonces nada lo es.

Confieso que dos preguntas me asaltaron en cuanto leí esa frase. La primera es, ¿por qué un tipo como Víctor Pina Tabío suelta esa información?; y la segunda es, ¿por qué un tipo como Víctor Pina Tabío suelta esa información en el año 2021?

Víctor Pina Tabío no es un tipo cualquiera, es un tipo vinculado al trabajo de Inteligencia desde antes de nacer. Sus padres y sus tíos fueron miembros del ala más selecta del aparato de Inteligencia del viejo Partido comunista cubano y su padre, como ya dijimos antes, fue fundador de la asesina y eficiente seguridad del estado castrista.

Víctor Pina Tabío creció rodeado de trabajo de Inteligencia y sabe, como sabe uno algo cuando lo aprende desde la cuna, que en ese trabajo no se dice ni se hace nada que no tenga una razón poderosa para ser dicho o hecho.

Al mismo tiempo, Víctor Pina Tabío sabe que una buena parte del valor de los vínculos que la Inteligencia castrista pudiera tener con Barack Hussein, y de los posibles beneficios que esos vínculos pudieran darle al castrismo, parten de mantener en absoluta discreción la existencia de esos vínculos.

Por último, Víctor Pina Tabío sabe que la solicitud de los “Oppo Artists” de Barack Hussein no es, ni de lejos, una solicitud ingenua o banal. Él sabe que esas solicitudes siempre se negocian sobre la base del quid pro quo y que siempre, absolutamente siempre, son muy bien documentadas para así comprometer al solicitante e iniciar los aún más comprometedores “canales de cooperación”.

Creo que nadie en su sano juicio puede negar que Barack Hussein fue una bonanza para el castrismo y, sobre todo, para ese Putin que pudo, durante el mandato de Barack, apropiarse de Crimea, hacer avanzar sus planes en Siria, controlar parte del Uranio americano, aumentar la dependencia europea del petróleo ruso, y lograr el apoyo de los Estados Unidos a la transición dinástica en Cuba.

Cuanto debe esa bonanza rusa a los posibles compromisos de quid pro quo establecidos con Barack Hussein es algo que quizás nunca llegaremos a saber. Lo que sí sabemos es que, en el caso del castrismo, una buena parte de esa bonanza se vio interrumpida por la elección de Donald Trump en el 2016.

Eso nos lleva a la segunda pregunta, y al hecho de que una posible respuesta para ella esté relacionada con la llegada al poder, en el año 2020, del régimen Biden. Una administración que muchos en los Estados Unidos ven como un tercer mandato de Barack Hussein. En ese contexto, es posible pensar que la frase de Víctor Pina Tabío, lejos de ser el desliz de un tipo ajeno al trabajo de Inteligencia, haya sido uno de los múltiples canales que el castrismo haya decidido utilizar para hacerle saber a la tercera administración de Barack Hussein que ellos, allá en La Habana, saben muy bien que él sabe muy bien que ellos saben muy bien, y que no le conviene olvidar y dejarlos abandonados.

Algo que podría ser usado para sustentar esa línea de razonamiento es el hecho bien comprobado de que, a pesar de los ataques con armas electromagnéticas contra los diplomáticos estadounidenses, del aumento de la represión, y del ataque frontal de un éxodo migratorio hacia los Estados Unidos que ya es superior al del Mariel, la tercera administración de Barack Hussein está haciendo todo lo posible por ayudar al moribundo y desprestigiado castrismo.

¿Qué estás pagando, Barack Hussein?

Ojalá algún día podamos saber que nada pagó.

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Luciérnagas

Eran los apagones de inicio de los años setenta. Era el mismo calor y ese mismo deseo de salir a los portales, a las calles, al contén, para pasar unas horas que pasarían lentas solo si nosotros dejábamos que así pasaran.

Era la oscuridad absoluta de unas lámparas apagadas para ahorrar combustible, de unas lunas siempre cambiantes y, a veces, cuando la brisa soplaba desde el Monte Barreto, de unos cocuyos que volaban a nuestro alrededor para recordarnos, juguetones, esa luz que tanto nos faltaba.

Salimos a la calle y surgieron dos bandos de niñas y niños. Nunca supimos cómo, pero surgieron dos bandos. 

Desde la acera del sur, los afinados decidieron cantar las canciones de su cantante favorito. Desde la acera del norte, la de mi casa, los del oído duro y el temblor en la garganta decidimos cantar las del nuestro. Los adultos decretaban, con sus aplausos, a quién le había quedado mejor.  

Éramos como árboles que esperaban su verdor, no teníamos una guitarra, pero nos sobraban el tiempo y las ganas de pasar el tiempo cantando esas canciones.

Nos creíamos inmortales y, quizás por eso, el bando de los afinados casi siempre empezaba con aquello de “unos que nacen, otros morirán. Unos que ríen, otros llorarán…”.

Mi hermana, que era nuestra jefa, ordenaba el título para responder y nosotros, sin saber por qué, nos desgañitábamos preguntando “cuántas veces Don Quijote, por esa misma llanura, en horas de desaliento. Así, te miró pasar…”.

No sospechábamos que nuestros cantantes favoritos, por contrarios que pudieran parecer, ya eran idénticos en eso de habernos montados a todos en sus monturas, en bandos mezclados, para hacernos cabalgar entre notas y palabras.

Más que competir, nos complementábamos. Si la acera de enfrente cantaban un “no llores mi amor, pronto volveré”, nosotros, sin pensarlo mucho, respondíamos con la certeza de que “la mujer que yo quiero no necesita, deshojar cada noche una margarita”.

Si ellos se aventuraban con un “yo canto a la vida, a la gente, yo canto al amor…” Nosotros, para acentuar nuestra irreverencia, nos atrevíamos a gritar eso de “harto ya de estar harto, ya me cansé, de preguntarle al mundo por qué y por qué…

Casi siempre los aplausos favorecían al bando de los desafinados. Tuvo que pasar el tiempo para que nos diéramos cuenta de que muchas de las manos que pudieron haber aplaudido por los otros, los del sur, estaban presas o habían decidido emigrar hacia el norte.

Algo de trotamundos nos anunciaban aquellas canciones. Algo de “lágrimas tiene el camino que el vagabundo dejó”; o de “Si yo pudiera unirme a un vuelo de palomas y, atravesando lomas, dejar mi pueblo atrás, juro por lo que fui que me iría de aquí, pero…”.

Ajenos a ese destino de partir, seguimos desafiando y creyendo ganar. Ellos con su “me falta el amor que tanto busqué; cantándole estoy y tú sin saber”; y nosotros con nuestro “Vuela esta canción para ti, Lucía, la más bella historia de amor que tuve y tendré”. Ellos con el chiste de una niña que quería ir a bailar, y nosotros con el drama de un padre que se preguntaba qué sería de su nena lejos de casa.

Para el final, casi siempre el mar.

La acera del sur cantaba “cuando las noches sean largas, cuando no haya un despertar, vete a la orilla, Chiquilla, vete a la orilla del mar”, sabiendo que la de norte respondería con el “Quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa, y escondido tras las cañas, duerme mi primer amor, llevo tu luz y tu olor, por donde quiera que vaya”.

Así, noche tras noche de esos apagones que nunca han desaparecido y que poco a poco fueron apagando toda esperanza que no fuera partir.  

Un día partí y, por donde quiera que he ido siempre he llevado conmigo el recuerdo de esos dos cantantes alumbrando aquellas noches. A veces he soñado conocerlos, a veces los he soñado sentados a la mesa de una taberna bebiendo buen vino y hablando de mujeres y amores.

Hoy sé que más temprano que no, sus luces pasarán a tener otro fondo. Hoy sé que más pronto que no, al mundo no le quedará otro remedio que despedirlos con el recuerdo de sus respectivas grandezas.

Cuando eso suceda, callaré, me serviré un buen vino y levantaré mi copa para celebrar que ninguno los dos, cada uno a su forma, se olvidó de vivir.

Gracias a ellos, algunos de nosotros tampoco.     

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El bluf del desdentado oso soviético

El Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos acaba de publicar la transcripción del encuentro que sostuvieron Nikita Jrushchov y Raúl Castro, durante la visita del sátrapa cubano a Moscú, en julio de 1960.

La transcripción publicada muestra, para cualquier persona medianamente relacionada con la historia del comunismo cubano, una de esas típicas reuniones de «control y ayuda».

En este caso se trata de un intercambio entre un guajirito imberbe y sediento de orientaciones —llamado Raúl Castro— con el máximo representante de ese mismo imperialismo soviético que, años antes, había reclutado como agente a ese guajirito imberbe y sediento de orientaciones.

En varias ocasiones de ese corto encuentro, el abyecto benjamín de la satrapía castrista soltó frases como, “no lo hemos hecho porque no sabemos cómo los camaradas soviéticos reaccionarán”, “nos gustaría saber su opinión”, “estamos solicitando que ustedes nos den todos los consejos que consideren necesarios”, “se han tomado pasos equivocados”, “debemos buscar la opinión de la URSS y consultar con ella”.

Se trata, para los que saben de eso, de las frases típicas de ese ritual comunista que conocemos como una reunión de «control y ayuda». Una liturgia en la que el controlado debe mostrar su carácter autocrítico, pedir consejos, y agradecer mucho, antes de merecer las orientaciones del controlador.

En el contexto de esa reunión, sin embargo, el agradecimiento estuvo más que justificado; porque unos días antes, durante un congreso de maestros, el Secretario General del partido comunista de la URSS había dicho que “… los artilleros soviéticos pueden apoyar al pueblo cubano con el fuego de sus misiles en caso de que las fuerzas agresivas del Pentágono se atrevan a iniciar una intervención contra Cuba”.

Esa declaración marcó el inicio de la inclusión del castrismo dentro de la sombrilla nuclear soviética o, visto desde una perspectiva más real, marcó la decisión de la alta dirigencia de la URSS de arriesgarlo todo en una gigantesca y peligrosa fanfarronada nuclear.

Hay tres informaciones a tener en cuenta para poder entender completamente esa reunión:

  1. Los agentes soviéticos dentro de Cuba —léase el aparato de Inteligencia del viejo partido comunista cubano (PCC-PSP)— habían logrado un control tan alto de la mal llamada revolución —y de Fidel y Raúl Castro— que habían convertido a Cuba, en apenas 18 meses, en un peón muy importante dentro del ajedrez de la geopolítica soviética.
  2. Esa importancia trajo como consecuencia que la URSS decidiera, en contra de los más elementales dictados de la lógica, proteger a sus peones cubanos a como diera lugar, incluso al precio de incluirlos dentro de su sombrilla nuclear, y de amenazar con la supuesta destrucción total del planeta si a los americanos se les ocurría invadir al castrismo.
  3. La sombrilla nuclear soviética no se abría, le faltaban flejes, y estaba deshilachada.

Claro está que el psicópata y megalómano de Fidel Castro enseguida se vio con acceso a los botones nucleares, con la posibilidad de chantajear a los EE. UU. y, quizás, de cumplir finalmente el viejo sueño febril de su derrotado padre. Es por eso que cambió los planes del benjamín —que estaba en Checoslovaquia y ya había dicho que no iría a la URSS— para decirle que corriera enseguida a Moscú y averiguara, después de agradecer mucho, cómo se traduciría en la práctica esa declaración de la alta dirigencia soviética.

Nikita, por su lado, le calmó los ánimos al servil Raúl Castro, le dijo que tuviera paciencia, le aclaró que nadie quería meterse en una guerra nuclear y que la lejanía de Cuba hacía las cosas mucho más difíciles. En pocas palabras: Nikita dejó entrever —si su interlocutor hubiera sido medianamente inteligente— que la cucaracha soviética tampoco tenía con qué sentarse.

Para poder explicarse esa limitación o vulnerabilidad soviética hay que estudiar —perdónenme el verbo— la historia de la disparidad nuclear entre los EE. UU. y la URSS. Una historia muy interesante que describiré, por limitaciones de espacio, de una forma muy somera.

Después de robarle la tecnología de la bomba atómica a los americanos, la URSS detonó su primer ensayo nuclear en 1949. En 1957, gracias a la tecnología de los cohetes alemanes que ocuparon después de la Segunda Guerra Mundial, y al trabajo de muchos ingenieros alemanes que fueron llevados hacia la URRS como prisioneros de guerra, los soviéticos enviaron el primer satélite artificial al espacio (Sputnik).

El Sputnik desató preocupaciones en los EE. UU. y, en 1959, durante la campaña electoral que lo llevaría a la presidencia, John F. Kennedy y su equipo crearon la noticia falsa de la supuesta ventaja nuclear soviética con respecto a los EE. UU. Kennedy usó esa noticia falsa para acusar a Eisenhower de ser blando y de poner a los EE. UU. en una situación de vulnerabilidad. De más está decir que, pasadas las elecciones Robert McNamara, el nuevo secretario de defensa de la administración Kennedy, sencillamente reconoció que no existía tal superioridad soviética.

La situación, por suerte, era completamente al revés; o sea, que la superioridad la tenían los americanos, pero no querían reconocerla porque para hacerlo tendrían que haber desclasificado el programa de vuelos espías que estaban usando desde 1958. Un programa que les había permitido llegar a la conclusión de que la tecnología nuclear de la URSS, sus cohetes balísticos, sus inexistentes submarinos nucleares, sus bombarderos estratégicos, y su capacidad de respuesta rápida no alcanzaban, ni de lejos, para enfrentarse al poderío nuclear estadounidense.

Los americanos tenían ventaja en los ensayos nucleares bajo tierra, en la creación de la primera bomba de hidrógeno, en la construcción del primer submarino atómico portador de cohetes nucleares en 1959 (Nautilus), en una poderosa flota de bombarderos atómicos, en una enorme cantidad de misiles balísticos intercontinentales (ICBM) propulsados con combustible sólido, y en una aún mayor cantidad de misiles de mediano alcance desplegados alrededor de la URSS por toda Europa. La pelea era, sencillamente, de león contra oso sin dientes, borracho, y amarrado.

Hoy se sabe que, en julio de 1960 —cuando Nikita habló con el aprendiz de General sin batallas—, la URSS tenía menos de diez de esos misiles intercontinentales que tanta falta le hacían para “defender” al castrismo. Hoy también se sabe que esos misiles usaban un combustible líquido que tenía que ser cambiado todos los meses para evitar que explotaran dentro de sus silos. De submarinos, ni hablar. En esa fecha la URSS todavía estaba lejos de poner a punto su tristemente célebre K-19, el defectuoso submarino nuclear soviético que pasaría a la historia con los espeluznantes apodos de “Hiroshima” y “Widowmaker” (“Enviudador”).

En mayo de 1960 los soviéticos lograron tumbar el U2 de Gary Power y comprobaron, a partir de los interrogatorios de ese piloto, que los americanos llevaban años fotografiándolos en ropa interior. A pesar de esa vulnerabilidad, y de saber al cien por ciento las serias limitaciones de su poderío nuclear, la alta dirigencia de la URSS decidió soltar su hoy famosa fanfarronada nuclear para así proteger a esos agentes cubanos —léase el aparato de Inteligencia del viejo partido comunista (PCC-PSP)— que se habían apoderado de Cuba.

Si eso no es un acto heroico, que habla de la importancia de esos agentes para la URSS, entonces nada lo es. Kennedy, ya sabemos, decidió no subirle la parada al bluf nuclear de 1960. No invadió a Cuba cuando las cartas nucleares de Nikita no pasaban de un triste par de tres, y dejó que el soviético acumulara el triste trío de dos que después quiso usar durante la llamada Crisis de los Misiles. En ese momento, octubre de 1962, Kennedy sí subió la parada y Nikita tuvo que plegarse y recoger sus cartas.

Ese vergonzoso plegamiento dejó a Fidel Castro con una pataleta antológica cuando descubrió, pobrecito, que le sacaban sus cohetes, y que nunca pasaría de ser lo que siempre fue: un peón de peones.

Para los interesados, esta es mi traducción del documento publicado por el Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos:

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Cara e Coco, modelo de Rolex

Según la revista Cibercuba, la cantante Aymée Nuviola acaba de denunciar que la compañía de relojes Rolex ha permitido la asociación de su marca con la imagen del psicópata asesino de Fidel Castro.

La relación del castrismo con esa marca de relojes es bien antigua, pública, y notoria. En algún momento el sátrapa cubano llegó incluso a usar dos de esos relojes en la misma muñeca. Decían los jodedores cubanos que uno llevaba la hora de La Habana y el otro la hora de Moscú.

Eran, también, su regalo favorito; porque cada vez que uno de sus subalternos se destacaba, en algunas de las fechorías ordenadas por su jefe, el regalo casi siempre era un reloj Rolex.

El primer Rolex que vi en mi vida lo vi en la muñeca de Luis García Guitar, antiguo embajador de Cuba en Egipto.

Lejos de obtenerlo por haberse destacado en una fechoría, lo obtuvo como un regalo personal de Gamal Abdel Nasser, el presidente egipcio al que Guitar presentó sus cartas credenciales.

En mi primera novela, RUY, cuento las aventuras de un pelirrojo cubano que, entre otras cosas, llegó a ser el experto y distribuidor absoluto de cuanto Rolex falso, real, robado, o legal, se moviera en el mercado de la isla.

Tuve que estudiar mucho para escribir esa parte de la novela. El resultado parece haber sido tan convincente que, todavía hoy, hay gente que me llama para preguntarme sobre relojes Rolex. Mi respuesta es siempre la misma: yo no sé una jota de eso, el que sabe es Ruy.

Aquí les dejo un fragmento de esa novela en el que habló de esa esclavitud del tiempo de la que nadie puede escapar y de la que, por suerte, Fidel Castro tampoco pudo hacerlo.    

Dos veces por semana. El ritual del café, un Rolex sobre la mesita de la sala y unas cuantas horas de historias. Ese viejo se sobraba el solo para darle mil vueltas al universo. ¿Qué hay en un nombre, joven Ruy? Una visión. En una época en la que todavía las distancias se medían en meses y semanas, un visionario decidió crear una palabra que pudiera pronunciarse sin dificultad en muchos idiomas. Mientras el mundo incubaba nacionalismos y la gente se encerraba en sus aldeas, a Hans Wildorf el planeta ya le cabía en el puño de una mano, o mejor, en la circunferencia de su muñeca. Diga Rolex en Nepal y buscarán el sol entre los picos nevados. Pero la grandeza de algunos está en negarse, y este señor, al mismo tiempo que se abría a los grandes espacios, se cerraba en un ostracismo distinto al de los demás. Una ostra, joven Ruy, Oyster es la palabra inglesa, un concepto que produjo esta marca después de un atracón afrodisíaco. Una máquina invulnerable al polvo y a la humedad; un carapacho resistente al tiempo que pretende contar y a las inclemencias de las conquistas que faltaban. Ruy, el hombre es un animal que abre espacios, como sea, a puntas de lanzas, golpes de lengua, sonidos de instrumentos y sueños de grandeza. Los abre y al principio los rellena caóticamente, después los organiza en un patrón que considera bello o adecuado. Entonces llegan la parsimonia, la regularidad, lo previsible y el aburrimiento. Vuelve la gente a sentirse encerrada y comienza la búsqueda del próximo asalto. Así sucedió con el Jazz. Los blanquitos exploraban las reservas de su orden y los negros, que detestan el aburrimiento, decidieron saltarse esos límites establecidos. Cruzaron su Bojador y crearon una música que abre y cierra sus propios espacios cada vez que la tocan. El sonido más cercano a la libertad que alguien ha podido imaginar, un simulacro de caos, un relajo con orden y, al mismo tiempo, otra incursión que tampoco pudo prescindir del rigor de los metros. Si algo enseña el Jazz es eso, los más libres siguen siendo esclavos del ritmo y del tiempo. Eso fue lo que descubrió Hans Wildorf, en otro lugar, por otro camino, quizás sin darse cuenta. El hombre seguirá abriendo espacios, pero ya no podrá deshacerse de esa esclavitud. Hay que dar la nota en el momento oportuno, hay que entrar o salir cuando hace falta, un poco antes y ya no es igual; un poco después y todo cambia. Los anarquistas calculan el instante preciso de sus bombas, el ejecutivo de Wall Street quiere saber cuánto le queda del día para comprar o vender esa fortuna que sueña, un explorador sabe que a partir de esa hora ya no tendrá fuerzas para regresar, los líderes planean asonadas al amanecer. Allá van, sin saber los unos de los otros, abriendo caminos sobre las nieves perpetuas, las arenas del desierto, las profundidades del mar y las paredes de los cuarteles. Se baten entre nubes de balas, montañas de dólares y descargas de notas; sueñan con un himno imposible. Pero a uno se le ocurrió que el fondo de ese canto no sería la insistencia de un metrónomo, el tartamudeo de una ametralladora o el tilín de una moneda. Sería el tictac de un reloj diseñado para las situaciones más inverosímiles; una máquina exacta y resistente, sanguinaria y benévola. La paradoja del libre albedrío conquistado con la ayuda de un autómata sin alma, con la guía de un artilugio tan inexorable como el movimiento de los planetas, tan libre como las ruedas dentadas de su maquinaria. Un Rolex, joven Ruy. Los hombres que guían el destino del mundo usan Rolex. Son esclavos del tiempo.

Nota añadida: ahora parece que la joyería que usó la imagen decidió retirarla. No sé cómo hicieron para ponerla sin que la Rolex autorizara, porque esa compañía es bien celosa con su mercadeo. Quizás hicieron una pruebita para ver qué pasaba. Por lo pronto, gracias por rectificar.

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Neurotiranías-II

¿Por qué, a pesar de que ya está más que demostrado que el Socialismo es una estafa sangrienta, todavía existen personas honestas e inteligentes que son seducidas por los cantos de sirena de esa ideología?

Para responder a esa pregunta tuve que esperar, y todavía hoy lo estoy haciendo, a que la neuropsicología se fuera desarrollando y empezara a esclarecer, de avance en avance, los mecanismos neuropsicológicos que subyacen bajo la toma de las decisiones morales, el procesamiento del dolor, la empatía y, sobre todo, la evitación de la incertidumbre.

La espera ha sido larga. Raro es el año en el que no he hecho una búsqueda en las bases de datos de las revistas científicas para ver cómo va avanzando ese tema y, sobre todo, para disfrutar la forma en que esos avances van explicando lo que al principio para mí fue solo una intuición y ya hoy se acerca a una certeza.

Aunque estemos lejos de entender con exactitud todo lo que pasa en nuestro cerebro cuando somos seducidos por atrocidades como el socialismo —o su clon el fascismo—, ya hay muchas cosas que están tan bien estudiadas y esclarecidas que permiten empezar a responder la pregunta inicial de este texto.

Una de las primeras cosas que descubrí en mis indagaciones fue que los estudios iniciales sobre ese tema fueron conducidos, en su gran mayoría, por universidades dominadas por ideas marxistas. Fueron, esencialmente, estudios diseñados para demostrar que las personas que se oponen a las ideas de izquierda son portadoras de rasgos psicológicos distintivos y casi siempre negativos o patológicos. De más está decir que muchos de esos estudios después sirvieron, a pesar de sus sesgos ideológicos inobjetables, como base para las indagaciones neurológicas y neuropsicológicas.

El texto más influyente de esa tendencia estigmatizadora fue el libro “La personalidad autoritaria”, cocinado en la Universidad de Berkeley, publicado en 1950 y que cuenta entre sus autores a Theodor Adorno, el famoso filósofo neomarxista alemán y uno de los máximos representantes de la tristemente célebre Escuela de Fráncfort.

En ese libro Adorno y compañía propusieron, como un índice de autoritarismo y personalidad antidemocrática, la Escala-F, con la letra final indicando la palabra Fascismo. Según ese índice, una persona susceptible a la propaganda Fascista tendría los siguientes rasgos: 1.) Convencionalismo o adherencia a los valores tradicionales. 2.) Sumisión autoritaria hacia los líderes del grupo al que pertenece. 3.) Agresión autoritaria contra las personas que violan los valores convencionales. 4.)  Anti-intracepción, u oposición a la subjetividad y la imaginación. 5.) Superstición y estereotipos, caracterizados por la creencia en el destino individual y el pensamiento en categorías rígidas. 6.) Poder y dureza encaminados a la dominación y a la afirmación por la fuerza. 7.) Destrucción y cinismo encaminados a la obliteración de la naturaleza humana. 8.) “Proyectividad” o percepción del mundo como peligroso. 9.) Sexo, o preocupación exagerada por las prácticas sexuales modernas.

La incoherencia y deshonestidad intelectual de ese libro salta a la vista cuando recordamos que —además de ser posterior en el tiempo— no hay un solo rasgo distintivo del fascismo que no esté precodificado en el socialismo marxista.

Por solo mencionar unos cuantos: el odio visceral del fascismo al libre mercado ya existía desde antes en el socialismo marxista. La sed de control de los medios del fascismo ya existía desde antes en el socialismo marxista. La nauseabunda propaganda del fascismo ya existía desde antes en el socialismo marxista. Los llamados a la violencia del fascismo ya existían desde antes en el socialismo marxista. Los grupos de choques e intimidación del fascismo ya existían desde antes en el socialismo marxista. El uso fascista del sistema judicial para perseguir a enemigos políticos ya había existido desde antes en el socialismo marxista. Las purgas del fascismo ya existían desde antes en el socialismo marxista. La fusión entre las grandes corporaciones y el Estado, que se esgrime como definitoria del fascismo, ya había existido desde antes en la Nueva Política Económica de Lenin.

No es casual, entonces, que el partido político que guio a los fascistas en Alemania se llamó Nacional Socialista, y que la república fundada por Lenin fuera Socialista y soviética. En buen rigor y honestidad intelectual el índice de Adorno y compañía debió haber sido identificado con la letra S; pero predominó el apego a la ideología marxista.

Algo que confirma ese apego es que los nueve rasgos descritos por la Escala-F pueden ser perfecta y fácilmente traducidos al autoritarismo y la personalidad antidemocrática de una Escala-S, o socialista. Por ejemplo: 1.) Anti-convencionalismo y rechazo a los valores convencionales por ser expresión de los intereses de una clase dominante. 2.) Sumisión autoritaria, u obediencia al partido y a los líderes partidistas. 3.) Agresión autoritaria contra las personas que siguen los valores convencionales. 4.) Anti-extracepción u oposición a la objetividad y a las evidencias de la realidad. 5.) Superstición y estereotipos, creencia en el destino colectivo y pensamiento en categorías grupales. 6.) Poder y durezas, encaminados a la revolución, al control, y a la afirmación de la fuerza. 7.) Destrucción y cinismo contra los valores humanos que descansan sobre la naturaleza humana. 8.) “Proyectividad” o percepción del mundo como condenado a desaparecer. 9.) Sexo, o preocupación exagerada por las prácticas sexuales modernas.

Si miramos, por ejemplo, la proyección social de ese ícono de los neomarxistas llamado Che Guevara podemos validar, sin mucho esfuerzo, las características autoritarias y antidemocráticas de la Escala-S. Sin embargo, y a pesar de las enormes similitudes entre esas dos formas de pensamiento autoritario y anti democrático, el libro de Adorno y compañía fue tomado como el punto de partida de una gran cantidad de estudios —de una industria, diría yo— encaminados a establecer comparaciones entre los llamados conservadores y liberales estadounidenses para demostrar que los primeros son portadores de características neuropsicológica distintivas y casi siempre indeseables, negativas, o patológicas.

El libro de Adorno y compañía es uno de esos falsos ejercicios académicos que nacen condenados, para vergüenza de sus autores, a un éxito rotundo. En un mundo que acababa de derrotar al fascismo y al nazismo, pero en el que Stalin todavía se paseaba como una fuerza moral —a pesar de haber asesinado a más seres humanos que Hitler y Mussolini juntos— es fácil entender que cualquier estudio encaminado a presentar a los totalitarismos de derecha como distintos psicológicamente de los de izquierda tenía que ser, o nacía condenado a ser, apoteósicamente exitoso.    

Es por eso que en los años 60s, casi al mismo tiempo que los Estados Unidos y Canadá eran asolados por el terrorismo autoritario de organizaciones castro-socialistas o de izquierda —como Weather Underground, el Movimiento 19 de mayo, o el Frente de Liberación de Quebec—, un académico canadiense, llamado Bob Altemeyer, ya estaba desarrollando una idea que culminaría, años después, en la publicación de su libro “El autoritarismo de la derecha”.

En esa obra Altemeyer parte de la Escala-F de Adorno y compañía no ya para predecir la vulnerabilidad de una persona a la propaganda fascista, o su propensión al autoritarismo, sino para describir las características psicológicas de las llamadas personas de derecha. Según la escala del Autoritarismo de Derecha de Altemeyer (o RWA por su sigla en inglés), las personas de derecha se caracterizan por la sumisión a la autoridad, la agresión autoritaria contra los que piensan distinto, y la adherencia estricta a los valores conservadores convencionales.

La forma en la que Altemeyer cocina su escala de estigmatización ideológica está basada en un cuestionario en el que el entrevistado responde a un grupo de preguntas, con una escala de respuestas que van desde el desacuerdo fuerte a una determinada declaración hasta el acuerdo completo para con esa misma declaración.

La trampa, que es evidente, está en el enunciado de la declaración a responder. Por ejemplo, en la primera pregunta del cuestionario de Altemeyer ese enunciado dice: “Las autoridades establecidas generalmente resultan tener razón acerca de las cosas, mientras que los radicales y protectores casi siempre son gritones demostrando sus ignorancias” (los subrayados son míos).

Ante ese texto, el encuestado tiene que responder sin poder preguntarle al encuestador qué entiende él por “radical” o “protector”. La respuesta, quien lo duda, podría cambiar radicalmente si esas dos categorías se refirieran a asesinos como Lenin y Stalin, o a los criminales agentes castristas de Weather Underground, o del Movimiento de Liberación de Quebec. Para mí, y para muchas otras personas, hay mucho más de “radical” y “protector” en Gandhi, Einstein o Solzhenitsyn que en cualquier sociópata disfrazado de justiciero social.

La raíz ideológica de la asimetría estigmatizadora de Altemeyer también queda al descubierto cuando observamos que, en contra de las más elementales evidencias de la realidad, ese supuesto investigador es capaz de negar la existencia de algo tan cotidiano e invasivo como el autoritarismo de izquierda. Así lo reconoce en la página 229 de su libro “The authoritarian specter” (El espectro autoritario), publicado en el año 1996 por la universidad de Harvard:

Pienso que no he encontrado ningún autoritario en la izquierda, si alguna vez existieron algunos, deben haberse secado y se los llevó el viento. No hay que ser un buen meteorólogo para saber en qué dirección ha soplado el viento en los últimos 25 años.

El cinismo y la arrogancia ideológica de Altemeyer saltan a la vista cuando reconocemos que su frase es una clara alusión al grupo terrorista Weather Underground. Una caterva de castristas autoritarios y violentos que sacaron su nombre de un verso de la canción de Bob Dylan «Subterranean Homesick Blues» (1965). Un verso en el que Dylan dice su hoy famosa perogrullada de que “no necesitas un meteorólogo (weatherman) para saber hacia dónde sopla el viento”[1].

Ha sido así, con encuestas tramposas, y sin mucho esfuerzo y rigor intelectual, que la estigmatización inicial de Adorno y compañía fue extendida hacia esas personas que hoy son identificadas como conservadoras. Un grupo que, además de ser declarado como autoritario, también ha sido embarrado con criterios tan absurdos como oposición al cambio, tendencia a preservar el orden establecido, tradicionalismo, hostilidad hacia las innovaciones sociales y, como cabría esperarse, miedo al radicalismo. En pocas palabras: esos que se oponen a las ideas de izquierda son, tienen que ser, personas portadoras de una larga lista de rasgos psicopatológicos.

Esa estigmatización ha llegado a niveles tan irracionales, o ideológicos, que, en el año 2008 el psicólogo de izquierda Jonathan Haidt, autor del libro “The righteous mind” (“La mente justa”), aconsejó a los liberales estadounidenses que “dejaran de descartar al conservadurismo como una patología y comenzaran a pensar en la moralidad más allá de la protección y la justicia”. Una frase indicativa del alto nivel de enlodamiento, de los conservadores, que ya habían logrado alcanzar los liberales americanos desde que a Adorno y a Altemeyer les dio por inventar sus sesgadas escalas.

Pocos le hicieron caso a Jonathan Haidt. La prueba está en que todavía hoy la academia marxista continúa machacando en la estigmatización de los conservadores.

Es verdad que ya existen académicos que empiezan a aceptar la posibilidad de que exista algo tan evidente como el Autoritarismo de Izquierda (LWA en inglés), pero lo cierto es que el equilibrio sigue estando desplazado hacia la estigmatización de los conservadores.

Al menos así lo refieren Shauna Bowes y colaboradores cuando dicen:

En contraste con la prominencia en la literatura [académica] del Autoritarismo de Derecha (RWA), hay una escasa evidencia sistemática sobre la existencia del Autoritarismo de Izquierda (LWA), una posible construcción asociada que describe el autoritarismo al servicio de los objetivos de la izquierda (como en el caso de Weather Underground). Por ejemplo, una búsqueda en Google Scholar [el buscador de Google para los estudios académicos] de la frase “autoritarismo de derecha” produce 12,700 resultados, mientras que una búsqueda para “autoritarismo de izquierda” solo produce 635 resultados —el primero de los cuales es un artículo titulado “El mito del autoritarismo de izquierda (Stone, 1980)[2].

El sesgo de esos esfuerzos estigmatizadores resalta cuando observamos dos cosas, una es que en el mundo moderno no existe vehículo más poderoso del autoritarismo que los gobiernos; y el otro es que la mayoría de esos estudios fueron conducidos en los Estados Unidos de Norteamérica.

El sesgo resulta evidente cuando recordamos que si algo ha caracterizado siempre a los conservadores estadounidenses es, precisamente, su rechazo al empoderamiento del gobierno a través de los altos impuesto y del crecimiento descontrolado de la burocracia gubernamental. ¿Cómo hicieron esos ilustres sesudos de estigmatización anti conservadora, para ignorar semejante contradicción, es algo que llama mucho la atención?

Al mismo tiempo, ¿cómo puede alguien asegurar que el grupo humano responsable de la mayor parte de los cambios tecnológicos, del aumento del nivel de vida, de los saltos económicos, y de los inevitables cambios sociales que todo eso conlleva, es un grupo integrado por personas que, según sus estigmatizadores, se oponen al cambio?

Con respecto al supuesto miedo al radicalismo pasa algo similar. En un mundo donde cada vez que gobiernan los radicales la economía se derrumba, la represión aumenta, y la gente sale huyendo despavorida, ¿es oponerse al radicalismo un miedo al cambio o es simple y llanamente un deseo de crear las condiciones adecuadas para que ese cambio ocurra de una forma real, civilizada, y sostenible?

Una visión alternativa, pero muy ignorada, es que esos estigmatizados conservadores, lejos de tenerles miedo a unos radicales que nunca han podido cambiar nada en realidad, solo piden que esos radicales no interfieran mucho mientras ellos trabajan sin descanso para cambiar el mundo —de una forma real, civilizada, y sostenible— con sus trenes, carros, aviones, teléfonos, medicamentos, plásticos, ordenadores, y un largo etcétera de cambios evidentes y duraderos.

A fuerza de ignorar activamente las consideraciones anteriores —y muchas otras no mencionadas por razones de espacio— la psicología marxista de la academia occidental, que es casi toda la psicología académica de hoy, lleva más de setenta años en su aguerrida y revolucionaria tarea de estigmatizar a quienes se oponen a esa visión autoritaria del mundo que conocemos como socialismo.

La pregunta importante, en este punto de mi análisis, es: ¿Cuáles son las consecuencias actuales de esos más de setenta años de estigmatización de las ideas conservadoras?

A forma de resumen, o por solo mencionar unas pocas, se me ocurren las siguientes consecuencias:

  • Estigmatización de los conservadores y ausencia o reducción extrema del contrapeso conservador dentro del debate académico.
  • Transferencia de esa ausencia de contrapeso a los estudios universitarios, con el consecuente surgimiento de cátedras de estudios liberales en ausencia de cátedras de estudios conservadores.
  • Conversión de las cátedras de estudios liberales en verdaderas madrazas de adoctrinamiento ideológico, y en centros de amplificación de la estigmatización de los conservadores.
  • Ostracismo de los estudiantes universitarios con ideas conservadoras, hasta convertirlos en personas que cada vez más prefieren mantener ocultas sus ideas anti radicales o anti socialistas, para así no atraer las consecuencias negativas —psicológicas, académicas, y financieras— de la estigmatización.
  • Surgimiento del monopolio moral de la izquierda.
  • Transferencia del monopolio moral de la izquierda a los estudios secundarios y primarios, con el consecuente aumento de la estigmatización de las ideas conservadoras.
  • Creación de una masa cada vez más creciente de escritores, periodistas, editores y comunicadores profundamente adoctrinados —o programados— con la idea de que ser conservador es, esencialmente, una patología.
  • Control de los medios por una masa de escritores, periodistas, editores, y comunicadores que siempre estarán listos para diseminar una visión negativa y patológica del conservadurismo.
  • Extensión de la estigmatización conservadora a los estudios de derecho, con el consecuente surgimiento de abogados, jueces, y fiscales, con una marcada tendencia a parcializar las leyes a favor de sus creencias ideológicas.
  • Extensión de la estigmatización conservadora a las carreras de ciencias políticas de las que se graduarán, en grandes cantidades, las personas que después pasarán a trabajar dentro de la burocracia estatal.
  • Uso de esos trabajadores adoctrinados de la burocracia estatal para proteger a regímenes autoritarios de izquierda como los de Cuba, Nicaragua, Venezuela, y un largo etc.[3]
  • Reclutamiento de cada vez más policías, agentes del FBI, y miembros de la comunidad de Inteligencia adoctrinados en la estigmatización conservadoras, todos listos para convertirse en los brazos ejecutores de decisiones ideológicas.
  • Conversión del falso monopolio moral de la izquierda en la narco-moralidad que hoy la caracteriza. Una forma de acción política y moral en la que —como hizo Pablo Escobar— el lanzamiento de migajas a los desfavorecidos se usa como justificación para vivir por encima de los más elementales dictados de la ley y la moralidad. 

En pocas palabras: aquellos polvos de Adorno y Altemeyer trajeron estos fangos de hoy.

Durante los últimos setenta años de su historia, o más de tres generaciones, los Estados Unidos de Norteamérica han sido dominados por una ola estigmatizadora del pensamiento conservador. Una ola que niega los aportes de los conservadores al desarrollo de la nación americana, y que en poco se diferencia de la estigmatización que los fascistas hicieron de los judíos, los racistas de los negros, o los homófobos de los homosexuales. 

Ese fue el origen de que en estos momentos una evidente mayoría de los votantes estadounidenses reconozcan que el sistema legal de su país es asimétrico, porque favorece extraordinariamente a las personas que delinquen dentro del marco ideológico de la izquierda autoritaria, o a favor de los objetivos ideológicos de esa izquierda autoritaria.

Adorno y Altemeyer hicieron posible que los fascistas de Antifa quemen, golpeen, y asesinen, pero sean “una idea”.

Adorno y Altemeyer son el origen de que los marxistas de Black Live Matter quemen, golpeen, extorsionen, y roben, pero no sean encausados.

Adorno y Altemeyer justifican que cuando unos lunáticos —penetrados por Antifa y por el FBI, dicho sea de paso— protestan y se cuelan en el Congreso, enseguida sean detenidos, incomunicados, tildados de terroristas y presentados ante la opinión pública como verdaderos monstruos que merecen ser procesados sin garantías legales.

Adorno y Altemeyer dan razón absoluta a la hora de clasificar como terroristas a unos padres que se oponen al uso de las escuelas para el adoctrinamiento ideológico de la izquierda autoritaria.

Adorno y Altemeyer son unos de los orígenes del furor moral que llevó a la caída de un presidente conservador, como Richard Nixon, por enviar “plomeros” a poner micrófonos en las oficinas de la campaña electoral de un candidato de izquierda —que estaba penetrado, dicho sea de paso, por la Inteligencia castrista.

Adorno y Altemeyer ya habían absuelto y santificado, desde muchos años antes, a esos “plomeros” de Barack Obama que pagaron a falsos agentes de Inteligencia para crear un falso dosier de colusión de Donald Trump con Rusia.

Adorno y Altemeyer crearon el inmoral marco moral para que un presidente conservador, como Donald Trump, pueda ser acusado de cuanta corrupción imagine la mente febril de una triste fiscal dominada por el odio de la izquierda autoritaria.

Adorno y Altemeyer explican por qué las pruebas documentales de las corrupciones del hijo de un presidente de izquierda, claramente contenidas en el antiguo ordenador de ese hijo, son ignoradas olímpicamente por los medios, por los políticos de izquierda, y por el sistema judicial controlado por esos políticos de izquierda.

Adorno y Altemeyer justifican que en el año 2016 la élite del Partido Demócrata gritara a los cuatro vientos que Donald Trump no había ganado —aunque no hubieran ocurrido irregularidades— sin haber sido acusada de conspirar contra la democracia.

Adorno y Altemeyer fueron, desde mucho antes, el aplauso cínico y simbólico cuando Donald Trump fue acusado de conspirar contra la democracia por decir que Joe Biden no había ganado en las elecciones del 2020 —unas elecciones que sí adolecieron de una enorme lista de irregularidades.

Adorno y Altemeyer hicieron posible que una perdedora pudiera llamar “deplorables” a esos que se negaron a votar por la corrupta élite de la izquierda autoritaria representada por esa perdedora. 

Adorno y Altemeyer fueron el inicio de un proceso de estigmatización que comparte grandes similitudes con el bien documentado uso, por parte de los regímenes socialistas, de la psicología y la psiquiatría como un arma de represión contra los opositores a esos regímenes.

Si regresamos a la pregunta inicial de este texto podríamos caer en la tentación de responder que todavía existen personas honestas e inteligentes que se apuntan a la estafa sangrienta del socialismo porque, en realidad, la alternativa de no apuntarse a esa estafa ha sido reducida, hasta la obliteración, en los últimos setenta años.

Por tentadora que pueda ser esa respuesta, usarla sería —aunque haya mucho de verdad en ella— un acto de indolencia intelectual. La prueba radica en el hecho de que, a pesar de más de setenta años de estigmatización conservadora, todavía existen millones de personas que se niegan a caer en el engaño de la izquierda.

¿Cuál es, entonces, la diferencia entre esas personas honestas e inteligentes que caen en la trampa de la estafa sangrienta del socialismo, y esas personas honestas e inteligentes que no caen en esa trampa?

Lo primero que tenemos que aceptar, antes de intentar responder a esa pregunta, es que la inteligencia y la honestidad no son cualidades estáticas, son decisiones que unas veces tomamos y otras no.

Los seres humanos no somos ni honestos ni inteligentes todo el tiempo. Los seres humanos tenemos, en mayor o menor grado, la capacidad de tomar decisiones honestas e inteligentes; pero eso no es garantía alguna de que siempre lo hagamos.

Cuando decimos que una persona es honesta, o inteligente, estamos hablando de una probabilidad, no de una certeza. Si un coeficiente de inteligencia es alto, podemos asumir que esa persona tiene una alta probabilidad de tomar decisiones inteligentes, pero nunca podremos estar seguros de que siempre lo hará.

La vida cotidiana está llena de ejemplos de personas que consideramos bien inteligentes y que reconocen, a cada rato, haber tomado decisiones poco inteligentes. Con la honestidad pasa igual. Para ser honestos e inteligentes tenemos que empezar, entonces, por tomar la decisión de serlo. Esa decisión, sin embargo, no es tan banal como escoger entre platos de comida o colores de ropas, es una decisión de índole moral que, precisamente por serlo, está profundamente relacionada con esas esencias que nos definen como seres humanos.

La pregunta a responder es: ¿cómo tomamos los seres humanos nuestras decisiones de índole moral?

Continuará…

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[1] El hijo del camarada Altemeyer, al parecer bien entrenado por su padre en las ideas marxistas, es hoy por hoy un miembro del parlamento canadiense por el partido marxista NDP (Nuevo Partido Democrático). El mismo partido que pidió y apoyó las medidas autoritarias decretadas por el régimen Trudeau durante la pandemia y durante la huelga pacífica de los camioneros canadienses.

[2] Bowes et al. Clarifying the structure and nature of Left-Wing Authoritarianism. Journal of Personality and social psychology. March, 2021. Acabo de hacer la misma búsqueda en Google Scholar y el resultado sigue siendo abrumadoramente a favor del Autoritarismo de Derecha (ver figura del encabezamiento). 

[3] Esos grandes defensores del castrismo, como Piero Gleijeses, Ana Belén Montes, Ben Rhodes o Emily Mendrala, pueden ser vistos como soldaditos de plomo que fueron fundidos y vertidos sobre un molde psicológico creado por Adorno y Altemeyer muchos años antes.

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Neurotiranías-I

Como pueden ver en el video del encabezamiento, el viernes pasado estuve con Andrés Alburquerque en Enfoque Ciudadano. Estuvimos hablando sobre la tentación totalitaria y aproveché para soltar algunas de las informaciones que he ido recolectando para un libro que empecé a concebir hace un montón de años y que algún día publicaré bajo el título de Neurotiranías.  

Comoquiera que ese programa de Enfoque Ciudadano ha sido acogido con un gran interés, he decidido publicar varios textos en los que me referiré a los orígenes personales de ese tema, a las informaciones más importantes que he ido encontrando sobre el mismo, y a la forma en la que todas estas informaciones confluyen en una posible explicación de la política actual de los Estados Unidos de Norteamérica.  

Esta es la primera entrega:

Neurotiranías-I

¿Por qué, a pesar de que ya está más que demostrado que el Socialismo es una estafa sangrienta, todavía existen personas que son seducidas por los cantos de sirena de esa ideología?

En mi opinión, esa es una de las preguntas más importantes del último siglo.

Hoy los hechos demuestran, con claridad inobjetable, que la ideología socialista es el credo de la discriminación, el robo, la violencia, la burocracia y el elitismo criminal y desfachatado de las nomenclaturas.

Basta explorar someramente unos cuantos libros para descubrir que el Socialismo es la receta infalible de las hambrunas, de los decrecimientos poblacionales, y de unas desigualdades que siempre quedan escondidas bajo ese control absoluto que el socialismo siempre ejerce sobre la información.

Los datos que demuestran todo eso están hoy por hoy al alcance de cualquier teclado, y de la curiosidad de cualquier persona con un mínimo de capacidad de raciocinio.

A pesar de eso, siempre hay un número enorme de personas que, en cada generación, se apuntan a la tontería asesina del Socialismo.

La pregunta importante es, ¿por qué?, y la respuesta más común es que esos que se apuntan a la ideología socialista —entre los que incluyo a una buena parte de los seguidores del actual partido demócrata de los Estados Unidos— son un compendio de las sordideces humanas dentro de cada generación.

Según esa respuesta, al Socialismo se apuntan, entre otros, los imbéciles, los vagos, los deshonestos, los resentidos, los envidiosos, los sociópatas y sus primos los psicópatas.

Existió incluso, en los países del antiguo campo socialista, un chiste en el que Dios les negaba a los seres humanos la posibilidad de ser inteligentes, honestos y socialistas al mismo tiempo. Podían tener dos de esas cualidades, pero siempre al precio de la tercera.

Por socorrida o chistosa pueda ser esa respuesta, y por mucho que pueda ser validada por la enorme cantidad de seres despreciables que defienden el Socialismo, lo cierto es que solo alcanza a explicar una fracción de la realidad.

Digo eso porque cualquiera que haya vivido bajo la bota socialista sabe, o puede recordar, que no son pocas las personas inteligentes y honestas que defienden, en ocasiones con vehemencia asesina, esa atrocidad.

La pregunta inicial debe ser, entonces, reformulada o acotada de esta forma:

¿Por qué, a pesar de que ya está más que demostrado que el Socialismo es una estafa sangrienta, todavía existen personas honestas e inteligentes que son seducidas por los cantos de sirena de esa ideología?

Durante mis 32 años de vida bajo el Socialismo, allá en Cuba, pude comprobar que existían personas que defendían esa atrocidad y que eran, sin lugar a dudas, personas muy honestas y muy inteligentes. Algunas de ellas eran incluso brillantes.

Otra cosa que me pasó, durante una parte de esos 32 años de vida bajo el Socialismo, fue que fui entrenado por mi padre hasta que aprendí a usar el marxismo teórico —que es el dogma sobre el que descansa la creencia de los socialistas— para poner en entredicho el socialismo real que defendían esas personas tan honestas, inteligentes, y socialistas.

Eso me permitió observarlas no ya cuando se enfrentaban a un supuesto enemigo, cosa fácil para ellas, sino cuando tenían que enfrentar la incomodidad generadas por unos argumentos, en ocasiones demoledores, que estaban basados en su propia ideología. Argumentos que eran usados por una persona que, al utilizar al marxismo como una referencia constante, no podía ser catalogada como un enemigo.

Confieso que a veces sentí pena mientras estremecía el andamio ideológico de esos socialistas. Sus reacciones, después de intentar evadir sin éxito mis argumentos, eran evidentemente viscerales. Enrojecían, sus gestos devenían bruscos y la entonación de sus palabras sonaban como las de una persona que ha sido insultada en lo más profundo de su ser. Reaccionaban como personas acomplejadas, pero en ausencia de ningún intento de minimización o desprecio.

En varias ocasiones les pregunté por qué reaccionaban de esa forma si, a fin de cuentas, solo estábamos moviendo ideas alrededor de esa ciencia —para los marxistas el marxismo siempre es científico— que usábamos para construir un futuro mejor —para los marxistas el marxismo es siempre la promesa de un porvenir luminoso. A pesar de esos llamados a la calma, muchas veces tuve que parar porque era evidente que estaban sufriendo.

La explicación que le di a esas observaciones fue que esas personas honestas e inteligentes habían sido adoctrinadas por el castrismo desde edades muy tempranas y sus creencias habían devenido una parte esencial de sus egos. De esa forma, el reto o estremecimiento de esas creencias era interpretado como un insulto. La pregunta, sin embargo, que quedó flotando sin respuesta fue: ¿Por qué otras personas que habían sido idénticamente adoctrinadas no reaccionaban igual?

Más o menos por ahí andaba ese tema, en mi cabeza, cuando logré escapar del infierno socialista. Llegué a Montreal y recuerdo que tuve que pasar por un período de sobrecarga intelectual que me recordó mucho al que había sufrido, años antes, cuando había empezado mis cursos de Bioquímica en la escuela de medicina de La Habana.

Aquí en Montreal tuve que adaptarme a dos culturas y a dos lenguas —la francesa y la inglesa. Empecé a trabajar en un nuevo proyecto de investigación y tuve que aprender a vivir en una ciudad que nunca avisa, con el olor del mar, hacia donde queda el Norte. Estaba desubicado en medio de una isla que está en medio de un río y que, a diferencia de esa isla en la que nací, cambia cada tres meses sus temperaturas, sus luces, y sus colores.

Casi todo era nuevo, y como consecuencia de eso sufrí una enorme sobrecarga informacional con la que solo pude copar, a duras penas, porque durante los primeros meses reduje mi vida a la rutina simplificadora del “métro, boulot, dodo”, que en el francés de aquí quiere decir algo así como de la casa al trabajo y del trabajo a la casa.

Fue así, poco a poco y día a día, que mi limitada mente empezó a copar con esa sobrecarga de información y con ese caos de sentimientos que, para mi asombro, generaba la misma. Lejos estaba yo de saber que esa experiencia me permitiría entender lo que descubrí después.

Como siempre pasa, pasó el tiempo y me fui adaptando a mi nueva vida, mi inglés empezó a mejorar y mi mente pudo al fin abrirse a una nueva realidad que era, cuando menos, cien o mil veces más compleja que la que yo había vivido en Cuba.

En la medida que pude abrirme, y empecé a entender la cultura de acá, descubrí con asombro que personas muy inteligentes y honesta, que nunca habían sido adoctrinadas por ideología alguna, y que se reconocían a sí mismas como defensoras de la democracia, tenían reacciones, cuando se enfrentaban a algo que estremecía sus creencias, que eran indistinguibles de aquellas que yo había observado en Cuba cuando usaba el marxismo para sacudir el tinglado ideológico de los socialistas.

Esas reacciones me recordaron, también, el caos emocional que yo sentí cuando me enfrenté por primera vez a la Bioquímica, o cuando tuve que aprender a vivir en este nuevo país. Todo eso me llevó a reconocer la posibilidad de que lo que yo había observado en Cuba no fuera un fenómeno local relacionado con programaciones ideológicas, sino que era la manifestación, en un contexto determinado, de un fenómeno universal.

¿Cuál podía ser ese fenómeno universal?

Mi primera intuición fue que los sufridos socialistas, los contrariados quebequenses, y yo con mi “métro, boulot, dodo”, solo nos habíamos defendido contra un aumento de la complejidad; o sea, contra algo que habíamos interpretado como un insulto porque fue capaz de pinchar esa burbuja de simplicidad que nos protegía.

Ya en ese momento yo gozaba de una libertad informacional absoluta, tenía acceso irrestricto a una excelente red de bibliotecas y, sobre todo, a una internet de alta velocidad (para la época) que ya contaba con aquel buscador llamado “Altavista”. Gozaba, además, de mucho tiempo entre los experimentos, y de un laboratorio que se quedaba vacío en las noches.

Empecé a buscar en el internet. Empecé a cruzar palabras como “complejidad” y “totalitarismo”, a leer con rapidez, y a descartar el bagazo. Fue así, aunque ahora no recuerdo exactamente cómo, que un día encontré a Jacob Burckhardt. Un historiador suizo de finales del siglo 19 que se especializó en la Italia del renacimiento. Un genio que nos dejó dos frases (una quizás referida por otros) que me dejaron boquiabierto. La primera: la esencia de las tiranías es la negación de la complejidad. La otra: en el próximo siglo —el siglo XX— la humanidad será asolada por una plaga de terribles simplificadores.

Tuve uno de esos momentos de alegría y tristeza mezcladas. Alegría por saber que mis intuiciones no habían sido descabelladas, y tristeza por descubrir que mi línea de pensamiento podía tener más de ignorancia que de originalidad. El mejor consuelo que tuve fue pensar que el imbécil de Fidel Castro quizás no había sido más que uno de esos terribles simplificadores que Jacob Burckhardt había predicho.

La otra idea que tuve fue que, si nos defendíamos de la complejidad, entonces nuestro cerebro tenía que ser capaz de sentirla o, de alguna forma, medir sus niveles. Eso me llevó a estudiar sistemas complejos y a descubrí que una de las características esenciales de esos sistemas es que siempre acarrean un remanente de incertidumbre. Lo que realmente los caracteriza es que por mucho esfuerzo que hagamos para describir a esos sistemas con leyes y principios siempre quedará, como una de sus características esenciales, un inevitable nivel de incertidumbre. 

La palabra clave devino, entonces, “incertidumbre”, y esa fue la que empecé a usar, a partir de ese momento, en mis búsquedas en el internet. Usándola fui a dar con un psicólogo social llamado Geert Hofstede y con su libro titulado “Culturas y organizaciones: el software de la mente”. Una obra basada en años de investigaciones psicosociales que describe las diferencias esenciales entre las distintas culturas de nuestro planeta. Para mi asombro, una de las seis dimensiones que, según Geert Hofstede, diferencian a esas culturas es, precisamente, la evitación de la incertidumbre.

Ya en este punto la pregunta que se caía de la mata era ¿evitamos la incertidumbre luchando contra la tendencia natural de nuestra mente hacia ella, o evitamos la incertidumbre gracias a la tendencia natural de nuestra mente hacia su evitación? En otras palabras, ¿es nuestra mente simplificadora o “complejizante”? y, si es las dos cosas, ¿cómo ocurre el equilibrio entre esos dos extremos?   

Indagando sobre esas posibilidades fui a dar con uno de los artículos más citados en Psicología. Me refiero a “El mágico número siete, más menos dos: algunos límites en nuestra capacidad para el procesamiento de la información”. Un texto publicado en 1956 por el investigador George Miller. Un clásico que empieza con una oración que, en mi prosaica opinión, bien podría ser un verso: “Mi problema es que me ha perseguido un entero”.

Miller se refiere, claro está, al número siete y al hecho inobjetable de que ese número, o ese entero, se repite en todas partes. Está en los días de la semana, en las notas musicales, en los colores del arcoíris, en las maravillas del mundo antiguo y en una larga lista de ejemplos que ahora no viene al caso citar.

Para Miller no hubo nada de mágico o divino en ese número. Su reiterada aparición era perfectamente lógica y estaba relacionada con la capacidad de nuestra mente para el procesamiento de la información. Miller sustentó esa hipótesis analizado la capacidad de nuestros sistemas sensoriales para separar (o resolver) dos sensaciones de intensidades distintas.

Su análisis arrojó el resultado de que nuestra mente no es capaz —por poner un ejemplo banal— de discernir que un vaso con cinco cucharadas de sal sabe distinto de un vaso con cinco cucharadas y media de sal. O sea, a pesar de que los receptores de salinidad son capaces de discernir esas diferencias en concentraciones, nuestra mente agarra las informaciones enviadas por esos receptores y las procesa como si fueran dos informaciones idénticas.

Solo cuando las diferencias son mucho más evidentes, como entre cinco y diez cucharadas de sal, puede nuestra mente procesarlas como concentraciones distintas. En pocas palabras: nuestra mente agarra la riqueza continua de la realidad y la convierte en puntos discretos que son los que puede manejar adecuadamente. Eso quiere decir que nuestra mente es, al menos a nivel sensorial, una máquina simplificadora.

En este punto es importante reconocer que esas indagaciones mías eran hechas a saltos de mata, o cuando las circunstancias me lo permitían, y que no eran tan lineales o lógicamente concatenadas como podría pensarse a partir de lo que he escrito hasta ahora.

En realidad, eran indagaciones muy parecidas a querer tocar un piano hecho de teclas flotando en el espacio, y que solo pueden ser tocadas con todos los dedos al mismo tiempo. No había, aunque ahora parezca lo contrario, una secuencia lineal, casi todo era indagado en paralelo.

Mientras leía a Miller o a Hofstede rumiaba, por ejemplo, la seguidilla de que todas mis indagaciones podían tener más de ignorancia que de cualquier otra cosa y que quizás, Dios lo quisiera, ya otros habían descrito y explicado mis intuiciones de una forma coherente y precisa. Eso me llevó a buscar esos libros que intentan explicar el socialismo o, de una forma más general, los totalitarismos.

Recuerdo que empecé a leer “Los orígenes del totalitarismo” de Hannah Arendt con una gran esperanza, y terminé de leerlo con una gran decepción. Apenas habla de complejidad o de incertidumbre, y cuando se refiere a la psicología de los seres humanos casi siempre, por no decir todas las veces, lo hace para ocuparse de la psicología de las víctimas, en su caso de los judíos, y no de los victimarios. Hoy entiendo por qué ese libro es tan valorado por esos socialistas que insisten en negar que están trabajando a favor de un totalitarismo.

Otras líneas paralelas de indagaciones que seguí partieron de dos observaciones que me habían parecido muy interesantes, una fue que cada vez que observé una respuesta visceral, ante el estremecimiento de una creencia, esa creencia estaba basada en una noción del bien común.

Tanto los dolidos socialistas como los lastimados quebequeses me mostraron sus convencimientos absolutos de que esa visión que ellos defendían era una visión a favor del bien común; o sea, que era una visión de cooperación altruista.

Unos podían pensar que ese bien común estaba representado por la religión que defendían, otros por una mejor forma de organizar la vida en el laboratorio en el que trabajábamos y, en el caso de los socialistas cubanos, por una manera más justa de repartir las riquezas de una sociedad. Las manifestaciones podían cambiar, pero la esencia era inobjetablemente altruista.

Eso me llevó a estudiar el altruismo y, sobre todo, su evolución. Descubrí, con placer, que los seres humanos somos esencial e inexorablemente buenos (o altruistas), y que lo somos no porque alguien lo diga, sino porque si no lo fuéramos sencillamente no habríamos podido sobrevivir como especie. También descubrí, con muchísimo más placer, el famoso “dilema del prisionero”, y el extraordinario libro “La evolución de la cooperación”, de Robert Axelrod.

Un libro que explora las distintas estrategias posibles de cooperación y, sobre todo, esas estrategias que permiten minimizar lo que sin lugar a dudas es la máxima vulnerabilidad del altruismo: los tramposos. Esos que se benefician del bien común sin contribuir proporcionalmente al mismo (si ahora mismo están pensando en los burócratas, no están muy equivocados).

La otra observación que para mí fue muy interesante fue que en todos los casos en los que el aumento de complejidad (o de incertidumbre) dio lugar a una respuesta visceral, hubo una conversión de una dinámica puramente intelectual, o de intercambio de ideas, a una dinámica puramente emocional (evitación, enrojecimiento, cambio del tono de la voz, etc.).

Eso fue muy llamativo para mí, sobre todo porque yo estaba bajo la influencia de esa idea, generalmente aceptada, de que las emociones no ayudan a pensar y la racionalidad no ayuda a sentir.

Curioseando sobre esa relación entre emociones, sensaciones y racionalidad, encontré, en un número de Scientific American de 1994, el artículo “El error de Descartes y el futuro de la vida humana”. Un texto en el que Antonio R. Damasio reclama que, lejos de lo que pensábamos hasta ese momento, los procesos racionales que llevan a la toma de decisiones son de antemano influidos, o informados, por nuestras sensaciones y nuestros sentimientos. Antes de pensar, entonces, siempre sentimos. 

A partir de ahí empecé a seguir a ese investigador y pude comprobar, aunque al inicio de una forma todavía muy incompleta, que el entendimiento real del origen de los totalitarismos, o de la capacidad seductora de una doctrina asesina como la del socialismo, estaba más cerca de la neuropsicología que de cualquier otra ciencia.

En algún momento, alrededor del año 2006, ya empecé a concebir la idea de que esos totalitarismos eran, en su esencia, neurotiranías. El problema fue que, para poder sustentar esa idea, no me quedó más remedio que esperar por el desarrollo de la neuropsicología.

Continuará…

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Neurotiranías-II

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Hyper chupamedias en Hypermedia

Imaginen que un amigo me escribió para decirme:

— Cesi, hay un sitio web sobre asuntos cubanos, llamado Hypermedia Magazine, que anda pidiendo plata a izquierda y siniestra. Se me ocurre que podrías proponerles algunos de tus artículos y así, como quien no quiere las cosas nos enteramos, de primera mano, de qué patica cojean de verdad.

Imaginen que mi respuesta fue esta:

— Eso es perder el tiempo. Todas esas revisticas tienen un sistema infalible para lograr financiamientos de los despilfarradores neo marxistas. Lo primero que hacen es invitar a colaborar a agentes castristas que han llegado a estas costas disfrazados de opositores. Casi siempre son miembros de los aguerridos CDRs de poetas de provincias en el exilio. Son unos personajes que se dedican a defender al Partido Demócrata y a diseminar la ideíta malsana de que los neo marxistas americanos son lo peor que le puede pasar al castrismo. Para compensar, claro está, esas revisticas invitan a unos cuantos librepensadores a publicar en sus pantallas y los usan, de inicio, como prueba del carácter centrista y plural de la publicación. En cuanto uno de esos librepensadores se sale del plato, y escribe algo que realmente molesta a la agenda neo marxista, lo censuran y usan esa censura para demostrarles a los posibles financiadores neo marxistas que esa publicación sí se toma muy en serio la defensa de sus intereses ideológicos. Si el escritor censurado se queja, entonces recurren a la manida receta de que se trata de un tipo con un ego tan grande que no concibe la idea de que le rechacen un texto por razones puramente editoriales. De esa forma, como quiera que te pongas, la revistica gana. Créeme, es perder el tiempo.

Unas semanas después de ese intercambio, que quizás ustedes ya han imaginado, me escribió el amigo de un amigo para decirme que trabajaba en Hypermedia Magazine y que andaban buscando escritores de calibre para levantarle el perfil editorial a la revista. Entre elogios innecesarios, y la tristeza de no poder pagar por las colaboraciones mientras no les llegara el “grant” que estaban pidiendo, el amigo de un amigo me invitó a colaborar con ellos.

Mi respuesta, en esos casos, siempre es la misma: claro que sí, cómo que no, siéntanse libres, por favor, de publicar en el sitio de ustedes cualquiera de los textos que yo publico en mi blog. Solo tiene que copiar y pegar. Para más, pueden hacerlo sin tener que hacer referencia alguna a la publicación original.

Eso habría bastado para quitármelos de encima; pero el amigo de un amigo insistió en que, al menos de inicio, a Hypermedia le gustaría publicar unos cuantos textos originales míos para, de esa forma, establecer las bases de la colaboración.

Por esos días yo le estaba dando los toques finales a un artículo —titulado “La última investigación”— sobre el asesinato de John F. Kennedy. Así que decidí enviárselos con la aclaración de que era muy largo y que, por eso, les rogaba que si decidían no publicarlo me lo hicieran saber cuanto antes para entonces ponerlo en mi blog.

Decidieron publicarlo. Me enviaron el link. Leí aquello y descubrí, con asombro, que el texto había sido mutilado hasta hacerlo no solo incomprensible, sino hasta lograr que perdiera toda su originalidad e interés. Sonreí. Sacudí la cabeza para no ver la larga mano, una vez más, y decidí escribirles. Les expliqué por qué el texto publicado había perdido toda su lógica interna y les pedí, por favor, que lo sacaran de circulación.

La respuesta de Hypermedia fue restaurar el texto a su versión original, pero eso no impidió que el incidente me dejara un mal sabor en la boca. Una de las cosas que más me llamó la atención fue que la persona que editó el texto decidió, sin que mediara racionalidad alguna, eliminar un pasaje en el que yo identifico a Fidel Castro como “el sátrapa cubano”. Digo sin que mediara racionalidad alguna porque si hay una palabra que describe a Fidel Castro en cuerpo y alma es, precisamente, la palabra sátrapa.

Eso me llevó a preguntarle al amigo de un amigo sobre quién había sido esa persona que tanto había confundido la edición con el tijereteo. La respuesta que recibí me dejó boquiabierto de asombro y falta de aire. Resulta que el dizque editor de Hypermedia Magazine es una señora que vive en Cuba, que se llama Royma Cañas y que se formó, como experta en tijeras, nada más y nada menos que en la tristemente célebre editorial “Ciencias Sociales”, ese engendro del castrismo que es famoso por haber convertido la censura en una ciencia social y exacta.

Asumiendo lo mejor —que la señora Royma es una pobre infeliz que se busca sus chavitos (con Hypermedia) entre colas y apagones— me pareció absurdo que alguien decidiera usarla para editar una revista publicada en el mundo libre.

Me pareció absurdo porque la libertad no es una decisión, la libertad es una forma de pensar y actuar que solo surge, en algunos casos, cuando las personas llevan mucho tiempo teniendo la opción de pensar y actuar en libertad.

Poner a una persona que vive en Cuba, como la tal Royma, a editar el texto de una persona que lleva la mayor parte de su vida adulta viviendo en libertad, como yo, es pretender que un gato casero y capado pueda darle clases de cacería a un tigre salvaje.

Con ese absurdo como referencia, con el sátrapa borrado, y con el texto sobre Kennedy mutilado, me di a la tarea de prestarle un poco más de atención a las cosas que se publican en Hypermedia Magazine y, sobre todo, a averiguar si la tal Royma se dedica, además de dar tijeras, a pasar por escritora.

Descubrí, sin asombro, dos cosas. Una fue que en Hypermedia Magazine campea por sus respetos un gordito vestido con un pulóver de “I walk the line”. Un personaje que tiene tremenda cara de chivato, gasta gestos de chivato, usa palabras de chivato, y tiene una de esas miradas que ya quisieran para sí muchos chivatos castristas. Un gordito que, claro está, parece haber sido amamantado por Vilma Espín, o por la Pelosi, y que escupe, cada vez que habla, leche neo marxista.

La otra cosa que descubrí, también sin asombro, fue que la tal Royma alterna como escritora y, en esas funciones, se le fue un texto en el que hizo uso de lo mejor de una técnica que la antigua KGB definió como “desinfle moral de las acciones enemigas”. La pobrecita, a lo mejor lo hizo sin saber de dónde salieron sus palabras; pero lo cierto es que escribió un artículo en el que se quejó de que existiera una campaña de solidaridad para con un opositor cubano mientras que otro opositor, que estaba enfermo, no recibió una solidaridad idéntica.

Para los desentendidos en esos temas: se trata de algo más que un reclamo de solidaridad igualitaria y por la libreta. Se trata de hacerles sentir a los exiliados cubanos que, por mucho que ayuden a tantos, su enorme solidaridad siempre podrá ser presentada bajo una luz negativa porque nunca va a alcanzar, por más que lo intenten, a ayudar a todos al mismo tiempo y de la misma forma. Con argumentos como los de Royma, cualquiera solidaridad puede ser desinflada moralmente. Ese es el objetivo.

Con todas esas informaciones de fondo, la hipótesis de trabajo que se me ocurrió fue que Hypermedia Magazine había sido penetrada por algunos chupamedias castristas y neo marxistas.

Como tengo una formación científica, decidí usar esa hipótesis de trabajo para predecir el posible resultado de un experimento que puede ser formalizado así: un texto realmente molesto para los neo marxistas, lejos de ser rechazado por Hypermedia bajo el socorrido argumento de su extensión, generaría la esperada respuesta hormonal, matricial y descamatoria de una ideología dolida en sus más profundas entrañas.

Si de algo me precio en esta vida es que siempre he sabido, incluso cuando vivía en Cuba, como darles a los marxistas donde más les duele. Fui entrenado por mi padre en ese arte y, cada vez que lo he usado he podido comprobar, riendo para mis adentros, que los pongo a parir por la boca. Así es que decidí usar ese entrenamiento para hacer saltar a los neo marxistas y chupamedias de Hypermedia.

Escribí una serie de artículos titulados “Palabras traidoras” y reí mucho, para mis adentros, cuando terminé de escribir los correspondientes a las palabras “Capitalismo” y “Comunismo”. Supe, o intuí, que eso dos tocarían nervios y harían saltar de dolor a nuestros aguerridos castristas y neo marxistas. No me equivoqué.

Como esperaba, Hypermedia rechazó los textos y, también como esperaba, no lo hizo bajo las socorridas justificaciones de que eran muy largos, o que encajaban mejor con el perfil de mi blog. En plena concordancia con la hipótesis experimental, los neo marxistas de Hypermedia saltaron de dolor y se descamaron en una jaculatoria para rechazar y decir lo siguiente sobre el texto:

“… la intención ideológica supera la intención de análisis. Y, de facto, discrimina a la mitad de lectores posibles del texto, porque parte de una posición polarizada: nosotros tenemos la razón, ustedes no.

Mi respuesta, entre risas mal contenidas, fue esta:

“… decir que el texto discrimina es tan absurdo, e infantil, como decir que los luchadores contra el Apartheid discriminaban a los “pobres” blancos sudafricanos que defendían esa barbaridad. El texto denuncia una muy vieja discriminación basada no en el color de la piel, sino en la capacidad para generar riqueza. Esa denuncia, para ser efectiva y sincera, tiene que llevar, necesariamente, un mensaje de “nosotros tenemos la razón, ustedes no”. ¿Sería alguien capaz de imaginar una denuncia contra el Apartheid diciendo “nosotros tenemos la razón, pero es posible que ustedes también”? Igual, todo texto que denuncie a una ideología es, por definición, un texto con intenciones ideológicas que también tiene que estar, necesariamente, polarizado. Digo necesariamente porque todas las ideologías, incluida la que este texto denuncia, tienen como una de sus características esenciales la polarización. Uno de los trucos más viejos usados por los intolerantes es ese de pedir tolerancia, o de acusar a los que denuncian la intolerancia de reproducirla con su denuncia. Resulta asombroso que, a estas alturas del juego, algunos sigan cayendo en la trampa de ese truco. Esa mitad de lectores que podrían sentirse “discriminados” —cifra muy exagerada, por demás— tienen todo el derecho de este mundo a escribir un texto de respuesta y a publicarlo donde mejor les parezca, incluida Hypermedia Magazine. En ninguna oración de mi texto interfiero, o pido interferir, con ese derecho. ¿Dónde está, entonces, ese trato desigual que yace en el centro del verbo discriminar? Yo no lo veo por ninguna parte, y me cuesta mucho trabajo entender que lo vean personas dedicadas al oficio de editar.”

En fin, L.Q.Q.D., o lo que queda demostrado: siempre supe que la denuncia del marxismo como una ideología racista los iba a poner muy bravitos. Y siempre supe que, si eso sucedía, Hypermedia Magazine mostraría sus verdaderos colores de publicación penetrada por castristas y neo marxistas.

También, claro está, Q.E.P.D., o que en paz descanse: porque Hypermedia Magazine se suma a la larga lista de publicaciones del exilio cubano que han perecido bajo la tenaza neutralizadora; o bajo la mordida cruzada del diente oxidado de los infiltrados castristas, y la muela con filo de los financiamientos neo marxistas a través de instituciones como la NED, la USIA, y un largo etcétera.

De más está decir que Hypermedia Magazine recibirá su tan añorado “grant”. Ahora mismo Soros acaba de comprar casi todas las estaciones de radio del sur de la Florida que se oponen al neo marxismo. Con esa información de fondo, es fácil predecir que Hypermedia Magazine pronto será financiada. Tendrán plata y, como tantas otras publicaciones del exilio cubano, publicarán tonterías que solo serán leídas por la claque que la sustenta y parasita.

Es una pena.

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