Hyper chupamedias en Hypermedia

Imaginen que un amigo me escribió para decirme:

— Cesi, hay un sitio web sobre asuntos cubanos, llamado Hypermedia Magazine, que anda pidiendo plata a izquierda y siniestra. Se me ocurre que podrías proponerles algunos de tus artículos y así, como quien no quiere las cosas nos enteramos, de primera mano, de qué patica cojean de verdad.

Imaginen que mi respuesta fue esta:

— Eso es perder el tiempo. Todas esas revisticas tienen un sistema infalible para lograr financiamientos de los despilfarradores neo marxistas. Lo primero que hacen es invitar a colaborar a agentes castristas que han llegado a estas costas disfrazados de opositores. Casi siempre son miembros de los aguerridos CDRs de poetas de provincias en el exilio. Son unos personajes que se dedican a defender al Partido Demócrata y a diseminar la ideíta malsana de que los neo marxistas americanos son lo peor que le puede pasar al castrismo. Para compensar, claro está, esas revisticas invitan a unos cuantos librepensadores a publicar en sus pantallas y los usan, de inicio, como prueba del carácter centrista y plural de la publicación. En cuanto uno de esos librepensadores se sale del plato, y escribe algo que realmente molesta a la agenda neo marxista, lo censuran y usan esa censura para demostrarles a los posibles financiadores neo marxistas que esa publicación sí se toma muy en serio la defensa de sus intereses ideológicos. Si el escritor censurado se queja, entonces recurren a la manida receta de que se trata de un tipo con un ego tan grande que no concibe la idea de que le rechacen un texto por razones puramente editoriales. De esa forma, como quiera que te pongas, la revistica gana. Créeme, es perder el tiempo.

Unas semanas después de ese intercambio, que quizás ustedes ya han imaginado, me escribió el amigo de un amigo para decirme que trabajaba en Hypermedia Magazine y que andaban buscando escritores de calibre para levantarle el perfil editorial a la revista. Entre elogios innecesarios, y la tristeza de no poder pagar por las colaboraciones mientras no les llegara el “grant” que estaban pidiendo, el amigo de un amigo me invitó a colaborar con ellos.

Mi respuesta, en esos casos, siempre es la misma: claro que sí, cómo que no, siéntanse libres, por favor, de publicar en el sitio de ustedes cualquiera de los textos que yo publico en mi blog. Solo tiene que copiar y pegar. Para más, pueden hacerlo sin tener que hacer referencia alguna a la publicación original.

Eso habría bastado para quitármelos de encima; pero el amigo de un amigo insistió en que, al menos de inicio, a Hypermedia le gustaría publicar unos cuantos textos originales míos para, de esa forma, establecer las bases de la colaboración.

Por esos días yo le estaba dando los toques finales a un artículo —titulado “La última investigación”— sobre el asesinato de John F. Kennedy. Así que decidí enviárselos con la aclaración de que era muy largo y que, por eso, les rogaba que si decidían no publicarlo me lo hicieran saber cuanto antes para entonces ponerlo en mi blog.

Decidieron publicarlo. Me enviaron el link. Leí aquello y descubrí, con asombro, que el texto había sido mutilado hasta hacerlo no solo incomprensible, sino hasta lograr que perdiera toda su originalidad e interés. Sonreí. Sacudí la cabeza para no ver la larga mano, una vez más, y decidí escribirles. Les expliqué por qué el texto publicado había perdido toda su lógica interna y les pedí, por favor, que lo sacaran de circulación.

La respuesta de Hypermedia fue restaurar el texto a su versión original, pero eso no impidió que el incidente me dejara un mal sabor en la boca. Una de las cosas que más me llamó la atención fue que la persona que editó el texto decidió, sin que mediara racionalidad alguna, eliminar un pasaje en el que yo identifico a Fidel Castro como “el sátrapa cubano”. Digo sin que mediara racionalidad alguna porque si hay una palabra que describe a Fidel Castro en cuerpo y alma es, precisamente, la palabra sátrapa.

Eso me llevó a preguntarle al amigo de un amigo sobre quién había sido esa persona que tanto había confundido la edición con el tijereteo. La respuesta que recibí me dejó boquiabierto de asombro y falta de aire. Resulta que el dizque editor de Hypermedia Magazine es una señora que vive en Cuba, que se llama Royma Cañas y que se formó, como experta en tijeras, nada más y nada menos que en la tristemente célebre editorial “Ciencias Sociales”, ese engendro del castrismo que es famoso por haber convertido la censura en una ciencia social y exacta.

Asumiendo lo mejor —que la señora Royma es una pobre infeliz que se busca sus chavitos (con Hypermedia) entre colas y apagones— me pareció absurdo que alguien decidiera usarla para editar una revista publicada en el mundo libre.

Me pareció absurdo porque la libertad no es una decisión, la libertad es una forma de pensar y actuar que solo surge, en algunos casos, cuando las personas llevan mucho tiempo teniendo la opción de pensar y actuar en libertad.

Poner a una persona que vive en Cuba, como la tal Royma, a editar el texto de una persona que lleva la mayor parte de su vida adulta viviendo en libertad, como yo, es pretender que un gato casero y capado pueda darle clases de cacería a un tigre salvaje.

Con ese absurdo como referencia, con el sátrapa borrado, y con el texto sobre Kennedy mutilado, me di a la tarea de prestarle un poco más de atención a las cosas que se publican en Hypermedia Magazine y, sobre todo, a averiguar si la tal Royma se dedica, además de dar tijeras, a pasar por escritora.

Descubrí, sin asombro, dos cosas. Una fue que en Hypermedia Magazine campea por sus respetos un gordito vestido con un pulóver de “I walk the line”. Un personaje que tiene tremenda cara de chivato, gasta gestos de chivato, usa palabras de chivato, y tiene una de esas miradas que ya quisieran para sí muchos chivatos castristas. Un gordito que, claro está, parece haber sido amamantado por Vilma Espín, o por la Pelosi, y que escupe, cada vez que habla, leche neo marxista.

La otra cosa que descubrí, también sin asombro, fue que la tal Royma alterna como escritora y, en esas funciones, se le fue un texto en el que hizo uso de lo mejor de una técnica que la antigua KGB definió como “desinfle moral de las acciones enemigas”. La pobrecita, a lo mejor lo hizo sin saber de dónde salieron sus palabras; pero lo cierto es que escribió un artículo en el que se quejó de que existiera una campaña de solidaridad para con un opositor cubano mientras que otro opositor, que estaba enfermo, no recibió una solidaridad idéntica.

Para los desentendidos en esos temas: se trata de algo más que un reclamo de solidaridad igualitaria y por la libreta. Se trata de hacerles sentir a los exiliados cubanos que, por mucho que ayuden a tantos, su enorme solidaridad siempre podrá ser presentada bajo una luz negativa porque nunca va a alcanzar, por más que lo intenten, a ayudar a todos al mismo tiempo y de la misma forma. Con argumentos como los de Royma, cualquiera solidaridad puede ser desinflada moralmente. Ese es el objetivo.

Con todas esas informaciones de fondo, la hipótesis de trabajo que se me ocurrió fue que Hypermedia Magazine había sido penetrada por algunos chupamedias castristas y neo marxistas.

Como tengo una formación científica, decidí usar esa hipótesis de trabajo para predecir el posible resultado de un experimento que puede ser formalizado así: un texto realmente molesto para los neo marxistas, lejos de ser rechazado por Hypermedia bajo el socorrido argumento de su extensión, generaría la esperada respuesta hormonal, matricial y descamatoria de una ideología dolida en sus más profundas entrañas.

Si de algo me precio en esta vida es que siempre he sabido, incluso cuando vivía en Cuba, como darles a los marxistas donde más les duele. Fui entrenado por mi padre en ese arte y, cada vez que lo he usado he podido comprobar, riendo para mis adentros, que los pongo a parir por la boca. Así es que decidí usar ese entrenamiento para hacer saltar a los neo marxistas y chupamedias de Hypermedia.

Escribí una serie de artículos titulados “Palabras traidoras” y reí mucho, para mis adentros, cuando terminé de escribir los correspondientes a las palabras “Capitalismo” y “Comunismo”. Supe, o intuí, que eso dos tocarían nervios y harían saltar de dolor a nuestros aguerridos castristas y neo marxistas. No me equivoqué.

Como esperaba, Hypermedia rechazó los textos y, también como esperaba, no lo hizo bajo las socorridas justificaciones de que eran muy largos, o que encajaban mejor con el perfil de mi blog. En plena concordancia con la hipótesis experimental, los neo marxistas de Hypermedia saltaron de dolor y se descamaron en una jaculatoria para rechazar y decir lo siguiente sobre el texto:

“… la intención ideológica supera la intención de análisis. Y, de facto, discrimina a la mitad de lectores posibles del texto, porque parte de una posición polarizada: nosotros tenemos la razón, ustedes no.

Mi respuesta, entre risas mal contenidas, fue esta:

“… decir que el texto discrimina es tan absurdo, e infantil, como decir que los luchadores contra el Apartheid discriminaban a los “pobres” blancos sudafricanos que defendían esa barbaridad. El texto denuncia una muy vieja discriminación basada no en el color de la piel, sino en la capacidad para generar riqueza. Esa denuncia, para ser efectiva y sincera, tiene que llevar, necesariamente, un mensaje de “nosotros tenemos la razón, ustedes no”. ¿Sería alguien capaz de imaginar una denuncia contra el Apartheid diciendo “nosotros tenemos la razón, pero es posible que ustedes también”? Igual, todo texto que denuncie a una ideología es, por definición, un texto con intenciones ideológicas que también tiene que estar, necesariamente, polarizado. Digo necesariamente porque todas las ideologías, incluida la que este texto denuncia, tienen como una de sus características esenciales la polarización. Uno de los trucos más viejos usados por los intolerantes es ese de pedir tolerancia, o de acusar a los que denuncian la intolerancia de reproducirla con su denuncia. Resulta asombroso que, a estas alturas del juego, algunos sigan cayendo en la trampa de ese truco. Esa mitad de lectores que podrían sentirse “discriminados” —cifra muy exagerada, por demás— tienen todo el derecho de este mundo a escribir un texto de respuesta y a publicarlo donde mejor les parezca, incluida Hypermedia Magazine. En ninguna oración de mi texto interfiero, o pido interferir, con ese derecho. ¿Dónde está, entonces, ese trato desigual que yace en el centro del verbo discriminar? Yo no lo veo por ninguna parte, y me cuesta mucho trabajo entender que lo vean personas dedicadas al oficio de editar.”

En fin, L.Q.Q.D., o lo que queda demostrado: siempre supe que la denuncia del marxismo como una ideología racista los iba a poner muy bravitos. Y siempre supe que, si eso sucedía, Hypermedia Magazine mostraría sus verdaderos colores de publicación penetrada por castristas y neo marxistas.

También, claro está, Q.E.P.D., o que en paz descanse: porque Hypermedia Magazine se suma a la larga lista de publicaciones del exilio cubano que han perecido bajo la tenaza neutralizadora; o bajo la mordida cruzada del diente oxidado de los infiltrados castristas, y la muela con filo de los financiamientos neo marxistas a través de instituciones como la NED, la USIA, y un largo etcétera.

De más está decir que Hypermedia Magazine recibirá su tan añorado “grant”. Ahora mismo Soros acaba de comprar casi todas las estaciones de radio del sur de la Florida que se oponen al neo marxismo. Con esa información de fondo, es fácil predecir que Hypermedia Magazine pronto será financiada. Tendrán plata y, como tantas otras publicaciones del exilio cubano, publicarán tonterías que solo serán leídas por la claque que la sustenta y parasita.

Es una pena.

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Palabras traidoras-Comunismo

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Eso del fantasma del comunismo recorriendo el mundo es mucho más literal y honesto que lo que parece a primera vista.

Cuando lo dijo, Carlos Marx tuvo un ataquito de sinceridad, porque es cierto que el comunismo es un fantasma incorpóreo e inexistente, es una entelequia a la que nadie nunca ha llegado, en la que nadie nunca ha vivido y de la que nadie, hasta ahora, ha regresado para contarnos el cuento de cómo se vive realmente en el comunismo.

Si fuéramos a establecer una sinonimia, el comunismo sería algo así como ese infierno en el que muchos creen, y que no pocos ven como real y con olor a azufre, pero del que nadie ha regresado para contarnos cómo huele en realidad, cuan frío o caliente es, o cómo se vive la muerte en él.

Lo que sí es tan real como un tren, o una catedral, es El Mal; o sea, ese camino que, según los creyentes, lleva hacia el infierno. Basta abrir las páginas del New York Times, del Washington Post, o del Miami Herald, para comprobar no solo que El Mal existe, sino que todos los días es aplaudido, diseminado, y vendido, por propagandistas disfrazados de periodistas.

Basta sentarse en la sala de espera de un aeropuerto, con la penitencia de CNN ante nuestros ojos, para comprobar que el Mal tiene rostros de pedófilos, misóginos, incels, y gorditos calvos, todos dispuestos a inyectar en nuestras conciencias cuanta propaganda del Mal tengan a mano.

La lucha de los creyentes es siempre contra ese Mal, o contra esos malvados; o sea, contra eso que lleva al infierno. Los creyentes nunca luchan contra el infierno como tal, sino contra esos caminos empedrados que desembocan en él.

Si seguimos la sinonimia inicial, podríamos preguntarnos ¿cuál es el camino empedrado que lleva hacia esa entelequia llamada comunismo? ¿cuál es el equivalente de ese Mal contra el que los creyentes luchan para evitar el infierno?

Ese camino es el socialismo.

La Unión de Repúblicas siempre fue Socialista y Soviética, no comunista. El Campo siempre fue Socialista, no comunista. Lo que se pretendió construir fue el socialismo, como antesala del comunismo. Los más de 100 millones de seres humanos que fueron asesinados, y continúan siendo asesinados, murieron y mueren por oponerse a la construcción de ese socialismo que llevará algún día, según los creyentes en Marx, hacia la entelequia comunista. Socialismo o Muerte fue lo que gritó quien ustedes saben.

Comunismo es, entonces, una palabra traidora que han diseminado los socialistas para pretender que los culpables de las muertes, hambrunas, purgas y genocidios fueron unos comunistas que nada tienen que ver con ellos.

Comunismo es la coartada perfecta que se inventaron los socialistas para seguir cometiendo los mismos crímenes, en defensa de la misma ideología, mientras pretenden ser distintos.

¿Cómo pudieron montarse semejante truco y lograr que la gente les creyera?

Para empezar, escondieron los “qué” detrás de los “cómo”, y así nos vendieron la idea de que al infierno solo se puede llegar por un solo camino y que, si se llega por otro, entonces eso ya no es infierno, ni socialismo, ni un demonio que se le parezca.

¿Cuál es, entonces, ese qué?, o, ¿qué es, con independencia de cómo se instaure, ese socialismo?

El cuento marxista dice que el socialismo es una sociedad en la que el estado controla los medios de producción y los usa de una forma tan efectiva y racional que logra, al menos en el papel, un desarrollo acelerado las fuerzas productivas y un gran progreso. Eventualmente, dicen los socialistas, ese desarrollo alcanzará para crear una riqueza tan grande que convertirá en obsoletos los conceptos de propiedad, clase, explotación, etc. En ese punto, llamado comunismo, dicen los socialistas que los hombres tendrán todo cuanto necesitan, y serán libres de las garras del estado.

Suena muy lindo, suena precioso; pero en la práctica, y como bien sabemos los que hemos tenido la mala suerte de vivirlo, el socialismo es otra cosa. Es una estafa sangrienta que puede ser descrita con las siguientes características esenciales:

  1. Creación de una ideología de odio racista y visceral contra la minoría más productiva de la historia de la humanidad. Una minoría a la que los socialistas denominan, despectivamente, como “capitalista”, burguesa y, más recientemente, como el 1%.
  2. Uso de esa ideología de odio racista y visceral contra los grupos, etnias, o culturas, más productivas dentro de eso que ellos denominan “capitalismo”, “burguesía” o “1%”; o sea, casi siempre contra judíos y protestantes, pero también, por ejemplo, contra los cubano-americanos.
  3. Creación de un partido basado en ese odio, o modificación de un partido ya existente hasta llevarlo hacia esa ideología del odio.
  4. Uso extensivo de la propaganda, en todos los medios posibles, para diseminar la ideología y denigrar a lo que ellos denominan “capitalistas”, “burgueses”, o “1%”.
  5. Relativismo moral, o negación de la existencia de normas morales ancestrales, y universales, que anteceden al surgimiento de las grandes sociedades humanas.
  6. Uso extensivo de la propaganda y del relativismo moral para adoctrinar a los jóvenes, sobre todo en las universidades, en la creencia de que todo está mal, y así minar la cohesión social y el sistema democrático. Un adoctrinamiento que conlleva la negación a ultranza de cualquier noción de progreso.
  7. Propuesta y defensa de un supuesto estado benefactor como única solución capaz de mejorar todo eso que está mal, y que a veces lo está, pero que casi siempre no es más que una percepción creada y amplificada por la maquinaria de propaganda ideológica.
  8. Propuesta y defensa de un supuesto estado benefactor como única vía para llegar a un futuro prometido de justicia e igualdad social.  
  9. Uso de la violencia o del sistema democrático, según las circunstancias, para acceder al poder.
  10. Uso del poder para aumentar enormemente la burocracia del estado, y así llevarla de estrato social a clase social con intereses bien definidos, y con una sed cada vez mayor de permanencia en el poder.
  11. Uso del poder para controlar cada vez más la información hasta lograr el monopolio informativo del estado.
  12. Uso del poder para lograr niveles cada vez más altos de inmunidad electoral.   
  13. Uso del poder para convertir el sistema judicial en una maquinaria de persecución de los opositores políticos.
  14. Concentración y representación de los intereses de la clase social burocrática por una Nomenclatura que busca a toda costa controlar el ejército y deviene, eventualmente, inmune a los vaivenes electorales.
  15. Frenado del desarrollo de las fuerzas productivas, empobrecimiento económico, escaseces, y hambrunas.
  16. Uso de los racionamientos y distribuciones de producto de primera necesidad como mecanismo de premio y control social.
  17. Aumento de la represión y, eventualmente, instauración del terror.
  18. Uso de la maquinaria de propaganda para culpar a otros países o estados del fracaso del sistema.   
  19. Instauración de una economía de guerra, y de una psicología social de guerra.
  20. Autofagia, agotamiento de los recursos económicos y búsqueda, mediante el parasitismo de otras sociedades, de los recursos necesarios para mantener el bienestar de la nomenclatura.

Con esos veinte criterios como referencia cualquiera puede entender que el socialismo de Lenin, Stalin, Mao, Fidel Castro o Hugo Chávez es idéntico, en lo esencial, al socialismo de Benito Mussolini y Adolfo Hitler, o al de Pedro Sánchez en España, al del tal Boric en Chile, al de la AOC en los Estados Unidos, o al del Trudeaurito en Canadá.

Las únicas diferencias entre esos socialismos radican en la cronología de algunos de los métodos utilizados y, sobre todo, en el hecho de que los ejemplos actuales de ese socialismo todavía están en estadios que no han alcanzado, pero se van acercando inexorablemente, a eso que Lenin logró en unos pocos años.

Si miramos la versión leninista del socialismo real, que hoy muchos insisten en identificar como comunismo, podemos ver que la ideología existió, que el odio hacia “capitalistas” y burgueses siempre fue la bandera enarbolada, que el partido se llamó bolchevique y que la propaganda, el relativismo moral, y la propuesta de un supuesto estado benefactor siempre estuvieron presentes. La diferencia con los socialismos actuales radica en que Lenin usó la violencia de un golpe de estado (mal llamado revolución de octubre) para hacerse de un poder al que, de otra forma, le habría costado mucho más tiempo y trabajo acceder.

Las similitudes, sin embargo, se confirman cuando observamos que, ya en el poder, Lenin aumentó la burocracia drásticamente, se hizo con el control de la información, usó el sistema judicial para perseguir a sus opositores, controló el ejército y creó una Nomenclatura burocrática inmune a los vaivenes electorales. Como consecuencia de eso, sumió a Rusia en un estancamiento de las fuerzas productivas, en una hambruna, y en el terror.

El ejemplo de Hugo Chávez, por su lado, solo es distinto en el hecho de que el caudillo venezolano calló muy bien, antes de las elecciones y algún tiempo después de ellas, su odio a “capitalistas” y burgueses, su pertenencia a la ideología socialista, y su predilección por un supuesto estado benefactor bajo su control absoluto.

Después, ya en el poder, Hugo Chávez empezó a aumentar la burocracia, la usó para controlar la información, penetró y controló el ejército, creó una nomenclatura bolivariana, usó al sistema judicial para perseguir a sus enemigos políticos, se inmunizó contra las elecciones, y sumió a Venezuela en el socialismo, el hambre, y el terror.

Si miramos a la élite actual del Partido Demócrata de los Estados Unidos —o a los mal llamados liberales y progresistas de ese país— podemos observar que están imponiendo, a como dé lugar, exactamente el mismo socialismo de Marx, Lenin y Chávez. El camino empedrado podría parecer distinto, pero el destino es exactamente el mismo.

El actual partido demócrata de los Estados Unidos, o al menos su élite, es una organización altamente ideologizada que enarbola, como bandera de lucha, un odio visceral hacia esos que ellos llaman “el 1%”, y que no son más que esos “capitalistas” y burgueses a los que el marxismo-leninismo enseña a odiar.

Como buenos socialistas, para los demócratas estadounidenses todo está mal y el progreso no existe. Un sistema de gobierno de democracia republicana está mal. El sistema electoral está mal. La política internacional de su país está mal. El liderazgo internacional de los Estados Unidos está mal. El clima está mal. La vida de las mujeres está mal. Los hombres están mal. La vida de los homosexuales está mal. La vida de los transexuales está mal. La vida de los negros está mal, y la de los inmigrantes también. El salario de los trabajadores está mal. La religión protestante está mal. Los cubanos americanos están mal. Los judíos también están mal, y los pastores pro-vida aún peor. 

Para proponer una solución a un problema particular, hay que empezar por reconocer que el problema existe; o hay empezar, al menos, por crear la percepción de que el problema existe. De igual manera, para proponer la solución totalitaria de un supuesto estado benefactor, hay que empezar por crear la percepción que todo, absolutamente todo, está mal.

Es por eso que para la élite de Partido Demócrata todo tiene que estar mal, porque la única solución que ellos aceptan como válida es la creación de un estado benefactor, todopoderoso, y totalitario, en el que ellos, claro está, controlen y usen, al menos de inicio, las riquezas creadas por otros para luchar y eliminar todo eso que, según su propia propaganda, tiene que estar mal.

Si ese círculo perfecto de la noria del odio no es socialismo —de la peor calaña marxista-leninista— entonces nada lo es. Pero lo han escondido durante décadas, usando la palabra “comunismo” como una negación, mientras adoctrinan a los jóvenes estadounidenses —sobre todo en las universidades— en la creencia de que la moral es relativa, de que viven en el peor país del mundo y son culpables, por haber nacido en ese país, de crímenes inimaginables e indecibles. Maldades de las que solo podrán desmarcarse apuntándose al relativismo moral, odiando al “1%”, despreciando a los Estados Unidos y, sobre todo, a quienes osen oponerse a la propaganda ideológica del partido demócrata —incluidos, sobre todo, presidentes democráticamente elegidos.

Para más similitudes con el modelo leninista y chavista, ya desde la administración de Franklin Delano Roosevelt, que fue el primer gran socialista dentro del partido demócrata, la burocracia estadounidense empezó a crecer de una forma descontrolada hasta convertirse en eso que es hoy: una clase social con intereses que están por encima de los intereses de la nación a la que esa clase supuestamente debería servir. Con el paso del tiempo, y sobre todo con cada administración demócrata, esa clase burocrática ha seguido creciendo en número, en beneficios a defender, y en poder a detentar.

Hoy ya es evidente que esa burocracia hipertrofiada ha sido capaz de generar su propia nomenclatura. En estos momentos, el 70% de los miembros del congreso de los Estados Unidos que más tiempo llevan en el ejercicio del poder pertenecen al partido demócrata.

No es casual, entonces, las enormes semejanzas que existen entre las chocheras e incontinencias de Nadler, Pelosi, Feinstein y Biden, y las chocheras e incontinencias de Mao, Leonid Brézhnev, o Fidel Castro, al final de sus reinados. Esas dejan de ser coincidencias casuales cuando aceptamos que se trata del mismo socialismo duro y puro.

Un socialismo en el que esa clase burocrática, guiada por su cuasi eterna nomenclatura, ya ha logrado que el partido demócrata controle una enorme red de propaganda, llamada principales medios de comunicación, y pueda usarla, entre otras cosas, para justificar que el sistema judicial premie a delincuentes y persiga a personas decentes; para poder azuzar, desde un cobertura aparentemente democrática y legal, a la comunidad de Inteligencia del país para que persiga a ciudadanos descontentos con la deriva totalitaria de esa nomenclatura; o para que no interfiera con el bochornoso circo de un presidente acusado y perseguido por traiciones inexistentes.

Si observamos que muchos miembros de esa nomenclatura demócrata llevan varias décadas siendo “elegidos”, y que hay ciudades, e incluso estados, en los que los demócratas no pierden el poder desde hace casi un siglo, podemos entender que ese partido ya se ha ido acercando, poco a poco, a la tan ansiada inmunidad electoral con la que siempre sueñan los socialistas.

Igual, las enormes y cínicas irregularidades ocurridas en las últimas elecciones presidenciales indican que esa añorada inmunidad electoral podría estar rebasando los marcos estatales para extenderse hacia una dimensión federal. Si alguien tiene dudas, los invito a leer el texto en la revista Time, firmado por la propagandista Molly Ball, que describe lo que a todas luces parece haber sido un golpe de estado electoral, o una revolución de colores, contra el presidente Donald Trump.

La comparación de ese texto de Molly Ball con el publicado, exactamente cien años antes por John Reed, para describir el golpe de estado de los socialistas de Lenin (Los diez días que estremecieron al mundo) arroja una cantidad de similitudes tan grandes en tono, lenguaje, y relativismo moral, que hay que ser muy obtuso para no percatarse de que se trata del mismo y antiguo socialismo. O sea, de esa misma plaga que ya empieza a empobrecer a los ciudadanos de esos estados americanos donde reina, y que ya empieza, por tanto, a culpar a otros de ese empobrecimiento.

En estos momentos, a la élite del Partido Demócrata de los Estados Unidos solo le quedan dos grandes obstáculos antes de poder abrazar completamente la pesadilla socialista. Uno es el ejército estadounidense, y el otro es la segunda enmienda de la constitución de ese país. Nadie puede negar que están trabajando a toda máquina para reducir o eliminar esos obstáculos tanto como les sea posible. En cuanto lo logren, habrá llegado el fin de la libertad en el mundo.

Todo eso ha estado ocurriendo mientras esos socialistas juran no ser comunistas, mientras erigen monumentos e inauguran museos a las víctimas del comunismo, y mientras están dispuestos a aceptar que el comunismo sea considerado como una doctrina de odio. Aceptan eso y acusan a sus oponentes de ser fascistas sin reconocer nunca, jamás, que el fascismo es solo una de las tantas variantes de ese socialismo que ellos pretenden imponer.

Ellos controlan el lenguaje e imponen palabras como latinx, o frases tan absurdas como tigre vegetariano y socialismo democrático. Ellos llaman revolucionario a cuanto psicópata y sociópata se presten para discriminar a la minoría más productiva de la historia, y se erigen en defensores y depositarios absolutos de una ciencia que a cada rato olvida del método científico, o en luchadores por unas igualdades sociales que siempre han terminado generando desigualdades aún mayores.

Hacen y dicen todo eso mientras aseguran que el capitalismo existe, y que ser progresista implica negar el progreso. Gritan e insultan y se esconden, como cucarachas, bajo la palabra comunismo. Se escurren para no reconocer que son herederos de ese mismo socialismo que ya le ha costado a la humanidad más de 100 millones de muertos.

Los amantes de la libertad, por su lado, todavía se niegan a abandonar el uso de la palabra comunismo para sustituirla —todo el tiempo y en todas las ocasiones— por la palabra socialismo. Se niegan, precisamente, por amar esa libertad que les da el derecho de hablar como les dé su real gana; pero lo hacen sin saber que cada vez que dicen comunismo el mal sonríe contento, por haberlos convencido de su inexistencia.

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Uno de los fenómenos más interesantes de esta era de oscurantismo académico que vivimos hoy es el hecho de que una de las primeras cosas que tiene que hacer un progresista, para poder declararse como tal, es negar furibundamente, y si es posible con espuma en la boca, la definición que muchos de nosotros tenemos del progreso.

Progresista es otra de esas palabras traidoras que es muy utilizada, entre otras cosas, para identificar a personas que viven convencidas de que nuestra idea del progreso es una construcción artificial, o mitológica, que nosotros hemos creado para hacerle propaganda a eso que ellos llaman, despectivamente, capitalismo.

Uno de los trucos mentales que esos progresistas se han inventado, para regodearse en su negación del progreso, es reclamar que cualquier efecto negativo asociado a un avance tecnológico o social alcanza para descartar la idea de que ese avance implica progreso.

Si el acceso a automóviles mejores y más baratos implica más accidentes, entonces ya eso no es progreso. Si un aumento en la velocidad de las comunicaciones, a través de los aviones, implica una mayor contaminación ambiental, entonces ya eso no es progreso. Si el aumento de la esperanza de vida implica que hay más personas en este planeta, y más utilización de recursos naturales, entonces ya eso no es progreso.

Así van por la vida esos progresistas: manejando buenos autos, viajando en buenos aviones, contaminando, viviendo muchos años y pariendo muchos hijos mientras pescan, con exquisito rigor académico, los efectos negativos de cualquier avance tecnológico y social que les permitan negar, con fruición, la existencia del progreso.

La primera pregunta que se me ocurre, ante ese absurdo, es: ¿por qué lo hacen?, o, para decirlo de otra forma, ¿qué pueden ganar esos progresistas con su negación de nuestra idea del progreso?

Una posible respuesta es que la inmensa mayoría de esos progresistas de hoy, por no decir todos, han sido entrenados, adoctrinados, y programados, para discriminar y odiar visceralmente a la minoría más productiva en la historia de la humanidad; o sea, a esas personas que ellos identifican como capitalistas.

Como siempre sucede con cualquier forma de racismo, para poder discriminar y odiar a una minoría hay que empezar por eliminar cualquier asociación positiva que pueda ser usada como argumento, o ruego, en contra de esa discriminación. De esa forma, si los capitalistas han generado el mayor y más rápido progreso en la historia de la humanidad, se impone negar cualquier idea de progreso que valide esos avances como positivos.

Otra posible respuesta podría ser que nuestra noción del progreso, y no la de los progresistas de hoy, fue exactamente la misma que utilizó Carlos Marx para ordenar su odio contra los mal llamados capitalistas, y para predecir que el socialismo se convertiría en un factor de aceleración del desarrollo de las fuerzas productivas y, por tanto, en un gran generador de progreso económico y social. 

Es de esa forma —o utilizando esa misma definición marxista de progreso— que es posible demostrar hoy que el lindo socialismo real, o ese que se implantó en Rusia, China, Alemania, Cuba, o Venezuela —o que se está implantando ahora en España, Canadá, y los Estados Unidos— es un verdadero desastre que, lejos de convertirse en un acelerador del desarrollo de las fuerzas productivas, y del progreso, se ha convertido en un factor de retroceso y en un verdadero trampolín hacia la barbarie.

Nuestra definición de progreso es tan demoledora, para con las supuestas bondades del socialismo real, que a los progresistas de hoy no les ha quedado más remedio que buscarse una definición alternativa. Una que no pueda ser validada con criterios objetivos y cuantificables, como crecimiento económico y desarrollo de las fuerzas productivas, y que solo pueda ser legitimada con criterios tan subjetivos e incuantificables como justicia, igualdad, bondad, etc.

Esa es una de las grandes paradojas de estos tiempos de hoy: si algo demuestra la deriva de la teoría marxista de una posición materialista hacia una posición idealista y cuasi religiosa es, precisamente, esa noción de progreso que defienden nuestros actuales odiadores del mal llamado capitalismo.

Unas personas que, en su afán por defender una idea más allá de la comprensión del mundo, han llegado a equiparar a una bacteria con un genio científico como Einstein, a una tribu de antropófagos de Nueva Guinea con la España de la Inquisición, y a un régimen totalitario y de corta existencia, como el castrista, con una democracia de más de 240 años como la estadounidense.

Para esas personas, cualquier referencia a niveles de desarrollo más altos o más bajos, a complejidades mayores o menores, o a estadios precedentes y ulteriores, es motivo suficiente para que lancen su grito de batalla y empiecen a soltar insultos y espumas por sus bocas. 

Esa actitud alcanza niveles demenciales cuando muchos de estos supuestos progresistas se deshacen en loas —a pesar de sus sospechas contra nuestra definición de progreso— sobre los logros, avances ¡y progresos! del régimen castrista en una educación y una salud pública que son mil veces peores que las que disfrutan los presos estadounidenses.

A muchos de los cubanos que salimos huyendo del retroceso castrista nos resulta imposible —y en ocasiones doloroso—, intentar convencer a esos progresistas del carácter profundamente retrógrado, o anti progreso, del castrismo. Siempre que lo intentamos terminamos empantanados ante la definición idealista y cuasi religiosa que esos progresistas tienen de esa palabra.

Para ellos, progreso es todo eso que alcance a desatar las endorfinas del babeo moral. Si una idea, por ejemplo, parece tan bondadosa que alcanza a estimular los centros subcorticales de ese babeo, lo más probable es que ellos terminen aceptándola como una idea progresista; poco importa si a mediano o largo plazo esa idea termine generando cataclismos inimaginables.

Parafraseando a Carlos Marx: si la religión es el opio de los pueblos, entonces el mito actual del progreso es el fentanilo de los intelectuales neo marxistas.

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No se crean ese cuento, el capitalismo no existe, lo que existe es el libre mercado y la libertad individual que surge a partir de él.

Nadie se sentó nunca, jamás, a definir, y mucho menos a diseminar, un credo, o una ideología, basada en la acumulación del capital. No hay tal ismo.

No hay un Manifiesto Capitalista que invite a los empresarios a ser ambiciosos y a acumular capital.

Por mucho que Carlos Marx lo haya dicho, no hay tal pecado original.

No lo hay porque la acumulación de capital no fue, y no es, una causa primaria. La acumulación de capital fue, y todavía es, una consecuencia adaptativa espontánea y necesaria para la sobrevivencia de los empresarios en un ecosistema económico llamado “libre mercado”.

Decir que los mal llamados capitalistas acumulan capital porque son ambiciosos, malvados y pecadores es tan infantil, y peligroso, como decir que las jirafas tienen el cuello largo porque son presumidas y arrogantes.

Capitalismo es una palabra traidora; pero es también una palabra denigrante y racista; porque ha sido usada para discriminar, perseguir, y a veces destruir —en pogromos mal llamados revoluciones—, a la minoría más productiva de la historia de este planeta. Una minoría tan productiva que ha sido la única capaz de crear una riqueza que alcanza, incluso, para financiar a esos que la odian y persiguen.   

Esos racistas que se dedican a perseguir capitalistas basan su odio en la creencia de que es inmoral acumular grandes cantidades de recurso ociosos, en este caso millardos de dólares, que podrían ser usados para financiar la noble y justa lucha —de esos racistas, claro está— contra la pobreza y las desigualdades sociales.

Como con todas las formas de racismo, el credo de esos anti capitalistas descansa en una gran ignorancia. Ignoran, para empezar, dos hechos fundamentales. Uno es que esos recursos que ellos imaginan ociosos no son en realidad tan ociosos como ellos necesitan imaginar.

El otro es que, si la acumulación de recursos en apariencia ociosos indica la existencia de un “capitalismo”, entonces nuestra mente, nuestro genoma, nuestro sistema inmune, nuestras culturas, y un montón de otros sistemas naturales, son “capitalistas”.

Si hacen un pequeño esfuerzo, y se observan mientras están pensando, se darán cuenta de que más del 90% de nuestras ideas carecen de utilidad inmediata alguna. Nuestra conciencia es, entonces, “capitalista”, porque acumula y acarrea una enorme cantidad de recursos (o pensares) en apariencia ociosos.

En nuestras células sucede algo parecido, el ADN chatarra o, para ser más exacto, el llamado ADN no-codificante, alcanza casi el 90% de la totalidad de nuestros genomas. Una cifra indicativa de una acumulación de recursos, en apariencia ociosos, que bien podría ser tildada de “capitalista”.

Nuestro sistema inmune no se queda atrás. La inmensa mayoría de nuestros anticuerpos, y de nuestras células productoras de anticuerpos, nunca se usan para combatir patógenos o estructuras extrañas. Existen, según el lenguaje de nuestros aguerridos racistas, como parte de un “capitalismo” inmunológico.

Y de nuestras culturas, ni hablar, basta echar un vistazo para observar que por cada Albert Einstein hay millones de amantes del reguetón, o que por cada Elon Musk hay millones de AOC. Si algo acumula, a simple vista, una enorme cantidad de recursos en apariencia ociosos o inservibles es, precisamente, nuestra vida política y cultural.

¿Por qué todos esos sistemas, que son tan disímiles, acarrean ese fardo de una enorme cantidad de recursos en apariencia ociosos? La respuesta está en la evolución de esos sistemas o, para ser más precisos, en un aspecto de esa evolución que muchas veces pasamos por alto.

Todos estamos familiarizados, de una forma u otra, con ese concepto de la evolución que identificamos con la frase “sobrevivencia del más adaptado”. Sabemos, o aceptamos, que en un ecosistema determinado el organismo que mejor adaptado esté, a las condiciones de ese ecosistema, es el que tendrá la más alta probabilidad de sobrevivir.

Lo que a veces olvidamos, sin embargo, es que todos los ecosistemas están en cambio constante y que, en ocasiones, ocurren cambios bruscos que traen como consecuencia que el organismo que antes estaba mejor adaptado, para unas condiciones determinadas, pueda perder, cuando esas condiciones cambian drásticamente, su supremacía adaptativa.

Es por eso que el propio Darwin dijo que la evolvavilidad, o la capacidad de evolucionar cuando las condiciones cambian drásticamente, es mucho más importante para la sobrevivencia de una especie que la adaptabilidad —o la capacidad de adaptarse a los cambios graduales de un ecosistema determinado.

La pregunta de los 64 mil pesos es, entonces, esta: En ausencia de una hipótesis divina, ¿cómo hacen los organismos para prepararse con vistas a lo que vendrá si no tienen la más mínima idea de qué es lo que vendrá?

La respuesta a esa pregunta es que en este caso particular no hay intervención divina alguna, ni preparación previa, solo hay azar, necesidad, y una serie de estrategias que se han desarrollado a lo largo de la evolución por ensayo y error.

Una de esas estrategias es tener, por decirlo de alguna forma, dos almacenes de recursos evolutivos. Uno, relativamente pequeño, contendría esos recursos utilizables, activos, o no ociosos, que nos garantizan la adaptabilidad. El otro, mucho más grande, contendría esos recursos en apariencia inútiles, u ociosos, que podrían servir, dado el caso de que las condiciones cambien drásticamente, para encontrar soluciones que permitan, aunque sea de una forma precaria, sobrevivir.    

Imaginemos dos poblaciones de individuos que tienen casas casi idénticas. La única diferencia es que una de esas poblaciones tiene el garaje de su casa lleno de tarecos y la otra lo tiene impecablemente limpio y organizado con las cosas que realmente necesita para mantener la casa, el carro, y su vida, en buen estado.

Es fácil aceptar que esos que están organizaditos y simplificados tienen una mejor adaptación para las condiciones reinantes. Cada vez que algo se les rompe, enseguida tienen y encuentran lo que necesitan para arreglarlo. El carro lo guardan dentro del garaje y no se les oxida. Al trabajo casi siempre llegan temprano porque casi nunca tienen problemas de transporte.

Los otros, es también fácil aceptar, son un desastre. Nunca encuentran nada, el carro lo guardan fuera del garaje y se les oxida y se rompe a cada rato. En ocasiones llegan tarde al trabajo porque tienen problemas de transporte y, para colmo de males, muchas veces no saben a ciencia cierta qué demonios tienen en ese dichoso garaje.

Entonces el mundo se inunda. Los carros amanecen tapados y los que antes estaban perfectamente adaptados descubren que, para poder hacerlo, pagaron un precio en evolvavilidad; porque en sus lindos garajes, que fueron seleccionados para una vida en tierra firme, hay muy poco o nada que pueda salvarlos de esa inundación.

Los otros, los de los garajes llenos de tarecos, empiezan a buscar, mientras las aguas suben de nivel, y encuentran un colchón inflable ponchado, un pegamento para ponches de bicicleta y una puerta de cedro, sin bisagras, que tenían recostada contra una pared. Con eso, y con otros trastos, arman una balsa y salen a navegar, medio escorados, para encontrarse con otros que construyeron las suyas y pudieron sobrevivir.

De esa forma, si aceptamos esta historia sobre simplificada, una población desaparece y la otra florece. La floreciente llevará consigo, como un talismán, la información de que un garaje lleno de tarecos, o la acumulación de recursos en apariencia ociosos, es algo que no es tan malo como podría parecer a primera vista, sobre todo si se vive en un ecosistema propenso a los cambios bruscos y devastadores.

Algo así sucedió con el surgimiento de la economía de mercado. Hasta ese momento el ecosistema económico del mundo descansaba en las lentas dinámicas agrarias y feudales, y era mucho más estable, o mucho menos cambiante, o mucho más predecible.

Con la llegada de la economía de mercado el ecosistema económico del mundo cambió hacia una dinámica de cambios vertiginosos que impusieron, como una necesidad evolutiva, hacer más énfasis en la evolvavilidad que en la adaptabilidad; o sea, en la prioridad de crear y proteger un gran almacén de recursos en apariencia ociosos, llamado capital, para poder evolucionar cada vez que el ecosistema cambiara drásticamente.

Los mal llamados capitalistas no acumulan capital porque son malvados, avariciosos y egoístas. Lo hacen por la sencilla y compleja razón de que si no lo hicieran desaparecerían de un ecosistema económico que cambia a una alta velocidad, y que siempre está retando la evolvavilidad de sus actores.

No hubo y no hay —por mucho que los Carlos Marx y las AOC de este mundo así lo deseen— maldad ni pecado original. Solo hubo y hay azar, necesidad y evolución darwiniana… como con las jirafas.  

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¿Es la igualdad social un sueño?

Les propongo un experimento.

Agarren tres bolitas que pesen exactamente igual, amárrenlas a tres cuerdas que tengan exactamente la misma longitud y elévenlas, al mismo tiempo, hasta exactamente la misma altura. Déjenlas caer al unísono, déjenlas oscilar un rato y observen a ver qué pasa.

Les pago lo que ustedes quieran si al cabo de un número relativamente pequeño de oscilaciones esas bolitas, que partieron de condiciones de igualdad casi absoluta, no empiezan a comportarse de una forma completamente desigual.

¿Es la igualdad social un sueño?

Ya, ya sé que me pueden decir que las sociedades son sistemas mucho más complejos que unas bolitas oscilando y que, por tanto, no es posible extrapolar los resultados de un sistema a otro.

Les propongo otro experimento.

Programen en un ordenador la existencia de millones de “agentes”. Unas entidades que no serán más que unos programitas, millones de ellos, con un número muy pequeño de instrucciones.

Todos esos “agentes” tendrán un capital, o un presupuesto inicial, que será exactamente el mismo y tendrán, también, la instrucción de ejecutar transacciones en las que solo podrán ganar o perder una fracción muy pequeña, pequeñísima, de ese presupuesto inicial.

Dejen correr ese programa, dejen que todos esos millones de “agentes” empiecen a hacer millardos de esas pequeñas transacciones, y observen a ver qué pasa.

Les pago lo que quieran si al cabo de un tiempo relativamente corto la riqueza de esos “agentes” no empieza a acumularse, a pesar de que inicialmente estaba distribuida de una forma igualitaria, en un número cada vez más pequeño de “agentes”, o sea, en una especie de oligarquía.

¿Es la igualdad social un sueño?

Ya, ya sé que una cosa es con guitarra y otra es con violín. Pero, ¿no les pica la curiosidad? ¿No les interesa saber qué fue lo que pasó para que esas igualdades tan puras, casi matemáticas, terminaran generando dinámicas tan desiguales?

Aunque no les pique, les explico.

Lo que sucede es que, tanto en los péndulos como en los “agentes”, hay desigualdades iniciales que son pequeñísimas, casi despreciables, pero que se amplifican a una alta velocidad como consecuencia de lo que se denomina una “dinámica no-lineal”.

En esos péndulos, por mucho que nos esforcemos en nuestras mediciones, siempre existirán pequeñas diferencias, casi insignificantes, en el peso, la longitud y la altura. Esas diferencias no se notan en una, dos, o tres oscilaciones; pero en la medida que las oscilaciones avanzan, los efectos de esas diferencias aumentan de una forma exponencial; o sea, como en 2, 4, 8, 16, 32, etc., y no de una forma lineal, como en 1, 2, 3, 4, 5, etc. Es por eso que, en unas pocas oscilaciones, las diferencias se amplifican y se genera una dinámica de desigualdad.

Con los “agentes” pasa algo parecido. Aunque todos empiezan con el mismo presupuesto igualitario, ya a partir de la primera transacción se establecerá una diferencia muy pequeña, casi insignificante, que enseguida empezará a ser amplificada de forma exponencial. El resultado es esa oligarquía de “agentes”.

¿Es la igualdad social un sueño?

Sé que es muy lindo pensar que esas desigualdades sociales que hoy denuncian los neo marxistas se deben a la existencia de unos “capitalistas” muy malvados y que, por tanto, solo ocurren en la economía y por culpa de las ambiciones desmedidas de esos capitalistas muy malvados.

Lamento interferir con la liberación de esas endorfinas del babeo moral. Me da mucha pena hacerlo porque sé cuan bien nos sentimos cada vez que descubrimos a un malvado y nos erigimos, por contraste, en buenos y buenazos. Lamento interferir con eso, pero no queda más remedio que hacerlo.

Si buscan y leen la famosa Ley de Pareto descubrirán que las distribuciones desiguales, lejos de ser una excepción, son una de las regularidades más ignoradas de este mundo.

Esa ley la formuló Vilfredo Pareto cuando descubrió dos cosas: una, que en la Italia de finales del siglo XIX el 80% de la tierra estaba en manos del 20% de los propietarios. Otra, que esa distribución era muy similar en un montón de otros países.

Pasado el tiempo se ha podido comprobar que esa ley, lejos de ser consecuencia de ambiciones desmedidas, es general y ocurre en áreas de nuestras vidas sociales y personales que nada tienen que ver con malvados ni buenazos.

Por ejemplo, hoy se sabe que el 20% de nuestros esfuerzos produce el 80% de nuestros resultados; o que el 20% de los pacientes consumen el 80% de los recursos destinados a la salud pública. La lista de distribuciones desiguales, que siguen la ley de Pareto, es casi interminable.

¿Es la igualdad social un sueño?

La ignorancia activa de las dinámicas naturales generadoras de desigualdades es usada muchos políticos populistas, y socialistas, para denunciar ese supuesto flagelo y prometer que lucharán contra él.

Muchos de los que hemos vivido en sistemas políticos basados en la lucha contra ese supuesto flagelo hemos terminado descubriendo, con tristeza, que esos sistemas generan muchas más desigualdades que las que pretendieron erradicar. Por eso, para nosotros, igualdad es una palabra traidora.

Cualquier persona que haya vivido en Cuba sabe que el poder adquisitivo, legal, policial, y de vida o muerte sobre un cubano que tiene, por ejemplo, el Secretario General del Partido en una provincia es bien superior al poder que pueden detentar los hombres más ricos de los Estados Unidos.

¿Es la igualdad social un sueño?

No, para los que hemos vivido en regímenes socialistas la igualdad social no es un sueño, es una pesadilla sangrienta.

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El callejón sin salida de los López-Calleja

El libelo Granma lleva 57 años siendo el órgano oficial de la mentira castrista.

Cuando Granma dice algo, los cubanos ya sabemos que eso es mentira y que, para estar realmente informados, tenemos que hacer un esfuerzo y averiguar, imaginar, o intuir, cuál podría ser la verdad que se esconde detrás de esa mentira.

A veces es fácil, porque a veces ese libelo miente a la cara. Un ejemplo evidente es eso de decir que López-Calleja murió de un paro cardiorrespiratorio; algo tan inexacto y mentiroso como decir que una gorda se cayó a causa de la ley de la gravitación universal y no por culpa de la gordura, o de la cáscara de plátano con la que resbaló —cuando había plátanos en Cuba, claro está.

Granma no está autorizado a decir cuál fue la causa primaria de la muerte de López-Calleja, pero todo el mundo en Cuba sabe que el contador de la familia Castro estaba enfermito y padecía, al parecer, de un cáncer. Unos dicen que de próstata y otros que de averigua. También se rumora que había sido operado unos meses antes y que, con toda probabilidad, murió como consecuencia de algo relacionado con esa redundancia de una neoplasia biológica cebada sobre un cáncer social.

Lo que llama mucho la atención es que Lopito murió de buena salud. Estaba, como se dice, entero y en la pelea cuando se fue del parque. En octubre del 2021 lo hicieron diputado a la asambleíta nacional esa, y en mayo del 2022 lo vimos en Caracas caminando sin problemas y con un color que no hablaba, para nada, del estadio terminal de un cáncer.

A pesar de eso, hace unos días nos dio la grata sorpresa de partir de este mundo sin decir ni adiós, y eso es algo que nos lleva a intentar averiguar, imaginar, o intuir, qué fue lo que pudo haber pasado para que un tipo tan bien cuidado, de solo 62 años, y al parecer tan lejos de la fase final de un cáncer, haya partido tan rápido.

Si descartamos el uso excesivo de Viagra, y la mulata jacarandosa, es posible pensar que el tipo se fue de este mundo en el salón de operaciones. Eso explicaría la brusquedad de la partida y el resbalón ese del paro cardiorrespiratorio. ¿De qué lo operaron? No sabemos.

Dicen los que se dedican a esos asuntos que, salvo raras ocasiones, los cánceres de próstata son más bien indolentes (no matan rápido) y sus metástasis pulmonares casi nunca se operan porque responden bien a los tratamientos anti-testosterona.

Queda entonces la posibilidad de que la recesión inicial del cáncer de próstata (que podría haber sido esa primera operación que se rumora) no haya resultado tan buena como se esperaba y terminó produciendo una obstrucción del tracto urinario, una incontinencia urinaria, o una metástasis en la columna vertebral. Esas son complicaciones que pueden haber llevado a tomar la decisión de subirlo, de nuevo, a la mesa del fatídico salón de operaciones. Igual, si en vez de ser de próstata el cáncer hubiera sido de pulmón, por ejemplo, las probabilidades de una segunda operación solo habrían sido más altas.

¿Por qué Granma podría estar escondiendo algo tan banal como la causa primaria de una muerte? A fin de cuentas, morir de una larga y penosa enfermedad, o en el salón de operaciones, es casi tan heroico, para los escribanos de Granma, como morir de una sobredosis de Viagra.

Una posible explicación es que la muerte de Lopito por un cáncer, o por el fallo de un tratamiento oncológico, haya estado relacionada con la muerte, al otro día, del director del Instituto de Oncología de Cuba; o sea, de la misma persona que tenía como su función principal el cuidado los cánceres del clan de los Castro.

Se sabe que el hijo de López-Calleja, conocido como El Cangrejo, es el más violento, descontrolado, y gansteril, de los descendientes de la crápula castrista. Se sabe que ese bandido tiene un gran poder dentro de Cuba y que usa y abusa de ese poder para aplastar a los que osan cruzarse en su camino. Cuatro gritos del Cangrejo, y una pistola rastrillada, habrían bastado para matar de diarreas —o de un paro cardiorrespiratorio, por cierto— al esbirro exdirector del Instituto de Oncología.

Para los que tengan alguna duda sobre cuál es la función principal del director del Instituto de Oncología de Cuba, solo tienen que verificar el hecho de que el actual director, o el que sustituyó al fallecido, es nada más y nada menos que el Dr. Erasmo Gómez Cabrera; o sea, el oncólogo que estuvo a cargo del cáncer de mama de Dalia Soto del Valle y que es, hoy por hoy, y según me cuentan, su gran amigo personal.

La moraleja de toda esta historia, cualquiera que haya sido la causa real de su muerte, es que López-Calleja probablemente haya sido —como Fidel Castro y Hugo Chávez en sus momentos— una víctima más de ese callejón sin salida en el que se ha convertido la tan cacareada medicina castrista.

Cuesta trabajo creer que de haber sido tratado en los EE. UU. o, para ser más exactos, en el Jackson Memorial Hospital de Miami, el contador de los Castro habría tenido el mismo destino que tuvo con esa medicina total que tanto defendió y parasitó.

Los avances que existen hoy en día en los diagnósticos y tratamientos oncológicos en general, y del cáncer de próstata en particular, han logrado una sobrevida tan alta para esa enfermedad que cada vez hay que ponerse más fatal para morirse de ella.

Por desgracia para los López-Calleja el castrismo es, precisamente, fatalidad.

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Naciones (asesinas) Unidas

Es sábado, y Ariel Ruiz Urquiola sigue en huelga de hambre. Su hermana asegura, con razón, que puede morir y que, si muere, esa muerte será responsabilidad del Alto Comisionado de las Naciones Unidas.

Los hermanos Ruiz Urquiola han logrado dejar al descubierto, con sus enormes valentías físicas y existenciales, tres de las grandes injusticias de estos tiempos que vivimos hoy:

  1. El uso que el régimen castrista hace de la medicina para amedrentar y matar a los opositores cubanos.
  2. El contubernio de la ONU con los más brutales regímenes totalitarios de hoy, incluido el castrista.
  3. La enorme colusión de la élite del Partido Demócrata de los Estados Unidos con el despotismo de la familia Castro.

Cada vez es más evidente, gracias a las acciones de personas como los hermanos Ruiz Urquiola, que la ONU es una organización fallida que fue creada para proteger regímenes fallidos.

Uno de los principales arquitectos de ese engendro seudodemocrático y pro totalitario fue nada más y nada menos que Alger Hiss, uno de los tantos agentes soviéticos dentro de las administraciones demócratas de Franklin Delano Roosevelt y Harry Truman en los Estados Unidos de Norteamérica.

Fueron los agentes de Moscú, como Alger Hiss, los que lograron que la Unión Soviética nunca fuera sentada en el banquillo de los acusados en los juicios de Núremberg —a pesar de haber asesinado a muchos más seres humanos que el nazi-fascismo— y que, además, recibiera un baño de legitimidad y respeto al ser aceptada en una Organización de Naciones Unidas que, según su declaración fundacional, había sido creada para agrupar a las naciones democráticas.

Así lo reconoció Jeane Kirkpatrick, en 1985, cuando dijo: “la fundación de las Naciones Unidas requirió negar y falsificar la naturaleza de la Unión Soviética… el optimismo acerca de una nueva era de paz, y acerca de la Naciones Unidas, solo pudo mantenerse mediante la negación psicológica (denial) y la fantasía… dos características permanentes del mundo de la postguerra”.

Esa fantasía es la que ha llevado al hecho comprobado de que hoy más del 60% de los Estados miembros de la ONU sean reconocidos, según estándares creados por la misma ONU, como Estados autoritarios; o sea, como Estados que distan mucho, muchísimo, de los supuestos valores democráticos sobre los que fue creada esa organización.

No es casual, entonces, que muy pocos escuchen los reclamos de los hermanos Ruiz Urquiola sobre el uso que el régimen castrista hace de la medicina para amedrentar y asesinar a los opositores cubanos, sobre el contubernio de la ONU con el totalitarismo castrista, o sobre la colusión de la élite del Partido Demócrata con el despotismo de la familia Castro.

Eso hace que su lucha sea aún más heroica.   

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Ciencia constituida, inviolable y sacrosanta fue, durante siglos, el cuento ese de que la tierra era el centro del universo.

Ciencia aceptada, también durante siglos, fue el sentido común de que la tierra era plana, o que los enfermos mentales estaban poseídos por espíritus diabólicos.

Ciencia publicada, y discutida con seriedad de bigotes retorcidos, fue aquella que aseguraba la inferioridad congénita de las “razas” no caucásicas.

Ciencia impuesta, so pena de Gulag, fue esa historia de que la herencia de caracteres adquiridos aseguraría, pasado el tiempo, que los nietos de los comunistas serían, a través de la educación comunista de sus padres, congénitamente muchos más comunistas que sus abuelos.

Ciencia bendecida por los medios fue decir que el virus de la epidemia de CoVid 19 surgió por evolución natural y no, como todo parecía indicar, de un laboratorio en Wuhan.

Científicos de renombre y autoridad fueron Ptolomeo, Mengele, Lisenko, Fauci, y una lista interminable de hijos de sus madres que usaron sus supuestas autoridades científicas para cometer o promover atrocidades inenarrables.

Antes de que empiecen las ropas rasgadas y los períodos bucales, en defensa de Fauci, les aclaro esto: No haber reconocido tempranamente que el CoVid 19 pudo haber salido de un laboratorio es algo más que una pifia o un ¡Ups! No haberlo hecho implicó no reconocer que podía tratarse, al ser un virus creado artificialmente, de un Frankenstein con características capaces de retar (como sucedió) muchos de los procedimientos anteriormente diseñados para el manejo y tratamiento de las epidemias virales.

Ese reconocimiento del posible origen de laboratorio del virus habría conllevado, necesariamente, a dictar medidas epidemiológicas mucho más estrictas que las que se tomaron de inicio. Una de esas medidas debió haber sido la recomendación del cierre total de las fronteras a los viajeros procedente de China, cosa que no se hizo y que, al no hacerse, terminó costando la atrocidad de decenas o cientos de miles de muertos.

Igual, recomendar la primera vacuna de ARN a grupos etarios que ya se sabía que no eran afectados por el CoVid 19, sin proveer todas las informaciones existentes sobre los posibles efectos secundarios de esa vacuna experimental es, al menos, un acto de abuso médico y, en algunos casos, de pura negligencia criminal.

La regla de oro de la medicina es no intervenir a menos que se tenga la certeza absoluta de que la intervención es significativamente mejor, para el paciente, que la no intervención. Fauci y compañía se cargaron olímpicamente esa regla y, al hacerlo, traicionaron a esa ciencia que dicen defender.

Pero eso no es nuevo, porque la palabra ciencia nos ha traicionado cada vez que ha podido.

Lo que nunca nos ha traicionado, hasta hoy, es el método científico.

No viene al caso enfrascarse ahora en una diatriba sobre la historia y las bondades del método científico. Baste decir que esa forma de aproximarse a los misterios del universo tiene varios pilares, entre los que resaltan la transparencia de los resultados experimentales, la existencia de sistemas de medición que son comunes a todos, y la reproducibilidad de los resultados cuando los experimentos son conducidos por diferentes personas.

Es por eso que lo primero que dice cualquier persona entrenada en el método científico, cuando alguien reclama un descubrimiento, o un resultado experimental, es “enséñame los datos y dime, exactamente, qué mediciones usaste y cómo las usaste para obtener los resultados que reclamas haber obtenido”.

En el lenguaje de la ciencia, la frase es: Show me the data.

Eso mismo, por ejemplo, es lo que puede decir una persona joven y sana a la que obligan, bajo amenaza de perder su trabajo, a ponerse una vacuna experimental para prevenir una enfermedad que afecta muy poco a las personas jóvenes y sanas.

Si la respuesta que esa persona recibe es que los datos no pueden ser enseñados, por las razones que sean, pero que a pesar de esa falta de transparencia debe confiar en tipos como Fauci, y vacunarse, esa persona puede empezar a sospechar que la ciencia está traicionando una vez más.

Si a un padre le dicen que su hijo debería vacunarse con una vacuna experimental de ARN, para prevenir una enfermedad que afecta muy poco a los niños, ese padre debería tener el derecho a exigir transparencia con respecto a los resultados experimentales que muestran, digamos, la seguridad a largo plazo de esa vacuna.

Ese padre puede saber, como sé yo, que las moléculas de ARN tienen la capacidad de adoptar una enorme cantidad de estructuras tridimensionales que pueden ser reconocidas como extrañas por nuestro sistema inmune. Ese padre también podría saber, como sé yo, que existe una enfermedad devastadora, llamada Lupus Eritematoso, que se caracteriza, precisamente, por la presencia en la sangre de los enfermos de anticuerpos contra las moléculas de ARN y ADN.

Nadie puede negar que ese padre, que además puede saber, como sé yo, que la transparencia es uno de los pilares del método científico, está en todo su derecho de escribirle al ministro de salud pública de su país o territorio para decirle que, antes de vacunar a su hijo, necesita leer los resultados experimentales que demuestran si esa vacuna genera, o no, anticuerpos contra las moléculas de ARN o de ADN.

Si la respuesta que ese padre recibe es un concierto de violín, como la que recibí yo, para no darle acceso a los resultados experimentales que solicitó, entonces ese padre está en todo su derecho de pensar, como lo pensé yo, que la ciencia lo está traicionando y que, esencialmente, ese ministro de salud pública difiere muy poco de Mengele, de Lisenko o del mismísimo Fauci.

Por eso, cuando los neo marxistas dicen “confíen en la ciencia” yo les recomiendo buscar el teléfono más cercano y llamar inmediatamente al 911 mientras rezan, con mucho fervor, para que el policía que les va responder sepa algo sobre el método científico.

Los milagros a veces existen.

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Para R. A.

Introducción

Aunque no todos estén dispuestos a reconocerlo, y aunque algunos vayan por el mundo caminando bajo el manto de “yo no estoy para ese machuque”, lo cierto es que hoy vivimos en medio de una feroz batalla cultural.

Las huestes neo marxistas, no contentas con haber perdido la guerra económica, se han enfrascado ahora en una lucha feroz que busca, quizás como un canto de cisne, atacar y destruir los fundamentos culturales de la civilización occidental.

Es una lucha hecha de palabras, y de gritos, y de insultos, en la que los neo marxistas gozan de esa extraordinaria ventaja que siempre confiere la indecencia.

Es una lucha que nos lleva a recordar esta frase de Octavio Paz: 

Se olvida con frecuencia que, como todas las otras creaciones humanas, los Imperios y los Estados están hechos de palabras: son hechos verbales. En el libro XIII de las Analectas, Tzu—Lu pregunta a Confucio: «Si el Duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida? El Maestro dijo: La reforma del lenguaje».

Si para Octavio Paz los Imperios y los Estados son hechos verbales, para muchos de nosotros los regímenes totalitarios son verdaderas atrocidades lingüísticas que siempre buscan, a como dé lugar, blindarse con palabras que han perdido sus significados originales, o que han sido transformadas, a fuerza de repeticiones, hasta lograr que esos significados se adapten a los intereses totalitarios.

Yo las llamo palabras traidoras.

Algunas traicionan sus acepciones originales y todas, absolutamente todas, son usadas para traicionar ese ideal de la libertad que yace en el centro de la cultura occidental.

Para los que puedan tener alguna duda sobre el origen marxista del uso sistemático de esas palabras, para envolver traiciones, les comparto estas instrucciones que Willi Münzenberg le dio a su esposa, la camarada Babette Gross, cuando decidió enviarla como infiltrada del Comintern en América:

“… tú no apoyas a Stalin. No te declaras comunista. No proclamas tu amor al régimen. No pides a la gente que apoye a los soviéticos. Jamás. Bajo ninguna circunstancia… Tú te declaras una idealista independiente. No entiendes demasiado de política, pero piensas que los pobres lo tienen mal. Crees en las mentes abiertas. Te alarma y atemoriza lo que está sucediendo aquí, en tu propio país. Te atemoriza el racismo, la opresión de los trabajadores. Opinas que los rusos están intentando un gran experimento humano y esperas que tengan éxito. Crees en la paz. Deseas que haya entendimiento internacional. Detestas el fascismo. Piensas que el sistema capitalista es corrupto.” 

Esas palabras de Willi Münzenberg nos explican hoy, casi cien años después de haber sido expresadas, por qué muchos de los supuestos opositores cubanos, que están llegando ahora al exilio, se expresan de la forma en que lo hacen mientras creen que engañan a alguien con sus discursitos.

Llegan y dicen que no apoyan, para nada, al castrismo. Son puros demócratas que buscan avanzar la agenda del régimen declarándose como personas independientes que buscan mentes abiertas. Son buenazos que saben muy poco de política pero que enseguida desarrollan, oh milagro, una capacidad de crítica de la sociedad americana que si la hubieran ejercido en Cuba otro gallo habría cantado. Dan risa, en realidad, por el patético uso que hacen de las palabras traidoras.

En las próximas tres semanas, publicaré seis ejemplos de esas palabras. Son, aclaro, ejemplos que deben ser leídos como un aviso risueño y desenfadado de la enorme reforma del lenguaje que nos espera, como civilización, cuando los neo marxistas hayan desaparecido de este mundo, algo que estoy seguro que harán.  

Revolución

¿La han mirado bien? Tírenle un vistazo en el diccionario y verán que significa regreso al punto de partida, como en revoluciones por minuto; pero también quiere decir, ya sabemos, un cambio casi siempre violento de las estructuras sociales.

Es como si la misma palabra pidiera darle vueltas, con una cucharita, al agua con azúcar y, al mismo tiempo, exigiera desparramar la solución alimenticia con un gesto de brusca indignación.

Palabra traidora por antonomasia.

La pregunta, claro está, es ¿cómo semejante vocablo terminó teniendo dos acepciones tan disímiles? O, si quieren, ¿cuál de las dos acepciones fue la primera y cómo, o de dónde, se coló la segunda para crear esa revolucionaria confusión que tenemos hoy?

Dicen los que se dedican a rastrear el origen de las palabras que la primera acepción fue esa de regresar al punto de partida. O sea, que siglos antes de que existieran las Marsellesas y las Internacionales, o los mongoloides de revolución, ya existían los elipsoides de revolución, los hiperboloides de revolución, los paraboloides de revolución y las superficies de revolución.

También aseguran esos mismos rancheadores de palabras que fue solo a partir de la segunda mitad del siglo XVI que la palabra revolución empezó a traicionar, poquito a poco, hasta convertirse en ese desastre dual que sufrimos hoy.

Esa es una información que nos lleva, inexorablemente, a otra pregunta: ¿Pasó algo, digamos, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, que pueda explicar el cambio de bando de la palabreja de marras?

Aunque parezca mentira, la respuesta es un rotundo Sí. A partir del año 1543 ocurrió un cambio brusco del pensamiento occidental. Un cambio que dio lugar a muchas transformaciones violentas de la sociedad occidental y que, para más coincidencia, ocurrió a partir de la publicación de un documento que llevaba en su título la palabra “revolución”.

En 1543, Nicolás Copérnico publicó su obra titulada “Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes”. Un tratado que echó por tierra, con las mismas matemáticas que se usaban para construir catedrales, el cuento ese de que la tierra era el centro del universo y que en el centro de ese centro estaba, mandando como NG La Banda, la mismísima Iglesia católica.

¿Se dan cuenta? Uno de los primeros cambios bruscos del pensamiento occidental, o quizás su primera gran revolución, fue una obra que usó la palabra revolución en su título, pero con el significado de regreso al punto de partida.

Por desgracia, no sabemos con exactitud cómo fue que ocurrió la deriva real hacia acepciones tan disímiles. Podemos imaginar, por ejemplo, que cada vez que alguien retaba el dogma de la Iglesia los curas se rascaban sus calvas y tonsuras antes de reconocer, preocupados, que tenían otro caso similar a ese de “las revoluciones”.

Podemos imaginar, también, que los hombres de ciencia y librepensadores occidentales empezaron a usar la frase “de las revoluciones”, o la palabra “revolución”, para referirse a cualquier idea que abriera un hueco en los dogmas eclesiásticos. Podemos imaginar muchas cosas; pero, en realidad, no sabemos.

Lo que sí sabemos es que la inmensa mayoría de los revolucionarios —que no son más que esos psicópatas y sociópatas que terminaron acogiéndose a la segunda acepción de la palabra revolución— han tenido más talento para matar que para las matemáticas. Muchos empezaron matando y después, para cerrar el ciclo de la noria, terminaron matados.

Con las revoluciones pasa algo parecido, casi todas han terminado reproduciendo el mismo mal que prometieron erradicar, o cerrando el eterno ciclo de la noria con sus regresos a algo muy parecido al punto del que partieron.

La francesa luchó contra reyes y terminó en emperadores. La rusa fue un larguísimo camino entre el odio del que partieron y al que regresaron. La china es Mao vendiendo hamburguesas de McDonald con salsa de soya; y la mexicana es un largo camino entre el opio metafórico de los cristeros y el opio literal del narco. La castrista es, quién lo duda, un retorno evidente al feudo de Birán.

Solo una revolución se las ha arreglado, hasta ahora, para evitar ese regreso al punto de partida. Solo una revolución ha resistido, hasta ahora, el asalto de esas huestes neo marxistas que pretenden llevarla del yugo de una aristocracia monárquica extranjera al yugo de una aristocracia burocrática manipulada por intereses extranjeros.

Esa es la revolución que celebramos cada cuatro de julio.

Dios la bendiga.

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Another one bites the dust

Si no fuera por la enorme cantidad de generales castristas fallecidos recientemente, yo diría que a López Calleja lo mataron; pero lo más probable es que haya muerto de tristeza por tantos generales fallecidos. Parece que fue todo un patriota sentimental.

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