Escozor (ficción)

Mr Iglesias-Che asesino

Me observé pensando, y eso casi nunca es bueno.

Como soy cubano, me pidieron mi firma para denunciar, allá en Netflix, el filme “La red avispa”.

Cometí el error de observarme mientras tomaba la decisión.

Mi primera reacción, casi pavloviana y subconsciente, fue el cintillo de:

yo no firmo–eso es censura–los buenos no censuran y–si no censuro—entonces soy bueno.

Ay, qué bueno soy.

Pero me estaba observando y, como buen observador me pregunté si yo no estaría, quizás, haciendo eso que hoy en inglés llaman “virtue signaling”.

La traducción literal sería algo así como “indicando virtud”, que es la acción de hacerle saber al mundo cuan buenos somos mientras ondeamos a los cuatro vientos las banderas de nuestras bondades.

Es una actitud que está muy de moda. Dicen que el ego tiene cuatro pilares: la belleza, la inteligencia, la salud y la bondad. Dicen, también, que de ellos solo la bondad puede ser fingida hasta el final de la vida.

De ahí, ese deseo incontenible que tienen algunos de vivir ondeando sus virtudes como si fueran calzoncillos en tendederas. No soy la excepción, y hasta una justificación me he inventado.

Si dejáramos de hacer el bien –pienso– para que no nos acusen de estar señalizando nuestra bondad, entonces podría sobrevenir una parálisis moral y ética que quizás sea lo que andan buscando esos que inventaron el término de marras.

Ya casi tenía decidido no firmar, ya iba a tomar la decisión cuando mi observador, como quien no quiere las cosas, me preguntó: ¿y no será porque…

Supe hacia dónde iba.

Es fácil explicarlo.

Antes de vivir en los Estados Unidos viví en uno de esos países del sur de Europa en el que los políticos de izquierda y de derecha son idénticos en dos cosas: en la corrupción, y en un odio visceral e infantil hacia el país en el que ahora vivo.

Esas dos similitudes se han convertido, por decirlo de alguna forma, en uno de mis modus vivendi; porque a cada rato escribo una de esas novelas en las que a un cubano le va mal en los Estados Unidos. Por dios, cómo gustan esas historias en el sur de Europa. Gustan tanto que hasta premios me han dado.

Ahora mismo estoy escribiendo una que narra la odisea de un cubano que se niega a pagar una multa, por no haber parado en un STOP, y esa negación lo lleva a una espiral descendente de juicios, cárceles, pérdida del trabajo, mujer infiel, etc., que termina obligándolo, quién lo habría imaginado, a irse en una balsa hacia Cuba.

Copien esa: en una balsa.

La novela se titula, en otro rapto de originalidad, “Por un puto STOP”, y ya pueden imaginar que ya casi imagino los adjetivos positivos que la acompañarán si termina ganando uno de esos premios que podría ganar… siempre y cuando yo no me dedique a censurar, o a prestar mi nombre para algo que pueda ser interpretado como una censura. Sobre todo, si es a un filme que también cuenta, vaya casualidad, otra de esas historias de cubanos a los que les va mal en los Estados Unidos.

Y no será también porque… me dice mi observador y, como somos uno en sí y para sí, sé que se está refiriendo a mi mujer, que es pintora y pronto va a exponer en una galería que es propiedad de una de esas gringas que no pueden entender, porque no les cabe en sus cabezas, que existan cubanos capaces de abandonar ese paraíso que es Cuba, un paraíso que no existe, pero en el que esa gringa cree más que en la hipoteca de su mansión. De más está decir que ella adora el filme “La red avispa”. Ya lo ha visto tres veces.

Decidí encogerme de hombros y no prestar mi nombre, por las razones que fueran, para una censura que equipararía mis iniciales sobre la tierra con la de esos castristas que tanto detesto. Ya estaba casi a punto de decir que no cuando ese observador, que también soy yo, me hizo una pregunta muy simple: ¿se trata en realidad de una censura

Puestos a pensar, me dijo mi observador, descubrimos que la censura es un ejercicio del poder, y que los cubanos en los Estados Unidos tienen cualquier cosa menos poder. Otras minorías sí se las han arreglado para acumular un poder que sí les permitiría, llegado el caso, sacar de Netflix el filme que se les antoje sin tener que recurrir a algo tan patético, evidente, e inoperante, como una recogida de firmas. Una llamadita telefónica habría bastado.

La censura –continúa diciendo ese que me observa y soy yo– no es decir No. La censura, creo, es decir No en ausencia de la posibilidad del Sí. “La red avispa” siempre podrá irse, en el supuesto e improbable caso de que los cubanos lograran sacarla de Netflix, a cualquier otra de las tantas plataformas que existen para filmes sado-masoquistas, y hay muchas.

Al mismo tiempo, también creo que un usuario quejándose de un mal servicio no es un censor, es solo un tipo, o una tipa, que se queja porque contrató algo y terminó recibiendo otra cosa. Sí mañana empezaran a aparecer filmes de pornografía sadomasoquista en Netflix, ¿tendrían los usuarios el derecho de decir, al menos, que eso no fue lo que ellos contrataron? Si lo hicieran, ¿sería eso censura?

Nada disfruto más que rebatir a ese observador que soy yo, y lo hago diciendo, o pensando, que una cosa es el porno y otra es el arte, y que “La red avispa” tiene todo el derecho del mundo, a pesar de ser un bodrio insufrible, a pretender que es una obra de arte. En la época del reguetón sinfónico eso es sencillamente irrebatible. Pero mi observador me pregunta si los filmes de Leni Riefenstahl no son también obras de arte.

Ya en ese momento empecé a sentir picazón por todo el cuerpo y molesto me respondí que la Leni esa fue una apologista del nazismo, de la intolerancia y del racismo, y que si algún derecho tenemos es el de ser intolerantes con la intolerancia…  Iba yo embalado cuando mi observador me preguntó: ¿y qué crees tú que defiende “La red avispa”? ¿El derecho a la curiosidad?

El filme, le digo, defiende un comunismo que ha asesinado a más seres humanos que el nazismo y la trata de esclavos juntos, defiende al despotismo castrista y a los mismos servicios de Inteligencia del castrismo que ocuparon Venezuela y la convirtieron en el narco-estado fallido que es hoy. “La red avispa” defiende todo eso, pero eso no quiere decir que Netflix sea responsable.

Como compartimos memoria, mi observador me abruma con imágenes de Netflix. Veo un póster del asesino mal bañado del Che Guevara en el serial “Mr. Iglesias”. Veo los cuentos filmados del teniente Padura y no puedo dejar de pensar que toda la obra de ese aguerrido periodista se resume en una sola pregunta: ¿policía, policía, tú eres mi amigo?

Recuerdo que si los esbirros del castrismo fueran como los policías de Padura el despotismo castrista ya no existiría. Veo un serial sobre la historia de la revuelta castrista y sé lo que pensé la primera vez que lo vi: el guion parece escrito por el DOR.

Veo todo eso mientras mi observador me explica que la esencia de la esclavitud es la negación del dolor ajeno, que antes de cazar a otro ser humano, de los grilletes, de las familias separadas, de los enfermos tirados al mar, o de los perros persiguiendo esclavos, tuvo que existir la capacidad de no sentir como propio el dolor de esos seres.

Las razones pueden variar, las razones pueden ser racistas, fascistas o comunistas, eso no importa, lo que importa es que alcancen para que los victimarios no sientan eso que sienten sus víctimas, porque si lo sintieran no podrían hacer eso que quieren hacer sin perder uno de los cuatro pilares de sus egos.

La red avispa” no es solo un filme, me obliga a reconocer mi observador, “La red avispa” es un ejemplo más de sesenta años de negación del dolor del exilio cubano en los Estados Unidos de Norteamérica. Una negación que ha sido orquestada y sostenida, como una nota infinita, por esos mismos que hoy ondean sus bondades para decir que luchan contra el racismo, o contra las secuelas de una esclavitud que en nada se diferencia al castrismo.

Decir que no firmas, para creerte mejor, es ser como aquellos judíos que decidieron no enfrentar al nazismo, aquellos que decidieron no descender a la altura de sus perseguidores con la esperanza de que podrían sobrevivir sin perder lo mejor de ellos. Lo siento mucho, pero de esas bondades, amores, honestidades, libertades y enterezas estuvieron tapizadas las paredes de las cámaras de gas.

Si algo aprendieron esos judíos que sobrevivieron al holocausto, si algo diferencia al estado de Israel de hoy de aquellos judíos, si algo le ha permitido a ese estado sobrevivir la agresión de más de setenta millones de árabes, durante más de setenta años, es precisamente esa idea: nunca nadie podrá volver a usar nuestra bondad para destruirnos.

Ya va siendo hora de que los cubanos en los Estados Unidos descubran eso.

Firmé la petición a Netflix, pero tuve que ir corriendo hasta el botiquín para buscar una loción de Zinc, Calamina, y Alcanfor.

Publicado en Cuba | 3 comentarios

Conversando con Andrés Alburquerque y con los lectores de “El Sóviet Caribeño”.

Publicado en Cuba | 6 comentarios

Ahí vienen las jardineras, vienen regando…

De la boca

Ya está a la venta mi novela “De la boca salen flores”.

Con ella continúa la saga iniciada con Ruy.

Digo saga porque son novelas independientes que solo se tocan en algunos puntos.

Son, por decirlo de alguna forma, pétalos de una misma propela, o aletas de una misma flor.

Yo sé que el horno no está para pastelitos; pero también sé que en estos tiempos de reclusión obligada un libro puede ser un gran alivio.

Los que alcancen a leer “De la boca salen flores” descubrirán que, en eso de las hecatombes biológicas hay cosas mucho peores que el virus que se cayó en un pozo y las tripas se hicieron agua.

También descubrirán que es una novela sobre mujeres que pierden y mujeres que ganan.

Los que quieran comprarla desde los EE UU, pueden clicar aquí.

Los que quieran comprarla desde España, pueden clicar aquí.

Los que quieran comprarla desde Canadá, pueden clicar aquí.

La versión electrónica estará disponible pronto.

Ojalá disfruten su lectura.

Publicado en Cuba | 2 comentarios

Trump y mi error

Capture d’écran 2020-03-11 à 10.00.27

Brasil no puede ganar, pero Alemania puede perder.

Así dijo uno de mis tíos preferidos antes de un partido en el que, como era de esperarse en aquella copa, Alemania ganó sin dificultad.

Siempre recuerdo esa frase cada vez que veo a académicos y analistas apuntarse a las dos posibilidades de una disyuntiva, para así creer que se inmunizan contra el error.

Me encanta equivocarme.

Soy latino y vengo de una cultura católica que enseña que es humano equivocarse, y que hay derecho al perdón en el reino de este mundo.

Soy latino y me encanta que hayan sido los franceses, latinos y católicos también, quienes hayan inventado el ensayo.

El verbo lo dice, ensayar. La experiencia lo demuestra, no hay garantías de acierto.

Si los ensayos siempre acertaran no serían ensayos, serían puestas en escenas.

Si los analistas siempre acertaran no serían analista, serían videntes.

Esa idea de ensayar apostándole a las dos opciones, para no equivocarse, me parece muy gringa.

Me parece consecuencia de una cultura, la protestante, que lo primero que hizo fue cargarse el sacramento de la confesión del error, del castigo y el perdón.

Así es que, sin temor a equivocarme, este es el análisis que me atrevo a ensayar:

Donald Trump es un fenómeno único en la historia de la democracia estadounidense.

Donald Trump es el grito de 63 millones de estadounidenses contra la culpa calvinista y la hipocresía liberal que la ha secuestrado.

Donald Trump es el rechazo de 63 millones de estadounidenses a que su país sea siempre representado negativamente por la maquinaria de propaganda liberal en los EE UU.

Donald Trump es resultado del rechazo de los cubano-americanos a ser siempre representados negativamente por la maquinaria de propaganda liberal en los EE UU.

La proyección mediática de Donald Trump no es la de ninguno de los apelativos que la maquinaria de propaganda liberal en los EE UU ha querido endilgarle.

La proyección mediática de Donald Trump es un riesgo calculado para hacerles saber, y sentir, a millones de estadounidenses, que ya está bueno ya de plegarse al “buenismo” y a la mojigatería de los liberales del marxismo-calvinismo.

Creer y querer demostrar que 63 millones de votantes, de una democracia con más de 240 años, son imbéciles, racistas, xenófobos, etc., es como querer narrar un juego de béisbol desde la perspectiva de un caníbal perdido en las selvas de Nueva Guinea.

Ante el fenómeno de Donald Trump, la pregunta que cualquier analista (que no se aproxime a la realidad desde posiciones ideológicas) debe hacerse es: ¿cuál es el mensaje que 63 millones de personas, de una democracia con más de 240 años, les están enviando al mundo?

Donald Trump es la prueba de que, ante la alternativa de un estado protector o la libertad individual, 63 millones de estadounidenses se decidieron por lo segundo.

Donald Trump es la prueba de que, ante la alternativa de las dádivas de un estado protector o trabajar, 63 millones de estadounidenses prefirieron doblar el lomo.

Donald Trump es la prueba de que 63 millones de estadounidenses sabían que había gato encerrado, y que los tratados comerciales con otros países estaban perjudicando a un país, los EE UU, con una de las más altas tasas de productividad en los últimos 200 años.

Poner en duda la legitimidad de Donald Trump, porque no ganó el voto popular, es olvidar la importancia que tienen los colegios electorales para mantener la cohesión de la Unión; es querer olvidar que los grandes conglomerados humanos (donde los liberales ganan el voto popular) son más propensos a la inmigración ilegal, al fraude electoral, a las dinámicas de grupos, a la manipulación de las masas y a las histerias colectivas.

Poner en duda la legitimidad de Donald Trump, porque no ganó el voto popular es, también, olvidar que en el béisbol se gana por carreras y no por hits, que en el futbol se gana por “touchdowns” y no por yardas, o que en el básquet se gana por canasta y no por tiros al aro. Solo los quejicas se quejan.

Donald Trump va a ganar las próximas elecciones (2020) sin dificultad alguna.

Bernie Sanders o Joe Biden no tienen la más mínima posibilidad de ganar en las próximas elecciones.

Creer que los 20 millones de estudiantes universitarios de los EE UU pueden hacer alguna diferencia, en las próximas elecciones, es olvidar que no pudieron hacerlo cuando Trump fue el odiado “underdog”; o que la quinta parte de esos estudiantes ya se graduaron y acaban de entrar en un mercado laboral con las mejores cifras del último medio siglo.

Lo que está por verse es si Donald Trump podrá reelegirse con mayoría en las dos cámaras.

Si Donald Trump logra reelegirse con mayoría en las dos cámaras entonces es muy probable que los EE UU salten, tecnológicamente, de una forma aún más brutal que como lo hicieron después de Donald Reagan.

Si Reagan fue una de las causas del saltó tecnológico de los EE UU, en los años 80; entonces la reelección de Donald Trump, con mayoría en las dos cámaras, puede convertirse en una de las causas de un despegue que quizás nos obligue a cambiarle el apellido al Homo sapiens.

El mundo, con los EE UU a la vanguardia, está a las puertas de una revolución tecnológica que solo podrá ser comparada a la que ocurrió hace alrededor de 13 mil años, durante el Neolítico.

Donald Trump lo sabe o lo intuye, que para el caso es igual.

Guarden este texto, dejen correr el tiempo y, por favor, perdónenme si estoy equivocado.

Publicado en Cuba | 15 comentarios

Alejandro González Acosta sobre “El Sóviet Caribeño”

Capture d’écran 2020-03-09 à 10.14.42

El profesor Alejandro González Acosta, Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de México, y Catedrático en la División de Estudios de Postgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, está terminando de escribir una colección de textos titulada:

Miradas en la literatura cubana del exilio, 2018-2019–¿Ya viene llegando?

Hace unos días Alejandro tuvo la gentileza de hacerme llegar el fragmento de esa colección en el que él habla sobre “El Sóviet Caribeño”.

Hasta donde sé, se trata del primer cubano vinculado activamente al mundo académico (o sea, que no está retirado) que ha escrito su opinión sobre ese libro.

Siempre pensé que pasaría mucho tiempo antes de que eso sucediera, y lo digo porque el libro reta la visión castro centrista de la revolución cubana, una versión que es la universalmente aceptada y sobre la que de una forma u otra todos los académicos dedicados a ese tema, sean contrarios o favorables al castrismo, han construidos sus prodigiosas carreras.

Siempre pensé que hay un precio a pagar cuando se queda mal con tirios y troyanos.

Para demostrarme que estoy equivocado, Alejandro González Acosta escribió lo siguiente:

En el tema de la historia, han aparecido muy próximos dos libros que desde su mismo nacimiento ya resultan imprescindibles: ambos títulos son sin dudas aportes sustantivos a la narrativa e interpretación de la revolución cubana en los últimos años: el de Abel Sierra Madero (1976), Fidel Castro. El Comandante Playboy: sexo, revolución y Guerra Fría (Editorial Hypermedia, 2019), y el de César Reynel Aguilera (1963), El Soviet caribeño: la otra historia de la Revolución Cubana (Barnes & Noble – Penguin Random House, 2018).

El libro de Aguilera se lee con el agradecido estupor del descubrimiento ante lo evidente, pero nunca estudiado, para entender quizá por primera vez la verdadera génesis del movimiento que catapultó a Castro hasta el poder, como mascarón de proa de un proyecto comunista internacional de antigua fecha. Es asombroso y hasta edificante que el autor (asentado en Montreal), sea hijo de dos comunistas estrictos, formado en un ambiente familiar de intensa heterodoxia “revolucionaria”, y que hoy resulte el gran desmontador de la historia del comunismo en Cuba, partiendo desde las mismas bases analíticas del marxismo-leninismo y sus vivencias personales. Esta obra medular se corresponde con el estudio Juicio en Moscú (1996), que publicó Vladimir Bukovski, y que, apenas ahora circula finalmente en inglés, después de vencer múltiples conjuras para impedir su aparición. Todo esto reafirma que la verdadera historia de Cuba aún está por reescribirse.

 Su obra será sin dudas un libro de texto muy necesario, para enseñar la auténtica historia insular en las Universidades e Institutos de una futura Cuba democrática, pues se aplicó con denuedo y pasión a remediar que “el cubano sea el pueblo condenado a ver cómo otros cuentan su historia reciente”, y lo hace de manera contundente. Aguilera nos revela la antigua presencia oculta del comunismo internacional en la revolución cubana, con una formidable documentación que nadie antes había explorado tan exhaustivamente. Médico de profesión, confirma y continúa la rica tradición cubana de galenos aplicados en la narrativa y el ensayo histórico, como Manuel Pérez Beato, Miguel de Carrión y Fermín Valdés Domínguez. Su aporte es tan sustantivo como el clásico The Moncada Attack. Birth of the Cuban Revolution (Columbia, University of South Carolina Press, 2007) de Antonio Rafael de la Cova (1950-2018), obra que ya reclama su urgente edición en español.

Publicado en Cuba | 3 comentarios

Castro vs Stalin

Capture d’écran 2020-02-27 à 13.11.46

Hace unos días, el periódico español ABC publicó, de forma íntegra, el famoso discurso secreto de Nikita Jrushchov durante el XX Congreso del PCUS.

El contenido esencial de ese discurso, reclamando que Stalin fue un psicópata asesino, es de conocimiento público desde hace ya mucho tiempo.

Lo interesante, al menos para mí, de tener a mano la versión íntegra del discurso, fue que me pude entretener, hasta donde me dio el estómago, en hacer una versión cubana del mismo.

Para lograrlo me dediqué a sustituir el nombre de Stalin por el de Fidel, el de Beria por el de Raúl, el de Lenin por el de Aníbal, el de Nadezhda Krúpskaya por de Edith García Buchaca o el de Kirov por el de Camilo Cienfuegos.

El resultado, una vez cambiadas también algunas fechas y datos precisos, es de una coherencia tal que echa por tierra el temita ese del carácter original de la revuelta castrista.

Para los que tengan el estómago duro, y se quieran divertir comparando los dos discursos, aquí les dejo, hasta donde pude llegar, un texto a dos columnas en el que pueden ir leyendo el discurso de Nikita para enterrar a Stalin, y el que algún día un Juan Pérez cualquiera podrá pronunciar para enterrar a Fidel Castro.

Esta es la comparación

Publicado en Cuba | 4 comentarios

Ruleta rusa

Capture d’écran 2020-02-20 à 08.11.27

Se mueren los cubanos.

Se muere Cuba.

¿Quieren verlo en imágenes?

Véanlo como en una ruleta rusa.

Imaginen un revolver.

Imaginen un revolver cualquiera, o un revolver pintado de rojo, blanco y azul.

Lo mismo da.

En el tambor del revolver solo hay una bala que, si ustedes quieren, pueden imaginar color verde-olivo.

Pero eso es irrelevante.

La mano que puso la bala le da vueltas al tambor, lo devuelve a su cavidad, aprieta el gatillo y deja caer el percutor.

A veces el disparo les toca a unos, a veces el disparo les toca a otros.

A veces el ¡bang! es un balcón que se derrumba sobre tres cabecitas llenas de risas y esperanzas.

Otros lloran y suspiran, bien adentro… porque a ellos no les tocó.

Vuelve la mano a cargar, gira el tambor y el estallido esa vez es un chofer borracho, un bache escondido en una carretera, un policía abusivo, un marido despechado o un delincuente advertido.

Muchos suspiran, bien adentro, porque a ellos no les tocó.

Pero la mano nunca se detiene, y los estampidos son doctores muy mal preparados que se equivocan y matan, comidas que envenenan, bombonas de gas que explotan, o unos suicidios con alcohol que después serán decretados como accidentes con cocinas de luz brillante.

Muchos creen que eso solo les pasa a los otros, y suspiran aliviados, bien adentro, porque saben que a ellos nunca les pasará.

Pero una cosa es saber algo y otra cosa es vivir esa sapiencia.

Para demostrarlo está la mano que pone una bala, le da vueltas al tambor, lo devuelve a su cavidad, aprieta el gatillo y deja caer el percutor.

No solo son balcones los disparos, también caen techos, se derrumban paredes, llegan tornados o entra un mar acostumbrado a barrer vidas con la ayuda de sesenta años de negligencia criminal.

Los muertos flotan en el olvido y muchos suspiran, aliviados, porque a ellos nunca les va a tocar.

Para eso trabajaron duro y ahorraron mucho, o robaron y estafaron, o chivatearon y se prostituyeron para así poder pagar el escape de una ruleta rusa que a veces les toca a unos y a veces les toca a otros.

Escapan y se los traga el mar, se pierden en las selvas, se los llevan las crecidas de los ríos o son carne de coyotes. Los más dichosos siguen viviendo como órganos vendidos a destajo.

Viven en cuerpos ajenos y dejan por detrás ancianos que morirán mal nutridos y peor atendidos; o familias que nunca querrán reconocer que los suyos también son los muertos de una vieja ruleta rusa.

Cuba se muere gota a gota y plomo a plomo.

Se mueren los cubanos de todos los estratos sociales, posiciones ideológicas y religiones. Se mueren por igual los opositores y los hijos de los esbirros.

Se van todos de este mundo sin sospechar que quizás habría sido más fácil detener esa mano que pone la bala, le da vueltas al tambor, lo devuelve a su cavidad, aprieta el gatillo y deja caer el percutor.

Publicado en Cuba | 8 comentarios

Feliz año 2020

IMG_0669

A todas las lectoras y lectores de este blog –que para mi asombro son cada vez más– les deseo un muy feliz año 2020.

Que todos sus deseos se cumplan, y que Cuba sea al fin libre.

Publicado en Cuba | 6 comentarios

Barra de espacio

Space bar-1

Un hombre y su cuento atraviesan La Habana. El recorrido empieza, creo, en la Avenida del Puerto. El personaje sube a una guagua de número ya olvidado y va a parar, o rinde viaje, en la Terminal de Trenes.

Cambia de ruta y las ventanas, la gente, el ruido y sus memorias dibujan, sin que el lector quiera, la locura de una ciudad sitiada por consignas revolucionarias, calor sofocante, violencia, petróleo mal quemado y calles que reverberan.

Se baja en el Parque de la Fraternidad y pierde varias horas. Espera y espera hasta que una turbamulta lo monta a empujones en una ruta que ahora va camino del Oeste. ¿Calle Reina?, ¿Hospital Freire Andrade?, ¿Ayestarán? No sé.

Sólo recuerdo que vuelve a cambiar de dirección y logra irse hasta la Fuente Luminosa. Lo veo montándose en la ¿76? y puedo pensar que va en busca del aeropuerto. Mientras lo hace desgrana, al paso, un rosario de sitios y hechos que describen ¿una fábrica de fideos?, ¿el barrio de Altahabana?, ¿Río Cristal?, ¿Río Verde? Sabrá Dios.

Pero no. El personaje no va para Rancho Boyeros y, antes de llegar a ese destino, se baja del infierno.

Está en Mazorra. Camina hasta la reja de hierro que rodea al manicomio, agarra con fuerza los barrotes, incrusta su cara entre los hierros y grita, desde afuera, hacia adentro:

— ¡Sáquenme de aquí!

Ese cuento me lo contó, hace ya quince años, mi amigo Che Serguera Lagache, el hijo del comandante Jorge “Papito” Serguera.

Estábamos conversando en el lobby del piso 3-B del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología y la conversación cayó en Virgilio Piñera. El Che, suave y pausado, sano y tranquilo, me contó lo que dijo era “su cuento preferido” de ese gran escritor.

Mucho tiempo ha pasado desde aquella conversación y todavía hoy, a pesar de haberlo intentado tanto como me ha sido posible, no he podido encontrar el papel que guarda esa historia, y mucho menos la firma que la reclama. Si alguien sabe quién la escribió, y dónde puedo encontrarla, le estaré muy agradecido por la información. Varias veces le he preguntado al Che Serguera y la respuesta siempre ha sido la misma: una media sonrisa convertida en un ¿qué más da?

Y creo que tiene razón, porque a fin de cuentas lo que importa de esa historia —con independencia de quién la haya escrito— es cuántas veces la realidad de nuestro país nos obliga a recordarla.

Este año que termina, por ejemplo, ha sido pródigo en el recuerdo de ese ¡Sáquenme de aquí! Las noticias que llegaron desde La Habana, a lo largo de estos doce meses, siguen hablando de un país convertido en asilo, de una nación que insiste en olvidar izquierdas y derechas, castrismo y democracia, tiranía y libertad, para dividirse, cada vez más, en sanos y enfermos, en locos de atar y pacientes ambulatorios, en barrotes de hierros y rejas de carne y hueso.

Este último ha sido un ciclo solar marcado por un viceministro de cultura que está dispuesto a golpear mujeres indefensas, turbas que se regodean acosando a damas que caminan en silencio, hombres que envían golpes en vez de palabras y escribanos que mienten y difaman —con énfasis y convicción de locos— desde unas páginas que bien podría ser utilizadas para ilustrar el comportamiento diario de una banda de psicópatas.

Pero en medio de esos espacios que se cierran alrededor de la naciente sociedad civil cubana hay, ya sabemos, signos de esperanza. Señales que nacen de una generación de disidentes, opositores y contestatarios que tienen, como marca de identidad más preciada y atrayente, una lozanía y una sanidad mental que ponen al descubierto, por simple contraste, la locura que ha vivido nuestro país en los últimos cincuenta años, la demencia que los cubanos, tanto dentro como fuera de Cuba, se han acostumbrado a usar en sus luchas políticas.

Esa nueva generación está condenada de antemano al asedio de una Cuba enferma. Los seguidores de los hermanos Castro no le perdonan que sean personas normales; mientras que muchos anticastristas, por su lado, resienten hasta el dolor que se trate de jóvenes que representan, en cuerpo y espíritu, la cura de una enfermedad que, de suceder, significaría, para muchos, una condena a la inexistencia.

Esos jóvenes saben que les espera un futuro incierto, una lucha que en ocasiones se confundirá con el ejercicio de la mejor de las psiquiatrías, un acoso del que sólo podrán escapar abriendo espacios y aceptando, como una nueva realidad, que el único objeto contundente con el que cuentan, para defenderse, es la tecla más larga de sus ordenadores.

***

Este texto lo escribí hace más de diez años. Ahora no recuerdo dónde lo publiqué por primera vez y, la verdad, es que lo habría olvidado si en estos días no me hubiera dedicado, como hago cada fin de año, a ordenar mis ordenadores y limpiar sus discos duros.

Si lo vuelvo a publicar es porque me parece que puede servir como referencia para evaluar el estado de ese manicomio que llamamos Cuba. Una evaluación que indica que ese eterno viaje del castrismo, desde el mal hacia el peor, continúa con pasos de gigantes.

En la década que ha pasado desde la publicación inicial de ese texto las hordas castristas asesinaron, entre otros, a Orlando Zapata, a Laura Pollán, a Oswaldo Payá y a Harold Cepero. No contentos con eso, los esbirros del régimen de La Habana se dedicaron al parasitismo destructivo de la sociedad venezolana y lograron convertir a ese país en un narco estado fallido.

La respuesta de la comunidad internacional, ya sabemos, fue un reconocimiento de facto del carácter dinástico del castrismo y el premio —por parte de un Barack Obama convertido en aliado ideológico del régimen— de una apertura incondicional a la banca estadounidense y a la posibilidad de reciclar a la junta militar castrista en una nueva clase de asesinos con millardos.

Cualquier entidad medianamente racional se habría montado, sin pensarlo dos veces, en la carroza que la izquierda estadounidense —con Barack Obama de calesero— parqueó frente a la familia Castro con alfombra roja y fuegos de artificios. Pero si algo está claro hoy es que esa banda de psicópatas que controla a Cuba prefirió seguir apostándole al odio irracional de los fanáticos religiosos.

Para demostrarlo están los asquerosos actos de repudio que ahora son internacionales y los montan, igualitos que en Cuba, lo mismo en Panamá que en las Naciones Unidas. Para comprobarlo basta recordar a los diplomáticos americanos y canadiense que sufrieron los ataques acústicos, o a los miles de jóvenes asesinados en Venezuela y Nicaragua por exigir democracia. Si a esos ejemplos les sumamos los de la corrupción brasileña, y el del absurdo intento de desestabilización de la democracia chilena, podemos ver con gran claridad la verdadera naturaleza de la banda que hoy controla a Cuba.

Para los cubanos que viven dentro de esa pesadilla esta última década ha sido la de descubrir que eso del cuentapropismo era un mito y que el régimen nunca dejará que sus súbditos dejen de comer de su mano. Es también la década de la cancelación, en términos prácticos, de la “Ley de ajuste cubano” y del reconocimiento de que ese “sáquenme de aquí” tendrá que ser reemplazado, en algún momento, por un “sáquelos de aquí”. No hay otra opción.

Publicado en Cuba | 2 comentarios

EL SÓVIET CARIBEÑO, “LAS CADENAS VIENEN DE LEJOS”

Capture d’écran 2019-12-19 à 10.00.55

Hace poco el poeta y editor cubano Felipe Lázaro, quien es además el director de la editorial Betania, tuvo la gentileza de leer mi libro El sóviet caribeño.

Cumpliendo el vaticinio de que se trata de un libro escrito para generar más preguntas que respuestas Lázaro me contactó, enseguida que terminó de leerlo, para hacerme las suyas.

El resultado es esta entrevista kilométrica que no tiene otro origen que la curiosidad de un lector avezado y una pequeña fracción de la enorme cantidad de informaciones que, por razones de espacio, quedaron fuera del libro.

La entrevista ya fue publicada en los blogs de Zoé Valdés y de Carlos Alberto Montaner, algo por lo que Lázaro y yo les estamos muy agradecidos.

Comoquiera que se trata de un texto muy largo e incómodo de leer en una sentada, ante la pantalla de un blog, hemos decidido ponerlo aquí en formato pdf; de esa forma, todo el que esté interesado en leerlo de a poco, podrá bajarlo y tenerlo a mano cuando quiera.

 

Para los interesados, EL SÓVIET CARIBEÑO-LAS CADENAS VIENEN DE LEJOS.

 

 

Publicado en Cuba | 2 comentarios