Entre el mito, el rito y el grito

La Revista Hypermedia publica hoy una entrevista que le hice al escritor cubano Alberto Muller sobre los dos libros que presentará próximamente en la Feria del Libro de Madrid, España.

Para los interesados en leer la entrevista, este es el enlace a Hypermedia.

Para los interesados en ir a la presentación de Muller, allá en Madrid, les digo que será el sábado 28 de mayo, de 11.00 a 15.30 horas, en la Caseta 25 de la feria.

No dejen de ir, les aseguro que escuchar a Muller, y conversar con él, es un verdadero placer.

Publicado en Cuba | 4 comentarios

Viernes, 13 de mayo, con Andrés Alburquerque

El viernes pasado estuve conversando con Andrés Alburquerque sobre el aborto en los Estados Unidos, y sobre la posible derogación del famoso fallo de la Corte Suprema que se conoce como Wade vs Roe.

Publicado en Cuba | 6 comentarios

La última investigación

La Revista Hypermedia acaba de publicar un texto mío sobre la muerte de John F. Kennedy.

Para los interesados, este es el link:

La última investigación

Publicado en Cuba | 4 comentarios

Viernes, 1ro de abril, con Andrés Alburquerque

El viernes pasado, 1ro de abril, estuve en Enfoque Ciudadano, con Andrés Alburquerque.

El tema del programa fue la invasión de Putin a Ucrania, y las confusiones al respecto.

Publicado en Cuba | 9 comentarios

Ayer, en Actualidad Radio

Ayer en la tarde estuve conversando con Carinés Moncada y Agustín Acosta, en Actualidad Radio, sobre el invasión de Putin a Ucrania.

Para los interesados en escuchar ese progama, pueden acceder a través de este enlace.

Publicado en Cuba | 2 comentarios

¿Biden al rescate?

Ya es evidente, hasta para sus seguidores, que a Putin no le salieron bien sus planes en Ucrania.

El eufemismo de su Operación Militar Especial se ha convertido, gracias a la heroica resistencia del pueblo ucraniano, en una verdadera pesadilla para el déspota del Kremlin.

En la medida que las semanas pasan, y las bajas rusas aumentan, y los generales rusos son borrados del mapa, ya es evidente que Putin empieza a luchar no ya por una victoria militar en Ucrania, sino por su sobrevivencia política y, quizás, personal.

En ese sentido resultan muy reveladoras, por lógicas y acertadas, las palabras de Douglas London, un antiguo oficial de operaciones de la CIA, a la locutora Alex Wagner.  

Según London, la debacle de Putin en Ucrania, y la represión que ha tenido que desatar dentro de Rusia para evitar el costo político de esa debacle, podrían convertirse en una verdadera bonanza para las operaciones de Inteligencia de los Estados Unidos en ese país. Operaciones que podrían llevar, con un poco de suerte, al derrocamiento final de Putin.

La lógica de London, en mi opinión impecable, es que muchos rusos, a pesar de reconocer que viven bajo un régimen despótico, se muestran reluctantes a cooperar con la Inteligencia estadounidense por razones puramente patrióticas. Unas razones que merman mucho ante la situación de crisis que hoy vive Rusia por culpa de Putin.

Por desgracia, las esperanzas generadas por las palabras de London duraron bien poco. En menos de 24 horas Joe Biden se encargó de destruirlas. Las borró cuando dijo, ante las cámaras del mundo, que “en nombre de Dios, ese hombre (Putin) no puede permanecer en el poder”. Una de las frases más desacertadas en su larga lista de frases desacertadas.

No se trata de que esas palabras indiquen, claramente, en el sentido de un llamado a un cambio de régimen. No se trata de que, si las hubiera dicho Donald Trump, enseguida los medios y la élite del Partido Demócrata se habrían encargado de usarlas para montar uno de sus tantos linchamientos mediáticos. Todo eso resulta irrelevante cuando se compara con las verdaderas consecuencias políticas de esas palabras de Joe Biden.

Antes del discurso de Biden en Varsovia, y como bien explicó Douglas London, el destino político y personal de Putin empezaba a estar en el aire porque muchos rusos podrían haber estado dispuestos, por puro patriotismo, a cooperar con los Estados Unidos para deshacerse del déspota del Kremlin.

En ausencia de llamado alguno a un cambio de régimen, y con la debacle en Ucrania aumentando cada día, cualquier ruso que decidiera conspirar contra Putin podría demostrarse a sí mismo, y a otros, que lo estaba haciendo por amor a Rusia y no por seguir los dictados de ninguna potencia extranjera.

Las desacertadas palabras de Joe Biden echaron por tierra esa posibilidad y anclaron, una vez más, el poder unipersonal de Putin. Un poder que descansa en una represión que ahora tendrá, gracias a esa pifia presidencial, la justificación de ser ejercida para evitar una injerencia extranjera que fue expresada con todas sus letras.

Desafortunadamente, ese poder revitalizado de Putin se traducirá en más muertes y sufrimientos para rusos, ucranianos y, quizás, europeos.

Publicado en Cuba | 10 comentarios

Residente, rapero banana sin dientes

Escucho poco rap. Apenas hablo de rap. No me interesa mucho el rap y ayer, sin embargo, tuve una intoxicación de rap.

Por la mañana, el compositor, director de orquesta y escritor colombiano Francisco Lequerica me soltó una diatriba, muy bien argumentada, sobre la forma descarada con la que muchos raperos se apropian de composiciones musicales que no son de ellos, pero que logran distorsionar hasta que parecen originales.

Por la tarde, para más sin querer, me enviaron desde La Habana la letra de un rap escrito en respuesta a otro rap que acaba de sacar un rapero muy famoso que —ahí mismo me enteré— responde al nombre de Residente.

Claro está que, para entender la respuesta que me enviaron desde La Habana, tuve que escuchar la propuesta que la originó; y así fui a dar con un rap, del tal Residente, titulado “Esto no es América” (“This is not America”).

La idea de “Esto no es América” es bien simplona y parece reclamar —en plena sintonía con los ideólogos socialistas del Partido Demócrata de los EE. UU.—   que los inmigrantes sudamericanos tienen derecho a entrar en ese país porque sus ancestros ya estaban ahí, en América, cuando los europeos llegaron.

“Esto no es América” es una sopita de victimismo, odio retroactivo y violencia proactiva. Es una guapería con machetes enarbolados, Maras amenazantes, y llamados a una violencia que no es reconocida como un mensaje de odio porque, ya sabemos, ese sentimiento es un monopolio absoluto de los socialistas, y solo puede ser usado por quienes defiendan sus ideas.

Baste decir que, comparados con el video de Residente, los encarcelados del 6 de enero, en el Capitolio, lucen como unos angelitos acabados de llegar del cielo.

“Esto no es América” es, también, una sopita de ignorancia que pretende insinuar, entre otras cosas, que el calendario gregoriano lo inventaron los Mayas, o que la muerte de Víctor Jara —un defensor de los Gulags, de las purgas y de las hambrunas socialistas— define al continente americano más que el asesinato de Roque Dalton por los socialistas salvadoreños, o que la destrucción en vida de Reinaldo Arenas por los socialistas cubanos.

Es evidente, para cualquier persona que no tenga el oído cuadrado, que la América que pronuncia Residente no es la America de USA. La de los gringos es una America en la que la A inicial suena un poco como Ae, se pronuncia con la parte de atrás del paladar, dura entre 20 y 80 milisegundos más, y puede faltar sin que se afecte el entendimiento de la palabra porque en inglés, a diferencia del español, las vocales no son tan importantes como las consonantes.

La pretensión del pretensioso Residente, reclamando que cuando los gringos dicen America pretenden apropiarse de todo el continente hispano-americano, es absurda e ignora, con disciplina ideológica, que la pronunciación en inglés indica, claramente, que se están refiriendo a los United States of America. Llama la atención que una persona que se dice músico no sea capaz de percatarse de semejante obviedad. Es como si la música ya no quisiera dar la nota, sino estar en nota.

La inmediata popularidad del rap de Residente indica que la América de “This is not America” es un país en el que cada cual goza del derecho sagrado a su propia ignorancia. En esa América, muchos bailan y cantan enarbolando una violencia de machetes y pistolitas sin saber, por ignorantes, que los abusivos imperios de sus supuestos ancestros se derrumbaron cuando a Montezuma y Atahualpa se les ocurrió llevar lanzas a una pelea con arcabuces. Cuidado con los AR-15.

La incógnita que Lequerica y yo conversamos, asombrados, es esa de cómo un rap titulado “This is not America” ha llegado a convertirse en un fenómeno de masas hispanas, o en el ejemplo cimero de una industria capaz de convertir en millonarios a tipos que, salvo honrosas excepciones, son unos verdaderos energúmenos, violentos, ignorantes, mal hablados, e incapaces de crear rimas que un loro no pueda predecir.

En un mundo en el que toda la música clásica, todo el jazz, y todo lo mejor de la música popular están al alcance de cuatro golpes en el teclado, ¿cómo es posible que millones de seres humanos decidan gastar su tiempo, y su plata, en una música tan simplona, predecible, y muchas veces cantada por unos tipos tan violentos que padecen, a juzgar por las noticias, de una de las esperanzas de vida más bajas de este planeta?

Las respuestas a esas preguntas son bien complejas, y van desde la tontería innata de los adolescentes hasta el hecho, ya bien comprobado, de que muchos adultos nunca logran rebasar las actitudes intelectuales y psicológicas de la adolescencia.

También es verdad, me explica mi hijo cuando le pregunto por qué escucha rap, que ese ritmo es bien simple, repetitivo e hipnótico, y está diseñado para hacernos sentir bien. Es un regreso a la simplicidad del Tam-Tam africano, una forma de hacer música, por cierto, que fue muy utilizada en las trepanaciones tribales.

Otra de las posibles respuestas es que en las más recientes décadas de nuestra historia ese “capitalismo” tan odiado por Residente, que no es más que el libre mercado y la libertad individual que de él emana, ha creado suficiente riqueza para alfabetizar, darles escuelas, trabajos y, sobre todo, poder adquisitivo, a una cantidad cada vez más creciente de seres humanos con coeficientes de inteligencia muy bajos y, por tanto, con gustos mucho más cercanos a los que dan las instrucciones y no las verdaderas educaciones.

De ser así, esa sería una de las grandes ironías de estos tiempos: vivimos asediados por hordas de «odiadores» del “capitalismo” que ignoran ser el producto de una riqueza creada por eso, y por esos, que ellos tanto odian, mientras cantan.

Publicado en Cuba | 7 comentarios

Pa’ morirnos, Residente (Lawa)

Niño, me quedo de piedra

Viéndote lanzarle mierda

A to’s los que te molestan,

Pero sin ver pa’ la izquierda.

La mayor de las Antillas

Se le escapa a tu mirilla

Y no te me pongas listo

Hablando de lo “nuevo” del conflicto.

¡Chama, son más de sesenta años!

¡Desangrados en medio del engaño!

Aquí estamos, los que no pudimos irnos,

Los que ya no tienen sueños,

Los que lloramos cuando escuchamos el himno

Porque aprendimo’ a las malas

Que vivir en la patria es pa’ morirnos.

Asere, mientras el mundo lloraba por Mandela

Y los niños cubanos aprendían en la escuela lo que era el apartheid

Y clamábamos a gritos por él:

Mario Chanes de Armas se podría en una celda, ¡Planta’o!

Ni al velorio de su único hijo lo llevaron,

Si te paso este dato es porque este güey,

Estuvo en el Moncada, en el Granma y en prisión con Fidel,

Pero él no fue el único, chamaco,

Han sido miles los que comieron de ese mismo plato.

Aquí quedamos, los que no pudimos irnos,

Los que pensamos que el mal

no duraría cien años de soledad,

pero el tiempo es implacable y nos perdimos.

Ahora son nuestros hijos los que lloran

cuando le prestan atención al himno

porque ya saben que vivir en la patria

es una condena a vivir en cadenas.

El cuento del embargo, ya no cuela.

Mientras los dirigentes viven en sus mansiones

Y sus hijos se exhiben en yates, carros de lujo

Y viajando por el mundo e’ “vacaciones”,

La gente sobrevive a duras penas,

Gastando lo que no tienen

prendiendo velas pa’ pedirle a los Santos

Que se apiaden, que nos tiren un cabo

Y que el mundo nos vea.

Ver a Jara morir, claro que nos golpea,

Nadie debe morir por sus ideas,

Si tañen las campanas, todos pierden,

Pero entonces: ¡Payá y Harold!

¿Dónde están los redobles por sus muertes?

A las Damas de Blanco las arrastran

Y es que ver a mujeres armadas con sus flores

Es un brutal ataque contra el orden.

Y aquí seguimos, los que no pudimos irnos,

Los que no tenemos abuelos españoles,

Los que aprendimos que no es lo mismo

Leer de comunismo que vivirlo.

Los que sabemos de la falacia

De un sistema tan “impecable”

Si la batuta la lleva un hombre

Y en el hombre está el germen de todas las desgracias.

Tenemos la vergüenza de un Canciller

Que patalea por los límites en las remesas.

Y así, mientras las madres pierden sus hijos,

El gobierno se place insultando al exilio,

Tachándolos de apátridas y de gusanos,

De traidores, de apóstatas y anticubanos,

Pero luego reclaman por las divisas

Que generan los mismos insultados

Sudando y rompiéndose el lomo

Pa’ tirarle un cabo a sus familias.

Abuela me decía que los golpes enseñan

Más que to’a la sapiencia de mente ajena,

Pero hoy veo a Venezuela

Y a Nicaragua que se topó dos veces con la misma piedra.

No puedo yo evitar nuestra vergüenza,

Pero encima me duelen también sus penas

Por eso ahora te digo sin pelos en la lengua’

Por el bien de los chamas que te siguen a ciegas,

Otro consejo sabio que repetía mi abuela:

¡Mucho cuidado siempre con lo que deseas!

Ahora mismo, mientras todos corean tu nuevo himno,

Más de 800 hombres, mujeres y ¡hasta niños!

Están en las prisiones de este infierno moderno,

Conscientes de las farsas que serán sus juicios

Porque en este país la Justicia no es ciega,

Se largó en un avión, una balsa o una patera.

San Isidro dio voz a millones de gentes:

Con Luis Manuel Alcántara y Maykel en el frente,

Pero cuando un Estado es el dueño de todo,

La historia ha demostrado

Que esa es una batalla de león contra mono,

La ironía del cuento queda patente

Porque todos sabemos en estos lares

Que los sicarios tienen más miedo

Que to’s los cojonúos en nuestras cárceles.

Al final, del verdugo nadie se acuerda,

Los que quedan a fuego grabados en las mentes

Son los Hatuey, los Céspedes, los Maceo,

Y el Martí que estos zánganos han hundido en la mierda.

Yo no creo en los “ismos”, ni en los Partidos,

Creo en la gente, la que mira de frente,

La que no se esconde detrás de un uniforme,

La que no se disfraza de “civil” pa’ dar los tiros,

La que no se vende por una jaba,

La misma que te escucha y reza porque un día

Tu voz sirva de eco a sus agonías.

Y ya casi ni estamos, somos apenas sombras de lo que fuimos,

La perla del Caribe: la reina de lo exiguo.

Todavía gobernados por el fantasma de un Comandante

Que nacido en Oriente, se burló de su gente,

Llamándolos a todos “palestinos”.

¡Una isla con menos habitantes que el DF!

¡Y con regionalismo, el colmo del ridículo!

Pero es siempre lo mismo: Divide y vencerás,

Siempre prospera,

Una premisa anterior a nuestra era.

Aquí estamos, los que no pudimos irnos,

Los que ya no tienen sueños,

Los que lloramos cuando escuchamos el himno

Porque aprendimo’ a las malas

Que vivir en la patria es pa’ morirnos.

Publicado en Cuba | 3 comentarios

Medios europeos desinformando al servicio de Rusia: el escándalo del ‘Hlavné Správy’ — Bosch’s Blog

Detienen a un periodista de ese medio y a un militar por espionaje para el GRU La influencia de Rusia es una sombra que se cierne sobre ciertos medios. ¿Apoyan al régimen de Putin por mera afinidad, o lo hacen por algo más? El escándalo del diario digital prorruso ‘Hlavné Správy’ de Eslovaquia Estos últimos […]

Medios europeos desinformando al servicio de Rusia: el escándalo del ‘Hlavné Správy’ — Bosch’s Blog
Publicado en Cuba | 9 comentarios

Ucrania y su Bahía de Cochinos

El pueblo de Ucrania lo está descubriendo en estos momentos de la misma forma que lo descubrieron los cubanos en abril de 1961: cuando de luchar contra regímenes autoritarios se trata, es un error esperar ayuda del Partido Demócrata de los Estados Unidos de Norteamérica.

Putin siempre lo ha sabido y esperó, pacientemente, a que los demócratas regresaran a la Casa Blanca. Esperó y, como Fidel Castro siempre hizo, levantó su copa, en cuanto regresaron, para celebrar la veda impuesta a la cacería de déspotas en este mundo.

Como fondo de esa espera putinesca siempre ha estado, además, el viejo adagio de que “perro no come perro”; porque es evidente que las similitudes entre el déspota ruso y la élite actual del Partido Demócrata son demasiadas para pasar inadvertidas, o para no pensar que puedan tener una influencia en las decisiones que esa élite está tomando en materia de política internacional.

Veamos esas similitudes.

Asumiendo la exageración de que Putin lleva 23 años ejerciendo su poder despótico —desde 1999 hasta la fecha—, podríamos entender que el déspota ruso es un bebé cuando se le compara con la élite actual del Partido Demócrata.

Si miramos la lista de los miembros activos del Congreso de los Estados Unidos que más tiempo han estado en esa institución, descubrimos que la mareada de Nancy Pelosi lleva 33 años de ejercicio del poder, que la odiadora Maxime Waters lleva 29, que la hipócrita Dianne Feinstein lleva 27, y que el incontinente de Jerrold Nadler también lleva 27.

Cifras impresionantes cuando las comparamos con los 23 años de ejercicio del poder que llevan el déspota de Putin o, para más comparaciones, el cínico de Chuck Shumer. A todo eso hay que sumarle que, antes de llegar a la Casa Blanca, el abusado de Joe Biden estuvo caminando durante más de cuarenta años por los pasillos del poder en Washington.

Alguien podría pensar que la lista anterior es escogida a propósito y no representa, para nada, una tendencia particular del Partido Demócrata. Lamento contradecirlos cuando los refiero a esa misma lista para que observen que, de los 48 miembros activos del Congreso que más tiempo han ejercido sus funciones en esa institución, 35 son del Partido Demócrata, y solo 13 son del Partido Republicano. Cuando vemos que entre esos 13 está el RINO de Mitch McConnell, podemos decir que las tres cuartas partes de los aferrados al poder, dentro del Congreso de los EE. UU., pertenecen al llamado partido de la democracia. Una institución que si por algo se caracteriza es precisamente por el recambio del poder.

Para más similitudes, los mecanismos que tanto Putin como la élite demócrata han utilizado para aferrarse a ese poder son muy similares. A partir del año 2000, y para afianzar su autoridad, Putin se dedicó a utilizar la educación, la salud pública, el acceso a la vivienda y la protección de los desposeídos como banderas de su gobierno. No creo que nadie se atreva a dudar de que esas son exactamente las mismas banderas que el Partido Demócrata de los EE. UU. siempre ha usado para justificar su sed de poder. Hay diferencias, como el nacionalismo de Putin y el anti nacionalismo de los Demócratas, pero son diferencias que se anulan cuando recordamos que, en política, los extremos siempre se tocan.

Después de haber convencido a las masas de su falsa bondad, Putin usó el poder que emana de esa falsedad para acosar y destruir a los que enseguida denominó como “oligarcas”, y que eran la única fuente posible de una oposición efectiva a su gobierno. En unos pocos años, a las grandes corporaciones rusas no les quedó más remedio que perecer o aliarse con el Estado de Putin. Eso es algo muy parecido a lo que está pasando hoy en los EE. UU. cuando vemos a corporaciones como Google, Facebook, YouTube, Disney, Twitter, CNN, y un largo etcétera, aliarse descaradamente con el Partido Demócrata.

En este momento es importante detenerse y recordar que Benito Mussolini, el padre del fascismo, definió esa ideología como la integración de las corporaciones con el Estado. Una integración que, ya sabemos, le permitió a Putin controlar los medios de difusión masiva de una forma muy similar a la que hoy usa el Partido Demócrata de los EE. UU. para controlar a eso que conocemos como Main Stream Media (Principales Medios de Comunicación).

Una vez maniatadas las corporaciones, y controlados los medios, Putin pudo dedicarse al acoso de sus opositores políticos mediante el uso de grupos violentos que son indistinguibles, en lo esencial, de las Camisas Negras de Mussolini. Esos grupos pudieron actuar a su antojo, dentro de Rusia, para acosar y neutralizar a los opositores de Putin mientras los medios, controlados por el Estado, los presentaban como simples ciudadanos indignados. Eso es algo muy parecido, quién podría negarlo, al uso que el Partido Demócrata hizo de Black Lives Matter y Antifa para desestabilizar al gobierno democráticamente elegido de Donald Trump.

No contento con el uso de sus Camisas Negras, Putin también decidió usar a los organismos de defensa del Estado para neutralizar a sus opositores más recalcitrantes. Desde Anna Politkóvskaya hasta Alekséi Navalni, es larguísima la lista de opositores a Putin que han sido víctimas del uso indebido de la Comunidad de Inteligencia rusa para neutralizar a los que osan oponerse al nuevo Zar. Una vez más, las similitudes con el accionar del Partido Demócrata son anonadantes.

Ya hoy sabemos que el Partido Demócrata hizo un uso indebido del FBI, y quizás de la CIA, para crear un falso dossier de Inteligencia pretendiendo “probar” que Donald Trump tenía vínculos financieros con Rusia y que detrás de su elección, y de sus decisiones políticas ulteriores, siempre estuvieron los intereses de Putin.

No contentos con eso, en cuanto Trump protestó porque la Comunidad de Inteligencia se estaba prestando para semejante sinsentido, la élite del Partido Demócrata se dedicó a amenazarlo, precisamente, con las posibles represalias de esa Comunidad de Inteligencia.

En una conversación televisada con la propagandista Rachel Maddox, el cínico de Chuck Schumer dijo lo siguiente refiriéndose a las protestas de Trump: “Cuando te metes con la Comunidad de Inteligencia ellos tienen seis formas distintas, a partir del domingo, para pasarte la cuenta”. Pocos, por no decir nadie, han asociado esa frase con el hecho de que la salida del poder de Trump se logró de una forma casi indistinguible a esas “revoluciones de color” (Color Revolutions) que la Comunidad de Inteligencia de los EE. UU. ha llevado a cabo con éxito en otros países.

Una de las consecuencias más tristes del inmenso poder acumulado por Putin ha sido el control del sistema judicial ruso, y el desplazamiento asimétrico de la justicia hasta convertirla en un instrumento infalible para reprimir y darle legitimidad a una ideología evidentemente fascista. Eso ha traído como resultado que en la Rusia de Putin los “corruptos” sean siempre los opositores; y que las investigaciones de las evidentes corruptelas de la maquinaria del poder sean consideradas como delitos contra la seguridad del Estado.

En los EE. UU. es evidente que la élite del Partido Demócrata se las ha arreglado para que el sistema judicial sea cada vez más asimétrico. Sobran los ejemplos de criminales convertidos en héroes y de héroes convertidos en criminales, siempre según las necesidades ideológicas de esa élite. Igual, las corruptelas evidentes de personas vinculadas a esa élite nunca son investigadas con rigor judicial, mientras que los llamados a que eso se haga, como el que hizo Donald Trump con respecto a la familia Biden en Ucrania, son considerados un delito tan grande, contra la seguridad del Estado, que justifican de inmediato el surgimiento de un circo disfrazado de destitución presidencial.

El punto culminante del despotismo de Putin ha sido una inmunidad absoluta con respecto al sistema electoral ruso. Putin siempre gana cualquier elección, y siempre lo hace de la forma que mejor le parece y conviene. Nadie, absolutamente nadie, ha podido retar, de una forma legalmente efectiva y transparente, las irregularidades de las elecciones en Rusia. Eso, sencillamente, es imposible.

En ese sentido, resulta interesante recordar que, en las últimas elecciones presidenciales americanas, la élite del Partido Demócrata se comportó como si estuviera absolutamente convencida de que iba a ser inmune al resultado de esas elecciones. Sus hordas de Black Lives Matter y Antifa quemaron ciudades y mataron; sus mentiras sobre la trama rusa empezaron a perder credibilidad, y el circo de la destitución presidencial dejó al descubierto su vocación despótica. A pesar de esas pifias, sin embargo, siempre mostraron el convencimiento absoluto de que no pagarían por ninguno de esos escandalosos errores en las elecciones que se avecinaban.

Basta recordar las declaraciones de Nancy Pelosi, cuando casi nadie iba a un acto político de Biden, para darse cuenta de que esas declaraciones no eran sobre el optimismo obligado que siempre acompaña a las campañas presidenciales. No, eran declaraciones que mostraban una certeza absoluta, cínica y despiadada de que Donald Trump no se reelegiría presidente. Después, cuando llegó en día de las elecciones, nos fuimos a dormir con Donald Trump gozando de una amplia ventaja, y despertamos con la noticia de que en medio de la madrugada eso había cambiado. Como en Rusia, nadie, absolutamente nadie, ha podido retar, de una forma legalmente efectiva y transparente, las irregularidades de esas elecciones.

La lista de similitudes entre el despotismo de Putin y las acciones de la actual élite del Partido Demócrata es demasiado larga para este espacio. Desde la reescritura de la historia, hasta los sospechosos enriquecimientos de la maquinaria de poder; desde la tendencia a las autoagresiones, hasta el apoyo de otros regímenes despóticos —como el de la familia Castro en Cuba—, esa lista es lo suficientemente larga para dejarnos, al menos, con la sospecha de que una buena parte de la inacción real que la Casa Blanca muestra hoy, ante la agresión de Putin a Ucrania, se debe a ese viejo adagio de que “perro no come perro”.

Algunos pueden pensar, si así lo desean, que las similitudes anteriormente descritas son subjetivas, pueden estar sujetas a los deseos de quien las describe y necesitan, por tanto, de algo más tangible. Algo que indique en el sentido de que pueda existir una especie de resonancia ideológica entre las dos entidades analizadas. Ese algo podría ser, por ejemplo, una correlación positiva entre los momentos del poder de Partido Demócrata y el aumento de las agresiones internacionales del régimen de Putin.

Uno de los argumentos más utilizados por la propaganda demócrata, para achacarle los desmanes de Putin a sus colegas republicanos, es que la primera agresión internacional del régimen de Putin, la invasión a Georgia en el año 2008, fue durante la administración de Bush, y fue este quien dejó que eso pasara. En realidad, ese argumento se derrumba cuando recordamos que, en agosto del 2008, cuando Putin invadió Georgia, Bush ya era un cadáver político a la espera del fin de su mandato.

La razón de eso es que en las elecciones parciales del 2006 los Demócrata lograron controlar el Senado y la Cámara de Representantes. De esa forma, redujeron la presidencia de Bush a un gesto simbólico, o a una gestión incapaz de tomar grandes decisiones, como la de pararle bolas a Putin en Georgia, sin contar con la aprobación de una mayoría Demócrata que tiene, como uno de sus signos de identidad, una vergonzosa admiración por los déspotas de este mundo. Putin, que es un buen conocedor de la política americana, enseguida supo que había veda para la caza de depredadores, y decidió depredar. Se metió en Georgia y nada pasó.

Después, durante la presidencia de Barack Hussein, es evidente —a menos que estemos muy parcializados— que esa administración americana le concedió al déspota ruso todas y cada una de sus exigencias. ¿Crimea? Concedida. ¿Siria? Concedida. ¿Dinastía castrista? Concedida. ¿Importación de uranio americano? Concedida. ¿Dependencia europea del gas natural de Rusia? Concedida.

Fue así, con todas esas concesiones, como Barack Hussein convirtió a esa gasolinera glorificada que es Rusia, que tiene un producto interno bruto inferior al del estado de Nueva York, que abriga una población cada vez más vieja y decreciente, y que solo cuenta con un arsenal militar completamente desfasado, en ese simulacro de potencia internacional que hoy ha decidido, porque Donald Trump ya no está en el poder, invadir a Ucrania.

El régimen Biden, por su lado, se encargó desde el mismo inicio de su mandato, de crear todas las condiciones necesarias para que los Estados Unidos no pudieran liderar una respuesta internacional efectiva contra la invasión rusa de Ucrania. ¿Cómo lo hizo? Muy fácil. ¿Eliminación del permiso del oleoducto Keystone XL? Hecho. ¿Invasión de ilegales en la frontera? Hecho ¿Prohibición de nuevas prospecciones petroleras? Hecho. ¿Disminución de la autosuficiencia americana en el suministro de petróleo? Hecho. ¿Aumento del precio de la gasolina en los EE. UU.? Hecho. ¿Inflación más alta en los últimos cuarenta años en los EE. UU.? Hecho. ¿Reducción del presupuesto militar efectivo de los EE. UU.? Hecho. ¿Incapacidad americana para exportar grandes cantidades de gas natural hacia Europa? Hecho. ¿Aumento de la dependencia europea del gas natural ruso? Hecho. ¿Ejército americano castrado por los mandatos vacunales y el marxismo cultural? Hecho.

Putin tendría que haber sido un déspota muy estúpido para no darse cuenta de que todas las señales que le estaban llegando desde los Estados Unidos le indicaban, a gritos bien claros, que podía meterse en Ucrania. Son esas señales, junto con la enorme cantidad de similitudes entre Putin y la élite del Partido Demócrata, las que explican la pesadilla que hoy está viviendo el pueblo ucraniano. Una pesadilla de pueblo traicionado una vez más. Una traición inesperada para unos políticos que pagaron millones de dólares a la fundación Clinton, y que hoy se dan cuenta de que esa plata solo les ha servido para tener el derecho a decir “quiero armas, no aventones para escapar”.

Sé que este texto no será del agrado ni de los talibanes demócratas ni de esos comunicadores que se precian de defender la libertad. Los primeros me importan un bledo. Los segundos sí mi importan, y es por ellos, y por el pueblo de Ucrania, y por mis amigos ucranianos, que me senté a escribir estas palabras.

Sé que es muy fácil ganar audiencia denunciando los desmanes del desmadrado de Putin, sé que podemos sentirnos muy bien demonizando, aún más, a ese demonio de la antigua Unión Soviética; pero nada de eso va a ayudar al pueblo de Ucrania.

La única posibilidad —remota, pero posibilidad aún— de ayudar al pueblo de Ucrania es empezar a decir en todos los lugares, y dejándolo bien claro, que una buena parte de los sufrimientos actuales de ese pueblo se debe a las acciones, e inacciones, de la misma maquinaria de poder que hoy controla la Casa Blanca.

Solo denunciando eso —y rezando para que esa maquinaria no se sienta muy inmune a las elecciones parciales de este año— podríamos lograr que la élite del Partido Demócrata decida desmarcarse de su alter ego en esteroides, y se anime a liderar una coalición para sacarlo de Ucrania.

Publicado en Cuba | 12 comentarios