Los cubanos y la trampa del supuesto referendo constitucional

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Se acerca el 24 de febrero y hasta ahora no he podido encontrar, por mucho que lo he intentado, una razón lógica que explique el llamado de algunos sectores de la oposición cubana a participar, aunque sea con un voto negativo, en el supuesto referendo constitucional que el castrismo convocó para esa fecha.

Hace unos días, el 26 de diciembre pasado, Diario de Cuba publicó un texto que intenta dar 20 razones a favor de ese voto negativo. En cuanto leí la primera no pude seguir leyendo. Tuve que parar porque a estas alturas del juego, después de 32 años viviendo en Cuba y 23 fuera de ella, ya nadie me puede engañar con respecto a la verdadera naturaleza del castrismo.

La primerísima razón que da ese texto es, y aguántense: “Porque abstenerse o anular la boleta invalida tu voto, lo cual favorece el SI debido a que solo cuentan en el referendo los votos válidos: SI o NO”. Confieso que, de inicio, no pude evitar la carcajada que me provocó el chiste ese de que en el castrismo los votos cuentan.

Lo siento mucho, y quisiera estar muy equivocado, pero en el castrismo los votos no cuentan, nunca han contado y nunca contarán. Creer lo contrario es hacer gala de una ingenuidad rayana en el insulto a las inteligencias ajenas; o es intentar la normalización del despotismo castrista.

Es importante recordar que ese despotismo siempre ha descansado sobre tres preguntas retóricas: ¿Armas para qué?, ¿Elecciones para qué? y ¿Legalidad para qué? Cualquier cubano sabe, o intuye, que el poder omnímodo del castrismo siempre ha emanado de la incapacidad del pueblo para luchar contra el régimen, para retarlo en unas elecciones limpias, o para cambiar las leyes que impiden hacer esas dos cosas.

Si tomamos eso en consideración estamos aceptando que los resultados del supuesto referendo, del próximo 24 de febrero, ya están decididos hasta en los espacios decimales. Las anécdotas y testimonios que así lo confirman son muchas y muy variadas. Van desde grupos de personas que en otras ocasiones se pusieron de acuerdo para votar NO, y después comprobaron que sus votos nunca fueron contados; hasta funcionarios que ahora reconocen, ya en el exilio, que cuando trabajaron en las elecciones en Cuba siempre tuvieron que terminar “reportando” los porcentajes que ya estaban preestablecidos.

Después de 60 años de despotismo castrista los opositores cubanos deben saber que no tienen absolutamente ninguna posibilidad del retar al castrismo en unas elecciones, o de poder utilizar un simulacro electoral para pasarle un mensaje al castrismo, o al mundo, sobre el rechazo de los cubanos. Eso, por desgracia, nunca va a suceder contando boletas.

Al mismo tiempo, es un error de los opositores cubanos pensar que una votación convocada por el castrismo les podría permitir hacerle al régimen algo parecido a lo que el NO le hizo a Pinochet en Chile, lo que Violeta Chamorro le hizo al sandinismo en Nicaragua, o lo que Lech Walesa les hizo a los estalinistas polacos. Establecer puntos de comparación entre esas votaciones y las convocadas por el castrismo es un error que parte del desconocimiento de las interioridades que llevaron a esas consultas.

Para empezar, esos tres procesos electorales no fueron el inicio sino el final de un grupo de negociaciones que esos tres regímenes se vieron obligados a aceptar. Pinochet fue presionado por los EE UU y tuvo que aceptar que la oposición pudiera hacer campaña por el NO y que la votación fuera verificada. Los sandinistas tuvieron que reconocer el resultado de las elecciones porque de no hacerlo la Contra seguiría luchando. Los comunistas polacos simple y llanamente siguieron las órdenes de Moscú. No hay comparación posible con el castrismo.

En el caso de Venezuela, los que pudimos seguir ese proceso día a día, y sin sufrir la censura y la manipulación castrista, sabemos que el triunfo electoral de la oposición, en las elecciones a la Asamblea Nacional, fue un truco del castrismo para hacerles creer a los venezolanos y al mundo, mientras preparaban la destrucción final de esa Asamblea, que respetaban la democracia. Solo cuando los venezolanos se negaron en masa a votar por la Constituyente castrista (de Maduro) fue que la comunidad internacional inició el aislamiento del régimen. En pocas palabras: fue el boicot y no los votos lo que cambió todo.

Ante esa triste realidad, la de un referendo fraudulento cuyos resultados ya han sido decididos de antemano, los opositores cubanos tienen una, y solo una, posibilidad: hacer cuanto puedan para dejar en evidencia el fraude del régimen. Esa posibilidad, a su vez, se divide en otras dos: Una es decirles a los cubanos que participen en el referendo, que voten NO, y que se las agencien para dejar constancia de ese voto negativo. La otra es decirles a los cubanos que la mejor forma de expresar su rechazo al régimen, y al carácter fraudulento de las elecciones a las que ha convocado, es precisamente no participando en ellas.

La opción del voto negativo me parece muy difícil de implementar y me parece, además, que el castrismo podría anularla con relativa facilidad. Imaginemos que, a pesar de la falta de privacidad en las “elecciones” castristas, y de la marcada tendencia que tienen los esbirros del régimen a prohibir o decomisar cualquier artilugio electrónico, los votantes cubanos se las agencien para documentar sus votos negativos. Imaginemos también que después alguien se las arregle para recolectar todos esos NO y así probar que el castrismo cometió fraude.

Bueno, es fácil imaginar que en unas cuantas horas el Departamento de Orientación Revolucionaria, junto con el de medidas activas de la DGI castrista, iniciará toda una campaña mediática para demostrar, con la ayuda desinteresada y siempre presente de sus medios occidentales (con el New York Times a la vanguardia), y de los escribanos castristas en el exilio, que las pruebas son falsas, que quienes las inventaron son agentes de la CIA o miembros de la “Mafia de Miami”. Así, entre insultos, reiterarán que los porcentajes son los que ellos dijeron. Todos sabremos que estarán mintiendo descaradamente, pero ¿podremos demostrarlo?

Otro argumento que se ha usado para defender la opción del voto negativo es que muchos cubanos todavía dependen del régimen para su subsistencia diaria y se sienten, por tanto, obligados a ir a votar. Esa es una razón de peso que nadie en su sano juicio se atrevería a negar. También lo es, sin embargo, que una de las funciones más importantes de un líder político es romper, mediante el ejemplo y las palabras, los círculos viciosos de esas profecías que se validan a sí mismas. Quiero decir, que si pensamos que existe una razón para que algo no ocurra, y no intentamos cambiar o sortear esa razón, entonces ese algo seguirá sin ocurrir y la razón seguirá pareciendo mucho más válida de lo que realmente es.

No se trata, y espero que quede claro, de lograr que alguien deje de ir a votar al precio de perder el mísero sustento de su familia. De lo que se trata es de identificar, tanto como se pueda, a esos grupos de cubanos que cada vez son más numerosos y que cada vez dependen menos del castrismo para su sobrevivencia diaria. El trabajo político con esos grupos podría lograr, sobre todo ahora que en Cuba el destino es cada vez más incierto, que la gente empiece a ver soluciones colectivas donde antes solo veía soluciones individuales.

En ese sentido, llama la atención que en los últimos meses han ocurrido en Cuba dos protestas colectivas que fueron espontáneas y en las que resulta muy difícil identificar un líder o una organización rectora. Me refiero a la huelga silenciosa y efectiva declarada por los taxistas particulares (Boteros), y al movimiento de rechazo que muchos artistas organizaron contra el despótico decreto 349. Esos dos hechos indican que mucha gente en Cuba empieza a ver que hay más fuerza en las acciones grupales que en las personales. La pregunta, entonces, es: ¿Por qué no puede ser el boicot a las elecciones castrista una de esas acciones colectivas?

Por más que he indagado nadie me ha dado una respuesta convincente a esa pregunta. Las ventajas de un boicot son tan lógicas y evidentes que me resulta muy difícil entender que alguien no las vea. Por ejemplo, para el castrismo sería mucho más fácil cambiar una boleta, o un voto, que inventar un votante. Y para la oposición sería mucho menos difícil documentar una baja asistencia a las elecciones que probar la existencia de votos negativos. Por razones puramente lógicas, el boicot debería ser una opción natural; pero solo lo es para un número muy reducido de opositores.

Tengo que reconocer, sin embargo, que nada de lo hasta aquí dicho justifica este texto; porque al final es verdad eso de que a los opositores cubanos les asiste el derecho de conducir su lucha contra el castrismo como mejor les parezca. El hecho de que algunos consideren que el boicot es la opción más lógica no significa, para nada, que otros tengan que verlo así.

Lo que sí me deja con una sensación de pesadilla macondiana, y me obliga a escribir este texto, es el hecho de que a ningún opositor cubano se le haya ocurrido reconocer que las dos opciones discutidas hasta ahora, la del voto por el NO, y la de la no participación en la farsa electoral, no solo carecen de antagonismo alguno, sino que podrían llegar a ser extraordinariamente sinérgicas.

Los opositores cubanos bien podrían disfrutar de las ventajas que se derivan del uso combinado de esas dos opciones si hicieran, por ejemplo, un llamado a los cubanos que incluyera los siguientes puntos:

  1. Intenten, tanto como les sea posible, no ir a votar. El boicot es la forma más fácil y evidente de demostrarle al mundo nuestro rechazo a la farsa electoral castrista.
  2. Si por alguna razón personal, de dependencia del régimen, se sienten obligados a votar, entonces intenten, tanto como les sea posible, votar NO.
  3. Si fueron obligados a votar, y terminaron votando NO, entonces intenten documentar, tanto como les sea posible, sus votos negativos.

Si los opositores cubanos se pusieran de acuerdo alrededor de esos puntos entonces tendrían una probabilidad más alta de poner al castrismo en evidencia. El hecho de que no lo hacen me indica –a menos que alguno de ellos haya finalmente descubierto el Salvarsán contra el castrismo— que como líderes han aprendido a hacer proselitismo, pero todavía distan de haber aprendido a hacer política.

Habrá que seguir esperando.

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Herbert L. Matthews y una noticia más que falsa

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El 24 de febrero de 1957, en su edición dominical y en una coincidencia de fechas plagada de simbolismo, el periódico The New York Times publicó la famosa entrevista de Herbert L. Matthews con Fidel Castro.

Mucho se ha escrito desde entonces sobre esa entrevista. Unos a favor de la supuesta imparcialidad del periodista gringo, y otros para reclamar que aquello no fue más que una vergonzosa operación de relaciones públicas.

Una buena parte de la defensa de Matthews siempre se ha basado en el hecho de que un periodista no puede reportar lo que no ve, o lo que nadie le ha dicho, y que si Fidel Castro le mintió descaradamente –como todo parece indicar que hizo— entonces la responsabilidad debe recaer sobre el engañador y no sobre el engañado.

El problema con esa defensa es que muchas de las cosas que Matthews reportó en su entrevista no dependieron, para nada, de las palabras de Fidel Castro y fueron, a la luz de hechos que eran bien conocidos en aquella época, unas mentiras garrafales o unas omisiones muy sospechosas.

Para empezar, la primera oración del artículo de Matthews dice así: Fidel Castro, el líder rebelde de la juventud cubana está vivo y luchando duro y con éxito en la escabrosa, casi impenetrable, fortaleza de la Sierra Maestra.

De una forma inconcebible para cualquier conocedor de la realidad cubana de esa época Matthews se cargó, de un plumazo, a José Antonio Echeverría y a Frank País –dos líderes rebeldes indiscutibles de los jóvenes cubanos de aquella época—. Solo de esa forma pudo el periodista gringo declarar a Fidel Castro como el líder rebelde de la juventud cubana.

Acto seguido Matthews no solo declara que Fidel Castro está vivo, sino que lo pinta luchando con éxito contra lo que él define como la crema del ejército de Batista.  Estamos hablando del 24 de febrero de 1957, solo dos meses y medio después de que la tropa de Fidel Castro fuera casi aniquilada en Alegría de Pío y quedara reducida a 18 hombres.

Estamos hablando de un escaso mes después del asalto al cuartelito de La Plata, y del tiroteo en Arroyo del Infierno, dos acciones en las que la tropita de Castro mató a nueve (otras fuentes dicen que fueron seis) soldados de Batista. Eso había sido todo hasta ese momento.

Se puede decir que Matthews no tenía por qué saberlo; pero también se puede responder que bien pudo haberlo preguntado. Ese era su trabajo, y se trata, a mi entender, de una pregunta evidente para un hombre con la experiencia que él tenía como corresponsal de guerra. Pero lejos de hacerla, o lejos de querer descubrir que hasta ese momento Castro tenía más de 60 bajas y Batista solo nueve, o seis, se dedicó a escribir que hasta ahora las tropas del ejército están luchando una batalla perdida.

En el tercer párrafo continúan las mentiras cuando Matthews dice que esta es la primera noticia cierta de que Fidel Castro todavía está vivo y en Cuba. Pobres vendedores del periódico Norte, allá en la ciudad de Holguín, que el 18 de diciembre de 1956 salieron a pregonar sus ejemplares bajo el grito de ¡Fidel Castro está vivo, lo dice el Norte! Pobres periodistas de ese periódico que, sin ser gringos y a riesgo de sus vidas, casi se metieron en la Sierra Maestra para confirmar que el líder del Movimiento 26 de Julio no había muerto en Alegría de Pío. Dos meses después Herbert Matthews les robó la primicia y la Historia se los tragó.

En el siguiente párrafo Matthews sigue en lo suyo y asegura, sin citar fuente alguna, que el 15 de febrero explotaron 18 bombas en Santiago de Cuba. Por más que he intentado encontrar una referencia bibliográfica, aunque sea una sola, de esas 18 bombas el resultado ha sido negativo. Nadie las refiere, solo Matthews y sin explicar, en contra de las más elementales prácticas del periodismo moderno, de dónde demonios sacó el dato.

A partir de ahí Matthews se dedica a demostrar, concienzudamente, su abismal desconocimiento sobre el tema que está tratando. Dice, por ejemplo, que “Fidel Castro tuvo que huir de Cuba en 1954 y vivió durante un tiempo en Nueva York y en Miami”. ¿Se habrá confundido con la luna de miel del susodicho?, porque lo cierto es que Castro tuvo que salir de Cuba en 1955 y fue a parar a México.

Después de escribir esas sandeces entra el gringo en el tema de la famosa entrevista, aunque no sin antes llamar dos veces Playa Olorada a Las Coloradas, escribir Juan Ameda en lugar de Juan Almeida, o decir, otra vez sin aportar prueba alguna, y en contra de lo que realmente estaba sucediendo, que: resultaron ser ciertos los reportes que llegan a La Habana sobre los frecuentes enfrentamientos y las fuertes pérdidas de las tropas gubernamentales.

Leer la entrevista es descubrir que se trata, como con casi todas las cosas que tuvieron que ver con Fidel Castro, de un compendio de contradicciones. En la introducción Matthews dice, por ejemplo, que la Sierra Maestra es una fortaleza casi impenetrable. Igual, durante la conversación leemos a Castro decir, sobre las tropas de Batista, que “ellos no quieren pelear, y no saben cómo luchar en este tipo de guerra de montañas. Nosotros sí”.

Guau, impresionante que en apenas dos meses y medio la tropita de Castro ya había aprendido a luchar en las montañas y había logrado mantener a raya al ejército de Batista. Es para erizarse de admiración de no ser por un detalle: Durante todo el viaje hacia el campamento de Castro, y durante toda la entrevista nadie habló en un tono normal de voz, las comunicaciones siempre fueron, incluida la de la propia entrevista, en el más bajo de los susurros posibles.

Así lo escribe Matthews: Nadie podía hablar, en ningún momento, por encima del tono de un susurro. El Sr. Castro dijo que había columnas de las tropas gubernamentales por todos los alrededores de nosotros, y que la única esperanza de ellos era capturarlos a él y a su banda.

Creo que la pregunta que a cualquier periodista se le hubiera ocurrido es: ¿Ven acá, chico, si ustedes son tan buenos en la guerra de montañas, y ellos son tan malos y no quieren pelear, por qué tenemos que hablar en susurros? Si están aquí, y por todos los alrededores, como tú dices, entonces es que son, al menos, tan buenos o tan malos como ustedes para este asunto, ¿no?

Esa pregunta brilló, literalmente, por su ausencia. Hacerla habría implicado reconocer que la Sierra Maestra no era una fortaleza tan impenetrable como Matthews había dicho al inicio de su artículo, o que en ese momento la tropita de Castro no pasaba de ser unos cuantos tipos encaramado en una loma y huyendo de un ejército que tenía muy poco interés en capturarlos. Eso es lo que eran.

Otro elemento contradictorio de la entrevista es la frase de Castro diciendo “Yo siempre estoy en la primera línea”. Una aseveración que para cualquier cubano suena ridícula y sospechosa, porque no forma parte de nuestra cultura que un verdadero guerrero se dedique a decir cuan bueno o valiente es. No creo que alguien en Cuba pueda imaginar a Ignacio Agramonte, a Antonio Maceo o a Juan Bruno Sayas diciendo en una entrevista que ellos siempre estaban en la primera línea del combate.

Dime de qué alardeas y te diré de qué careces, reza el viejo refrán; pero eso es algo que Matthews, como todo buen gringo, no tenía por qué saber. Lo que sí pudo haber hecho fue conectarlo con la información que dio, sobre Fidel Castro, cuando escribió lo siguiente: Estaba vestido con un uniforme color gris-oliva y portaba un rifle con mirilla telescópica del que estaba muy orgulloso. Parece que sus hombres tienen un poco más de cincuenta de esos rifles, y él dice que los soldados de Batista les temen mucho. “Con estas armas podemos tumbarlos a mil yardas, dijo”.

Yo no sé mucho de arte militar, pero por lo poco que he leído sí puedo asegurar que un rifle de largo alcance, y de recarga por cerrojo, es un arma muy incómoda para la primera línea de un combate. Herbert L. Matthews, con sus más de veinte años como corresponsal de guerra, tiene que haberse dado cuenta de ese detalle contradictorio, pero lejos de eliminarlo, o presentarlo bajo otra perspectiva, decidió dejarlo así. Quizás para insinuar que la heroica lucha de sus aguerridos castristas no era más que un jueguito de tiro al blanco contra los ineptos soldados de Batista.

Como era de esperarse, los efectos de la publicación de esa entrevista no se hicieron esperar. Muchos jóvenes cubanos, convencidos de que la cosa en la Sierra Maestra era asunto de coser y cantar, subieron para sumarse a la lucha y descubrieron, algunas veces al costo de sus vidas, que se habían dejado engañar miserablemente. Hasta dónde yo sé, Herbert L. Matthews nunca les pidió disculpas a sus familiares.

Para el bando de Batista la entrevista también tuvo un efecto devastador. La credibilidad del gobierno, que se había dedicado a correr el bulo de que Fidel Castro estaba muerto, sufrió un duro golpe. Al mismo tiempo los soldados gubernamentales, ya de por sí desmoralizados por la propaganda anti batistiana dentro de Cuba, supieron de buena tinta (la del The New York Times) que si se rendían les perdonarían la vida. Había esperanza.

Pero el efecto más devastador de ese artículo fue, por desgracia, el inicio del desplazamiento de la opinión pública estadounidense hacia una verdadera y muy negativa valoración del régimen de Fulgencio Batista; pero acompañada, en lo que aun fue peor, de una aceptación acrítica de la figura de Fidel Castro. Un desplazamiento que alcanzó su punto culminante en el embargo de armas decretado por los EE UU al gobierno de Batista, una medida que le dio la estocada final al desmoralizado ejército batistiano.

Durante mucho tiempo se ha discutido sobre la verdadera naturaleza de las intenciones de Herbert L. Matthews. Los argumentos de esas discusiones han ido desde que el tipo era un romántico empedernido que se quiso dejar engañar, hasta que Fidel Castro era una especie de geniecillo criollo capaz de pasarle gato por liebre al propio Odiseo. Hoy en día, y ya con una idea cada vez más clara sobre la existencia de las noticias falsas, es posible decir que la entrevista de Herbert Matthews puede ser vista como un ejemplo cimero de esa plaga.

Podría ser, pero creo que hay mucho más que eso.

Cualquier persona que esté medianamente relacionada con el trabajo de Inteligencia de los antiguos países del bloque comunista –y de los Partido políticos que estos manejaban en el llamado mundo occidental– puede percatarse de que la entrevista de Matthews a Castro fue algo mucho más elaborado que una sarta de noticias falsas hilvanadas por un alma bienintencionada: fue el inicio de una campaña de medidas activas.

La diferencia entre una noticia falsa y una campaña de medidas activas es, por decirlo de alguna forma, la diferencia que existe entre una nota musical y una sinfonía. Las noticias falsas son, por lo general, hechos aislados y no concatenados; mientras que las campañas de medidas activas son una colección de noticias, falsas algunas y otras no, que en apariencia pueden parecer aisladas, pero que se repiten con cierta regularidad y que casi siempre van acompañadas de acciones que de alguna forma las apuntalan. Cuando esas noticias son analizadas en su conjunto muestran tener una gran capacidad para alcanzar efectos u objetivos preconcebidos.

Si algo llama la atención en el caso de la entrevista de Herbert Matthews es que a partir de ella la revolución cubana pasó a convertirse en un fenómeno mediático en los EE UU y, en consecuencia, en el mundo. Matthews, ya sabemos, no se quedó en un solo artículo. En ese mismo mes de febrero publicó dos más, y todos muy bien escritos para demostrar, en contra de toda lógica y veracidad, que Batista estaba irremediablemente perdido.

En unos cuantos meses aquello se convirtió en la revolución de las entrevistas y los articulitos. En marzo de 1957 la revista Life publicó una foto de Fidel Castro fumando tabaco con Herbert L. Matthews en la Sierra Maestra y la acompañó con un comentario igualando al cubano con Robin Hood.

En abril de 1958 el periodista Robert Taber y el camarógrafo Wendell Hoffman subieron a la “cercada” y “casi impenetrable” fortaleza de la Sierra Maestra para filmar, nada más y nada menos, que un documental sobre los barbudos. En mayo de ese mismo año la revista Life volvió a la carga con otro artículo sobre unos gringuitos que se habían alzado con Castro y habían decidido regresar a los EE UU.

No deja de ser irónico observar que hasta mayo de 1957 las gloriosas tropas de Fidel Castro habían tenido más apariciones mediáticas que combates reales. Y a partir de ahí raro fue el trimestre, de los escasos dos años que Fidel Castro estuvo en la Sierra Maestra, que su cuartel general no fuera visitado por algún periodista extranjero.

En enero de 1958 el The New York Times les regaló a los barbudos todo un editorial, y en febrero de ese año Castro fue entrevistado por Andrew Saint George, otro periodista de esa publicación. En abril, y como ya era habitual, la revista Life publicó algunas de las fotos de esa visita. Ese mismo mes se inició la campaña internacional y empezaron a llegar a la Sierra Maestra periodistas de Argentina, España y Brasil.

Todos esos tontos útiles, agentes de influencia, o simples mercenarios, ayudaron mucho a diseminar las noticias sobre la estúpida y real brutalidad del régimen de Batista; pero se cuidaron muy bien de mencionar la propia brutalidad desatada por el castrismo: las bombas en los cines, las personas quemadas en los incendios, las ejecuciones sumarias por sospechas de delación, el primer secuestro aéreo de la historia, las extorsiones a simples comerciantes o el secuestro de civiles estadounidenses. Nada de eso fue presentado como lo que realmente fue: terrorismo cobarde e indiscriminado.

Todos esos supuestos profesionales de la información callaron muy bien el hecho de que nadie en la historia de la Cuba republicana, incluyendo al propio Fulgencio Batista, había matado tanto como Fidel Castro para llegar al poder. El efecto de esos silencios asimétricos, o de esa campaña de medidas activas, fue el surgimiento de dos ciclos de retroalimentación, uno negativo para Batista y sus seguidores y otro positivo para Fidel Castro y los suyos.

Una de las personas que más se benefició de esos ciclos de retroalimentación fue el propio Herbert L. Matthews. Su predicción temprana de que Batista estaba condenado a la derrota lo cubrió con un halo de sabiduría sobre la situación cubana y lo fue convirtiendo, poco apoco, en el gran sabedor de Cuba dentro de los medios estadounidenses y, sobre todo, dentro del Departamento de Estado de los EE UU.

Ya para la segunda mitad del año 1958, Matthews era el hombre a escuchar a la hora de tomar decisiones diplomáticas sobre Cuba. De más está decir que eso contribuyó mucho al famoso embargo de armas decretado contra Batista, y a la desmoralización final de sus tropas.

Hoy se puede asegurar que el artículo publicado por el The New York Times el 24 de febrero de 1957 no fue escrito por un hombre engañado. Herbert L. Matthews fue un camarada con tarea, un agente de influencias que se metió en la Sierra Maestra como parte de un plan de medidas activas que se iniciaría a partir de ese momento. La suya no fue una predicción genial, la suya fue un ejemplo perfecto de esas profecías que se validan a sí mismas (self-fulfilling prophecies).

Las palabras de Hebert L. Matthews ayudaron muchísimo a hacer realidad sus predicciones sobre la inevitable derrota de Batista.

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BBC-Britain Broadcasting Castro?

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Hace unos días el sitio web de la BBC en español publicó un texto sobre la llamada participación de Cuba en el conflicto entre Marruecos y Argelia del año 1963.

Ese remedo de artículo que, bajo el manto de querer “contar una historia”, repite una mitología caduca, me llevó a escribirle, sin muchas esperanzas, esta carta al editor de la BBC en español.

Le escribo con motivo del texto del señor Pablo Esparza titulado “Los soldados que Cuba envió a una guerra en África (en la que nunca llegaron a combatir)”.
Tengo que confesarle que terminé de leer ese texto con una mezcla de estupor, indignación y, sobre todo, de vergüenza ajena por la desinformación infligida a los lectores de la BBC en español.
Es realmente vergonzoso que, a pesar de la enorme cantidad de informaciones hoy disponibles sobre ese tema, el señor Pablo Esparza haya decidido repetir las mentiras que la propaganda del castrismo lleva repitiendo durante más de 50 años.
Para empezar, la primera operación de Cuba en Argelia, la del traslado de las armas ocupadas en Bahía de Cochinos al FLN argelino no fue, para nada, una operación soberana y altruista del castrismo.
Ya hoy se sabe que al frente de esa operación estuvo Francisco Ciutat de Miguel, un agente hispano soviético que en Cuba fue conocido como Ángel Martínez Riosola y en la URSS como Pável Pavlovich Stepanov.
Además, el hombre al mando de las comunicaciones de esa operación fue Hirám Prat Labrada, un joven comunista cubano que estuvo muy relacionado con el trabajo clandestino de esa organización, durante la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, y que llegó a tener vínculos muy estrechos con los miembros del Partido Comunista que trabajaban, desde mucho antes del triunfo del castrismo, para la Inteligencia soviética.
Estamos hablando de la misma KGB que, en 1958, y también mucho antes del triunfo de la revolución cubana, había organizado una operación idéntica para hacerle llegar al FLN argelino parte de las armas ocupadas por los vietnamitas después de la batalla de Dien Bien Phu. Batalla en la que, dicho sea de paso, las guerrillas de Ho Chi Minh fueron asesoradas por el mismo Francisco Ciutat de Miguel mencionado anteriormente.
En cuanto al envío de tropas cubanas a Argelia, en 1963, causa estupor que el señor Pablo Esparza haya usado como fuente de sus informaciones a un historiador tan desacreditado como Piero Gleijeses. Un compañero con una aproximación a la historia que siempre ha sido tan ideológica, y asimétrica, como la de su gran amigo Jorge Risquet, uno de los agentes más sólidos que la Inteligencia soviética siempre tuvo dentro del castrismo. 
Eso no solo lo digo yo, eso lo dice también el comandante de la revolución castrista Jorge (Papito) Serguera Riverí, que era el embajador de Cuba en Argelia, en 1963. Cuenta Papito en su libro “Caminos del Che” que el compañero Gleijeses fue a entrevistarlo, después de haber tenido casi finalizada la misión que le había encomendado Jorge Risquet, y que empezó diciéndole que “ya había cumplido su objetivo, que sólo quería ampliarlo”.
Según las propias palabras de Papito: “Eso me molestó y no quise seguir conversando con dicho profesor (Gleijeses) ante lo insólito del hecho. Yo había guardado discreción absoluta durante 30 años, pero a partir de entonces ya no me sentí en esa obligación, pues lo hicieron público sin contar conmigo… De ese texto (el de las entrevistas grabadas a principios de los ochentas) Piero Gleijeses dedujo las razones que tuvo el Che para meterse en África y dar su versión de lo que ocurrió”.
¿Por qué los compañeros Risquet y Gleijeses decidieron obviar la versión del comandante Serguera? Bueno, porque entre otras cosas Papito dice que el hombre al mando de esa segunda aventura cubana en África, la de 1963, también fue Francisco Ciutat de Miguel; porque cuenta que la KGB había estado al tanto de invasión marroquí desde antes de que sucediera; o porque explica que tanto en 1958, como en 1961 y 1963, los soviéticos entregaron los armamentos, incluida una unidad de tanques, a Houari Boumedienne, el hombre que eventualmente derrocaría a Ahmed Ben Bella.
Aquí debo terminar, solo quiero reiterarle que el tema es tan rico en informaciones, y de una riqueza tan compleja e interesante, que resulta incomprensible que el señor Pablo Esparza lo haya convertido en una simple operación de propaganda. Es difícil saber si lo hizo por razones ideológicas, por indolencia intelectual, o para echarse cuatro euros en el bolsillo; aunque justo es reconocer que muchas veces esas tres razones van bien juntas.
Si le he escrito esta nota es porque estamos viviendo tiempos en los que conceptos como “noticias falsas” y “apropiaciones culturales” son de uso constante a ambos lados de los espectros políticos e ideológicos.
Deja mucho que pensar el hecho de que un medio con tanta historia como la BBC le haya encomendado una pieza sobre Cuba a un joven español muy mal informado, a un desconocedor que se dedica a repetir las mentiras de una propaganda mientras pretende apuntalarlas con las opiniones de un historiador gringo y de una profesora española.
Si eso no es apropiación cultural, y noticia falsa, entonces nada lo es.
Saludos,
César Reynel Aguilera,
Médico, bioquímico y escritor cubano, autor del libro “El soviet caribeño-La otra historia de la revolución cubana”.

Como era de esperarse, y en la mejor tradición del imperialismo cultural de la izquierda occidental, la BBC ni acusó recibo ni se ha dignado a responderme.

Y es una lástima, porque al final dejaron pasar una excelente oportunidad de contar una historia mucho más cercana a la verdad y, sobre todo, mucho más rica.

Una historia de la que el autor del texto publicado estuvo al tanto, porque me contactó antes de escribir su bodrio e intenté hacerle ver, por aquello del beneficio de la duda y de ayudar al prójimo, que se estaba adentrando en un tema muy complejo.

De más está decir que la culpa de ese profesionalismo subestandar no es de Pablo Esparza, al final cualquier tonto con alpargatas adidas se sentiría muy contento de ver su nombrecito impreso al lado de la sigla BBC, y si lo logra escribiendo sandeces, pues mejor.

La culpa es de la misma emisora que muestra, a la entrada de su edificio principal, una estatua de George Orwell con una frase de ese escritor que reza:

Si algún significado tiene la palabra libertad, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren escuchar”.

Todo parece indicar que para la BBC de hoy todas las libertades son iguales, pero algunas son más iguales que otras.

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Lo que sucedió a un reino de burlados que creyeron en el paño

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Patronio le contó otra historia al Conde Lucanor. No sé por qué, imagino que sus motivos tendría; pero les puedo asegurar que esa historia no fue así. Yo estuve allí y el negro palafrenero se quedó callado. Es verdad que el rey se tiró encima el famoso paño y quiso cabalgar por las tierras de su reino; pero el negro palafrenero, como era su costumbre, agarró la brida y miró hacia abajo. Eso fue todo, después el escudero ayudó al monarca a montar y su alteza salió a galopar tan desnuda como había venido al mundo.

Si quieren ponerle algo de imaginación pueden decir que el negro palafrenero vio que el rey iba desnudo, pero se encogió de hombros y pensó que eso era cosa de blancos, o de moros, porque dice Patronio que el rey era moro; aunque eso tampoco es verdad, el rey era más blanco que la leche de Asturias, y tenía pecas hasta en el fondillo.

Salió a cabalgar el rey y así surgió el primer territorio libre de bastardos; porque gracias a la grandeza de su decisión, y a la efectividad del paño mágico, fue posible que por primera vez en su historia los habitantes del reino pudieran separar a los puros de los impuros, a los malos de los buenos, a los santos de los hijos de putas y a los fieles de los infieles.

Los pocos que se atrevieron a decir que el rey iba desnudo fueron expulsados del reino sin contemplaciones, y los dos o tres que insinuaron que quizás la tela había sido tejida con demasiada transparencia fueron asesinados sin piedad. En poco tiempo el miedo dio paso a la euforia y esta fue canalizada, con mucha paciencia y sabiduría, hacia eso que hoy conocemos como la épica del paño.

Una historia que ha logrado convertir el trenzado de una prenda invisible en una epopeya digna de los más sentidos cantares. Una gesta en la que cada hebra fue una victoria heroica, cada tramo fue el aviso de un destino de grandezas y cada nudo la prueba fehaciente de que ese rey había sido un genio en todas las artes conocidas y por conocer. De esa forma, un acto tan simple como el de tejer fue convertido en algo muy cercano a una mitología.

Y así empezó la apoteosis del paño. Los poetas escribieron sus poemas, los juglares “juglaron” sus tonadas, los fotógrafos crearon imágenes vacías de la prenda sagrada y los cineastas aprendieron filmarla mientras ondulaba cual viento. Los niños, por su lado, aprendieron a cantar aquello de “somos felices aquí” y después, cuando crecieron, fueron llevados a unos actos solemnes y públicos para colgarles de sus cuellitos unas pañoletas mágicas e invisibles. Fueron unas ceremonias tan lindas que anidaron profundamente en sus memorias. Tanto es así, que hoy es difícil encontrar uno, aunque sea uno de esos niños, que no recuerde el roce de aquella pañoleta tan suave sobre la tierna piel de su cuello.

El rapto mitológico alcanzó niveles tales que las noticias empezaron a desbordar las fronteras y los monarcas de los reinos vecinos, lejos de reírse de un colega tan tonto, decidieron denunciar la crueldad de este para con los pobres bastardos. El rey se insultó, amenazó con guerras y prometió exportar sus mejores paños mágicos para acabar, de una vez y por todas, con los reinos de la mentira y la infidelidad. Además de eso, juró y perjuró que el suyo sería, gracias a la inobjetable pureza de sus habitantes, el reino más rico y hermoso del mundo.

Lo interesante del caso es que en los reinos vecinos también existían súbditos –hay gente para todo– que odiaban visceralmente a los bastardos. Esos súbditos, que por una razón no muy bien explicada llegaron a pulular en los periódicos y universidades de los reinos vecinos, pueden ser identificados como los verdaderos creadores de la Pañología. Porque fueron ellos quienes se encargaron de escribir infinitos tratados sobre la sociología del paño, la semiótica del paño, la lingüística del género, la economía pañal, las guerras pañales y otras ñáñaras similares.

Como cabría esperar, el reino del paño invisible se empobreció hasta convertirse en un marabuzal intransitable. Muchos de sus súbditos escaparon hacia los reinos vecinos y fueron inmediatamente identificados, por los pañólogos, como desertores. Los periódicos y las universidades les abrieron sus puertas, pero siempre con una condición que fue tan implacable como innombrable: el paño existió, existe y existirá.

Una condición que fue fácilmente aceptada por esos desertores. A fin de cuentas, la gran mayoría de ellos eran aquellos niños que habían jurado sentir el roce de la pañoleta mágica, e invisible, sobre sus tiernas pieles. Además, aceptar la existencia del paño era un precio menor cuando se le comparaba con la posibilidad de poder seguir hablando mal del rey; o de apañárselas para construir, paño a paño, unas honorables y muy bien remuneradas carreras periodísticas o académicas.

Así andaban las cosas, después de casi sesenta años de mitos y paños tibios, cuando a un tipo se le ocurrió escribir un libro reclamando que la tal prenda nunca existió, que el rey siempre estuvo desnudo, y que toda esa historia no había sido más que un engaño.

No los voy a aburrir con los argumentos de ese tipo. Solo les diré que fueron desde un raro cáncer de piel que el rey desarrolló en una nalga (que debió haber estado protegida del sol por el paño), hasta un análisis de la gestualidad del rey cuando caminaba o cabalgaba (que era idéntica a las de muchos seres humanos cuando van en pelotas). Todo eso aderezado con datos incontrovertibles sobre la existencia de otras estafas similares y, para más sorpresas, de una organización Internacional de sastres que se dedicó, y todavía se dedica, a tejer semejantes marañas.

Tampoco los voy a aburrir con las reacciones de los defensores y detractores del rey. Solo les diré que los aduladores de su majestad empuñaron sus pañuelos e insistieron en jurar que la prenda sagrada ya había transmutado en bandera y que negar su existencia se convertía, por tanto, en un insulto a las respetables creencias personales de aquellos que añoraban un mundo sin bastardos.

Con los desertores la cosa fue aún más plañidera, porque ya eran casi sesenta años de intereses creados, de abnegada lucha contra la grandeza del paño y de añejos apañamientos con los pañólogos. Demasiado tiempo para aceptar que todo había sido una farsa, o que se habían pasado la vida entera en la comepañería. Quizás fue por eso que muchos de ellos adoptaron actitudes desdeñosas mientras se acariciaban sus arrugados cuellos.

El pueblo, que ya para esa época era una multitud de pañosos, se tomó el asunto con su humor habitual. Algunos llegaron a preguntar, socarrones, si ¿cuándo de sedas y muselinas se trataba, era correcto decir es paño o es paña? Otros fueron más explícitos y se atrevieron a jurar que el origen de sus taparrabos se debía la antigua maldición de la letra eñe.

El escritor, mientras tanto, rio a diestra, centro y siniestra, porque como bien le podría haber dicho Patronio al Conde Lucanor:

  • Risible empeño es el de empañar las ñoñerías de quienes se las apañan para vivir de un paño.

 

 

 

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Con Juan Manuel Cao en América TV

#1 Best Seller

Ayer, a las 10:30 pm, salió al aire aquí en Miami el primero de los dos programas que el periodista Juan Manuel Cao decidió hacer para comentar mi libro El Soviet Caribeño.

Para mi asombro, hoy en la mañana el libro amaneció en el primer lugar de ventas de Amazon en la categoría de libros de Historia en español.

Es increíble el poder de la televisión.

Muchas gracias a todas las personas que vieron el programa, y a todas las personas que decidieron comprar el libro.

Si quieren, hoy nos volvemos a ver a las 10:30 pm en el programa El Espejo, de América TV.

Aquí la primera parte del primer programa

Aquí la segunda parte del primer programa

Aquí la primera parte del segundo programa

Aquí la segunda parte del segundo programa

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En saludo al 26

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Ayer, en horas de la noche, tuvo lugar otro encuentro de la Escuela Historiográfica Cubana de Montreal.

Participaron el Lic. Francisco García González, el matemático Félix Carbonell, el ingeniero Roldán Pérez y quien esto escribe.

La actividad fue exquisitamente preparada por las licenciadas Vilma Vidal y Gretel Barreras, quienes además de la cena y los refrigerios brindaron una excelente conferencia –en paralelo– sobre los desacuerdos en precios y estilos entre Ikea y Structube.

El primero en usar la palabra fue el Lic. Francisco García González, quien empezó pidiendo –antes de explicar su interesante tesis– que en las actas de este encuentro su nombre no apareciera como Franky.

La tesis de Francisco García González es que la grandeza de la Escuela Historiográfica Cubana de Montreal radica en el hecho de que los mejores antídotos contra la mitología gringo-castrista de la revolución cubana son, precisamente, los análisis pobres y tendenciosos, las evidencias parciales, las tramas templarias y las teorías conspiratorias.

Para así demostrarlo Francisco García González se comprometió a escribir la Historia del famoso y nunca bien ponderado Partido Auténtico de Cuba, y se comprometió, además, a escribirla a partir de un análisis exhaustivo de todos los periódicos y libelos publicados durante la existencia de ese partido político.

Cuestionado por los presentes sobre la validez de semejante método de investigación el interpelado se defendió explicando que ya ese método había sido validado… mediante la escritura de la Historia de un bar del Centre-Ville de Montreal a partir de los grafitis leídos en sus baños y paredes.

Se procedió a los aplausos en silencio (y a los suspiros de admiración mal contenida) antes de pasar al siguiente punto, que estuvo a cargo del ingeniero Roldán Pérez Morales.

Este ponente, que llegó al encuentro muy bien preparado, defendió la idea del extraordinario valor informativo que pueden llegar a tener los errores, las mentiras y las omisiones del sitio de desinformación castrista llamado Ecured.

Para defender su ponencia el ingeniero procedió a un análisis comparativo entre las entradas de Ecured correspondientes a las muertes del esbirro castrista Osvaldo Sánchez y de su piloto Martín Klein. La comparación está recogida en la imagen que sirve de encabezamiento a este texto.

Como bien explicó el ingeniero Roldán, esa imagen muestra que, a pesar de estar los dos en el mismo avión, Osvaldo Sánchez murió a causa del mal tiempo que derribó a la aeronave, mientras que Martín Klein, que iba piloteando la misma, murió como consecuencia del fuego cruzado de la defensa antiaérea castrista.

Un verdadero enigma histórico que el Lic. Francisco García González quiso resolver proponiendo la existencia de dos dimensiones espaciales diferentes. Según esa explicación Osvaldo Sánchez estaba exactamente en el mismo sitio que su piloto Martín Klein, pero al mismo tiempo no estaba. Fue, entonces, esa dicotomía de estar y no estar la que permitió que uno muriera de una forma y el otro de otra.

Hay que reconocer que muchos de los presentes ya se inclinaban a aceptar esa explicación cuando pidió la palabra el matemático Félix Carbonell.

Según Félix la explicación propuesta no se sostenía porque un análisis detallado del texto publicado por Ecured demostraba un desfasaje más temporal que espacial. Según Ecured Osvaldo Sánchez murió a las 6:45 de la tarde, mientras que su piloto fue derribado alrededor de las 7:30 de la noche.

Ante la imposibilidad de aceptar semejante plegamiento de las coordenadas espacio-temporales procedimos a buscar una explicación más pedestre. Así llegamos a extraordinaria idea de que el castrismo y Ecured intentan esconder el hecho de que Osvaldo Sánchez fue derribado ex profeso y con nocturnidad y alevosía.

Para explorar esa posibilidad decidimos utilizar el método de la concatenación histórica; o sea, nos propusimos establecer una línea de continuidad entre hechos en apariencia no relacionados. Por ejemplo:

  1. La llegada a La Habana del agente de la KGB Alexander Alexeyev (el 1ro de octubre de 1959).
  2. La orden de apresamiento del comandante Huber Matos (26 de octubre de 1959).
  3. La desaparición física de Camilo Cienfuegos (el 28 de octubre de 1959).
  4. La muerte del capitán Cristino Naranjo (el 12 de noviembre de 1959).
  5. El alzamiento, la búsqueda, captura y fusilamiento del capitán Manuel Beaton (junio de 1960).
  6. El derribo por fuego amigo de la avioneta en la que iba Osvaldo Sánchez (9 de enero de 1961).
  7. El apresamiento en Praga de Marcos Rodríguez (10 de enero de 1961).
  8. El juicio a Marcos Rodríguez y el inicio de la defenestración de Joaquín Ordoqui (marzo de 1964).
  9. La extraordinaria carrera artística de Juana Bacallao.

Después de rompernos un poco la cabeza arribamos a una narrativa que dice más o menos así: El bolo de la KGB ordena crear el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y que Raúl Castro sea el jefe. Camilo Cienfuegos se queda sin pincha, se pone bravo y le dice tres o cuatro verdades al benjamín. Los hermanitos de Birán deciden deshacerse del Señor de la Vanguardia y le piden a Osvaldo Sánchez que se ocupe. La Bestia Roja dice que hace falta sacar a Camilo de La Habana. Fidel Castro, lejos de firmar la renuncia de Huber Matos, le dice a Camilo que vaya a prenderlo. Camilo va y desaparece sin dejar rastro alguno.

Hasta ahí todo va bien. Pero alguien le filtra la información a Cristino Naranjo de que su adorado jefe había sido asesinado. Cristino Naranjo abre una investigación propia y empieza a desenterrar informaciones que no encajan. Osvaldo Sánchez decide tomar cartas en el asunto, busca en sus archivos y encuentra que una mujer de Manuel Beatón también tiene amoríos con Cristino. Le dejan caer la información a Beatón, quien se siente deshonrado y en su deshonra asesina a Cristino Naranjo.

El problema parecía solucionado, pero unos pocos meses después unas baterías antiaéreas, en las que había gente de la antigua tropa de Camilo, se cargan a Osvaldo Sánchez. ¿Quién estaba alimentando a los antiguos hombres de Camilo con semejantes informaciones? ¿Quién los puso al frente de esas baterías? Bueno, pues nada más y nada menos que el viceministro del MinFar, Joaquín Ordoqui. Ante esa debacle de lealtades no quedó más remedio que apresar a Marcos Rodríguez allá en Praga y empezar así el proceso que terminaría en la prisión domiciliaria de Ordoqui. Mientras tanto, se hizo necesario neutralizar a todos y cada uno de los hombres importantes de la antigua tropa de Camilo Cienfuegos. El último de ellos fue Arnaldo Ochoa Sánchez. La pregunta de peso, claro está, es:

  • ¿Y Juana Bacallao?

Bueno, está la historia de la teniente Juanita de las Mercedes Montes de Oca Bacallao, sobrina nieta, con dos grados de separación, de la famosa cantante y, además, primer teniente del Minfar. Juanita, que es como la llamamos sus amigos, trabajó como archivista de los expedientes médicos del Minfar durante más de 20 años. En 1989 Juanita hizo algo increíble. En cuanto se enteró que Arnaldo Ochoa estaba preso fue y fotocopió, sin que nadie lo notara, el expediente médico del General. Días después, como era de esperarse, el expediente fue incautado por los hombres de Raúl Castro y desapareció. Pero eso ya no importaba, porque ya Juanita podía saber, a partir de la fotocopia que había hecho, que Arnaldo Ochoa estaba narcotraficando en Nicaragua el mismo día y a la misma hora en la que estaba siendo sometido a un análisis de sangre en el Hospital Naval de La Habana. Así fue como Juanita supo que meses antes de morir el General Ochoa llegó a alcanzar el divino don de la ubicuidad.

Se hizo un largo silencio y Félix Carbonell terminó sus cálculos antes de explicar que la ubicuidad de Ochoa era matemáticamente imposible, que semejantes plegamientos de los planos espacio-temporales de este universo traerían como consecuencia la desaparición de todas esas coordenadas y campos de energías que llamamos Cuba.

Se hizo otro largo silencio antes de que el ingeniero Roldán explicara que, dado el decrecimiento de la población cubana, y dada la sustitución en Cuba de las polimitas por el caracol africano, de la caña de azúcar por el marabú, del son por el reguetón, del béisbol por el futbol, etc., etc., no era descabellado pensar que podríamos estar asistiendo a una desaparición no-catastrófica, o a una catástrofe silenciosa, o a eso que en el cine llaman salida por disolución.

Decidimos dejar esa idea para un próximo encuentro. Había llegado la hora del postre. Recogimos la mesa, llevamos las bandejas de yuca con mojo, ensalada y puerquito asado hacia la cocina. Guardamos las botellas de vino y nos dispusimos a disfrutar de una excelente pastelería francesa.

Alguien dijo:

  • Esto le molesta al comandante.

 

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El candil y la oscuridad

Candil de la calle

Se llamó Ángel Arturo Álvarez Lombardía, pero le decían Fray, como a Fray Candil.

No creo que haya dado mucha luz. Fue más bien uno de esos cuadros oscuros que el PCC-PSP siempre mantuvo en las sombras.

Nació en la ciudad de Santa Clara y se destacó como líder estudiantil de la enseñanza media por allá por los años 40. Eso me hace pensar que debe haber nacido alrededor de 1925, quizás un poco antes.

Indamiro Restano (hijo) asegura que después del golpe de estado del 10 de marzo de 1952 Fray Lombardía fue el administrador de las gasolineras que eran propiedad de Cosme Varas, el ayudante personal de Fulgencio Batista. Y fue, además, el director de Carta Semanal el periódico ilegal que el PCC-PSP creó cuando le cerraron Hoy.

Si eso es verdad, entonces todo parece indicar que el aparato de Inteligencia del PCC-PSP se las agenció para posicionar a Fray en un punto clave.

Debe haber hecho un buen trabajo, porque a partir de 1959 pasó a ser, junto con otros viejos comunistas, uno de los fundadores de la Seguridad del Estado castrista.

Orlando Rodríguez Pérez cuenta en sus memorias que a inicios de 1959 se encontró con Fray Lombardía en una calle de La Habana. Eran amigos desde la época de las luchas estudiantiles de los años 40 y se abrazaron. Cuando le preguntó en qué andaba la respuesta que recibió fue:

  • Estoy metido a esbirro, estoy trabajando en Seguridad…

En 1960, cuando Anastas Mikoyan visitó La Habana, dos amigos comunistas de Orlando Rodríguez Pérez –Carlos Guigou y Cuco González—le confesaron que eran parte del dispositivo de seguridad personal que los comunistas cubanos habían establecido para proteger al enviado soviético.

Para demostrarle que estaban diciendo verdad le enseñaron a su amigo las credenciales que los acreditaba para tan importante tarea. El asombro de Orlando Rodríguez Pérez fue mayúsculo cuando vio que las identificaciones estaban firmadas por su amigo Fray Álvarez Lombardía, una persona a la que él nunca había tenido por comunista.

Que Fray estaba metido a esbirro lo confirma a su vez Juan Antonio Rodríguez Menier, uno de los desertores de la Seguridad del Estado castrista, cuando dice en sus memorias que Lombardía fue el “jefe de la Sección Jurídica de Operaciones y principal organizador de lo que después devino en el Viceministerio de Contrainteligencia”.

La mano no le tembló a Fray Lombardía a la hora de organizar la implacable represión del castrismo. Ya hoy se sabe que muchas de las penas de muerte de los procesados en la cárcel de “Quinta y 14” fueron firmadas por ese viejo comunista.

Menier también confirma la militancia de Fray cuando dice: “Me agradaba la sencillez y enorme capacidad de ese hombre. No era Jefe de Operaciones del DSE por el gran sentido de la disciplina que le inculcó la jefatura del viejo partido comunista, lo que le hizo aceptar jefes bastantes incapacitados pero muy oportunistas. Álvarez, que fue el padre del DSE, nunca fue jefe de ninguna rama. Triste destino de ese brillante hombre, servir de segundón de hombres mediocres, pero más astutos que él”.

No hay dudas de que hay astucias y astucias. La de Fray fue a más largo plazo y siempre tuvo objetivos que iban mucho más allá de aparecer como jefe. Terminó siendo el ayudante personal de José Abrantes, una posición idónea para seguir haciendo lo que mejor sabía hacer: trabajar desde las sombras para sus verdaderos jefes.

En el último capítulo de mi libro “El soviet caribeño” explico que la preparación de la intervención cubana en la guerra civil angoleña empezó mucho antes de que –como dice la versión oficial del castrismo— a Fidel Castro se le ocurriera hacer semejante estupidez de una forma independiente e inconsulta.

Como parte de esa preparación los submarinos atómicos soviéticos empezaron a parecer en aguas y puertos cubanos, la URSS le regaló a Castro algunos submarinos convencionales mientras que Cuba empezó a desarrollar, sin que mediara racionalidad económica alguna, una imponente flota pesquera. Está claro que se estaban preparando las condiciones -con dinero soviético- para mover tropas a través de los mares.

Esa fue la época en la que dos cubanos muy vinculados al aparato de Inteligencia del PCC-PSP, y a la KGB, fueron nombrados como dirigentes del Ministerio de la pesca en Cuba. Emilio Aragonés como ministro e Isidoro Malmierca como viceministro. Lo interesante del caso es que en 1973 Fray Lombardía fue nombrado director de la Flota Cubana de Pesca.

Todo parece indicar que viejo Partido los criaba y la KGB los reunía.

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