Bajo las sandalias de David

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El New York Times vuelve a la carga con otro de sus editoriales en defensa del castrismo. Esta vez sobre el supuesto robo de médicos cubanos por los Estados Unidos.

Quienquiera que haya escrito ese editorial insite en olvidar que los científicos de origen judíos son el grupo étnico que más premios Nobel le ha dado a los Estados Unidos.

Una buena parte de esa sobrerrepresentación se debe a la enorme tasa migratoria, a principio de los años treinta, de intelectuales judíos de origen europeo hacia territorio estadounidense. Una fuga en masa que ocurrió como consecuencia del auge del nazismo.

La pregunta es, entonces: ¿Le robaron los Estados Unidos esos cerebros al fascismo y a la Alemania de Hitler?

Hoy la respuesta es evidente: Esas personas lo único que hicieron fue escapar del totalitarismo.

En los años treinta, sin embargo, encontrar esa respuesta no era tan fácil como ahora parece. En aquellos años la propaganda nazi se ocupaba, cada vez que podía, de lanzar a los cuatro vientos sus loas a unos “logros” del fascismo  —en educación, salubridad, empleos, salarios, poder adquisitivo, transporte y recreación—, que muchas veces tenían detrás cifras que parecían ciertas y realidades que, hasta cierto punto, las respaldaban.

Para más dificultades, en aquellos años las persecuciones de los judíos por el nazismo y el fascismo no eran creíbles para muchas personas. No faltaron políticos estadounidenses que pusieron en duda esas persecuciones, periódicos que las consideraron exageradas y líderes religiosos que miraron hacia otro lado mientras los nazis perseguían y mataban a “los martirizadores de Jesús”.

Pasó mucho tiempo antes de que la opinión pública de los Estados Unidos, y del mundo, aceptara que una buena parte del Holocausto ocurrió porque ellos quisieron creer que No estaba ocurriendo. Porque fundieron, en una sola pieza, a Hitler con Alemania. Porque durante mucho tiempo le dieron al Führer el beneficio de la duda. Porque vieron al nazismo como una buena punta de lanza en la lucha contra el comunismo e insistieron, por tanto, en verlo como la respuesta natural de un país debilitado y “oprimido” por las potencias europeas. Porque se escudaron en los famosos “logros” del nazismo para No ver que una buena parte del pueblo alemán estaba siendo reprimida.

Hoy resulta irónicamente triste observar que el periódico más importante de Nueva York, un periódico fundado por descendientes de judíos y publicado en la ciudad con más miembros de esa etnia en Norteamérica, repite en su defensa del castrismo una buena parte de las mismas bajezas éticas e incoherencias intelectuales que cometieron aquellos negadores tempranos del Holocausto.

Se suma el New York Times al coro de sordos descrito por “Nadie Escuchaba”. Funde, en una sola pieza, a los Castro con Cuba. Equipara a la Cuba de los Castro con la nación cubana. Ve al castrismo como la respuesta natural a una “opresión” americana que ya, en 1958, había convertido a Cuba en la cuarta economía de Latinoamérica. Se escuda en los supuestos logros del castrismo para no ver el empobrecimiento extremo de Cuba, la represión contra los opositores políticos, los asesinatos, y la existencia de una población tan desesperada que prefiere lanzarse a los tiburones antes de seguir viviendo en Cuba. Para el New York Times nada de eso existe porque el castrismo es, a fin de cuentas, una buena punta de lanza en la vieja lucha entre liberales y conservadores, entre demócratas y republicanos o entre burros y elefantes.

Los exiliados cubanos podemos, como aquellos denunciadores tempranos del Holocausto, rasgarnos las ropas y decir que los médicos cubanos escapan —como lo hicieron en su momento Niels Bohr, Albert Einstein, James Franck, Eugene Wigner, Otto Loewi, Otto Meyerhof, y Otto Stern— de un régimen despótico y totalitario, de un desgobierno que se siente con el derecho a decidir quién estudia en la universidad y quién no —la universidad es para los revolución-Arios—, de una tiranía que anula títulos de medicina cuando sus dueños osan oponérsele; de una policía política secreta que utiliza la psiquiatría como arma de represión contra los opositores; y de un déspota, Fidel Castro, que en contra de todos los postulados de la medicina moderna es capaz de decir —ante las cámaras de la televisión— que una persona padece una “asquerosa enfermedad”.

Decirle todo eso al autor del editorial de marras es pescar en el desierto. El New York Times, como todos los periódicos convertidos en vehículos de una ideología; es refractario a los hechos y adicto a las jaculatorias. Por eso repite y repite, con una insistencia que empieza a recordar a Goebbels, la fábula bíblica de un castrismo —erróneamente convertido en Cuba— que se enfrenta a un enemigo mucho más poderoso. Un cuento infantil que insiste en ver a los Estados Unidos como Goliath y se regodea, como aquellos negadores tempranos del Holocausto, en olvidar que bajo las botas del supuesto David yacen once millones de cubanos aplastados por un régimen que algún día será reconocido por lo que realmente es.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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Una respuesta a Bajo las sandalias de David

  1. Pericles dijo:

    The New York Times Y SUS EDITORIALES
    Noviembre del 2014
    El de este domingo se tituló “La fuga de cerebros en Cuba, cortesía de EEUU”.

    El diario estadounidense The New York Times criticó este domingo el programa del Gobierno estadounidense que brinda refugio a médicos cubanos fugados de misiones en el exterior, y dijo que “procura desestabilizar” el régimen de La Habana.
    No tengo claro que persigue (siempre se hace por algo) el N.Y.Times) con esta línea editorial. Pero cualquiera que fuese, por justificada que resultare, en este caso, no tiene argumentos que permitan respaldarla.
    Evidentemente que la desestabilización es un arma más en el arsenal del combate político e ideológico. Todas las fuerzas que intervienen en este tipo de contienda la utilizan. Es una más entre tantas otras, pero en esta ocasión particular, los argumentos que se esgrimen, teniendo en cuenta, las motivaciones de los participantes y organizadores y el escenario en que ocurre, da la impresión de avalar, aplaudir y exaltar una gestión, en la cual la motivación no traduce el sentimiento humanitario- que nunca ha sido el meollo de estas decisiones- si no el afán de recaudar divisas y el incremento de recursos imprescindibles para la subsistencia de un modelo económico-social caduco y en vías de extinción, por parte de los propugnadores y una posibilidad de escapar de la miseria de los que lo ejecutan aceptando incluso los altos riesgos que implica.
    No me parece que el Gobierno necesite justificar nada. Es parte de una estrategia global que en nada se diferencia de las precedentes, o del resto de las consideraciones que rigen las disposiciones migratorias bilaterales.
    “La fuga de cerebros en Cuba, cortesía de EEUU”.
    Los cerebros no se fugan, los obligan a emigrar, tanto en Cuba como en otros países, la pérdida del reconocimiento a sus valores personales y de la recompensa merecida en el terreno material y social de que son tributarios.

    Los médicos “están en su derecho” a emigrar a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades, admitió The New York Times. “Pero invitarlos a desertar durante misiones en el exterior es excesivo”,
    Lo único que resulta excesivo (y reiterativo) es este rebrote inexplicable de la tolerancia con las decisiones pragmáticas que las motivan, ignorando la materialidad que las promueve y la explotación humana que las sostiene

    Pericles

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