Argelia, mi propia aventura (testimonio-I)

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Por Hermenegildo Menéndez. Médico del Grupo Expedicionario Cubano en Argelia.

Razones de Angola, de César Reynel Aguilera, es una recopilación de artículos relacionados con las aventuras cubanas en África. Con una fundamentación bibliográfica exhaustiva, y con citas confiables, arroja luz sobre un proceso que, involucrando a un alto porcentaje de nuestra población, e invocando las más justas causas, condujo a una epopeya de envergadura mundial en la cual —apoyado materialmente por los soviéticos— el narcisismo y el afán de protagonismo histórico que ha constituido a través de toda su historia la motivación esencial de Fidel Castro, tuvo su más larga, si bien, finalmente, poco exitosa representación.

Desafortunadamente, una de las fuentes de informaciones de Razones de Angola, el libro del Comandante Jorge “Papito” Serguera —Caminos del Ché— no ha llegado a mis manos.

No obstante, el hecho de haber participado personalmente en el primero de esos devaneos me estimula a profundizar en el fenómeno con mis recuerdos, matizados, claro está, con las informaciones que posteriormente se han ido añadiendo y un poco contrastándolas con las que aporta el autor

Todo comenzó —para mí, por supuesto— una tarde lluviosa de Octubre de 1963, en la Unidad Militar en la que desde solo hacía tres meses prestaba servicios como Médico, en su equivalente de Servicio Social. El ciclón Flora desataba su devastadora furia en las provincias orientales y la orden de acuartelamiento, tan común que no llamaba la atención, fue relacionada con este evento.

En breve tiempo los preparativos, que se sucedían aceleradamente, sugirieron que se trataba de algo de mayor envergadura. La entrega, por ejemplo, de armas personales, o la limitación para salir o comunicarse con el exterior indicaron que de algo serio se trataba.

No demoró mucho en materializarse una reunión, presidida por Raúl Castro, Efigenio Ameijeiras y otros oficiales, en la cual nos enteramos de que habíamos sido escogidos, voluntariamente, para una misión en el extranjero.

No recuerdo que nadie solicitara mi aquiescencia, pero en aquellos tiempos esas cosas se subvaloraban y se aceptaban sin reparos. Cuatro de los voluntarios adujeron razones personales y fueron separados del grupo.

Poco después, en un obscuro y aislado puerto habanero, el Andrés González Lines, un buque mercante de unas 10,000 toneladas, engullía tanques y cañones en sus bodegas, mientras la abigarrada tropa, provista con unos trajes de sastre fabricados en la URSS, que generosamente nos habían facilitado, pretendía confundir al enemigo ocultando la condición de militares.

Creo que a nadie se le ocurrió en ese momento analizar que, como señala Aguilera, “cruzar el Atlántico con un barco cargado de tropas y armamento, sin protección de submarinos, es cosa de locos. Muchos años después conocimos la coincidencia de una correlación positiva y silenciosa entre las “aventuras cubanas” en África y el desplazamiento hacia el sur de los submarinos soviéticos”. (Razones de Angola)

El jefe de la tropa, en el barco, un comandante de la Sierra, (Nicaragua*), parece solo tenía la tarea del viaje, porque después desapareció. En las últimas décadas nunca lo he vuelto a ver. No sé si entró en desgracia o se marchó. Comía con Pepín, el capitán gallego del buque —del cual se comentaba había estado en la guerra civil española— y el resto del tiempo se lo pasaba en su camarote. No parecía particularmente entusiasmado con la aventura.

Afortunadamente, estuvo de acuerdo con mi sugerencia de ubicarme en el espacio que fungía como enfermería del buque, lo que me permitió hacer el viaje en primera, con agua caliente y climatización, bastante mejor que la tropa, que pasó todo el tiempo en una bodega mal ventilada, con colchonetas en el piso y haciendo turno para ir al baño por cuanto no se podía permitir la presencia de grupos en cubierta.

Esa precaución, al menos los primeros días, cuando navegábamos en aguas cercanas, estaba justificada porque con mucha frecuencia éramos sobrevolados por aviones de la marina norteamericana cuyos pilotos, supongo se preguntarían, que hacían aquellos sujetos, disfrazados de soviéticos, con los inconfundibles burdos y mal cortados trajes, en un buque mercante.

Los jerarcas, por supuesto, viajaron en avión. No era el caso para gente tan importante de clavarse un par de semanas atravesando el Atlántico, frecuentemente con mar fuerza cuatro y unas olas que sobrepasaban la cubierta y un mareo cinético que no tuvo mayores consecuencias gracias a mi previsión de última hora de llevar una buena cantidad de Dimenhidrinato (Gravinol). A pesar de ello, algunos se ganaron una rehidratación parenteral en el piso de la bodega.

Los que allí viajábamos, aunque en general desconocíamos la envergadura de los riesgos, tampoco teníamos ni puta idea del lugar al que nos dirigíamos. Parece que, como ocurrió siempre en esos desatinos, tampoco lo tenían del todo claro los que ya en el terreno táctico tomaban las decisiones finales.

Refiere Aguilera como el “alto mando en el terreno”: Angelito, Flavio Bravo, Aldo Santamaría y Pedro Luis Rodríguez —que no sé quién es— decidieron, con el consenso de Boumediene, que desembarcáramos en Orán. Curiosamente, en pleno día, a la vista de la inteligencia de todos los involucrados, incluyendo el reducto militar francés existente en la zona. Unas horas después, Marruecos rompió relaciones con Cuba ante la evidente y publicitada toma de partido en aquella guerra…

Dicen que al día siguiente, vía Canadá, llegó Efigenio con 153 oficiales. (Demasiados oficiales, me parece, para una tropa de 600 hombres). Yo nunca vi tantos. Incluso se daban casos como el mío, en el que, siendo Médico, debía ser por plantilla oficial, aunque en realidad aún era soldado raso. El grado que tenía como alumno de medicina y que en esos tiempos no necesariamente confería grados, sobre todo a los profesionales, que siempre eran un poco sospechosos de conservar rasgos burgueses.

Parece que tampoco se había diseñado el sitio del despliegue, pues según Papito, en ese momento se “decidió”, no sé quien lo hizo, que fuéramos a un lugar llamado Siddi-Bel-Abés (Bedau para los franceses, los antiguos dueños de Argelia) y que había sido no mucho tiempo atrás un campamento de la Legión Extranjera Francesa. Menuda fama que tenían los legionarios. Me pregunto a veces qué pensarían y cómo nos mirarían los vecinos del pueblito aledaño.

De estos cuatro personajes que aparentemente compartían las responsabilidades relacionadas con el proyecto, conocí en los primeros días a Angelito (Ciutat), a Flavio Bravo y lógicamente a Efigenio, quien finalmente quedó al mando de la tropa.

De Angelito supe en esa época que había combatido en la Guerra Civil de España y posteriormente en la Segunda Guerra Mundial (con las tropas soviéticas) y que aparentemente fungía como asesor, aportando su experiencia militar. Que vivía en Cuba y tenía una hija médico. Un tipo simpático, con halo de abuelo bonachón en medio de una tropa de gente muy joven. En una ocasión me libró durante unos días de la rutina y la miseria del campamento invitándome a viajar con él a Argel. Ese viaje me permitió conocer la capital y sus riquezas históricas y tradicionales, incluyendo las ruinas de un circo romano en una localidad cercana.

Dice Aguilera en Razones de Angola: “Hay otro pasaje de Caminos del Che que, además de demostrar la fuerza de la presencia soviética, reduce al famoso Efigenio Ameijeiras a una simple figura decorativa. Ya con las tropas cubanas dislocadas y listas para entrar en combate, Angelito, Efigenio y Serguera tuvieron una conversación sobre los inconvenientes que podía generar, en política internacional, la entrada en combate de los cubanos. Angelito dijo que hacía un año de la crisis de Octubre y que una intervención cubana podía ponerle las cosas malas a Jruschov en el Consejo de Seguridad y, por tanto, empeorar las relaciones con los soviéticos. Papito y Efigenio argumentaron que Fidel había puesto esa unidad a disposición de los argelinos y que sería cosa de niños molestarlo con preguntitas… Así lo cuenta Serguera: Angelito insistió, y con la aprobación de Ben Bella, los cubanos nunca entraron en combate (C d C Pág. 156)”.

Ese interés soviético en no fomentar una crisis, aunque subordinada a múltiples factores como señala el autor, evidentemente tenía mucho que ver con la presencia de China en aquel escenario y en el más amplio del futuro de África, en un momento álgido de las relaciones Chino-Soviéticas.

Si Angelito era el jefe, lo disimulaba bien. No dudo que así fuera por cuanto su presencia temprana en Cuba no resultaba para nada casual. Evidentemente tenía mucho que ver con su tarea estratégica como enlace, hombre de confianza del Kremlin y mediador entre este y la naciente revolución socialista, no obstante, en la práctica, mientras estuvo, la jefatura parecía estar en manos de Efigenio, lo cual considerando su cercanía a Fidel tampoco resultaba extraño.

Otra cosa que no me queda claro. Uno días después de nuestro despliegue, una unidad militar rusa se sumó a las tropas en la propia zona que ocupábamos ¿Esto era solo un montaje, una exhibición de fuerza, un movimiento en el ajedrez del momento?

¿Es qué todo aquello, en el intríngulis de la alta estrategia internacional, a pesar de su costo y riesgo era solo un mensaje enviado a los Maoístas, al naciente Movimiento de los No Alineados, que suponía una importante pérdida de hegemonía de los soviéticos en el control de los movimientos antiimperialistas y el futuro de las riquezas de los nuevos territorios. Aprovechando, de paso, la coyuntura propicia para satisfacer el ego lesionado del gran comandante en su ridículo internacional por la solución final de la Crisis de los misiles?

Otro aspecto interesante en la geopolítica territorial. Los que vivimos de cerca aquel episodio constatamos como en el futuro desarrollo de la influencia regional, el surgimiento de Ben Bella, como líder, comenzaba a proyectar una imagen en cierto modo competitiva con la hegemonía que hasta entonces recaía en Nasser. (Argel estaba sustituyendo a El Cairo como capital anticolonialista en África. /CdC.pag 233/).

La presencia Egipcia en el conflicto no se hizo esperar y coincidiendo con la llegada de la tropa rusa, llegó una unidad enviada por el gobierno de ese país. Ninguna de esas fuerzas en el terreno llegó a combatir. No sé si Marruecos consideró esa alianza como un riesgo que superaba las ventajas de la conquista de unos pozos de petróleo, pero finalmente se llegó a un acuerdo entre las partes involucradas.

Creo que tanto los soviéticos como los egipcios, hicieron algo así como una prueba y una demostración de fuerza e intenciones. Nasser en solidaridad o para dejar definida su posición histórica de líder magrebino; los rusos para delimitar campos a los riesgos de participación chinos; y Castro, simplemente para alimentar su insaciable ego y sentar las bases de una futura estrategia en la región recuperando así una imagen de liderazgo internacional un tanto lesionada después de Octubre del 62.

Como anécdota, durante el largo viaje, en una parada para hacer una comida de campaña con las vituallas que traíamos, y ante mi queja por la reiterativa dieta a base de carne rusa, Angelito expresó, después de meditar un poco: si hubiéramos tenido una lata de esta bendita carne en la época de la segunda guerra mundial, yo hubiese sido entonces un hombre feliz.

Al llegar a la Embajada cubana, después de saludar y presentarnos a Papito, le soltó:

  • Esta gente lleva meses sin ver un billete de banco, creo que debías proveerlos de algunos fondos para que disfruten la estancia. Papito lo complació, afortunadamente.

A Flavio, lo recuerdo por algo que me preguntó, estando en el campamento de Siddi-Bel –Abes. Me interpeló sobre si yo era Cirujano. Le contesté que, aunque había hecho cirugía durante mi formación, yo era un recién graduado. No sé qué pensaría él, yo por mi parte me cuestioné una vez más la evidente improvisación y falta de cultura en la organización de un evento de este tipo, en el cual bastó con poner un nombre en la plantilla, sin considerar las características que debían conformar al que asumiera la responsabilidad. Estuvo muy poco tiempo, quizá, como dice Aguilera hasta que decidieron que la unidad permaneciera (para no irritar al Comandante) pero que no entrara en combate (para no buscarle problemas a Nikita en la ONU).

Efigenio, perdió pronto el entusiasmo. Quizá cuando se enteró de que no habría combates, cosa que lógicamente conocería, aunque al resto del equipo nadie le contó nada. Tenía una Epidermofitosis severa, que se agudizó en los primeros días. Patiti (el otro médico) y yo estábamos convencidos que esto guardaba relación directa con el hecho de que no se bañaba nunca, pero era difícil decírselo.

Me prestó un libro. La biografía de Antonio Maceo, recién publicada. Dentro había un poema suyo, manuscrito, que en realidad me pareció bueno.

También se marchó bastante antes de terminar la misión dejando en su lugar a Viera. Buen socio, casi en libertad condicional por orden de Raúl, después de atropellar con el auto a dos ancianas. La familia de las señoras cobró durante un tiempo una pensión que, según él, le descontaban del salario.

Al final, como tenía en proyecto casarse al regreso, se gastó unos pesos de los fondos de la misión en unos modestos muebles y unos trajes de Tergal, que entonces estaban muy de moda. Nada si se compara con los atracos de gran envergadura que yo viví (ya sin que nada me asombrara) años más tarde en Angola y Mozambique. En esa época despuntaba el instinto, pero todavía le rodeaba un halo romántico y un espíritu de compartir la miseria que no sería la norma de las futuras Misiones Internacionalistas.

Papito me pareció un tío brillante. Años después fui pediatra de alguno de los hijos. Sus relaciones con Ben Bella eran muy cercanas. Se rumoraba que entraba a Palacio sin previa audiencia. Conservo algunas fotos donde están ellos y Boumediene. Ya en aquellos tiempos eran notorios los diferendos entre este último y el Presidente, que terminó poco después de nuestro regreso en el golpe miliar que depuso a Ben Bella y le aisló definitivamente del escenario político y que casi le cuesta la vida. Evidentemente, Boumediene era el líder natural del ejército, con el cual compartió la guerra independentista, mientras el otro, pasó una buena parte de este período en la cárcel. También resultaba obvio que el pensamiento político de Ben Bella, mucho más a la izquierda, más cercano al socialismo contemporáneo y sus líderes estaba reñido con una mentalidad más influida por la subordinación religiosa y tradicional que predominaba en la región.

En algún momento de la misión, creo que al final, una madrugada, fría como todas, se conmocionó el campamento, se decretó una alerta de combate, incluso Papito viajó desde Argel a Siddi Bell Abbes. La información, al menos en el estrecho círculo del mando definió la sospecha de un amago de golpe de estado que, sin mucho comentario, todos sabíamos de quien y contra quien.

Aunque saltando un poco en el tiempo, cabe aquí apuntar algunos elementos relacionados con los aportados en el trabajo de Aguilera. (XIX). “El oficial argelino más cercano al GEI y visita frecuente al campamento, fue el Coronel Sliman Hoffman. De hecho suponía el enlace entre el grupo y la superioridad (Boumedienne y el Presidente). Fue el testigo más directo y lógicamente el más conocedor del proceso de instrucción a través del cual los soldados cubanos transfirieron a los argelinos la técnica militar con que habían viajado. En realidad, lo que se proyectó como una intervención activa en la guerra se trasmutó finalmente en la preparación de oficiales y soldados argelinos para su manejo y posterior entrega. Curiosamente, esta unidad, probablemente la mejor dotada y entrenada, que quedó, a la partida del personal cubano, bajo el mando directo de Sliman y Boumedien, jugó un papel determinante en el golpe de estado que derrocó a Ben Bella (Razones de Angola, entrada XIX).

Parece que Papito había alertado a Ben Bella, sobre el riesgo de que esa fuerza militar podría ser fundamental para la conservación del poder, pero evidentemente esto estaba más en manos de Boumediene que del Presidente. Una más, de las tantas ocasiones en que al Comandante le salió “el tiro por la culata”. Las mismas armas que donó (o que los soviéticos le ordenaron que donara), los mismos soldados y oficiales que entrenó, fueron la base de apoyo de los que destronaron a su principal colaborador en el mítico ensueño de convertirse en gestor y ejecutor del proceso de descolonizar el África negra.

Anecdóticamente, recordamos expresiones de soldados argelinos y ciudadanos comunes que apuntaban como apotegma: Nuestra revolución quiere hacer el socialismo, pero no el comunismo. Sin entrar en consideraciones filosóficas o teóricas, que no estaban a su alcance cultural reflejaban, a mi juicio, reflejaban en primera instancia un rechazo al ateísmo clásico que imponía el apelativo.

La improvisación y la despreocupación sobre los eventos que sobrevendrían, tanto en el caso de una posible participación en combates, como en la imprevisible duración de la misión, determinaron dificultades logísticas que sometieron a la tropa a situaciones complejas. Nadie tuvo en cuenta las condiciones climáticas. El tránsito en menos de 2 semanas del cálido sol tropical al invierno norteafricano sometió a la hueste a duras pruebas. Temperaturas cercanas a los 0 grados centígrados afrontadas con las mínimas ropas de abrigo que llevábamos en Cuba, determinaron además del malestar físico frecuentes casos de neumopatías y lesiones por congelamiento de extremidades. Descubrimos los sabañones), nos encontramos con el Tracoma (del cual incluso, en esa época no se conocía con exactitud el agente causal) y consecuentemente agotamos en breve tiempo los recursos terapéuticos, conformados para un período temporal y un escenario desconocido y no estudiado.

En eso faltó asesoría y conspiró el secretismo y la premura de la tarea para conseguir un golpe de efecto que no permitió a sus componentes solicitar lo recursos adecuados. Las primeras semanas comíamos como ricos, después entramos en la miseria. Para mí, fue la primera ocasión en que supe lo que era pasar hambre y me costó la pérdida de unos 20 Kg. Claro que alguien pensó en ello y envió un barco con provisiones. Este nunca llegó, supuestamente por averías, pero lo cierto es que parece que no se disponía de otro para sustituirlo, o lo más probable, que nadie se acordó más de ese asunto.

La inventiva criolla se puso en marcha. Por las noches, el extenso territorio que rodeaba la fortaleza se llenaba de conejos, grandes y prometedores. No se necesitaban escopetas de caza, las luces del Jeep los encandilaban y se quedaban quietos, como sorprendidos, momento en que un ágil y hambriento combatiente con un garrote se lanzaba del vehículo aún en movimiento y lo convertía en presa. O una larga emboscada en una aguada, que duró toda la madrugada, le permitió a Ulises proporcionarnos un inmenso Jabalí, que fue asado con gran alborozo nuestro y el manifiesto rechazo de los árabes que casi nos declaran personas non gratas por consumir carne prohibida por el Corán.

La llegada de los Bolos un poco que nos salvó. Compartieron generosamente sus abundantes provisiones, incluyendo el Vodka del que consumían generosas cantidades y que les encantaba ingerir en nuestra compañía. Claro que el Ministro “se preocupó” y un día aterrizó en el campamento un famoso capitán, uno de sus ayudantes, con una bolsa repleta de dólares para la adquisición de los víveres, medicamentos y ropa de abrigo indispensable para la sobrevivencia. Al día siguiente se fueron a Argel, él, Viera y otro famoso ayudante de Efigenio.

Este último al regreso informó que le habían robado la pistola (la malas lenguas decían que la había vendido), se resolvió lo de los muebles, los trajes de Tergal y algún que otro suvenir. En realidad, alimentos, medicinas y ropa nunca llegaron. La gente siguió cazando conejos, resolviendo en la cocina de los oficiales argelinos (esos comían bien, no carne de cerdo, pero de cualquier otra en abundancia) mientras las aguerridas tropas que cruzaron el Atlántico para constituirse en aliados no tenían ni rancho, ni medicamentos, ni abrigo.

El problema del frío inclemente finalmente se solucionó. En algún almacén olvidado se guardaban los capotes militares de los soldados franceses muertos en campaña. Resultaron muy oportunos, en realidad abrigaban bien. Nadie le dio mucha importancia al hecho de su procedencia ni a la presencia, casi en todos, de varios orificios, con bordes un tanto manchados que sugería el destino final su antiguo propietario.

Después supimos, todo se sabe, que el honesto oficial informó al Ministro del estoicismo de nuestras tropas, de la entereza con que soportaban las adversidades y devolvió a las arcas del tesoro todo el dinero ahorrado. No sé si le exigirían las facturas de lo invertido en solucionar problemas. Algunos años después cayó en desgracia por otras trampas descubiertas, pero de aquella salió indemne.

Unos seis meses después de la partida, el regreso. Por sabia decisión de los que se ocupaban de la operación se compraron unos 300 neumáticos, de camión creo, por el tamaño. Bueno, por si se producía un naufragio. Otro sueño demente. Cuando en medio del Atlántico tuvimos conciencia de lo que era un mar fuerza 6, cuando enormes olas cruzaban sobre la cubierta y el barco parecía sumergirse en un abismo sin aparente salida, pensábamos, un poco con la ironía que generan las situaciones de este tipo, si aquel vetusto bajel definitivamente naufragaba, quién, con qué, y en qué tiempo, se ocuparía de inflar las cámara en las que supuestamente sobreviviríamos.

Dios protege la inocencia, dice un viejo refrán popular. La ignorancia, diría yo, y el poco espacio que ocuparía siempre en aquella mente desajustada, la de Fidel Castro, la vida y los intereses personales de los integrantes de aquella saga y de las que le sucedieron, generadas en la búsqueda de una inmortalidad que la Historia se encargaría de negarle.

Foto: Revista Cubana de Medicina Militar. v.34 n.4, oct.-dic. 2005. De pie y de izquierda a derecha: 1. Dr. Pedro Rodríguez Fonseca, (jefe). 2. Chofer Arcadio Fernández Sánchez (fallecido en Cuba). 3. Chofer conocido por el Guayabo. 4. Sanitario Mayor Julio Noroña Milián. 5. Sanitario Mayor José Morán Reyes. 6. Sanitario Mayor Fulgencio Porras Arcolea. 7. Sanitario Mayor Claudio Crespo Pulido. 8. Sanitario Mayor Gustavo Espí Suárez. 9. Sanitario Mayor Raúl Pedro Sandoval. 10. Sanitario Mayor Alejandro Rivero Silva. 11. Laboratorista Lino Borrego Gutiérrez. 12. Dr. Hermenegildo Menéndez del Dago, (2º jefe). Semi-sentados, de izquierda a derecha: 13. Enfermero José Antonio Rodríguez Cáceres, 14. Sanitario Mayor Rodolfo León Sanfiel. 15. Sanitario Mayor Osvaldo Castillo Toscano.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Cuba, Hermenegildo Menéndez. Guarda el enlace permanente.

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