Ayer, viernes 12 de febrero, con el gran Andrés Alburquerque

Para mi honor y alegría también estuvo en el programa el economista y banquero cubano-americano Simón Cruz. Eso nos permitió analizar una idea, la de la posible inmoralidad de ciertas acciones que algunos toman en la Bolsa de Valores, desde perspectivas que no por opuestas dejan de ser complementarias.

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Ayer, con el gran Andrés Alburquerque

Para los que no pudieron llegar ayer, aquí el programa de Enfoque Ciudadano.

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La complejidad del acomplejado

Dice Abel Prieto que hay –agárrense– complejidad en el pensamiento de Fidel Castro.

Hay que tener una cara de así se templó el acero para atreverse a soltar, a estas alturas del juego, semejante imbecilidad.

Hay que ser un esbirro ideológico, de la más abyecta estirpe, para no morir de vergüenza después de haber dicho eso.

¿De dónde le vino a Abelito semejante vocación abyecta?

Bueno, le vino de cuna roja.

Resulta ser que, cuando los comunistas cubanos le dieron a mi padre la orden de crear la Organización de Pioneros le pidieron, entre otras cosas, que para los asuntos pedagógicos se asesorara con un viejo compañero, llamado Abel Prieto, que era “afín al Partido”.

Esa fórmula de “afinidad” fue uno de los eufemismos que ellos siempre usaron para referirse a los cripto comunistas, esos cuadros a los que el Partido les dio la tarea de pasar por cualquier cosa menos por militantes.

De esa forma, el nombre y el teléfono del padre de Abel Prieto fueron a dar a la agenda que mi padre usaba en aquellos años.

De más está decir que ser de cunita roja no fue garantía, para nada, de una carrera como la que Abelito ha tenido dentro del castrismo.

Sus orígenes, y algún que otro chivatazo, solo habrían dado, si acaso, para que lo reclutaran como agente de la Seguridad del Estado y lo usaran, de vez en cuando, para hacer avanzar los intereses de ese aparato.

Probablemente fue así –chivateando y reprimiendo– como Abelito llegó a ser director de una editorial, presidente la Unción de Estertores y Aristas de Cuba (UNEAC) y, eventualmente, Ministro de inCultura.

Cualquier desconocedor de la realidad cubana podría decir que Abelito llegó, por méritos propios, a ser una vaca sagrada dentro de la cúpula castrista.

Los cubanos sabemos, sin embargo, y a partir de una larga lista de vacas sagradas que fueron defenestradas en un abrir y cerrar de ojos, que Abelito nunca pasó de ser, a pesar de todos sus cargos, uno de esos cuadros del castrismo que tienen que chequear todas las mañanas, en el periódico Granma, si todavía siguen siendo un cuadro del castrismo.

La verdadera consagración de Abelito, o su verdadera conversión en una de las vacas sagradas de la cúpula castrista, ocurrió después de la publicación, en el año 1999, de uno de los textos más abyectos de la abyecta historia textual del castrismo.

Me refiero a El vuelo del gato, un documento que Abelito vomitó, quizás a cuatro manos, para inscribir su nombre, con letras rojas, en la sangrienta historia universal de la maldad graficada.

Un bodrio que puede ser reducido a una simple historia. Un clavo rellenado con la guata de esas palabras y saberes que muchos cubanos, a fuerza de incapacidades bien diplomadas, aprenden a usar como ornamentos para lucir y no como instrumentos para pensar.

Una, dicen que, novela que ustedes no necesitan leer, porque ya yo pasé por el mal rato de hacerlo, en una lectura de dos horas y columna central, y les puedo contar, sin que se pierdan nada interesante, de qué va la historieta que define la abyección de ese texto y la consagración de quien lo firma.

Es una historia en la que hay dos ascéticos y estoicos llamados Marco Aurelio. Uno es el hijo y el otro es el padre. Es una historia en la que también mencionan a un tipo llamado El Polaco (tomen nota), que fue quien le enseñó a Marco Aurelio el padre las artes del estoicismo y la vida ascética. Una vida que los llevó a los dos, padre e hijo, a padecer de insomnio y convertirse (tomen nota) en habitantes de las noches.

La esencia de las trescientas y pico de páginas de ese bodrio se reducen a una historia que Abelito banaliza hasta el asco; porque resulta que Marco Aurelio el hijo, después de un divorcio que él quiso posponer tanto como pudo, por amor a su primer hijo (tomen nota), termina en la calle y sin llavín.

En esa triste circunstancia, en la que el estoico y asceta está sentado en un parque de Marianao sin tener a dónde ir, aparece, como enviado del cielo, un personaje llamado Mamoncillo, un amigo de adolescencia de Marco Aurelio el hijo, un excelente jugador de baloncesto en sus años de preuniversitario y, ya de adulto, un tipo de éxito que maneja un buen auto, tiene un celular y, muy importante, una casa a la que le sobra un cuarto.

Mamoncillo, que es hombre y amigo, encuentra en Marianao al imperturbable y ermitaño Marco Aurelio y, sin que medie duda alguna, le dice que irá a vivir a su casa, que a ellos les sobra un cuarto, y que su esposa estará encantada de que él se vaya a vivir con ellos durante el tiempo que quiera, o que necesite para rehacer su vida.

Aparece en escena Amarilis (¿Belladona?), una mujer que no encaja con los estándares de esas exuberantes mulatas que los cubanos consideran el metro patrón de la belleza femenina, pero que tiene (tomen nota) como rasgo distintivo de su sex appeal unos ojazos claros que son casi hipnóticos.

Como cabría esperar, y en la mejor tradición del realismo castrista, Amarilis disfruta de la confortable vida que le da un marido burgués, pero cae flechada (tomen nota) por el revolucionario y ascético estoicismo (con poster del Che Guevara y todo) de Marco Aurelio el hijo y decide, en un rapto de libertaria libertad, saltarle encima (tomen nota) para iniciar un triángulo amoroso que le impide ver, porque el amor es ciego, que el objeto de sus deseos es una plastica de mierda que traicionó a un amigo que le tiró un cabo en una situación de apuro. El final de la historieta es el desvergonzado embarazo de Amarilis y su parto, para más simbolismos, en Maternidad Obrera.

Ese es el bodrio que Abelito publicó en 1999. Seis años antes, en 1993, Alina Fernández, la hija natural de Fidel Castro con Natalia “Naty” Revuelta, se había escapado de Cuba y dos años antes, en 1997, ya había publicado unas memorias en las que, entre otras cosas, describe una historia real que es muy similar a la que narra Abelito en su bodrio.

Después de la publicación de las memorias de Alina dejó de ser un rumor eso que tantos cubanos ya sabían; o sea, que la rata inmunda de Fidel Castro sedujo a la mujer de un señor que le abrió las puertas de su casa para ayudarlo.

A partir de 1997 ya fue un dato comprobado que ese aprendiz de revolucionario llamado Fidel Castro, que era portador de unas pretensiones de asceta y estoico, que ya estaba adoctrinado y teledirigido por un tipo al que llamaban El Polaco (Fabio Grobart), y que ya estaba llamado a convertirse en un habitante de las noches, le hizo al Dr. Orlando Fernández lo mismo que después le haría, por solo mencionar uno de los tantos casos, a su “entrañable amigo” Núñez Jiménez.

Naty Revuelta, una belleza poco cubana, pero portadora de unos ojazos verdes e hipnóticos, disfrutaba de la confortable vida que le daba su esposo burgués, pero cayó “flechada”, como la Amarilis del libreto, por un tipejo que iba por la vida pretendiendo despreciar el todo y la nada. Una bola de churre que ya dejaba entrever que su matrimonio, con Mirtha Díaz-Balart, era solo un sacrificio por su hijo. De ese flechazo nació, aunque no en Maternidad Obrera, Alina Fernández.    

De más está decir que, ante semejante a afrenta a la sagrada imagen del Líder Máximo, no quedó más remedio que movilizar a los eunucos escribanos del castrismo para que intentaran, tanto como pudieran, banalizar semejante traición, presentarla como algo natural en el contexto cubano y deslizar, de paso, que la responsabilidad había sido de la fémina de los grandes ojos, porque fue ella quien se unió a un despreciable burgués y después, de contra, se le tiró encima al santo varón del estoicismo.

De la escritura o la firma de semejante monumento a la cobardía y la mediocridad nació la consagración, como eunuco de la corte, del mismo tipo que ahora se atreve a usar otra palabra como ornamento para decir, sin fallecer de vergüenza, que hay complejidad en el pensamiento de un guajiro acomplejado que se llamó Fidel Castro.

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El Siliconazo

El 7 de enero del año 2021, en apenas unos segundos, y ante la mirada atónita de muchos, las grandes compañías tecnológicas de Silicon Valley destruyeron la primera enmienda de la constitución de los Estados Unidos de Norteamérica.

Guarden la fecha, porque algún día podrá ser recordada como la efeméride del Siliconazo.

Un momento en el que cualquier persona decente debió haberse preocupado hasta el insomnio. No solo por lo que significa que cuatro o cinco oligarcas decidan anular la sacrosanta libertad de expresión, sino por el porvenir que ese hecho ya avisa para el resto del mundo.

El análisis de las causas de esa barbaridad tiene al menos dos niveles. Uno que puede ser reducido a los mezquinos intereses de los oligarcas que controlan esas compañías, y otro que apunta a algo mucho más extenso, profundo, y antiguo.

Es evidente que hay intereses mezquinos. Amazon, por ejemplo, quiere seguir sobrecargando el maltrecho y sindicalizado correo estadounidense, sin que llegue un presidente a exigir negociaciones. Google, por su lado, quiere seguir monopolizando los mega datos sin que lo fiscalicen; y Twitter y Facebook, para no ser menos, buscan controlar el mercado de las opiniones sin tener que dar muchas explicaciones al respecto.

Nada de eso, sin embargo, es de gran importancia. Lo importante, al menos para mí, no son los cuatro o cinco tontos que controlan esas compañías y que defienden, por tanto, sus mezquinos intereses.  A fin de cuentas, ¿quién recuerda hoy a Carnegie, a Dupont, a Hughes, o al CEO del otrora súper poderoso Yahoo? A todo se los llevó la arena del tiempo.

Lo importante, al menos para mí, es el enjambre que exigió e hizo posible que esa barbaridad sucediera.

Me refiero a esa generación de estadounidenses que hoy no pasa de los 35 años, que fue educada después de la derrota económica del socialismo real y que creció siendo adoctrinada, quizás sin saberlo, en un odio visceral hacia esa entelequia que han aprendido a llamar “el capitalismo”.

Lo primero que salta a la vista en esa generación es que muchos de sus miembros y miembras viven absolutamente convencidos y convencidas de ser buenos muchachos y buenas muchachas. No quiero decir con eso que lo sean, tampoco quiero decir que no lo sean, solo digo que viven absolutamente convencidas y convencidos de serlo.

Ignoran que de esos absolutos han nacido muchos dolores y son, en su mayoría, chiquillos que se apuntan a la obsoleta idea de que un estado todopoderoso y sobreprotector, manejado por una burocracia que no paga por sus errores, y que casi siempre puede enriquecerse con ellos, es la solución para unos problemas que esa muchachada –absolutamente buena y sufridora como es– considera insoportables.

Parecen ser, por decirlo de alguna forma, una mezcla perfecta de la ancestral culpa protestante con ese odio que Gramsci codificó como raciocinio, y disfrazó con amor. Ven al mundo como una colección de víctimas y victimarios. Comparten, como una seña de identidad, el sentirse culpables de sus ancestros y saben, como solo pueden saberlo los santos, que están llamados a salvar al mundo del apocalipsis. En su afán redentor han terminado detestando los méritos ajenos y han convertido a la mediocridad en el más alto estándar de referencia.

Son un enjambre eternamente adolescente, porque siempre adolecen de algo. Son un avispero que poco a poco han ido penetrando la academia estadounidense, los medios de difusión, el sistema educacional, los sindicatos y las llamadas organizaciones sociales. Poco a poco van llegando también a la alta política de ese país; porque algunos de ellos ya se pasean, con sus equinos rostros y legislaciones, por los pasillos del Congreso de los Estados Unidos.

En realidad, nadie debería preocuparse por ellos. Como las otras generaciones anteriores, esta también debería estar condenada a diluirse en la inmensidad de esa gran nación que son los E. UU. Cuentan, en total, con alrededor del 22% de la población y, si asumimos que no todos ellos piensan igual, podemos aventurar entonces que los más convencidos no pasan de ser un mero 15%.       

Es evidente que pasados unos cuantos años, y algún que otro chequeo con la realidad, esa generación habría quedado como una de las tantas notas al margen en la historia de América y del mundo. Sus sufridas opiniones convertidas en consignas, y sus buenos deseos expresados como reclamos inapelables, habrían quedado como el recuerdo de lo que realmente son: una varicela o un sarampión.

Así habría sido de no ser por un detalle, y es que una fracción de esa generación trabaja en Silicon Valley. Son los obreros de ese panal de programadoras y programadores que se encargan de codificar, con sus algoritmos y subrutinas, las instrucciones que median entre la información y sus receptores.

Son esas chicas y esos chicos que agarran una realidad que es extraordinariamente compleja y la filtran, a través de unas simplificaciones llamadas algoritmos, y de unas instrucciones que conocemos como programas, para presentarla de una forma ordenada y simplificada que solo ellos deciden, y que al mundo no le queda otro remedio que aceptar.

Son, en su esencia, un ejército de intermediarios entre un corpus de conocimientos y los receptores de esos conocimientos. Unos usuarios que están organizados en comunidades y que tienen que aceptar, porque no les queda otro remedio, la opacidad intrínseca de un proceso en el que unos pocos deciden cómo y cuándo ellos recibirán la información.

Fue esa opacidad la que dio lugar a los famosos algoritmos creados para decrecer la influencia, en la blogosfera, de opiniones contrarias a las que ese enjambre defiende y comparte.

Fue esa falta de transparencia la que generó el circulo de vicioso de personas que viven de simplificar y que, cuando se sienten insultadas por el choque con realidades complejas, deciden cancelarlas usando el poder de sus simplificaciones.

Fue esa dinámica de comunidad cerrada, y adoctrinada, la que dio lugar a esa autoflagelación de cancelar opiniones, algunas de ellas con casi 90 millones de seguidores, en un negocio que vive de colectar y vender opiniones.

En un mundo normal, que funcione según las reglas de la economía de mercado, serían suicidas evolutivos condenados a desaparecer. En un mundo normal no pasarían muchos meses antes de que una alternativa menos controladora, y adoctrinada, los sacara de ese espacio evolutivo que llamamos mercado. Por desgracia, no estamos viviendo en ese tipo de mundo.

Para descubrir el tipo de mundo que ya se anuncia como un porvenir, tenemos que detenernos, por un instante, en el análisis de las características que describen a esa porción del enjambre que trabaja para los oligarcas de Silicon Valley.

Como miembros que son de su generación, esos chiquillos comparten las características que ya fueron descritas con anterioridad. A ellas se pueden sumar, sin mucho esfuerzo, que son eminentemente sedentarios, que cargan con una imagen corporal negativa, que tienen serios problemas para las relaciones sociales, que no fueron populares en sus escuelas y que, en algunos casos, pueden ser identificados como eso que llamamos Incels, del inglés “Involuntary Celibates” o célibes involuntarios.

¿No les recuerda eso un déjà vu?

Recapitulemos: Son unos gorditos que se sienten absolutamente buenos, que quieren salvar al mundo y a la humanidad, que creen en el apocalipsis (climático, pero apocalipsis al fin), que ven al capitalismo como algo satánico, que practican la autoflagelación y que han hecho votos voluntarios o involuntarios de castidad. Además de eso, son unos gorditos que tienen la capacidad, y la usan, de erigirse en intermediarios entre un corpus de conocimientos y unos usuarios de esos conocimientos que se organizan en comunidades y que están obligados, porque no les queda otro remedio, a aceptar la opacidad intrínseca del proceso mediante el cual esos gorditos deciden que es lo que ellos pueden o no pueden leer y, eventualmente, que es lo deben o no deben pensar.

¿No les recuerda eso a los evangelizadores?

Recordemos: Eran buenos y estaban llenos de amor al prójimo. Iban a salvar al mundo de ese apocalipsis que ya el viejo testamento anunciaba. Su lucha fue contra otro satánico mal. Creían en el pecado de la carne. Muchos hicieron votos de castidad y otros, con el devenir del tiempo, aprendieron a auto flagelarse por un bien que siempre imaginaron común. Fueron, además, unos cuerpos mal atendidos que se erigieron en intermediarios entre un corpus de conocimientos y unos usuarios de esos conocimientos que se organizaron en comunidades y estuvieron obligados, porque no sabían leer ni podían imprimir el Nuevo Testamento, a aceptar la opacidad intrínseca del proceso mediante el cual esos cuerpos maltratados decidían que es lo que ellos podían saber o no podían saber y, eventualmente, que es lo debían o no debían pensar.

Si aceptamos la equivalencia entre la muchachada de Silicon Valley y los evangelizadores no estamos aceptando, para nada, un proceso negativo. Todo lo contrario. No creo que nadie en su sano juicio se atreva a negar el hecho de que las ideas de Cristo fueron, y son, una bocanada de aire fresco lleno de amor, o un resplandor de ética y moral en un mundo que tanto lo necesitaba y todavía lo necesita.

Donde la equivalencia se torna negativa es en ese momento de la historia, trecientos trece años después de la muerte de Cristo, en el que Constantino-I reconoció oficialmente al cristianismo, dejó de perseguirlo y abrió las puertas, metafórica y literalmente, para que esa doctrina se convirtiera en la religión oficial del Imperio Romano.

Ese fue el momento en el que la idea se tornó en institución, y en el que esa institución fue utilizada para ejercer un poder que, de inicio, se encargó de sobre simplificar la compleja vida religiosa del imperio romano (en la que había un dios para casi cada traste de la cocina) y, eventualmente, de controlar la información y el pensamiento.

Fue ese el momento en el que la idea original empezó a dar lugar a una institución que, como todas las instituciones, tuvo como el primero de sus objetivos su propia subsistencia, aunque fuera al precio de mancillar la idea original.

A partir de ahí, y sobre todo del Concilio de Nicea del año 325, desapareció la exquisita tolerancia de los primeros cristianos y nadie, absolutamente nadie, que tuviera una visión distinta, aunque fuera pequeñísima, podría subsistir.    

El pasado 7 de enero ocurrió una fusión similar entre el Partido Demócrata de los EE. UU., un poder que acaba de eliminar el último obstáculo para eternizarse en el poder, y una maquinaria eclesiástica altamente ideologizada, y adoctrinada, que es capaz de controlar la información y el pensamiento.

Es cuestión de tiempo, entonces, que esa nueva maquinaria que acaba de surgir en Silicon Valley sea investida con el poder totalitario que necesita para anular a esos herejes y paganos que ellos reconocen como Parler, Gab, Disenter, DuckDuckGo, etc.

Si la decisión de Constantino-I dio lugar a esos mil años que hoy conocemos como la Edad Oscura es muy posible, o probable, que estemos a las puertas de otro de esos períodos de la historia en los que la complejidad será perseguida y las terribles simplificaciones serán arropadas con aplausos.

Recuerden que Jacob Burckhardt lo dijo hace ya más de un siglo: “la esencia de las tiranías es la negación de la complejidad”. Si eso es verdad, entonces el 7 de enero del año 2021, el día del Siliconazo, marca la fecha en la que ocurrió el milagro del silicio convertido en cilicio, para iniciar la era de una nueva tiranía global.

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Los parásitos de Mr. Jones

Los dos filmes emblemáticos del año 2019 están relacionados.

Al menos, así lo veo yo.

No me gusta escribir sobre filmes, porque casi siempre veo en ellos algo que no debería ver y que creo que los demás ya han visto.

En Mr. Jones, la directora polaca Agnieszka Holland narra la historia de Gareth Jones; un periodista que en 1933, cuando el periodismo todavía existía, quiso avisarle al mundo que en la URSS la gente se estaba muriendo de hambre.

Quiso denunciar eso que hoy conocemos como el Holodomor, un término que en la lengua de Ucrania quiere decir algo así como asesinato por hambre.

Stalin ordenó recoger toda la cosecha del granero de la URSS y, como cabría esperar, muchos de los que allí vivían murieron de hambre.

Fueron alrededor de 5 millones de seres humanos.

Esa no fue la primera gran hambruna del bello y siempre bien ponderado socialismo soviético. Ya en el año 1921 había habido una muy parecida, y en la que también murieron millones de seres humanos.

La diferencia entre la del 21 y la del 32 fue que en la primera Lenin tuvo a bien reconocer que había una crisis humanitaria y pidió y aceptó ayuda internacional.

Le ordenó a la Checa, su policía política, que pusiera a todos los agentes, que supieran hablar inglés, alrededor de esos gringos que habían llegado a la URSS para luchar contra la hambruna; pero al menos los dejó entrar.

Le ordenó a Willi Münzenberg, su propagandista en jefe, que hiciera todo lo posible por presentar la victoria de los americanos como un logro del comunismo soviético; pero al menos los dejó trabajar para que pudieran, con su espíritu empresarial y pragmático, partirle el espinazo al hambre.  

En 1932, sin embargo, Stalin se negó a reconocer hambruna alguna y a pedir, por tanto, ayuda internacional. En 1932, todo era triunfalismo cuando Gareth Jones llegó a Moscú.

Stalin, en una de las escenas del film que más me llamó la atención, hablaba y hablaba por la radio sobre todas las industrias que Rusia nunca había tenido y ahora tenía.

Como buen periodista que era, Gareth Jones fue más allá del triunfalismo y se preguntó, y empezó a preguntar, de dónde Stalin había sacado la plata para financiar el salto industrial que la URSS había dado en tan poco tiempo.

La respuesta se la dio el infame Walter Duranty, que en esa época era el corresponsal en Moscú del New York Pravda (perdón, quise decir New York Times). Una rata que se dedicaba, con la fuerza de su mal habido prestigio, a hacer para Stalin lo que Willi Münzenberg ya había hecho para Lenin, o lo que Herbert Matthews haría después para Castro.

Según Duranty, Stalin había sacado la plata vendiendo el trigo de Ucrania; pero las cuentas no daban. En realidad, y eso no sale en el film, una buena parte de esa plata Stalin la sacó creando, dentro de su Aparato de Inteligencia, un departamento llamado Valuta (que en ruso quiere decir Moneda Convertible).

Una empresa criminal que se dedicó a imprimir billetes falsos, de cien dólares, para contrabandearlos alrededor del mundo y así levantar el capital necesario para comprar, a precios de ganga, las fábricas americanas que se habían ido a la quiebra por la crisis financiera del 29.  

Uno de los pocos países usados para ese contrabando de billetes de cien dólares fue, por cierto, Cuba. De más está decir que ese fue el antecedente del famoso Departamento MC del castrismo. Ni en eso han sido originales esos bandidos.

Nada de eso sale en el film, porque la historia que a Holland le interesa es la de un genocidio por hambre en el que los primeros en morir fueron esos que se negaron a robar, a delatar, a prostituirse o a practicar el canibalismo que Stalin les dejó como única opción de sobrevivencia.

Es un film sobrecogedor, es un film que deja, en algunos de los rizos de nuestros pensamientos, una pregunta que machaca y machaca como una advertencia:

¿Cómo puede una sociedad llegar a caer tan bajo?

La respuesta a esa pregunta parece estar codificada en Parásito, el film del director surcoreano Bong Joon-ho. Una comedia negra que es, al menos para mí, una alegoría perfecta de la lucha de clases; o de esa forma en la que un grupo reducido de personas son capaces de invadir, parasitar y destruir, las sociedades que las albergan.

Todo empieza, ya sabemos, por la educación de los niños. Después se trabaja, sin reparar en norma ética alguna, para posicionar cada vez más parásitos dentro de esa estructura jerárquica que se desea destruir —que en el caso del film es una familia.

Como sucede en la Historia, Bong Joon-ho también nos cuenta que hay una lucha de facciones entre dos grupos muy bien definidos. Uno, representado por los cuatro parásitos que ya infestaron a la familia que los alberga, y el otro representado por un matrimonio que ya estaba allí antes de la infestación.

Dentro de los marcos de la lucha de clases, el matrimonio puede ser visto como ese reformismo que está dispuesto a aportar algo a su hospedero, que no quiere derrochar muchos de sus recursos y que busca, de ser posible, una relación simbiótica con esos que los albergan.

El otro grupo, el de la familia, puede ser visto como el ala radical de la lucha de clases, o como esos que no se detienen a pensar en el hospedero, que derrochan sus recursos a como dé lugar, y que no pondrán mientes, llegado el momento, a su destrucción definitiva.

Al final, como ya nos enseña la Historia, ocurre un conflicto de facciones que lleva a eso que en la lucha de clases se conoce como la radicalización del proceso o el llamado a la inevitable y sagrada revolución.

Relucen los cuchillos largos, corre la sangre, mueren parásitos y parasitados, queda degollada la gallina de los huevos de oro y sobreviene un aislamiento revolucionario —en un sótano literal y metafórico— que unas veces disfruta de algo para comer y otras se tiene que contentar con períodos de hambruna.

Hambrunas como la del 21 y el 32 en la URSS, como la de China en el 59, como la de Cuba en el 91, como la de Corea del Norte en el 94 o la de Venezuela hoy en día.

Hambre de parásitos dispuestos a destruir a sus hospederos para dejarnos una pregunta que machaca y machaca como una advertencia:

¿Cómo puede una sociedad llegar a caer tan bajo?

Todo empieza, parece decirnos Bong Joon-ho, por la educación de esos niños que después aprenderán a aplaudir, y premiar, unos filmes que cuentan, como comedias macabras, la historia de sus propias destrucciones.

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Trabajo de curso

Para su trabajo de curso, en la escuela Internacional de Montreal, mi sobrino Omar tuvo que hacer un video sobre el embargo estadounidense al régimen castrista.

Como el tema le toca en lo personal, enseguida decidió hacer dos entrevistas, una a mí y otra a mi amigo Pablo Fuentes Prior.

Para mi grato asombro, Omar también usó una vieja grabación que hizo, hace ya muchos años, de una conversación que tuvimos Alexander “Sacha” Trudeau y yo sobre el tema cubano y sobre la figura de Fidel Castro.

Para los que quieran practicar el francés, aquí les dejo el video. Ojalá lo disfruten tanto como yo lo hice.

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Socialismo y naturaleza humana

La frase, que ya hoy es un mantra, la leí en una conversación que Carlos Alberto Montaner tuvo con Alexander Yakolev, el llamado ideólogo de la Perestroika.

En esa conversación, Yakolev le contó a Montaner los orígenes y algunas de las razones que tuvo Mijaíl Gorbachov para desmontar el socialismo soviético y el llamado campo socialista.

Al final, el cubano le preguntó al ruso: “¿en definitiva, por qué fracasó el comunismo?”, y la respuesta que recibió, que ya hoy es un mantra, fue: “porque no se adaptaba a la naturaleza humana”.

Cuando leí la pregunta, y su respuesta, dos cosas me saltaron a la vista.

La primera fue la sinonimia entre socialismo y comunismo. Una equivalencia a todas luces errada cuando recordamos que el socialismo es la antesala de un comunismo que nunca, ni remotamente, ha visto ni verá la luz.

La otra cosa que me saltó a la vista fue que ni Carlos Alberto Montaner, ni Alexander Yakolev, habían vivido el socialismo que yo viví en Cuba; porque si lo hubieran hecho habrían descubierto que esa doctrina sí encaja perfectamente con la naturaleza humana o, al menos, con una buena parte de esa naturaleza.

En el caso de Montaner, está claro que salió de Cuba muy joven y nunca tuvo que sufrir, por suerte para él, los embates del día a día de un régimen socialista.

Con Yakolev imagino que pudo haber evolucionado, siendo muy joven, desde un padre fanático al socialismo hasta un ejército rojo que no toleraba dudas y, desde ahí, a una maquinaria partidista a las que todos le hablaban con esas mentiras tan convincentes que siempre genera el terror.

Uno, Montaner, vio al socialismo de afuera hacia adentro; y el otro, Yakolev, lo vio fundamentalmente de arriba hacia abajo. Si lo hubieran visto a ras de suelo, como lo vi yo, habrían descubierto que el socialismo sí encaja perfectamente con una buena parte de la naturaleza humana.

Para empezar, la respuesta de Yakolev es, como casi todos los mantras, una de esas terribles simplificaciones de las que Jacob Burckhardt quiso avisarnos hace ya más de un siglo.

Algo que queda en evidencia cuando recordamos que no existe una única naturaleza humana, o que en nosotros se dan cita, al menos, cuatro naturalezas: una biológica, una psicológica, una social y una económica.

Nuestra naturaleza biológica, o esa que está hecha de comer, sobrevivir y reproducirse, encaja perfectamente con el socialismo, y por dos razones fundamentales.

Una es que, antes de llegar al poder, los socialistas siempre se las arreglan para hacerles creer a muchos que sus precarias condiciones de vida, o sus vulnerables sobrevivencias, solo pueden mejorar bajo el régimen que ellos prometen. Como consecuencia de eso no son pocos los que toleran las ideas socialistas, mientras que algunos se apuntan a ellas con el fervor fanático que les da creer que están luchando para sobrevivir.

La otra razón es que, para llegar al poder, los socialistas siempre usan una violencia física, y un acoso psicológico, que hace que muchas personas decidan, por un simple instinto de conservación, no enfrentárseles o tolerarlos.  No es casual entonces que, una vez llegados al poder, los socialistas siempre instauren un terror que hace que aún más personas les colaboren. Lo hacen por el simple hecho de saber que, si no lo hacen, pueden poner en peligro sus sobrevivencias.

Mi experiencia a ras de suelo, en Cuba, me enseñó que la inmensa mayoría de los delatores, chivatos, informantes, represores y asesinos castristas que conocí allá carecían, y todavía carecen, de cualquier dimensión que no sea la de unos simples animalitos buscando protección para sobrevivir.

Si analizamos nuestra naturaleza psicológica podemos descubrir que también encaja perfectamente con el socialismo. La razón de eso es que durante cientos de miles de años nuestra psiquis fue seleccionada, por razones que ahora no viene al caso discutir, para tener dos características fundamentales: una es una marcada tendencia al altruismo, y la otra es una gran predilección por las simplificaciones o, si se quiere, una gran aversión a la incertidumbre generada por la complejidad.

A nuestra especie, el Homo sapiens, que fue seleccionada para ser altruista, y para evitar la incertidumbre generada por la complejidad, los socialistas le ofrecen el oasis psicológico de una solución terriblemente simplificada para el doloroso problema, desde nuestra perspectiva altruista, de la pobreza y las desigualdades sociales. No es casual entonces que muchos se apunten a esa doctrina que parece ser cortada, como cualquier dogma, a la medida de sus más profundas necesidades psicológicas.

Una vez más, mi experiencia a ras de suelo me enseñó, allá en Cuba, la irrealidad de ese famoso chiste que reclama que una persona no puede ser honesta, inteligente y socialista al mismo tiempo. Puedo asegurar que mientras viví el socialismo real conocí a muchas personas que eran brillantes, que eran de una honestidad intachable y que defendían, con todo su ser, las ideas socialistas.

Esas personas tenían tres características que siempre se repetían. Una era una tendencia casi franciscana al altruismo. La otra era una marcada inclinación a mostrar o señalizar ese altruismo en cada circunstancia, y aunque tuvieran que pagar un alto precio personal. Muchos no prosperaron dentro del socialismo castrista precisamente por sus irresistibles deseos de denunciar cuantas maldades descubrían… y había muchas.

La tercera característica, que para mí siempre fue la más inexplicable, era una reacción de dolor visceral, profundo y evidente, cuando yo me entretenía en usar las mismas ideas que ellos defendían para demostrarles, o insinuarles, que estaban defendiendo algo errado. Muchas veces tuve que detenerme porque me di cuenta de que nunca los iba a convencer y porque notaba, además, que les estaba provocando un gran dolor físico. Era, descubrí años después, como si la incertidumbre los torturara.  

A partir de lo dicho hasta aquí es fácil entender que nuestra naturaleza social también es profundamente vulnerable al socialismo. Nuestras sociedades, que son los sistemas más complejos que existen, y cuyas características están siempre marcadas por las interacciones constantes de las otras naturalezas que nos definen, también muestran una gran capacidad para adaptarse, aunque sea de inicio, al socialismo.

El tema es extraordinariamente complejo y para no maltratar a los lectores con más complejidades, e incertidumbres, me referiré a él usando las seis simplificaciones, o propiedades emergentes, o dimensiones, que Geert Hofstede usó para describir las diferencias esenciales entre distintas culturas.

Según este investigador las sociedades difieren en seis dimensiones:

  1. Distancia del poder o grados en los que vemos como posible (o imposible) ejercer nuestra influencia sobre los que mandan.
  2. Mayor o menor grado de evitación de la incertidumbre.
  3. Mayor o menor inclinación a pensar a largo plazo.
  4. Mayor o menor grado hacia las complacencias o hacia las restricciones.
  5. Tendencia al individualismo o al colectivismo.
  6. Femineidad, o mayor inclinación solidaria, contra masculinidad, o menor inclinación solidaria.

Algo que llama poderosamente la atención es que las sociedades que han caído bajo la égida socialista, como la rusa, la china o la cubana, son sociedades que tradicionalmente han visto al poder como algo lejano e inamovible, que muestran una gran evitación de la incertidumbre, que son hedónicas, que se caracterizan por una menor tendencia a pensar a largo plazo y que son, en su cotidianeidad, mucho más solidarias. Si algo quiere decir eso es que, en esas sociedades, y a diferencia de lo dicho por Yakolev, el socialismo sí se adapta muy bien a la naturaleza humana.

Donde esa adaptación falla aparatosamente, por suerte para la humanidad, es en la naturaleza económica de los seres humanos. Una naturaleza que requiere, sobre todo después del advenimiento de la economía de libre mercado, y de la libertad individual que esta generó, una lectura constante de una realidad que es cada vez más compleja, y en la que la única estrategia de sobrevivencia válida es el enfrentamiento de esa complejidad y el crecimiento económico constante.

Esa es la gran paradoja del último siglo y medio de la humanidad: una falsa doctrina de justicia social que es aceptada porque encaja con la inmediatez de nuestras naturalezas biológicas, psicológicas y sociales; pero que tiene un efecto tan devastador, sobre nuestra naturaleza económica, que siempre termina, a mediano o largo plazo, destruyendo lo mejor de nuestro cuerpo, de nuestra psiquis y de nuestras sociedades.

Es esa paradoja la que podría explicar por qué una doctrina que inobjetablemente no funcionó en la rica Rusia, en la trabajadora Alemania, o en la sabia China, siga siendo aceptada como una solución válida para problemas que nunca ha podido resolver ni resolverá.

Es esa confusión de naturalezas la que pudo haber llevado a lo mejor de la sociedad venezolana a creer que una banda de delincuentes y golpistas podría darle a Venezuela, a través del socialismo, la justicia social que ese país tan rico en recursos naturales y humanos debería tener.

Es esa confusión de naturalezas la que podría explicar por qué hoy, en los Estados Unidos de Norteamérica, millones de ciudadanos han decidido mirar hacia otro lado mientras su democracia republicana, que es la fuente de todas las riquezas y grandezas de esa nación, es desmantelada para dar paso a un socialismo que ya lleva años usando el fraude, la corrupción, el acoso psicológico, y la violencia física, como mecanismos para imponer una ideología fallida y criminal.

Una ideología que siempre termina destruyendo la economía y que por tanto no encaja con la que es, según el propio marxismo que dice defender, la más importante de las naturalezas humanas.

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Crónica de una jugada cantada

Fue, como decimos en el béisbol, una jugada cantada.

Ya se sabía, desde mucho antes del pasado 3 de noviembre, que estas elecciones estadounidenses podrían terminar siendo manchadas por irregularidades y falta de transparencia.

Los signos, como las señas de los coach en el béisbol, estaban por todas partes.

Empecemos por decir que en los EE. UU. muchos estados carecen de procedimientos legales capaces de garantizar, con una alta certeza y como debe ser, que cada voto corresponda a un ciudadano.

Las identificaciones con fotos, la emisión de cartas de votantes, o el uso de las declaraciones de impuestos para emitir las boletas, han sido bloqueadas en muchos estados, y casi siempre por los equipos legales del Partido Demócrata.

La razón que se ha esgrimido para eso es “buenista” y reclama, con mucho énfasis ideológico, que los mecanismos de verificación del voto ponen obstáculos a los votantes de bajos ingresos y, por tanto, deben ser rechazados bajo el eslogan de evitar la “supresión de votantes”.

La consecuencia de ese “buenismo” es que en muchos estados es posible, al menos en teoría, votar varias veces pretendiendo ser una persona distinta en cada votación. Algo muy difícil de hacer en las zonas rurales (donde muchos se conocen) pero muy fácil de hacer en esas grandes urbes anónimas en las que, casualmente, el Partido Demócrata casi siempre gana.

Además de la baja capacidad en la identificación de votantes también existe, como una posible fuente de irregularidades electorales, la ampliación, hasta los límites del absurdo, de lo que se conoce como el voto en ausencia por correo.   

Esa modalidad siempre ha existido para personas que, por diversas razones, no pueden acudir a las urnas el día de las elecciones. El problema con su ampliación, también bajo el eslogan de evitar la “supresión de votantes”, es que se convierte, por tres razones fundamentales, en otra posible fuente de irregularidades.

La primera razón es que un bajo volumen de votos por correo permite a las autoridades electorales verificar la identidad de los votantes, y la fecha de emisión del voto de una forma mucho más exacta. Algo que es muy difícil de hacer cuando el volumen de las boletas recibidas se multiplica varias veces.

La segunda razón es que el voto masivo por correo permite hacer lo que se conoce como “colectas de votos”; o sea, el envío de buenas almas que, bajo el eslogan de estar luchando contra la “supresión de votantes”, van de sitio en sitio solicitando boletas que nadie puede verificar si ya estaban llenas cuando fueron colectadas, o si no fueron llenadas bajo la influencia del alma caritativa que las recogió.

La tercera razón es que, en ausencia de mecanismos de verificación adecuados, la colecta de boletas se presta para el vertido de grandes cantidades de boletas falsas, dentro de los centros de conteo, según las conveniencias de uno u otro partido político.

Una de las cosas que llama la atención en estas elecciones es que, mucho antes del inicio de la pandemia del virus chino, el Partido Demócrata intentó legislar, y en muchos casos logró hacerlo, el aumento del acceso al voto por correo.

Otra cosa que llama mucho la atención es que, en los meses previos a las elecciones, los abogados del Partido Demócrata iniciaron cientos de demandas legales, en muchos estados, intentando bloquear las medidas propuestas por los abogados del Partido Republicano para garantizar la legalidad del voto por correo.

Esas medidas, que van desde la firma de un testigo asegurando que la persona que vota es quién dice ser; o que se deba comparar la firma del que vota con la firma que haya dejado antes en algunas de las bases de datos del gobierno, fueron exitosamente bloqueadas, en algunos casos, por los abogados del Partido Demócrata.

La otra fuente importante de posibles irregularidades es el uso cada vez más frecuentes de sistemas electrónicos de voto que son mucho más eficientes pero que abren, por ser ordenadores, la posibilidad del jaqueo y de la interferencia a distancia sobre los resultados de una votación. Sus vulnerabilidades, por mucho que los fabricantes lo nieguen, ya han sido demostradas muchas veces.     

Lo hasta aquí descrito es el sustrato de unas irregularidades que no necesariamente tienen que ocurrir o, más importante aún, no necesariamente tienen que ocurrir de una forma masiva y evidente. Quiero decir con esto que, el hecho de que una irregularidad pueda suceder no es garantía, para nada, de que suceda.

Lo que cambió en estas elecciones no fue el sustrato de las irregularidades, sino una serie de señales que indicaban que ese sustrato podría ser usado de una forma tan masiva y evidente que indicaría, de suceder, no una preferencia por un candidato u otro, sino un desprecio absoluto por los más elementales principios de la democracia.

Si miramos de una forma racional los últimos cuatro años de la administración Trump, podemos observar una campaña política, en su contra, que tiene todos los indicios de un profundo desprecio por la verdad, la ley, la decencia y la democracia.

Es difícil concebir a una persona respetuosa de la democracia que no sienta nauseas por la forma en la que los medios, y las encuestas, intentaron influir en las elecciones del 2016, cuando dieron por ganadora inobjetable a una candidata, Hillary Clinton, que distaba muchísimo de esa posición.

Es difícil concebir a una persona respetuosa de la ley que no sienta nauseas por la forma en la que muchas instituciones que se encargan del cumplimiento de esa ley, como el FBI o el Departamento de Justicia, fueron usadas como armas (por la administración Obama) para acusar a un presidente, con pruebas absurdas y fabricadas, de haber hecho colusión con Rusia.

Es difícil concebir a una persona respetuosa de la verdad que no sienta nauseas por la forma en la que los medios se prestaron para una campaña de descrédito, basada en esa supuesta y absurda colusión con Rusia, con la que machacaron al presidente durante meses, incluso cuando ya sabían que no era verdad, y por la que nunca han pedido algo ni remotamente parecido a una disculpa.

Es difícil concebir a una persona decente que no sienta nauseas al escuchar las noticias del ordenador del hijo de Joe Biden y la forma en la que esa noticia fue silenciada, no investigada, y minimizada, por unos medios que siempre se han proclamado como guardianes de la verdad, el “buenismo” y la decencia.     

Fue realmente difícil observar el circo de la absurda, innecesaria e infundada impugnación del presidente, o el bloqueo del segundo paquete de ayuda por la pandemia, sin preguntarse cuáles son los límites de un partido político, el Demócrata, que es capaz de usar a su propio pueblo como el daño colateral de su odio a un presidente.

A todo eso hay que sumarle el hecho de que en las semanas previas a las elecciones la retórica de Nancy Pelosi indicaba una certeza absoluta, e inconmovible, de que Donald J. Trump nunca se reelegiría como presidente.

Una retórica que parecía demente cuando se observaba el comportamiento de la economía estadounidense, el entusiasmo en los mítines políticos de Trump o sus tasas de creciente aceptación entre todas las minorías. Algo que contrastaba, de una forma lastimosa, con los mítines vacíos de Biden y con su escaso interés en hacer una campaña electoral consistente.

Es esa combinación del sustrato de las irregularidades, con la actitud antidemocrática del Partido Demócrata, la que llevó al presidente Trump, y a muchos analistas, a avisar de que estas elecciones podrían ser manchadas por irregularidades y falta de transparencia.

Como sucedió.

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Ayer, conversando una vez más con mis admirados Zúñiga, Shiling y Rodríguez

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