Compartiendo vidriera

Un amigo argentino me envía dos fotos —de dos librerías de Buenos Aires— para decirme que mi último libro comparte exposición con el más reciente de Don Mario Vargas Llosa.

Siempre me han parecido injustas las grandezas por asociación; pero estas fotos, no lo puedo negar, me resultan muy gratas.

Aunque sean casuales y yo no las merezca.

 

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La Historia que el castrismo siempre ha querido ocultar

Portada

Ediciones B en la Argentina, una de las editoriales del Grupo Penguin Random House, acaba de publicar mi libro “El sóviet caribeño: la otra historia de la revolución cubana”.

Las copias saldrán a la venta el próximo 1ro de abril; pero por el momento pueden ser preordenadas a un precio más bajo.

Para los que estén interesados, este es el enlace a la página web de la editorial.

En ese mismo sitio pueden leer el generoso prólogo que me regaló el periodista y escritor argentino Juan Bautista Yofre, así como el primer capítulo y parte del segundo.

Los capítulos son:

I    Diamantes para el hombre nuevo

II   “El Polaco”

III  El primer romano

IV  La montaña rusa

V   Perder y reír

VI   Matrioshkas

VII  De esbirros, espías y traidores

VIII “El Caballo”

IX   Los mejores argivos

X    La gesta del desmerengamiento

XI   Amor a primera sombra

XII  Cartago

XIII Nikita, matraca

XIV El quinto mártir

XV  Tarzán de la Sierra

XVI Razones de Angola

Creo que es un libro que generará muchas polémicas y confusiones. A pesar de eso –o quizás por– me pareció que era importante escribirlo.

Ojalá les guste.

 

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Escudo, o se estrellan

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Siempre lo ha sido, pero ahora, más que nunca, es el momento de la unidad de todos los que luchan dentro de Cuba contra el régimen despótico de la familia Castro.

Las razones fundamentales son dos:

  1. La dinastía muestra su punto de más alta vulnerabilidad en los últimos sesenta años. El desprestigio de las llamadas ideas de izquierda, la desaparición de Venezuela y Brasil como hospederos a parasitar, el envejecimiento de la cúpula castrista, la muerte cercana de Raúl Castro, la falta de méritos “revolucionarios” de los herederos designados a dedo, y la elección de Donald Trump como presidente de los EE UU, traen como consecuencia que al castrismo solo le quede una fuente de legitimidad: la represión brutal.
  2. A partir del punto anterior es fácil entender el peligro que se cierne sobre la vida de los actuales opositores pacíficos al castrismo.

La indefensión es el signo que ha agrupado a los opositores al castrismo desde 1959. Poco importa si fueron antiguos batistianos, demócratas convencidos, alzados, micro-fraccionarios, defensores de los derechos humanos, periodistas independientes, católicos amantes de la libertad, blogueros juveniles, mujeres cansadas de tantos abusos, o personas dispuestas a marchar por las calles de La Habana. Todos comparten una abismal indefensión ante la poderosa maquinaria represiva del castrismo.

Durante décadas los castristas les hicieron creer a los cubanos y al mundo que su brutal maquinaria represiva era de una benevolencia rayana en la santidad. La ausencia del recurso de habeas corpus, el amordazamiento de la prensa nacional, las infrahumanas condiciones de las cárceles cubanas, y el silencio cómplice de los medios occidentales, hicieron posible crear eso que el castrismo siempre ha reconocido como su “reserva de sangre”.

Pero pasó el tiempo, los cubanos siguieron protestando y si algo dejaron en claro las oportunas muertes –para el castrismo– de Orlando Zapata, Oswaldo Payá, Harold Cepero, Laura Poyán y muchos otros, es que esas protestas obligaron al régimen a quitarse la careta de la falsa benevolencia para dejar al descubierto su esencia gansteril y asesina.

Una esencia que es, siempre lo ha sido, tan soviética y estalinista que todavía hoy es muy similar a los asesinatos de antiguos espías rusos ordenados por Putin, al envenenamiento del medio hermano que ordenó el gordito norcoreano, y a los ataques acústicos contra los diplomáticos estadounidenses en La Habana. Cuando de brutalidad se trata el pedigrí del castrismo se remonta hasta los huesos de Félix Dzerzhinski, el fundador de la inhumana Cheka.

La paradoja de estos tiempos que corren en Cuba es que nunca el despotismo castrista ha sido tan vulnerable y, al mismo tiempo, tan abiertamente asesino como lo es ahora. A pesar de eso, y de las oportunidades y peligros que eso implica, los opositores cubanos siguen sin lograr una unidad que resulta imprescindible, pues les permitiría retar al castrismo de una forma más eficiente y protegerse mejor, los unos a los otros, mientras lo hacen.

Es bien conocida la marcada y ancestral tendencia a la desunión que tienen los cubanos en asuntos de política. A esa tendencia, sin embargo, se suman otras dos que son tan o más paralizantes. La primera es el trabajo de los agentes de penetración que el castrismo siempre se encarga de emplazar en todas y cada una de las organizaciones que le combaten. La segunda es la influencia de los agentes y/o simpatizantes del castrismo que viven fuera de Cuba y que, bajo el manto de “ayudar” a los opositores, se dedican a influir para que estos nunca tomen las decisiones que más afectarían a la familia Castro.

El problema con esas tendencias es que son tan inevitables –por ser parte de una idiosincrasia que es muy difícil de cambiar y de las vulnerabilidades propias de las organizaciones abiertas y no violentas– que obligan a trabajar con ellas. La clave, entonces, está en crear un grupo de principios básicos o estrategias de luchas que inmunicen, tanto como sea posible, contra el clima de desconfianza que generan las penetraciones y manipulaciones del castrismo. Solo así se podrá lograr algo parecido a la tan necesaria unidad.

Les toca a los opositores dentro de Cuba decidir cuáles serían esos principios básicos. Algunos de ellos, sin embargo, me parecen tan evidentes que me atrevo a mencionarlos.

  1. Dada la naturaleza totalitaria y amoral del castrismo todas las organizaciones opositoras parten de reconocer que pueden estar penetradas y que son, por tanto, vulnerables a manipulaciones.
  2. Para evitar lo anterior es necesario crear un grupo de principios básicos en la lucha contra el castrismo que sirvan para minimizar, tanto como se pueda, las manipulaciones del régimen y las divisiones de la oposición.
  3. El castrismo no es reformable y las leyes castristas son una farsa. Cualquier intento de usarlas, sobre todo después de la brutal reacción del régimen al Proyecto Varela, es en vano y puede ser contraproducente.
  4. La oposición no busca ninguna reforma. La oposición busca el derrocamiento del régimen despótico y dinástico de la familia Castro, la libertad de los presos políticos, el fin del sistema unipartidista, la disolución de la ilegítima Asamblea Nacional, la legalización de la libertad de asociación, el derecho a la propiedad privada, la creación de una ley de partidos políticos, y la convocatoria a unas elecciones presidenciales con voto secreto y directo que sean supervisadas por los organismos internacionales.
  5. De los tres caminos posibles para el derrocamiento del régimen –de arriba hacia abajo, de afuera hacia adentro, y de abajo hacia arriba— la oposición siempre priorizará el tercero, o sea, el trabajo político directo para convencer a un número cada vez más creciente de cubanos que la protesta pacífica es el mejor de los caminos hacia la democracia y el bienestar.
  6. Del punto anterior se desprende que la lucha es en las calles, ya sea mediante las protestas pacíficas o mediante el proselitismo encaminado directa y evidentemente a sumar más ciudadanos cubanos a las mismas.
  7. Cada organización opositora tendrá absoluta libertad para acatar, o no, los principios anteriores. Las que lo hagan tendrán la responsabilidad moral de coordinar sus acciones con las homólogas para así buscar, tanto como sea posible, que esas acciones sean sinérgicas y no antagónicas.
  8. Dado el peligro de muerte que pesa sobre los opositores cubanos no puede existir un líder de la oposición ni una organización rectora de la misma. De ser así el castrismo se encargaría inmediatamente de eliminarlos. Solo la existencia de un grupo de líderes y organizaciones trabajando en conjunto, y con los mismos principios, podrá minimizar los asesinatos “legales” del régimen.
  9. Las organizaciones que acaten estos principios se comprometen a nunca denigrar a otra organización, sea homóloga o no, por el simple hecho de tener opiniones distintas. Al mismo tiempo, las organizaciones que acaten estos principios se comprometen a nunca considerar como ofensivos los llamados a explicar cómo ayudan, o no, sus posiciones a la causa común de los opositores.
  10. Cada organización que acate estos principios se compromete a pedirle a los grupos solidarios, que la ayudan desde el exterior, que inicien una campaña proactiva –y coordinada con la de los otros grupos— para proteger la vida de los opositores cubanos.
  11. Ya va siendo hora de que los opositores cubanos no tengan que esperar al asesinato de uno de ellos para iniciar una campaña internacional de denuncias. Teniendo en cuenta el poder omnímodo del castrismo y la larga lista de opositores muertos en circunstancias no esclarecidas ya va siendo hora de iniciar la campaña proactiva bajo el lema “Temo por ell@s”. Un llamado a la comunidad internacional sobre el peligro que se cierne sobre esas mujeres y esos hombres que osan oponerse al despotismo castrista (como Berta Soler, Rosa María Payá, Ailer González, Eduardo Cardet, Antonio Rodiles, Antúnez, y muchos más).

Si lo opositores dentro de Cuba no buscan la unidad, el régimen los neutralizará uno a uno, o una a una, y la dinastía será eterna.

Ya va siendo hora de que se unan.

 

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Marxistología latinoamericana

nude banana

Carlos Marx fue un genio, de eso no cabe duda.

Carlos Marx descubrió las leyes objetivas de la maduración del plátano.

Antes de su genial descubrimiento la gente creía que las bananas maduraban cuando les daba su real gana; o cuando algún que otro rezo, o cualidad subjetiva, provocaba que el fruto diera un salto cualitativo y pasara, casi sin avisar, de inmordible a comestible.

Carlos Marx cambió todo eso.

Carlos Marx estudió el plátano durante un largo tiempo, pidió prestadas las leyes de la dialéctica, las aplicó a la platanatología y al final pudo descubrir, ¡eureka!, que la maduración del plátano se debía al desarrollo de las fuerzas platanales.

Genial, sencillamente genial. Por primera vez en la Historia se supo que el criterio que mejor describía la maduración de las bananas era algo tan objetivo, cuantificable, e inobjetable, como el desarrollo de las fuerzas platanales.

La subjetividad desapareció y con ese descubrimiento Marx se aseguró un puesto cimero en la historia del pensamiento humano. Pero no contento con eso decidió pasar a la acción; decidió dejar de ser un hombre que estudia pasivamente la historia del plátano para convertirse en un ente activo en la transformación de ese fruto.

Después de haber descubierto las leyes objetivas de la maduración del plátano a Carlos Marx le dio por proponer, de una forma para él muy revolucionaria, el paso a la acción de madurar el fruto… a pellizcos.

Nadie sabe por qué le dio por eso. Hay muchas teorías al respecto. Algunos dicen que en su época las bananas maduras eran muy caras y las verdes tardaban mucho en madurar.

Otros piensan que en realidad se trató de una venganza contra un mundo en el que solo unos pocos podían darse el lujo de comerse una banana madura, y de batidos, ni hablar.

¿Habrá resbalado con una cáscara de plátano?

No se sabe. Lo que sí se sabe es que las revolucionarias ideas de Marx encontraron una enorme aceptación en esos países que hoy se conocen como repúblicas bananeras. Regiones del mundo que todavía a estas alturas utilizan como ley objetiva de la maduración del plátano el número de pellizcos propinados a cada fruta.

Cualquier análisis de los enjundiosos tratados escritos por los marxistas de esos países arroja una enorme bibliografía sobre el número adecuado de pellizcos a propinar, la fuerza óptima de estos, las técnicas más eficientes para administrarlos y, sobre todo, la demostración fehaciente de que el pellizco de un marxista es siempre una caricia y nunca una agresión.

De inicio todos esos tratados de pellizcología evitaron hacer el análisis que Marx no pudo, o no quiso hacer. Me refiero a estudiar si el número de pellizcos correlaciona de forma positiva con un criterio tan objetivo, cuantificable, e inobjetable, como el desarrollo de las fuerzas platanales.

A estas alturas ya no hace falta que lo hagan, ya hoy es evidente que en esas repúblicas bananeras hasta los plátanos terminan convirtiéndose en objetos de lujo.

¿Cómo quiso Marx?

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Dos hipótesis para un modelo

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El único hecho que podemos dar por cierto es que Fidel Castro Díaz-Balart, conocido entre los cubanos como Fidelito, está muerto.

Dice el castrismo que se suicidó, que llevaba mucho tiempo deprimido y que al final no pudo más y se mató.

Es importante recordar que el castrismo bien pudo haber dicho lo que le diera su real gana.

La vida de la familia real siempre ha estado tan envuelta en un manto de misterio que bien pudieron haber dicho que Fidelito murió de un infarto, o de un accidente vascular encefálico provocado por una foto de Naomi Campbell en plena desnudez.

A pesar de eso decidieron airear la descorazonadora noticia –para los castristas—de que el arquetipo del futuro luminoso había acudido al deshonroso acto –para los castristas—del suicidio.

Llama la atención que enseguida, como con las orquestas bien dirigidas, se llenaron los periódicos de este mundo con enjundiosos artículos sobre las viejas tradiciones suicidas dentro de Cuba, y dentro del castrismo.

Señores, por favor, equiparar el supuesto suicidio de Fidelito con cualquier otro que haya ocurrido en Cuba, después de 1959, es como querer decir que en el Olimpo padecen de hemofilia, o que la Magdalena le pasó una enfermedad de transmisión sexual al sagrado Jesús de Judea.

La gente ha perdido el respeto por las alturas.

Hay que ser un Héroe Nacional del Trabajo en el viejo oficio de la estupidez humana para ignorar que el suicidio de Fidelito, si es que sucedió, es un hecho único e incomparable en la historia del castrismo.

No solo sería la primera vez que se mata un habitante de los verdaderos cielos castristas, sino que también sería la primera vez que una maquinaria infalible para diseminación de mentiras decide soltar una información que en apariencia no le conviene.

¿O será que sí les conviene decir que el tipo se suicidó? De ser así, entonces, ¿a quién y por qué le conviene eso?

Para responder a esas preguntas habría que acudir al modelo de la transición dinástica y despótica del poder real dentro de Cuba al hijo de Raúl Castro, o sea, a Alejandro Castro Espín, también conocido entre los cubanos como El Tuerto.

Hay que aclarar que un modelo es, a grandes rasgos, una construcción real o abstracta que intenta explicar datos conocidos que no encajan bien con los modelos ya existentes.

Por ejemplo, la enorme cantidad de defenestraciones dentro del castrismo en los últimos años (como las de Carlos Lage, Ricardo Alarcón, etc.), no encajan bien con el modelo de una continuidad institucional dentro de la llamada revolución cubana.

Igual, la enorme cantidad de opositores muertos en circunstancias muy extrañas (como Laura Pollán, Oswaldo Payá, etc.) no encaja bien con el modelo del afianzamiento en el poder de un hombre que, como Raúl Castro, fue capaz de anular sin mucho esfuerzo a figuras de la magnitud de Huber Matos, Camilo Cienfuegos y Arnaldo Ochoa.

El modelo que mejor explica, al menos para mí, todas esas acciones del castrismo –y muchas más que a primera vista parecen irracionales– es el de la transición del poder real a una figura tan ineficiente, despreciable y cobarde como la de El Tuerto. Un heredero impuesto que no cuenta con otra arma que la de una violencia brutal y abusiva.

A partir de ese modelo la muerte de Fidelito podría enmarcarse dentro de dos hipótesis fundamentales.

La primera sería la de un suicidio real. El tipo, después de 68 años viviendo de espalda al azar, ya no pudo más. Porque debe ser muy duro vivir sabiendo que todos tus amigos tenían misión, que todas tus mujeres cumplían tareas, que las calificaciones que te daban en la escuela no podían ser otras, y que tus reconocimientos como científico de renombre mundial estaban más cerca de Elena Ceaușescu que de Albert Einstein. Es para tronarse el encéfalo, diría yo.

En contra de esa hipótesis está, sin embargo, la edad escogida para matarse, el hecho de que unas semanas antes había estado de visita en Japón; o que para que se pudiera suicidar tenía que haber fallado garrafalmente la vigilancia contra suicidio que deben haberle puesto. Y eso en un país en el que lo único que funciona bien, desde hace casi 60 años, es precisamente la vigilancia.

La otra hipótesis es que lo suicidaron. Que, por su nombre y por sus vínculos de sangre con una de las familias más respetadas del exilio cubano en los EE UU, vieron su existencia como una amenaza para los planes de El Tuerto y decidieron deshacerse de él. Si además de eso se pusieron creativos y lograron vincularlo de alguna forma –por su condición de científico y por sus conexiones en Rusia— con los famosos ataques acústicos, pues mejor, porque así mataron dos pájaros de un tiro.

Lo digo para que nadie se asombre si dentro de unos meses vemos llegar a Miami a un oficial de alto rango de la Inteligencia castrista diciendo que a Fidelito se lo cargaron por haberse montado una operación contra los americanos, sin autorización del alto mando. Si algo ha demostrado El Tuerto en los últimos años es que sus bajezas no tienen límites.

Si la hipótesis del suicidio con lanzamiento por encima del balcón es válida podríamos pasar entonces a aventurar otras predicciones. Podríamos pensar, por ejemplo, que hombres como Ramiro Valdés o Patricio de la Guardia tienen al Tuerto durmiendo mal desde hace ya mucho tiempo.

Estamos hablando de cuadros bien entrenados en el trabajo de Inteligencia, de oficiales que tuvieron bajo su mando a muchos hombres, que establecieron relaciones dentro y fuera de Cuba que escapan al control de cualquier servicio de contraespionaje, y que fueron capaces de forjar lealtades con las que El Tuerto no puede ni soñar.

Todos los cubanos saben que tanto Ramiro como Patricio llevan años esperando su momento. Cada uno por razones distintas, pero cada uno con capacidades igualmente peligrosas. El Tuerto sabe que si quiere sobrevivir tiene que “moverse” contra ellos, y contra otros muchos que son como ellos, pero hacerlo no es tan fácil como defenestrar cuadros políticos, asesinar opositores, o suicidar familiares. El Tuerto, como buen cobarde que es, terminará titubeando, y en Cuba, el que pestapierde ñea.         

 

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Abajo la dinastía

El foro cubano por los derechos y las libertades acaba de iniciar una campaña contra la sucesión dinástica en Cuba.

Ya va siendo hora de que los cubanos, de todos los credos y orientaciones políticas, le planten cara a la corleónica familia Castro.

Cuba está en una encrucijada, solo deshaciéndose de los Castro puede Cuba dejar de ser la letrina (shithole) que ya es.

La otra opción es dejar que la familia Castro siga en el poder y entonces cambiarles los nombres a los dos ríos más importantes de la Ciudad de la Habana.

Llamar al Almendares, Río Fidel y al Quibú, Río Raúl, porque Cuba dejará de ser una letrina para convertirse en una interminable corriente de detritus.

Igual, ya va siendo hora de que la nomenclatura castrista empiece a entender que el 1% de una Cuba próspera alcanza para que todos ellos se enriquezcan; mientras que el 100% de una Cuba castrista solo alcanza para el enriquecimiento de una sola familia.

Conviene a todos impedir la transición dinástica.

 

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Invitación a un tratado

Carcelero comemierda

Estoy convencido de que cualquier cubano podría escribir una enjundiosa tesis de doctorado sobre el tema de la comemierdería. De hecho, me sorprende que hasta ahora, y hasta donde sé, a ninguno se le haya ocurrido hacerlo.

Para empezar, podría dedicarse ese cubano —en los primeros párrafos de su tesis— a enmendarle la plana a la sacrosanta y Real Academia Española; porque dice el diccionario de esa institución, después de indicar que comemierda es una palabra vulgar, que la aceptada acepción de la misma es una persona despreciable.

La Real Academia no explica el porqué de ese desprecio; aunque es fácil inferir, a partir de la presencia de la palabra mierda en la segunda mitad de la comemierdería, que el desprecio tiene que ver con el absurdo de que a alguien se le ocurra deglutir excrementos.

Yo no sé para el resto de los hispanoparlantes, pero en Cuba la acepción correcta de la palabra comemierda es la búsqueda activa y constante de la imbecilidad, es el trabajo fuerte e incesante para alcanzar las cotas más altas de la estupidez humana. De hecho, el chiste más famoso entre los cubanos sobre ese tema es el de un tipo que es tan comemierda que va al campeonato mundial de esa actividad y pierde la medalla de oro… por comemierda.

Si usamos como referencia el trabajo del ilustre antropólogo cubano Guillermo Álvarez Guedes podemos observar que en muchos países hispanoparlantes los sinónimos de la palabra comemierda son términos pasivos. Huevón, en Venezuela y en Chile; Boludo o Pelotudo, en la Argentina y en Uruguay; Gilipollas en España y ahuevado en Panamá indican más en el sentido de una posesión pasiva que en el de una búsqueda activa y constante.

En Cuba, sin embargo, la verdadera raíz de la palabra comemierda está relacionada con el cotidiano acto de comer. Un proceso activo en el que casi siempre nos vemos obligados a utilizar los dos músculos más poderosos del cuerpo humano: los maseteros. De esa forma, para los cubanos la comemierdería es un trabajo muy duro y de 24 por 7. Es el incesante currar de los bobos que buscan ser cada vez más bobos.

Si la Real Academia quisiera hacerle honor a la verdad debería incluir en su diccionario que un comemierda es un trabajador activo en el viejo oficio de la estupidez humana. Si la Real Academia quisiera, además, ayudar a la erradicación del sexismo debería proponer que su filial cubana cambie el término por comemierdo. Porque, ¿por qué mierda tiene que ser una palabra femenina? Con tantos comemierdos como hay.

Cualquier lector un poco comemierda podría pensar que lo hasta aquí expresado es algo risible, poco importante y hasta despreciable. La realidad, por desgracia, es bien distinta. El hecho de que la comemierdería sea un trabajo implica que estamos asistiendo a la confluencia de un grupo de perturbaciones que, una vez mezcladas, darán lugar —o ya lo están haciendo— a eso que llamamos una tormenta perfecta.

Me explico.

Uno de los elementos básicos de la famosa Ética Protestante es el culto al trabajo, y los Estados Unidos de Norteamérica son, ya sabemos, un país esencialmente protestante. Para los americanos el trabajo es tan importante, o más, que el sexo para los cubanos. Es por eso que en los últimos 200 años no ha existido una nación en este mundo con una productividad más alta que la de los EE UU.

A esa virtud hay que sumarle el hecho de que en las últimas décadas ese país ha sido invadidos por millones de cubanos. Un grupo de personas que, entre otras cosas, es portador de la asombrosa idea de que los seres humanos pueden trabajar con ahínco y dedicación para ser cada vez más imbéciles.

Esa combinación, ya de por sí extraordinariamente peligrosa, aumenta cuando le añadimos la particularidad de que el capitalismo carece, a pesar de ser una palabra que termina en ismo, de una ideología única y rectora. Quizás sea por eso que porro a porro, o parra a parra, y una vez más por culpa de los cubanos, los estadounidenses se hayan enfrascado en la colosal tarea de trabajar sin descanso, como solo ellos saben hacerlo, para inventarse una ideología: el comemierdismo.

No se puede negar que cuando los gringos se ponen para algo no pasa mucho tiempo antes de que llegue el asombro. En unas escasas décadas los EE UU no solo fueron capaces de inventarse su propia ideología, sino que alcanzaron a crear algo que es nuevo en la Historia de la humanidad.

El comemierdismo es la única ideología en la larga vida de este planeta que puede ser utilizada, con la misma eficiencia, por bandos radicalmente opuestos. Donde el marxismo y el fascismo, o el materialismo y el idealismo, solo pudieron aspirar a la mitad de los mercados el comemierdismo se presentó como una oferta igualmente tentadora para todos los compradores. Eso es, sencillamente, genial.

Y es por eso que año tras año las facultades de ciencias sociales y estudios liberales de las grandes universidades de los EE UU gradúan miles y miles de jóvenes que saben una mierda de matemáticas, que ignoran las leyes básicas del universo en que viven, que dicen haber leído a Marx, pero no lo entendieron, y que salen convencidos, después de graduarse, de ser los más indicados para dictarle a su país, y al mundo, las nuevas, sagradas e inobjetables leyes del comemierdismo.

Mientras eso sucede una cantidad similar de facultades de ciencias sociales y estudios religiosos gradúan a miles y miles de jóvenes que saben una mierda de matemáticas, que ignoran las leyes básicas del universo en que viven, que nunca leyeron ni leerán a Marx, y que salen convencidos, después de graduarse, de ser los más indicados para dictarle a su país, y al mundo, las nuevas, sagradas e inobjetables leyes del comemierdismo.

Unos creen, por ejemplo, que los EE UU tienen la obligación, a pesar de carecer de una imperiosa necesidad demográfica, de abrirle las puertas, con escasa selectividad, a cuanto inmigrante se le ocurra venir a ese país, sobre todo si arriban de regiones de este mundo que muestran entre los elementos esenciales de sus culturas un odio visceral hacia los EE UU. Los otros creen que esas puertas deben estar cerradas a cal y canto, porque va en contra de la ley de Dios que un científico chileno pueda valer más, desde el punto de vista social, que un alcohólico nacido en Kentucky que suspendió el examen noveno grado.

Igual, unos creen que una persona de origen caucásico que escribe sobre los habitantes del Polo Norte es un supremacista blanco que está practicando el deleznable crimen de la apropiación cultural. Eso, claro está, sin recordar que el 100% de los libros que estudiaron sobre la llamada revolución cubana, cuando pasaron por las elitistas academias liberales, fueron escritos por autores blancos y gringos (o por esos semigringos que ellos llaman cubanoamericanos). Los otros, por su lado, consideran que los habitantes del Polo Norte no merecen que alguien escriba un libro sobre ellos, porque Dios les dio mucha nieve y nunca aprendieron a exportarla.

La lista de ejemplos sería casi infinita. El comemierdismo ha arraigado tanto en los EE UU que las personas inteligentes de ese país, que todavía existen, se han visto obligadas a desarrollar una estrategia de sobrevivencia que es un poco comemierda: apuntarse a la comemierdería de un bando hoy y mañana a la del otro. El resultado de todo eso es un estado de confusión constante en el que resulta muy difícil no ya averiguar la verdad, sino incluso llegar a creer que esta existe.

Para los cubanos, por suerte, la orientación dentro de ese maremágnum escatológico es mucho más fácil. Un cubano —que no sea tronco de comemierda— solo tiene que escuchar a un gringo hablar sobre el castrismo para saber si está practicando, o no, el comemierdismo.

Si ese gringo cree que en Cuba la revuelta castrista trajo algo bueno para los cubanos, que Batista fue peor que Fidel Castro, que el embargo tiene que ver con la pobreza del país, o que la transición del poder dinástico hacia los vástagos de Raúl Castro es lo mejor que le puede suceder a Cuba, la cosa está clara. Ese gringo es un gourmet que está masticando mierda a carrillos llenos y comisuras goteantes.

El diagnóstico se hace un poco más difícil cuando el que habla sobre el castrismo es un latinoamericano. La inmensa mayoría de ellos lo hacen sin sospechar que hace ya muchos años que el imperialismo estadounidense renunció a la exportación de capitales (para dejársela a los comunistas chinos) y pasó a exportar el comemierdismo.

Cuando un latinoamericano dedica sus esfuerzos intelectuales a defender al castrismo, desde un odio visceral hacia los EE UU, lo hace sin sospechar algo: la inmensa mayoría de las balas ideológicas que se disparan en este mundo contra ese país tienen, en alguna parte de su hechura, el sello Made in USA.

En realidad, el comemierdismo es la gran penetración ideológica de los EE UU en Latinoamérica y en el mundo. Su origen son esos grupos que han convertido en parte esencial de sus egos los mitos de la maldad intrínseca de los Estados Unidos de Norteamérica, o la certeza de que ese es el verdadero pueblo elegido de Dios. Cuando los intelectuales latinoamericanos se apuntan a cualquiera de esas dos variantes —aunque justo es reconocer que casi siempre prefieren la primera— lo hacen sin sospechar que están siendo víctimas de esa subalternidad cultural que tanto denuncian y dicen detestar.

Al mismo tiempo, cuando un intelectual latinoamericano defiende a Fidel Castro, aunque sea para practicar su odio contra los EE UU, lo hace sin sospechar que una buena parte de la depresión psicológica que presentó el déspota cubano, después de haber sufrido una obstrucción intestinal, tuvo con ver con uno de los tantos motes que le endilgaron los cubanos.

Algunos le llamaron El Contorsionista, porque había convertido en arte la posibilidad de comerse su propia mierda.

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