I am a genius-I (by Frank Rodríguez)

(Versión en español a continuación)

Months before the massive illegal immigration flow across the southern border took place, I predicted, with a 99.99% of accuracy, that there would be a “massive illegal immigration flow across the southern border.”

An average citizen would not have come to this conclusion. An average citizen would know that the U.S. is a racist country, and so surely brown and black people would not risk life and limb, heat, and expenses to get inside the U.S.

An average citizen would not believe that women would like to move to the U.S. where they are exploited and treated as second-class citizens.

An average citizen would think that illegal immigrants would not want to come across either, as they are persecuted ruthlessly by ICE, something akin to the Gestapo.

An average citizen would think that illegal immigrants would not want to come over because they get no economic and medical assistance once inside.

An average citizen would think that illegal immigrants know that they are summarily deported once they cross over, so why would they come?

An average citizen would think that the statements from Alejandro Mayorkas that the border is closed would have been enough to make them turn around mid-trip.

So, it clearly takes a genius to come to the conclusion that I came up with. Of course, my conclusion comes about after years of study that no average citizen would have access to.

With a border shut tight, with illegal immigrants being persecuted and deported, with those who get away from the authorities being unable to make a living in “their new country,” who would have thunk it?

Only a genius would come up with my take-it-to-the-bank prediction. I am off to the casino.

Soy un genio

por Frank Rodríguez

Meses antes de que ocurriera el flujo de inmigración ilegal y masiva a través de la frontera sur predije, con un 99,99% de exactitud, que habría un “flujo de inmigración ilegal y masiva a través de la frontera sur”.

Un ciudadano promedio no habría podido llegar a esa conclusión.

Un ciudadano promedio habría sabido que los EE. UU. son un país racista y que, con toda certeza, las personas negras, mulatas y latinas no arriesgarían sus gastos, sus vidas y sus miembros, bajo el calor, para entrar en los EE. UU.

Un ciudadano promedio nunca habría creído posible que a las mujeres pudiera gustarles mudarse a unos EE. UU. en los que son explotadas y tratadas como ciudadanas de segunda clase.

Un ciudadano promedio habría imaginado que los inmigrantes ilegales no querrían cruzar tampoco, porque son perseguido sin piedad por un ICE (Control de Inmigración y Aduanas) que se parece mucho a la Gestapo.

Un ciudadano promedio habría pensado que los inmigrantes no desearían colarse porque, una vez dentro, no van a recibir ninguna asistencia médica o económica.

Un ciudadano promedio habría pensado que los inmigrantes ilegales sabrían que son deportados sumariamente una vez que cruzan y, entonces, ¿para qué venir?

Un ciudadano promedio habría pensado que las declaraciones de Alejandro Mayorkas, diciendo que la frontera está cerrada, habrían sido suficientes para que los inmigrantes ilegales se dieran la vuelta a mitad de camino.

Es evidente que hay que ser un genio para arribar a la conclusión a la que llegué. Una conclusión a la que pude llegar, claro está, gracias a esos años de estudios a los que no tienen acceso los ciudadanos promedio de los EE. UU.

Con una frontera cerrada a cal y canto, con los inmigrantes ilegales siendo perseguidos y deportados, y con esos que se las arreglan para escapar de las autoridades siendo incapaces de ganarse la vida en “su nuevo país”, ¿a quién se le ocurriría emigrar?

Solo a un genio se la podría ocurrir esa predicción mía de “juégatela al pegado”.

Así es que me voy para el casino.

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El viernes pasado, 24 de septiembre, con Andrés Alburquerque

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Muchas gracias, muchachas

Un grupo de estudiantes universitarias de origen cubano decidieron hacer una manifestación, en una universidad de Nueva York, para denunciar las atrocidades del régimen de la familia Castro.

Creo que esa excelente idea debería ser imitada por todas las estudiantes cubanoamericanas en todas las universidades de ese país.

Ellas hablan el idioma a la perfección, conocen la forma de pensar de los “gringos”, saben de la proverbial hipocresía anglosajona y tienen argumentos, porque han crecido en esa cultura, para desmontar los mitos que los socialistas americanos (aka liberals) se han montado sobre Cuba y el castrismo.

Muchas gracias a esas muchachas por sobreponerse al clima de censura, que existe hoy en las universidades americanas, para denunciar un dolor de varias generaciones, un dolor que nadie escuchaba ni escucha.

Gracias por alzar sus voces por sus padres, por sus abuelos, y por ustedes.

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Las modistas de Auschwitz — Bosch’s Blog

Cuando leyó sobre un “taller de sastrería” en Auschwitz, la historiadora Lucy Adlington se propuso averiguar más sobre las presas del campo de exterminio empleadas como costureras. Autor Manasi Gopalakrishnan Marta Fuchs, la costurera jefa de la “Obere Nähstube”. Me comunico con Lucy Adlington en Londres. En la conversación telefónica, describe cómo estaba hojeando documentos de […]

Las modistas de Auschwitz — Bosch’s Blog

Una “horrible anomalía”.

Una anomalía tan horrible como la de “Clandestina” en el Auschwitz de La Habana.

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Flores de insidia

A Reynel Páez lo mataron unos años después, pero ese día se rio como un bendito.

Era el mejor amigo de mi madre y decidieron, aunque eran muy jovencitos y todavía estaban en el Instituto, que querían “bajar” en una manifestación de los estudiantes de la Universidad de La Habana.

Eran bisoños y mi madre, en su eterna ingenuidad, decidió ir a la manifestación con un vestido ajustado y unos zapaticos de tacón.

Pensó que aquello sería cuestión de caminar un rato, gritar cuatro consignas y después ir a tomar un café; pero enseguida empezaron los disparos, los chorros de agua, los toletazos y los “¡páranse ahí, cabrones!”.

Dos policías se le tiraron con furia a Reynel Páez y mi madre los espantó con unos carterazos en molinetes. Después, claro está, tuvieron que salir corriendo con tres esbirros gritando y disparando al aire detrás de ellos.

En cuanto empezaron a correr, Reynel le sacó como unos treinta metros de ventaja a mi madre. Pudo hacerlo porque ella intentaba correr, en su eterna ingenuidad, con una túnica de medio paso y unos zapaticos de a centén.

Pero en cuanto una bala le pasó cerca, mi vieja se detuvo, se quitó los zapatos, se rasgó el vestido hasta la media pierna y decidió correr como lo que realmente era: la mejor corredora de 80 metros con vallas de su edad en Cuba.

Enseguida se convirtió en un bólido que dejó bien atrás a los policías y le pasó por al lado a un Reynel Páez que intentó, el pobre, usar todas sus fuerzas para alcanzarla.

Así fueron a dar, con los policías cada vez más lejanos, pero todavía persiguiéndolos, a una de las zonas de tolerancia de La Habana. Una de esas calles de putas acicaladas y recostadas a las jambas de las puertas mientras esperaban por la bonanza de un buen cliente.

Lo que las putas vieron doblar la esquina fue a una pelirroja muy bonita corriendo como una bala, con un vestido roto, con los zapatos en las manos y con un tipo que le corría detrás gritando ¡Párate, párate!

¡Pensaron que era un cliente queriendo maltratar a una colega y, sin ponerse de acuerdo y como una sola, saltaron al medio de la calle, se interpusieron entre Reynel y mi madre, y empezaron a gritar “!Déjala, abusador, déjala, pobrecita, abusador!”

El bólido se detuvo, cogió aire y regresó al trote y riéndose para explicarle a las amenazantes y solidarias putas que Reynel era su amigo, que eran estudiantes y estaban huyendo de la policía.

Todo se aclaró y la solidaridad, lejos de detenerse, aumentó. Las putas los agarraron por los brazos y los metieron por unos recovecos de pasillos y cuarterías. Les dieron agua, ropas, zapatos para cambiarse, un pañuelo para tapar ese pelo, y los sacaron por el otro lado de la manzana.

Tiempo después a Reynel lo mataron, pero ese día se rio como un bendito. Mi madre, por su lado, empezó a ver a las putas con otros ojos y decidió que a partir de ese momento las trataría como los seres humanos que son, y no como la “moral burguesa” las describía.

Pasó el tiempo, triunfó la revuelta castrista y mis padres buscaron casa en un barrio cualquiera de La Habana en el que, por azar, también les habían dado casa a unas antiguas putas, tres hermanas bellísimas, que habían sido “reeducadas” por la “revolución”.

La gente del barrio les daba de lado, pero mi vieja, por el recuerdo de aquella historia con Reynel, se hizo amiga de las tres hermanas y las dejó que jugaran a las mamás conmigo. Siempre estaban en mi casa.

Con el tiempo les confesaron a mis padres que seguían siendo putas, solo que después del triunfo tenían unos clientes únicos, que eran capitanes o tenientes del ejército, y que pagaban con casas, comidas y regalos.

***

Hace unos días recordé esa historia. Hace unos días me llamó un amigo para contarme algo que le había pasado en el trabajo, y terminé recordando esa historia.

Según mi amigo, en cuanto empezó la jodedera esa del “pasaporte vacunal” aquí en Canadá, él se puso a conversar con una amiga cubana que tiene en su trabajo. Los dos empezaron a quejarse, a pesar de estar completamente vacunados, de esa imbecilidad de querer vacunar a todo el mundo, y de que algunos se sientan con el derecho a invadir la privacidad de otros.

En un momento determinado, la muchacha soltó la frase que después hizo que mi amigo me llamara. Le dijo: “y lo peor del caso es que si a ti y a mí nos piden una lista con los nombres de esos colegas que nosotros sabemos que se prestarán para exigir esa imbecilidad, vamos a terminar escribiendo los mismos nombres”.

Ahí mismo, sin perder el tiempo, mi amigo quiso hacer el experimento y le pidió a la muchacha que escribiera los nombres de los colegas que ella pensaba que se prestarían para formar parte del Comité de Defensa de la Vacunación mientras él escribía la suya, para después compararlas.

“Cesi, bróder, –me dijo mi amigo— los dos escribimos casi los mismos nombres; pero eso no es lo interesante, lo interesante es que después nos enteramos que fueron esos mismos colegas los que presionaron a la administración para que instaurara, en contra de las leyes canadienses, el pasaporte vacunal como obligatorio para poder entrar en la pincha”.

Mi pregunta, inmediatamente, fue, “oye, ¿y cómo ustedes sabían que esas personas iban a ser las Karen del pasaporte vacunal?

Su respuesta fue: “Bróder, son los tarados, los neuróticos, los imbéciles; son esos que por más que lo intentan no pueden esconder su racismo, sus resentimientos y sus frustraciones. Esos pendejos conflictivos, amargados, tóxicos y mal templados que sobreviven en sus trabajos gracias a la tolerancia, la magnanimidad y la paciencia de sus colegas; pero que en cuanto pueden, o en cuanto alguien les da el más mínimo chance y se sienten empoderados, enseguida usan ese poder para hacerles la vida un yogurt a los que tienen la mala suerte de estar cerca de ellos. Poco importa cuánto los hayamos ayudado antes, cuánto hayamos decidido ignorar sus imbecilidades y malos alientos. De nada sirve que los hayamos protegido durante lo peor de la pandemia, o que muchas veces tuvimos la gentileza de salirnos de nuestras zonas de confort para ayudarlos. Tan pronto como les decimos que es una exageración exigir un pasaporte vacunal, para dejarte entrar en tu trabajo y no para irte a divertir, te miran como siempre han querido mírate, o como siempre te han visto: como un inmigrante salvaje y malvado que quiere matarlas”.

Me dijo eso y recordé el cuento de mi madre y aquellas putas; porque en 1968, cuando a mis padres los defenestraron durante la Microfracción, fueron aquellas mismas putas amorosas y serviciales las que organizaron un acto de repudio frente a mi casa, para hacerles saber a mis viejos que eran unos malvados y que, entre otras cosas, ellas habían decidido expulsar a toda la familia del sagrado Comité de Defensa de la Revolución.

Mi padre se reía después cuando hacia el cuento de mi madre mirando el acto de repudio a través del visillo de la ventana, mientras decía: “coño, en este país ya ni las putas son lo que eran”.

Después, cuando los ánimos se calmaron, aquellas putas terminaron disculpándose por la barbaridad del acto de repudio, y siguieron visitando mi casa. Unas veces para cambiar por cigarros la leche que el gobierno les daba para sus hijos, y otras para que la vieja les recetara algo o les consiguiera un turno médico.

Mi madre nunca les guardó resentimiento y siempre las trató muy bien. Después nos mudamos y dejamos de verlas. Un día, pasado mucho tiempo, le pegunté a la vieja por qué siempre las había tratado tan bien. Me volvió a contar la historia de la corredera con Reynel Páez y al final me dijo que esas mujeres no eran culpables de nada.

Los culpables, me dijo, son esos hijos de putas que siembran miedo y después presentan la lucha contra ese miedo como un bien común, o como una necesidad suprema que les sirve de justificación para azuzar, contra otros, a personas profundamente dañadas por la vida. Los culpables son los que siembran flores de insidia para después recoger búcaros rotos.

Así se lo expliqué a mi amigo. Los verdaderos culpables, aquí en Quebec y en Canadá, no son esos pobres infelices aplastados por el miedo. Los culpables son esos políticos, como Trudeau y Legault, que usan ese miedo, y el supuesto bien común de la lucha contra ese miedo, para empoderar y azuzar, contra otros, a esas flores de insidia que todos sabemos que nunca serán culpables del mal olor que desprenden.

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¿Qué bolá con la Universidad Johns Hopkins?

Para ser más precisos: ¿qué bolá con la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados (EEIA) de la Universidad Johns Hopkins?

Si quieren, se los deletreo con más claridad:

¿Cuántos espías de la inteligencia castrista, graduados de esa escuela de la Universidad Johns Hopkins, tienen que ser atrapados espiando en los Estados Unidos para que la comunidad de inteligencia de ese país empiece a considerar a esa escuelita como un antro de reclutamiento castrista?

¿Cuántas chivas sin tambor pagado, como Piero Gleijeses, Wayne Smith o Emily Mendrala, tienen que seguir berreando a favor del castrismo para que la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos empiece a considerar a la EEIA como un antro de reclutamiento castrista?

Hagamos un recuento, y verán a qué me refiero.

La infame Ana Belén Montes, la espía castrista en los EE UU que en el 2001 fue condenada a 25 años de prisión, fue reclutada mientras estudiaba en la EEIA.

Su reclutamiento fue facilitado por la también espía castrista Marta Rita Velázquez, quien había sido reclutada por la DGI mientras estudiaba en la Universidad de Princeton y que después, durante sus estudios de postgrado en la famosa EEIA, fue amiguita de Montes y sirvió de agente apuntadora para su reclutamiento.

Las dos amiguitas, Rita y Belén, fueron alumnas beneméritas de una de las chivas más berreadoras a favor del castrismo que ha conocido la historia de la academia estadounidense.

Me refiero a Piero Gleijeses, un personaje que, armado con el poderoso imperialismo cultural de la izquierda estadounidense, se ha dedicado a querer contarnos a los cubanos una historia, la nuestra, que a él le sale plagada de mentiras, omisiones y propaganda a favor del régimen asesino de la familia Castro.

Para los que quieran comprobar la talla de apropiador cultural que calza el camarada Gleijeses, los refiero a mi texto “Razones de Angola”, en el que podrán leer, entre otras cosas, que el compañero Piero quiso usar al comandante Jorge “Papito” Serguera para “ampliar” una investigación que ya daba por terminada y que no coincidía, para nada, con la versión de los hechos que tenía un testigo presencial como Papito Serguera. Solo la academia gringa y liberal de hoy, esa que está tan bien representada en la EEIA, tiene la audacia de ir a contarles a otros su propia historia.

Piero Gleijeses es italiano, se graduó del Instituto de Altos Estudios de Ginebra y, según sus propias palabras, en el año 1968 un profesor de la Universidad Johns Hopkins lo ayudó a conseguir una beca para hacer un doctorado en esa institución. Me encantaría saber quién demonios fue ese profesor.

Después de terminar su doctorado, en 1972, Gleijeses se quedó como profesor de la EEIA y se dedicó a construir una carrera basada en un odio visceral hacia los Estados Unidos, y en la publicación de una serie de libros profundamente asimétricos cuando de denunciar a los soviéticos se trataba.

Una prueba de la asimetría sovietofílica del camarada Gleijeses es la forma, tanto personal como historiográfica, con la que el profesor de la EEIA trata a la figura de Jorge Risquet, a quien llama su hermano y a quien siempre presenta como un peón de los Castro y no de sus verdadero manejadores: los comunistas cubanos y la inteligencia soviética.

Cualquier persona medianamente versada en la historia del viejo partido comunista de Cuba (PCC-PSP), sabe que Jorge Risquet fue un agente de la inteligencia soviética desde, al menos, 1952. Fecha en la que fue captado, en Bucarest, por Alexander Shelepin (futuro jefe de la KGB) mientras trabajaba como representante de los comunistas cubanos ante la Federación Mundial de Juventudes Democráticas.

A partir de ese momento, Risquet empezó su carrera como agente soviético y como manejador temprano, tanto para la KGB como para el PCC—PSP, del bisoño Raúl Castro. Todo eso, al igual que el papel de figuras tan importantes como Francisco Ciutat de Miguel o Hiram Prats, el camarada Piero se lo carga olímpicamente para así contarnos una historia, la nuestra, que él aprovecha para cargarla con un odio visceral hacia los Estados Unidos.

Yo no sé si ese odio, inculcado a sus estudiantes, fue un factor en el reclutamiento de Ana Belén Montes, lo que sí sé es que Gleijeses reconoció a la reclutada como una de sus mejores alumnas, y que usó a la apuntadora, Marta Rita Velázquez, como su asistente de investigación favorita.

Si a lo anterior sumamos las imágenes de Gleijeses sonriéndole al asesino de Raúl Castro, y su insistencia en llamar a Risquet “hermano”, podemos al menos inferir que si la DGI castrista no lo reclutó entonces estaba hurgándose en la nariz y, como bien sabemos, la DGI castrista no es famosa por hurgarse en la nariz.

Una prueba de la agresiva eficiencia de los esbirros castristas para reclutar agentes dentro de la academia estadounidense es Kendall Myers, el espía de La Habana que fue detenido en el año 2009 y condenado a cadena perpetua. Myers, además de ser analista de inteligencia de alto nivel dentro del Departamento de Estado, fue profesor de la EEIA desde 1972.

Cuántos de sus estudiantes y colegas (¿Gleijeses, por ejemplo?) Myers “apuntó” a la inteligencia castrista es algo que quizás nunca lleguemos a saber. Lo que sí sabemos es que la famosa EEIA lleva décadas plagada de defensores del castrismo. Unos más abiertos, otros más escondidos, pero todos ideológicamente refractarios a los brutales crímenes del régimen de la familia Castro.

Uno de los más activos y notorios defensores de ese régimen asesino es Wayne Smith, el ex segundo secretario de la Oficina de Intereses de Washington en La Habana durante el circo de Carter. Una plaza que Smith ocupó después de haber sido un servidor del Departamento de Estado en la antigua URSS. Se dice que a Cuba llegó hablando inglés de Texas, y de Cuba se fue hablando un idioma que recuerda mucho al ruso de Línea y A.

Smith ha sido un vocero en el uso del embargo como elemento de propaganda a favor del castrismo. Smith ha sido un defensor de la idea de que el castrismo no debe estar, a pesar de todas las evidencias en contra, en la lista de regímenes promotores del terrorismo. Smith ha sido un promotor de los viajes de “académicos” y político estadounidenses a Cuba, y hasta una fundación se ha inventado para ese propósito. Una fundación que, por cierto, fue utilizada por Piero Gleijeses para visitar a sus amigotes de La Habana.

Para más, Smith fue profesor, en la ya tristemente célebre EEIA, de Emily Mendrala, otra defensora del castrismo desde la época del circo de Obama y la figura que ahora emerge, dentro del régimen de Biden, como una de las principales expertas en minimizar los crímenes del castrismo, ya sea negando o normalizando los ataques acústicos contra los diplomáticos estadounidenses en La Habana, o ignorando la brutal represión con la que el régimen ahogó los gritos de libertad del pueblo cubano el pasado 11 de julio.

De más está decir que este recuento es solo la punta del témpano, porque si algo es bien sabido es que los espías siempre son muchos más que los que atinamos a descubrir.

En eso, también se parecen mucho a las cucarachas.  

Foto del encabezamiento, de izquierda a derecha: Jorge “El Chino” Risquet, Piero Gleijeses, Raúl “La China” Castro, y el puesto a dedo.

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Ayer, 27 de agosto, con Andrés Alburquerque

Para los interesados, esta fue la directa:

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El plan maestro

Hace un par de semanas me senté a conversar con el gran Julio Schilling –en mi Spanglish subtitulado en español– sobre lo que realmente había llevado al pueblo cubano a salir a las calles.

En esa conversación, para “El American”, descortinamos cada una de las acciones que demuestran que mucho antes de las medidas de Trump contra la élite militar castrista, y de la llegada del Virus-PCCh (COVID), ya el régimen de la familia Castro estaba usando el sufrimiento de sus rehenes, dentro de Cuba, como un futuro elemento de negociación frente a los Estados Unidos y al exilio cubano.

Ese siempre fue el plan maestro.

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Ayer, 6 de agosto, con mi admirado Andrés Alburquerque

Esta directa estuvo dividida en dos partes. Una para hablar de nuevo sobre el origen de la pandemia en un laboratorio del Partido Comunista Chino, y otra para hablar sobre una iniciativa para crear un financiamiento independiente de las campañas mediáticas del exilio cubano.

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¡Díaz Canel, asengao!

Ayer en la tarde nos dimos cita, una vez más, un grupo de cubanos (y un mexicano) frente al consulado castrista aquí en Montreal.

Como cabría esperar, no faltó ese coro en el que alguien grita ¡Díaz Canel! y el grupo responde con el ya conocido !Sin…!

En algún momento, sin embargo, surgió la confusión en el coro entre si gritar !Asesino! o !Sin…!

Y fue en medio de esa confusión que creamos la palabra !Asengao!

Así que ya saben, si quieren decirle al títere de la familia Castro que es un asesino y un sin…, ya tienen el neologismo adecuado.

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