La triste historia del cándido Elián y su abuelo desalmado

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Fue una de esas noticias que parten el alma. Fue el cintillo de un niño rescatado en el mar aquel día de acción de gracia del año 1999. Dos hombres salieron a pescar en el Estrecho de la Florida y regresaron con algo muy parecido a la esperanza. Habían logrado salvar a Elián González, un balserito que salió de Cuba junto con su madre… y llegó solo a la libertad.

La madre se llamaba Elizabeth Brotons y pereció en el intento; pero antes de morir hizo todo lo posible para que alguien rescatara, vivo o muerto, a su nene. Lo encontraron vivo, y ahí mismo empezó una de esas sagas que ilustran al dedillo el dolor y la impotencia del exilio cubano en los Estados Unidos de Norteamérica. Un drama que puede ser reducido a un hecho muy simple: la inmensa mayoría de los estadounidenses desconocen, o son incapaces de imaginar, la verdadera naturaleza del castrismo.

Lo digo porque en cuanto me enteré de la noticia del niñito rescatado, y del absurdo y marcado interés del castrismo en regresarlo a Cuba cuanto antes, lo primero que pensé fue que el tiempo apremiaba y que la libertad de ese niño, donde fuera que terminara viviendo, dependía de unas escasas horas.

En aquel momento yo llevaba pocos años viviendo fuera de Cuba y me resultaba impensable que el gobierno del país más poderoso del mundo no estuviera al tanto de la verdadera naturaleza del régimen castrista. Con ese equívoco como referencia imaginé que la respuesta que el gobierno estadounidense le daría a La Habana sería muy simple y categórica:

Se trataba de una situación humanitaria que debía ser dirimida sin interferencia alguna por una familia que ya estaba devastada por el dolor. En consecuencia, el gobierno de los EE UU autorizaría inmediatamente al padre del niño, y a su nueva familia, para que visitara Miami y decidiera qué hacer con su hijo. Si el padre de Elián no arribaba a los EE UU en la próximas seis horas, junto con su nueva familia, el gobierno estadounidense consideraría que estaba siendo sometido a presiones, por parte del gobierno cubano, que eran ajenas al principio del mejor interés del niño. Ante esa situación el niño permanecería en los EE UU.

Así de simple. Si el castrismo hubiera sido consecuente con ese espíritu humanitario patriotero y revolucionario que tanto disfruta achacar a los cubanos, habría enviado al padre de Elián y a su nueva familia en el primer vuelo hacia Miami. Si el señor hubiera decidido regresar a Cuba, pues perfecto, Eliancito habría crecido con la escasa libertad de un niño cubano cualquiera. Si el señor hubiera decidido quedarse en los EE UU, pues también perfecto, Eliancito habría crecido con la enorme libertad de un niño estadounidense cualquiera. En ambos casos habría sido un niño con una sola experiencia traumática.

Pero no fue así. Las horas empezaron a pasar, los días se fueron acumulando, las semanas se hicieron meses y poco a poco dejó de existir un solo cubano que quisiera estar en el pellejo del pobre padre de Elián. Durante todo ese tiempo –y por cortesía de la administración Clinton– sobre la cabeza de ese pobre hombre descendió una maquinaria capaz de aplastar no ya a un simple cubano, sino a poetas, opositores y generales que antes de ser triturados fueron bien conocidos por sus enterezas.

El castrismo es el régimen del habeas corpus para las calendas griegas, de los abogados defensores que exigen castigos ejemplarizantes, del policía malo como contrapartida del esbirro peor y de los fiscales disfrazados de jueces. El castrismo es, por encima de todas las cosas, el régimen de las tres bofetadas (una para que hables y dos para que te calles), de las confesiones filmadas y de los documentos firmados para declarar que si algún día el culpable intenta retractarse de esas confesiones es porque está siendo sometido a presiones por los indignos enemigos de la revolución.

Eso fue lo que pudo haberle caído encima al pobre padre de Elián. Una maquinaria que además de contar con una enorme cantidad de tiempo –cortesía de la administración Clinton— también pudo haber contado con un excelente material de partida. Porque, ¿Él no estuvo al tanto de que la madre se iba a llevar al niño? Cómplice de haber puesto en peligro la vida de un menor. ¿Y, quién no roba en Cuba de vez en cuando? Ladrón con causas pendientes. ¿Pero, además, qué hombre de esa extracción social no le ha dado alguna vez un pescozón a su esposa? Abusador de mujeres. ¿Y le había dado cientos de dólares a su ex esposa –equivalentes a miles de míseros pesos cubanos—pero no se había ocupado de darle los cuarenta pesitos de la manutención? Mal padre e incumplidor de la ley de protección de la infancia.

Por ahí para allá el pobre padre de Elián habría sido blanco de cuanta acusación se le hubiera ocurrido a los aguerridos abusadores de la Seguridad del estado castrista que se dedicaron “a darle atención”. Lo triste del caso es algo que muchos cubanos conocemos muy bien: si el pobre hombre hubiera sido un padre ejemplar y un ciudadano honesto, como probablemente lo fue, el resultado también habría sido el mismo. Igual le habrían construido un expediente negativo y delincuencial para convencerlo de que si ese niño no regresaba a Cuba él pasaría una buena parte de su vida en las mazmorras castristas.

De más está decir que ya a la media hora de acusaciones y amenazas es muy posible que el pobre padre de Elián estuviera dispuesto –como la inmensa mayoría de los cubanos que han pasado por esa experiencia– a vender a su madre en un lupanar para leprosos. Pero ahí, lejos de terminar, empezaba todo. A partir de ese momento entrarían en escena otros personajes. Esos que en la películas se conocen como policías buenos y en Cuba como los peores esbirros. Unos castradores de ademanes suaves, unos tipos muy comprensivos, unos oficiales cariñosos y conciliadores cuya especialidad es agarrar a esa masa amorfa en la que han convertido a un ser humano para moldearla en eso que sus superiores esperan de ella.

Mientras todo eso sucedía, Fidel Castro dio la orden de movilizar a una buena parte de sus agentes de influencia dentro de los EE UU para demostrar que el “vil y salvaje” exilio cubano en ese país se oponía a la reunificación de un pobre padre con su sufrido hijo. Estamos hablando del mismo Fidel Castro que unos pocos años antes había dado la orden de hundir el remolcador 13 de marzo y ahogar, con chorros de agua a alta presión, a diez niños y a sus familiares. De malas a primeras y por obra y gracia de miles de agentes de influencia, de muchos tontos útiles y de cuanta carroña humana habita en los EE UU, un psicópata asesino de niños fue presentado ante el mundo como un defensor de la infancia.

El punto cimero de aquella operación pudo haber sido ese momento en el que pobre padre de Elián estuvo listo para encontrarse con el supuesto salvador de su hijo. Ya a esas alturas la Seguridad del Estado castrista bien pudo haber tenido horas y horas de grabaciones del padre de Elián jurando ser una buena persona, llorando, moqueando, aceptando tener algunos pecadillos, pidiendo clemencia y declarando estar dispuesto a hacer lo que fuera para demostrar su eterno agradecimiento a un Fidel Castro que había puesto a un lado su importante trabajo –en la destrucción de Cuba y Latinoamérica– para ocuparse de que un pobre padre se reunificara con su sufrido hijo.

Ahí, en ese momento, pudo haber entrado Fidel Castro en una oficina para que su súbdito quebrado cayera de rodillas. Todo estaba listo para el acto final, que no es otro que el de la falsa benevolencia de la revolución. La promesa de que Eliancito y su familia vivirían en la Cuba de los dirigentes y no en la del pueblo o la televisión. Al niño nada esencial le faltaría y al padre le darían puestos y responsabilidades a la altura de la entereza y los principios demostrados en esas duras circunstancias. Solo después del brazo pasado por encima el hombro –y del “eres mío o eres nada” dicho sin palabras– el padre de Elián estuvo listo para ir a los EE UU junto con su familia, como un hombre en apariencia libre, a buscar a su hijo.

El exilio perdió. Como la buena madre que se niega a que corten a su hijo en la fábula del Rey Salomón el exilio siempre supo, o intuyó, que estaba supuesto a perder. Una vez que empezó a pasar el tiempo, y al pobre padre de Elián pudieron “trabajarlo”, todo estaba perdido. Es importante aclarar, sin embargo, que la culpa del destino de Elián no es, para nada, de ese pobre hombre. Son pocos los cubanos que han podido resistir el aplastamiento de la maquinaria represiva del castrismo. Pedirle al padre de Elián que se inmolara por un hijo para traumatizar a otro hijo habría sido injusto. Él solo hizo lo que muchos padres harían en una situación parecida: creer que lo mejor para sus hijos era ser hocico de rata en Cuba antes que fondillo de león en los EE UU.

El exilio perdió, y todas las predicciones que hicieron los exiliados se han ido cumpliendo con precisión matemática. Como dice el viejo adagio: la mano que mueve la cuna es la mano que mueve el mundo. Y a Elián lo mecieron para alejarlo de su familia de Miami. A Elián lo convirtieron en un niño pancarta del castrismo. A Elián lo programaron en una adulación perruna al dueño de la desesperación que hizo que su madre saltara al mar. A Elián le programaron la incapacidad para reprogramarse y le convirtieron en “principios” las tonterías de una ideología fallida y caduca.

Elián es ese producto cimero del castrismo que ahora la emisora favorita del régimen –CNN—se dedica a restregar en la cara de los exiliados cubanos con un documental. Big mistake. Con ese documental CNN acaba de levantar la veda que existía sobre Elián. Durante años muchos cubanos, tanto dentro como fuera de Cuba, han callado para no herir la memoria de aquel niñito indefenso. A partir de ese documental de CNN, que muestra a un Elián adulto, robotizado, manipulador e insensible, esa veda ha dejado de existir.

A partir de ahora muchos van a hablar. A partir de ahora empezarán a filtrarse las verdaderas historias de esa saga. Hablarán los segurosos exiliados en Miami, los documentos del Departamento de Estado, los memorándum de la indigna administración Clinton y los recuerdos de vecinos y familiares. Cuando todo eso suceda, y quede clara la verdadera naturaleza del régimen castrista, Elián descubrirá algo muy triste: dos veces en su vida el castrismo lo lanzó al mar de la desesperación, pero solo en una pudo ser rescatado.

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El chiva es chiva donde quiera que esté

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La china se cree China y se la ponen en China

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Los hechos indican que desde la primavera del año 2015 Raúl Castro, también conocido entre los cubanos como “la china”, bien pudo haberse creído tan importante y afortunado como ese país lo fue en 1972.

Barack Obama, cual Richard Nixon en su época, le prometió al castrismo villas y castillas. El plan, hay que reconocerlo, parecía tentador. Si en Beijing los asesinos terminaron reciclados como clase empresarial, ¿por qué no en La Habana? Esa era la idea: los millardos gringos financiando al complejo militar del castrismo y al Partido Comunista de Cuba.

Pero ahora resulta que llega Trump, dice que no y el castrismo se queda colgado de la brocha. El sueño de los millardos gringos, y del futuro luminoso para los esbirros, se deshace como el traje de la cenicienta con las campanadas. Pobres burros caribeños, EE UU les enseñó la zanahoria, esperó a que sus bocas se hicieran aguas y después los mandó a tragar saliva en seco.

Si asumiéramos cierta coherencia y continuidad en la política exterior gringa podríamos decir que la jugada fue genial. Obama mareó al castrismo con su encanto, puso una embajadita y se dejó levantar la mano –rendida– mientras los verdaderos sustentos de La Habana (Brasilia y Caracas) eran preparados para desaparecer entre lágrimas y escándalos. Después, para cerrar con broche de oro, la coletilla de un Trump diciendo que lo que te dije, no va.

Lo interesante del asunto es que si asumiéramos que la política exterior gringa es un desastre de incoherencias y voluntarismos el resultado habría sido exactamente el mismo. Si Obama hubiera sido un topo ideológico del castrismo, y hubiera decidido ayudarlo, el desenlace habría sido muy parecido al que hoy tenemos. Como quiera que se pongan –parece decir la Historia– los castristas tienen que llorar, y ya empezaron a hacerlo.

El coro de las plañideras habituales ya canta sus sollozos. De más está decir que no alcanza este texto para un recuento exhaustivo. Son muchas y están en todas partes, porque si en algo se gasta el castrismo la plata de los cubanos es precisamente en eso, en comprar “solidaridad” y en ubicar a sus agentes de influencias a todo lo largo y ancho de este mundo.

Ya llora Arturo Lopéz-Levy (Callejas) en El País, Miguel Barnet en la UNEAC, Alejandro Armengol en Miami, Engage Cuba en los EE UU, Fabiola Santiago en la Florida (¿será familia del chivato Tony Santiago?), y cuanta escribana barriotera y segurosa de sí misma se sienta con derecho a hacerlo. Todos siguiendo un mismo guión que puede ser descrito con varios puntos esenciales:

  1. Raúl Castro es Cuba, la familia Castro es Cuba, los esbirros castristas son Cuba y la política de Trump es, por tanto, una afrenta a Cuba.
  2. La culpa de los males que sufren los cubanos es del embargo y no de Cuba –léase castrismo y entiéndase la importancia del primer punto–.
  3. Los cambios de Trump no son tales. Todo es politiquería porque la embajadita semivacía aún existe y todavía están autorizados los viajes de los izquierdistas trasnochados y las mulatas bling-bling.
  4. Los cambios de Trump afectarán fundamentalmente a esa pujante y extensa clase empresarial cubana, llamada cuenta-propismo, que solo existe en las goebbelianas estadísticas del castrismo y en las sagradas páginas de los periódicos Granma y New York Times.
  5. Los cambios de Trump significarán una enorme pérdida económica para los EE UU, por limitar el acceso de ese país al extraordinario poder adquisitivo de los cubanos y a una pujante economía cubana que solo existe en … ya sabemos.
  6. Los cambios de Trump seleccionarán, dentro de la variada y compleja política cubana, a los esbirros conservadores y no a los liberales; o sea, a los que usan chamarras y detestan las guayaberas.
  7. Los cambios de Trump podrán traer consecuencias negativas para los EE UU si Cuba –léase castrismo y entiéndase la importancia del primer punto—decide responder a semejante afrenta contra su soberanía.

El coro de las plañideras repite esos puntos con una asiduidad tal que uno termina preguntándose si todos asistieron al mismo seminario preparatorio del Departamento de Medidas Activas de la Dirección General de la Inteligencia castrista.

Sería para reírse si no fuera por el dolor que avisan. Ya lo he dicho otras veces y no me canso de repetirlo: la única prenda de negociación real que el castrismo siempre ha tenido frente a los EE UU es el hambre, la carestía y la desesperación de los cubanos de adentro, combinada con el dolor de los cubanos de afuera.

Todo lo demás, el ron, el tabaco, las jineteras, los posibles yacimientos de petróleo, los supuestos mercado, los puertos, los boxeadores y los peloteros EE UU lleva casi seis décadas sin tenerlos… y ni se ha enterado. Cuba es una gota en el inmenso océano de la vida social y económica de los EE UU. La mayor importancia que Cuba tiene para los estadounidenses es política, y una buena parte de esa importancia radica en una sola palabra: dolor.

Está claro que después de las nuevas medidas de Trump el castrismo intentará negociar. Para hacerlo no le quedará más remedio que incrementar su capital de negociación, que no es otro que el sufrimiento de los cubanos. A primera vista parecería tan fácil como ordenarle a los esbirros que salgan a las calles a reprimir más y mejor, pero no lo es. Antes de apretarle la tuerca a sus rehenes el castrismo tiene que crear un estado de opinión que asocie ese sufrimiento con el gobierno de los EE UU y no con su verdadero origen. De ahí la necesidad del coro de las plañideras.

Una vez creado ese estado de opinión empezará la carestía, empezarán los apagones y se dará inicio, de forma extraoficial, al recontra-período recontra-especial en recontra-tiempo de recontra-paz. A partir de ahí cualquier asomo de protesta será brutalmente reprimido y las cárceles castristas volverán a llenarse con la mejor carne de canje. Los opositores que se atrevan a seguir protestando serán acosados hasta el absurdo y volverán a ocurrir asesinatos como los de Laura Pollán y Oswaldo Payá. El punto final será la suspensión de los acuerdos migratorios con los EE UU y el inicio de una crisis migratoria de baja intensidad.

Esa forma de actuar siempre le ha funcionado muy bien al castrismo, pero esta vez, por suerte para los cubanos, el tiempo no juega a favor de la tiranía. La edad y la precaria situación de salud de Raúl Castro, las crisis en Venezuela y Brasil, y la inevitable transferencia de poder en esos tres países, convierten en absolutamente necesario para el castrismo que Donald Trump no sea reelegido como presidente de los EE UU.

Si Trump logra reelegirse la transferencia de poder dentro del clan de los Castro ocurrirá en condiciones muchos más adversas que las que ellos soñaron después del acercamiento de Obama. Eso implica que a partir de ahora el coronelito Alejandro Castro Espín estará muy ocupado en impedir la reelección de Trump. Para lograrlo tendrá que vender lo poco que queda de Cuba a Rusia, y tendrá que sacrificar a la mayor parte de sus agentes dentro de los EE UU. En ello le va el poder, y quizás la vida.

 

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¿Por un mundo mejor?

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Estimados luchadores por la paz, nada genera más guerras que las tiranías. Basta recordar que los soldados de Lenin, Hitler, Stalin y Mao mataron más de 100 millones de seres humanos.

Estimados luchadores contra el hambre, nada genera más hambrunas que las tiranías. Basta recordar las que sufrieron la Unión Soviética, China y Corea del Norte para saber que los tiranos usan el hambre como un instrumento de control social.

Estimados defensores del planeta tierra, nada genera más polución que las tiranías. Basta visitar los ríos de La Habana, o respirar los aires de Beijing, para reconocer que las tiranías son máquinas generadoras de polución.

Estimados defensores del periodismo honesto, nada miente más que el periódico de un tirano. Basta leer el Granma de los Castro, el Pravda de Stalin o el Völkischer Beobachter de Hitler para descubrir el cielo de las noticias falsas.

Estimados defensores de las minorías, nada es más intolerante que una tiranía. Basta recordar a los tibetanos en China, a los homosexuales en Cuba y a los judíos en la URSS para descubrir que Mao, Castro y Stalin los aplastaron como si fueran gusanos.

Estimados defensores de los inmigrantes, la inmigración es un problema de las democracias. Las tiranías simple y llanamente prohíben el libre movimiento de las personas.

Estimados propugnadores del relativismo moral, nada le ha hecho más daño a este planeta y a la humanidad que las tiranías. Mientras ellas existan el mundo seguirá condenado a las guerras, el hambre, la polución, las mentiras, el exterminio y la intolerancia.

Estimados adictos a las endorfinas de la bondad auto-adjudicada, Donald Trump no es un  tirano. Es el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, fue elegido en elecciones limpias por 60 millones de ciudadanos de una de las democracias más antiguas y funcionales de este planeta. En cuatro u ocho años se irá para su casa.

Estimados luchadores por un mundo mejor, la lucha es contra Putin, Maduro, Castro, Mugabe, Correa y Ortega; contra las oligarquías islámicas y el psicópata norcoreano. Mientras esos regímenes y sus similares sigan existiendo el mundo seguirá siendo lo que es.

Estimados liberales estadounidenses, gastar tanto tiempo, odio, y energía en luchar contra Donald Trump es como entrar en una Sala de Emergencia y ponerse a curar un catarro mientras el resto de los pacientes padecen de una isquemia cardíaca. Es absurdo, negligente y criminal.

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Conversar en Las Américas

Las Américas

Hoy empieza aquí en Montreal el Festival literario Metropolis Bleu.

Una vez más han vuelto a tener la amabilidad de invitarme a participar. Este año en un evento titulado “Después de Fidel”. Una conversación a tres voces sobre los vínculos cubano-canadiense y sobre los posibles destinos de la isla después de la muerte del primero de los Castro.

El encuentro será moderado por la bella e inteligente Ingrid Bejerman y tendrá como contraparte canadiense al periodista, cineasta y escritor Alexander Trudeau.

Creo que sería difícil encontrar dos personas con visiones más antagónicas sobre la historia y la realidad cubana que las que tenemos Alexander y yo.

Si comparamos este texto suyo con esta diatriba mía es fácil ver que donde uno de nosotros ve grandeza de renacimiento el otro ve cloaca de resarcimiento.

Estoy casi seguro de que ninguno de los dos intentará convencer al otro. Nuestras opiniones tienen orígenes tan emocionales que haría falta un esfuerzo intelectual sobrehumano, y largas horas de conversación, para poder ir más allá de ellas.

Me parece que si hemos aceptado este encuentro es porque sabemos que dentro de los amplios límites de la decencia, y la civilización, las contradicciones intelectuales siempre terminan convirtiéndose en fuente de desarrollo.

Para los que estén interesados, la cita es este viernes 28 de abril a las 4:00 pm en la librería Las Américas, que está localizada en el 2075 del bulevar St Laurent (H2X 2T3). La entrada cuesta $10.

Nos vemos.

 

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Guía para manatíes confundidos

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La última de las decisiones unipersonales del saliente Barack Obama anuncia el inicio de la política de la tinta seca para Cuba.

A partir de ahora solo podrán quedarse en los EE UU esos cubanos que sean debida y concienzudamente preparados por la DGI castrista y autorizados por los tragantes funcionarios de la embajada gringa.

La buena noticia es que si hacemos un esfuerzo, y ponemos a un lado molestias y pasiones, podemos convertir este momento en una oportunidad ideal para la detección de los ideólogos del castro-liberalismo estadounidense.

Un ideólogo, me gusta creer, es una persona que piensa de espalda a la realidad pero con los pies —secos o mojados— apuntando hacia la rabadilla. Siempre me divierte mucho detectarlos. Son una mezcla muy cómica de payasos con contorsionistas.

La primera contorsión que se gastan con respecto a la decisión de Obama es ignorar que se trata de una trampa contra Donald Trump y de una venganza contra la comunidad cubano americana.

Los liberales gringos perdieron las elecciones presidenciales de una forma tan humillante que —lejos de hacer el análisis de conciencia que tanto necesitan— decidieron culpar a Putin y al fallecido Mas Canosa.

Su derrotado presidente —ay, mi legado—  lejos de pensar con la cabeza decidió hacerlo con la entrepierna, se apuntó al tonto principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, jaló por el teléfono, marcó línea con La Habana y le pidió a Raúl Castro que lo negociara.

Facilito, niño, Trump está en contra de la inmigración ilegal. Tienes que quitar la Ley de Ajuste, pero sin avisar ni dar tiempo. La cosa es que los cubanos protesten mucho. Así, si Trump restituye esa ley se pone en mala con sus seguidores americanos y, si no lo hace, traiciona a esos cubanos que lo ayudaron a ganar en la Florida. Además, y que conste que esto solo lo hago por ti, si Trump restituye el Ajuste yo recojo las lanchas Guarda-fronteras y le meto una crisis migratoria que ni su madre lo va a conocer. Lo tenemos cogido, niño, lo tenemos cogido a él y a los 60 millones de gringos que votaron por él.

El segundo retorcimiento que se gastan los ideólogos del castro-liberalismo es decir que la medida de Obama no favorece al castrismo. Lo hacen, claro está,  porque no pueden ver la pregunta que tienen delante del ombligo: ¿Por qué se presta Raúl Castro para una jugada que, según ellos, lo que hará es perjudicarlo? ¿Está chocheando? ¿La pamela no lo deja ver? ¿Se quedó sin asesores?

En vez de responder a esas preguntas los ideólogos de marras prefieren apuntarse a la ideíta de que a partir de ahora los cubanos se verán obligados a resolver sus problemas dentro de Cuba y a exigirle al despotismo castrista que cambie y los deje vivir. El símil que usan como referencia es el de la manida olla de presión, si se cierra la válvula de la emigración ilegal la presión aumenta hasta que la olla explota.

Guau, un análisis muy profundo que evita reconocer el hecho de que a diez de últimas siempre ha sido y siempre será el castrismo quien decida cuanta presión tendrá la olla y cuando es necesario bajar la candela, o abrir la válvula, para que esta disminuya. Nada de eso lo toman en consideración, como tampoco lo hacen con el hecho de que en Corea del Norte la válvula lleva décadas cerrada y la explosión nunca ha sucedido, o que en Venezuela está tupida y nada ha pasado.

No, es mejor decir que ya está bueno ya de que los cubanos crean que tienen que ser otros los que les resuelvan sus problemas y aprendan, de una vez y por todas, que si unen a la oposición podrán derrocar al castrismo. Y si se unen a los opositores que comulgan con el imperialismo de los liberales gringos, pues mejor.

Una vez más, están mirando para donde no es y obviando otra pegunta clave: ¿En un país en el que el gobierno tiene el control absoluto de los medios de difusión, de las armas, la comida, los puestos de trabajo, etc., etc., etc., cuántas personas hacen falta para controlar a la población?

La respuesta es triste y sobrecogedora. La cifra, dicen que calculada por los alemanes del nazi-comunismo, es de alrededor del 0,5% de la población. O sea, que en Cuba solo harían falta 55 mil castristas para mantener a los cubanos más tranquilos que estate quieto, o para evitar que la olla explote.

Esa cifra me parece una exageración y creo que en realidad podría estar alrededor del 1 o del 2% de la población. También creo que después de casi 60 años en el poder Raúl Castro cuenta, entre imbéciles, psicópatas y confundidos, con algo así como el 3% de los cubanos dispuestos a abusar en aras de defenderlo. Esbirros más que suficiente para mantener al pueblo maniatado y para lograr, incluso, la creación de opositores y periodistas independientes que defiendan con elegancia la ideología del castro-liberalismo estadounidense.

Una defensa que declara a la Ley de Ajuste como discriminatoria para otras minorías, o para esas personas que necesitan llegar a los EE UU tanto o más que los cubanos. Una contorsión que  aplaude con entusiasmo el paso de esa política de una fase de igualdad a otra de igualitarismo. A la sustitución del viejo principio democrático del de cada cual según su capacidad y a cada cual según su aporte por la aberración comunista del de cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad.

Todo parece indicar que los cubanos aportaron tanto a vida económica, política y social de los EE UU que terminaron convirtiendo la política migratoria de ese país, con respecto a ellos, en un insulto a la raíz marxista del castro-liberalismo.

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Cantinflas contra Tin-Tan

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Siempre supe que después de estas elecciones estadounidenses reiría mucho; pero no tanto.

Todavía no paro de reírme.

Cualquiera que fuera el bando ganador era evidente que habría tela para reír y cortar.

Sería, pensé, como una pelea entre dos grandes cómicos.

Y es que me dan mucha risa los ideólogos.

Me desternillo, hasta el desaliento, con esas personas que son capaces de convertir los mitos en una parte esencial de sus egos.

Y ahí estaban los “trumpistas”, con el mito de que “América” va mal y con la ridícula intolerancia para con todos aquellos que vimos en Trump el peor de los candidatos posibles. Fanáticos disfrazados de demócratas. Creyentes repartiendo a diestra y siniestra la mala nueva del peor de los mundos imaginables. Inquisidores, cojos de curiosidad, defendiendo lo indefendible con argumentos risibles.

Ah, pero el otro bando, el de los perdedores, tampoco se queda atrás en eso de hacer reír.

Ver a los comentaristas de CNN haciendo malabares para no reconocer lo que era evidente —la victoria de Trump— me hizo reír hasta recordar la vergüenza ajena.

Es difícil soñar riendo, y ayer me fui a la cama, y hoy desperté, con una carcajada resonando en el cráneo.

Esos llamados demócratas o liberales estadounidenses, ¿qué harán ahora?

¿Inventarán un nuevo verbo en la lengua inglesa?

To barack: arte de obtener exactamente lo contrario mientras se intenta construir un legado sobre las espaldas de otros. Acción de convertir el oficio de servidor público en un fallido trampolín hacia la posteridad. Ver “buenismo”.

¿Pondrán los liberales estadounidenses un cartel de “cerrado por reformas” sobre la puerta del gigantesco consorcio que construyeron en las últimas décadas?

Porque si algo hicieron durante ese tiempo fue crear un enorme monopolio para la venta de un producto llamado bondad.

Como Revlon o Chanel venden sus productos, los liberales estadounidenses venden el suyo. Una línea de bondad cosmética que —como era de esperarse en un país dominado por la culpa— enseguida se convirtió en un negocio muy lucrativo.

Pero cometieron un error, quisieron diversificar la oferta y decidieron pasar de la venta de bondades a las denuncias de supuestas maldades. Crearon una estrategia de mercadeo basada en una de esas tiranías de la opinión que tanto abundan en el mundo de la moda. Pasaron de la “Fashion Police” a una especie de “Goodness Gestapo”.

Hay que reconocer que durante mucho tiempo les funcionó. Durante décadas fueron capaces de imponer quién era bueno —Castro, por ejemplo— y quién era malo —Bush, por ejemplo—.

Pero entonces llegó Trump. Y les sacó la lengua, y se burló de nosotros los latinos, y habló mal de las mujeres, y sirvió en bandeja de plata todos esos argumentos que los liberales utilizaron, con fruición, para demostrar que Trump es un malvado y para comprobar, con alegría, que el consorcio de la venta y distribución de la bondad cosmética todavía les funcionaba a la perfección.

Nunca un candidato ha sido tan vilipendiado, con razón o sin ella, durante su campaña presidencial. Sobre Trump se lanzaron hordas de periodistas —muchos de ellos graduados en academias controladas ideológicamente por los liberales— que pretendieron garantizar, justo es decir que casi siempre con la ayuda de Trump, que estas elecciones fueran pan comido para Hillary Clinton.

Y así llegó el ayer. Y hay que reconocer que el pueblo estadounidense es un pueblo extraordinario. Y hay que aceptar que estas elecciones fueron, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese,  una revolución tranquila, pero no por eso menos firme, contra la tiranía de los medios. La primera, hasta donde sé, en la Historia de la humanidad.

Desconozco cuanto tiempo les llevará a los liberales estadounidenses hacer el profundo análisis de conciencia que tendrían que haber hecho desde hace ya mucho tiempo. Es difícil saber si para que lo hagan habrá que esperar a la eventual reelección de Trump —Dios no lo quiera— o si tendrán el coraje de hacerlo ya.

Lo que sí  sé es que cuando lo hagan tendrán que empezar por abandonar esa vieja práctica de odiar en nombre del amor. Una práctica que los cubanos conocemos muy bien, por haberla vivido en nuestro país durante casi 60 años, y porque todavía la sufrimos… sin perder la risa.

 

 

 

 

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