Cuba, noria, lendel y libertad

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El próximo viernes 14 de octubre a las 2:00 pm, la organización LatinArte y la Universidad de McGill invitan al Coloquio de las Américas. Un evento anual que en esta edición versará sobre el tema de la Libertad en general, aunque con un énfasis especial en el caso cubano. La cita, para los interesados, es en el salón Wilson de la Universidad de McGill, que está localizada en el número 3506 de la calle University.

Los organizadores tuvieron la amabilidad de invitarme y allí estaré. Mi ponencia o conversación se titula Cuba, noria, lendel y libertad. El tema central, más allá de intentar demostrar la falta de libertad que sé que existe en Cuba, versará sobre la definición personal que tengo de ese concepto. Una definición a la que llegué después de vivir 32 años en mi país de origen y 20 aquí en Canadá. Tiempo más que suficiente para observar y meditar sobre las distintas reacciones que muchas personas, cubanas o no, muestran ante el tema de la falta de Libertad en Cuba.

Debo empezar por reconocer que a los cubanos nos resulta muy difícil hablar sobre la libertad en nuestro país. Cuando a alguno le da por decir que esa libertad existe, casi siempre termina repitiendo consignas. Y cuando a otro le da por hablar de su ausencia, es muy probable que casi nadie lo quiera escuchar. A eso hay que añadir el hecho de que vivimos en un mundo lleno de personas que creen tener una opinión muy bien informada sobre Cuba. Preguntemos sobre la libertad en Belice, Surinam o Letonia y lo más probable es que recibamos por respuesta un mar de hombros encogidos. Si lo hacemos sobre Cuba, sin embargo, debemos estar preparados para recibir un alud de opiniones muy bien informadas que nos repetirán, hasta el hastío, la noria de La Habana como un prostíbulo estadounidense, la lucha de un David que se enfrenta a otro Goliat, la voluntariedad de un pueblo para el sacrificio y el derecho sagrado a una educación o a una salud pública que supuestamente son gratuitas. A partir de ahí escucharemos cuanta pieza de propaganda convertida en opinión uno pueda imaginar.

Desmontar esas fábulas y mitos, para demostrar la falta de libertad en Cuba, es una tarea bien difícil. Es como si intentáramos explicarle la hipoxia a una persona que nunca ha buceado, o que nunca ha vivido a más de 2000 metros de altura. Podemos gastar ríos de palabras intentado la explicación de ese fenómeno, podemos hablar del oxígeno, de los hematíes, de la hemoglobina y de su curva de saturación; podemos describir al detalle los efectos que la hipoxia tiene sobre las células de nuestro organismo. Al final, poco importa cuán exquisitos seamos en nuestra explicación, nuestro interlocutor siempre podrá decirnos que esa no es su opinión sobre el tema. Ah, pero si logramos que esa persona aguante la respiración, aunque sea durante un minuto, la subjetividad desaparecerá y asistiremos al nacimiento de una comunión de opiniones aunadas por la falta de oxígeno.

Con respecto a Cuba, sin embargo, poco importa que intentemos explicar que en 1959 La Habana tenía tantas prostitutas como Montreal, que las sandalias del supuesto David llevan casi sesenta años aplastando hormigas cubanas, que la voluntariedad del pueblo siempre fue forzada y que en términos de macroeconomía ni la salud pública ni la educación fueron gratuitas. Poco importa cuán exquisitos seamos en nuestras explicaciones, al final nuestro interlocutor siempre podrá decirnos que esa no es su opinión sobre el tema. Lo interesante es que si recurriéramos a un recurso parecido al de la apnea autoimpuesta el resultado podría no ser el mismo.

Me explico: si lográramos que un interlocutor incrédulo sobre la falta de libertad en Cuba fuera a vivir a ese país, aunque fuera durante unos cuantos meses, bien podríamos obtener un resultado contrario al esperado. Es verdad que, para empezar, tendríamos que asegurarnos de que esa persona fuera a vivir a la tercera Cuba; porque dice el gracejo popular que hay al menos tres países en uno, el de los dirigentes del castrismo, el del periódico Granma y el que viven los cubanos. Pero si logramos que esa persona vaya a vivir al tercer país bien podría suceder, y de hecho ha sucedido, que llegue a sentirse el ser más libre del mundo. Son esas personas, sean cubanas o no, las que están en el origen de esa definición personal que tengo del concepto Libertad.

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Cabaré, poesía y libertad

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El Festival Latinarte, junto con la alcaldía de la ciudad de Montreal y la Unión de Escritoras y Escritores Quebequenses, ha decidido organizar un Cabaré Literario en honor a José Martí.

Tengo que reconocer que disfruto mucho esa asociación de la palabra cabaré con la figura del “apóstol”. Debe ser porque crecí rechazando al Martí solemne y deshumanizado que el castrismo intentó imponerme durante mi vida en Cuba. La palabra cabaré revive, de alguna forma, al Martí de la Ginebra y del hachís; del vino de Mariani y de la bailarina española; de la niña de Guatemala y de “Lola, jolongo, llorando en el balcón”. Renace, aquí en Montreal, el Pepe que me habría gustado conocer.

La música estará a cargo de Yoel Díaz y su Cuarteto Cubano.

Bertrand Laverdure, el Poeta de la Ciudad, leerá un poema escrito para la ocasión.

Claude Morin, profesor ya retirado del Departamento de Historia de la Universidad de Montreal, hablará sobre el Martí del sable y la pluma.

El actor Marco Ledezma presentará un espectáculo unipersonal con textos de Martí sobre un fondo de sombras chinescas.

Habrá lectura de textos inéditos, alegóricos o no, de las escritoras Sonia Anguelova y Maya Ombasic; así como de Francisco García González y de quien escribe estas líneas.

La cita es el viernes 30 de septiembre, a las 6:00 pm, en el salón de honor de la Alcaldía de Montreal.

La dirección: 275, rue Notre-Dame Est (Metro Champ-de-Mars).

Ah, y la entrada es gratis.

Nos vemos.

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Paquito D’Rivera en Montreal

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Hoy, a las ocho de la noche, el gran Paquito D`Rivera dará un concierto en el Pollack Hall de la  Universidad de McGill. No creo que haya mejor manera de pasar la noche de un viernes que escuchando a este músico universal y al trio que le acompaña. Paquito ha caminado los 360 grados del virtuosismo para hacernos creer que esa música que él toca siempre estuvo ahí, que es nuestra, que nos pertenece, y que él nos estará eternamente agradecido porque se la dimos para que pudiera jugar durante un rato con sus amigos.

El concierto, por cierto, se titula A Night In Havana; pero no se asusten, nada que ver con Salsa o Reguetón. El título, a pesar de que Paquito no ha puesto un pie en la villa de San Cristóbal en los últimos 30 años, o que los estelares músicos que le acompañan llevan apellidos como Brown y Doob, tiene que ver con esos estereotipos que persiguen a los cubanos doquiera que estén y doquiera que vayan. Pocos nativos de la isla, por ejemplo, han visitado más riberas que D’Rivera, y nos cuenta que en algunas de ellas ha entrado en un supermercado para pedir leche de chiva y le han respondido que no hay, pero que tienen plátanos machos.

Quizás algo parecido sucedió con los organizadores de este evento; o quizás por Havana se refieren a un pueblito muy pintoresco, de alrededor de 1700 habitantes, que hay en península de la Florida. Cualquiera que sea la razón, se les agradece que hayan invitado a Paquito y nos permitan disfrutarlo esta noche.

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La Ciberclaria en Jefe

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Hace ya varios años publiqué una serie de artículos titulados Razones de Angola. En cuanto empezaron a salir comenté con algunos amigos que en la medida que la serie avanzara era posible que el conejo saltara de la cueva.  Por conejo me refería, desde luego, a ese devorador de Moringa que también conocemos como Fidel Castro.

Semanas después, y ya con la serie casi por la mitad, el susodicho publicó una de sus irreflexivas reflexiones y aprovechó, como quien no quiere las cosas, para enmendarle la plana a la idea central de mis artículos. Enseguida varios amigos me llamaron para reírnos juntos; uno de ellos, mi estimado Enrique del Risco, llegó incluso a referirse al hecho en un texto titulado Magia.

Cuando eso sucedió, y a pesar de aquella predicción inicial, pensé que bien podría tratarse de otra de esas tantas coincidencias que a cada rato adornan nuestras vidas. Poco tiempo después, sin embargo, la televisión castrista sacó una serie de esos programas de adoctrinamiento ideológico que ellos disfrazan como estudios históricos y la titularon, sin mucha imaginación, Razones de Cuba.

Lo predicho, la irreflexión publicada y el programita de la tele sumaron los tres famosos “strikes” y me obligaron a indagar, allá en La Habana, si era posible que Fidel Castro dedicara los últimos días de su vida a perder el tiempo en el internet. Las respuestas a esas indagaciones tardan en llegar; pero al final me respondieron que el tipo vivía pegado al internet y que se iba a morir leyendo todo lo que tuviera que ver con su sagrada imagen, con su glorioso legado histórico, con su valentía, su inteligencia, virilidad y otros etcéteras.

Eso no me extrañó, pero había más. El tipo le había dado la orden al grupo de Medidas Activas de la Seguridad del Estado de crear un ejército de “troles” para contrarrestar los efectos de la llamada blogosfera anticastrista. Eso tampoco me sorprendió, pero lo que me dijeron después sí me dejó pensando: Para dar el ejemplo el tipo había decidido construirse, con la ayuda de un par de “tracatanes”, su propio blog anónimo.

Esa última noticia la tomé como el origen de una pregunta y de un ejercicio intelectual mucho más cercano a la diversión que a cualquier otra cosa: ¿Cómo sería un blog anónimo de Fidel Castro?  La respuesta, claro está, pasa por el hecho de que el susodicho es un psicópata de libro.

A partir de ese diagnóstico de psicopatía es fácil imaginar un blog manipulativo, mentiroso, verborreico, lleno de  referencias narcisistas al Líder Máximo y de una bajeza evidente para todos aquellos que sean capaces de ver por debajo de la falsa bondad. Ya fuera del diagnóstico, y teniendo en cuenta la historia personal de Fidel Castro, sería un blog misógino, racista y de un antiamericanismo irracional que combinaría a retazos las embestidas generales contra el llamado Imperio y los ataques puntuales contra funcionarios e instituciones del gobierno de los EEUU.

No soy, por razones obvias, un lector asiduo de los blogs castristas ni de esos “troles” que ya los cubanos han aprendido a identificar con el sugerente nombre de Ciberclarias. En general me provocan unas nauseas existenciales que prefiero evitar. Por desgracia no hace falta leerlos para identificar cuál de ellos podría ser el de la Ciberclaria en Jefe. Basta seguir el rastro de alguna de esas bajezas que alcanzan a dejarnos, cuando ya nos creíamos inmunes, con el asombro infinito de una vergüenza ajena.

Así, de nauseas en nauseas, fui a dar con una joya titulada Palabras entre el café, un blog supuestamente escrito por un tal Julio (por el 26) Alejandro (por Fidel) Gómez (¿por Máximo?). Un sitio lleno de palabrería bondadosa sobre la tolerancia de la revolución, los hermosos logros del castrismo, la calmada y agradable valentía de los cubanos y el carácter inconmovible de los sagrados principios de la Patria castrista y castrada.

Parafraseando a Graham Greene, palabras entre el café es un reservorio de textos que parecen escritos por “un hombre puro como Lucifer”. Porque en medio de tanta bondad fingida, y de tanta verborrea pre-empacada encontramos, como era de esperarse, la ignominia de un ataque decrépito, sucio, racista y misógino contra Laritza Diversent. Un intento de desprestigiar a esa abogada opositora echando manos a imágenes y argumentos que solo un tarado emocional podría usar sin percatarse de que se está degradando a sí mismo. Típico de Fidel Castro, se podría pensar, pero no por eso confirmatorio.

Durante la visita de Obama a Cuba volví a recordar el blog de marras. La razón de haberlo hecho descansa en la idea de que, más allá de la política y de la Historia, la visita del presidente de los EE UU es el golpe más duro que han recibido el egocentrismo y la sensación de grandiosa auto-valía que siempre han caracterizado a Fidel Castro. Desde una perspectiva puramente psicológica la visita de Obama es devastadora para el ego de la Ciberclaria en Jefe. No se trata de que un mulato “cool” y cincuentón se haya robado el show durante unas cuantas horas. No, de lo que se trata es de un enterramiento en vida después de más de 56 años de implacable culto a la personalidad.

Pensé que el blog del supuesto Julio Alejandro Gómez reaccionaría de alguna forma a la visita de Obama, y no me defraudó. Lo hizo el viernes pasado con una cartica plañidera, llena de lugares comunes y con unos elogios al Líder Máximo que parecen sacados de la propia inconsciencia del alabado. Casi nunca dejo comentarios en los blogs castristas. No lo hago por la sencilla razón de que casi nunca los leo y cuando lo he hecho, y he decidido dejar un comentario, sencillamente no lo publican. Pero esta vez, como los estaba esperando, decidí intentarlo y escribí, sin mucha esperanza y sin dejar ver mis intenciones, lo siguiente:

La esbirromanía confundida. Obama les promete más chucherías para la jabita y todavía siguen molestos. Malagradecidos. Y tontos. No se dan cuenta que parasitar a USA es mucho más productivo que hacerlo con el pueblo cubano, con la URSS o con Venezuela. Sobre todo ahora que Brasil (el próximo hospedero que iban a parasitar) se les está cayendo.

A partir de ahí se inició eso que yo llamo un Intercambio con un esbirro. En ningún momento, claro está, dejé entrever mi sospecha de que detrás de ese blog podría estar el propio Fidel Castro. Me limité a extender el supuesto diálogo tanto como pude. Para lograrlo se me ocurrió condicionarlos con la idea de que si no publicaban mis respuestas estarían reconociendo el carácter tiránico del blog. Tengo que reconocer que aguantaron bien poco, me dieron derecho a tres réplicas y después borraron el resto de mis mensajes. Pero algo es algo.

Hoy lunes amaneció publicado en el blog del supuesto Julio Alejandro Gómez la más reciente de las irreflexivas reflexiones de Fidel Castro. Una diatriba sobre el discurso de Obama que gasta una buena parte de sus palabras en dar unas razones de Angola, o de la presencia cubana en esa guerra, que no vienen al caso y que parecen tener más de obsesión que de otra cosa. Al final, para más asombros, la Ciberclaria en Jefe promete, jura y asegura que los cubanos “No necesitamos que el imperio nos regale nada”. Vaya, algo así como que el castrismo no va a parasitar a los EE UU como antes lo hizo con el pueblo cubano, con la URSS o con Venezuela.

¿Habrá caído timba en la trampa?

Na, lo más probable es que se trate de otra de esas tantas coincidencias que a cada rato adornan nuestras vidas.

Ilustración de Lauzán (creo).

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La calle

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La relación entre el castrismo y sus opositores puede ser analizada como la relación darwinista entre una presión evolutiva y las adaptaciones que esta genera.

Dice un viejo adagio que la necesidad obliga a parir varón, y dice Darwin que los depredadores que solo ven las escamas rojas seleccionan a los peces con mutaciones hacia el amarillo.

En Cuba, después de varios lustros de depredación implacable de sus opositores, el castrismo llegó a pensar que había logrado extinguirlos. Alcanzó a soñar, por decirlo de alguna forma, con el gris del futuro luminoso.

En la segunda mitad de los años 70, con el surgimiento del Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH), la represión castrista descubrió que tanto aprieto evolutivo solo había logrado seleccionar una forma de lucha para la que ellos no tenían, nunca han tenido, y nunca tendrán, una respuesta adecuada.

A partir de ese momento la evolución del movimiento opositor cubano puede ser trazada, a grandes rasgos, como el poder de un depredador para seleccionar presas cada vez más dispuestas a enfrentársele.

La persecución y el exilio forzado de los miembros del CCPDH dejaron abierto un nicho que enseguida fue ocupado, entre otros, por una eclosión de periodistas independientes y por el Movimiento Cristiano de Liberación (MCL) fundado por Oswaldo Payá Sardiñas.

Después de la ola represiva de la primavera del 2003 —en la que decenas de miembros del periodismo independiente y del MCL fueron condenados a largas penas de prisión— el castrismo llegó a pensar, una vez más, que había acabado con sus presas.

Nada más alejado de la realidad, porque enseguida surgieron las Damas de Blanco y un movimiento de blogueros independientes que lograron convertirse, mediante un uso ingenioso de las nuevas tecnologías de comunicación, en una verdadera pesadilla para el castrismo.

Con los asesinatos de Orlando Zapata, Oswaldo Payá, Harold Cepero y Laura Pollán el juego cambió. A partir de esas muertes el mensaje mafioso de la familia Castro quedó tan claro que muchos pensamos en el fin de la oposición cubana al castrismo.

Para nuestro asombro la respuesta de algunos cubanos y de muchas cubanas fue extraordinaria. Esas personas, lejos de recogerse al buen recaudo de las precauciones, decidieron subir la parada y empezaron a enfrentarse a la represión de una forma más evidente y directa.

Cuando parecía que la oposición se recuperaba llegó el jarro de agua fría del 17 de diciembre del 2014. Una vez más pensamos que ese sí era el fin del movimiento opositor cubano;  que ante ese espaldarazo al castrismo no quedaría un solo opositor incapaz de recogerse al —más que justificado y merecido, debo aclarar— buen recaudo de sus aguerridas peceras.

Pero una vez más obtuvimos el asombro por respuesta. Una vez más algunos cubanos y muchas cubanas decidieron que la mejor reacción a la injerencia estadounidense en favor del castrismo era unirse para llevar su mensaje de apertura al espacio más sagrado y abierto de los hermanos Castro: La calle. Así surgió el movimiento que hoy conocemos como Todos Marchamos.

Desde una perspectiva darwinista se puede decir que la conquista de la calle es el equivalente de aquel famoso paso evolutivo en el que los peces pudieron, al fin, colonizar la tierra y empezar su evolución dentro de esta.

En ese sentido el Movimiento Todos Marchamos se presenta como una verdadera revolución en el enfrentamiento al despotismo de los Castro. Por primera vez en la historia de ese enfrentamiento un grupo de mujeres y hombres se proponen como meta reclamar su derecho a existir más allá de los espacios cerrados, o a ser capaces de poner sus mensajes ante las mismas narices de otros cubanos.

El castrismo sabe el peligro que entraña semejante forma de lucha. El castrismo sabe que perder eso que ellos llaman “La calle” es perder el control del miedo que durante décadas han usado para mantener a los cubanos esclavizados. Lo saben, y para evitarlo han movilizado a sus esbirros, a sus bandas paramilitares, a los agentes que tienen dentro de la oposición y a cuanta persona les sirva, dentro y fuera de Cuba, para torpedear esa forma de lucha y quienes la defienden.

Es posible que una vez más terminen imponiendo sus designios a corto plazo. Para eso cuentan con mucha información y con una “agentura” sembrada desde hace años. Pero si algo enseña ese materialismo dialéctico que los Castro han convertido en religión es que los procesos evolutivos nunca se detienen.

Seguirán seleccionando opositores cada vez más dispuestos a enfrentárseles y algún día, con las manos encartonadas por los coágulos de sangre, se descubrirán añorando a Orlando Zapata, a Oswaldo Payá, a Harold Cepero y a Laura Pollán.

 

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Qué boleiro, cangaceiro

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La cuenta de Twitter del inquilino de la Casa Blanca trina un ¿Qué bolá, Cuba? y de esa forma, populista y desenfadada, hace su entrada triunfal en la tradición Norte-atlántica del periodismo occidental el saludo más común de los cubanos.

Otrora considerado marginal a partir de ahora el ¿qué bolá? tendrá, por obra y gracia de Obama, un aura de “fisnura” que obligará, entre otras cosas, a buscar un sustituto.

Nada de eso le importa al Procónsul del Levo-imperialismo estadounidense. Él quiso ser “cool” y para lograrlo echó manos a algo parecido a un “wassap”.

Imagino que después de esta poderosa bendición aparezcan estudios sesudos y bien informados sobre los orígenes lingüísticos de la frase, la relación de la misma con la supuesta genialidad de Fidel Castro y, de ser posible, la demostración de su carácter esencialmente anti-clasista y libertario.

Mientras eso sucede, los dejo con un fragmento de mi novela Ruy en el que un personaje decide parodiar a Luis Carbonell, el llamado acuarelista de la poesía antillana, para imponer un origen fonético y  decimonónico del qué bolá.

Dice así:

Se abre un portón de la Habana Vieja y sale una calesa con un par de gordas afrancesadas. El calesero es Juan, liberto de orejas precisas y lengua pa’ fustigar. Las señoras saben na’. El negro desde el pescante, pesca lo que hay detrás. Francés de una sola palabra y risas como un disfraz, voilà esto y lo otro; voilà aquí, y voilà allá. Juan piensa y comenta. La vida de estas madamas está hecha de voilà. Juan escucha y aprende. La pose y su falsedá, están llenas de voilà. La negrita cocinera, que no lo quiere mirá, habla, se ríe y canta, con un poco de voilà. Los socios de la comparsa copian lo que se da, son negros de bemba y cuchilla en eso de pronunciar y tocan con sus tambores, lo nuestro es otra Bolá. Pasa el tiempo, hay muchos Juanes, las mansiones ya no están, la vida es pura certeza y un criado es mandamás, todos a pie por la calle, ¿Y el saludo? Qué Bolá.

Humbertico convertido en el acuarelista de la poesía antillana.

Bettina insiste en el presente.

– ¿Y Pinga?

 

 

 

Ilustración de Lauzán, tomada de aquí.

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Adiós

¿Cómo explicarle a un Alan Gross quién es Jorge Valls?

Ayer, por una de esas casualidades de la vida me enredé, vía Twitter, en una conversación sobre el doble estándar que muchas personas usan con respecto a dos embargos. Ese que hoy los liberales estadounidenses quieren levantarle al régimen castrista y aquel que, ayer también, esos mismos liberales promovieron contra el Apartheid.

Mis interlocutores fueron el intelectual cubano Iván Darias Alfonso y el tristemente célebre señor Alan Gross. De más está decir que en su esencia la conversación se redujo a un conflicto entre dos visiones irreconciliables.

Ellos ven al castrismo como a un gobierno más, mientras que yo lo veo como un régimen despótico controlado por psicópatas. Ellos creen que el levantamiento del embargo podría traer algo parecido a una primavera, y yo intento hacerles recordar que hace ya muchos años que en Cuba hay una sola estación posible: seca.

Al final de la conversación, quizás interpretando mi optimismo dolorosamente informado como pesimismo, el señor Alan Gross me conminó a tener esperanza, a no abandonar (la pelea, supongo) y a no caer en la desesperación. Mi respuesta fue tan sincera que enseguida la borró. Sencillamente le dije: No importa con cuánta fuerza usted lo intente, mi esperanza nunca será la suya, su desesperación tampoco. Yo soy cubano, usted no.

En unos pocos días habría olvidado el incidente, pero hoy amanecí con la noticia de la muerte de Jorge Valls y el contraste entre esos dos presos del castrismo me golpeó como un despertar.

Conocí a Jorge hace unos años; digo mejor, habría sido imperdonable no haberlo conocido. Estaba obligado por varias razones, una de ellas fue Marcos Rodríguez, el famoso Marquitos que en 1964 el castrismo convirtió en delator de los mártires de Humbolt-7.

Mi padre y Jorge Valls fueron testigos en el famoso juicio contra Marquitos; Jorge defendiendo a ultranza la inocencia de su amigo y mi padre asegurando que el acusado nunca había sido militante de la juventud  comunista en la Universidad de La Habana.

De ese juicio Jorge salió con una condena de veinte años (y cuarenta días) de prisión. Mi padre, por su lado, abandonó la sala del tribunal con la esperada y absoluta certeza de que su carrera política dentro de la revolución cubana había terminado para siempre.

Más de cuarenta años después, cuando pude conocer a Jorge en persona, le conté la pregunta que le hice un día a mi padre mientras limpiábamos el patio y estábamos lejos de los micrófonos. Viejo, le dije, ¿Marquitos echó p’alante a esa gente, no? Su respuesta fue un “¡No hombre, no!” Después bajó la voz para aclarar: “Ni Ventura ni el Partido necesitaban a Marquito para saber dónde estaban esos muchachos”.

Le conté esa historia a Jorge Valls como quien lleva una buena noticia y él la recibió como quien sabe algo que no necesita confirmaciones. Marcos era mi amigo, me dijo. Después hablamos largo y tendido de muchas otras cosas. Mientras lo hacíamos me fui dando cuenta de que estaba frente a un hombre extraordinario.

Jorge Valls era incapaz de odiar. Esa cualidad, que incluía a aquellos que lo encarcelaron, no nacía de un síndrome de Estocolmo o de una programación recibida a lo largo de más de veinte años de prisión. Jorge entró en la cárcel siendo así y salió de ella con esa misma libertad. Desconozco de dónde nació ese don, pero estoy casi seguro de que si existe una razón para creer en Dios es esa que Jorge encontró.

Durante nuestra larga conversación diferimos en muchas cosas. Creo que si hubiéramos hablado del famoso embargo habríamos tenido opiniones distintas. No sé, pero de lo que sí estoy seguro es que Jorge nunca habría intentado, aunque tuviera todo el derecho para hacerlo, imponerme su esperanza, o llamar a la mía desesperación.

Lo sé como quien sabe algo que no necesita confirmaciones.

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