Neurotiranías-I

Como pueden ver en el video del encabezamiento, el viernes pasado estuve con Andrés Alburquerque en Enfoque Ciudadano. Estuvimos hablando sobre la tentación totalitaria y aproveché para soltar algunas de las informaciones que he ido recolectando para un libro que empecé a concebir hace un montón de años y que algún día publicaré bajo el título de Neurotiranías.  

Comoquiera que ese programa de Enfoque Ciudadano ha sido acogido con un gran interés, he decidido publicar varios textos en los que me referiré a los orígenes personales de ese tema, a las informaciones más importantes que he ido encontrando sobre el mismo, y a la forma en la que todas estas informaciones confluyen en una posible explicación de la política actual de los Estados Unidos de Norteamérica.  

Esta es la primera entrega:

Neurotiranías-I

¿Por qué, a pesar de que ya está más que demostrado que el Socialismo es una estafa sangrienta, todavía existen personas que son seducidas por los cantos de sirena de esa ideología?

En mi opinión, esa es una de las preguntas más importantes del último siglo.

Hoy los hechos demuestran, con claridad inobjetable, que la ideología socialista es el credo de la discriminación, el robo, la violencia, la burocracia y el elitismo criminal y desfachatado de las nomenclaturas.

Basta explorar someramente unos cuantos libros para descubrir que el Socialismo es la receta infalible de las hambrunas, de los decrecimientos poblacionales, y de unas desigualdades que siempre quedan escondidas bajo ese control absoluto que el socialismo siempre ejerce sobre la información.

Los datos que demuestran todo eso están hoy por hoy al alcance de cualquier teclado, y de la curiosidad de cualquier persona con un mínimo de capacidad de raciocinio.

A pesar de eso, siempre hay un número enorme de personas que, en cada generación, se apuntan a la tontería asesina del Socialismo.

La pregunta importante es, ¿por qué?, y la respuesta más común es que esos que se apuntan a la ideología socialista —entre los que incluyo a una buena parte de los seguidores del actual partido demócrata de los Estados Unidos— son un compendio de las sordideces humanas dentro de cada generación.

Según esa respuesta, al Socialismo se apuntan, entre otros, los imbéciles, los vagos, los deshonestos, los resentidos, los envidiosos, los sociópatas y sus primos los psicópatas.

Existió incluso, en los países del antiguo campo socialista, un chiste en el que Dios les negaba a los seres humanos la posibilidad de ser inteligentes, honestos y socialistas al mismo tiempo. Podían tener dos de esas cualidades, pero siempre al precio de la tercera.

Por socorrida o chistosa pueda ser esa respuesta, y por mucho que pueda ser validada por la enorme cantidad de seres despreciables que defienden el Socialismo, lo cierto es que solo alcanza a explicar una fracción de la realidad.

Digo eso porque cualquiera que haya vivido bajo la bota socialista sabe, o puede recordar, que no son pocas las personas inteligentes y honestas que defienden, en ocasiones con vehemencia asesina, esa atrocidad.

La pregunta inicial debe ser, entonces, reformulada o acotada de esta forma:

¿Por qué, a pesar de que ya está más que demostrado que el Socialismo es una estafa sangrienta, todavía existen personas honestas e inteligentes que son seducidas por los cantos de sirena de esa ideología?

Durante mis 32 años de vida bajo el Socialismo, allá en Cuba, pude comprobar que existían personas que defendían esa atrocidad y que eran, sin lugar a dudas, personas muy honestas y muy inteligentes. Algunas de ellas eran incluso brillantes.

Otra cosa que me pasó, durante una parte de esos 32 años de vida bajo el Socialismo, fue que fui entrenado por mi padre hasta que aprendí a usar el marxismo teórico —que es el dogma sobre el que descansa la creencia de los socialistas— para poner en entredicho el socialismo real que defendían esas personas tan honestas, inteligentes, y socialistas.

Eso me permitió observarlas no ya cuando se enfrentaban a un supuesto enemigo, cosa fácil para ellas, sino cuando tenían que enfrentar la incomodidad generadas por unos argumentos, en ocasiones demoledores, que estaban basados en su propia ideología. Argumentos que eran usados por una persona que, al utilizar al marxismo como una referencia constante, no podía ser catalogada como un enemigo.

Confieso que a veces sentí pena mientras estremecía el andamio ideológico de esos socialistas. Sus reacciones, después de intentar evadir sin éxito mis argumentos, eran evidentemente viscerales. Enrojecían, sus gestos devenían bruscos y la entonación de sus palabras sonaban como las de una persona que ha sido insultada en lo más profundo de su ser. Reaccionaban como personas acomplejadas, pero en ausencia de ningún intento de minimización o desprecio.

En varias ocasiones les pregunté por qué reaccionaban de esa forma si, a fin de cuentas, solo estábamos moviendo ideas alrededor de esa ciencia —para los marxistas el marxismo siempre es científico— que usábamos para construir un futuro mejor —para los marxistas el marxismo es siempre la promesa de un porvenir luminoso. A pesar de esos llamados a la calma, muchas veces tuve que parar porque era evidente que estaban sufriendo.

La explicación que le di a esas observaciones fue que esas personas honestas e inteligentes habían sido adoctrinadas por el castrismo desde edades muy tempranas y sus creencias habían devenido una parte esencial de sus egos. De esa forma, el reto o estremecimiento de esas creencias era interpretado como un insulto. La pregunta, sin embargo, que quedó flotando sin respuesta fue: ¿Por qué otras personas que habían sido idénticamente adoctrinadas no reaccionaban igual?

Más o menos por ahí andaba ese tema, en mi cabeza, cuando logré escapar del infierno socialista. Llegué a Montreal y recuerdo que tuve que pasar por un período de sobrecarga intelectual que me recordó mucho al que había sufrido, años antes, cuando había empezado mis cursos de Bioquímica en la escuela de medicina de La Habana.

Aquí en Montreal tuve que adaptarme a dos culturas y a dos lenguas —la francesa y la inglesa. Empecé a trabajar en un nuevo proyecto de investigación y tuve que aprender a vivir en una ciudad que nunca avisa, con el olor del mar, hacia donde queda el Norte. Estaba desubicado en medio de una isla que está en medio de un río y que, a diferencia de esa isla en la que nací, cambia cada tres meses sus temperaturas, sus luces, y sus colores.

Casi todo era nuevo, y como consecuencia de eso sufrí una enorme sobrecarga informacional con la que solo pude copar, a duras penas, porque durante los primeros meses reduje mi vida a la rutina simplificadora del “métro, boulot, dodo”, que en el francés de aquí quiere decir algo así como de la casa al trabajo y del trabajo a la casa.

Fue así, poco a poco y día a día, que mi limitada mente empezó a copar con esa sobrecarga de información y con ese caos de sentimientos que, para mi asombro, generaba la misma. Lejos estaba yo de saber que esa experiencia me permitiría entender lo que descubrí después.

Como siempre pasa, pasó el tiempo y me fui adaptando a mi nueva vida, mi inglés empezó a mejorar y mi mente pudo al fin abrirse a una nueva realidad que era, cuando menos, cien o mil veces más compleja que la que yo había vivido en Cuba.

En la medida que pude abrirme, y empecé a entender la cultura de acá, descubrí con asombro que personas muy inteligentes y honesta, que nunca habían sido adoctrinadas por ideología alguna, y que se reconocían a sí mismas como defensoras de la democracia, tenían reacciones, cuando se enfrentaban a algo que estremecía sus creencias, que eran indistinguibles de aquellas que yo había observado en Cuba cuando usaba el marxismo para sacudir el tinglado ideológico de los socialistas.

Esas reacciones me recordaron, también, el caos emocional que yo sentí cuando me enfrenté por primera vez a la Bioquímica, o cuando tuve que aprender a vivir en este nuevo país. Todo eso me llevó a reconocer la posibilidad de que lo que yo había observado en Cuba no fuera un fenómeno local relacionado con programaciones ideológicas, sino que era la manifestación, en un contexto determinado, de un fenómeno universal.

¿Cuál podía ser ese fenómeno universal?

Mi primera intuición fue que los sufridos socialistas, los contrariados quebequenses, y yo con mi “métro, boulot, dodo”, solo nos habíamos defendido contra un aumento de la complejidad; o sea, contra algo que habíamos interpretado como un insulto porque fue capaz de pinchar esa burbuja de simplicidad que nos protegía.

Ya en ese momento yo gozaba de una libertad informacional absoluta, tenía acceso irrestricto a una excelente red de bibliotecas y, sobre todo, a una internet de alta velocidad (para la época) que ya contaba con aquel buscador llamado “Altavista”. Gozaba, además, de mucho tiempo entre los experimentos, y de un laboratorio que se quedaba vacío en las noches.

Empecé a buscar en el internet. Empecé a cruzar palabras como “complejidad” y “totalitarismo”, a leer con rapidez, y a descartar el bagazo. Fue así, aunque ahora no recuerdo exactamente cómo, que un día encontré a Jacob Burckhardt. Un historiador suizo de finales del siglo 19 que se especializó en la Italia del renacimiento. Un genio que nos dejó dos frases (una quizás referida por otros) que me dejaron boquiabierto. La primera: la esencia de las tiranías es la negación de la complejidad. La otra: en el próximo siglo —el siglo XX— la humanidad será asolada por una plaga de terribles simplificadores.

Tuve uno de esos momentos de alegría y tristeza mezcladas. Alegría por saber que mis intuiciones no habían sido descabelladas, y tristeza por descubrir que mi línea de pensamiento podía tener más de ignorancia que de originalidad. El mejor consuelo que tuve fue pensar que el imbécil de Fidel Castro quizás no había sido más que uno de esos terribles simplificadores que Jacob Burckhardt había predicho.

La otra idea que tuve fue que, si nos defendíamos de la complejidad, entonces nuestro cerebro tenía que ser capaz de sentirla o, de alguna forma, medir sus niveles. Eso me llevó a estudiar sistemas complejos y a descubrí que una de las características esenciales de esos sistemas es que siempre acarrean un remanente de incertidumbre. Lo que realmente los caracteriza es que por mucho esfuerzo que hagamos para describir a esos sistemas con leyes y principios siempre quedará, como una de sus características esenciales, un inevitable nivel de incertidumbre. 

La palabra clave devino, entonces, “incertidumbre”, y esa fue la que empecé a usar, a partir de ese momento, en mis búsquedas en el internet. Usándola fui a dar con un psicólogo social llamado Geert Hofstede y con su libro titulado “Culturas y organizaciones: el software de la mente”. Una obra basada en años de investigaciones psicosociales que describe las diferencias esenciales entre las distintas culturas de nuestro planeta. Para mi asombro, una de las seis dimensiones que, según Geert Hofstede, diferencian a esas culturas es, precisamente, la evitación de la incertidumbre.

Ya en este punto la pregunta que se caía de la mata era ¿evitamos la incertidumbre luchando contra la tendencia natural de nuestra mente hacia ella, o evitamos la incertidumbre gracias a la tendencia natural de nuestra mente hacia su evitación? En otras palabras, ¿es nuestra mente simplificadora o “complejizante”? y, si es las dos cosas, ¿cómo ocurre el equilibrio entre esos dos extremos?   

Indagando sobre esas posibilidades fui a dar con uno de los artículos más citados en Psicología. Me refiero a “El mágico número siete, más menos dos: algunos límites en nuestra capacidad para el procesamiento de la información”. Un texto publicado en 1956 por el investigador George Miller. Un clásico que empieza con una oración que, en mi prosaica opinión, bien podría ser un verso: “Mi problema es que me ha perseguido un entero”.

Miller se refiere, claro está, al número siete y al hecho inobjetable de que ese número, o ese entero, se repite en todas partes. Está en los días de la semana, en las notas musicales, en los colores del arcoíris, en las maravillas del mundo antiguo y en una larga lista de ejemplos que ahora no viene al caso citar.

Para Miller no hubo nada de mágico o divino en ese número. Su reiterada aparición era perfectamente lógica y estaba relacionada con la capacidad de nuestra mente para el procesamiento de la información. Miller sustentó esa hipótesis analizado la capacidad de nuestros sistemas sensoriales para separar (o resolver) dos sensaciones de intensidades distintas.

Su análisis arrojó el resultado de que nuestra mente no es capaz —por poner un ejemplo banal— de discernir que un vaso con cinco cucharadas de sal sabe distinto de un vaso con cinco cucharadas y media de sal. O sea, a pesar de que los receptores de salinidad son capaces de discernir esas diferencias en concentraciones, nuestra mente agarra las informaciones enviadas por esos receptores y las procesa como si fueran dos informaciones idénticas.

Solo cuando las diferencias son mucho más evidentes, como entre cinco y diez cucharadas de sal, puede nuestra mente procesarlas como concentraciones distintas. En pocas palabras: nuestra mente agarra la riqueza continua de la realidad y la convierte en puntos discretos que son los que puede manejar adecuadamente. Eso quiere decir que nuestra mente es, al menos a nivel sensorial, una máquina simplificadora.

En este punto es importante reconocer que esas indagaciones mías eran hechas a saltos de mata, o cuando las circunstancias me lo permitían, y que no eran tan lineales o lógicamente concatenadas como podría pensarse a partir de lo que he escrito hasta ahora.

En realidad, eran indagaciones muy parecidas a querer tocar un piano hecho de teclas flotando en el espacio, y que solo pueden ser tocadas con todos los dedos al mismo tiempo. No había, aunque ahora parezca lo contrario, una secuencia lineal, casi todo era indagado en paralelo.

Mientras leía a Miller o a Hofstede rumiaba, por ejemplo, la seguidilla de que todas mis indagaciones podían tener más de ignorancia que de cualquier otra cosa y que quizás, Dios lo quisiera, ya otros habían descrito y explicado mis intuiciones de una forma coherente y precisa. Eso me llevó a buscar esos libros que intentan explicar el socialismo o, de una forma más general, los totalitarismos.

Recuerdo que empecé a leer “Los orígenes del totalitarismo” de Hannah Arendt con una gran esperanza, y terminé de leerlo con una gran decepción. Apenas habla de complejidad o de incertidumbre, y cuando se refiere a la psicología de los seres humanos casi siempre, por no decir todas las veces, lo hace para ocuparse de la psicología de las víctimas, en su caso de los judíos, y no de los victimarios. Hoy entiendo por qué ese libro es tan valorado por esos socialistas que insisten en negar que están trabajando a favor de un totalitarismo.

Otras líneas paralelas de indagaciones que seguí partieron de dos observaciones que me habían parecido muy interesantes, una fue que cada vez que observé una respuesta visceral, ante el estremecimiento de una creencia, esa creencia estaba basada en una noción del bien común.

Tanto los dolidos socialistas como los lastimados quebequeses me mostraron sus convencimientos absolutos de que esa visión que ellos defendían era una visión a favor del bien común; o sea, que era una visión de cooperación altruista.

Unos podían pensar que ese bien común estaba representado por la religión que defendían, otros por una mejor forma de organizar la vida en el laboratorio en el que trabajábamos y, en el caso de los socialistas cubanos, por una manera más justa de repartir las riquezas de una sociedad. Las manifestaciones podían cambiar, pero la esencia era inobjetablemente altruista.

Eso me llevó a estudiar el altruismo y, sobre todo, su evolución. Descubrí, con placer, que los seres humanos somos esencial e inexorablemente buenos (o altruistas), y que lo somos no porque alguien lo diga, sino porque si no lo fuéramos sencillamente no habríamos podido sobrevivir como especie. También descubrí, con muchísimo más placer, el famoso “dilema del prisionero”, y el extraordinario libro “La evolución de la cooperación”, de Robert Axelrod.

Un libro que explora las distintas estrategias posibles de cooperación y, sobre todo, esas estrategias que permiten minimizar lo que sin lugar a dudas es la máxima vulnerabilidad del altruismo: los tramposos. Esos que se benefician del bien común sin contribuir proporcionalmente al mismo (si ahora mismo están pensando en los burócratas, no están muy equivocados).

La otra observación que para mí fue muy interesante fue que en todos los casos en los que el aumento de complejidad (o de incertidumbre) dio lugar a una respuesta visceral, hubo una conversión de una dinámica puramente intelectual, o de intercambio de ideas, a una dinámica puramente emocional (evitación, enrojecimiento, cambio del tono de la voz, etc.).

Eso fue muy llamativo para mí, sobre todo porque yo estaba bajo la influencia de esa idea, generalmente aceptada, de que las emociones no ayudan a pensar y la racionalidad no ayuda a sentir.

Curioseando sobre esa relación entre emociones, sensaciones y racionalidad, encontré, en un número de Scientific American de 1994, el artículo “El error de Descartes y el futuro de la vida humana”. Un texto en el que Antonio R. Damasio reclama que, lejos de lo que pensábamos hasta ese momento, los procesos racionales que llevan a la toma de decisiones son de antemano influidos, o informados, por nuestras sensaciones y nuestros sentimientos. Antes de pensar, entonces, siempre sentimos. 

A partir de ahí empecé a seguir a ese investigador y pude comprobar, aunque al inicio de una forma todavía muy incompleta, que el entendimiento real del origen de los totalitarismos, o de la capacidad seductora de una doctrina asesina como la del socialismo, estaba más cerca de la neuropsicología que de cualquier otra ciencia.

En algún momento, alrededor del año 2006, ya empecé a concebir la idea de que esos totalitarismos eran, en su esencia, neurotiranías. El problema fue que, para poder sustentar esa idea, no me quedó más remedio que esperar por el desarrollo de la neuropsicología.

Continuará…

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Neurotiranías-II

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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10 respuestas a Neurotiranías-I

  1. Alexander Rivas dijo:

    Hola César,

    Como siempre super interesante el programa con Alburquerque.
    Escuchándote me he remontado a diferentes épocas de mi vida en el pasado. Estando en Cuba, por un tiempo pensaba que el marxismo no estaba mal, sino que los castristas lo habían mal implementado. Yo mismo me decía que la principal arma para destruirlos estaba en el marxismo, pues ellos contradecían todo lo que enarbolaban. Después me di cuenta de que el marxismo era una mierda que nunca seria compatible con la naturaleza humana y que precisamente por eso los comunistas tienen que cambiar la sociedad a sangre y fuego, pues jamás el ser humano lo aceptará. Para ellos el marxismo es un medio y jamás el fin, pues el verdadero fin es apoderarse del poder para siempre.
    Yo también he conocido personas super inteligentes y buenas que se creen el cuento de la igualdad, y es como dices, si pierden la fe en eso, es como si le falta la droga a un adicto. Al final es el rechazo a la complejidad, por cierto, ya había leído algo sobre eso, los sistemas complejos. La realidad es que todos buscamos las soluciones más fáciles, pues el caos de la complejidad nos aterra. La reacción que tuviste al llegar a Montreal fue la misma que muchos hemos tenido. Cuando salí de Cuba y llegué, también a Montreal, me parecía que la ciudad me tragaba, era mucho el cambio al mismo tiempo. El problema que sabíamos que nuestra Cuba era un desastre, pero era el desastre que conocíamos, era nuestro oasis de tranquilidad y salir de ahí era entrar en un mundo mucho más complejo.
    Me hiciste recordar también a dos personas que conocí cuando trabajé como profesor en el IPVCE Félix Varela, el equivalente de la Lenin en la actual provincia de Mayabeque. Estos 2 muchachos son de las personas más inteligentes que he conocido. Al igual que tu se aprendieron el catecismo comunista para lograr sus objetivos, pero sabían que eso era un desastre. Y lo más interesante, supieron engañar bien a los sensores, solo pocos sabíamos de sus verdaderos pensamientos jajaja.

    Bueno espero que tu libro podamos leerlo pronto.

    Gracias por esas enseñanzas

    • Alexander, muchas gracias. El problema está en cómo hacerles llegar a los que vienen detrás, a los más jóvenes, y a los que nunca vivieron ese infierno, nuestras experiencias. Cada vez se hace más difícil.

      • Alexander Rivas dijo:

        En eso pienso todos los días. Tengo dos hijos, uno ya tiene 18 años y está claro de la realidad del infierno. Jamás se ha dejado influenciar por la doctrina a la que los jóvenes están sometidos. Pero tengo una niña de 3 años y sé que será más difícil con ella, pues la ofensiva ahora es más fuerte.

  2. Alexander Rivas dijo:

    Hola Cesar,

    Que piensas de la eleccion de Pierre Poilievre al frente del Partido Conservador. Crees que caeran los liberales de Trudeau?

    Gracias

    • Ojalá, es todo lo que puedo decir. Un buen signo es que todas las tendencias del Partido Conservador votaron por PP, si hay unidad, deben ganar.

      • Alexander Rivas dijo:

        Si, casi 70 % de apoyo. Es buea senal como dices. Esperemos que la presion haga saltar a Trudeau antes del 25

      • Los dos partidos marxistas, el NDP y el Liberal, están jugando el jueguito del policía bueno y el policía malo. Mientras estén juntos va a ser difícil sacarlos del poder.

      • Alexander Rivas dijo:

        Si, pero ya se ven senales que la alianza puede romperse. El NPD reclama la asistencia dental y no parece que los liberales sean capaces de complacerlo. Ojala y se rompa esa alianza, pues si tenemos Trudeau ahora es gracias a Singh.

      • Singh-Singh y Tru-Tru están enyuntados. Dicen que fueron al mismo high school, pero no sé si es verdad. Lo que sí sé es que están enyuntados.

  3. Pingback: Neurotiranías-II | Aguilera

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