Palabras traidoras-Progresista

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Uno de los fenómenos más interesantes de esta era de oscurantismo académico que vivimos hoy es el hecho de que una de las primeras cosas que tiene que hacer un progresista, para poder declararse como tal, es negar furibundamente, y si es posible con espuma en la boca, la definición que muchos de nosotros tenemos del progreso.

Progresista es otra de esas palabras traidoras que es muy utilizada, entre otras cosas, para identificar a personas que viven convencidas de que nuestra idea del progreso es una construcción artificial, o mitológica, que nosotros hemos creado para hacerle propaganda a eso que ellos llaman, despectivamente, capitalismo.

Uno de los trucos mentales que esos progresistas se han inventado, para regodearse en su negación del progreso, es reclamar que cualquier efecto negativo asociado a un avance tecnológico o social alcanza para descartar la idea de que ese avance implica progreso.

Si el acceso a automóviles mejores y más baratos implica más accidentes, entonces ya eso no es progreso. Si un aumento en la velocidad de las comunicaciones, a través de los aviones, implica una mayor contaminación ambiental, entonces ya eso no es progreso. Si el aumento de la esperanza de vida implica que hay más personas en este planeta, y más utilización de recursos naturales, entonces ya eso no es progreso.

Así van por la vida esos progresistas: manejando buenos autos, viajando en buenos aviones, contaminando, viviendo muchos años y pariendo muchos hijos mientras pescan, con exquisito rigor académico, los efectos negativos de cualquier avance tecnológico y social que les permitan negar, con fruición, la existencia del progreso.

La primera pregunta que se me ocurre, ante ese absurdo, es: ¿por qué lo hacen?, o, para decirlo de otra forma, ¿qué pueden ganar esos progresistas con su negación de nuestra idea del progreso?

Una posible respuesta es que la inmensa mayoría de esos progresistas de hoy, por no decir todos, han sido entrenados, adoctrinados, y programados, para discriminar y odiar visceralmente a la minoría más productiva en la historia de la humanidad; o sea, a esas personas que ellos identifican como capitalistas.

Como siempre sucede con cualquier forma de racismo, para poder discriminar y odiar a una minoría hay que empezar por eliminar cualquier asociación positiva que pueda ser usada como argumento, o ruego, en contra de esa discriminación. De esa forma, si los capitalistas han generado el mayor y más rápido progreso en la historia de la humanidad, se impone negar cualquier idea de progreso que valide esos avances como positivos.

Otra posible respuesta podría ser que nuestra noción del progreso, y no la de los progresistas de hoy, fue exactamente la misma que utilizó Carlos Marx para ordenar su odio contra los mal llamados capitalistas, y para predecir que el socialismo se convertiría en un factor de aceleración del desarrollo de las fuerzas productivas y, por tanto, en un gran generador de progreso económico y social. 

Es de esa forma —o utilizando esa misma definición marxista de progreso— que es posible demostrar hoy que el lindo socialismo real, o ese que se implantó en Rusia, China, Alemania, Cuba, o Venezuela —o que se está implantando ahora en España, Canadá, y los Estados Unidos— es un verdadero desastre que, lejos de convertirse en un acelerador del desarrollo de las fuerzas productivas, y del progreso, se ha convertido en un factor de retroceso y en un verdadero trampolín hacia la barbarie.

Nuestra definición de progreso es tan demoledora, para con las supuestas bondades del socialismo real, que a los progresistas de hoy no les ha quedado más remedio que buscarse una definición alternativa. Una que no pueda ser validada con criterios objetivos y cuantificables, como crecimiento económico y desarrollo de las fuerzas productivas, y que solo pueda ser legitimada con criterios tan subjetivos e incuantificables como justicia, igualdad, bondad, etc.

Esa es una de las grandes paradojas de estos tiempos de hoy: si algo demuestra la deriva de la teoría marxista de una posición materialista hacia una posición idealista y cuasi religiosa es, precisamente, esa noción de progreso que defienden nuestros actuales odiadores del mal llamado capitalismo.

Unas personas que, en su afán por defender una idea más allá de la comprensión del mundo, han llegado a equiparar a una bacteria con un genio científico como Einstein, a una tribu de antropófagos de Nueva Guinea con la España de la Inquisición, y a un régimen totalitario y de corta existencia, como el castrista, con una democracia de más de 240 años como la estadounidense.

Para esas personas, cualquier referencia a niveles de desarrollo más altos o más bajos, a complejidades mayores o menores, o a estadios precedentes y ulteriores, es motivo suficiente para que lancen su grito de batalla y empiecen a soltar insultos y espumas por sus bocas. 

Esa actitud alcanza niveles demenciales cuando muchos de estos supuestos progresistas se deshacen en loas —a pesar de sus sospechas contra nuestra definición de progreso— sobre los logros, avances ¡y progresos! del régimen castrista en una educación y una salud pública que son mil veces peores que las que disfrutan los presos estadounidenses.

A muchos de los cubanos que salimos huyendo del retroceso castrista nos resulta imposible —y en ocasiones doloroso—, intentar convencer a esos progresistas del carácter profundamente retrógrado, o anti progreso, del castrismo. Siempre que lo intentamos terminamos empantanados ante la definición idealista y cuasi religiosa que esos progresistas tienen de esa palabra.

Para ellos, progreso es todo eso que alcance a desatar las endorfinas del babeo moral. Si una idea, por ejemplo, parece tan bondadosa que alcanza a estimular los centros subcorticales de ese babeo, lo más probable es que ellos terminen aceptándola como una idea progresista; poco importa si a mediano o largo plazo esa idea termine generando cataclismos inimaginables.

Parafraseando a Carlos Marx: si la religión es el opio de los pueblos, entonces el mito actual del progreso es el fentanilo de los intelectuales neo marxistas.

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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7 respuestas a Palabras traidoras-Progresista

  1. Alexander Rivas dijo:

    Hola Cesar,
    La palabra progre o progresista, en los terminos que usan los neomarxistas, las escuche por primera vez cuando sali de Cuba. Me sorprendia como esos que se dicen progres son todo menos progresistas.
    Creo que todas las palabras traidoras como las llamas podrian llamarse tambien «palabras robadas» por esos vagos delincuentes que se sienten la cabeza del desarrollo de la sociedad.
    Creo que parte de la batalla de ideas es la batalla por el rescate de esas palabras

    • Cada vez que los llaman «progressives» yo me hago las mismas preguntas, ¿»Progressives» de qué? ¿De las hambrunas, de los Gulags, de las purgas, de los fusilamientos, del hambre? ¿»Progressives» de qué carajos, si todo lo que han traído es retroceso al medioevo?

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