Darwin baila sobre la tumba de Marx

Si una idea ha repetido hasta la nausea la ideología marxista, es esa de que la moral es el reflejo de los intereses de una clase social dominante.

La  han repetido tanto que, en el año 1947, la Sociedad Antropológica de los EE UU ya se había apuntado a la receta de que lo bueno y lo malo eran meras construcciones sociales y que, por tanto, no existían las normas morales universales.

Así se había mantenido esa idea hasta que, el año pasado, un grupo de científicos de la Universidad de Oxford publicó un artículo describiendo el hallazgo de reglas morales que se repiten, con una altísima frecuencia, en sociedades de todas las culturas y regiones geográficas, y con todos los niveles de desarrollo posibles.

Ese hallazgo, que es extraordinario, surgió a partir del análisis de cientos de registros etnológicos documentados en los últimos 300 años. Ninguno de esos registros fue hecho con el objetivo específico de estudiar o demostrar hipótesis alguna sobre reglas morales o éticas. Todo lo contrario, fueron hechos para describir características que solo hoy pueden ser extraídas, clasificadas, y tabuladas, gracias a la computación.

Como resultado de ese estudio, las siguientes normas morales han emergido como universales a través de los tiempos, las culturas, los niveles de desarrollo, y las distintas regiones geográficas:

  1. Ayudar a la familia y a los parientes.
  2. Ayudar al grupo al que se pertenece.
  3. Reciprocar las acciones, tanto las positivas como las negativas.
  4. Ser valiente.
  5. No oponerse a los superiores.
  6. Dividir los recursos en disputa.
  7. Respetar las posesiones previas.

Es evidente que esas reglas son necesarias para la sobrevivencia de una especie, el Homo sapiens, que pagó un enorme precio evolutivo por su actividad nerviosa superior y que se vio obligada, por pura necesidad, a desarrollar estrategias de adaptación que le permitieran contrarrestar la enorme vulnerabilidad impuesta por el desarrollo de esa actividad nerviosa superior.

El cerebro humano es el 2% del peso de nuestro cuerpo y consume el 20% de la energía disponible. Eso explica, entre otras cosas, que seamos casi nulos, para nuestra sobrevivencia, durante una buena parte del inicio de nuestras vidas.

Como resultado de eso, el Homo sapiens tuvo que desarrollar, a la par de su cerebro, una enorme capacidad para cuidar a su descendencia, tanto de forma individual como en grupo y, además, durante un largo período de tiempo.

Somos mucho más que una especie con una gran capacidad para el altruismo y la empatía: somos, en realidad, una especie que no habría podido sobrevivir sin el desarrollo de esas capacidades.

El problema con el altruismo y la empatía –o su vulnerabilidad desde el punto de vista evolutivo– es la existencia de los llamados tramposos; o sea, de esos individuos que se benefician de esas características sin contribuir, de una forma proporcional, al mantenimiento de las mismas.

Digamos, por ejemplo, que un individuo está al cuidado de los bebés mientras otros humanos buscan comida. Si un depredador aparece, ese individuo tendrá una más alta probabilidad de sobrevivir si abandona a los que está cuidando. La pregunta es: ¿cuál es la mejor estrategia evolutiva para que eso no suceda?

La mejor estrategia que hemos encontrado es que solo cuiden bebés los individuos que están genéticamente relacionados con ellos. De esa forma, si el tramposo los abandona, y los bebés desaparecen, también habrá desaparecido una buena parte del acervo genético de ese tramposo y así, pasadas varias generaciones, ese acervo genético habrá mermado o desaparecido.

Igual, los individuos que decidan sacrificarse, para salvar a los bebés, verán su acervo genético crecer con el tiempo y con este crecerán, también, el altruismo y la empatía como estrategias evolutivas válidas.

Una validez que implicará, necesariamente, el surgimiento de grupos de identidad genética como las tribus, los clanes, las etnias, las naciones, los países, etc.

Desde esa perspectiva, los valores familiares y de ayuda al grupo al que se pertenece no son, para nada, valores relativos. Son valores absolutos que están estrechamente relacionados con nuestra capacidad para sobrevivir.

Algo parecido sucede con nuestra predisposición a reciprocar las acciones, tanto positivas como negativas, de las que somos objeto. Una estrategia evolutiva que todavía hoy no ha podido ser derrotada en ningún modelo computacional.

Una forma de actuar que permite, a través del “toma y daca” – o del “tit for tat” y del si tú me “ayudas yo te ayudo” –, ir sumando cooperadores a nuestro grupo social e ir eliminando, a través del rechazo o la no cooperación, a los tramposos.

Si seguimos esa línea de pensamiento es fácil entender que, para que seamos capaces de cuidar a nuestra familias y parientes, y a esos miembros de nuestro grupo social extendido, así como para que podamos reciprocar tanto las acciones buenas como las malas, tenemos que desarrollar nuestra capacidad de imponernos al miedo. Una necesidad que eventualmente devino ese concepto que hoy llamamos valentía.

Igual, si somos casi nulos durante una buena parte de los años iniciales de nuestras vidas, y dependemos del grupo para sobrevivir, lo mejor que podemos hacer, desde el punto de vista evolutivo, es seguir las indicaciones y las enseñanzas de las personas de ese grupo que son más viejas y tienen, casi siempre, más experiencia y jerarquía que nosotros.

Con la división de los recursos en disputa también es fácil entender que, dentro de un amplio número de opciones, las más válidas siempre serán esas que impidan que unos pocos se beneficien a expensas del decrecimiento de la población del grupo. Cuando eso sucede es cuestión de tiempo que todos, tanto los privilegiados como sus víctimas, sean objeto de una alta vulnerabilidad evolutiva.

Quizás la más sorprendente de las reglas morales universales descubiertas en Oxford, al menos para los marxistas, sea esa que reconoce a la propiedad, o el respeto de las posesiones previas, como un derecho sagrado que existe desde mucho antes del surgimiento de las clases sociales.

La razón de esa característica podría estar dada por el hecho de que el Homo sapiens, además de ser una especie con una alta inclinación al altruismo y a la empatía es, hasta donde sé, la única especie que para sobrevivir se ha visto obligada a hacer simbiosis con los objetos.

Para los seres humanos el pedernal, el hacha, la lanza, el arco, la flecha o el fuego, fueron mucho más que objetos de uso facultativo o esporádico. Fueron extensiones de su cuerpo que resultaron imprescindibles para contrarrestar la debilidad intrínseca de su organismo y poder, de esa forma, ganar la única ventaja evolutiva que podría conferirle el desarrollo de su actividad nerviosa superior.

Si nuestra relación con los objetos es simbiótica, entonces nuestro sentido de la propiedad, y su importancia evolutiva, precede en el tiempo, y en jerarquía lógica, al surgimiento de las clases y a la tan cacareada lucha de clases que los marxistas siempre han usado como justificación para robar.

Algo que llama la atención, con respecto a las reglas morales universales, es que todas están muy bien representadas en los preceptos esenciales de las grandes religiones que existen hoy en este planeta.

De alguna forma, ya sea por mandato divino o por ensayo y error, todas las grandes religiones se las han arreglado para salvaguardar ideas cuya violación haría pagar un alto precio evolutivo a las poblaciones que las practican.

Lo contrario, sin embargo, ocurre con la ideología marxista. Si miramos los preceptos de Marx podemos ver, sin mucho esfuerzo, que entran en franca contradicción con los dictados de la evolución.

Donde Marx vio proletarios de todos los países, Darwin vio familia y grupo social extendido. Donde los marxistas ven internacionalismo, la evolución defiende etnias y países.

Si los supuestos revolucionarios practican el servilismo perruno a una ideología, el pragmatismo adaptativo avisa que la reciprocidad, o el toma y daca, brinda mejores resultados.

Ante la destrucción en masa de los valientes, por los totalitarismos marxistas, Darwin enseña que respetarlos es una mejor estrategia evolutiva.

En contraste con la supuesta superioridad del “hombre nuevo”, la evolución promueve respetar las jerarquías generacionales.

La originalidad del reclamo marxista de la justicia social, y de una mejor distribución de los recursos en disputa, pierde fuerza cuando la evolución nos demuestra que es tan viejo como la humanidad.

Por ultimo, quejarse del robo marxista de las propiedades no es, según la evolución, defender los intereses de una clase dominante. Es defender un derecho ancestral de los seres humanos.

Parece no ser casual, entonces, que las sociedades que abrazaron la ideología marxista, en toda su extensión, sean sociedades que hoy muestran grandes regresiones económicas, sociales, demográficas y, en algunos casos, francamente antropológicas. En esas sociedades, el marxismo perdió la batalla económica y perdió, por tanto, la posibilidad de imponerse militarmente.

Eso implica que lo único que hoy queda vivo de esa doctrina es el llamado marxismo cultural; o sea, esa parte de la ideología que todavía descansa sobre la idea de que las normas morales son el reflejo de los intereses de una clase social dominante.

Ese marxismo cultural es el que hoy muestran, quizás como un canto de cisne, todos los partidarios de Black Live Matter y Antifa que asolan a los EE UU. Una caterva de desadaptados sociales que se aferran, con fervor fanático, al relativismo moral inventado por Marx.

Todos esos chiquillos que reniegan de sus familias, que insultan a su país, que se quejan de sus mayores mientras practican la cobardía de los ataques grupales para robar y destruir las propiedades de otros, lo hacen con la certeza absoluta de que tienen la razón, de que son el instrumento de un futuro luminoso y de que están, por tanto, del lado correcto de la Historia.

Ignoran, por desgracia para ellos, que están del lado equivocado de la evolución.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Cuba. Guarda el enlace permanente.

7 respuestas a Darwin baila sobre la tumba de Marx

  1. habanera1 dijo:

    Gracias otra vez, Cesar, por tu intelecto enjundioso. Leerte es una delicia, es como sentarse a una mesa en un Michelin de 3 estrellas.

  2. pedrin dijo:

    simplemente gracias

  3. pedrin dijo:

    y se reune Otaola con Trump, la verdad que nuestro maricon local tiene una fuerza del carajo, cuando se pone para un artista tracatan de los bandoleros de la sierra, hasta que no lo reduce a polvo no para. menos mal que tenemos gente como el. viva la mariconeria !

  4. Sergio Delgado dijo:

    César, éste artículo está escrito con gran poder analítico y con una gran capacidad de síntesis sin afectar su contenido y comprensión, gracias.

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