El mágico número siete y BLM

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Miren alrededor y verán que son siete los colores del arcoíris, siete las notas musicales, siete los días de la semana y siete los pecados capitales.

Dondequiera que miremos encontramos esos grupos de sietes. Repeticiones que a veces nos sorprenden cuando pensamos que siempre han estado ahí.

En realidad, son sietes más-menos dos.

Así lo dijo George A. Miller en el título del artículo que publicó en 1953 y que ya hoy es un clásico de la Psicología: “El mágico número siete, más-menos dos: algunos límites en nuestra capacidad para procesar información”.

En ese artículo, Miller analiza varios estudios que describen la capacidad de nuestros sistemas sensoriales para discernir entre dos sensaciones de un mismo tipo, pero con diferentes intensidades.

Digamos, sin mucho rigor, que tenemos dos vasos de agua, uno con diez cucharadas de sal y otro con una. Si le pedimos a un sujeto que detecte cuál de esas dos aguas es más salada, lo hará sin dificultad alguna. Si le pedimos a esa misma persona, sin embargo, que diferencie entre un vaso con diez cucharadas y otro con doce, ya no podrá hacerlo: las dos aguas le parecerán igualmente saladas.

Algo parecido sucede con la diferencia entre una y media cucharadita de sal, también se paladean como iguales. Estos puntos extremos marcan las concentraciones que somos capaces de detectar como diferentes. Dentro de esas dos cotas se encuentran salinidades que se nos antojan distintas y que son, como ya sabemos, alrededor de siete más-menos dos.

Lo interesante del asunto es que el rango de ese poder resolutivo (o capacidad para separar dos puntos cercanos) es muy similar en todos nuestros sistemas sensoriales. Poco importa si se trata de las sensaciones auditivas, o de las térmicas. Cuando estudiamos la capacidad resolutiva de estas, y de otras, descubrimos que son muy parecidas y que oscilan alrededor de la cifra ya dicha.

Hoy está más que comprobado que la capacidad resolutiva de los receptores encargados de recibir las señales de esas sensaciones es, con mucho, muy superior a siete. En otras palabras: esos receptores son capaces de discriminar diferencias muchísimo más pequeñas.

Eso quiere decir que la explicación del número mágico no está en nuestros receptores, sino en la forma en la que nuestro cerebro interpreta las señales que estos les envían. O sea, en la forma en la que nuestro cerebro agrupa y simplifica una realidad, que es mucho más compleja, hasta reducirla a un número de variables que es capaz de procesar.

La única excepción, dicho sea de paso, es nuestra visión tridimensional, o la capacidad de diferenciar dos puntos que se encuentran a distintas profundidades con respecto al observador. En ese, que es el más desarrollado de nuestros sentidos, somos capaces de diferenciar hasta catorce puntos distintos. Una capacidad que, es posible aventurar, podría deberle mucho a esa necesidad de cazar que, durante cientos de miles de años, nos fue imprescindible para sobrevivir.

Estos límites en la capacidad de nuestro cerebro para lidiar con la complejidad no sólo se aplican a las sensaciones, sino también se extienden al resto de las funciones de nuestro sistema nervioso central, y a nuestra capacidad para hacer eso que llamamos “pensar”. Quiero decir que, además de ser un límite de nuestro cerebro, lo es también de nuestra mente.

Ya en 1890 William James escribió -en sus Principios de Psicología– acerca de los límites que nos impiden prestar atención a todas las cosas al mismo tiempo.

Con nuestras decisiones sucede algo similar, los procesos inductivos y deductivos, que utilizamos para decidir, pierden una buena parte de su utilidad cuando sobrepasan un número limitado de escalones o etapas, seis, para ser específicos.

También se sabe que tenemos un aforo limitado para lidiar con los demás. Cuando nuestro grupo social sobrepasa, de forma real o virtual, el número de ciento cincuenta individuos, hay una caída drástica en la calidad y el significado de nuestras interacciones con los miembros de ese grupo.

De la misma forma, cualquiera que se haya observado pensando sabe que, en cuanto nos dicen la palabra “mesa”, no hacemos un recuento inmediato de los miles y miles de mesas posibles. Todo lo contrario, en cuanto escuchamos esa palabra simplificamos su significado a la abstracción de una superficie que se sostiene sobre unos puntos de apoyos y que, según la situación particular, reducimos a un número muy limitado de características.

Eso quiere decir que estamos condenados a simplificar, y que nuestro famoso número siete es, al mismo tiempo, nuestra maldición y nuestra fortuna, nuestra debilidad y nuestro poder.

Durante miles de años los seres humanos han usado ese enorme poder simplificador de sus mentes para luchar contra la complejidad del mundo y, en ocasiones, han llegado a acariciar el sueño de una victoria definitiva.

Nuestra capacidad para simplificar le ha dado a la humanidad los deliciosos frutos de la lógica, las leyes universales, la tabla periódica de los elementos químicos, y un sinnúmero de herramientas que hicieron posible, quién lo duda, la revolución industrial del siglo XIX y el salto tecnológico del XX.

Al mismo tiempo, esa tendencia del pensamiento humano a las simplificaciones ha servido de sustrato para el surgimiento de formas del pensar que hoy muchos reconocemos como crueles e inhumanas. Me refiero a las ideologías y a las discriminaciones.

El origen de ambas radica en el hecho de que la complejidad genera incertidumbre y esta, a su vez, es procesada por nuestro cerebro como si de un daño se tratara. No es casual, por ejemplo, que los métodos más refinados de torturas no invasivas siempre descansen en la creación de incertidumbre en las mentes de los torturados.

Lo contrario también es cierto, las simplificaciones generan certidumbres, falsas o reales, que son procesadas por nuestro cerebro como si de placeres se tratara. No es casual, entonces, que cuando a una persona le quitan una certeza, a la que estaba aferrada, su reacción inicial casi siempre sea la de alguien que se siente insultado.

Ese es el sustrato de los ideólogos; esa es la ventaja que tienen esas personas que, ante una situación compleja, deciden venderle al mundo el falso placer de sus simplificaciones. Son esos seres que Jacob Burckhardt llamó, cuando predijo que asolarían a Europa durante el siglo XX, “terribles simplificadores”. Una predicción genial que partió del reconocimiento, por el propio Burckhardt, de que “la esencia de todas las tiranías es la negación de la complejidad”.

Esa esencia es también el sustrato de las discriminaciones raciales; porque, como mismo simplificamos la riqueza del espectro de la luz visible a los siete colores del arcoíris, o los sonidos audibles a siete notas musicales, somos capaces de simplificar los billones de semejanzas que compartimos con otros seres humanos –como átomos, células, órganos, necesidades, sueños, mitos y un etcétera casi infinito– a siete simplezas que denominamos color, sexo, nacionalidad, idioma, ideología, poder económico, inteligencia, y más-menos dos.

¿Estamos, entonces, condenados a la discriminación?

La respuesta a esa pregunta es, y tiene que ser, negativa. La respuesta a esa pregunta tiene que partir de reconocer que una cosa es el ¿qué hacer?, o sea, no ser racistas, y otra muy distinta es el ¿cómo hacerlo?

Para no ser racistas no basta con gritar “abajo el racismo”; para no ser racistas, o para acabar con el racismo de una vez y por todas, tenemos que aprender a hacer dejación de esa enorme capacidad para simplificar que tanto placer nos da, y que tan arraigada está en la base de nuestro cerebro, de nuestra mente y de nuestras culturas.

Para no ser racistas tenemos que aprender y enseñar que, a pesar del enorme poder que ejercen sobre nosotros, las simplificaciones son una trampa de la que estamos obligados a salir tan rápido como nos sea posible. Ese fue el consejo que nos dejó Alfred North Whitehead cuando dijo: “Busca la simplicidad y desconfía de ella” (seek simplicity and distrust it).

Eso es en cuanto al ¿qué hacer? En cuanto al ¿cómo hacerlo?, sin embargo, la respuesta es mucho más difícil.

Lo es porque tenemos un cerebro y una mente que fueron seleccionadas, por la evolución, para simplificar la realidad y convertirla en un grupo de variables que podemos procesar.

Lo es porque todos nuestros sistemas educacionales están basados en el premio al aprendizaje de las simplificaciones; y a la evitación del entrenamiento necesario para aceptar la complejidad del mundo real.

Lo es porque una buena parte de nuestra educación superior se ha convertido, sobre todo en las facultades de letras, en sitios para el adoctrinamiento de esas terribles simplificaciones que los ideólogos tanto disfrutan, promueven y defienden.

Lo es porque esos que hoy se han convertido en abanderados de la lucha contra la discriminación racial en los EE UU, como el movimiento Black Lives Matter, no son más que ideólogos defensores de la ideología más asesina de la Historia: el Marxismo.

Lo es porque esos fanáticos solo ofrecen, como solución a un problema tan complejo como el racismo, las terribles simplificaciones de la discriminación a esos que ellos llaman blancos; y el odio, la violencia y la destrucción que tanto caracterizan a su derrotada ideología.

Lo es porque todavía no aceptamos que luchar contra el racismo, usando al marxismo, es como querer curar la lepra inyectando tuberculosis.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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8 respuestas a El mágico número siete y BLM

  1. He leído que las personas con autoridad sobre otras también deben lidiar con 7 +/- 2 . como máximo. ¿Se acuerdan de quién trataba a todos los subordinados, hasta el nivel más bajo directamente? ¿Y repartía miles de carros personalmente? ¿Y en vez de seis provincias las aumentó hasta catorce para mayor gloria?

  2. pedrin dijo:

    usted simplifica, pero de manera magistral. Mas menos 2 en su calificacion !!!

  3. Cabrónidas dijo:

    Soy un puto ignorante, pues creía que el número mágico era el sesenta y nueve.

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