La zurdera es la nueva blancura

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La experiencia enseña que cada vez que los marxistas quieren algo, empiezan por prometer exactamente lo contrario.

Cuando quisieron destrucción, dijeron buscar el desarrollo de las fuerzas productivas.

Para inventar paredones, policías políticas, purgas y Gulags, empezaron por prometer justicia social.

Cuando les dio por crear una nomenclatura –con mucho más poder que cualquier casta o 1% que haya existido en la historia de la humanidad– avisaron que todo el poder sería para el pueblo.

Igual, antes de provocar hambrunas anunciaron el reino de la abundancia infinita; y en cuanto quisieron la guerra aprendieron a gritar, a todo pulmón, que querían la paz.

Para los marxistas, la ley más importante de la dialéctica parece ser la ley de la negación de la afirmación.

Ahora mismo lo están haciendo en los Estados Unidos.

Ahora mismo pretenden estar luchando contra la discriminación racial cuando en realidad lo que están haciendo, como ya hicieron antes, es imponer una nueva forma de discriminación.

Digo que lo hicieron antes porque si miramos con detenimiento descubrimos que ningún grupo social, incluidos negros, judíos y gitanos, ha sido objeto de una discriminación más cruel, injusta y asesina que la sufrida por esos que los marxistas llamaron burgueses.

Si nos preguntamos cómo fue posible que el grupo humano más productivo de la historia fuera estigmatizado, odiado, atacado y en algunos casos derrotado y destruido, descubrimos, casi con asombro, que eso sucedió porque ese grupo fue blanco de la misma estrategia que los marxistas estadounidenses están usando ahora mismo.

De inicio, una enorme cantidad de personas, que eran extraordinariamente disímiles entre sí, fueron agrupadas y homogenizadas (o sobre-simplificadas) bajo el término “burgueses”.

Eso permitió estigmatizarlos, acusarlos de pecados originales y  maldades inimaginables que permitieron convertirlos en blancos de un odio, y de una discriminación que, en varias ocasiones (como en Rusia, China o Cuba), terminaron en verdaderas tragedias.

¿Qué son esas llamadas revoluciones de izquierda si no grandes y largos pogromos convocados para anular a un grupo de seres humanos, los burgueses, que con anterioridad fueron acusados de crímenes inexistentes?

Para los marxistas, todo parece indicar, el origen dialéctico del desarrollo es, en realidad, la unidad y anulación de los contrarios.

Hoy sabemos que para que los burgueses fueran discriminados tuvieron que existir al menos dos condiciones previas. Una fue la anulación de cualquier capacidad de respuesta que esa burguesía pudiera tener ante los ataques que le prodigaron los marxistas.

Eso fue logrado a través de la relativización y el desprecio de cualquier marco de referencia ética o moral que los burgueses pudieran utilizar para defenderse. Para eso, los marxistas decidieron, porque así les convenía, que cualquier opinión que no fuera exactamente la de ellos debía ser despreciada por pertenecer a una clase social y ser consecuencia, por tanto, de la inclinación de esa clase a defender sus intereses.

La otra condición previa fue el secuestro de la línea del tiempo, que no es más que esa enorme capacidad que tienen los marxistas para convertir en delito de hoy lo que ocurrió hace siglos, o para pretender que eso que anda mal hoy se mantendrá así, por los siglos de los siglos, si no llega la añorada revolución.

Si analizamos la pretendida lucha contra la discriminación racial, que hoy asola a los Estados Unidos, descubrimos que repite, casi de forma exacta, los mismos argumentos que los marxistas usaron antes para discriminar, perseguir, y en ocasiones destruir, a los llamados burgueses.

Hoy el término burguesía ha sido sustituido por un color de piel que ellos llaman blanco, y que han sobre-simplificado, a pesar de la enorme heterogeneidad de las personas que lo portan, hasta convertirlo en un símil de maldad.

Los llamados “intereses de clase”, que antes sirvieron para anular cualquier debate intelectual, han sido sustituidos por el privilegio de una “blancura” que también permite, como su homólogo anterior, descartar cualquier argumento que no encaje exactamente con el de los ideólogos marxistas.

De la misma forma, lo que antes fue “la acumulación primaria del capital”, o el pecado original de la llamada burguesía, ahora ha sido sustituida por las injustas ventajas conferidas, a lo largo del tiempo, por eso que ya ellos aceptan como los privilegios de la blancura.

Blancura. Esa es la nueva palabra creada para justificar una nueva discriminación. Donde antes estuvo la satánica burguesía ahora han puesto el engendro de una blancura diabólica que permite, mediante el secuestro de la línea del tiempo, denunciar unos crímenes inexistentes, que ocurrieron hace siglos, y reclamar así unas consecuencias que ellos declaran como inaceptables.

Los resultados ya los estamos viendo. Si bajo el terror bolchevique muchos terminaron renegando de sus orígenes de clases y millones terminaron enarbolando, como virtudes de sobrevivencia, sus falsos orígenes proletarios, hoy en los Estados Unidos muchos empiezan a renegar, bajo el terror marxista, de cualquier cosa que pueda ser interpretada como blancura.

El clima de terror ideológico que se ha impuesto –desde esas nuevas madrazas del odio que hoy llamamos universidades– ya ha empezado a cobrarse víctimas que poco difieren, en sus esencias, de aquellos que los bolcheviques fusilaron o enviaron a campos de reeducación.

Raro es el día en el que esta nueva forma de discriminación no se cobra una nueva víctima, rara es la semana en la que un ser humano no es sacrificado bajo la falsa y violenta bandera de la lucha contra el racismo. Cada vez más a menudo nos enteramos de nuevos extremos de violencia que son justificados bajo el absurdo de la lucha contra la blancura.

En realidad, estamos asistiendo al surgimiento de una nueva forma de discriminación. Una segregación en la que las personas de izquierdas adoptan una posición de superioridad que les permite denunciar, perseguir, anular, y destruir, a esos que no piensen exactamente como ellos.

Esa blancura que los marxistas estadounidenses pretenden denunciar y destruir no es más que el manto que les permite esconder el surgimiento de una nueva forma de discriminación. Una nueva fuente de privilegios que tienen como base la pertenencia a las ideas de izquierda, o la zurdera.

Es importante denunciar esa nueva forma de discriminación.

Para los que quieran hacerlo, aquí les dejo la conversión de un manifiesto de lucha contra la blancura en una copia exacta que denuncia la discriminación basada en la zurdera.

Por desgracia, está inglés, y le pido disculpas a mis lectores hispanos por no haberlo traducido. Lo intenté, pero el estómago no me dio para aguantar tanto racismo.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Cuba. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a La zurdera es la nueva blancura

  1. pedrin dijo:

    es un asco el susodicho “manifiesto”.

    yo rezo cada dia porque la imbecilidad en eeuu no llegue a niveles donde el proceso nauseabundo por el cual estamos pasando no sea irreversible.

    • Yo lo veo como el canto de cisne de la izquierda. Perdieron la guerra económica, perdieron la militar y ahora están perdiendo la guerrita cultural.
      El castrismo forzó la maquinaria hasta un límite inaceptable, y creo que lo va a pagar.

      • pedrin dijo:

        como lo va a pagar cesar?
        estan muriendo todos, en sus camitas, tranquilos, sin exabruptos ni preocupaciones, han atado y bien atado todo para morir, ya despues puede venir el diluvio. se fueron sin dar siquiera un centavo por todo el descalabro y dolor que infligieron.

        por cierto, estoy mirando la directa de eliecer hoy con un senor argentino de apellido yofre, menciona su libro “el soviet caribeno” tambien dice que fue usted quien le dio las luces de por donde iria la revolucion cubana.

        un saludo.

      • La pagan cada vez que logramos ser felices, y la pagarán más cuando nadie se acuerde ni de que existieron. El resto, bueno, es verdad que merecían ser juzgados y condenados, pero no pudo ser. Nos vale como pueblo, a ver si aprendemos a evitarlo.
        Yofre me ayudó mucho con la publicación de “El Sóviet Caribeño”, es un tipo verdaderamente generoso y muy inteligente. Le tengo un gran aprecio y una gran admiración.

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