Escozor (ficción)

Mr Iglesias-Che asesino

Me observé pensando, y eso casi nunca es bueno.

Como soy cubano, me pidieron mi firma para denunciar, allá en Netflix, el filme “La red avispa”.

Cometí el error de observarme mientras tomaba la decisión.

Mi primera reacción, casi pavloviana y subconsciente, fue el cintillo de:

yo no firmo–eso es censura–los buenos no censuran y–si no censuro—entonces soy bueno.

Ay, qué bueno soy.

Pero me estaba observando y, como buen observador me pregunté si yo no estaría, quizás, haciendo eso que hoy en inglés llaman “virtue signaling”.

La traducción literal sería algo así como “indicando virtud”, que es la acción de hacerle saber al mundo cuan buenos somos mientras ondeamos a los cuatro vientos las banderas de nuestras bondades.

Es una actitud que está muy de moda. Dicen que el ego tiene cuatro pilares: la belleza, la inteligencia, la salud y la bondad. Dicen, también, que de ellos solo la bondad puede ser fingida hasta el final de la vida.

De ahí, ese deseo incontenible que tienen algunos de vivir ondeando sus virtudes como si fueran calzoncillos en tendederas. No soy la excepción, y hasta una justificación me he inventado.

Si dejáramos de hacer el bien –pienso– para que no nos acusen de estar señalizando nuestra bondad, entonces podría sobrevenir una parálisis moral y ética que quizás sea lo que andan buscando esos que inventaron el término de marras.

Ya casi tenía decidido no firmar, ya iba a tomar la decisión cuando mi observador, como quien no quiere las cosas, me preguntó: ¿y no será porque…

Supe hacia dónde iba.

Es fácil explicarlo.

Antes de vivir en los Estados Unidos viví en uno de esos países del sur de Europa en el que los políticos de izquierda y de derecha son idénticos en dos cosas: en la corrupción, y en un odio visceral e infantil hacia el país en el que ahora vivo.

Esas dos similitudes se han convertido, por decirlo de alguna forma, en uno de mis modus vivendi; porque a cada rato escribo una de esas novelas en las que a un cubano le va mal en los Estados Unidos. Por dios, cómo gustan esas historias en el sur de Europa. Gustan tanto que hasta premios me han dado.

Ahora mismo estoy escribiendo una que narra la odisea de un cubano que se niega a pagar una multa, por no haber parado en un STOP, y esa negación lo lleva a una espiral descendente de juicios, cárceles, pérdida del trabajo, mujer infiel, etc., que termina obligándolo, quién lo habría imaginado, a irse en una balsa hacia Cuba.

Copien esa: en una balsa.

La novela se titula, en otro rapto de originalidad, “Por un puto STOP”, y ya pueden imaginar que ya casi imagino los adjetivos positivos que la acompañarán si termina ganando uno de esos premios que podría ganar… siempre y cuando yo no me dedique a censurar, o a prestar mi nombre para algo que pueda ser interpretado como una censura. Sobre todo, si es a un filme que también cuenta, vaya casualidad, otra de esas historias de cubanos a los que les va mal en los Estados Unidos.

Y no será también porque… me dice mi observador y, como somos uno en sí y para sí, sé que se está refiriendo a mi mujer, que es pintora y pronto va a exponer en una galería que es propiedad de una de esas gringas que no pueden entender, porque no les cabe en sus cabezas, que existan cubanos capaces de abandonar ese paraíso que es Cuba, un paraíso que no existe, pero en el que esa gringa cree más que en la hipoteca de su mansión. De más está decir que ella adora el filme “La red avispa”. Ya lo ha visto tres veces.

Decidí encogerme de hombros y no prestar mi nombre, por las razones que fueran, para una censura que equipararía mis iniciales sobre la tierra con la de esos castristas que tanto detesto. Ya estaba casi a punto de decir que no cuando ese observador, que también soy yo, me hizo una pregunta muy simple: ¿se trata en realidad de una censura

Puestos a pensar, me dijo mi observador, descubrimos que la censura es un ejercicio del poder, y que los cubanos en los Estados Unidos tienen cualquier cosa menos poder. Otras minorías sí se las han arreglado para acumular un poder que sí les permitiría, llegado el caso, sacar de Netflix el filme que se les antoje sin tener que recurrir a algo tan patético, evidente, e inoperante, como una recogida de firmas. Una llamadita telefónica habría bastado.

La censura –continúa diciendo ese que me observa y soy yo– no es decir No. La censura, creo, es decir No en ausencia de la posibilidad del Sí. “La red avispa” siempre podrá irse, en el supuesto e improbable caso de que los cubanos lograran sacarla de Netflix, a cualquier otra de las tantas plataformas que existen para filmes sado-masoquistas, y hay muchas.

Al mismo tiempo, también creo que un usuario quejándose de un mal servicio no es un censor, es solo un tipo, o una tipa, que se queja porque contrató algo y terminó recibiendo otra cosa. Sí mañana empezaran a aparecer filmes de pornografía sadomasoquista en Netflix, ¿tendrían los usuarios el derecho de decir, al menos, que eso no fue lo que ellos contrataron? Si lo hicieran, ¿sería eso censura?

Nada disfruto más que rebatir a ese observador que soy yo, y lo hago diciendo, o pensando, que una cosa es el porno y otra es el arte, y que “La red avispa” tiene todo el derecho del mundo, a pesar de ser un bodrio insufrible, a pretender que es una obra de arte. En la época del reguetón sinfónico eso es sencillamente irrebatible. Pero mi observador me pregunta si los filmes de Leni Riefenstahl no son también obras de arte.

Ya en ese momento empecé a sentir picazón por todo el cuerpo y molesto me respondí que la Leni esa fue una apologista del nazismo, de la intolerancia y del racismo, y que si algún derecho tenemos es el de ser intolerantes con la intolerancia…  Iba yo embalado cuando mi observador me preguntó: ¿y qué crees tú que defiende “La red avispa”? ¿El derecho a la curiosidad?

El filme, le digo, defiende un comunismo que ha asesinado a más seres humanos que el nazismo y la trata de esclavos juntos, defiende al despotismo castrista y a los mismos servicios de Inteligencia del castrismo que ocuparon Venezuela y la convirtieron en el narco-estado fallido que es hoy. “La red avispa” defiende todo eso, pero eso no quiere decir que Netflix sea responsable.

Como compartimos memoria, mi observador me abruma con imágenes de Netflix. Veo un póster del asesino mal bañado del Che Guevara en el serial “Mr. Iglesias”. Veo los cuentos filmados del teniente Padura y no puedo dejar de pensar que toda la obra de ese aguerrido periodista se resume en una sola pregunta: ¿policía, policía, tú eres mi amigo?

Recuerdo que si los esbirros del castrismo fueran como los policías de Padura el despotismo castrista ya no existiría. Veo un serial sobre la historia de la revuelta castrista y sé lo que pensé la primera vez que lo vi: el guion parece escrito por el DOR.

Veo todo eso mientras mi observador me explica que la esencia de la esclavitud es la negación del dolor ajeno, que antes de cazar a otro ser humano, de los grilletes, de las familias separadas, de los enfermos tirados al mar, o de los perros persiguiendo esclavos, tuvo que existir la capacidad de no sentir como propio el dolor de esos seres.

Las razones pueden variar, las razones pueden ser racistas, fascistas o comunistas, eso no importa, lo que importa es que alcancen para que los victimarios no sientan eso que sienten sus víctimas, porque si lo sintieran no podrían hacer eso que quieren hacer sin perder uno de los cuatro pilares de sus egos.

La red avispa” no es solo un filme, me obliga a reconocer mi observador, “La red avispa” es un ejemplo más de sesenta años de negación del dolor del exilio cubano en los Estados Unidos de Norteamérica. Una negación que ha sido orquestada y sostenida, como una nota infinita, por esos mismos que hoy ondean sus bondades para decir que luchan contra el racismo, o contra las secuelas de una esclavitud que en nada se diferencia al castrismo.

Decir que no firmas, para creerte mejor, es ser como aquellos judíos que decidieron no enfrentar al nazismo, aquellos que decidieron no descender a la altura de sus perseguidores con la esperanza de que podrían sobrevivir sin perder lo mejor de ellos. Lo siento mucho, pero de esas bondades, amores, honestidades, libertades y enterezas estuvieron tapizadas las paredes de las cámaras de gas.

Si algo aprendieron esos judíos que sobrevivieron al holocausto, si algo diferencia al estado de Israel de hoy de aquellos judíos, si algo le ha permitido a ese estado sobrevivir la agresión de más de setenta millones de árabes, durante más de setenta años, es precisamente esa idea: nunca nadie podrá volver a usar nuestra bondad para destruirnos.

Ya va siendo hora de que los cubanos en los Estados Unidos descubran eso.

Firmé la petición a Netflix, pero tuve que ir corriendo hasta el botiquín para buscar una loción de Zinc, Calamina, y Alcanfor.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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5 respuestas a Escozor (ficción)

  1. aga dijo:

    ¡Muy buena tu reflexión! Creo, demás, que lo realmente efectivo y que les pegaría donde les duele, sería que los familiares de los Mártires de Hermanos al Rescate metieran una demanda por difamación y daño moral y complicidad criminal contra Assayas y sus cómplices. El otro día le recomendé tu libro del Sóviet caribeño a Zoé Valdés (que no lo tenía pero ya lo compró) y te estuvo citando en un live que hizo sobre Batista. Abrazos y seguimos pa’alante hasta donde tope, que ya falta menos que al principio. No sé por qué, contra toda lógica y razón plausible, pero le tengo mucha fe y esperanza a este 2020… Sigo escribiendo mis “Miradas” que ya van por 85 páginas… Ahí redondeo más todavía lo tuyo. Alesso ________________________________

  2. Sergio Delgado dijo:

    Una frase que escuché de ti algún día en nuestras conversas , ” El miedo cala hondo”, y no me refiero a ese miedo fisiológico y saludable de la autoconservación, ni siquiera a aquél que nos producía a algunos la simple mención del pase de visita con el Dr Gandúl en el Clínico de 26, me refiero al otro miedo, a ese impalpable y casi etéreo, casi intangible, el infundado por la maquinaria de moler gentes de los Organos de Seguridad, ese mismo condicionó nuestras vidas y muchas decisiones, tu observador al cual me niego ver como un simple Pepe grillo como otros piensen, ese ha ido creciendo dentro de algunos de nos bien alimentado por kilómetros de palabras escritas y oídas, por muchas ausencias y lejanías, por horas de sudor y lágrimas, y por que no reconocer que algo condimentado por parte de aquel miedo que hoy se nos revela como enzima necesaria para acabar de digerir los filamentos de credo, respeto o simple conmiseración por aquello todo. En mi caso particular no veo Netflix, y cuando alguien me avisó del tal filme y me convidó a verlo simplemente le dije que nada que no sean los platanitos fritos y tamales me interesa de allá , tal vez sea el duro precio a pagar (ese desmedido desamor hacia el terruño) y cuanto venga de él, mas es mi modo, en eso esos cabrones me ganaron, mataron al chamita de barrio humilde que un día creyó que aquello podia ser bueno y perfecto, y eso nunca se los puedo perdonar.
    Un abrazo

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