El truco de la culpa-V

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A mediado de los años 80s, gracias al desarrollo de la computación generado por el capitalismo, fue posible analizar la veracidad de algunos de los postulados de Marx que hasta ese momento muchos consideraban inobjetables.

Como bien explica Bruce M. Boghosian en su reciente artículo para la revista Scientific American, en 1986 el sociólogo John Angle concibió la idea de usar los llamados modelos matemático basados en agentes (agent-based models) para estudiar el desplazamiento y la distribución de la riqueza mediante la observación de una enorme colección de transacciones teóricas entre dos “agentes económicos”.

Esos modelos incluyen un grupo de reglas iniciales que son muy simples; pero que generan dinámicas –una vez que son aplicadas a un gran número de “agentes” y los resultados de sus interacciones son computados por los ordenadores– que demuestran las verdades subyacentes, o no evidentes, en la evolución del sistema complejo que se esté analizando.

Lo interesante del caso es que en ninguno de los modelos que han sido utilizados para estudiar el desplazamiento y la distribución de la riqueza se ha introducido, como regla inicial, la ventaja (o explotación) de un agente sobre otro. Todo lo contrario, todos esos modelos han incluido entre sus reglas iniciales la justeza, o la paridad entre los actores del modelo en cuestión.

A pesar de eso, cada uno de los modelos analizados hasta hoy ha arrojado que después de un número muy alto de interacciones o transacciones (para la capacidad de cálculo de la mente humana, pero no para un ordenador) la riqueza se desplaza hacia una cantidad cada vez más pequeña de “agentes”, hasta quedar concentrada en el equivalente de una “oligarquía” que, en este caso, surge por razones que son puramente matemáticas.

Repito, no hay ventaja, no hay explotación, no hay plusvalía. Lo que hay son unas condiciones iniciales que son matemáticamente justas y, a pesar de eso, el comportamiento del sistema es, en cada uno de los análisis hechos hasta ahora, hacia la desigualdad.

La explicación de lo anterior es muy simple y compleja al mismo tiempo; y  tiene que ver con eso que en el estudio de los sistemas complejos se conoce como la dependencia de las condiciones iniciales.

Pequeñas diferencias, pequeñísimas hasta parecer despreciables que, en esos sistemas, y en virtud de sus dinámicas no-lineales, empiezan a crecer con cada interacción hasta convertirse en una tendencia imparable que se acumula cada vez más y termina favoreciendo a unos y desfavoreciendo a otros.

En el caso de los modelos que estudian el desplazamiento y la distribución de la riqueza lo que sucede es lo siguiente: por muy justas que sean las condiciones iniciales, ya desde la primera transacción, en la que un grupo de agentes saldrán ganando un poco (poquísimo) y otros saldrán perdiendo un poco (poquísimo) se habrá establecido una asimetría (pequeñísima) que, dada la naturaleza compleja del sistema, empezará a crecer exponencialmente a favor de pocos y en detrimento de muchos.

Es como los dos péndulos que pesan lo mismo hasta la millonésima de un gramo, que cuelgan de una longitud que es idéntica hasta mil-millonésima de un milímetro y que son elevados hasta una altura que es igual hasta la diez-mil-millonésima de una micra.

A pesar de esas similitudes, cuando esos dos péndulos son dejados caer al unísono solo tienen oscilaciones similares, o igualitarias, durante un muy corto período de tiempo. Basta un número relativamente pequeño de oscilaciones para que aquellas diferencias, que eran casi despreciables al inicio, se amplifiquen de manera exponencial y terminen creando comportamientos que son diametralmente opuestos.

En pocas palabras: Carlos Marx se equivocó y donde quiso ver maldad los ordenadores descubrieron una regularidad matemática; y donde quiso ver el eclesiástico pecado original de la acumulación primaria del capital, la ciencia descubrió algo tan elemental como el comportamiento lógico de un sistema complejo.

No es casual, entonces, que estemos rodeados de distribuciones desiguales; que un porcentaje muy pequeño de bacterias haya dominado la colonización de los suelos de este planeta, que una oligarquía de músicos clásicos acapare la mayor parte de los conciertos, o que solo unos escasos libros alcancen cada año la categoría de súper ventas.

Es fácil entender que, en ninguno de los casos anteriores, se puede aducir, como explicación, algo ni remotamente relacionado con la maldad. Eso quiere decir que Marx se equivocó y que al menos dos consecuencias importantes se desprenden de esa aproximación errada, y esencialmente ideológica, que él quiso imponerle a su interpretación de la economía del capitalismo.

Una es que el importante tema de la desigualdad social, y sus soluciones reales, fue secuestrado durante más de 150 años por una interpretación errada (la de la maldad intrínseca del capitalismo) que, una vez convertida en ideología, no solo fue inefectiva en la eliminación de esa desigualdad, sino que logró convertirse en un obstáculo para su entendimiento y, por tanto, para su verdadera y necesaria solución.

La otra consecuencia importante es que, si aceptamos que la desigualdad le debe mucho a un proceso que es en buena parte ciego y aleatorio, como todo parece indicar, estamos aceptando que la pecaminosa acumulación primaria del capital, o el pecado original del marxismo, le debió tanto o más a los hábitos de vidas y creencias personales de los primeros capitalistas que a sus malvadas capacidades (según Marx) para explotar o robar a los trabajadores.

En otras palabras, si la suerte era loca y a cualquiera podía tocarle, entonces un factor determinante pasaba a ser la actitud ante esa suerte y no ella en sí misma. De esa forma, aquellos que se vieron favorecidos por pequeñas ventajas y no supieron o quisieron conservarlas es muy probable que hayan pasado a ser parte del club de los desfavorecidos.

Mientras que aquellos que hicieron todo lo posible por crear, conservar o hacer crecer sus pequeñas ventajas, en virtud de sus hábitos de vida y creencia personales, se sumaron al club de los que tuvieron una probabilidad más alta de seguir creciendo.

Esa segunda consecuencia es esencial porque estremece una de las asunciones más importantes de la teoría marxista. Esa que siempre intentó supeditar los llamados aspectos súper estructurales, como las creencias personales y los hábitos de vida, a eso que Marx llamó la base económica.

Así lo explicaban en Cuba durante los cursos de adoctrinamiento ideológico disfrazados de estudios filosóficos: el hombre piensa como vive y no vive como piensa. Un axioma que permite, entre otras cosas, rechazar muchas ideas por considerarlas, como dicen los marxistas, expresiones del modo de producción de una clase dominante que ha construido esas ideas para defender sus intereses económicos.

En realidad, Marx no supo que uno de los mecanismos más importantes que gobiernan el comportamiento de los sistemas complejos con capacidad de adaptación es la coevolución. Una forma de codependencia que mezcla la competencia y la cooperación entre dos factores que, a primera vista, podrían parecer independientes e incluso antagónicos.

Eso implica que la dualidad del ser humano como ser biológico, o material, y al mismo tiempo como entidad pensante, o inmaterial, no puede ser analizada sin tener en cuenta la coevolución de esos dos factores, y la extensión de la misma a la vida económica y social de la humanidad. Cualquier análisis que intente absolutizar uno de esos elementos está condenado al fracaso.

Marx tuvo la prueba de eso delante de su nariz, pero fue incapaz de analizarla. La tuvo cuando hizo su predicción newtoniana y materialista de que el desarrollo de las fuerzas productivas llevaría, de inicio, a la destrucción del capitalismo en Inglaterra y Alemania, por ser esas las dos naciones que, en su época, mostraban el mayor desarrollo capitalista.

Lo dijo sin saber o sin querer analizar que esos dos países, junto con el tercero que después se sumaría, y que hoy conocemos como los Estados Unidos de Norteamérica, eran sociedades en las que el capitalismo había coevolucionado con la religión protestante, y lo había hecho hasta establecer una muy eficiente relación simbiótica.

De eso se percató, un par de décadas después de la muerte del Marx, el sociólogo y filósofo alemán Max Weber, que fue quien avanzó la idea, a inicios del siglo 20, de que el impetuoso desarrollo del capitalismo a partir del siglo XVI le debió mucho a la estrecha relación que se estableció entre ese modo de producción y lo que Weber llamó “la ética protestante”.

 

Continuará.

El truco de la ideología.

El truco de la culpa-I

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El truco de la culpa-III

El truco de la culpa-IV

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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