El truco de la culpa-IV

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El tema de la “evolvabilidad” es un tema importante en la teoría de la evolución desde los tiempos de Darwin. La pregunta que lo define es: en ausencia de una hipótesis divina, ¿cómo hacen los organismos para prepararse con vistas a lo que vendrá si no tienen la más mínima idea de qué es lo que vendrá?

La respuesta a esa pregunta es que no hay preparación alguna, solo hay azar, necesidad, y una serie de estrategias que se han desarrollado a lo largo de la evolución. Una de las más famosas de esas estrategias es la que Darwin denominó “pre adaptación”, pero que hoy se conoce con el nombre más exacto de exaptación.

El ejemplo clásico es el de unas plumas que surgieron para regular la temperatura y después, cuando la necesidad obligó, quizás porque una población de emplumados quedó atrapada en unos islotes con muy poca comida (y la mejor forma de sobrevivir era volando de unos a otros), ocurrió algo que poco tiene de milagro.

Como mismo Gutenberg combinó sus artes de herrero con una prensa para exprimir uvas, y logró crear la imprenta de tipos móviles; algunos organismos en esos islotes combinaron sus plumas con unos músculos que antes usaban (digamos) para danzas de apareamiento, y así empezaron a tener algo muy parecido a unas alas que les permitieron, a duras penas, volar de un islote a otro y sobrevivir.

Otra estrategia de “evolvabilidad” podríamos llamarla la de la acumulación óptima o, por decirlo de otra forma, la de los garajes atiborrados. Imaginemos dos poblaciones de individuos que tienen casas idénticas. La única diferencia es que una de esas poblaciones tiene el garaje de su casa lleno de tarecos y la otra lo tiene impecablemente limpio y organizado con las cosas que realmente necesita para mantener su casa, su carro, y su vida, en buen estado.

Es fácil aceptar que los que están simplificados y organizados tienen una mejor adaptación para las condiciones reinantes. Cada vez que algo se les rompe, enseguida tienen y encuentran lo que necesitan para arreglarlo. El carro lo guardan en el garaje y no se les oxida. Al trabajo casi siempre llegan temprano porque casi nunca tienen problemas de transporte.

Los otros, es también fácil aceptar, son un desastre. Nunca encuentran nada, el carro lo guardan fuera del garaje y se les oxida y se les rompe a cada rato. En ocasiones llegan tarde al trabajo porque tienen problemas de transporte y, para colmo de males, muchas veces no saben a ciencia cierta qué es lo que tienen en ese dichoso garaje.

Pero entonces el mundo se inunda. Los carros amanecen tapados y los que antes estaban perfectamente adaptados descubren que, para poder hacerlo, pagaron un precio en “evolvabilidad”. Porque en sus lindos garajes, que fueron seleccionados para una vida en tierra firme, hay muy poco o nada que pueda salvarlos.

Los otros, los de los garajes llenos de tarecos, empiezan a buscar, mientras las aguas siguen subiendo, y encuentran una cama inflable ponchada, un pegamento para ponches de bicicleta y una puerta de cedro que tenían recostada contra una pared. Con eso, y con otros trastos, arman una balsa y salen a navegar, medio escorados, para encontrarse con otros que construyeron las suyas y pudieron sobrevivir.

De esa forma, si aceptamos esta historia absurda y sobre simplificada, una población desaparece y la otra florece. La floreciente llevará consigo, claro está, la información de que un garaje lleno de tarecos es algo que no es tan malo como podría parecer a primera vista.

A partir de ese momento la adaptabilidad estará matizada por la “evolvabilidad”, y viceversa. A partir de ese momento los tarecos en los garajes irán en aumento; pero nunca hasta el punto de derrumbar las casas, hacerlas inhabitables, o matar de hambre a sus habitantes. Se establecerá, entonces, un equilibrio entre esas dos variables.

Si tomamos lo anterior en consideración podríamos entender que no sea completamente casual que muchos sistemas complejos con capacidad de adaptación –como la biosfera, la economía, la sociedad, la conciencia de cada ser humano, el imaginario colectivo, las sociedades, los genes y el sistema inmune– contengan en su interior una enorme cantidad de elementos que a primera vista pueden parecer simples desperdicios.

Ya hoy se sabe, por ejemplo, que la inmensa mayoría de la astronómica cifra de anticuerpos que tenemos en nuestro organismo nunca son utilizados para nada. Algo similar sucede con nuestra conciencia. Basta observarnos durante unos cuantos minutos, mientras pensamos, para descubrir que la inmensa mayoría de nuestros pensamientos son dignos de un garaje atiborrado.

Con la sociedad sucede igual, raro es el grupo humano que no lleva en su interior una enorme cantidad de personas que, en apariencia, ni pintan ni dan color. Igual, no necesitamos estar muy informados para darnos cuenta de que nuestro imaginario colectivo acumula una enorme cantidad de ideas –como las de este texto, quizás– que se caracterizan por una muy escasa, si es que alguna, utilidad.

Con los genes sucede algo similar, durante muchos años usamos el término ADN-basura (junk DNA) para referirnos al hecho de que un porcentaje aplastantemente mayoritario del genoma de los organismos vivos no tiene capacidad codificante alguna.

Solo en fecha reciente hemos empezado a aceptar que esos tractos no codificantes, lejos de ser un lastre innecesario, juegan un papel muy importante en varias estrategias de adaptación de los organismos vivos; estrategias que incluyen, entre otras, la capacidad de evolucionar.

En el caso de la economía, creo que es válido preguntarse si esa acumulación primaria del capital, sobre la que descansa una buena parte de la ideología marxista, lejos de ser una consecuencia de la maldad intrínseca y primigenia de los llamados capitalista, es simple y llanamente una estrategia evolutiva común a muchos sistemas complejos con capacidad de adaptación.

Donde Marx vio un pecado original bien pudo haberse tratado de un ecosistema, llamado economía, en el que, ante las condiciones cada vez más cambiantes del ambiente, y la presión selectiva que esos cambios impusieron, la subpoblación que mejor logró adaptarse fue aquella que acumuló capital.

O sea, aquella que atiborró sus garajes con recursos que no fueron dilapidados en lujos y catedrales, y que solo fueron reinvertidos (o recombinados) cada vez que las aguas subieron de nivel (metafóricamente hablando) y fue necesario sobrevivir.

De ser así, entonces, las dos grandes ideologías del mundo occidental, el cristianismo y el marxismo, descansan sobre la ignorancia de una de las mejores herramientas que nuestro intelecto ha creado para entender la realidad. Son, en esencia, ideas que viven de espalda a la realidad.

Tanto el catolicismo como el protestantismo defendieron la inteligibilidad del mundo real. Para esas religiones bastó una cosmogonía tan simple como la de Ptolomeo, y el relleno de cualquier contradicción con la guata de Dios, para asumir, e imponer la asunción, de que el mundo era inteligible.

El marxismo, por su lado, es hijo de Newton, o de esa idea de que, si conocemos las condiciones iniciales de un sistema, y conocemos también las leyes que describen el comportamiento de ese sistema, seremos capaces de saber cómo será la evolución de ese sistema. De ahí, la arrogancia de Marx intentando predecir un futuro que él llamó comunismo.

Darwin es otra cosa o, para ser más exactos, Darwin fue el inicio de otra cosa. Donde otros vieron leyes y determinismo Darwin vio ensayo y error, grandes números, azar, necesidad y probabilidades.

Donde otros vieron un universo que en lo esencial funcionaba como un reloj, Darwin vio o nos hizo ver una realidad que anticipaba, en su complejidad e incertidumbre, esas revoluciones del pensamiento que hoy conocemos como mecánica cuántica y complexología.

Donde antes sobraban con unas cuantas leyes, y sus colofones, ahora a duras penas nos alcanzaría con una lista interminable de modelos matemáticos en los que casi siempre la verdad es probabilística y asintótica.

Modelos que buscan describir sistemas caóticos con dinámicas no-lineales y, por tanto, con una gran dependencia de las condiciones iniciales. Sistemas que solo pueden ser analizados, en sus complejidades reales, por unos ordenadores que necesitan ser cada vez más poderosos.

La irónica paradoja es que uno de esos modelos, recientemente descrito, habría puesto a Carlos Marx a bailar rocanrol.

Continuará.

Entradas anteriores:

El truco de la ideología

El truco de la culpa-I

El truco de la culpa-II

El truco de la culpa-III

El truco de la culpa-V

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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