El truco de la culpa-III

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Para el marxismo, el modo de producción capitalista también nació sobre la base de un pecado original y, en consecuencia, sobre una culpa imperdonable.

Como ya se dijo antes, el catolicismo intentó imponer la literalidad inapelable de la maldad intrínseca y primigenia de los seres humanos.

El marxismo, por su lado, fue más condescendiente y solo buscó hacerlo con esa fracción de la humanidad que hoy conocemos como capitalistas; o sea, con esos que se han encargado de crear el 95% de las riquezas que disfrutamos hoy.

Para Carlos Marx el pecado original del capitalismo fue lo que en economía política se conoce como la acumulación primaria del capital; y es importante recalcar que la asociación entre ese proceso y la pecaminosa culpa marxista no es una interpretación de lo que dijo Marx, es literal.

Así lo escribió en El Capital el sociópata de Tréveris: “Esta acumulación originaria viene a desempeñar en la Economía política más o menos el mismo papel que desempeña en la teología el pecado original”.

Tronco de descarado el compañero Marx, que después de hacer una interpretación materialista de la filosofía (el materialismo dialéctico), y de la historia (el materialismo histórico) se apeó con algo tan subjetivo como una ideología (el comunismo y la lucha de clases) que descansa, para más inconsecuencias, en conceptos tan religiosos e intangibles como el pecado original y la culpa.

Lo único que le faltó fue recitar un Avemaría. No en balde tiene tantos seguidores. No en balde acuñó la frase de que la religión es el opio de los pueblos y, todavía hoy, tiene a muchos literal y metafóricamente drogados con su cuento del pecado original del capitalismo.

Se impone, entonces, analizar ese pecado o acumulación primaria del capital. Un proceso que es consustancial al capitalismo y cuya aparición en la vida económica del mundo occidental cambió para siempre a este planeta.

Enriquecerse, hasta la indecencia marxista, no es una característica única de los capitalistas. Desde mucho antes de que el capitalismo existiera ya los seres humanos habían descubierto las ventajas y placeres de acumular capital.

Una gran diferencia entre el capitalismo y las formaciones económicas anteriores es que para el capitalista enriquecerse no es solo un objetivo en sí. Para el capitalista la acumulación de riquezas es el único medio posible de seguir subsistiendo en un mundo en el que, a partir de la llegada del capitalismo, la única garantía de subsistencia ya no solo era tener, sino reinvertir lo que se tenía para así sobrevivir en un futuro cada vez más incierto.

Una de las razones de esa acumulación primaria podría ser, entonces, que el capitalismo introdujo en la actividad económica un nivel de complejidad y de incertidumbre evolutiva que era desconocido hasta ese momento y que impusieron, como cabría esperarse, estrategias adaptativas de nuevo tipo.

Una de esas estrategias fue la acumulación de capital no ya como un mecanismo de adaptabilidad, sino como una fuente de capacidad evolutiva o, por decirlo de alguna forma, de “evolvabilidad” (la palabra en inglés es evolvability y la traducción sería “evolucionabilidad”, pero suena a trabalenguas).

Hasta la llegada del capitalismo la vida económica del mundo occidental era mucho menos rica en actores, era mucho menos competitiva, variable y, por tanto, compleja e impredecible. Hasta ese momento cualquier persona que hubiera amasado una fortuna sabía que la posibilidad de legársela a sus descendientes estaba mucho más amenazada por factores sociales y fortuitos que por decisiones financieras o comerciales. Igual, si alguien se empobrecía casi siempre era por malas decisiones propias y no por las buenas decisiones ajenas.

Con el capitalismo todo eso cambió, y lo hizo tanto en el agrario como en el comercial, que fueron sus etapas iniciales, y que de inmediato se vieron agobiadas por un cúmulo de variables que antes no existían, o que al menos no eran tan importantes.

En el caso de los propietarios de tierras, una actividad económica relativamente estable durante siglos, la situación cambió. Sobre todo, a partir del momento en el que la mano de obra empezó a tener cada vez más libertad para moverse y para contratarse al mejor postor.

A partir de ese momento, o cadena de momentos, los propietarios supieron o intuyeron que la capacidad que pudieran tener para sobrevivir dependía de evaluar muchas variables.

Tuvieron que aprender la importancia de “leer” el mercado, el clima, las plagas, la política, los trabajadores, y un largo etc. Además de eso algunos empezaron a descubrir, quizás por ensayo y error, que la mejor garantía para sobrevivir en un mundo que empezaba a ser cada vez más cambiante era acumular un capital que les permitiera, llegado el momento, encontrar soluciones para las nuevas situaciones que pudieran surgir.

Con los comerciantes sucedió algo parecido, las antiguas rutas comerciales por tierra eran mucho más seguras y predecibles, desde el punto de vista financiero, que las nuevas y cada vez más extensas y complejas rutas marítimas. A eso hay que sumarle que las manufacturas empezaron a ser cada más variadas y competitivas. El resultado fue el desarrollo de estrategias adaptativas similares a las anteriormente descritas para los terratenientes, incluida la acumulación de capital.

Se puede decir que la llegada del capitalismo significó el desplazamiento del ecosistema económico del mundo occidental de una dinámica de subsistencia basada en la adaptabilidad, a una dinámica de subsistencia basada en la “evolvabilidad”.

Donde antes era más que suficiente estar, ahora se imponía desarrollar la capacidad de seguir estando cuando todo, necesariamente, cambiara; y cuando todo lo hiciera, además, a una velocidad que empezaba a ser anonadante.

Carlos Marx no pudo o no quiso darse cuenta de eso, y es una lástima porque si algo puso Darwin sobre la mesa de la cultura occidental fue una forma de analizar no ya la evolución de las especies; sino algo mucho más general que hoy conocemos como “sistemas complejos con capacidad de adaptación”.

Lo que Darwin describió fue un caso particular de ciclos de poblaciones que crecen, o se reproducen con variaciones, y son seleccionadas para determinadas condiciones hasta convertirse en una subpoblación que vuelve a crecer, o a reproducirse con variaciones, para volver a entrar en otro ciclo de selección para determinadas condiciones.

Esa dinámica, que Darwin descubrió analizando un sistema complejo con capacidad de adaptación llamado biosfera, es común a otros sistemas como la economía, la sociedad, el imaginario colectivo, los genes y el sistema inmune (por solo mencionar unos cuantos).

Todos esos sistemas, además de compartir dinámicas similares, comparten también estrategias de adaptación que son, cuando se reducen a sus esencias, muy similares. El conocimiento de esas estrategias, o de las formas en las que estas se manifiestan para cada sistema, permite hacer un análisis de la realidad que siempre estará mucho más cerca de la verdad que cualquiera tontería ideológica.

Llama mucho la atención que las tres grandes tonterías ideológicas del mundo occidental, el catolicismo, el protestantismo y el marxismo, descansan sobre la idea de una maldad primigenia y una culpa imperdonable.

En el caso de las religiones, un análisis darwinista de esa maldad intrínseca, que ellas le adjudican al ser humano, demuestra que es esencialmente inexistente y que nuestra especie, lejos de ser portadora de un pecado original, solo pudo haber sobrevivido gracias a estrategias evolutivas que incluyeron, como elementos muy importantes, la empatía, el altruismo y la bondad.

Los seres humanos pagamos un alto precio evolutivo por nuestra actividad nerviosa superior. El cerebro humano pesa el 2% del cuerpo (adulto) y consume el 20% de la energía. Eso trae como consecuencia, entre otras cosas, que durante los diez primeros años de nuestra vida seamos casi nulos en nuestra capacidad para sobrevivir y dependamos, por tanto, de nuestros padres y del grupo, del clan, la tribu o la sociedad.

Sin la empatía, el altruismo y la bondad, al menos para con aquellos con los que compartimos el mismo pool genético, es muy probable que no habríamos sobrevivido como especie. Lo cierto, sin embargo, es que aquí estamos, que cada vez somos más, y que cada vez somos mejores, y eso a pesar de haber estado convencidos, durante siglos, de todo lo contrario.

En cuanto al marxismo, la otra ideología que descansa sobre una culpa original, habría que analizar si esa acumulación primaria del capital es pura maldad o solo una necesidad evolutiva que, más que descansar en la adaptabilidad, descasa en la capacidad para evolucionar.

Continuará.

 

El truco de la ideología

El truco de la culpa-I

El truco de la culpa-II

El truco de la culpa-IV

El truco de la culpa-V

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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6 respuestas a El truco de la culpa-III

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  3. aga dijo:

    Estoy fascinado con tu libro, Reynel. Y estos artículos tuyos no tienen desperdicio. En realidad, el éxito del marxismo es que viene a ser la única “religión” donde la responsabilidad del pecado (la pobreza, el fracaso) no se le achaca al pecador sino a cualquier otro. Eso es muy cómodo. Menciono tu libro en un artículo (en realidad, un prólogo que me pidió mi amigo Rafael Saumell para su nueva edición de La cárcel letrada) como uno de los dos más importantes para (y del) el exilio cubano en los últimos tiempos (el otro es el de Abel Sierra Madero (de fines del año pasado). Un gran abrazo y aquí me tienes en México, con toda la admiración que mereces. Cordialmente, Alejandro G. Acosta ________________________________

    • Mil gracias, Alejandro. El libro ha ido navegando con mucha mejor suerte que la que pude imaginar cuando lo escribí. Es un libro sobre un tema del que se ha escrito mucho, quizás para decir muy poco, y del que casi todo el mundo tiene una opinión incontrovertible. Pensé que tomaría mucho tiempo antes de que algunos empezaran a aceptarlo. Por suerte, no ha sido así, y eso es algo que me alegra.
      Tienes razón, en el marxismo la culpa es un disparo, mientras que en la Iglesia es diana.
      Otro abrazo bien fuerte para ti y, si vienes por Montreal, ya sabes, me avisas y nos vemos para echar una parrafada.

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