El truco de la culpa-II

Capture d’écran 2019-11-20 à 08.37.12

La mañana del sábado 31 de octubre, del año 1517, un cura alemán, llamado Martín Lutero, fue hasta la Iglesia de la ciudad de Wittenberg y clavó en la puerta del santuario un documento, una protesta, que pasaría a la Historia como las “95 tesis sobre el poder y la eficacia de las Indulgencias”.

Con ese aldabonazo empezó la Reforma Protestante o el protestantismo. Hoy es evidente que ese inicio fue posible porque el documento pudo ser inmediatamente copiado, impreso, y distribuido por toda Europa a una velocidad que habría sido imposible antes de la invención de la imprenta.

Para ese inicio exitoso, Lutero reprendió con fuerza la práctica católica de las indulgencias, que eran una forma de aminorar las culpas (incluida la del Pecado Original), mediante unos pagos que buscaban acortar el paso obligado –y sobrecogedoramente literal– por el Purgatorio.

Ya para el momento de Lutero las indulgencias se habían convertido en una transacción más dentro del mercado internacional de la culpa. El Vaticano las vendía como si de prendas se tratara y muchos, claro está, querían o tenían que arroparse con ese tejido de perdones que cubría al mundo.

La reforma de Lutero, o su revolución, fue en lo esencial un acto de descentralización de ese proceso mercantil. Según su nueva doctrina lo que antes era patrimonio de una casa matriz, el Vaticano, y se distribuía a través de sucursales locales, las Iglesias, ahora pasaba a ser un bien común del que todos podían participar como individuos.

A Lutero solo le faltó decir “laissez faire”, que es la frase que usaron, casi dos doscientos años después, los llamados fisiócratas; un grupo de economistas que reclamaron para el comercio en general lo que Lutero ya había reclamado en su momento para el mercado de la culpa: mientras menos intervención de un poder central, mejor. Lutero fue para la Iglesia Católica lo que los fisiócratas fueron, siglos después, para la aristocracia feudal.

Esa descentralización pudo ocurrir porque el protestantismo propuso que la salvación solo podía ocurrir mediante la fe y no mediante la venduta de favores celestiales en el reino de este mundo. Para alcanzar esa fe, según la nueva doctrina, los creyentes solo tenían que seguir las enseñanzas de una Biblia que ya estaba al alcance de muchos (gracias a Gutenberg) y no necesitaban, por tanto, de intermediarios sotaneados que les explicaran qué fue lo que Cristo quiso o no quiso decir.

El protestantismo fue visto, entonces, como un intento de regreso a la simplicidad del cristianismo inicial, al candor de las Iglesias tan austeras como una casa de discípulo, a la simple inocencia de las imágenes, a la negación de su comercio y al desprecio de unas suntuosidades que, ya para ese momento, el catolicismo había convertido en palacios y catedrales con mendigos en sus puertas. Para Lutero, a Cristo había que buscarlo a través de sus palabras; pero, sobre todo, a través de sus acciones.

Donde el catolicismo exaltaba la contemplación, o las ofrendas contemplativas a la Santa Iglesia, el protestantismo invitaba a una vida de virtud y trabajo que, lejos de convertirse en recursos malgastados serían, con el paso del tiempo, el origen de eso que a inicios del siglo XX Max Weber describiría como “La ética protestante”. Una forma de adorar a Dios que poco a poco se convirtió en una fuente inagotable de riqueza acumulada y reinvertida. Una manera de vivir que enseguida hizo una simbiosis perfecta, casi divina, con eso que hoy muchos insisten en llamar capitalismo.

No es casual, entonces, que le haya ido tan bien. El protestantismo creció tan rápido porque en Europa ya existían muchas personas, en todas las clases y estratos sociales, que estaban cansadas de que unos curas panzones e improductivos controlaran, de una forma u otra, la mayor parte de las tierras, las riquezas y las formas de producir.

Le fue bien a esa nueva religión porque los países que la adoptaron empezaron a crecer económicamente y porque, ya en 1534, el rey de Inglaterra, Enrique VIII, se cansó de que el Vaticano pretendiera decirle lo podía o no podía hacer y decidió que en su reino la religión oficial sería protestante.

Hasta ahí todo iba bien, pero es ley de vida que en esos ecosistemas donde las ideas compiten, evolucionan, mueren o sobreviven –y que algunos llaman imaginarios colectivos– sea muy frecuente que una idea exitosa termine garantizando (o perpetuando) su existencia mediante su conversión en una ideología.

El inicio de ese proceso de ideologización del protestantismo puede ser asociado con la figura de Juan Calvino, un cura francés que alrededor de 1530 se convirtió a la fe de Lutero y terminó siendo, a fuerza de prédicas y escritos, el paladín de la ideología que se desprendió de la doctrina protestante.

Calvino hizo énfasis en que a Dios solo se le podía conocer a través de la Biblia y que esta era, por obra y gracias de Dios, la fuente de su propia autenticidad. Esa proposición está en el origen de varios enunciados de Calvino que hoy resultan relevantes para el tema de la culpa. Uno de ellos es que solo mediante la fe ocurren el arrepentimiento y la remisión de los pecados; pero, como la perfección no puede existir fuera del reino de Dios, entonces la lucha contra esos pecados es eterna y conlleva, como una prueba de fe, la aceptación constante de esa incertidumbre que siempre asociamos con la eternidad.

El otro es el concepto de la predestinación, o la idea de que, cuando de la redención se trata, no todos los hombres son creados iguales. Unos están destinados, por la gracia de Dios, al perdón y a la vida eterna; mientras que a otros les espera, como consecuencia de esa misma gracia, una condena infinita. De más está decir que esa idea de la predestinación es grupal y se extiende, por tanto, a naciones y países.

Podrían parecer simples palabras; pero por desgracia no lo fueron. Durante sus años de exilio en Ginebra, Calvino creó un poder casi teocrático dentro de esa ciudad, impuso su doctrina, decretó destierros y quemó en la hoguera a Miguel Servet, el descubridor de la circulación pulmonar y su oponente en unas cuestiones teológicas que Calvino consideró, quizás con celo excesivo, como blasfemias.

El calvinismo es un intento de mantener aglutinada –mediante la eternidad del pecado, la fe como única redención posible, la predestinación divina y la entereza frente a la incertidumbre– a una religión que había sido atomizada, o individualizada, para así poder retar el milenario y congregante poder de la Iglesia Católica. Al final, y como casi siempre ocurre, el elemento aglutinante más poderoso fue algo que es casi indistinguible del miedo.

Todavía hoy resuena la descripción que Voltaire hizo del protestantismo cuando escribió que “si condenaron el celibato, y abrieron las puertas de los conventos, fue solo para convertir a toda la sociedad en un convento”. Una frase que describe la transmutación, una vez más, de una idea en ideología; y es bien sabido que cada vez que eso ocurre la primera tarea de la nueva ideología es sobrevivir al costo que sea necesario, aunque sea al de modificar, tergiversar o incluso traicionar, la idea original.

Eso fue lo que pasó con el protestantismo en Inglaterra. Fueron tantos los vaivenes que esa ideología tuvo que enfrentar que al final, y por puras necesidades adaptativas, terminó alejándose de eso que algunos consideraban como la esencia de la doctrina calvinista original.

Así surgieron distintos grupos, o congregaciones, que reclamaron el retorno a esa esencia. Uno de ellos terminó siendo reconocido, de forma despectiva al inicio, y por la supuesta pureza calvinista que reclamaban, como los Puritanos. Unos creyentes tan celosos que en ocasiones terminaron siendo rechazados y perseguidos.

Fueron alrededor de cien miembros de esa congregación los que en el año 1620 partirían de Europa hacia Norteamérica, en el barco Mayflower, para fundar eso que eventualmente conoceríamos como los Estados Unidos. Traían consigo una culpa insalvable, una extraordinaria ética de trabajo, una austeridad a toda prueba, y una inamovible idea de la predestinación.

Eran portadores de una tolerancia a la incertidumbre que les permitió hacer una simbiosis, casi perfecta, con el capitalismo. Una asociación que se traduciría, junto con otras cosas, en un crecimiento económico y social que tiempo después los convertiría en la primera gran democracia del mundo moderno, y en la gran potencia económica y militar de la historia de la humanidad. No es exagerado decir, entonces, que los EE UU fueron construidos sobre la culpa.

La gran paradoja, sin embargo, es que los Puritanos triunfaron gracias a las ventajas que les dio una forma de acarrear las culpas, auto flagelante y sin perdones, que ha llegado hasta nuestros días y se ha convertido, aunque nos cueste trabajo creerlo, en el arma principal de la última batalla del marxismo contra la democracia americana.

 

El truco de la ideología

El truco de la culpa-I

El truco de la culpa-III

El truco de la culpa-IV

El truco de la culpa-V

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Cuba. Guarda el enlace permanente.

11 respuestas a El truco de la culpa-II

  1. José Daniel Rodríguez dijo:

    Excelente!

  2. Alejandro González Acosta dijo:

    Formidable. Sólo matizaria que ese sentimiento de culpa constructiva se combina con una gran esperanza.

  3. Joshua Ramir dijo:

    manera de reirme con la voltarada jaja… Gracias Cesar.

  4. Pingback: El truco de la ideología | aguilera

  5. Pingback: El truco de la culpa-I | aguilera

  6. Pingback: El truco de la culpa-III | aguilera

  7. Pingback: El truco de la culpa-IV | aguilera

  8. Pingback: El truco de la culpa-V | aguilera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s