El truco de la culpa-I

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Los Estados Unidos de Norteamérica fueron construidos sobre la culpa.

Suena mejor en inglés.

America was built on guilt.

La cultura occidental también, pero solo hasta cierto punto.

Desde el momento en el que la Iglesia Católica logró imponer la literalidad inapelable de algo tan metafórico, o infantilmente poético, como el Pecado Original, la culpa se convirtió en una de las mercancías más comercializadas en el mundo occidental.

La asunción de la maldad intrínseca y primigenia de los seres humanos, el desdén por eso que conocemos como humanidad, y la búsqueda de la salvación por la gracia y solo por la gracia de Dios; hicieron posible el surgimiento del mercado internacional de la culpa. Su cede, o bolsa de valores, siempre estuvo en Roma.

Pero el matiz, importantísimo, fue que, al ser el catolicismo heredero de la tradición hebrea, su visión de la culpa siempre estuvo modulada, o atemperada, por ciclos más o menos frecuentes de confesiones, arrepentimientos y de unas absoluciones que ocurrían, para mejor alivio de los pecadores, en el reino de este mundo.

Solo había que estar dispuesto a pagar el precio establecido para que la vida pudiera recomenzar, después de uno de esos ciclos, con un respiro de carga depositada en el suelo, o con una alegría de conciencia lavada en confesionario.

Los ricos pudieron creer que pasarían a través del ojo de una aguja gracias a sus espléndidas obras de caridad, los pobres gracias al rezo de sus avemarías, y los caballeros gracias a esas guerras que luchaban siguiendo los dictados de Roma y por la gloria de Dios.

La culpa fue también uno de los pilares que le permitió a la Iglesia católica no solo enriquecerse, sino alcanzar un nivel de control casi absoluto de la información y de las verdades que de esta siempre se desprenden.

Durante más de un milenio el catolicismo casi llegó a borrar de la memoria occidental la larga tradición humanista de las culturas griega y latina. Eso le permitió, entre otras cosas, imponer una cosmogonía tan infantil como inapelable –so pena de culpa y excomunión– o condenar al infierno cualquier hedonismo que no ocurriera dentro de las paredes del Vaticano.

Ese es el período de la Historia del mundo occidental que se conoce como la Edad Oscura, o la era del oscurantismo. Una noche de casi mil años que empezó a descorrer su velo, hacia finales del siglo XIII, para que al fin la Iglesia y su mundo se tocaran con luz.

Fueron muchas las saeteras por las que se colaron los primeros dardos de aquella claridad. Basta mencionar unas cuantas.

Primero fueron los viajes de Marco Polo, entre 1271 y 1295, demostrando que ese mismo Dios, único e inapelable de la tradición judeocristiana, había permitido la existencia de civilizaciones en la China, en la India y allá en el Japón, que no solo no creían en él, sino que eran inconquistables y, por tanto, inconvertibles a su divina grandeza.

La gente supo de unas culturas lejanas, ricas, hedónicas y perfectamente funcionales que además disfrutaban, por la gracia de sus dioses, de delicias tan paradisiacas como las especias, la seda y, sobre todo, esa pólvora de fuegos en el cielo y murallas derrumbadas.

Empezaron a caer los muros. A inicios del siglo XIV el poeta Petrarca (1304-1374) se atrevió a redescubrir el humanismo de la cultura latina, acuñó el término Edad Oscura, y dio inicio a eso que hoy conocemos como el Renacimiento.

Por esa época Giovanni Boccaccio (1313-1375) formó su relajito con el “Decamerón” y demostró que después de una epidemia de peste bubónica los rezos, para invocar la salvación divina, bien podían ser sustituidos con cuentos eróticos, historias trágicas y chistes burlescos.

Ya para 1434 el portugués Gil Eanes, previamente absuelto de todas sus culpas, pudo al fin navegar más allá del fin de un mundo que –según el dogma de Ptolomeo y de la Iglesia católica– era plano y terminaba a la altura de ese lugar de la geografía terrestre que hoy conocemos como Cabo Bojador.

Pocos se habrían enterado de la proeza de Eanes de no ser por dos detalles. Uno es que las noticias del enriquecimiento de Portugal empezaron a correr por toda Europa. El otro es que, ya para 1450, un alemán llamado Johannes Gutenberg había logrado combinar una prensa de exprimir uvas, con su experiencia como herrero, para inventar la primera imprenta de tipos móviles.

En unas cuantas décadas Europa se llenó de libros. La inmensa mayoría de ellos fueron Biblias que, por primera vez, estuvieron al alcance de muchos; pero también fueron libros de viajes, obras de los clásico griegos y latinos y, sobre todo, textos que empezaron a dejar a un lado la parafernalia ideológica del catolicismo para ocuparse de temas más mundanos.

En 1492 Cristóbal Colón llegó a las Américas y el mundo creció en una extensión, riqueza y complejidad que rebasó, con mucho y de inmediato, las simplicidades de los cuentos de hadas que la Iglesia católica todavía insistía en imponer como verdades inapelables.

Muchos en Europa se percataron de que una buena parte de los dogmas de la Iglesia, y de las ideas que esta intentaba enseñar en las Universidades, no eran más que una colección de supercherías que debían ser descartadas con desprecio y sarcasmo.

Uno de ellos, el más famoso, fue Erasmo de Róterdam. Un impresor de oficio y autor, en 1511, del libro “Elogio de la locura”, una obra que puede ser considerada como un ataque frontal al monopolio ideológico de la Iglesia católica y a muchas de las tonterías que esta se había dedicado a propalar durante siglos.

El “Elogio de la locura” –quizás el primer Rap de la Historia– es considerado como el antecedente del movimiento religioso que hoy conocemos como la Reforma Protestante. Una forma de mirar a la religión occidental que puede ser considerada como una verdadera revolución. Un cambio radical en el comercio de la culpa que fue, por mucho que nos cueste creerlo, uno de los orígenes de la grandeza culpable de eso que hoy conocemos como los Estados Unidos de Norteamérica.

Continuará.

 

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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