El truco de la ideología

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Tal parece, e insisto en el parecer, que los Estados Unidos de hoy son un país cada vez más ideologizado.

Las discusiones en la política estadounidense actual ya no parecen ser entre personas con opiniones distintas; o entre grupos que difieren cuando de soluciones se trata.

Cada vez más los enfrentamientos ocurren entre posiciones que lucen irreconciliables, o desde diferencias que solo pueden ser dirimidas mediante la capacidad para imponerse y no para convencer.

Se habla de polarización, se habla de extremos enfrentados, de lucha a todo o nada, y de destrucción del viejo sistema democrático estadounidense.

De lo que no se habla, quizás por pura indolencia intelectual, es del intento de ideologización, por parte de un grupo relativamente pequeño de personas, de la política estadounidense.

Recordemos que las ideologías surgen cuando las opiniones se convierten en certezas, cuando esas certezas pasan a ser creencias, cuando esas creencias trasmutan en mitos inmutables y estos devienen, a fuerza de generar placer colectivo, parte esencial del ego de los seres humanos que comparten esas opiniones.

Con los egos no se juega, y es por eso que ese matrimonio entre mitos y egos convierte en insulto cualquier intento de explicarle a un ideólogo por qué está equivocado. Cuando lo hacemos no estamos retando a una idea, estamos retando a la esencia de un ser humano, a su espejo mágico, a su razón de ser y muchas veces, por desgracia, a su motivo de vivir.

Poco importa cuán sólido sea el argumento que tengamos, o cuán respetuosos intentemos ser en nuestra argumentación. Al final, y a pesar de nuestros esfuerzos para evitarlo, la reacción de un ideólogo siempre será la de una persona que se siente golpeada y escupida mientras escucha a gritos, en su interior, que es fea, bruta, mala y enferma.

Las respuestas ya las conocemos. Quien haya vivido en la Rusia de Stalin, en la Alemania de Hitler, en la China de Mao, en la Cuba de los Castro o en el Irán de los Ayatolás sabe de qué estoy hablando: del borrado absoluto de ese insulto de hoy para lograr, de esa forma, que llegue la prometida caricia del mañana.

Esa es otra característica que comparten las ideologías: el presente siempre está mal, los colores de la realidad actual son tan depresivos, eternos e insultantes que se impone luchar para cambiarlos y abrirle paso, así, a un futuro de una belleza tan abrumadora que impedir su llegada es ser, por definición, un malvado.

Ese futuro puede ser un paraíso repleto de huríes, un cielo alejado de los anillos del infierno, el reino de una raza pura, un comunismo luminoso, o eso que imaginamos hoy como un planeta más limpio y frío o una sociedad más justa e igualitaria. Lo mismo da.

Las envolturas y promesas pueden variar; pero la esencia es siempre la misma: el hoy anda y andará muy mal, pero el futuro será una verdadera belleza solo si tú –ustedes, ellos– hacen exactamente lo que nosotros les decimos que hagan; y si no lo hacen… bueno, si no lo hacen entonces ustedes –tú, ellos– son tan malvados que merecen desaparecer. De inicio como ideas y después, si es necesario, como personas.

La historia de los Estados Unidos en el último siglo puede ser descrita como una cadena de enfrentamientos victoriosos a una espeluznante colección de aproximaciones ideológicas a la realidad.

Basta mirar el destino del comunismo soviético, del nazismo alemán, del militarismo japonés o del fundamentalismo árabe para descubrir que, a fuerza de puro pragmatismo y creatividad, los EE UU lograron salir triunfantes de esos enfrentamientos.

La más peligrosa de esas monstruosidades ideológicas fue, claro está, el comunismo soviético. Esa fue la única que alcanzó a matar a más de cien millones de seres humanos (sin contar a los muertos por desesperanza) y que llegó incluso a poner al mundo al borde de la destrucción nuclear.

A pesar de su supuesta grandeza económica, de su poderío nuclear y de la enorme capacidad de su ideología para la penetración cultural, el comunismo soviético fue derrotado en apenas siete décadas.

Su furia destructiva, su capacidad para convencer a incautos, y su poder de penetración, fueron barridos en una aplastante derrota económica, primero, y militar después. Solo le queda, como una cuestión de puro trámite histórico, completar su derrota cultural.

Eso es lo que está sucediendo ahora mismo en los Estados Unidos de Norteamérica: la derrota final de eso que conocemos como “marxismo cultural”, una estrategia de lucha desarrollada por el comunismo soviético desde el inicio de su existencia.

Un truco que inventaron esos ideólogos del futuro luminoso para agarrar cualquier problema real, meterlo dentro de su maquinaria de propaganda (que fue el inicio real de eso que hoy conocemos como noticias falsas), para hacerlo crecer de una forma desproporcionada y promover, mediante ese engaño, la denuncia, la desorganización, la división y la destrucción.

En ingles los verbos de esa estrategia serían las famosas seis D: disproportionate, deceit, denounce, disrupt, divide and destroy. Un grupo de acciones que pueden ser identificadas en todas y cada una de las discusiones que hoy pretenden secuestrar la vida política de los EE UU.

Un país en el que un grupo relativamente pequeño de personas pretende hoy convencer a sus ciudadanos, y en consecuencia al mundo, de que los blancos son culpables de la discriminación racial por el simple hecho de ser blancos; de que querer controlar la entrada de inmigrantes en el país (como lo hace Canadá, por ejemplo), es ser un racista; que los hombres son culpables de la violencia contra las mujeres por el simple hecho de ser hombres; que los seres humanos son culpables de la polución del planeta por el simple hecho de existir; y que los empresarios son culpables de la explotación de otros por el simple hecho de ser exitosos.

La lista de todas esas tonterías podría extenderse hasta los extremos del absurdo y la risa incontrolable. De más está decir que ese es un circo condenado a desaparecer bajo el empuje del pragmatismo, la creatividad y el sentido del humor de los estadounidenses. Actitudes que yacen, por cierto, en el centro de la elección de Donald Trump como presidente de los EE UU en el año 2016.

Algo que llama la atención, sin embargo, es que esas ideas o mantras ideológicos hayan encontrado tanto eco dentro de una sociedad tan pragmática, o alejada de los dogmas, como la estadounidense. Una posible explicación para ese sinsentido emerge cuando descubrimos que todas esas ideas tienen un elemento en común: la culpa.

Para explicarlo se impone hablar, entonces, del truco de la culpa.

 

El truco de la culpa-I

El truco de la culpa-II

El truco de la culpa-III

El truco de la culpa-IV

El truco de la culpa-V

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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7 respuestas a El truco de la ideología

  1. Joshua Ramir dijo:

    muy bueno bro, saludos

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