Jacobo Arbenz, la CIA y la Inteligencia soviética

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En dos entrevistas recientes, a raíz de la publicación de su novela “Tiempos recios”, Mario Vargas Llosa ha expresado un par de ideas que ilustran, a la perfección, la asimetría de los análisis históricos en Hispanoamérica.

En una de esas entrevistas asegura el novelista peruano que la operación de la CIA, para derrocar al gobierno de Jacobo Arbenz, fue una operación orquestada de “fake news” maravillosamente hecha por un publicista, que aparece ahí [en “Tiempos recios”], que además era sobrino carnal de Freud, Bernays.

En otra entrevista también asegura Vargas Llosa que quizás “sin el golpe de la CIA en Guatemala, Fidel [Castro] no se habría radicalizado”.

Esas dos ideas nos llegan sostenidas por el prestigio, el rigor intelectual y el compromiso para con la democracia y la libertad del autor de “Lituma en los Andes”.

Eso implica que en buena lid deberíamos aceptarlas sin muchos reparos; pero hay un problema con ellas, y es que están basadas en una fracción de la Historia.

La irónica paradoja es que esas dos ideas descansan en un sesgo que fue creado e impuesto por una maquinaria de “fake news” que ya para el momento de la llegada de Jacobo Arbenz al poder, en marzo de 1951, llevaba al menos tres décadas trabajando sin descanso para el comunismo internacional.

Por decirlo con nombres y genealogías de ideas: Lenin fue el padre de Willi Münzenberg, quien fue a su vez el genial creador de eso que hoy conocemos como “fake news” y el maestro o inspirador de (entre otros) Benito Mussolini y Joseph Goebbels.

Desde esa perspectiva, Edward Bernays es, aunque nos cueste trabajo reconocerlo, una descendencia diluida y controlada de algo mucho más antiguo y brutal que él. Es el producto de una línea germinal que empezó con ese golpe de estado que hoy (gracias al trabajo de esa maquinaria de noticias falsas) conocemos como “Revolución de Octubre”.

La otra limitación que impone ese sesgo histórico es la imposibilidad de reconocer que el gobierno de Jacobo Arbenz  estuvo bajo la influencia de la Inteligencia soviética, y que iba en camino de un proceso de radicalización muy similar, salvando las distancias y los tiempos, al que sufrió décadas después el gobierno democráticamente electo de Hugo Chávez en Venezuela.

Para poder aceptar eso tenemos que partir de reconocer dos cosas.

La primera es que los Partido Comunistas no eran, para nada, partidos políticos en el sentido tradicional del término. Eran, como bien lo describió Philip Selznick en su libro “El arma organizativa” [The organizational weapon] organizaciones de combate solo comparables en sus estructuras, objetivos, y funcionamientos, a los ejércitos modernos.

La segunda es que una buena parte esos Partidos Comunistas tuvieron, como todos los ejércitos, un aparato de Inteligencia que fue creado, instruido y siempre controlado de una forma férrea por la Inteligencia soviética.

En el momento de la llegada al poder de Jacobo Arbenz, los comunistas en Guatemala estaban desperdigados en varios grupos y organizaciones, su unidad era muy débil y carecían, por tanto, de un aparato de Inteligencia propiamente dicho.

Como consecuencia de eso se decidió, allá en Moscú, que el Partido Comunista de Cuba, conocido en la época como PSP o Partido Socialista Popular, se encargaría de asesorar a los guatemaltecos en su organización, y en su trabajo de radicalización del gobierno de Jacobo Arbenz.

Para esa época, el aparato de Inteligencia del PSP cubano tenía, a grandes rasgos, la siguiente estructura:

Su jefe y fundador era el comunista polaco, y agente de la Inteligencia soviética, Fabio Grobart. El segundo al mando era Ramón Nicolau, quien tenía de ayudante al también polaco Jaime Novomodny y de delfín designado a Osvaldo Sánchez.

Por debajo de Nicolau, conocido como Monguito, estaban Víctor Pina Cardoso y Flavio Bravo. Este último fue el reclutador, a finales de los años cuarenta, de Fidel Castro y era, además, el hombre señalado para sustituir a Grobart cuando llegara el momento. Su delfín designado siempre fue Jorge Risquet.

Para que se tenga una idea de los poderosos vínculos de esos cuadros con la Inteligencia soviética basta decir que Nicolau y Bravo fueron los únicos latinoamericanos que alcanzaron a matricular en la famosa Academia Frunze, el equivalente soviético de West Point.

Nicolau no pudo graduarse porque tuvo que regresar a Cuba de urgencia, pero Bravo sí lo hizo. Jorge Risquet, por su lado, fue entrenado en Hungría, Checoslovaquia y la URSS entre 1951 y 1954, y siempre estuvo bajo la supervisión directa de Alexander Shelepin, el futuro jefe de la KGB.

A Guatemala, y como siempre sucedía, el primer comunista cubano que llegó fue un cuadro del ala política de la organización llamado Severo Aguirre del Cristo. Un excelente organizador que se encargó de fusionar a los grupos y organizaciones comunistas del país en un solo Partido (el Partido Guatemalteco del Trabajo o PGT) y que pudo, también, imponer a José Manuel Fortuny como Secretario General de esa organización.

José Manuel Fortuny, además de ser comunista, fue amigo personal de Jacobo Arbenz y terminó convertido en una especie de asesor del presidente guatemalteco para esas políticas sociales que Guatemala tanto necesitaba, y que los comunistas siempre usaban (todavía hoy lo hacen) para hacer avanzar sus planes de penetración y desestabilización.

Si aceptamos que detrás de Fortuny estaban los cubanos, y que detrás de estos estaba la Inteligencia soviética, ya podemos imaginar quiénes cantaban las jugadas.

Eso explica el hecho de que ya para marzo de 1952, fecha del segundo golpe de estado de Fulgencio Batista en Cuba, la embajada de Guatemala en la Habana se había convertido en uno de los centros de operaciones del aparato de Inteligencia de los comunistas cubanos. En esa embajada empezaron a conspirar, a partir de esa fecha, Mario Morales Mesa, Antonio “Ñico” López y Juan Manuel Márquez.

El primero fue un agente de los comunistas cubanos que hasta ese momento había estado infiltrado dentro de la Policía Judicial de Cuba. Los otros dos fueron cripto comunistas que estuvieron entre los fundadores de la llamada “Generación del Centenario” (creada por Flavio Bravo) y que fueron, además, elementos esenciales en la organización de la acción armada que daría inicio al castrismo. Me refiero a los ataques a los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo, el 26 de julio de 1953.

Todo esto quiere decir que ya para 1953 los hombres de Fabio Grobart, que desde 1952 estaba exiliado en Praga, controlaban los elementos esenciales de la radicalización del gobierno de Arbenz en Guatemala, y del surgimiento del castrismo en Cuba.

Desde esa perspectiva no es casual, entonces, que el gobierno de Arbenz decidiera comprarles a los checos el famoso barco de armas; o que Raúl Castro, ya convertido al comunismo, pasara por Praga después de haber participado en una reunión de jóvenes comunistas que tuvo lugar en Budapest.

Tampoco es casual que, después de su paso por Praga, Raúl Castro regresara a Cuba acompañado por dos jóvenes guatemaltecos y por un ruso, llamado Nikolai Leonov, que trabajaba para la Inteligencia soviética.

Hoy se puede asegurar que antes de la caída del gobierno de Jacobo Arbenz, en 1954, pasaron por Guatemala una enorme cantidad de comunistas cubanos que estuvieron vinculados, directa o indirectamente, al aparato de Inteligencia de esa organización.

En unos escasos años pasaron por ese país, por solo mencionar algunos nombres, cuadros de la importancia de Osvaldo Sánchez, Víctor Pina, Jorge Risquet, Raúl Valdés Vivó, Lionel Soto, Salvador García Agüero y Ñico López. A esos cubanos se sumaron, también, otros comunistas y aventureros latinoamericanos como Edelberto Torres Espinosa y Ernesto Che Guevara.

De más está decir que la Inteligencia estadounidense siempre estuvo al tanto de todo eso y de mucho más. Supieron, por ejemplo, de la compra de armas en Checoslovaquia, de la intención de usarlas para crear un contrapeso al ejército guatemalteco y de los planes para radicalizar el proceso hasta los límites que fueran necesarios. La reacción, claro está, no se hizo esperar y Arbenz fue derrocado.

Una prueba de la profunda penetración de los comunistas cubanos en Guatemala es que después de la caída de Arbenz Osvaldo Sánchez se quedó en ese país, de forma clandestina, para garantizar que los cuantiosos fondos del Partido Guatemalteco del Trabajo, acumulados durante tres años de contubernio con el gobierno, fueran contrabandeados hacia El Salvador.

Esos fondos fueron después llevados hacia Cuba por Víctor Pina, quien aprovechó su cobertura, como alto funcionario de la aviación civil del gobierno de Batista, para ir hasta El Salvador, disfrazarse de campesino salvadoreño, hacerse de los fondos y sacarlos por avión hacia el aeropuerto de Camagüey.

Arbenz, ya sabemos, terminó exiliado en la misma Checoslovaquia en la que estaba Fabio Grobart y, todavía hoy, cuando se cuenta su historia, se omite una buena parte de la misma. Una omisión que no deja de ser irónica si recordamos que una de las “autoridades” sobre su derrocamiento es nada más y nada menos que el profesor Piero Gleijeses, un asiduo visitante de La Habana y, hasta hace poco tiempo, un amigo personal de Jorge Risquet.

Esa amistad entre Risquet y Gleijeses existió, entre otras cosas, para recordarnos que la verdadera maquinaria de noticias falsas, la original y aplastante, todavía goza de muy buena salud y siguió funcionando, sin interrupción alguna, después de la caída de Arbenz.

Un funcionamiento que en el caso de Cuba ha permitido esconderle al mundo y a Mario Vargas Llosa, durante más de sesenta años, que Fidel Castro ya se había radicalizado, y estaba bajo el control de los comunistas cubanos, desde mucho antes de 1954.

No he leído “Tiempos recios”, pero estoy seguro de que será, como nos tiene acostumbrado su autor, una excelente novela. También estoy seguro, a partir de las declaraciones hechas por Mario Vargas Llosa, de que se trata de una novela basada en una fracción de la Historia.

Ese es un derecho que él tiene como escritor y como ser humano. A fin de cuentas, nadie tiene la obligación que saberlo todo sobre un tema, y mucho menos si una buena parte de las informaciones sobre el mismo han sido activamente escondidas, y distorsionadas, por una poderosa maquinaria de noticias falsas que ya lleva más de un siglo funcionando.

 

Nota: Post originalmente publicado en el blog de Carlos Alberto Montaner.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Cuba. Guarda el enlace permanente.

7 respuestas a Jacobo Arbenz, la CIA y la Inteligencia soviética

  1. Joshua Ramir dijo:

    oye César, como es posible que los comunistas rusos crearan un sistema tan eficaz para penetrar la sociedad y alcanzar el poder,,, me parece que no hay referente de movimiento politico anterior a ellos con el mismo nivel de efectividad. Quien es el genio del mal detrás de esto? Lenine? Trotsky?

    • Joshua,
      Fue a Lenin al que se le ocurrió la idea de que el Partido fuera una organización de cuadros seleccionados, adoctrinados y entrenados para la toma del poder. Después de eso empezó un proceso de ensayo y error que fue cuidadosamente documentado y analizado tanto para sus éxitos como para sus fracasos. A partir de esos análisis surgió un cuerpo teórico de tareas, trucos, tácticas y estrategias que habían sido probadas con éxito en situaciones disímiles y que empezaron a emerger, claro está, como el vademécum de la teoría leninista de la revolución. Al final, todas esas experiencias fueron organizadas y formalizadas en los cursos de uno, dos o tres años que se impartían en la famosa Escuela Leninista Internacional, o en las academias de la Inteligencia soviética. De más está decir que con cada experiencia “revolucionaria”, como la china, la cubana, o la nicaragüense, los cuadros de esos países fueron invitados a aportar sus saberes a ese cuerpo teórico de la maldad que hoy conocemos como teoría leninista de la revolución. El resultado es ese que estamos viendo hoy en Venezuela, Chile, Bolivia, Nicaragua, Cuba, etc: un grupo relativamente pequeño de delincuentes que logran hacerse del poder y son capaces de defenderlo ante la mirada atónita de las democracias que los incubaron y los protegieron.

  2. Pingback: César Reynel Aguilera: ·Jacobo Arbenz, la CIA y la Inteligencia soviética· | inCUBAdora

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