La verdad de las mentiras

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Era bien sabido que iban a mentir.

Era bien sabido que muchas de las cifras, de ese supuesto Referendo Constitucional que convocó el castrismo, ya estaban decididas de antemano.

Eso no quita, sin embargo, que las mentiras puedan servir para dilucidar lo que realmente sucedió y, sobre todo, para saber cómo se orientaron los cubanos con respecto a esa farsa.

De inicio, y no contentos con esperar por los resultados para empezar a mentir, los castristas decidieron hacerlo con la lista de votantes.

La primera cifra de votantes potenciales que dieron fue de alrededor de 8 millones 600 mil personas; después, como por arte de magia, la cambiaron a 9 millones 200 mil y ahora, ya con tiempo para pensarlo, la han vuelto a ajustar a 8 millones 700 mil. Las tres cifras apestan, claro está, a mentiras desvergonzadas.

Empecemos por la más evidente. Según los indicadores demográficos publicados por el propio régimen, la población cubana actual es de 11 millones 239 mil habitantes y el porcentaje de menores de 16 años (que no votan) es del 18%.

El 82% de 11 millones 239 mil (que son los que pueden votar) es alrededor de 9,2 millones. Como la ley electoral castrista dice que la inscripción de los votantes en Cuba es automática; o sea, que no hay que ir a inscribirse para ser parte de la lista, la Comisión electoral quiso dar esa cifra como si fuera la lista de votantes.

Esa es una mentira que intenta esconder el hecho de que la lista electoral nunca refleja el 100% del número de personas en edad de votar. Las razones son, entre otras, que los que emigran pierden ese derecho, que los presos no votan, que los pacientes psiquiátricos invalidados tampoco lo hacen y los fallecidos recientes mucho menos.

Queda demostrado, entonces, que una lista de votantes de 9,2 millones es una mentira tan tonta que provoca vergüenza ajena, porque, por automática que sea la inscripción es físicamente imposible que todos puedan no ya asistir a votar, sino en muchos casos simplemente existir en ese momento.

Veamos ahora la otra lista. Esa que dieron cuando se dieron cuenta de la metedura de pata de la de 9,2 millones. Esa lista también es una mentira, o una guayaba, o una turca más grande que la muralla del Capitán Tormenta.

Los 8 millones 700 mil votantes potenciales reportados son muy difíciles de creer desde el punto de vista estadístico. Para demostrarlo podemos usar, una vez más, las propias cifras del régimen. Esas que muestran la variación de la lista de votantes en los últimos quince años.

Tabla2

Según las propias cifras del régimen, el aumento en 302 mil votantes entre el año 2015 y el 2018 es casi 30 veces mayor que el promedio de la variación de votantes entre los años 2002 y 2015. Al mismo tiempo, ese aumento de 302 mil votantes es casi tres veces la desviación estándar de la muestra, y casi 6 veces el error estándar de la media de las variaciones entre el 2002 y el 2015.

Semejantes oscilaciones estadísticas casi siempre requieren de explicaciones muy especiales. Una posibilidad es que entre el 2015 y el 2018 la población cubana adulta haya crecido de forma abrupta; o sea, que entre los años 2000 y 2002 hubo un aumento en la tasa de natalidad que, 16 años después, se reflejó en un aumento de la población con derecho a votar.

El problema con esa explicación es que, según las propias estadísticas del régimen, el crecimiento poblacional de Cuba entre los años 2000 y 2008 fue de 27,793 habitantes. O sea, inferior en más de 10 veces al crecimiento de votantes reportados entre el 2015 y el 2018. Otra posibilidad es que entre el 2015 y el 2018 hayan arribado a Cuba cientos de miles de inmigrantes; pero esa explicación, ya sabemos, es tan creíble como la de zombis votando, o el castrismo clonando esbirros a tutiplén.

Por último, no se puede descartar la posibilidad de que ahora se apeen con la explicación de que se equivocaron durante décadas y que solo en fecha reciente, nadie sabe cómo o por qué, fue que en realidad aprendieron a definir la verdadera lista de votantes.

El problema con esa explicación es que tendrían que rehacer las listas anteriores, lo cual implicaría reconocer, entre otras cosas, que el porcentaje de cubanos que boicotearon esas elecciones anteriores fue mucho mayor que lo mandan las buenas costumbres del totalitarismo castrista.

Con todo eso como referencia se puede decir que es muy probable que la lista real de votantes potenciales, para esta última farsa electoral, estuvo alrededor de las 8 millones 400 mil personas. Las otras dadas por el castrismo apestan a sus habituales mentiras. La pregunta, entonces, es: ¿por qué mintieron?

Descartando la respuesta evidente de “porque es su naturaleza”, es posible imaginar que lo hicieron para diluir el porcentaje negativo que más le preocupa, ese que ellos no pueden manipular completamente sin antes verificar qué fue lo que realmente sucedió en las calles. Me refiero al porcentaje de cubanos que decidieron sumarse al boicot y no fueron a votar.

El resto de las estadísticas ellos las pueden cambiar sin que exista la más mínima posibilidad de demostrar la mentira que están diciendo. El resto de las estadísticas probablemente ya estaban decididas desde mucho antes del supuesto día del voto. Para la del boicot, sin embargo, siempre han estado obligados a ver que pasa en la realidad antes de mentir de una forma que ellos consideren tragable.

Tabla1

Como se puede ver en la tabla anterior, la manipulación de la lista de votantes le permitió al castrismo sacrificar nueve puntos en el porcentaje de asistencia (de 93,43 a 84,41), en aras de disminuir el porcentaje de Rechazo (de un 29,55 a un 26,69). Una de las razones de ese rejuego es que el régimen sabe que, después de 60 años de doble moral, la inmensa mayoría de las familias cubanas apuntan y al mismo tiempo banquean.

A ellos les consta que en muchas familias cubanas siempre hay miembros que expresan abiertamente su rechazo al castrismo y siempre hay otros miembros que, aunque estén de acuerdo con ese rechazo, deciden no expresarlo para así disminuir las probabilidades de represalias y hostigamiento a la familia por parte del régimen. Ellos saben que por cada punto de rechazo expresado hay, al menos, medio punto de rechazo escondido.

De esa forma, el 26,69% de rechazo que ellos estuvieron dispuestos a aceptar se convierte, cuando menos, en un 40% de rechazo real. Si aceptaran, entonces, uno del 29,55% estarían aceptando, en realidad, la preocupante cifra de un rechazo de alrededor del 45%.

Los cubanos saben que no hay bofetadas de uno o dos dedos. Los cubanos saben que cuando el castrismo muestra la cifra de una derrota casi siempre lo hace dividiéndola, al menos, por cinco. Los cubanos han aprendido a ver que donde quiera que el castrismo muestra la enrojecida imagen de un dedo en su cara, en realidad lo que está mostrando es una de esas bofetadas generadoras de tortícolis.

¿Cuál es esa bofetada? Bueno, para empezar a verla hay que empezar por reconocer que toda esa manipulación de la lista de electores, todo ese tira-y-encoge con una cifra tan fácil de calcular y verificar, tiene que ver con uno de los más viejos adagios de la magia: una buena parte del éxito de un truco depende de cambiar el foco de atención de los espectadores.

Mientras muchos se rascaban la cabeza intentando averiguar qué sentido tenían todos esos cambios de la lista de electores, el castrismo estaba sacándose de la manga su verdadera trampa: esa de reportar una cifra de asistencia al voto que ni la misma madre de Raúl Castro se habría creído.

Esos 7 millones, 848 mil, 343 votantes no se los cree nadie.

Esa cifra, dividida por los 25 mil colegios electorales reportados, da una razón de 354 electores por colegio. Ese número, divididos por las 11 horas de votación, da la cifra de 32 electores por hora, o sea, un voto cada menos de dos minutos. Ni la policía política del castrismo, que es el grupo más productivo y eficiente del país, es capaz de moverse a esa velocidad.

Si a eso sumamos que en las ciudades más populosas el número de electores por colegios es aún más alto, estamos aceptando que en esas ciudades tiene que haber habido colas para votar. Las mismas colas que yo vi, por ejemplo, en 1976, cuando con 13 años de edad viví aquel referendo.

Bueno, el día de este último referendo La Habana amaneció y se fue a dormir vacía. Las calles estaban desiertas, los colegios estaban vacíos y las imágenes de los municipios más populosos de la capital, esos que el castrismo siempre ha usado para colectar las fotos de la llamada participación popular, mostraban unas elecciones en las que muy pocos participaron. Hay otras pruebas, pero que solo serán usadas a su debido momento.

Ese es el dato preocupante que el castrismo está intentando esconderles a sus esbirros dentro de Cuba, y a sus secuaces en el mundo. Por primera vez en sesenta años los cubanos expresaron su desacuerdo de una forma evidente y mayoritaria. Por primera vez los castristas recibieron la información clara del desprecio que ese pueblo siente por ellos.

Un estimado altamente favorable al régimen sería aceptar que la asistencia a la votación fue de un 50%. Eso significaría un 50% de rechazo público que, sumado a un 25% (estimado también favorable al régimen) de rechazo escondido, daría la preocupante cifra de un 75% de cubanas y cubanos que están en desacuerdo con el despotismo castrista. Ya saben que están rodeados.

Ese dato, que ya de por sí es extremadamente preocupante para el castrismo; se convierte en una pesadilla cuando se pone en el contexto del futuro que viene. Quiero decir, si esto es ahora, imaginemos qué sucederá cuando Maduro caiga, cuando empiece un nuevo período especial, cuando los apagones se conviertan en “alumbrones”, cuando emigrar ya no sea una opción, cuando Donald Trump se reelija, cuando Raúl Castro muera y empiece la verdadera pugna por el poder entre los castristas.

Cuando todo eso suceda, el castrismo se verá reducido a un grupo muy pequeño de sociópatas y psicópatas aferrados a un poder que ya desde el domingo pasado ellos saben que no les pertenece. Cuando todo eso suceda, los opositores cubanos podrán descubrir que todo empezó hace una semana. Ese día en el que, en contra de los vaticinios de muchos, y gracias al llamado de pocos, millones de cubanos gritaron libertad con su silencio.

Para todos y cada uno de esos cubanos: gracias, muchas gracias.

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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4 respuestas a La verdad de las mentiras

  1. Joshua Ramir dijo:

    Cesar, muy bueno tu articulo como siempre pero dime hermano, crees que esos resultados tuvieron alguna repercusion dentro de las filas castristas, es decir, sirvieron para algo mas que para comprobar otra vez que hay una mayoria de cubanos que los rechaza? al final se salieron con la suya y tanto la votacion como la proclamacion pasaron rapido al olvido. Tampoco veo que haya conciencia en el pueblo del paso que dieron… un abrazo

    • Sí, sí tienen una repercusión. Es una repercusión que no es evidente o inmediata, pero que está ahí. Sus secuelas ya se verán. No olvides que una buena parte de la capacidad represiva del castrismo descansa en la mitología del apoyo popular. Sesenta años de propaganda incesante han convencido a los represores de que son mayoría y a los reprimidos de que son minoría. La realidad, ya lo sabemos, es exactamente lo contrario, pero la propaganda ha sido muy fuerte. Ahora, por primera vez, los represores quedaron en evidencia. Solo queda esperar a que los líderes de la oposición se decidan a usar esa ventaja que ya es evidente.

  2. Asteris dijo:

    En Cuba existen millones de cubanos fifelistas.

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