Lo que sucedió a un reino de burlados que creyeron en el paño

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Patronio le contó otra historia al Conde Lucanor. No sé por qué, imagino que sus motivos tendría; pero les puedo asegurar que esa historia no fue así. Yo estuve allí y el negro palafrenero se quedó callado. Es verdad que el rey se tiró encima el famoso paño y quiso cabalgar por las tierras de su reino; pero el negro palafrenero, como era su costumbre, agarró la brida y miró hacia abajo. Eso fue todo, después el escudero ayudó al monarca a montar y su alteza salió a galopar tan desnuda como había venido al mundo.

Si quieren ponerle algo de imaginación pueden decir que el negro palafrenero vio que el rey iba desnudo, pero se encogió de hombros y pensó que eso era cosa de blancos, o de moros, porque dice Patronio que el rey era moro; aunque eso tampoco es verdad, el rey era más blanco que la leche de Asturias, y tenía pecas hasta en el fondillo.

Salió a cabalgar el rey y así surgió el primer territorio libre de bastardos; porque gracias a la grandeza de su decisión, y a la efectividad del paño mágico, fue posible que por primera vez en su historia los habitantes del reino pudieran separar a los puros de los impuros, a los malos de los buenos, a los santos de los hijos de putas y a los fieles de los infieles.

Los pocos que se atrevieron a decir que el rey iba desnudo fueron expulsados del reino sin contemplaciones, y los dos o tres que insinuaron que quizás la tela había sido tejida con demasiada transparencia fueron asesinados sin piedad. En poco tiempo el miedo dio paso a la euforia y esta fue canalizada, con mucha paciencia y sabiduría, hacia eso que hoy conocemos como la épica del paño.

Una historia que ha logrado convertir el trenzado de una prenda invisible en una epopeya digna de los más sentidos cantares. Una gesta en la que cada hebra fue una victoria heroica, cada tramo fue el aviso de un destino de grandezas y cada nudo la prueba fehaciente de que ese rey había sido un genio en todas las artes conocidas y por conocer. De esa forma, un acto tan simple como el de tejer fue convertido en algo muy cercano a una mitología.

Y así empezó la apoteosis del paño. Los poetas escribieron sus poemas, los juglares “juglaron” sus tonadas, los fotógrafos crearon imágenes vacías de la prenda sagrada y los cineastas aprendieron filmarla mientras ondulaba cual viento. Los niños, por su lado, aprendieron a cantar aquello de “somos felices aquí” y después, cuando crecieron, fueron llevados a unos actos solemnes y públicos para colgarles de sus cuellitos unas pañoletas mágicas e invisibles. Fueron unas ceremonias tan lindas que anidaron profundamente en sus memorias. Hoy es difícil encontrar uno, aunque sea uno de esos niños, que no recuerde el roce de aquella pañoleta tan suave sobre la tierna piel de su cuello.

El rapto mitológico alcanzó niveles tales que las noticias empezaron a desbordar las fronteras y los monarcas de los reinos vecinos, lejos de reírse de un colega tan tonto, decidieron denunciar la crueldad de este para con los pobres bastardos. El rey se insultó, amenazó con guerras y prometió exportar sus mejores paños mágicos para acabar, de una vez y por todas, con los reinos de la mentira y la infidelidad. Además de eso, juró y perjuró que el suyo sería, gracias a la inobjetable pureza de sus habitantes, el reino más rico y hermoso del mundo.

Lo interesante del caso es que en los reinos vecinos también existían súbditos –hay gente para todo– que odiaban visceralmente a los bastardos. Esos súbditos, que por una razón no muy bien explicada llegaron a pulular en los periódicos y universidades de los reinos vecinos, pueden ser identificados como los verdaderos creadores de la Pañología. Porque fueron ellos quienes se encargaron de escribir infinitos tratados sobre la sociología del paño, la semiótica del paño, la lingüística del género, la economía pañal, las guerras pañales y otras ñáñaras similares.

Como cabría esperar, el reino del paño invisible se empobreció hasta convertirse en un marabuzal intransitable. Muchos de sus súbditos escaparon hacia los reinos vecinos y fueron inmediatamente identificados, por los pañólogos, como desertores. Los periódicos y las universidades les abrieron sus puertas, pero siempre con una condición que fue tan implacable como innombrable: el paño existió, existe y existirá.

Una condición que fue fácilmente aceptada por esos desertores. A fin de cuentas, la gran mayoría de ellos eran aquellos niños que habían jurado sentir el roce de la pañoleta mágica, e invisible, sobre sus tiernas pieles. Además, aceptar la existencia del paño era un precio menor cuando se le comparaba con la posibilidad de poder seguir hablando mal del rey; o de apañárselas para construir, paño a paño, unas honorables y muy bien remuneradas carreras periodísticas o académicas.

Así andaban las cosas, después de casi sesenta años de mitos y paños tibios, cuando a un tipo se le ocurrió escribir un libro reclamando que la tal prenda nunca existió, que el rey siempre estuvo desnudo, y que toda esa historia no había sido más que un engaño.

No los voy a aburrir con los argumentos de ese tipo. Solo les diré que fueron desde un raro cáncer de piel que el rey desarrolló en una nalga (que debió haber estado protegida del sol por el paño), hasta un análisis de la gestualidad del rey cuando caminaba o cabalgaba (que era idéntica a las de muchos seres humanos cuando van en pelotas). Todo eso aderezado con datos incontrovertibles sobre la existencia de otras estafas similares y, para más sorpresas, de una organización Internacional de sastres que se dedicó, y todavía se dedica, a tejer semejantes marañas.

Tampoco los voy a aburrir con las reacciones de los defensores y detractores del rey. Solo les diré que los aduladores de su majestad empuñaron sus pañuelos e insistieron en jurar que la prenda sagrada ya había transmutado en bandera y que negar su existencia se convertía, por tanto, en un insulto a las respetables creencias personales de aquellos que añoraban un mundo sin bastardos.

Con los desertores la cosa fue aún más plañidera, porque ya eran casi sesenta años de intereses creados, de abnegada lucha contra la grandeza del paño y de añejos apañamientos con los pañólogos. Demasiado tiempo para aceptar que todo había sido una farsa, o que se habían pasado la vida entera en la comepañería. Quizás fue por eso que muchos de ellos adoptaron actitudes desdeñosas mientras se acariciaban sus arrugados cuellos.

El pueblo, que ya para esa época era una multitud de pañosos, se tomó el asunto con su humor habitual. Algunos llegaron a preguntar, socarrones, si ¿cuándo de sedas y muselinas se trataba, era correcto decir es paño o es paña? Otros fueron más explícitos y se atrevieron a jurar que el origen de sus taparrabos se debía la antigua maldición de la letra eñe.

El escritor, mientras tanto, rio a diestra, centro y siniestra, porque como bien le podría haber dicho Patronio al Conde Lucanor:

  • Risible empeño es el de empañar las ñoñerías de quienes se las apañan para vivir de un paño.

 

 

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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4 respuestas a Lo que sucedió a un reino de burlados que creyeron en el paño

  1. pepin2013 dijo:

    Cesar: Genial, como siempre. Estoy seguro que, con el tiempo, tus escritos impulsaran a los que permanecen ciegos, a soplarse la nariz y limpiarse el trasero con el paño. Abrazo,pepin

  2. Lazaro Jordan dijo:

    Muy bueno este cuento del paño. Muy bueno. Lazaro Jordan

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