Oscuros varones de Cuba

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Se llama Lizandro Arbolay –con zeta de decisión materna– y habíamos quedado, tiempo ha, en un intercambio de libros. Al fin nos vimos en la presentación de “El compañero que me atiende”. Él me dio su opera prima, titulada Oscuros varones de Cuba y yo le firmé uno de los míos. Mientras lo hacía no pude evitar, por más risas que intenté, esa preocupación que siempre me persigue en esos casos.

Llevo mucho tiempo preocupado por el hecho de que casi nunca me gusta un libro que leo. Llevo años preguntándome cuanto de miedo a la competencia, de validación del ego, de esnobismo o de pura imbecilidad tiene ese hecho.

Durante todo ese tiempo también descubrí que no puedo mentir con respecto a un libro; que en literatura no existe la crítica constructiva; que el silencio es la crítica más gentil, pero es considerado mera mezquindad; y que entre los escritores la amistad es una tregua malparida que malvive entre dos libros.

Es lógico que así sea, porque cuando un escritor escucha, por ejemplo, una crítica de sus hijos siempre puede echar mano a los cromosomas maternos, a la recombinación genética, al bodeguero de la esquina, a los amiguitos, a la escuela o al hecho, inobjetable, de que sus hijos son proyectos que todavía no están terminados. Con los libros ningunas de esas escapatorias existen.

Esas ideas, y muchas más que no vienen al caso, ronroneaban en la trastienda de mi cabeza cuando entré en el vagón del Metro y empecé a leer Oscuros varones de Cuba. Leí unos cuantos párrafos y cerré el libro con un gesto que, tengo que reconocer, fue demasiado brusco para un objeto tan hermoso.

Fue un gesto de alivio que salió convoyado –como las croquetas– con malas palabras. Fue un “al fin” con alusiones a la entrepierna y con la decisión de empezar a leer el libro, incluida la relectura de los primeros párrafos, como en realidad se merecía. En la cama, con las almohadas garantizando el ángulo adecuado, con la lámpara de noche dando una luz perfecta y con las páginas volando ante mis ojos. Bueno, salvo unas pausas, muy cortas, para cerrar el libro y confirmar que en la carátula está escrito el nombre de un autor de carne y hueso.

Hay gente así. Hay gente que es capaz de contarnos una historia que ya conocemos para hacérnosla vivir como si fuera nueva, y más interesante, y llena de unos detalles que nunca vimos y que son narrados de una forma que nos pone de cuerpo presente en medio de una realidad que está hecha de palabras, solo de palabras. Son narradores extraordinarios, son muy pocos, son elegidos, y Lizandro Arbolay, el autor de Oscuros varones de Cuba, es uno de ellos.

No dejen de leerlo, no se van a arrepentir.

 

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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