Los irreductibles

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El paciente entró en el salón de conferencias, subió al estrado y se sentó al lado del profesor. La idea de la clase-práctica era demostrarnos cuan irreductibles por la lógica pueden ser algunas personas con trastornos mentales. Después de las presentaciones necesarias el profesor le preguntó por qué estaba ingresado. La respuesta fue rápida y concisa:

— Porque estoy muerto.

A partir de ahí se inició una conversación sobre las razones que el paciente podía tener para pensar que estaba muerto. No hubo, claro está, razón alguna. Todo fue pura y absoluta certeza de estar muerto. En algún momento, y de una forma muy casual, el profesor dejó caer otra pregunta: ¿Y los muertos sangran? La respuesta fue también rápida:

— No, los muertos no sangran, ¿quién ha visto a un muerto sangrando?, usted pregunta cada cosas, Doctor.

Siguieron conversado y al rato el profesor comentó que en el pasillo estaba esperando una enfermera que, al parecer, tenía interés en hacerle unos análisis de rutina. ¿La dejamos entrar? El paciente accedió, la enfermera entró, le puso una ligadura en el brazo, le canalizó la vena y empezó a sacarle sangre.

Pasaron unos segundos antes de que el profesor preguntara qué era eso que empezaba a acumularse en la jeringuilla. La respuesta fue: qué va a ser, sangre. Entonces llegó la estocada final: pero tú me dijiste que los muertos no sangran. El paciente tardó en responder, miró con mucha atención su antebrazo antes de levantar la vista y decir:

— Mire usted, un muerto que sangra.

En cuanto el paciente salió de la sala de conferencias el profesor nos explicó que ese era un caso típico de irreductibilidad por la lógica. Una marcada limitación para reconocer las consecuencias lógicas no ya de las ideas de otros, sino de las propias.

Traigo esto a colación porque el 17 de diciembre del año 2014 al entonces presidente de los EE UU se le ocurrió la genial idea de ponerle una transfusión de sangre al castrismo. En su superficie la propuesta fue llevar las relaciones diplomáticas entre Cuba y su país a un plano de normalidad. En su esencia, sin embargo, el objetivo no fue otro que el de presentar a un viejo régimen despótico, el de la familia Castro, como si fuera un gobierno más de este mundo mientras se le transfundía, por razones supuestamente humanitarias, una enorme cantidad de recursos políticos y financieros.

Para muchos cubanos el anuncio de Barack Obama fue una sorpresa muy desagradable, no solo porque tenía visos de una venganza partidista contra los políticos cubano-americanos, sino también porque partía de un desconocimiento absoluto, o de una negación cínica y negligente, de la verdadera naturaleza del régimen castrista.

Al otro día del famoso anuncio escribí un texto en el que dejé bien claro, como muchos otros en aquel momento, que las medidas del entonces presidente americano no iban a llegar a ninguna parte. La principal razón que esgrimí fue precisamente esa que Barack Obama decidió ignorar con disciplina partidista: la naturaleza despótica, estalinista, visceralmente antiestadounidense y violenta del régimen castrista.

De más está decir que mis razones y nada eran lo mismo, porque las opiniones, ya sabemos, se las lleva el viento. Pero por suerte las predicciones quedan y hoy, casi tres años después de aquella barrabasada, empieza a quedar claro que la inmensa mayoría de los pronósticos hechos, por los que nos opusimos a ella, se han ido cumpliendo con una precisión asombrosa.

Uno de los pronósticos que hice en mi texto del 18 de diciembre del 2014 fue que “las medidas anunciadas por el actual inquilino de la Casa Blanca, vistas en su cruda realidad, no pasan de ser un tímido intento de penetración que el castrismo, como es su costumbre, anulará sin muchos esfuerzos”. Una predicción que, a la luz de los recientes ataques acústicos contra diplomáticos americanos y canadienses, parece haber sido tristemente exacta.

Eso es lo que va quedando de la genial idea de Barack Obama: más opositores presos, un aumento del hostigamiento a los llamados “emprendedores” y varias docenas de diplomáticos y turistas –de al menos dos países– con sus encéfalos fundidos por los famosos ataques acústicos. Unas agresiones que el castrismo niega con un cinismo rayano en la psicopatía. Unas chapucerías que ahora los esbirros del régimen corren a refutar con un descaro patológico.

En su celo absolutorio esos esbirros han llegado incluso a decir, hace unos días, que se trata de una autoagresión muy parecida a la versión castrista del hundimiento del buque Maine. En realidad, son tan predecibles que dan vergüenza ajena. Para demostrarlo está este mensaje que escribí en Twitter muchas semanas antes de que al castrismo se le ocurriera semejante tontería:

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Si lo muestro no es solo para exponer la vergonzosa predictibilidad del castrismo, sino también para introducir una pregunta que me parece interesante: ¿Cómo es posible que muchos cubanos, que como analistas políticos no pasamos de ser unos simples don nadie, seamos capaces de hacer predicciones que escapan a los geniales cerebros de las administraciones estadounidenses?

La respuesta es muy simple: no nos engañamos con respecto a la verdadera naturaleza del régimen. Estoy hablando de una esencia que conocemos muy bien porque la vivimos, porque fuimos educados por ese régimen, porque le dimos todos los beneficios de la duda y al final terminamos descubriendo, muchas veces no sin dolor, que se trata de una banda de asesinos, ladrones y abusadores que se venden precisamente como lo contrario.

Durante décadas los defensores del castrismo en los EE UU, entre ellos el expresidente Obama, han reclamado que una buena parte de ese despotismo del régimen cubano siempre ha sido una reacción natural a las acciones del gobierno estadounidense. Para demostrar esa idea, y siguiendo su propia lógica, decidieron hacer la paces a como diera lugar. Y fue así como se vistieron con el disfraz del mínimo y dulce Francisco de Asís y fueron a pedirle al lobo que dejara en paz a las ovejas.

El resultado ya lo conocemos. Las consecuencias, para los que estamos al tanto de la verdadera naturaleza del régimen castrista, no son una sorpresa. Como tampoco lo es la incapacidad de los defensores del castrismo en los EE UU para reconocer las consecuencias lógicas de sus propias ideas. Esos santurrones se niegan a aceptar que el lobo es lobo, y las únicas respuestas que han podido dar al desastre que provocaron son el silencio culpable y las defensas solapadas. Es triste reconocerlo, pero es así: para ellos el castrismo siempre será un muerto que sangra.

Lo preocupante es que no están ingresados.

 

 

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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2 respuestas a Los irreductibles

  1. Rafael Perez dijo:

    Coincido contigo totalmente. Predije lo mismo y se cumplió. Hubiera preferido equivoarme porque el acutal escenario solo promete continuar el declive de la sociedad cubana o una explosión violenta incontrolada con quien sabe qué consecuencias.

  2. Sí, Rafael, tienes razón, el escenario actual es preocupante. Saludos.

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