Cubanía y sexualidades impuestas (final)

Sublimación del falo

La explicación que siempre se le ha dado a la homofobia castrista es la no coincidencia de los homosexuales con el arquetipo del revolucionario viril. Una imagen machista y violenta que contrasta de forma evidente con la femenina dulzura de la mayoría de los gais.

Esa imagen del macho revolucionario está construida a partir de un modelo de referencia que no es otro que el hombrón barbado, mal aseado, mujeriego, agresivo y fumador que fue Fidel Castro. Un metro-patrón que de ser falso bien podría explicar por qué la mayoría de los machos castristas son más alfalfa que alfa.

Los conocimientos que hoy existen sobre la sexualidad humana —y la influencia que sobre esta ejercen factores biológicos durante el embarazo— permiten hacer un análisis desprejuiciado de la figura de Fidel Castro y averiguar, o al menos indagar, cuanto de su publicitada masculinidad tuvo de predisposición biológica o de imposición social.

Como ya se dijo antes, está demostrado que la exposición durante el embarazo a los andrógenos —que son las hormonas sexuales masculinas— influye sobre la orientación sexual de los niños. Esa exposición ocurre durante el llamado pico androgénico, que es el aumento de la concentración de Testosterona entre las 8 y las 24 semanas de gestación. Los niños que son expuestos a concentraciones normales de andrógenos durante ese período de tiempo son más propensos, desde el punto de vista estadístico, a tener una orientación sexual masculina. Al mismo tiempo, esos niños muestran características morfológicas y fisiológicas más cercanas al estándar masculino que al femenino.

Se sabe, por ejemplo, que los hombres con mandíbulas, labios y narices que protruyen, o que se separan claramente de la línea facial, estuvieron más expuestos a la Testosterona durante el embarazo y tienen una mayor propensión a la masculinidad. De la misma manera, esos hombres presentan proporciones entre el ancho y la longitud de sus caras que coinciden con las que habitualmente presenta el sexo masculino, o sea, caras menos ovaladas y más rectangulares.

Todo el mundo sabe que Fidel Castro fue un hombre —como me dijo una vez el poeta Jorge Valls— de mentón fugado, o de barbilla recesiva. La barba que durante décadas caracterizó al personaje tuvo más de necesidad ornamental que de símbolo guerrillero. Sin ella la cara del Narciso habría perdido una buena parte de su deseado encanto. Es por eso que cuando se comparan las fotos de frente y perfil de Ernesto Che Guevara y Fidel Castro es fácil constatar que el argentino tuvo una cara mucho más masculina —menos ovalada y con una nariz, una mandíbula y unos labios mucho más prominentes— que la del cubano.

Si nos guiamos por esos criterios podemos aventurar que es muy probable que Fidel Castro haya estado expuesto a bajos niveles de andrógenos durante su vida intrauterina. Algo que refuerza esa hipótesis es la voz aflautada del personaje (que fue un dolor de cabeza para los ingenieros de sonido al inicio de la revolución), la finura de su piel, la escasa proporción entre el ancho de sus hombros y el de su cintura, la distribución de su grasa corporal, el cuerpo fofo que siempre lo caracterizó y unas manos que todavía al final de su vida recordaban a las de una vieja baronesa adicta a las manicuras.

Además, y “para completar la imagen de los factores biológicos que afectan la orientación sexual, debe notarse que el factor más confiable que se asocia con la homosexualidad masculina es la presencia en la familia de un hermano mayor nacido de la misma madre. La incidencia de homosexualidad se incrementa en un 33% con cada hermano mayor… [un efecto] que no parece ser explicado por las diferencias en educación o por las características familiares y que podría ser el resultado de la acumulación, durante los sucesivos embarazos, de anticuerpos en la madre contra proteínas expresadas específicamente por el cerebro masculino”.

Como bien se sabe, Fidel Castro tuvo un hermano mayor (Ramón) con una cara muy parecida a la suya, pero mucho más masculina, y un hermano menor (Raúl) que no se le parece en nada y que todo el mundo en Cuba sabe que siempre ha tenido una marcada inclinación a la bisexualidad (sobre todo cuando se da dos tragos). ¿Quiere decir todo eso que Fidel Castro tuvo tendencia a la homosexualidad? La respuesta es un rotundo no. Asegurarlo sería negar ese segundo pico androgénico que ocurre durante la pubertad, o minimizar la enorme influencia que una sociedad tan homófoba como la cubana puede ejercer sobre la orientación sexual de sus niños. Al mismo tiempo, sería ver la sexualidad humana en términos de la irreal separación entre homos y heteros y no como el gradiente de orientaciones que muestra la Escala de Kinsey.

Lo que sí se puede asegurar son dos cosas. Una es que existen elementos que permiten sospechar que la ubicación natural de la sexualidad de Fidel Castro, dentro de la Escala de Kinsey, pudo haber estado alejada del esperado patrón del heterosexual puro. Una lejanía que tiene que haber entrado en franca contradicción con las expectativas de una sociedad tan homófoba como la cubana. La otra es que la ubicación natural de Fidel Castro, dentro de la Escala de Kinsey, pudo haber sido reprimida de una forma tan brutal como indemostrable, ya fuera por un padre autoritario y despectivo o por una sociedad que siempre ha considerado a los homosexuales como seres esencialmente malos.

De haber sido así, se explicarían muchas cosas. Fidel Castro siempre tuvo una relación muy extraña con el sexo opuesto. El inicio de su vida sexual fue una violación que sufrió a los siete años de edad por una criada que trabajaba en la casa de su padre. No existe ningún sexólogo en este mundo que pueda clasificar como normal un encuentro sexual, de cualquier naturaleza, entre un niño de siete años y una persona de mayor edad. Los efectos psicológicos negativos de ese acto son tan profundos y duraderos que penalizarlos se considera como una prueba de civilización. A pesar de eso, Fidel Castro siempre se refirió a ese episodio de su vida como un acto consensual en el que él, con su prematura grandeza, sedujo a la pobre criadita. Freud habría hecho su agosto analizando semejante capacidad para el autoengaño.

Ya después de crecido, Fidel Castro tuvo una relación con las mujeres que fue mucho más cercana al usa y bota que a cualquier otra cosa. No existe una sola mujer con la que hubiera estado —y estuvo con muchas— que lo reconociera como un buen amante. Un dato muy importante si se recuerda que para los machos cubanos el ser reconocidos como malos amantes es lo peor que les puede pasar después de la homosexualidad.

Fidel Castro hizo caso omiso a eso. Lo suyo siempre fue morder y huir. Dalia, la más larga de sus relaciones, nunca pasó de ser una imagen empoderada y bien vestida de aquella criadita violadora. La única relación medianamente emocional que se le conoce a Fidel Castro fue con una mujer tan varonil como Celia Sánchez. Una dama también muy reconocida por su tendencia a la bisexualidad. A ninguna de las madres de sus hijos invistió el comandante con esa aura de primera dama que Celia siempre tuvo.

En realidad, si agarramos la cuquita de Fidel Castro y le quitamos la gorra, el tabaco, la barba, el uniforme, las botas y el fusil, nos quedamos con una figurilla de masculinidad inorgánica. Una imagen de hombría que destiñe cuando se contrasta con la de un Julio Antonio Mella, un Camilo Cienfuegos o un Arnaldo Ochoa. Lo único que algunos podrían invocar como prueba de la masculinidad de Fidel Castro es esa patológica agresividad que siempre le caracterizó. El problema con esa cualidad es que, como ya se dijo anteriormente, también se asocia con las represiones sexuales.

Una asociación que en el caso cubano puede alcanzar niveles de conflagración tan altos como los presentados por el personaje. Porque no es lo mismo, por ejemplo, reprimir sexualmente a un gringo, que ya de por sí viene de una sociedad profundamente reprimida, a hacerlo con alguien que, como un cubano, viene de una sociedad tan hedónica. Para los cubanos las represiones sexuales, de la índole que sean, tienen que ser infinitamente más insultantes y dolorosas que las que podría sentir un diabético cuando lo ponen a trabajar en una pastelería. No es casual entonces que, con tanta homofobia, o con tantas personas obligadas a escoger entre dos extremos tan absurdos como el homo y el hetero, Cuba sea un país tan violento.

Una de las características más interesantes de esa violencia cubana, al menos para mí, es la enorme cantidad de referencias anecdóticas que la vinculan de forma directa no ya a las represiones sexuales en general, sino a la represión de la homosexualidad en particular. Por razones de espacio solo mencionaré unas pocas.

Reinaldo Arenas, el homosexual cubano por antonomasia, nunca se cansó de denunciar la existencia en Cuba de machos-hombres y machos-hembras. Para Arenas, una buena parte de los represores más violentos de los homosexuales cubanos eran hombres-hembras, o sea, tipos que llevaban en su alma la bayamesa pero se negaban a reconocerlo. Un conflicto que en el caso de Cuba —y sospecho que de Latinoamérica— también se extiende hacia la violencia de género.

En sexto año de la carrera, cuando roté por la especialidad de Medicina Legal, escuché una estadística muy interesante. En algún momento el profesor dijo que un alto porcentaje de los presidarios que ocupaban posiciones de poder dentro de las cárceles cubanas (y que en Cuba se conocen como “mandantes”) daban positivo a la presencia de semen en el recto durante la necropsia. Un dato que me dejó pensando un rato. Es verdad que en aquel momento no se me ocurrió preguntar cuál era el tamaño de la muestra, cuáles habían sido las causas de las muertes, o que criterios habían sido utilizados para definir a un “mandante”, pero igual me dejó pensando.

Me recordó un día lejano de mi niñez, una mañana en la que tuve que hacer, como casi siempre, una larga cola en la bodega de la esquina. El bodeguero iba muy lento y muchos nos sentamos en los escalones que daban acceso al largo mostrador.

Como era habitual en esas colas, enseguida se formó una discusión y uno de los “mandantes” del barrio, que en Cuba se conocen como guapos o guapetones, empezó a pitar regado, que es la acción de formar un gran aspaviento mientras se grita a los cuatro vientos la bravura, el rugir de la entrepierna, la disposición de enfrentar a cualquiera y los llamados para que alguien saliera al ruedo. Lo único que le faltó fue el dedito estirado.

A mi lado estaba sentada una viejita muy negra y arrugada, que se levantó de su escalón y mientras se alisaba su vestido le dijo al tipo:

  • Ay, mijo, tú me vas a disculpar, y con todo el respeto del mundo, pero yo creo que a ti lo que te hace falta es un marido.

 

Cubanía y sexualidades impuestas (I)

Cubanía y sexualidades impuestas (II)

Cubanía y sexualidades impuestas (III)

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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5 respuestas a Cubanía y sexualidades impuestas (final)

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  4. ernesto dijo:

    Muy buenos e interesantes estos artículos, dan para un libro. En la misma cuerda de un libro que leí hace poco tiempo: La selva interna creo que de Silva Lee, el científico cubano, que va desmenuzando la masculinidad de los machos de la manada.Y sin muchas curvas alude al personaje directamente. Ni sé como se les escapó.

  5. Gracias por la recomendación del libro de Silva Lee, voy a ver cómo hago para leerlo.

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