Cubanía y sexualidades impuestas (III)

Naturaleza forzada

A partir de la relación entre las carencias somatosensoriales, las represiones sexuales y la violencia cabría preguntarse: ¿Es el hedonismo una vacuna contra las actitudes violentas? O, para ser más específicos ¿debería tener Cuba, una nación hedónica donde las hay, menos violencia que los EE UU?

Un vistazo al mapa de la violencia interpersonal en el mundo revela que Cuba y los EE UU tienen tasas muy parecidas. Una estadística que resulta asombrosa por varias razones. La primera es que la tasa cubana debería ser mucho menor si tomamos en cuenta que se trata de una sociedad que nunca ha sufrido de grandes carencias somatosensoriales. Los cubanos, ya sea por el clima o por la herencia africana, nunca han hecho del contacto corporal un tabú. La inmensa mayoría de los niños cubanos crecen literalmente abrazados, y cuando llegan a la vida adulta casi nunca ven el sexo como algo sucio e innombrable.

A pesar de eso cualquier persona que haya vivido en Cuba sabe que la violencia cotidiana en ese país es mucho más alta que en los EE UU. Para empezar, el habla, la gestualidad y la retórica habitual de los cubanos están tan cargadas de violencia que no solo resultan insoportables para muchos extranjeros, sino también para muchos cubanos que regresan a Cuba después de haber vivido en el exterior. Nada de eso, por desgracia, sale en las estadísticas.

Se sabe que desde sus inicios el castrismo convirtió los números en instrumentos de una propaganda que siempre ha sido debidamente maquillada. Un truco al que hay que sumarle el hecho de que una buena parte de violencia de la sociedad cubana está controlada o contenida por unos cuerpos represivos que son aún más brutales y violentos. De esa forma, comparar la violencia entre los EE UU y Cuba es como comparar el patio de una escuela de barrio con el de una academia militar especializada en la reeducación.

La violencia en Cuba es tan cotidiana y aceptada que muchos actos violentos —que en cualquier otro país civilizado habrían sido registrados como tales— pasan inadvertidos y nunca entran a formar parte de las estadísticas. Sin ir muy lejos, los asesinatos de opositores como Oswaldo Payá, Harold Cepero y Laura Pollán no salen en ninguna estadística, como tampoco lo hacen la enorme cantidad de Damas de Blanco que son golpeada y maltratadas cada semana.

Con independencia de cuál sea la cifra real, lo cierto es que Cuba es un país mucho más violento de lo que cabría esperarse a partir de su hedonismo. ¿Cuáles pueden ser las razones de esa violencia? Es evidente que, como con todos los problemas sociales, son muchas y muy variadas. Hay una, sin embargo, que coincide con la idea de las represiones sexuales como fuente de agresividad: Cuba es un país profundamente homófobo.

Si echamos otro vistazo al mapa de la violencia interpersonal en el mundo podemos ver que las regiones más violentas son también famosas por su marcada homofobia. Cuba no es una excepción. Estamos hablando de un país en el que, a diferencia de los EE UU, la palabra malsonante que habitualmente se usa para designar a la homosexualidad masculina no solo es utilizada como un insulto cotidiano, sino también como un sinónimo de maldad.

En Cuba, como con los zurdos convertidos en siniestros, la palabra maricón es sinónimo de una malevolencia sin límites. Cuando a un cubano le hacen algo muy malo la frase que habitualmente le viene a la cabeza es “me han hecho una mariconada”. Un término que ha sido incluso extendido en sus acepciones para indicar, o dejar bien claro, que la dicotomía marica-malvado se refiere específicamente al llamado homosexual pasivo, o sea, al que es penetrado, un verbo que en el habla cotidiana de Cuba se identifica con la palabra singar. Un cubano hijo de puta es un singado o, en el apuro de las contracciones, un singa’o; y si su maldad va tan escondida como el origen sexual que se le achaca es entonces un singadito.

De más está decir que semejante asociación carece de la más mínima validación práctica. Los homosexuales cubanos son, como todas las personas de este mundo, tan buenos o malos como cualquier otro ser humano. Pero cuesta mucho trabajo que los cubanos así lo entiendan. El propio Fidel Castro nunca pudo escapar a esa asociación y a cada rato se la soltaba a algún que otro jefe de estado. Dicen que se la soltó a Ceaușescu en Rumanía, a través de un traductor, y que se la envío como un recado a Felipe González, allá en España.

Hace unos años llegó incluso a gritarla a todo pulmón en la radio de Miami cuando dos humoristas cubanos que viven en esa ciudad se hicieron pasar por Hugo Chávez durante una llamada telefónica. Llamaron los humoristas y después de varias transferencias y explicaciones uno de ellos logró hablar directamente con Fidel Castro, oportunidad que aprovechó para decirle que era un asesino y que todo el mundo lo estaba escuchando en la radio. La reacción en vivo y en directo del déspota lustrado no fue otra que llamarlo “mariconsón”, palabra que el argot cubano se traduce como el superlativo de la homosexualidad masculina y de esa maldad que siempre se le asocia.

Fidel Castro no pudo evitar esa asociación, y eso a pesar de haber tenido entre sus benefactores y hombres de confianza a muchos homosexuales cubanos. Basta recordar a Alfredo Guevara, al comandante Julio Martínez Páez, a Melba Hernández, a Jesús Montané Oropesa, o a una lista bien larga, para saber que la llamada revolución cubana siempre les debió a los homosexuales mucho más de lo que nunca estuvo dispuesta a reconocer. Un reconocimiento que no solo brilló por su ausencia, sino que terminó convirtiéndose en una represión brutal que fue liderada, para más maldad, que por el propio Fidel Castro.

El castrismo tiene una larga, cruel y paradójica historia de persecución a los homosexuales. Ya desde el mismo triunfo de la revolución fueron vistos como lacras, los cazaron en las calles como si fueran animales, los molieron a golpes, los expulsaron de las escuelas, les negaron el acceso a los estudios universitarios y muchos terminaron encarcelados en verdaderos campos de concentración.

Fue una represión brutal que además se revelaba en toda su irracionalidad cuando muchos de los represores terminaban pidiéndole favores sexuales a muchos de sus reprimidos. Fue tan fuerte y absurda que obliga a reconocer que solo una utilidad podría tener la aceptación del estúpido vínculo entre homosexualidad y maldad: decir que el castrismo fue un régimen mariconamente homófobo.

Cubanía y sexualidades impuestas (I)

Cubanía y sexualidades impuestas (II)

Cubanía y sexualidades impuestas (final)

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Cuba. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Cubanía y sexualidades impuestas (III)

  1. Pingback: Cubanía y sexualidades impuestas (II) | aguilera

  2. Pingback: Cubanía y sexualidades impuestas (I) | aguilera

  3. Pingback: Cubanía y sexualidades impuestas (III) | menendag10

  4. Pingback: Cubanía y sexualidades impuestas (final) | aguilera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s