Cubanía y sexualidades impuestas (II)

Tender touch

Otra gran utilidad que tendrá el programa desarrollado por la Universidad de Stanford será la de ayudar a destruir, si es que eso es posible, el criterio oscurantista de que la orientación sexual tiene su origen en las influencias sociales y es, por tanto, modificable. Ya hoy está comprobado que “la orientación sexual, y la homosexualidad en particular, son influenciadas antes del nacimiento por un conjunto de mecanismos biológicos”.

Esas influencias incluyen las acciones de determinados genes y hormonas durante el embarazo. En el caso de los efectos hormonales se sabe que son debidos a secreciones glandulares, como la cortisona y los andrógenos, cuyas capacidades para afectar las sexualidades de humanos y animales durante la gestación ya están muy bien documentadas. En el caso de los genes todavía no se conocen bien sus mecanismos de acción, pero sí se sabe que están profundamente implicados y que es muy probable que muchos de sus efectos sean a través de la modulación del sistema endocrino. También se han invocado, como veremos después, mecanismos inmunológicos.

Esos efectos hormonales, genéticos y —quizás— inmunológicos dejan rastros físicos que, en algunos casos, se asocian estadísticamente con la llamada homosexualidad. De hecho, algunos de ellos forman parte de las características no transitorias del rostro humano —como la relación entre el ancho y el largo de la cara— que fueron incluidas en el programa desarrollado por la Universidad de Stanford. Otros rastros, como la relación entre la longitud del dedo índice y el anular —cuyo alto valor se asocia estadísticamente con la homosexualidad femenina (pero no la masculina)— no fueron incluidos en la versión inicial de ese programa por no formar parte de la cara.

En la medida que esos y otros predictores estadísticos sean incluidos en los algoritmos de detección sucederán dos cosas. Una, evidente, es que el aumento de la capacidad predictiva de los programas será una prueba más del origen biológico de la orientación sexual. La otra, no tan evidente, será la necesidad de sustituir la clasificación artificial de hetero y homo por una mucho más rica y cercana a la realidad.

Cuando eso suceda empezaremos a tener una visión más normal de la sexualidad humana y el sexo se convertirá en una opción tan banal como escoger entre un helado de fresa o uno de chocolate. Las imposiciones disminuirán y el enorme precio que pagamos por ellas también se reducirá drásticamente. El mundo, creo, se beneficiará mucho y, por paradójico que pueda parecer, ese beneficio será mucho mayor para las regiones que todavía hoy practican las represiones sexuales con un celo enfermizo. Quiero decir: las consecuencias serán mucho más positivas para Latinoamérica, para los EE UU, para el África o para el mundo árabe que, por ejemplo, para los franceses.

Una de esas consecuencias bien podría ser una marcada disminución de la violencia en esas regiones. Ya desde inicios del siglo pasado Sigmund Freud postuló la fuerte relación que existe entre las represiones sexuales y la agresividad. Esa observación ya está más que comprobada y se sabe que forma de un cuadro mucho más extenso. En el año 1975 el neuropsicólogo americano James W Prescott estableció la marcada relación que existe entre la ausencia de los placeres corporales y la violencia. Para Prescott, las represiones sexuales son una parte importante, pero no única, de eso que él llamó “carencias sensoriales”. La ausencia del conjunto de sensaciones corporales que el ser humano recibe de sus padres (sobre todo de la madre) durante las primeras etapas de su vida, de sus amigos y familiares durante las etapas intermedias y de sus amores una vez alcanzada la madurez.

El ser humano es, esencialmente, un ser empático y social. El alto precio evolutivo que pagamos por la actividad nerviosa superior nos obliga a ello. A diferencia de la inmensa mayoría de los mamíferos el ser humano es casi inválido durante los primeros años de su vida y depende, para sobrevivir, de los cuidados de la familia, del grupo, de la tribu o del clan. La sobrevivencia de la especie depende entonces de que ese ser humano, una vez devenido adulto, haya desarrollado niveles de empatía lo suficientemente altos como para ocuparse de sus descendencias y, de ser necesario, de las ajenas. Esa empatía, como casi todas las facultades humanas, es el resultado de una predisposición genética cuya expresión puede aumentar o disminuir en dependencia de las condiciones sociales.

Según la teoría somatosensorial de Prescott una parte del desarrollo de la empatía se debe a la estimulación de determinadas regiones del cerebro humano por un grupo de señales que, al menos durante los primeros años de vida, son recogidas en su mayor parte por el olfato y por el más extenso de nuestros órganos —la piel. De esa forma, las sociedades que favorecen, o al menos no persiguen, las interacciones físicas cercanas —sean eróticas o no— tendrán, desde el punto de vista estadístico, una menor inclinación a la violencia. Por el contrario, las sociedades que hacen del cuerpo humano —y de sus contactos— un tabú, tendrán, desde el punto de vista estadístico, una mayor inclinación hacia la violencia.

En ese sentido llaman mucho la atención los análisis que se hacen sobre la violencia en los EE UU. La mayoría de ellos —que casi nunca parten de reconocer que ese país no es, ni lejanamente, uno de los más violentos del mundo— están secuestrados por la focalización en las armas de fuego y por las discusiones sobre si prohibirlas o no.  Detrás de esas dos opciones yacen viejas y profundas agendas políticas (e ideológicas) que ven al Estado, y a sus poderes, de formas diametralmente opuestas. Unas como una bendición y otras como el camino más seguro hacia la esclavitud. Con independencia de quien pueda o no tener la razón es evidente que esos análisis están llenos de estadísticas, generadas por uno u otro bando, sobre la tenencia de armas de fuego y sobre la posible influencia que estas pueden tener sobre la vida y la muerte de los ciudadanos estadounidenses.

Todo eso a pesar de que hace más de cuarenta años Prescott avisó de que las carencias somatosensoriales en general, y las represiones sexuales en particular, bien podían ser una de las causas primarias de la violencia en el mundo y en los EE UU. Una explicación que, claro está, brilla por su ausencia en las sesudas discusiones que a cada rato surgen sobre las armas de fuego y la muerte en los EE UU. Y es lógico que así sea, porque para el estadounidense promedio el cuerpo humano y sus interacciones son el tabú más profundo e innombrable, siempre preferirán agotar su intelecto en cualquier tema menos en ese.

Estamos hablando de una sociedad en la que un programa de televisión puede mostrar en pantalla, en un horario de alta audiencia, el cuerpo de un ser humano en estado de putrefacción dentro de una bañera repleta de cucarachas. Eso puede pasar, o los productores pueden dejar que eso suceda—aunque tenga muy poco que ver con la trama—, porque todos saben que las consecuencias negativas serán nulas. Ah, pero si en una transmisión en vivo una cantante tiene un problema de vestuario y enseña, durante una fracción de segundo, la mitad de un seno, se forma la gran protesta, el programa es multado y los productores tienen que disculparse.

En los EE UU los niños van en coches o en autos con sillas a pruebas de choques, las cunas tienen cámaras, las madres disfrutan de apenas unos cuantos días de licencia de maternidad y la lactancia materna, en público, es vista como una afrenta a la sagrada tradición victoriana. En América los olores sintéticos ambientan las casas y los cuerpos; los adolescentes se revuelven con asco cuando ven a sus padres besarse y ven como muy normal que el sexo sea por teléfono. Muchos de ellos después terminarán viviendo solos y los que alcancen a tener pareja tendrán una vida sexual modulada por una incomprensión ancestral del cuerpo humano y sus interacciones.

América sufre de una epidemia de obesidad y al mismo tiempo de un ejército de cuerpos maltratados en la búsqueda de arquetipos físicos que son tan perfectos como inalcanzables. Para los americanos la reconciliación con sus cuerpos no es una gran prioridad. Tampoco lo es el contacto con sus semejantes. Vivir solos o en casas con más de un cuarto por persona es perfectamente normal y esperado, como también lo es transportarse en unas burbujas metálicas, repletas de artilugios electrónicos y dotadas de unos ambientadores que huelen a plástico, o de unos cláxones que a veces suenan como disparos. En América la ternura es el daño colateral de la productividad, el pragmatismo y la defensa a ultranza de los espacios individuales.

A todo eso hay que sumarle el hecho de que en los EE UU todavía existe —a pesar de los innegables logros que ya se han alcanzado en ese sentido— una marcada homofobia. Eso genera una especie de bomba binaria en la confluyen millones de seres humanos con grandes carencias somatosensoriales y una enorme cantidad de personas con represiones sexuales. Con ese paisaje como referencia es posible pensar que las armas, lejos de ser la causa de la violencia en los EE UU, bien podrían ser una consecuencia lejana de algo mucho más profundo e innombrable. Si nos guiamos por Kinsey y Prescott podríamos decir que habla mucho de la grandeza del pueblo americano, o de su respeto por las leyes y la civilización, que en ese país la violencia no sea aún mayor.

Cubanía y sexualidades impuestas (I)

Cubanía y sexualidades impuestas (III)

Cubanía y sexualidades impuestas (final)

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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