Cubanía y sexualidades impuestas (I)

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Hace unas semanas dos programadores de la Universidad de Stanford dieron a conocer una noticia que enseguida causó un gran revuelo: habían creado un programa de computación capaz de detectar la orientación sexual de los seres humanos a partir de sus fotos.

Ese programa, basado en el uso de unos algoritmos que se conocen como redes neurales profundas, sobrepasa a otros, y a los propios seres humanos, en su capacidad predictiva. Cuando se le provee con cinco fotos distintas de un mismo sujeto es capaz de detectar la orientación sexual del mismo con un 91% de exactitud en los hombres, y un 83% en las mujeres.

Las características del rostro humano que ese programa toma en consideración, a la hora de analizar una foto, no solo son transitorias (como el corte del pelo, el entresacado de las cejas, etc.) sino también fijas (como la forma de la nariz, la anchura de la cara, etc.).

Como cabría esperar, y como los propios autores señalan al final de su artículo, las implicaciones éticas de su invento son considerables y no deben ser despreciadas. En pocas palabras: el programa puede ser utilizado por personas o sociedades homófobas para detectar y reprimir a los homosexuales.

Fue quizás por eso que enseguida que salió la noticia la prensa no especializada se desató en una ola de comentarios críticos. Un alud de quejas que puso más énfasis en las posibles consecuencias negativas del invento que en la ayuda que este podría brindar a la comprensión y aceptación de la sexualidad humana.

Las organizaciones de defensas de los derechos de los homosexuales también corrieron a expresar su preocupación. Algo comprensible si se toma en cuenta que las personas discriminadas casi siempre terminan desarrollando una exquisita sensibilidad para detectar discriminaciones, sean reales o imaginadas. Sensibilidad que, en ocasiones, conspira contra los análisis justos y desprejuiciados.

A mí, tengo que confesarlo, el invento me pareció fabuloso y por varias razones. La primera es eso que en sexología se conoce como la Escala de Kinsey, llamada así en honor a un entomólogo americano que terminó estudiando la sexualidad humana y descubrió algo que en su época muy pocos se atrevieron a aceptar, pero que ya hoy está más que comprobado: Desde el punto de vista estadístico el heterosexual puro es un ser extraordinariamente raro, como también lo es el homosexual puro. La inmensa mayoría de los seres humanos se ubican, según la Escala de Kinsey, dentro de una amplia gama de bisexualidades, o de preferencias ambiguas que en unos casos se inclinan hacia la heterosexualidad y en otros hacia la homosexualidad.

Creo que es fácil entender que en un mundo con tantas gamas de sexualidades los represores de los homosexuales siempre llevarán las de perder, sobre todo si se dedican a usar ese programa de la Universidad de Stanford. En un mundo matizado por la Escala de Kinsey ese programa siempre terminará generando más dudas entre los adictos a la represión que entre los propios gais.

Al mismo tiempo, en la medida que el programa aumente su capacidad predictiva, ya sea mediante la mejora del algoritmo o la introducción de otros parámetros (como timbre de voz, postura, gestos, etc.) los represores terminarán descubriendo, si continúan usándolo, que tanto ellos mismos como sus reprimidos son, en realidad, un arcoíris de infinitos matices sexuales. Un abanico de posibilidades en las que el macho irredimible y el gay puro son verdaderas rarezas zoológicas. Al final los homófobos terminarán evitando ese programa de la misma forma que los racistas de hoy evitan los análisis de sus ADNs.

Lo interesante del asunto es que por muy bueno que pueda ser ese programa, para desarmar a los represores, es posible que terminemos pensándolo dos veces antes de decidirnos a desarrollar sus capacidades y extender sus usos. La razón podría estar en el hecho de que la sexualidad humana es uno de los componentes esenciales de la sacrosanta vida privada. Después de miles de años de represión sexual los seres humanos hemos aprendido a considerar el sexo como algo más oscuro e innombrable que nuestro sistema digestivo. La pregunta, entonces, es: ¿Estamos dispuesto a dejar que un programa ponga al descubierto eso que durante milenios hemos sido programados para esconder? O, para decirlo de otra forma, ¿Qué podríamos ganar con semejante sacrificio de nuestra privacidad?

Creo que ganaríamos mucho, y para explicarlo tengo que recurrir a una analogía.

El porcentaje de zurdos en todas las sociedades humanas es muy parecido al de los llamados homosexuales (entre el 5 y el 10% de la población). Durante mucho tiempo los zurdos también fueron discriminados sin piedad. Todavía hoy, por ejemplo, sobrevive la asociación entre la palabra siniestro —como sinónimo de malvado— y la preferencia izquierda de nuestras acciones motoras. Una consecuencia de esa absurda discriminación fue la conversión forzada de muchos zurdos en supuestos derechos. Una imposición que generó tantas secuelas negativas entre sus víctimas que bien podría ser considerada como una forma de tortura.

Ya desde finales de los años 1920s el médico americano Samuel Torrey Orton postuló que muchos de sus pacientes que sufrían de tartamudeo e incapacidad para la lectura eran zurdos forzados a ser derechos. Ya hoy está comprobado que el fallo para establecer un hemisferio cerebral dominante —que es característico de los zurdos forzados a ser derechos— se asocia con el tartamudeo, con el bajo rendimiento escolar, con los problemas de salud mental y con la esquizofrenia. Ya hoy también se sabe que la imposición de la lateralidad derecha tiene un efecto duradero sobre la estructura de la corteza cerebral y de los ganglios basales del cerebro humano.

Es muy difícil calcular con exactitud el impacto negativo que tuvo la lateralidad forzada que se les impuso a los zurdos, durante siglos, sobre la vida de social y económica de este planeta. Es fácil aceptar, sin embargo, que durante ese largo período de tiempo la humanidad generó, de una forma absurda, injusta y perfectamente evitable, una gran masa de personas con secuelas psicológicas y trastornos de conducta. Cuánto contribuyó eso a la pérdida de la riqueza y la armonía social es una pregunta muy difícil de responder. Lo que sí se puede asegurar es que todos habríamos ganado si esa discriminación nunca hubiera existido.

De más está decir que la lateralidad motora es algo mucho más simple y de menor alcance —desde el punto de vista evolutivo, neurológico, psicológico y social— que la sexualidad. Para empezar, el sexo es, junto con la alimentación, uno de los mecanismos básicos de la sobrevivencia de nuestra especie. Además de eso estamos hablando, en el caso de los zurdos, de una fracción pequeña de la humanidad que fue obligada a comportarse como el resto. Cuando de la represión sexual se trata tenemos, sin embargo, un cuadro diametralmente opuesto. Si seguimos la Escala de Kinsey podemos aceptar que la discriminación sexual busca que una masa mayoritaria de seres humanos —ese enorme porcentaje que se mueve alrededor de la bisexualidad— se comporte como esa rareza estadística que llamamos heterosexual puro, o sea clasificado y discriminado como esa otra rareza estadística que llamamos homosexual.

¿Cuál es el precio que ha pagado la humanidad por esas sexualidades impuestas? En realidad, no lo sabemos. Nos consta que tiene que ser, dada la importancia que tiene el sexo para la psiquis humana, mucho más alto que el enorme precio que pagamos por la lateralidad forzada de los zurdos. Nos consta, también, el abrumador precio psicológico, físico, económico y social que han pagado y todavía pagan muchos homosexuales por no querer reconocerse como heteros. Sabemos, o intuimos, que el mundo sería un lugar mucho más habitable y armónico si todos pudieran ubicarse, sin presiones externas de ninguna índole, dentro de ese punto de la Escala de Kinsey que mejor les parezca. Pero estamos muy lejos de tener una idea real de cuánto pagamos como sociedad por la ausencia de esa posibilidad.

Podría pensarse que una forma de saberlo es averiguar la sexualidad real de cada persona y cuanto se aleja esta del patrón heterosexual-homosexual predominante. A partir de ahí podría inferirse el precio que ha pagado cada individuo y como se transfiere este hacia la familia y la sociedad.  Ojalá fuera tan fácil, porque el asunto es, en realidad, mucho más complejo. El sexo, además de ser esencial para la sobrevivencia de la especie, o quizás por eso, está estrechamente ligado al placer y a eso que de forma general llamamos el ser; o sea, a esa parte de nuestra vida inteligente que requiere de una validación constante, aunque sea al costo de la objetividad, de la sinceridad y de las decisiones justas.

Una vez que una persona “escoge” una sexualidad, y esta deviene una parte esencial de su ser, resulta muy difícil analizar las consecuencias de esa opción “escogida”. Al intentar hacerlo podríamos adentrarnos en los pantanos del acoso psicológico, de las negaciones freudianas (denials en inglés), de las causas presentadas como efectos (o viceversa) y de cuanto mecanismo de defensa psicológica y social puedan existir. Al mismo tiempo, una vez que una persona “escoge” la heterosexualidad es muy probable que intente dejarla en herencia a sus descendientes.  Así se establece un círculo vicioso de sexualidades impuestas, una noria que a pesar de sus buenas intenciones nunca para de exprimirle el agua a la vida.

Ante la imposibilidad de calcular el precio de las sexualidades impuestas solo queda una alternativa: detener la noria y observar qué sucede después. El primer paso para lograrlo sería que cada cual pueda saber, de la forma más objetiva posible, dónde se ubica su sexualidad dentro de la Escala de Kinsey. El segundo paso, que es en el que más hemos avanzado—gracias a las organizaciones de defensa de los homosexuales—, es que cada cual pueda asumir esa sexualidad sin presiones de ninguna índole y con la más completa tolerancia de sus semejantes.

Estoy convencido de que el programa desarrollado en la Universidad de Stanford es un excelente inicio para el desmantelamiento de la noria de las sexualidades impuestas. Esos algoritmos, y otros que eventualmente serán más poderosos en su capacidad predictiva, harán posible que en el futuro cada cual pueda saber de una forma objetiva —sin sospechar juicios injustos o  proyecciones psicológicas ajenas— la ubicación real de su sexualidad.

Una consecuencia inmediata será que los homófobos y los represores de los homosexuales descubrirán, para su desmayo, que en realidad no son tan machos como creían serlo.  A corto o mediano plazo intentarán negarlo. Lo harán , claro está, con la misma vehemencia que los racistas de hoy usan para rechazar esos análisis de ADN que los delatan —mundo cruel— como portadores de un alto porcentaje de genes africanos o semíticos. A la larga, sin embargo, a los homófobos no les quedará más remedio que aceptar que la bandera del arcoíris es más literal de lo que ellos nunca estuvieron dispuestos a aceptar.

Cubanía y sexualidades impuestas (II)

Cubanía y sexualidades impuestas (III)

Cubanía y sexualidades impuestas (final)

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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