La china se cree China y se la ponen en China

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Los hechos indican que desde la primavera del año 2015 Raúl Castro, también conocido entre los cubanos como “la china”, bien pudo haberse creído tan importante y afortunado como ese país lo fue en 1972.

Barack Obama, cual Richard Nixon en su época, le prometió al castrismo villas y castillas. El plan, hay que reconocerlo, parecía tentador. Si en Beijing los asesinos terminaron reciclados como clase empresarial, ¿por qué no en La Habana? Esa era la idea: los millardos gringos financiando al complejo militar del castrismo y al Partido Comunista de Cuba.

Pero ahora resulta que llega Trump, dice que no y el castrismo se queda colgado de la brocha. El sueño de los millardos gringos, y del futuro luminoso para los esbirros, se deshace como el traje de la cenicienta con las campanadas. Pobres burros caribeños, EE UU les enseñó la zanahoria, esperó a que sus bocas se hicieran aguas y después los mandó a tragar saliva en seco.

Si asumiéramos cierta coherencia y continuidad en la política exterior gringa podríamos decir que la jugada fue genial. Obama mareó al castrismo con su encanto, puso una embajadita y se dejó levantar la mano –rendida– mientras los verdaderos sustentos de La Habana (Brasilia y Caracas) eran preparados para desaparecer entre lágrimas y escándalos. Después, para cerrar con broche de oro, la coletilla de un Trump diciendo que lo que te dije, no va.

Lo interesante del asunto es que si asumiéramos que la política exterior gringa es un desastre de incoherencias y voluntarismos el resultado habría sido exactamente el mismo. Si Obama hubiera sido un topo ideológico del castrismo, y hubiera decidido ayudarlo, el desenlace habría sido muy parecido al que hoy tenemos. Como quiera que se pongan –parece decir la Historia– los castristas tienen que llorar, y ya empezaron a hacerlo.

El coro de las plañideras habituales ya canta sus sollozos. De más está decir que no alcanza este texto para un recuento exhaustivo. Son muchas y están en todas partes, porque si en algo se gasta el castrismo la plata de los cubanos es precisamente en eso, en comprar “solidaridad” y en ubicar a sus agentes de influencias a todo lo largo y ancho de este mundo.

Ya llora Arturo Lopéz-Levy (Callejas) en El País, Miguel Barnet en la UNEAC, Alejandro Armengol en Miami, Engage Cuba en los EE UU, Fabiola Santiago en la Florida (¿será familia del chivato Tony Santiago?), y cuanta escribana barriotera y segurosa de sí misma se sienta con derecho a hacerlo. Todos siguiendo un mismo guión que puede ser descrito con varios puntos esenciales:

  1. Raúl Castro es Cuba, la familia Castro es Cuba, los esbirros castristas son Cuba y la política de Trump es, por tanto, una afrenta a Cuba.
  2. La culpa de los males que sufren los cubanos es del embargo y no de Cuba –léase castrismo y entiéndase la importancia del primer punto–.
  3. Los cambios de Trump no son tales. Todo es politiquería porque la embajadita semivacía aún existe y todavía están autorizados los viajes de los izquierdistas trasnochados y las mulatas bling-bling.
  4. Los cambios de Trump afectarán fundamentalmente a esa pujante y extensa clase empresarial cubana, llamada cuenta-propismo, que solo existe en las goebbelianas estadísticas del castrismo y en las sagradas páginas de los periódicos Granma y New York Times.
  5. Los cambios de Trump significarán una enorme pérdida económica para los EE UU, por limitar el acceso de ese país al extraordinario poder adquisitivo de los cubanos y a una pujante economía cubana que solo existe en … ya sabemos.
  6. Los cambios de Trump seleccionarán, dentro de la variada y compleja política cubana, a los esbirros conservadores y no a los liberales; o sea, a los que usan chamarras y detestan las guayaberas.
  7. Los cambios de Trump podrán traer consecuencias negativas para los EE UU si Cuba –léase castrismo y entiéndase la importancia del primer punto—decide responder a semejante afrenta contra su soberanía.

El coro de las plañideras repite esos puntos con una asiduidad tal que uno termina preguntándose si todos asistieron al mismo seminario preparatorio del Departamento de Medidas Activas de la Dirección General de la Inteligencia castrista.

Sería para reírse si no fuera por el dolor que avisan. Ya lo he dicho otras veces y no me canso de repetirlo: la única prenda de negociación real que el castrismo siempre ha tenido frente a los EE UU es el hambre, la carestía y la desesperación de los cubanos de adentro, combinada con el dolor de los cubanos de afuera.

Todo lo demás, el ron, el tabaco, las jineteras, los posibles yacimientos de petróleo, los supuestos mercado, los puertos, los boxeadores y los peloteros EE UU lleva casi seis décadas sin tenerlos… y ni se ha enterado. Cuba es una gota en el inmenso océano de la vida social y económica de los EE UU. La mayor importancia que Cuba tiene para los estadounidenses es política, y una buena parte de esa importancia radica en una sola palabra: dolor.

Está claro que después de las nuevas medidas de Trump el castrismo intentará negociar. Para hacerlo no le quedará más remedio que incrementar su capital de negociación, que no es otro que el sufrimiento de los cubanos. A primera vista parecería tan fácil como ordenarle a los esbirros que salgan a las calles a reprimir más y mejor, pero no lo es. Antes de apretarle la tuerca a sus rehenes el castrismo tiene que crear un estado de opinión que asocie ese sufrimiento con el gobierno de los EE UU y no con su verdadero origen. De ahí la necesidad del coro de las plañideras.

Una vez creado ese estado de opinión empezará la carestía, empezarán los apagones y se dará inicio, de forma extraoficial, al recontra-período recontra-especial en recontra-tiempo de recontra-paz. A partir de ahí cualquier asomo de protesta será brutalmente reprimido y las cárceles castristas volverán a llenarse con la mejor carne de canje. Los opositores que se atrevan a seguir protestando serán acosados hasta el absurdo y volverán a ocurrir asesinatos como los de Laura Pollán y Oswaldo Payá. El punto final será la suspensión de los acuerdos migratorios con los EE UU y el inicio de una crisis migratoria de baja intensidad.

Esa forma de actuar siempre le ha funcionado muy bien al castrismo, pero esta vez, por suerte para los cubanos, el tiempo no juega a favor de la tiranía. La edad y la precaria situación de salud de Raúl Castro, las crisis en Venezuela y Brasil, y la inevitable transferencia de poder en esos tres países, convierten en absolutamente necesario para el castrismo que Donald Trump no sea reelegido como presidente de los EE UU.

Si Trump logra reelegirse la transferencia de poder dentro del clan de los Castro ocurrirá en condiciones muchos más adversas que las que ellos soñaron después del acercamiento de Obama. Eso implica que a partir de ahora el coronelito Alejandro Castro Espín estará muy ocupado en impedir la reelección de Trump. Para lograrlo tendrá que vender lo poco que queda de Cuba a Rusia, y tendrá que sacrificar a la mayor parte de sus agentes dentro de los EE UU. En ello le va el poder, y quizás la vida.

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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6 respuestas a La china se cree China y se la ponen en China

  1. David Freeman dijo:

    Excelente, por nada del mundo podia perderme su comentario. Muchas gracias y felicitaciones.

  2. MJ Ramee dijo:

    jajajaja el Ármengol también brother? yo lo tenia por Démocrata convencido y consumado liberal pero no en el Castro Inc.’s payroll jajaja, ok man entonces la cosa no es para este cuatrienio no?
    un abrazo desde Montreal (el socio que te cae de vez en vez por alla)

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