¿A dónde tú me querías llevar?

maisinicu

Acaba de fallecer, a los 93 años de edad, el actor Reinaldo Miravalles. Muchos de sus personajes le sobrevivirán por un largo tiempo. Entre ellos, sin duda alguna, su inolvidable Cheíto León. El alzado anticastrista del Escambray que Miravalles inmortalizó en la película “El hombre de Maisinicú”.

Creo que pocos filmes cubanos dejaron una huella tan profunda en el imaginario de mi generación. Una huella que le debió mucho a la actuación magistral de Miravalles y a las frases que este, más que actuar, dijo para que salieran de la pantalla y se convirtieran en instrumentos del habla cotidiana.

Raro es el cubano de mi generación que no haya usado el “te estoy hablando con el corazón en la mano” para indicar, de una forma irónica y codificada, que le está dando una oportunidad inexistente a alguien. La frase anidó tan profundo entre nosotros que apenas tres años después afloró, de una forma emocional e inesperada, en la televisión.

Durante los Juegos Olímpicos de Montreal, y mientras narraba la final de la carrera de los 800 metros, el comentarista Héctor Rodríguez llegó a estar tan emocionado por la proeza de corredor cubano que no pudo contener su famoso grito de ¡Juantorena, de Cuba, Juantorena, con el corazón en la mano! Era como si su subconsciente lo estuviera traicionando y le obligara a pedir que la oportunidad para el resto de los competidores fuera inexistente. Quién sabe.

El hombre de Maisinicú cuenta la historia de un chivato llamado Alberto Delgado, un infiltrado castrista dentro de los alzados del Escambray que le hizo a Julio Emilio Carretero, Maro Borges y Cheíto León exactamente lo mismo que —por solo citar un ejemplo— Eutimio Guerra quiso hacerle a los castristas en la Sierra Maestra. Los dos terminaron pagando el mismo precio.

Pero el castrismo era poder, controlaba los todos los medios, tenía a su disposición el ICAIC de Alfredo Guevara y decidió hacer un filme para explicarles a los cubanos de mi generación que no era lo mismo ser un chivato a favor de ellos que uno en contra de ellos.

Aquello se les fue, literalmente, de las manos. Manuel Pérez, el director escogido, empezó a filmar y todo cambió. La idea original era hacer una especie de documental con muy pocas escenas actuadas, algunas de las cuales quedarían después como escenas silentes. El primer error fue contratar un elenco de actores estelares.

Raúl Pomares, Adolfo Llauradó, Mario Balmaseda, Reinaldo Miravalles y el resto de los actores empezaron por modificar el guion. Después lo actuaron tan bien que Manuel Pérez decidió pasar del documental al docudrama, y de este a lo que quedó después, que es un filme muy difícil de clasificar.

El otro problema que surgió fue que Sergio Corrieri, el actor escogido para darle vida escénica al chivato castrista, no llegaba ni a los tobillos de actores como Pomares y Miravalles. El resultado fue que los supuestos personajes negativos se robaron el show. Nadie salía del cine recordando a Alberto Delgado. Los personajes que quedaron en el imaginario fueron los de los alzados y entre ellos, más que ningún otro, el de Cheíto León.

En Cuba, recordemos, la palabra chivato compite en sinónimos con las que nombran a los órganos sexuales. A esa larga lista de términos, que ya los cubanos habían enriquecido para 1973, se sumaron muchas de las frases que Miravalles dijo en El Hombre de Maisinicú. Unas, como “tú eres del G-2 o trabajas para el G-2”, son de una literalidad evidente. Otras, como “¡Pínchalo!”, o, “¿A dónde tú me querías llevar?” quedaron como referencias más oblicuas, o si se quiere irónicas, de que alguien no es tan confiable como parece serlo.

Todo eso gracias a la grandeza de un actor. Pocas veces un solo hombre ha derrotado de una forma tan limpia e inobjetable a una maquinaria de control absoluto sobre los medios de difusión. Al final tenemos que reconocer que Miravalles pudo hacerlo porque le dio a sus personajes algo que el castrismo siempre le negó a los suyos: la condición humana.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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