El Papa en Cuba (texto de Hermenegildo Menéndez)

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La iglesia Católica, con su vieja y caduca historia de desacreditada infalibilidad, de apoyo a todos los absolutismos medievales y modernos y generadora de instrumentos represivos como la Santa Inquisición, tiene muy poco que ofrecer a cualquier ciudadano medianamente informado.

Solo el escepticismo, la frustración y la pérdida de confianza en los instrumentos generados para encauzar a la sociedad, en el marco de un respeto mínimo a una calidad de vida razonablemente buena, conducen a ese misticismo que busca consuelo espiritual a unas calamidades que son solucionables en el terreno material, pero que las religiones están inhabilitadas para resolver.

Carcomidas como están por los males tradicionales que forman parte de la conducta humana, paralizadas por la ambición, el egoísmo, la avaricia y la pasión desmedida por el poder, las religiones, lejos de ser soluciones a los problemas de este mundo, empiezan a perfilarse como una fuente importante de los males que hoy nos aquejan.

Por supuesto, que el libre albedrío de militar en el laicismo o en una devoción religiosa de cualquier signo es un derecho inalienable y consustancial a la práctica democrática. En virtud de ese requisito la tolerancia y el respeto mutuo deben ser condicionales con su propia esencia.

En ese terreno todos tenemos el derecho de comulgar o discrepar. Podemos ser devotos o ateos, seguidores o detractores, pero la misma razón que protege nuestra demanda nos impone el acatamiento del pensamiento ajeno.

Por supuesto que la capacidad de convocatoria que promueve este o cualquier otro Papa, no es imaginable para ningún líder político. Dentro de las expectativas que motivan al concurrente está el hecho de que los profetas religiosos generalmente prometen compromisos para abonar en la eternidad, mientras que el estadista debe cumplirlos en esta vida y, de ser posible, mañana.

Si algo enseña la Historia es que no es precisamente la Iglesia Católica el mejor instrumento de exigencia y lucha para cambiar la materialidad del mundo en que vivimos. Más bien nos demuestra esa Historia que la Iglesia  ha sido cómplice de un sentimiento de aceptación resignada de las miserias, las arbitrariedades e injusticias de los poderosos, bajo el manto de una felicidad prometida… en otra vida.

Las personas que aclamarán y saludarán al Papa en su próxima visita a Cuba, además de creyentes y practicantes son también parte de esas generaciones emergentes que aspiran a la solución de sus problemas materiales en este tránsito fugaz por el mundo que es, por el momento, el único real.

La lucha honesta por el bienestar terreno no tiene por qué estar reñida con la promesa de otra vida espiritual, mucho menos cuando esta se estipule como posible, solo para los que aceptan el marco conceptual del Cristianismo Católico. Se podría disfrutar de una vida física plena, en un marco de principios que estimulen los valores humanos, si los poseedores de la riqueza, incluso la bien habida, tuviesen la disposición de compartirla generando los mecanismos para que todos tengan la posibilidad de disfrutar de los bienes que la modernidad oferta.

Desafortunadamente, esos poderosos, dispersos por todo el mundo y casi siempre militantes de alguna cofradía religiosa, cumplen en público los sacramentos y aspiran a la inmortalidad, sin que melle su conciencia la realidad que les rodea.

En buena ley, la Iglesia no debería limitarse a solicitar o agradecer una generosa limosna o una profesión de Fe, lo que debería hacer es exigirles a sus feligreses que practiquen la solidaridad plena, la entrega sin reservas ni limitaciones para mitigar el horror de los desposeídos.

El Papa sabe que para transformar el mundo primero tenemos que cambiarnos a nosotros mismos.

No pongo en duda su sapiencia… Me gustaría solo saber si tiene alguna fórmula.

Puede que sea más difícil que transmutar el vino en sangre o el pan en cuerpo del señor.

Porque ese ser biológico, fuese o no obra de Dios, debe tener en la madeja de sus genes alguna mutación previsible capaz de convertir el egoísmo y la codicia que han matizado su senda histórica en un torrente de sensibilidad y tolerancia que, sin necesidad de la magia de un Demiurgo, proyecte la senda de esperanza que solo él mismo sería capaz de crear.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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Una respuesta a El Papa en Cuba (texto de Hermenegildo Menéndez)

  1. Recientemente he comenzado un web, la información de tu blogg me proporciona mucha ayuda. Gracias por todo tu tiempo y trabajo.

    Saludos

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