Otro exilio

Represión contra las Damas de Blanco

Imaginemos.

Nelson Mandela murió muy joven en una huelga de hambre.

Nikita Jrushchov nunca dejó de darle petróleo a Mao Zedong y, en consecuencia, los estadounidenses no tuvieron esa gran oportunidad que Richard Nixon aprovechó, en 1972, cuando fue a China.

No hubo, entonces, enfrentamiento geopolítico entre chinos y soviéticos por el petróleo del África y fue innecesario, por tanto, que las tropas mercenarias del castrismo pelearan en Angola.

Jonas Savimbi salió victorioso de la guerra civil angolana y todas las guerrillas del cono sur africano fueron derrotadas, una a una, por las tropas de Sudáfrica.

Imaginemos, así, un mundo con un Apartheid eterno.

En ese mundo imaginario los Estados Unidos de Norteamérica tomaron tres decisiones importantes: Rompieron las relaciones diplomáticas con Sudáfrica; establecieron un embargo comercial contra ese régimen racista; y decretaron la llamada ley de ajuste sudafricana, una legislación hecha para darle acogida a toda persona de ese país que decidera pedir asilo político en los EE UU.

De inicio los racistas sudafricanos se rieron de esas medidas, gritaron ¡Yanquis Go Home! y dijeron que los EE UU estaban abriendo sus brazos a lo peor de la nación sudafricana, a seres vagos y violentos que querían vivir en un pasado tribal y se oponían, como era de esperarse, al futuro luminoso que disfrutarían todos los patriotas sudafricanos. Un futuro en el que esa gran nación produciría, riéndose de todos los embargos, más leche que Holanda, más café que Brasil y más petróleo que toda la Arabia. Un porvenir en el que todos los ciudadanos negros, a pesar de estar segregados, o gracias a eso, tendrían la mejor educación y los mejores cuidados de salud de toda el África.

De inicio la Historia pareció darles la razón a los racistas sudafricanos. Como por arte de magia aparecieron escuelas, clínicas y hospitales en los guetos. Las banderitas y los actos masivos no se hicieron esperar y muchas de las víctimas del Apartheid, ya fueran manipuladas, resignadas o verdaderamente convencidas, empezaron a cantar sus loas al régimen del futuro luminoso y de una vida sin preocupaciones.

Los racistas sudafricanos utilizaron, claro está, ese momento de euforia para inundar el mundo con su propagada. Invitaron a muchas delegaciones, sobre todo de los EE UU, para que vieran lo bien que vivían esos niños y adultos que, por pertenecer a una nación de débiles mentales, necesitaban de una mano fuerte que los guiara hacia la felicidad verdadera.

Por otro lado, y de inicio también, a los inmigrantes sudafricanos en los EE UU, radicados fundamentalmente en el Estado de la Florida, no les fue muy bien que digamos. Tuvieron que enfrentar el viejo racismo sureño que, combinado con la persistente propaganda sudafricana, los condenó a perder el beneficio de la duda y los identificó, de forma temprana y casi inexorable, con el machacado estereotipo de vagos, tribales y violentos.

Pero pasó el tiempo, y con los años el gran sueño sudafricano se fue descascarando. La corrupción, el nepotismo, la ineficiencia económica y el poco deseo de trabajar de una población ya cansada de tantas mentiras, fueron destruyendo las fachadas de una aldea de Potiomkin que solo pudo perdurar en la propaganda del Apartheid, y en el deseo de los más recalcitrantes racistas estadounidenses.

Durante todo ese tiempo, quién lo diría, la comunidad sudafricana en los EE UU creció de una forma imparable. Trabajaron —literalmente— como negros esclavos, vivieron hacinados, ahorrando los centavos, invirtiendo en el futuro de sus hijos, ayudándose los unos a los otros, intentando sacar del infernal paraíso sudafricano a cuanto familiar o amigo pudieran mientras  sostenían, con sus cuantiosas remesas, al régimen por el cual habían tenido que abandonar su país.

Poco a poco se convirtieron en una gran fuerza económica y política dentro de los EE UU, poco a poco aprendieron a reírse de los estereotipos raciales, descubrieron las mejores formas de ser efectivos dentro de la compleja política estadounidense y demostraron, con hechos más evidentes que millones de palabras, que el racismo sudafricano había fracasado: que ellos no eran, nunca habían sido, y nunca serían, una nación de débiles mentales.

Los racistas estadounidenses, profundamente preocupados por el precedente que esos inmigrantes sudafricanos estaban sentando, intentaron demostrar que una buena parte de los éxitos cosechados por esa comunidad de los EE UU se debía a la educación y a los cuidados de salud que habían recibido en su país de origen. Dádivas que de alguna forma hablaban del carácter esencialmente justo de la propuesta social del Apartheid.

Ese castillo de naipes también empezó a derrumbarse cuando los censos de la población estadounidense, y los más rigurosos estudios sociológicos, empezaron a demostrar que la primera generación de los llamados sudafricanos-americanos, los hijos de aquellos emigrantes que llegaron a los EE UU con una mano adelante y la otra atrás, no solo tenían, como era de esperarse, indicadores económicos, de salud y de educación, más altos que los de su país de origen o mejores que los de los afro-americanos, sino también —¡Oh, Sacrilegio!— equiparables, y a veces superiores, a los de la población blanca de los EE UU.

Con eso quedaba derrotado, más que el racismo sudafricano, el racismo en general; y semejante afrenta, como es lógico pensar, no quedó sin respuesta. De malas a primeras aquel embargo económico casi olvidado —y del que los racistas sudafricanos se habían reído en su momento— fue declarado como un acto criminal, fracasado y —a diez de últimas— culpable de que la justa propuesta social del Apartheid no hubiera llegado a buen término.

En unos pocos años el racismo estadounidense aprovechó su acceso a todos los resquicios de la vida política, cultural y académica de los EE UU para instilar la perniciosa idea de que solo una ayuda económica masiva, al régimen del Apartheid, podría mejorar las condiciones de vida de la población sudafricana.

Esa propuesta fue rechazada de plano por muchos sudafricanos-americanos bajo el argumento, válido e inobjetable, de que si algo había demostrado la Historia es que ellos eran la mejor solución posible para los acuciantes problemas de su país de origen. Esa idea, por desgracia, perdió mucha fuerza cuando los racistas estadounidenses lograron poner a uno de sus hombres en la mismísima Casa Blanca.

A partir de ese momento la campaña de descrédito contra el exilio sudafricano en los EE UU alcanzó niveles que habrían hecho palidecer de envidia a Joseph Goebbels. Al mismo tiempo, la noción del supuesto carácter criminal del embargo económico contra el Apartheid, y su identificación con una política ineficiente y trasnochada, empezó a encontrar ecos en todas esas legiones de estadounidenses que aman a la justicia social y a los diamantes con el mismo fervor.

Mientras eso sucedía los racistas sudafricanos aprovecharon la ofensiva de sus secuaces estadounidenses para aumentar la represión dentro de su país y convertir así, de una forma cínica y prepotente, el sufrimiento de su pueblo en la única pieza real de su negociación con los EE UU.

Finalmente la Casa Blanca decidió, por razones supuestamente humanitarias, y a golpe de decretos reales,  restaurar las relaciones diplomáticas con el Apartheid y prometió trabajar, con dedicación y entusiasmo, para abolir el embargo económico contra ese régimen. En cuanto eso sucedió, y como si estuvieran organizados y esperando la noticia, las hordas racistas de los EE UU se desataron, en perfecta sincronía con la propaganda del Apartheid, a insultar aún más al exilio sudafricano en ese país y a organizar, de paso, una enorme cantidad de seminarios, contactos y reuniones de negocios encaminadas a mostrar las excelentes perspectivas de inversiones que existen en Sudafrica.

Esos concilios sucedieron como si en la puerta —como antaño— alguien hubiera colgado uno de aquellos carteles que decían: Se prohíbe la entrada de perros y de negros sudafricanos. Unos mensajes que los primeros refugiados del Apartheid tuvieron que sufrir cuando llegaron a tierra de libertad y que ahora, muchos años después, ya les provocan más  risas que dolores. Sobre todo cuando recuerdan —para más ironías de la Historia— que el presidente que decretó la ayuda masiva al Apartheid es tan negro como ellos, adora a Bob Marley y a cada rato, cuando está relajado, le gusta tararear Buffalo Soldier.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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Una respuesta a Otro exilio

  1. los4gatos dijo:

    Tonce…..Obama es cubano?

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