La tercera edad (texto de Hermenegildo Menéndez)

Sans titre

por Hermenegildo Menéndez

Arístides tenía 67 años. De constitución fibrosa y delgada se mantenía fuerte y activo. Su profesión nunca le exigió el trabajo físico, pero a pesar de eso conservaba una capacidad y una disposición que mucho tenía que ver con sus hábitos, sus costumbres, y su sentido del deber y la responsabilidad.

En ocasiones se sentía cansado y las antiguas motivaciones que estimulaban su accionar ahora le resultaban una carga más pesada; pero no podía pensar en el retiro. Sobre todo porque dejaría de percibir las retribuciones que le daban los recursos para una supervivencia más o menos digna.

Arístides empezaba a sospechar que la vida se le había ido sin darse cuenta. Antes de hacerlo le había traído, claro está, alegrías y pesares, estímulos y fracasos. Pero de ella solo le quedaba, como sucede con el perfume de un rosal en decadencia, aquella lejana fragancia de la juventud, con sus retos y sus tentaciones, con sus expectativas y sus realidades.

No hay mucho por qué luchar en la vejez —pensó. No hay caminos que despejar, ni cimas por conquistar.  Y la perspectiva de ajustar su modesta, pero cómoda existencia, le amenazaba con sus abismos y le perturbaba con sus pronósticos. La conciencia de las inevitables limitaciones que le impondría el futuro le restaba credibilidad a las ofertas que, como consuelos, él mismo se proporcionaba.

No era el caso de considerar el aburrimiento del ostracismo senil. En realidad estaba convencido de que le quedaban muchos libros por leer y muchas cosas por volcar en el papel. Eso podía llenar a plenitud la ausencia de las obligaciones que, durante una larga trayectoria, ocuparon su actividad.

No le preocupaba, como a muchos otros, que le sobrara el tiempo. Sabía en qué emplearlo y cómo extraerle lo mejor, pero la condición para lograrlo, la sustentación material imprescindible, era una quimera, era un sueño inalcanzable.

Alguna vez, de regreso de un viaje al exterior, un amigo agradecido, pretendiendo mitigar en algo sus carencias, le llevó a un establecimiento en dólares y le indujo, respetuosa y amablemente, a que eligiera lo que necesitase. A pesar de la vieja amistad y del convencimiento de que tras aquella oferta no existía intención ofensiva alguna, Arístides sintió tan lesionada su dignidad que se negó a aceptarla.

El amigo entonces le dijo algo que le reconfortó: En realidad, tú trabajaste toda la vida, solo que nadie te ha pagado por ello.

Esa verdad, sencilla e inapelable, gravitaba no solo sobre él, sino también sobre la mayoría de las personas de su edad. Quizás por eso las cuestiones que nunca ocuparon espacio en su pensamiento ahora empezaban a perfilarse con meridiana claridad.

La entrega fue voluntaria. No podía objetar que nadie le obligó, aunque justo es decir que el conjunto de resortes y presiones, que se movían a su alrededor, la condicionaron en gran medida. Pero ¿quién, en la juventud, se preocupa excesivamente por lo que vendrá después? La llegada del invierno, o los presagios de tormenta, no se consideran en la primavera, porque esta es, por definición, la etapa más propicia para los sueños.

Ahora, cuando ya era tarde, se percataba de lo frágil de los presupuestos, de lo falso de las afirmaciones y de la deshonestidad de aquellos que las propusieron y las sostuvieron, incluso cuando resultaba evidente que todo era un fracaso.

Hoy el porvenir, mudo ante las interrogantes que se le planteaban, se mantenía inaccesible y en penumbras. Las comparaciones que otras sociedades exhibían, para las personas de su edad, eran como un índice acusador señalando la fuerza y la magnitud de las diferencias.

Quizás, como un problema conceptual, se podía apreciar en la actualidad, ya desde la altura del tiempo transcurrido, que el enfoque y los anhelos del hombre, para esta postrera etapa de la vida, no podían ceñirse a la simple satisfacción de las necesidades básicas. Limitar esta etapa de la vida a un vegetar absurdo, en espera del final, es como adelantar la muerte y dar por concluido el trayecto vital.

Los intentos, más politizados que reales, de exhibir una atención colectiva y una oferta recreativa para la tercera edad eran solo eso: intentos. Eran como una hoja de parra usada para cubrir la realidad e ignorar la tragedia. Olvidaban cuan lesivos son al intelecto y a la dignidad de los ancianos, y de todos los seres humanos, la falta de privacidad, y la imposición de criterios que pretenden convertir a todos en uno.

Ese desnudarlo de su esencia, sospechaba Arístides, era el primer paso que lo llevaría a admitir, eventualmente, que se había convertido en un estorbo. Por ese camino llegaría a aceptar que las cosas que se le ofrecían, lejos de ser dádivas, eran como esos compromisos que se cumplen cual una tarea más.

Siempre rechazó la idea de que, llegada esta etapa, otros velarían por él. El pensamiento de convertirse en un gravamen, de aceptar la dependencia y la supeditación a supuestas categorías afectivas tradicionales, no encajaban en su pensamiento libre y autosuficiente. Aceptaba placenteramente el afecto, el respeto, y el calor familiar, pero se resistía a la idea de subordinación al yugo material y al acatamiento sin apelaciones de las exigencias que ello le impondría

Empezaba a descubrir que el pensamiento de las personas que arriban a su edad está matizado, también, por serias contradicciones. Esas que surgen entre los retos, las expectativas, los logros y, al final, la ubicación que en el terreno social y familiar se alcanzaron.

Sería iluso pensar que un árbol, sometido a los embates de todas las tormentas, y a los cambios del terreno donde afinca sus raíces, florezca y fructifique con la riqueza y el esplendor de otros tiempos. Pero mientras la savia nutricia de la vida alimente sus cansadas ramas, y algún tímido retoño recuerde las pasadas glorias, puede aspirar al espacio trascendente que contribuyó a crear.

El denso bosque que le dio cobijo, y del que fue parte desde la semilla primaveral hasta el otoño de su senectud, no puede sentirlo como extraño o anacrónico. Él es el puente entre el pasado y el futuro. Descuajar con el hacha de la indiferencia su aporte y participación es olvidar la historia que ayudó a construir, es subestimar los retos a los que su tiempo lo enfrentó y las grandes o pequeñas cosas que aportó.

Arístides, viejo aficionado a los clásicos, recordaba una cita de Cicerón cuya vigencia siempre le parecía actual:

“Celio triunfaba y creía sin duda que comenzaba una nueva revolución; pero por una coincidencia extraña, iba a verse víctima del mismo error que más tarde perdió a Bruto: ambos habían contado excesivamente con el pueblo de Roma. Uno le devolvía la libertad, creyéndole capaz de desearla y de defenderla, el otro le llamaba a las armas con la promesa de darle una parte de la fortuna de los ricos; pero el pueblo no oyó al uno ni al otro, porque no era ya susceptible de malas pasiones ni de nobles instintos. Su misión había terminado, estaba convencido de ello: el día que abdicó en manos del poder absoluto, demostró haber perdido por completo la memoria de lo pasado. Desde entonces se le ve renunciar a toda iniciativa política, y nada hay ya que pueda arrancarle de su apatía. Aquellos derechos, con tantos ardores apetecidos, y con tantos trabajos conquistados, aquellas codicias sostenidas con tanto esmero por los jefes populares, el tribunado y las leyes agrarias, todo le era indiferente. Era ya el pueblo del Imperio, tan admirablemente pintado por Tácito, él más miserable de los pueblos, adulador de todos los éxitos, cruel con todos los reveses, es el pueblo que acoge a todos los que triunfan con los mismos aplausos, y cuyo único papel en todas las revoluciones consiste en formar, terminada la lucha, el cortejo de los vencedores”

Cuántos de estos pensamientos, surgidos de las lúcidas mentes de los antiguos, pudieran tomarse como referencia para comprender la realidad en la que nos ha sumido la ambición, la egolatría y el dogmatismo pragmático que entre otras muchas cosas ha convertido nuestra tercera edad en un evento sin esperanzas y sin motivaciones, en un provecto de ignotos designios y nebulosas perspectivas, en una estrecha calleja final sin el encanto del pasado ni las sugestivas premoniciones del porvenir.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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Una respuesta a La tercera edad (texto de Hermenegildo Menéndez)

  1. menendag10 dijo:

    Creo que este análisis que te adjunto está, en sentido cronológico, en el otro extremo de la escala del que le antecede Que además constituye el segmento fundamental por cuanto resulta la materia prima para construir el futuro
    Pericles

    LOS DIRIGENTES JUVENILES.
    EL ORIGEN, LAS MOTIVACIONES Y EL INEVITABLE DESENLACE

    …Desde su fundación el 4 de abril de 1962, la UJC ha tenido 10 máximos dirigentes, de los cuales Luis Orlando Domínguez (1972-82) fue condenado a 20 años de cárcel por corrupción y conspiración, luego de un enérgico discurso de Fidel Castro; Carlos Lage Dávila (1982-86), ascendido hasta poderoso vicepresidente (1993-2009) fue deshonrosamente echado; Roberto Robaina (1986-1993) promotor de novedosos métodos para atraer a los jóvenes, llegó a Canciller (1993-99), pero fue estrepitosamente defenestrado por supuesta corrupción y conspiración, sin juicio ni condena, más que la expuesta por el Comandante en Jefe; Victoria Velázquez (1994-97) destituida por corrupción, y Otto Rivero Torres (1997-2004) elevado a vicepresidente del Gobierno (2004-09) a cargo de la “Batalla de Ideas”, rodó acusado de corrupción. Llama la atención que personas designadas y encumbradas por el más alto nivel del país hayan terminado andando caminos tan enlodados.

    Miriam Leiva, La Habana | 02/10/2012

    PERICLES. Marzo del 2015

    La ideología que se les inculcó, se desmoronó ante la evidencia de la realidad.

    Se presupone que los dirigentes de las organizaciones juveniles, elegidos democráticamente, por una masa, al mismo tiempo selecta, que poseedora de concepciones ideológicas firmes, entrega desinteresada a la causa que libremente han elegido y dispuesta a la renuncia de privilegios y sinecuras, supuestamente protagónicas en el devenir de pasadas y corruptas generaciones, constituyen, de hecho, una materia prima refractaria a los retos y tentaciones que desvirtuarían la promisoria conducta de su futuro como dirigente comunista.

    Sin embargo:

    -Su aproximación a los orígenes, dada la posibilidad de viajar, les mostró, tempranamente, la verdadera cara de los países socialistas, donde todo era fracaso, mentira, corrupción, amor al mando y métodos represivos si límites para conseguir sus objetivos.
    Paralelamente, esta coyuntura, también les acercó a las realidades de los países capitalistas desarrollados, prometedoras, a pesar de sus deficiencias y desventajas,

    En realidad:

    Todos fueron, desde el inicio, motivados por las prebendas que aportaba la pertenencia a la cúpula dirigente. El ejemplo de los líderes primigenios, que tempranamente se apropiaron de los bienes y el modo de vida de los capitalistas criollos que expulsaron del poder, la posibilidad real de compartir estas ventajas materiales, ignorando la cruda realidad en que sumían al resto de la población, a lo que no eran ajenos, se constituyeron en deslumbrantes incentivos, apreciados como normales y merecidos lo suficientemente convincentes para integrarse en el cortejo.
    Todos eran conscientes de que las posibilidades de desarrollo personal, tanto político como profesional, estaban supeditadas a la obediencia sin claudicaciones y la ignorancia pragmática de los defectos, aunque su propio sentido común les hiciera comprender precozmente, que el modelo impuesto, lejos de generar un futuro promisorio para el país solo podía conducir al desastre.

    Indudablemente, el Comandante y su núcleo vital, veían en ellos a unos potenciales sucesores, que de alguna manera, eclipsarían su gloria y conducirían a la pérdida de sus prerrogativas, y que por supuesto, probablemente no transitarían los caminos previstos por cuanto tenían conciencia, aunque obviamente jamás lo manifestaran, que a mediano o largo plazo el esquema diseñado con el único objetivo de mantenerse en el trono solo podía conducir al Apocalipsis.
    Este sentir se agudizó en la década de los noventa, por cuanto el desplome sin retorno del mundo que les diera cobija material y sustentación ideológica y política determinó la convicción, oculta por imperativo de su propia seguridad, de que el abismo que se abría no tendría puentes que ofertaran una salida sin la transformación radical del modelo.
    El control y la vigilancia sobre sus vidas, manifestaciones en la intimidad, o pensamientos divergentes, estaban monitoreados de manera total y continua desde antes de su promoción, pasados por alto, mientras no constituyeran algún riesgo potencial para su permanencia y utilizados en el momento oportuno para su descalificación.
    Cualquier observador imparcial que evalúe el tránsito de esta supuesta cantera de relevos se percatará fácilmente, de que desde muy temprano estaban contaminados del mismo virus letal que afectó la mente de sus predecesores, una vocación política con objetivos bien definidos, aun cuando quizá con un enfoque estratégico más compatible con la época.
    El conocimiento teórico de las crueles consecuencias que el modelo capitalista tenía para las naciones pobres y en particular para los sectores más desposeídos de las mismas, formaba parte de su arsenal argumental y se utilizaba, pragmáticamente, para escalar y mantener posiciones. En realidad, no constituían un credo ideológico, simplemente era el método propicio que les ofertaba la contemporaneidad en que vivían para su propia escalada.
    Si el analista, fuese parcial, lógicamente trataría de personalizar las conductas, atribuyéndole debilidades ideológicas individuales, lo que en este caso y sobre todo a esta altura del juego, resultaría paradójico, por cuanto, si prácticamente afectaron al 50% del colectivo, una meditación razonable obligaría a plantearse que las desviaciones son en realidad generalizadas y en buena lógica, sugerirían que el pensamiento de los líderes juveniles, más bien refleja el de sus coterráneos generacionales.

    La prueba más evidente de la inconsistencia y la inviabilidad del proyecto es la incapacidad y la negación de gestar un pensamiento continuista en las generaciones emergentes. Todos los retoños cultivados en el jardín cerrado y protegido se marchitan y finalmente se excluyen por la convicción de que su promoción solo conduciría al cambio y la extinción del error histórico que nos llevó al drama actual.
    Un proceso que no tiene relevos solo puede derivar hacia su desaparición. No se ha ganado el derecho a una transición ni aspira a ella.
    El muro de Berlín y la evolución de la Perestroika, han tardado más de lo previsible en reproducirse en el trópico, pero finalmente eclosionarán generando una realidad excluyente que convertirá en historia obsoleta un proyecto fallido y en materialidad futura el ansia contenida de una sociedad envilecida y engañada.

    Pericles


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