La importancia de la claridad

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Amalgamar cubanos es más difícil que juntar electrones.

Amalgamar cubanos en estado de confusión es casi imposible.

La supuesta normalización de las relaciones diplomáticas con el castrismo, recientemente anunciada por la actual administración estadounidense, tomó por sorpresa a muchos de los opositores que dentro de Cuba se enfrentan, de una forma u otra, a los hermanos Castro.

Las sorpresas, sobre todo cuando no son agradables, crean confusiones.

Es quizás por eso que el protocolo de intenciones anunciado por el gobierno de los EE UU dio lugar, al menos de inicio, a tantas respuestas de “Sipéronos” y “Nopérosis” entre los opositores cubanos.

Poco a poco, y como era de esperarse, se han ido perfilando dos posiciones básicas que, sin dejar de buscar la democratización final de Cuba, se orientan de forma distinta ante el acercamiento de la actual administración estadounidense.

Una posición, compartida por una enorme cantidad de personas, cree que una mejoría en las relaciones del castrismo con los EE UU se traducirá inevitablemente, a mediano o largo plazo, en una mejoría para los cubanos en general y, por tanto, en un clima mucho más favorable a la esperada transición pacífica hacia la democracia.

La otra posición, también compartida por una enorme cantidad de personas, cree que una mejoría en las relaciones con los EE UU, lejos de promover la esperada transición pacífica hacia la democracia, se convertirá en un instrumento para legitimar la conversión del castrismo en la primera dinastía de “izquierdas” en el hemisferio occidental.

Las dos posiciones, claro está, usan ejemplos para validar su respectivos argumentos. Así, unos hablan de la transición española, de la chilena e incluso de la argentina; mientras que otros insisten en recordar a Norcorea o a China como un ejemplo válido de eso que podría suceder —o de hecho ya está sucediendo— en Cuba.

De más está decir que la defensa de ambas posiciones ya empieza a generar —como en todos los asuntos cubanos y para beneplácito del castrismo— fricciones entre personas que, para más tristezas, comparten el ideal de una Cuba democrática.

Algo que podrían hacer los opositores cubanos, antes de enfrascarse en una discusión que no podrán evitar, es crear un marco de referencias que sea claro para todos los implicados. Sin ese marco, por mucho que no quieran, terminarán en un diálogo de sordos; porque no es fácil, por ejemplo, discutir sobre la fertilidad de la tierra cuando nadie sabe que uno de los que discuten está pensando en sembrar Guanábanas mientras que el otro quiere cultivar Malangas.

Podrían empezar, por ejemplo, por discutir o esclarecerse los unos a los otros sus opiniones sobre la verdadera naturaleza, o esencia, del castrismo.

Todos los opositores cubanos están claros en el hecho de que en la Cuba de los Castro no existe nada remotamente parecido a una democracia. Eso no implica, sin embargo, que a la hora de discutir sobre sus estrategias de lucha lo hagan sin dejar en claro sus respuestas a una pregunta clave ¿Es el castrismo una dictadura, una tiranía o un régimen despótico?

Hace ya muchos años escuché, o leí, a Alina Fernández, la hija sin apellidos de Fidel Castro, decir que su padre era un tirano. La razón que dio, muy válida, fue que un dictador es una persona a la que, por razones extraordinarias y pasajeras —guerras o cataclismos—, la sociedad inviste de poderes para dictar leyes, decretos, o decisiones, que las circunstancias no permiten discutir de una forma adecuada.

Un tirano, por el contrario, es una persona que se apropia del Poder —ya sea mediante la guerra o a partir de una dictadura— y se siente con el derecho a dictar las leyes que le dé su real gana. Esas leyes, desde luego, son concebidas por el tirano y sus adláteres para garantizar la permanecía en el poder y, sobre todo, para darle a esa permanencia un carácter de falsa legitimidad. Eso implica que un tirano casi nunca necesita, ni se atreve, a violar descaradamente sus propias leyes.

El Déspota, para desgracia de quienes lo sufren, es un tirano que en contra de toda lógica y necesidad, y muchas veces a expensas de un enorme costo político, se siente con el derecho a tomar decisiones que van en contra de sus propias leyes y que en la inmensa mayoría de los casos tienen un origen emocional y egocéntrico. Los déspotas muestran, entonces, un elemento psicopatológico que los tiranos no tienen necesariamente que mostrar.

El castrismo del año 1959, con todos aquellos decretos, leyes, y fusilamientos que reclamaban una “voluntad popular”, puede ser visto, por quienes así lo deseen, como un régimen dictatorial.

El castrismo del año 1976, con aquella “Constitución” que garantizaba la eterna permanencia en el poder de Fidel Castro, dio razones para pensar en su mutación hacia un régimen tiránico.

Después de la caída del comunismo en la URSS se empezaron a ver, en las acciones de Fidel Castro, signos que indicaban en el sentido de una deriva despótica. De inicio esos signos —como el fusilamiento del General Ochoa, sin pruebas convincentes y, según las propias palabras de Fidel Castro, en contra de la opinión del pueblo— se vieron como una necesidad para la sobrevivencia del castrismo.

Con el tiempo, como ya sabemos, Fidel Castro empezó a dar muchas más evidencias de su deriva hacia el despotismo o, como muchos reclamaron desde el mismo inicio de la revolución, hacia un mostrar de su verdadera esencia.

El hundimiento del remolcador 13 de Marzo, el fusilamiento de tres jóvenes negros que nunca mataron a nadie, la larga lista de opositores muertos en circunstancias extrañas, y el vil asesinato de Oswaldo Payá y Harold Cepero, son muestras sobresalientes de decisiones castristas que, por su alto costo y sus bajos dividendos, caen en el terreno de ese desprecio irracional,por sus propias “leyes”, que tanto caracteriza a los déspotas.

Los opositores cubanos pueden tener la opinión que mejor les parezca a la hora de decidir si se están enfrentado, o no, a una dictadura, a una tiranía, o a un despotismo de la peor calaña. Lo que resulta importante es que esa opinión quede clara, al menos entre ellos, a la hora de conversar, polemizar, o discutir, sobre las mejores estrategias de lucha, o negociación, con los hermanos Castro.

Es importante recordar que esa claridad, en el caso de Cuba, puede llegar a tener una importancia de vida o muerte.

Si la esencia del castrismo no es despótica un acercamiento a los EE UU podría traer, gracias a la bonanza económica que implicaría, una mejora en las condiciones de vida de los cubanos, un mayor acceso a la información y un cierto grado de libertad restringida que poco a poco se iría ampliando, con la ayuda de los opositores, hasta llegar a una democracia verdadera.

Ahora bien, si la esencia del castrismo es despótica el acercamiento a los EEUU solo traerá el enriquecimiento de una casta militar muy reducida, un grupúsculo que tendrá la oportunidad de hacerle ver algún día a todos los opositores, que ya en ese momento volverán a ser llamados “escorias”, cuanto es capaz de hacer un pueblo enardecido, o el polvo humano bien manipulado, por dos juegos de las Grandes Ligas a la semana, por tres pollos de Kentucky al mes y el jabón Palmolive a dos dólares la pastillas.

Sería muy triste que de aquí a unos años los opositores cubanos terminen descubriendo, en medio de un acto de repudio, una paliza, una condena a muerte o un exilio forzado que con los déspotas, como con los psicópatas, solo se puede negociar cuando yacen derrotados; o sea, cuando ya no hace falta.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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7 respuestas a La importancia de la claridad

  1. menendag10 dijo:

    Para Reynel

    En primer término, me alegra que escribas de nuevo. Hace días no tenía la oportunidad de enriquecerme con tus opiniones, que aunque no siempre comparto, constituyen puntos de referencia para mi propio análisis.
    No se si me incluyo en el grupo que quiere sembrar guanábanas o en el que prefiere los aguacates. Solo se que mi enfoque está cerca de “Una posición, compartida por una enorme cantidad de personas, que cree que una mejoría en las relaciones del castrismo con los EE UU se traducirá inevitablemente, a mediano o largo plazo, en una mejoría para los cubanos en general”.
    Que un acercamiento a los EE UU podría traer, gracias a la bonanza económica que implicaría, una mejora en las condiciones de vida de los cubanos, un mayor acceso a la información y un cierto grado de libertad restringida que poco a poco… Convierta el diario devenir en algo más tolerable.
    La transición española o la chilena, con sus características propias y sus condicionantes geopolíticas particulares, no son quizá un punto de referencia para establecer comparaciones, pero si un evento histórico ineludible que al menos demuestra que los caminos para llegar al final de la odisea pueden ser múltiples, difíciles de asimilar y en ocasiones sorpresivos e inesperados .
    El condicionamiento de los resultados de la trayectoria a definiciones concretas e individuales, en nuestro caso, resulta difícil. La representación del poder omnímodo es una amalgama en la cual coexisten todas las definiciones.

    .Coincido por supuesto en que:
    “Esas leyes, desde luego, son concebidas por el tirano para garantizar la permanecía en el poder y, sobre todo, para darle a esa permanencia un carácter de falsa legitimidad…

    El Déspota, para desgracia de quienes lo sufren es un tirano que en contra de toda lógica… y mucha veces a expensas de un enorme costo político se siente con el derecho a tomar decisiones que van en contra de sus propias leyes (o supuestos principios teóricamente innegociables)
    Pero también, en casos como el que nos ocupa, la vecindad de un desastre económico intolerable, por cuanto la debacle de la placenta que lo nutre, equivaldría a cortar el cordón umbilical que lo sustenta, condiciona una estrategia alternativa que le permita alargar sus plazos.
    La historia nunca detiene su curso pero el medio en que transcurre si está sujeto continuamente a la dinámica de los cambios. Ignorar esa realidad puede enturbiar la visión de la objetividad omnipresente.
    Conocemos bastante las motivaciones que generan determinadas estrategias en la hoja de ruta de ambos contendientes, pero priorizar con enfoque pragmático los beneficios, por limitados que resulten en función de mejorar la calidad de vida de los que tendrán que soportar el inevitable tránsito, a mí al menos, me condicionan para votar por el proyecto

    Pericles

    • Pericles,
      Gracias, la gripe y las fechas de entrega no me dejan bloguear.
      De lo que trata mi texto es precisamente de la importancia que tiene la pregunta que usted pasa por alto; o sea, de lo importante que es definir la naturaleza del castrismo antes de responder si se puede, o no, negociar con el régimen.
      Por mucho que a los izquierdosos de este mundo les moleste, o por mucho que me duelan las muertes en Chile durante la junta militar, creo que a nadie se le puede ocurrir que es lo mismo negociar con Pinochet que hacerlo con el castrismo.
      Para empezar al chileno nunca se le ocurrió utilizar el hambre y la desesperación de su pueblo como un elemento de negociación. Durante la dictadura chilena la economía de Chile creció en flecha, y los chilenos que querían entrar y salir de su país lo hacían por el aeropuerto y no lanzándose a los tiburones.
      De España, ni hablar, la figura que Franco escogió y preparó para negociar la transición fue el rey Juan Carlos, una persona decente que, por mucho que no me gusten las monarquías, tengo que reconocer que hizo un muy buen trabajo. Hubo exabruptos, existieron momentos difíciles, pero siempre se impuso una suerte de civilización que el castrismo nunca ha tenido, ni tendrá.
      Si nos ponemos a pensar por un momento descubrimos que, a diez de últimas, el único elemento importante de negociación que el castrismo tiene con los EE UU es el hambre, la carestía y la desesperación de los cubanos de adentro, combinada con el dolor de los cubanos de afuera.
      Todo lo demás, el ron, el tabaco, las mulatas, los posibles yacimientos de petróleo, los mercados que se abren, los puertos, los boxeadores y los peloteros EE UU lleva casi seis décadas sin tenerlos… y ni se ha enterado. Cuba es una gota en el inmenso océano de la vida social y económica de los EE UU; la mayor importancia que Cuba tiene para los EE UU es política, y una buena parte de esa importancia radica en una sola palabra: dolor.
      ¿Cuál es la garantía de que la misma estructura de poder que ha llevado a los cubanos al hambre, a la desesperación y a los tiburones, permita que la bonanza de un acercamiento a los EE UU se traduzca en una mejoría sustancial en la vida de los cubanos? La respuesta es muy simple, no existe ninguna garantía.
      Lo único que podemos hacer es inferir, a partir de la naturaleza de esa estructura de poder, cuál es la posibilidad de que la bonanza se traduzca en mejoría y, eventualmente, en democracia.
      Mi opinión al respecto es que el castrismo es un régimen despótico dirigido por psicópatas asesinos a los que nunca les ha interesado ni les interesará el bienestar del pueblo cubano y mucho menos que ese bienestar se convierta en algo ni remotamente cercano a una democracia.
      El tiempo dirá y, como siempre, ojalá que yo esté equivocado.

  2. menendag10 dijo:

    Solo que siempre me cuestiono, si esta alternativa, supuestamente no tiene ninguna perspectiva, y teniendo en cuenta el fracaso de las previas durante medio siglo , cual es la estrategia potencialmente aplicable con alguna posibilidad de éxito.
    Si alguien me muestra una hoja de ruta convincente, creíble, objetiva y realista, descontaminada de los rasgos que le impone a los aspirantes a la sucesión la actual proposición o al menos centrada en los reales intereses de nuestra sociedad, la que vive y seguirá viviendo allí y que necesita para su supervivencia una gota de aliento, seguramente me contará entre sus aliados
    Pericles

    • Pericles,
      Disculpe la tardanza.
      Muchos defensores del castrismo se acogen a la manida idea de que el embargo no ha derrocado a los Castro y por tanto debe ser derogado.
      Vistas desde esa perspectiva (acción=derrocamiento) todas las acciones que se han ensayado previamente contra el castrismo (embargo o apaciguamiento) han fracasado… y fracasarán.
      Varias administraciones liberales de los EEUU han ensayado apaciguar el castrismo y los resultados han sido, y siguen siendo, desastrosos.
      En 1961 Kennedy tuvo al castrismo agarrado por donde duele y lo dejó escapar. Fidel Castro sabía que si JFK enviaba los aviones —prometidos— su guapería tendría que ser en inglés de Massachusetts. Después de perdonarle la vida, porque la decisión de JFK fue precisamente eso, Kennedy intentó fumarse la pipa de la paz con Castro y la respuesta que obtuvo fue los misiles nucleares del 62.
      Después, el pobre Carter intentó apaciguar al hijo descarriado de los liberales estadounidenses y el resultado fue la primera crisis migratoria.
      Para no ser menos, el tontón de Clinton también intentó meter a FC en el redil de la izquierda gringa y el resultado fue el derribo de los aviones de hermanos al rescate —o sea, el asesinato de ciudadanos estadounidenses en agua internacionales.
      Ninguna política de apaciguamiento ha funcionado, ni funcionará, contra un castrismo que nunca ha dejado de ser la expresión de un psicópata en el poder.
      Los que piensan que el objetivo del embargo fue, o es, derrocar a los Castro desconocen la teoría de la revolución de Lenin (manual para alcanzar el poder y una vez alcanzado ya nunca perderlo) y el perfil psicológico de FC.
      Los regímenes totalitarios de corte despótico y psicopático —a los que pertenece el castrismo— no se caen de abajo hacia arriba; y solo se caen de arriba hacia abajo cuando la casta psicopática inicial muere y no hay reemplazo dinástico.
      Esos regímenes, como el de Hitler o el de Pol Pot, solo se caen de afuera hacia adentro.
      Entonces, la única alternativa para derrocar al castrismo es una invasión como la que acabó, por ejemplo, con el régimen iraquí. Esa opción, por razones obvias que no viene al caso discutir, casi siempre ha estado fuera de la mesa de opciones del gobierno de los EE UU.
      La única vez que esa opción pudo haber estado presente fue durante la administración Reagan, época en la que, vaya casualidad, el castrismo se portó como un niñito bueno.
      Levantar el embargo no va a resolver nada, el castrismo nunca ha tenido entre sus intereses el bienestar el pueblo cubano, todo lo contrario, si algo dice la teoría de la revolución de Lenin es que cuando hay mucha necesidad no hay espacio para las famosas condiciones objetivas y subjetivas.
      El levantamiento del embargo va a traer dos consecuencias que los liberales gringos nunca van a reconocer como responsabilidades suyas. La primera —un aumento drástico de los balseros y por tanto de las muertes en el Estrecho de la Florida— ya la estamos viviendo.
      La segunda será una guerra civil que entonces si obligará a los EE UU a intervenir en Cuba para parar un baño de sangre que va a empezar entre castrista diputándose los millardos gringos y después se va a extender a toda Cuba.
      Cuando eso suceda usted verá a los medios liberales gringos, con el aguerrido NYT al frente, decir que la culpa la tiene todo el mundo menos el genio (Hussein) al que se le ocurrió levantar el embargo.
      Falta dolor por venir, Pericles.
      Vivir para ver y, una vez más, ojalá que yo esté equivocado.

  3. menendag10 dijo:

    Para reynelaguilera .
    Febrero 2015
    El que todas las acciones previas hubiesen fracasado no excluye que alguna, esta o la próxima puedan conseguirlo. Cada una de ellas adopta la estrategia más propicia de acuerdo al proscenio que la enmarca y al enfoque, siempre pragmático y coyuntural de ambos contendientes
    Independientemente de los resultados, siempre he pensado que la decisión de Kennedy fue acertada. En primer término, ese compromiso no era de él sino de su predecesor Eisenhower y lo más importante, en aquella fecha hubiese significado un baño de sangre demasiado costoso para ambas partes, amén de una cuota de descrédito político internacional para su país. Resulta una pena que la estrategia diseñada por este presidente y su equipo, La Alianza para el Progreso, hubiese sido boicoteada tenazmente por la extrema derecha y la clase económica dominante. Evidentemente, mejorar la lastimosa e injusta situación de una América Latina empobrecida y explotada, hubiera sido la maniobra más idónea, para enfrentar, no solo la del enemigo coyuntural, sino a lo que hubiese resultado más productivo y justo, evitar el contagio en un medio con todas las condiciones para que se produjera, la clásica involución al populismo.
    El derrocamiento de Sadam – violando todas las normas internacionales- sobre la base de una supuesta amenaza nuclear, cuya falsedad era evidente ya entonces, ha sido despejado por la historia posterior. No existieron razones jurídicamente aceptables que la acreditaran. Aprovechar la puntual repulsa del pueblo norteamericano al atentado de Septiembre, que le proporcionó a Bush un apoyo nacional e internacional que nunca hubiera conseguido por sus propios medios, fue una demostración de fuerza y una protección de intereses energéticos y financieros estratégicamente fundamentados. La situación actual en ese país y su periferia geográfica prueba que aquella guerra, tan costosa, no sirvió absolutamente para nada.
    No soy tan iluso para pensar que la supresión del embargo, como fenómeno aislado, sea capaz de solucionar todos los problemas ni derrocar a un régimen que no acepta la idea de renunciar a las ventajas que le concede su usufructo, considerando además que existe toda una clase que se beneficia en el presente y apuntala su futuro y en buena parte se resistirá a la pérdida de sus privilegios. Tampoco soy tan pesimista como para pensar que todo es una farsa, por ambas partes. Ambos contendientes guardan en su aljaba sus proposiciones e intenciones. Me parece difícil conjeturar prematuramente hasta donde llegarán las cesaciones de cada parte. Por supuesto que cada uno en su ámbito tratará de sumar lo más sustancioso y conveniente, pero ambos están sujetos a la realidad que les impone la ineludible y tornadiza contemporaneidad.
    Aunque ni yo, ni ninguno de mi familia vive allí, no desearía, ni me parece factible la solución bélica civil. Eso ya es historia antigua. Lo intentaron algunos valientes iluminados de su tiempo y lo apoyaron los presidentes coincidentes con la etapa.
    La URRS era más poderosa y se desintegró sola. Aliviar la penuria ciudadana, aunque solo fuese, como admiten algunos “con migajas” puede ser también un modelo para resistir el doloroso tránsito.

    Pericles

    • Pericles,
      Einstein dijo que “locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados”. Los que quieran seguir intentándolo con el apaciguamiento del castrismo, están en su derecho, pero… allá ellos.
      La guerra en Iraq era la jugada que tocaba, mire los precios del petróleo en la actualidad y se dará cuenta de que no había otra jugada.
      El 11 de septiembre fue algo más que un atentado terrorista. El 11 de septiembre fue una declaración de principios de un grupo de Estados feudales y con mucho petróleo diciendo que lejos de utilizar sus riquezas para modernizar, civilizar y hacer más humanas a sus sociedades se iban a dedicar —con todos los recursos económicos que ese petróleo daba, y con una ideología basada en una interpretación religiosa psicopatológica— a luchar contra, e intentar destruir, a eso que llamamos Occidente; empezando, claro está, por los EE UU.
      Después del 11 de sept, Occidente amaneció atacado por una ideología tolerada, financiada y, en algunos casos, abiertamente estimulada, por un grupo de países que en ese momento controlaban una buena parte de la producción y los precios del petróleo.
      Ante esa agresión tan absurda, y cruelmente celebrada en muchos puntos del mundo árabe, a los EE UU no le quedó más remedio que tomar un grupo de decisiones:
      1. Meterse en Iraq para ponerlo a bombear petróleo y romper así una parte del chantaje árabe con ese producto vital (hace ya más de un año que Iraq produce más petróleo que Irán, por ejemplo).
      2. Iniciar la explotación masiva de las reservas de petroleras de Norteamérica, incluyendo —por desgracia para el ambiente— el fracking (en estos momentos EE UU ha pasado de importador a exportador de petróleo).
      3. Estimular la revolución tecnológica encaminada a eliminar la dependencia del petróleo (desde el 11 de sept, por ejemplo, ha habido un aumento drástico en la solicitud de patentes relacionadas con la utilización eficiente de la energía solar).
      4. Ayudar a las personas y organizaciones del mundo árabe que piensan que la riqueza del petróleo, lejos de ser utilizada para defender ideologías pseudo-religiosas y arcaicas, deben ser utilizadas para modernizar, civilizar y hacer más humanas a las sociedades del mundo árabe (primaveras).
      El hecho de si Saddam tenía o no armas de destrucción masiva es tan irrelevante, en el contexto de las decisiones reales a tomar, como preguntarse si Hitler era realmente socialista, o no.
      Yo sé que en España está muy mal visto hablar bien del único gran país de este mundo que en más de 200 años de existencia no ha sufrido ni un rey ni un tirano. Yo sé que lo españoles viven muy orgullosos de su Historia de inquisiciones y conquistas, de reyes y tiranos. Ese orgullo es un derecho que nadie le puede negar, pero como con la locura descrita por Einstein… allá ellos.
      En cuanto a la guerra civil en Cuba, ni a deseo ni me parece factible, pero no por eso dejo de pensar que puede suceder.

  4. menendag10 dijo:

    Te añado un comentario a un artículo irónico satírico que me pareció muy bueno . Además en un tono muy típico de nuestra idiosincrasia.

    La isla de Troya
    Salvador Salazar, enero 21, 2015

    COMENTARIO SOBRE EL ARTÍCULO
    Excelente semblanza. Una mezcla alícuota de cultura e ironía muy aplicable a nuestro presente

    –Nos van a joder –volvió a decir Yusimí.
    Pero nadie la escuchó. Los troyanos estaban ya preparándose para vender suvenires y abrir las tabernas a los forasteros.

    Claro que Yusimi no puede decir otra cosa. Es la única opinión que ha escuchado desde que nació, aunque supongo que en realidad tanto ella como la gran mayoría de los troyanos, lo que estaba pensado en ese momento era, primero, cuales serían la baratijas con mejor mercado y si los megalómanos de palacio le dejarían entrar en la competencia sin acusarlos de capitalistas griegos.
    Los muros de nuestra Troya, en realidad, han sido solo un obstáculo relativo. También le han servido de puente, aunque solo fuera para ver de cerca como se las arreglaban los helenos bajo el yugo del capitalismo
    Por su parte, los grandes jefes troyanos, si están preocupados. Es posible que con el tiempo, en lugar de mandar a los esclavos que le lleven a abrevar los bueyes tengan que conducirlos ellos mismos. Sus herederos al trono, incluso algunos que en otra época lograron saltar el muro y radicarse en la tierra griega, se sienten defraudados, pues a pesar de las promesas de sus aliados, parece que sus enajenaciones mentales que le hacía sentirse los únicos depositarios del derecho a la sustitución de sus predecesores han perdido crédito y limitado sus posibilidades y acusan a los jerarcas griegos de haberlos traicionado.
    En realidad, la llave de la puerta no estuvo nunca perdida, lo que sucedió fue que estaba bien guardada y custodiada pues si los troyanos la hubiesen tenido, probablemente la ciudad se hubiese quedado desierta.
    Pericles

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