Literales vs Metafóricos

Metaphorically speaking

La escena completa pueden verla a partir del minuto 28 de este film.

Un entrenador, que más que todo es un profesor y maestro, intenta explicarle a un grupo de estudiantes qué es la Sociología.

Entre los alumnos está Wilma Rudolph, la extraordinaria corredora de velocidad estadounidense que es, a fin de cuentas, de quien trata el film.

Sociología —dice el maestro—… ejemplo: Segunda Guerra Mundial, Guadalcanal. El ejército americano está aquí y el ejército japonés está acá. Es de noche y los dos enemigos están a distancia de tiro el uno del otro. Es de noche, hay oscuridad y hay miedo. Todo el mundo está nervioso y nadie duerme… Entonces, ¿qué tiene que ver la Sociología con unos japoneses y unos americanos con miedo? Quizás nada, pero miren qué es lo que pasa enseguida. Uno de los americanos se encabrona, porque lleva tres noches sin dormir, y empieza a gritar: ¡Hirohito es el culo sucio de un pollo! Otros americanos se suman a la gritería y al rato de tantos gritos los japoneses se activan, gritan ¡Banzai!, y cargan contra las posiciones americanas. Los ametrallan y se retiran a sus posiciones. Y así toda la noche, los americanos gritando y los japoneses cargando. Bueno, ¿pueden ustedes ver lo que estaba pasando? Los japoneses aman a su emperador, y nadie puede insultar a su emperador. Así es que se van al ataque. Ahora bien, a la noche siguiente, la misma oscuridad, la misma espera y el mismo miedo. Pero esa noche los japoneses deciden empezar a gritar ¡Roosevelt es el culo sucio de un pollo! Y se preparan para el ataque americano. Pero nadie ataca, al rato alguien, desde el otro lado, les responde: ¡Tienen razón, Roosevelt es el culo sucio de un pollo, si no fuera por él no estaríamos aquí! —los estudiantes ríen y el maestro remata: Bueno, eso es Sociología”.

Ayer, en cuanto me enteré del ataque contra Charlie Hebdo, pasé el día recordando esa escena. Una buena parte de ese amor fanático que los japoneses profesaban por su emperador —y al que se refiere el maestro en el film— partía del convencimiento de que ese emperador era, literalmente, Dios en la Tierra.

Al mismo tiempo, una buena parte de las atrocidades cometidas por los japoneses antes y durante la Segunda Guerra Mundial tuvieron su origen en una justificación que era, literalmente, divina. Solo después de cientos de miles de muertos, dos bombazos nucleares, y una abdicación, pudo abrirse camino dentro de la conciencia social japonesa la idea, aunque fuera remota, del carácter metafórico de la divinidad imperial.

La Historia enseña, sin embargo, que los casos como el de Hirohito en el Japón, o el de Atahualpa en el imperio Inca, son relativamente fáciles de resolver. Bastan un McArthur o un Pizarro agarrando —literal o metafóricamente— al Dios por el cuello, para que toda la estructura semiótica del poder empiece a derrumbarse.

Otros casos, y estoy pensando en el fundamentalismo islámico, no son tan fáciles de resolver. La razón radica, a mi entender, en tres factores que, cuando se combinan, tienen la posibilidad de generar una reacción en cadena: me refiero a la justificación de la violencia como una forma de imposición de la literalidad religiosa, al carácter descentralizado de la religión que defiende, o intenta imponer, esa literalidad, y a la existencia de un Estado —o grupos de Estados— que brinde su apoyo logístico a esa violencia.

La mayoría de las grandes religiones de hoy han renunciado, desde hace ya mucho tiempo, a la violencia como forma de imposición de sus respectivas literalidades religiosas. Alguna de esas religiones, para más ventajas, tienen estructuras centralizadas que hacen mucho más fácil —en caso de que surjan facciones violentas dentro de ellas— negociar, aislar a los descarriados, y llegar a acuerdos que sean extensibles a la mayor parte de los feligreses.

Solo las religiones islámica y judía combinan hoy un carácter esencialmente descentralizado y una justificación, aunque sea parcial o sectaria, de la violencia como forma de defensa, léase imposición, de sus respectivos dogmas. Justo es reconocer, sin embargo —e incluso al riesgo de que parezca una defensa—, que la religión judía tiene una larga tradición de disidencia interna —¿qué es Cristo, si no?— así como una coexistencia de más de seis décadas con un Estado que es esencialmente laico y que, por tanto, nunca ha dado su apoyo logístico a grupo religioso alguno.

El fundamentalismo islámico es —por desgracia para ellos— la única religión que insiste en imponer, a sangre y fuego, la arcaica y estúpida idea de un Dios a prueba de metáforas. Creo que ahí radica la grandeza de Charlie Hebdo, y creo que ahí radica, también, una buena parte de la explicación de esa respuesta —exagerada, cobarde, abusiva, e imbécil— dada por los terroristas que atacaron al semanario francés.

Los caricaturistas asesinados apuntaron a algo más que a la libertad de prensa o al derecho de expresar sus ideas. Los mataron porque dieron en el mismo centro del fundamentalismo islámico, y porque lo hicieron con el arma que más duele a los fanáticos: la risa.

Riendo, y haciéndonos reír, ellos dejaron al descubierto que la esencia de esa plaga asesina descansa en el mismo error que ya otros cometieron antes… y terminaron pagando con creces: considerar como literal algo —Dios— que solo funciona cuando los seres humanos son capaces de convertir en una hermosa metáfora.

Por ahora parece que esos asesinos —como los japoneses en Pearl Harbor— triunfaron. Por ahora Occidente se concentra en la libertad de expresión y olvida, quizás aterrorizado, ese centro que Charlie Hebdo atravesó con la flecha de su humor. Por ahora es posible imaginar que en alguna cueva perdida un imbécil celebra porque la literalidad de su Dios ha sido salvada. También es posible pensar, quién lo duda, que en el suntuoso palacio de alguna autocracia religiosa otro imbécil, quizás educado en Oxford o en Cambridge, celebra porque el instrumento perfecto para la opresión de su pueblo, el dogma religioso, ha sido protegido.

Todo eso es transitorio. No pasará mucho tiempo antes de que la respuesta de la sociedad occidental empiece a tomar forma definitiva. Esa respuesta, creo, puede tomar dos caminos fundamentales. Uno, si decidimos retroceder como humanidad, será el de poner encima de la mesa, una vez más, nuestro propio fundamentalismo. Si eso llega a suceder, Dios no lo quiera, las historias de Hirohito y Atahualpa van a parecer cuentos de hadas.

La otra respuesta, si decidimos avanzar como humanidad, será la de reconocer que una buena parte de nuestra Historia puede ser descrita, con independencia de razas, lenguas, países y religiones, como un eterno asedio de hordas y legiones de seres literales, y violentos, alrededor de un grupo relativamente pequeño de personas con capacidad metafórica. Si eso ocurre, quiera Dios, todos los fundamentalismos serán, de una vez y por todas, desmontados desde adentro.

Ojalá.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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Una respuesta a Literales vs Metafóricos

  1. Hermenegildo dijo:

    Mi modesta opinión, que ya expresé en otras ocasiones.
    LOS MINARETES DEL MIEDO. CUAL ES LA SOLUCIÓN

    Siempre que uno tiene ideas propias, y a nuestro juicio claras, definidas y objetivas sobre temas tan controvertidos , suele verse obligado, cuando las expresa, a enfrentar las consignas estereotipadas que pretendiendo defender los enfoques teóricos del humanismo, la libertad y el respeto a modelos políticos y/o religiosos, las normativas de derechos humanos y otras estructuraciones teóricas, que con frecuencia esconden un grado mayor o menor de pragmatismo, y se esgrimen en defensa de la contraparte; no debe dudar ni temer exteriorizarlas aun cuando ello implique que nos adjudiquen el estigmatizarte apelativo de Xenófobo y violador de tratados (que de ninguna manera pueden convertirse en escudo y protección de asesinos que para nada consideran cuando materializan, sobre gente común, desarmada e indefensa sus incalificables homicidios) .
    No es cuestión, al menos a largo plazo, de proteger y preservar un misticismo para aquellos que quieran practicarlo. Por cuanto lo que persiguen es imponerlo a los demás, con el agravante de la simbiosis de gobierno, estado, religión y ética social que preconiza el Islam.
    Creo que ningún país occidental, medianamente civilizado, puede observar sin preocuparse los riesgos que impone una contemporaneidad, en la cual parece difícil protegerse de la amenaza…
    Y al conjuro de estas elucubraciones surge la pregunta, actual y apremiante:
    ¿Se justifica la inversión económica, humana y militar en una guerra enfocada a socavar las raíces de este riesgo universal contemporáneo, protegiendo los derechos ciudadanos que corresponden a los que cumplen sus deberes y respetan los ajenos?
    La modesta cultura de la realidad y la historia, antigua y reciente en ese teatro de operaciones hace pensara que será un enfrentamiento largo y costoso, pero inevitable. El apoyo económico que se mueve detrás de esa vanguardia es incalculable. Las posibilidades de traspasar fronteras accesibles cuando la maquinaria militar les obligue, la complicidad de los mercaderes de armamentos y de los que compartiendo enraizadas ideas religiosas disponen de inmensos recursos de ese género, serán obstáculos difíciles de salvar.
    No obstante, si yo ostentara el liderazgo de los países comprometidos, sin lugar a dudas, y a pesar de esas consideraciones, y de muchas otras en la contemporaneidad actual, optaría por el combate, con todos los recursos que la modernidad aporta.
    Renunciar a la defensa de nuestra civilización sería una cobardía imperdonable, que no condonarían las futuras generaciones

    Pericles

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