No codifican

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La imagen es un performance en sí misma: los esbirros castristas golpeando, durante horas y horas, la puerta de la casa de Tania Bruguera, allá en La Habana.

Eso me recuerda que para conservar sus capacidades codificantes muchos mensajes deben llevar consigo al menos dos informaciones. Una es la señal para la que codifican y la otra es la duración, o el tiempo de vida media, de esa señal.

En pocas palabras, dado un tiempo prudencial las monotonías pierden sus capacidades codificantes. Así, ese toque que al principio llama y después molesta va perdiendo, de continuar, su esencia de ruido hasta que dejamos, sencillamente, de escucharlo.

Esa es la imagen que me queda del performance de Tania Bruguera: el castrismo como una jaculatoria no codificante. El despotismo de los Castro desnudado poco a poco de esas viejas consignas de justicia social, anti-imperialismo, libertad, y soberanía, hasta convertirse en un toque monótono y aburrido que los cubanos solo alcanzan a escuchar cuando aumenta en intensidad, o cuando lo sufren en sus pieles.

Ese es el único mensaje que queda, ese es el único y verdadero mensaje que siempre han tenido: podemos golpear. Para hacerlo, al menos sin grandes consecuencias, se vistieron desde temprano con el discurso de la izquierda. Otra monotonía proteica que a pesar de sus múltiples caras puede ser reducida al:

Yo soy bueno, tú no.

Yo tengo la razón, tú no.

Yo puedo golpear, tú no.

La novedad en el performance de Tania Bruguera nunca estuvo, al menos para cualquier cubano medianamente pensante, en la posibilidad de su autorización, en la forma que adoptaría su represión física, o en las justificaciones que esgrimirían los esbirros ideológicos una vez liquidado el affaire. Todas esas cosas, casi seis décadas después de una larga monotonía represiva, dejaron muy poco espacio a la imaginación.

Habría sido muy difícil encontrar un cubano incapaz de describir a grandes rasgos, pero con gran exactitud, la posible respuesta de las autoridades castristas al performance de Tania Bruguera. Esa capacidad predictiva —de la monotonía del castrismo— está tan desarrollada entre los cubanos que hoy, por ejemplo, sería muy difícil encontrar a un compatriota que no sea capaz de predecir, a grandes rasgos pero con gran exactitud, el contenido de la patética carta de despedida de Fidel Castro que más temprano que tarde tendrán que leer.

La novedad del performance de Tania Bruguera, para los cubanos medianamente pensantes, siempre estuvo en el precio que esa artista tendría —o tendrá— que pagar para hacerle ver al mundo, y sobre todo a la izquierda mundial, que el castrismo no codifica, o que los psicópatas, una vez desnudos de palabras y consignas, solo son capaces de una cosa: la maldad.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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