Ahorcados, criptografía, y una antorcha apagada

Hero y la antorcha

 

La noticia más grata del último acuerdo entre Raúl Mirabal (el medio hermano de Fidel Castro) y el presidente Obama es la liberación de un criptógrafo cubano que, al parecer, abrió los ojos y decidió trabajar para Cuba y no para los asesinos que dicen representarla.

Su nombre, según han confirmado varias fuentes, es Rolando Sarraff Trujillo. Un hombre que pasó más de veinte años en las mazmorras de Villa Marista, y que pudo sobrevivir –dice su hermana– aferrándose a esa belleza del mundo que los carceleros nunca alcanzan a controlar.

Todavía es muy temprano, y  quizás siempre lo sea, para saber cuánto hay de verdad y mentira en toda esta historia. El espionaje, ya sabemos, es una colección de ficciones guardadas en muñecas rusas.

Si de ficciones se trata me permito, entonces, recordar este fragmento de mi primera novela (Ruy). Un pasaje en el que de una forma absolutamente intuitiva —con la intuición considerada como el aceite esencial de la experiencia— describo el origen, allá en La Habana, de un especialista en códigos, de un amor, y de un desengaño:

Ruy    

Se acabó el jueguito de los carros. Le pusieron cortinas a las ventanas y La Negra volvió con la historia del aburrimiento. Pero Armandito era una fuente inagotable. Enseguida encontró una solución. Se le ocurrió hacer dos equipos para jugar a los ahorcados. Prohibido jugar con la W, la X y la Z. Las palabras incógnitas tenían que estar en el Pequeño Larousse Ilustrado que estaba en la biblioteca. Se hicieron dos bandos, uno liderado por Roly el mexicano y el otro por Armandito. Al principio se jugaba sin mucha malicia, pero poco a poco la cosa se fue complicando y terminamos como los espías. Lo primero que hizo el Cabezón fue contar el número de páginas que tenía cada letra en el diccionario, eso le dio una idea aproximada de la frecuencia de las letras al principio de las palabras. Después convocó una reunión y nos explicó que teníamos que ponernos a contar las letras del libro de lectura para saber cuáles eran las más frecuentes. A cada miembro de su equipo le dio unas cuantas letras y nos pidió que las contáramos en los ratos libres. Así fue como Alberto Regueiro llegó a su casa, abrió el libro de lectura, puso una hoja de papel al lado y por cada letra C hizo una marca con lápiz. El padre pasó con la pregunta y el hijo le respondió concentrado. El tipo casi llora del orgullo. A tal palo, tal astilla, hijo de gato caza ratón. Se fue a buscar a su esposa, le pidió al socito que repitiera lo que había dicho; ambos progenitores abrazados al misterio de la vida y a la certeza de sus genes. Al otro día, El Regue llegó a la escuela con la tabla de frecuencia de las letras del alfabeto, hizo el cuento del orgullo de su familia y explicó lo que recordaba de la explicación de su padre. Lo primero que hizo Armandito el Cabezón fue volarse los dos primeros turnos de clase, se metió en la biblioteca y con mucho cuidado comparó las cifras que le habían dado la gente de su equipo con las de la tabla de El Regue. A la hora del receso armó la protesta, los números que la gente le habían dado eran tremendas turcas. Nadie había contado las letras ni un carajo, así no íbamos a ganar. Después intentó explicarnos la tabla que El Regue había traído, y aquello fue peor, nadie entendía ni jota, el Mao se rascaba la cabeza diciendo que eso de los por cientos era muy complicado, hasta que El Cabezón desistió y nos pidió que le diéramos el fin de semana para inventar algo.

El lunes, después del almuerzo, Armandito llegó al punto de reunión con el atlas escolar debajo del brazo. Lo abrió en una de las páginas que tenía marcada con papelitos y sin pedir permiso soltó su disertación. Estábamos sentados alrededor de una fuente de aguas verdes y guajacones moribundos. Armandito nos contó que se había pasado el fin de semana pensando en el asunto. Su abuelita, que era doctora en filosofía y letras, lo vio rompiéndose la cabeza y quiso ayudarlo. El socio abrió el atlas y nos llevó a viajar por los mares del mundo. Con el dedo nos hizo cruzar el Atlántico, se detuvo en el estrecho de Gibraltar y nos explicó que a un lado está África y al otro Europa. Dejó correr la uña a lo largo del Mediterráneo y se le acabó la página. Parecíamos piratas alrededor del tesoro y la cruz. El Cabezón mojó su dedo con saliva y el Mao protestó por las horas que faltaban para el refresco de las tres y media. Volvimos a navegar hacia el Oriente, la voz de Armandito tenía el énfasis de una falsa revelación. Italia es una bota, detrás está Grecia y después Turquía. Vaya noticia. Fulminamos al Mao con la mirada y el viento volvió a hinchar las velas. Subimos un poco hacia el norte, descubrimos el mar Egeo y por encima, amenazante, supimos que estaba el mar Negro, entre los dos mares la pausa fue larga. La gran cabeza giró alrededor y descubrió la misma pregunta en todos nosotros: qué carajo tiene que ver esto con el juego de los ahorcados. El mar de Mármara fue la respuesta. Para pasar del Egeo al Negro hay que pasar por un charquito que se llama así: Mar de Mármara. La uña recapitula lo aprendido, desde el Mediterráneo al Egeo y para entrar en el de Mármara tenemos que pasar este estrecho que le llaman de los Dardanelos. La paciencia se acaba y el Cabezón se apura. Este lugar es muy importante, porque a un lado está Asia y al otro, Europa. Un continente frente al otro, los dos separados por un buche de agua. Dice mi abuelita que hay una leyenda muy famosa. De este lado del estrecho había un pueblo llamado Abidos, y enfrente, en el lado occidental o europeo, había otro pueblo llamado Sestos. El caso es que existe una leyenda muy antigua sobre dos amantes, un joven llamado Leandro y una joven llamada Hero. Él vivía en Abidos, y ella en un templo que había en Sestos. Parece que se enamoraron de un amor imposible, porque Hero vivía en un templo y le habían prohibido tener novio. Pero era un amor muy fuerte, y todas las noches Leandro cruzaba nadando el estrecho de los Dardanelos para encontrarse con su novia…

 – ¿Y hacían cuchi-cuchi mandarina?

 Mao, cállate. Hero tenía que encender una antorcha para que Leandro pudiera ir hasta el lugar en la costa donde ella lo estaba esperando. Una noche, cuando Leandro ya estaba en el mar, se desató una tormenta muy fuerte. Fue una noche sin estrellas ni luna. La oscuridad era tan grande que Leandro no podía verse la mano delante de la cara, lo único que le permitía orientarse era la antorcha que su novia encendió. Por esa luz Leandro supo hacia donde nadar. Pero la antorcha se apagó, nadie sabe por qué. Unos dicen que fue la lluvia, otros dicen que fueron los padres de Hero o un enamorado celoso, o una amiga envidiosa, sabe dios. Lo que sí se sabe es que Leandro perdió el rumbo y estuvo nadando hasta que perdió las fuerzas y se ahogó. Unos días después su cuerpo apareció en la playa, Hero supo la noticia y fue corriendo hasta el lugar, se abrazó llorando al cadáver de su novio, entró con él en el mar y se perdió para siempre… Dice mi abuelita que Leandro significa hombre dulce en la lengua de los griegos y que Hero quiso morirse porque su novio había sido tan dulce con ella que, sin él, la vida le iba a parecer siempre amarga…

 El Mao con la boca abierta y Armandito hablando con cara de revelación. Ahora bien, ustedes se preguntarán que tiene que ver todo esto con el juego de los ahorcados. Muy fácil. Aquí está la tabla que me dio el Regue. Estas son las siete letras más frecuentes en el idioma español. Quiero decir, que la mayoría de las palabras tienen una o varias de estas letras. Yo quería que ustedes se las aprendieran de memoria porque esas son las que tenemos que preguntarle a la gente del mexicano y, al mismo tiempo, esas son las que algunas veces evitaremos en la palabra que le vamos a poner para que adivinen. Como me di cuenta que iba a ser difícil que ustedes se las aprendieran de carretilla, me puse a inventar una palabra que tuviera todas esas letras para que fuera más fácil. Así fue como di con el nombre Leandro. Lo escribí en un papel, y en ese momento mi abuelita me soltó la historia de los dos enamorados. Yo se la cuento a ustedes para que no olviden el nombre. En esta escuela no hay nadie que se llamé así. Entonces, la estrategia a partir de ahora va a ser la siguiente: cuando nos toque preguntar, tenemos que hacerlo con las letras que hay en Leandro.  No quiero que pase como el otro día, que el Mao dejó ir una O así como si nada. Eso no puede volver a suceder. A la hora de poner palabras, tenemos que buscar alguna que no tenga esas letras. Claro que esa palabra no la vamos a utilizar siempre, hay que evitar que la gente del mexicano se dé cuenta de lo que estamos haciendo. En el caso de la O, creo que vamos a tener que utilizarla. Yo estuve mirando en el diccionario y es muy difícil encontrar palabras con la U y con la I solamente. Aquí está la lista que yo hice de las palabras estratégicas. Hay una lista para cada uno.  La gente del otro equipo no puede verla. Si la ven, estamos fritos. Mao, suelta lo que estés pensando, que te veo con cara de yo no fui…

– ¿Quién habrá apagado el quinqué?

– ¿Qué quinqué, Mao?

– La antorcha esa, quién la habrá apagado.

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Cuba, Ficciones. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s