Abuso mágico (II)

Shame on you final

Es bien difícil saber de dónde salen esos “garciamarquitos” que, como Ernesto Londoño —salvando la distancia entre el genio del Gabo y la medianía de sus imitadores—, no pueden esconder su desvergonzada adoración por los abusadores.

La respuesta tiene que estar más allá de las ideologías. Basta recordar al gran Borges, celebrando a los milicos chilenos, para descubrir que esa fascinación por los hombres fuertes, y sus tiranías, es un mal endémico de la línea germinal de nuestro continente.

Venimos de una España cuya historia puede ser descrita con cuatro jalones muy parecidos y superpuestos: Dios, los Reyes, Franco, y los Felipes. Una España adicta a levantar los ojos para ver a un abusador que la protege y la cuida; lo mismo da si es real o imaginado, si tiene en la mano una hostia, un cetro, un fusil o una pluma para firmar los decretos y las dádivas de un Estado ladrón, ineficiente y sobreprotector.

Venimos de una cultura acostumbrada a tener allá en lo alto a un padre nuestro, autoritario y abusivo, que cargue con una buena parte de nuestras culpas y responsabilidades, y se lleve, de ser posible, nuestras incertidumbres.

Jacob Burkhardt lo dijo hace más de cien años: la esencia de las tiranías es la negación de la complejidad. Es posible, entonces, pensar que ese sea el origen del embrujo que caudillos y tiranos ejercen sobre muchos de nuestros intelectuales: Somos herederos de una forma de pensar y mirar al mundo que siente la complejidad como un insulto y busca, a como dé lugar, huir de las incertidumbres que esa complejidad siempre genera.

Eso es algo que todas las culturas hacen en mayor o menor medida. Tanto es así que la “evitación de la incertidumbre” es una de las cinco dimensiones descubiertas por Geert Hofstede en su famoso estudio sobre las diferencias culturales. Una investigación que muestra de una forma cuantitativa y rigurosa que una de las mayores diferencias entre el continente latinoamericano y el resto del mundo es, precisamente, la extraordinaria propensión que tiene nuestra cultura a evitar la incertidumbre.

Cuando se comparan, por ejemplo, los resultados obtenidos por Hofstede para países tan disímiles como Argentina y México, se pueden observar diferencias en algunas de las otras dimensiones; para la “evitación de la incertidumbre, sin embargo, los resultados son muy similares.

Esa similitud se repite a casi todo lo largo y ancho de nuestro continente, hasta el punto de que al propio Hosftede no le queda otro remedio que asociarla con nuestra herencia española. Así lo expresa: “Con 86 puntos Argentina marca un resultado muy alto para el índice de evitación de incertidumbre — y así lo hacen la mayoría de los países latinoamericanos que pertenecieron al reino de España”.

Arrastramos, entonces, la herencia de una Madre Patria que creímos haber derrotado hace más de un siglo, pero que todavía nos lastra con la transmutación de su autoritarismo en otra figura omnipresente, abusiva y, por desgracia, anidada en los pliegues más profundos de nuestra (sub)conciencia: el caudillo.

No es de extrañar, teniendo en cuenta el origen latinoamericano de nuestros intelectuales, y la baja tolerancia a la incertidumbre que padece nuestra cultura, que una gran cantidad de esos intelectuales, puestos ante tareas tan complejas como la reducción de la pobreza, o del descontento popular que esta genera, terminen defendiendo soluciones simplistas y desligadas de la realidad.

La más común de esas soluciones es la de delegar responsabilidades en gorilas que siempre prometen arreglar los problemas, sean la pobreza o el descontento, con una estrategia que ya ha sido utilizada sin resultado alguno.

Si el intelectual es de derechas pondrá sus esperanzas y fervores en un simio dispuesto a reprimir, y a restaurar el orden, de la misma forma que otros lo hicieron antes sin alcanzar sus objetivos.

Si el intelectual es de izquierdas apoyará hasta la genuflexión a unos de eso macacos parlanchines que gritan, discursean y prometen un “futuro luminosos”, una “sociedad más justa”, o el “hombre nuevo”, mientras roban, reprimen, reparten la pobreza y terminan empobreciendo a sus países —como otros de la misma camada ya lo hicieron con los suyos.

Esos intelectuales, a pesar de creerse distintos y llegar incluso a soñar que se enfrentan entre ellos, son idénticos en su apuesta por esa plaga que Jacob Burkhardt predijo que asolaría a este mundo durante el siglo veinte: los terribles simplificadores.

Todos esos caudillos, a pesar de creerse distintos y llegar incluso a soñar que se enfrentan entre ellos, son idénticos en su crueldad, y en esa marcada propensión que tienen a creer que los decretos, las consignas y los asesinatos, pueden borrar la complejidad del mundo. No me extrañaría si muchos de ellos, para más similitudes, compartieran una atrofia de la Ínsula, esa región del cerebro que juega un papel crucial en el procesamiento de los sentimientos, la empatía y la incertidumbre. Tampoco me asombro cuando descubro que a veces esos gorilas han llegado incluso a cooperar entre ellos.

Si tomamos a Ernesto Londoño y a la campaña del New York Times en favor de castrismo, y los ponemos en el contexto de esa vieja cooperación entre caudillos e intelectuales latinoamericanos —para evitar la incertidumbre— nos damos cuenta que estamos en presencia de otro ejemplo más de esa fascinación, tan vieja y profunda, que muchos intelectuales, escritores y periodistas latinoamericanos sienten por los abusadores.

En ese sentido resulta irrelevante preguntarse si el objetivo final de Londoño y del NYT es la mejora de las relaciones entre los Castro y el gobierno estadounidense, la liberación de Alan Gross, el levantamiento del embargo, o esas tres cosas juntas. Lo que salta a la vista es que la estrategia escogida por el periódico de marras, y por el periodista que la ejecuta, es terriblemente simplificadora.

El hecho de que esa campaña ocurra en los Estados Unidos, uno de los países con más alta tolerancia a la incertidumbre, según Hofstede, deja de ser llamativo si consideramos que Londoño es colombiano, su apellido es ¿casualmente? judío y la cultura israelí —un país que el NYT lleva en su alma— muestra, quién lo diría, un índice de evitación de la incertidumbre muy similar al de Latinoamérica.

Imagen: Pablo Brouwer.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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6 respuestas a Abuso mágico (II)

  1. Pericles (Hermenegildo) dijo:

    Abuso mágico, me acercó a una filosofía que no conocía en esos términos. Sin embargo, como vivo en España y estoy al tanto de una realidad contemporánea que marca a todos los estratos sociales, te adjunto una nota, que me indujo a redactar el enfoque que se le da, por algunos sectores, ( en este caso Montaner) a mi juicio un tanto superficial, a una realidad insoslayable, evidentemente caldo de cultivo que no puede obviarse junto al rasgo genético que nos marca, “de evitar la incertidumbre”

    MONTANER Y EL POPULISMO
    Noviembre del 2014

    Tengo la sensación de que Montaner, al que vengo leyendo hace años y que siempre me ha parecido un periodista brillante, durante su periodo de envejecimiento ha evolucionado hacia la derecha en forma tal, que en lugar de concentrar sus evaluaciones, como ha sido su norma, profundizando en la etiología de los procesos, considerando en su justo valor la realidad omnipresente, buscando con objetividad los orígenes de los problemas, se ha deslizado, en esta y otras publicaciones a denostar, desacreditar e insultar, no solo a los líderes de Podemos, sino además, al porcentaje evidentemente no despreciable de españoles que le ponen atención.
    Para los cubanos, todo lo que huela a populismo es señal de comunismo solapado, solo conducente al engaño y el desastre. Razones nos sobran para ello.
    Sin embargo, al menos a mi, esto no me induce a solidarizarme con la camarilla de políticos, funcionarios, banqueros y millonarios que durante décadas han venido transformando el ejercicio de gobierno en algo realmente vergonzoso y humillante para el ciudadano común.
    Me gustaría más, que junto al juicio sobre el proyecto, en el cual tiene todo su derecho a tener criterios, insistiera de manera paralela y proporcional, en el clima social en que el mismo tiene su origen. Una clase política enlodada por la corrupción, desacreditada y sin perspectivas de cambios o soluciones, una cofradía de poderosos dentro de la cual, crece la proporción de nuevos millonarios y sus ingresos se multiplican, limitando viejos derechos laborales conquistados, un poder judicial que ha perdido en una magnitud, nada despreciable, la independencia que le otorga la Constitución y carece, intencionadamente, de los recursos profesionales y materiales para, funcionando con la agilidad, vigor e independencia necesarias, envíe a prisión a los culpables y recupere para el Estado, los multimillonarios fondos malversados.
    No se puede subvalorar a un liderazgo, que por su edad, calificación profesional, origen y ausencia de antecedentes reales y probados,- las tonterías que se le atribuyen suenan ridículas- aglutina y abandera las justas aspiraciones de una sociedad, aplastada por una crisis sin perspectivas de solución y para la cual, los actuales y tradicionales paladines de la vieja y rancia política nacional no representan ninguna garantía.
    No creo que el movimiento se pueda calificar simplemente de Populismo, en el marco de la definición conceptual, o de los modelos Castristas y Chavistas. Claro que esgrime elementos que pueden ser comunes, pero atención, ni estamos en el Siglo XX, ni existe el campo socialista, ni los modelos clásicos desarrollados al calor de estos sistemas tienen vigencia real en esta contemporaneidad, mucho menos en la Europa actual.
    Lo que existe es una sustantividad económica y social con tendencia a su agudización que puede poner en riesgo los logros conquistados a la sombra de una democracia, que debemos esforzarnos por conservar, para lo cual, el pequeño por ciento, dueño y señor de todas las riquezas, debe considerar seriamente sino será la hora propicia,-sin renunciar al modelo económico que evidentemente no se puede ni se debe sustituir- donde se pueda buscar un equilibrio que les permita la conservación de esa riqueza que poseen – que procede no solo de su habilidad para los negocios, sino también y en buena medida, de la inteligencia, el esfuerzo, la preparación científica y tecnológica y la productividad del trabajo del resto de los ciudadanos-y paralelamente un soplo de aliento y un tránsito hacia una calidad de vida razonable para la masa irredenta que constituye la imagen de la nacionalidad

    Pericles

    • Hermenegildo,

      Como dice el adagio, “viejo es el sol y alumbra todos los días”. Créame cuando le digo que conversar con CAM es constatar que tiene una lucidez y una agilidad mental que ya quisieran para sí personas más jóvenes (entre las que me incluyo).
      Pienso que cuesta trabajo hablar de Podemos de una forma más gentil que la que utiliza CAM. La experiencia indica que alguien entrando por una ventana, de madrugada y con antifaz es razón suficiente para gritar ¡Al ladrón!
      Podemos tiene todos los rasgos de una organización oportunista, populista y vinculada (ideológica o materialmente, lo mismo da) a intereses foráneos.
      Nadie quita, y no creo que CAM lo haga, que detrás del auge de esa organización está un extenso sector de la sociedad que se siente frustrado y traicionado por los políticos tradicionales.
      De lo que se trata es de reconocer que organizaciones como Podemos, lejos de ser la solución para los problemas que aquejan a la sociedad española, lo único que harían es empeorar las cosas.
      España camina por la cuerda floja en estos momentos. Una economía devastada por décadas de populismo homeopático y corrupción intravenosa, una tasa de desempleo brutal, una pirámide poblacional cada vez menos sana y una fuga masiva de cerebros hacen pensar, junto con el auge del nacionalismo —catalán, por el momento, y vasco en el porvenir— que España, tal como la conocemos, puede ir en camino a su desaparición.
      Podemos lo único que haría es catalizar ese proceso.

      • Pericles dijo:

        Cuando me refiero al proceso de envejecimiento de Montaner, no lo expreso en sentido literal, peyorativo, sino más bien irónico. Dejo en claro que soy un asiduo lector de sus artículos en los cuales coincido frecuentemente con sus juicios y opiniones. No soy periodista ni escritor, solo un simple aficionado, de modo que sería una irreverencia injustificable de mi parte cuestionar su profesionalidad.
        Viejo es el sol y alumbra todos los días. Yo, aunque mi luz resulte tenue, estoy casi en los ochenta, sumado a la ausencia de profesionalidad en el oficio, persisto en conservar un atisbo que se nutre de la observación y el modesto análisis del universo que me rodea.
        Esta percepción de la realidad, tomada de una parte de las opiniones expresadas en los medios, y de otra más cercana, la de la gente común, en un país que disfruta de un privilegio, del que desgraciadamente no contamos en el nuestro, la posibilidad de expresarse libremente sin temor ni compromisos, es como un dispositivo óptico, que si le dedicas un poco de tiempo (del cual tengo ahora más que antes), te da la opción de conformar tu propio análisis, evidentemente todavía en el terreno teórico.
        Pienso que la definición antes esbozada condiciona y es muy bueno que sea así, la posibilidad de discrepar.
        Creo honestamente que juzgar apriorísticamente los proyectos, intenciones, estrategias y valores personales de los que con una intención u otra, pragmática o romántica, ajustada a la realidad o condicionada por el onírico espejismo que tantas veces a terminado en desastre para muchas naciones; considerando por otra parte un respaldo popular, que no puede negarse ni excluirse, da un poco la impresión de una subvaloración de la capacidad de análisis, la experiencia e incluso la cultura de un segmento poblacional, para nada despreciable, que a mi modesto entender es superficial.
        Es cierto que esta sociedad ha sufrido el influjo de expresiones de populismo, mecanismo de captación de sufragios, presente en mayor o menor grado en todas las democracias. Que la corrupción administrativa, un mal endémico, ha sido parte consustancial de un liderazgo partidista, al que no escapan ninguna de las formaciones independientemente de su matiz ideológico. Lógicamente hipertrofiado y creciente en aquellas que han ostentado el poder a partir de la transición.
        El tránsito y la modesta experiencia vital en el entorno de nuestra sociedad de origen asociado a una aproximación a la historia contemporánea me han llevado a la condición de escéptico, no solo en el orden místico sino en particular en el terreno político.
        Mi definición personal: El hombre es una gran imperfección con algunas virtudes, me impone un análisis del futuro poco optimista, por cuanto lo que podamos hacer para cambiar en algo la sociedad, inevitablemente tendremos que ponerlo en las manos de la misma materia prima, el hombre.
        Aunque lego en la materia, no ignoro el poder y la influencia de las grandes transnacionales, los poderosos e inmensos capitales, y todo el vasto entramado que rige la economía a nivel internacional y su capacidad para boicotear cualquier intento que ponga en riesgo sus sagrados intereses, pero como esbozaba en la intervención previa, creo que ellas también deberán tener en cuenta una realidad, que por otro camino, puede poner en riesgo el propio modelo.

        Pericles

      • Hermenegildo,

        Creo que de lo que se trata es, precisamente, de juzgar a priori, ¿qué es la democracia sino el acto de juzgar a priori y decidir cuál será la persona o el grupo que mejor nos pueda gobernar? Al mismo tiempo, basar ese juicio a priori en la popularidad de esa persona, o grupo, puede ser contraproducente; y si esa popularidad tiene más de “voto de castigo” que de méritos propios corremos el riesgo de cambiar a Guatemala por guatepeor.
        Hitler fue extraordinariamente popular. Una buena parte de esa popularidad tuvo su origen en el voto de castigo de unos alemanes —nación culta donde las hay— que se sintieron humillados y traicionados por los políticos locales y las potencias europeas. A Hitler se le dio el beneficio de la duda, a pesar de que muchos juzgadores a priori avisaron con tiempo de lo que vendría, con Hitler se fue paciente y… ya sabemos lo que sucedió.
        Con Chávez, salvando las distancias, sucedió algo parecido. Prometió soluciones, habló como un macaco enloquecido, tiró plata venezolana —nación rica donde las hay— a diestra y siniestra, ganó popularidad y… terminó convirtiendo a Venezuela en un país destruido social y económicamente.
        Venezuela es un país tan rico que puede darse el lujo de sufrir uno o dos Chávez y todavía recuperarse. España, por desgracia, no puede darse ese lujo. Un par de mandatos de Yes we can y adiós España.
        Si al final los españoles toman la decisión adolescente de hacerse daño para castigar a sus padres, y votan por Podemos, no quedará más remedio que aceptarlo; pero eso no quita que muchos decidan avisar, a priori, del peligro que eso podría implicar.

  2. Pericles dijo:

    JUZGAR A PRIORI

    Juzgar a priori, inevitablemente, será siempre el método por cuanto resultaría difícil predecir con objetividad la futura realidad. Pero en ocasiones, la condicionalidad que impone al liderazgo reinante la ejecución y los resultados del acto de gobernar en el pasado reciente también es un elemento de peso a la hora de decidir. En este sentido los partidos tradicionales que han compartido la dirección política y administrativa, en el escenario que consideramos, han perdido la confianza de un porcentaje tan elevado de de potenciales votantes, incluyendo militantes de su propio partido que si no son capaces de transformar la materialidad objetiva actual- en el breve espacio pendiente- no parecen constituir, de momento, un elemento competitivo dentro del panorama político actualmente vigente.
    En este caso, no se trata de una elección a priori con todas sus incógnitas, sino de la potencial repetición de los mismos errores, al menos, a juicio de un segmento importante de los futuros sufragistas. El origen social y clasista, o al menos su pertenencia a ellas una vez alcanzado el sitial, les coarta para modificar, al menos en una cuantía mínima el recuento de su gestión.
    Si su historial reciente (sumado al de los que le precedieron) no convence a los que demandan, con todo su derecho, cambios que generen soluciones, si los modelos empleados no han resultado eficaces, sumado al cáncer terminal de la corrupción que arruina su honestidad, tienen en este momento pocas posibilidades de triunfo en el marco de las reglas que oferta la democracia.
    Existe el componente de “voto de castigo” y el “beneficio de la duda”, por manidos que resulten, la problemática estriba en que el ciudadano común debe elegir entre los hechos concretos, presentes y probados y definir cual será “su juicio a priori.”
    Por otra parte y probablemente quizá de nuevo no coincidamos en el diagnóstico, el promotor americano del “yes we can” no ha sido, en mi modesta opinión el más malo de los que han ocupado la silla de la Casa Blanca.

    Pericles

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