Mar y verde de Olivos (testimonio-II)

olive-trees[1]Por Hermenegildo Menéndez

Como todos los que llegan a la tercera edad, con frecuencia analizo, unas veces con placer y otras con resignación, los componentes que conforman la vida de los hombres comunes, y los pequeños rasgos que las distinguen. Aquellas conductas, actitudes, decisiones o aventuras que matizan, particularizan e individualizan a cada ser humano —en este caso los míos.

Quizás, si algo distingue a los seres corrientes, en este trozo de historia que nos tocó vivir, dada la singularidad de la etapa y las tendencias predominantes, es el hecho de que cualquiera en Cuba puede haber sido protagonista o al menos participante de algún evento, nativo o internacional, que le proporcionó una connotación particular a su vida.

Esa experiencia, estoy casi seguro, le dejó una mezcla de memorias imperecederas que surcando la corteza de su espíritu dejaron una huella de sutiles remembranzas. Una mezcla de vivencias de una ya lejana juventud, romántica y febril, que en el análisis retrospectivo muestra los valores reales que las suscitaron, las intenciones que las motivaron y los resultados que el tiempo se encargó de mostrar.

La primera vez que me alejé del terruño, en la bodega de un barco, una madrugada tensa y silenciosa, no sabía a ciencia cierta ni cuál era mi destino ni cuánto duraría aquella andanza. El brusco desprendimiento de mi entorno natural, la ausencia de despedidas y explicaciones, sumadas a la perspectiva del enfrentamiento a fenómenos cuya dimensión desconocía, me precipitaron a un estado de ansiedad que solo la juventud y la inexperiencia me permitieron aceptar. Lo hice, claro está, descargando la responsabilidad de lo que me sucediera en los que sin consultarme habían decidido mi suerte.

La aventura marítima, el desafío de un océano solo conocido en los libros, la entrada en un Mediterráneo poblado de leyendas y el recalo en un puerto hasta entonces desconocido me dejaron, al final del viaje, con un mar de preguntas.

El desembarco y la caravana se organizaron con la premura y el desorden característicos de los tiempos. Partimos y poco después mi vista se recreó con un nuevo paisaje desconocido. Por primera vez vi los olivos cargados de fruto, y aquella extensión inmensa sin colinas ni montañas que se difuminaba en el infinito de una tarde fría y hostil.

Después, al final, una muralla alta y vetusta, un recinto protegido y diseñado para rechazar cualquier contingencia que me recordó, enseguida, las películas de la niñez. Solo que ahora yo era protagonista y actor en una supuesta guerra que en cualquier momento podía envolverme en su vorágine.

Estaba muy cansado, pero la tensión por un futuro de posibilidades inciertas me impidió conciliar el sueño. Una inclemente temperatura glaciar contradecía en los huesos el aserto ignorante de los organizadores de aquella aventura. El desierto, aprendimos, es calor y frío extremo. Al final de la noche fría e insomne nos sorprendió un amanecer despiadado; el agua prevista para el aseo matinal exigía, para acceder a su empleo, la ruptura de una capa de hielo.

La sucesión de los días, las semanas y los meses, abrumado de trabajo, mal alimentado y sucio, trascurrieron bajo la aspereza de aquel crudo invierno. Una estación para la que no estábamos preparados y que a duras penas pude pasar preguntándome, a cada rato y para mis adentros, una misma pregunta: ¿Qué carajo hacíamos allí?

Existía, por supuesto, una respuesta oficial que en aquellos tiempos hasta podía llegar a parecer convincente. En realidad, salvo las excepciones clásicas y “normales”, un sentimiento solidario, y un compartir con igualdad las penurias y los riegos de las contingencias, le confería a aquel evento un sentido de aventura romántica, de hidalgo enfrentamiento y de justa y humana hermandad.

Solo muchos años después, en el reposo de la edad, sería capaz de aquilatar en su justa medida los resortes que movieron aquellas decisiones.

Al final, la aventura —que duró seis meses y le restó 30 libras a mí ya magra constitución— terminó y volví a “disfrutar”, a la inversa, el itinerario interoceánico que me devolvió a la Patria y, sobre todo, a mi familia.

Atrás quedaron los recuerdos de una experiencia que puso a prueba mi vocación de médico, mi modesta preparación y la sensación de que, para los patrones de la época, había cumplido satisfactoriamente con mi deber.

Los pequeños lunares, las manchas que deslucían el carácter épico y justiciero del sacrificio no tenían todavía suficiente peso y se ignoraban, como excepciones inevitables o como máculas transitorias que el futuro se encargaría de limar.

Allí, en aquel suelo ajeno, extraño y mal comprendido no dejamos, por suerte, ninguna tumba que recordar. Los más belicosos y experimentados, los que un poco venían haciendo del combate su profesión, se quedaron con ganas de ejercitarla. Razones ajenas a ellos pusieron término a una contienda que parecía más razonable dirimir en otro terreno. No sería, afortunadamente, la historia de otras confrontaciones que esa estrategia geopolítica, que se iniciaba allí, proporcionaría en el futuro. En las que vendrían, por desgracia, la cuota de sacrificio exigiría un doloroso tributo.

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Cuba, Hermenegildo Menéndez. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s