Abuso mágico (I)

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El asombro empieza a ceder espacio a las sospechas cuando descubrimos que la cara visible de los editoriales del NYT es —nada más y nada menos— que otro de los tantos “garciamarquitos” que asolan este mundo.

Otro colombiano, este de apellido Londoño, es el periodista que ha escrito y firmado la campaña del NYT en defensa del castrismo. Ahora el compañero está en La Habana, ahora lo reciben en el periódico Granma, dice estar feliz y elogia, de paso, a un esbirro disfrazado de bloguero que trabaja en esa dependencia de Villa Marista.

No me extrañaría si a Londoño lo premian, en público o en secreto, con una de las tantas medallas que el castrismo tiene para estos menesteres. Ha hecho un trabajo impecable presentando como víctima a un régimen despótico. Se las ha gastado todas para hacerle creer a la opinión pública estadounidense que hay más abuso de EE.UU. hacia los Castro que de estos hacia la nación cubana.

Londoño, con su prosa ideológica disfrazada de objetividad, se ha saltado una regla de oro que en estos casos —en los que un abusador como los Castro se queja de ser abusado— es muy simple: Proteger al más débil. Una vez logrado eso se puede proceder a hacer justicia, pero de inicio, sea cual sea el origen de la situación, se debe proteger al más débil.

Por ejemplo, si un hombre muy fuerte le está pegando a una mujer es absurdo y criminal ponerse a disertar sobre los supuestos abusos y humillaciones que los amigos de esa mujer le puedan haber causado al agresor —o, para el caso que nos ocupa, de las supuestas cosas buenas que el abusador pueda haber hecho por esa mujer. Lo que se impone, de inicio, y en pura humanidad, es detener el abuso.

Esa regla es tan elemental que da vergüenza tener que explicarla.

Cualquiera que haya vivido en Cuba, como un cubano, sabe que el castrismo tiene, y utiliza cada vez que le da su real gana, una enorme capacidad abusiva contra la población cubana. Cualquiera que haya vivido en los EE. UU., como un cubano, sabe que el castrismo siempre se ha escudado en las supuestas agresiones de los EE.UU. para justificar sus abusos contra el pueblo cubano.

Eso, ya sabemos, es una estrategia que los abusadores han utilizado desde tiempos inmemoriales. Lo que resulta asombroso es que esa estrategia encuentre ecos en medios que se precian de ser justos e imparciales. Lo que resulta indignante es que esa estrategia encuentre ecos en medios controlados, financiera e intelectualmente, por descendientes de personas que hace solo unas décadas sufrieron lo indecible porque el mundo decidió no proteger al más débil —los judíos— del más fuerte —el nazismo—.

La indignación por esos editoriales del NYT llega hasta los límites de la vergüenza ajena cuando descubrimos que detrás de esa campaña está otro de esos periodistas, escritores, e intelectuales latinoamericanos que han asolado a nuestro continente desde los años sesenta.

¿De dónde salen esos individuos que yo, para resumir, llamo “garciamarquitos”?

¿De qué pliegues de nuestra (sub)conciencia latinoamericana nacen esos seres que son capaces de hacer ojos ciegos —hablando de entelequias como justicia social y anti-imperialismo— a infamias y crueldades evidentes o de llegar, incluso, al paroxismo de justificarlas?

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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