Vergüenza ajena

leon verguenza ajena[1]

Cada vez queda más claro que los cubanos somos un daño colateral en la vieja guerra entre Demócratas y Republicanos.

Desde los tiempos de la administración McKinley, desde aquel momento en que los Estados Unidos de Norteamérica decidió llevar sus leyes y dólares allende los mares, Cuba se convirtió en la bandera de un conflicto interno en el que ninguno de los contendientes se ha tomado el trabajo, o ha tenido la decencia, de pensar en los cubanos.

En esa guerra sucia los Republicanos, con su aceptación tácita del Memorándum Breckenridge, con la Enmienda Platt, y con su apoyo a cuanto ladrón y asesino gobernó en Cuba —antes de 1959—, dejaron bien claro que su preocupación por el bienestar del pueblo cubano nunca pasó del cinismo y de la proverbial hipocresía anglosajona.

Los Demócratas, por su lado, se las arreglaron para convertir, ya desde 1957, al gánster y asesino de Fidel Castro en una especie de Robín Hood del Caribe. A partir de ahí los liberales estadounidenses utilizaron esa imagen mediática —falsa, peliculera y simplona— para minar los esfuerzos encaminados a impedir que Cuba fuera gobernada por un psicópata con ínfulas de intelectual.

Con el triunfo de la revuelta castrista quedó bien claro que los Demócratas celebraron —al fin— la llegada al mundo de su propio Somoza; de su hombre fuerte, de su asesino despiadado y parlanchín, de la mascota que usaron inmediatamente —envuelta en la propaganda del “buenismo”— como punta de lanza contra los Republicanos.

A partir de enero de 1959 no ha existido una sola administración demócrata que no haya defendido a Fidel Castro. Lo hicieron cuando abandonaron a la Brigada 2506 y aceptaron el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, lo dejaron bien claro cuando no castigaron el Hundimiento del Remolcador 13 de Marzo y dejaron impunes a los asesinos de Payá y Cepero. Lo están gritando ahora cuando piden el canje de Alan Gross por los tres espías presos.

Da vergüenza ajena ver como esos paladines de la justicia y la bondad, que dicen ser los Demócratas, se prestan —bajo el mantra de una educación y una salud pública que no son mejores que las de las cárceles estadounidenses— para defender a un despotismo, el castrista, que jamás querrían para su propio pueblo, o en el que ellos no podrían vivir unos meses sin colgarse de una Guácima.

¿Qué tenemos que hacer los exiliados cubanos para explicarles a Demócratas y Republicanos que no queremos para Cuba más de lo que ellos quieren para su propio pueblo?

¿Cómo podemos explicarles, a Demócratas y Republicanos, que una buena parte de la represión y los asesinatos que se viven hoy en Cuba son consecuencia de un viejo conflicto partisano, entre ellos, que nunca ha tenido la decencia de pensar en el pueblo cubano?

¿En qué idioma tenemos que hablar para hacerle entender a Demócratas y Republicanos que los Castro son unos asesinos y unos ladrones de la peor calaña?

¿Por qué, Demócrata y Republicanos, no se ponen ustedes de acuerdo y acaban de exigirle al castrismo, de una vez y por todas, lo que la mayoría del exilio cubano lleva décadas exigiéndoles a esos asesinos?:

  1. Libertad para todos los presos políticos.
  2. Pluripartidismo.
  3. Elecciones democráticas con voto secreto, directo y verificado.
  4. Independencia del poder legislativo del ejecutivo.

¿Es que al final, y a pesar de las diferencias partisanas que puedan tener, Demócratas y Republicanos coinciden en pensar que los cubanos no merecen la democracia?

¿Es que esa inferioridad que Demócratas y Republicanos parecen adjudicarle a los cubanos justifica el canje de tres espías convictos por un subcontratista inocente?

¿Es que la superioridad de un hijo del pueblo escogido de Dios, o de los intereses del Sionismo, justifica cambiar a tres espías castrista por Alan Gross, y no por todas las opositoras y opositores al castrismo que se pudren en las cárceles de Cuba?

Señor Presidente.

Señor editor en jefe del New York Times.

Señoras y señores candidatos a las próximas elecciones presidenciales.

Shame on you.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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