Gross y los tiempos

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Tengo un amigo que viaja en los tiempos. Empezó por preguntarse cuánto pesa la información y terminó conectando su poderoso ordenador a la red telefónica —inalámbrica y alámbrica, insiste en explicar— de la ciudad de Nueva York.

Esa conexión, junto con otros detalles técnicos que escapan a mi interés, le permite viajar entre los muchos tiempos que habitan su universo.

Porque el ayer, el hoy y el mañana en que vivimos, dice mi amigo, es solo una de las tantas líneas de un devenir que se trenza —como esos cablecitos rojos, verdes, azules y amarillos— dentro de un rollo de otras Historias posibles.

Los médicos le diagnosticaron una esquizofrenia con un delirio altamente estructurado.

Ayer regresó de uno de sus viajes y enseguida me llamó para contarme.

Entró en el Metro de La Habana por la estación de Neptuno y Belascoaín. Los vagones iban casi vacíos. Sobre un asiento desocupado vio un artilugio muy parecido a un nano Ipod. Lo estudió con curiosidad, hizo uso de sus extensos conocimientos en electrónica y semiótica, intentó encenderlo varias veces y al final, con resignación, tuvo que aceptar la sugerencia de un señor que desde lejos, y para mostrarle, puso la yema de un pulgar sobre la palma de una mano.

 –De Pé los periódicos del futuro.

Mi amigo puso la yema de su dedo gordo sobre la superficie pulida del aparatico, sitió una vibración, su huella dactilar fue verificada y vio desplegarse en el aire y ante sus ojos el periódico “The Havana Post”. La portada anunciaba la edición correspondiente al 22 de octubre del año 2120

–En ese futuro hay alguien que tiene mis dedos.

El resto fue fácil. Pasó las páginas. Fue de titular en encabezamiento. Se detuvo en alguna que otra propaganda y al rato descubrió, complacido, que estaba humedeciendo la punta de su dedo índice, con saliva, para pasar unas hojas hechas de luz.

Se detuvo en un artículo que le llamó la atención. La sección era “Historia y archivos”, el título rezaba: “La verdad sobre el affaire Alan Gross”. El autor, llamado Moshe Pérez, había revisado exhaustivamente los archivos de la Oficina Nacional del Antiguo Núcleo de Información Secreta y Militar —del castrismo—; los archivos de Inteligencia del desaparecido Estado del Israel; y toda la información disponible, bajo el Acta de Libertad Informativa, en los Estados Unidos.

En un cuidadoso trabajo de arqueología documental el autor había encontrado que el origen del affaire Alan Gross se remontaba al aciago día en el que un espía israelí, llamado Jonathan Pollard, había sido condenado a cadena perpetua por un tribunal estadounidense.

Ese día se desataron una serie de reacciones que darían lugar, eventualmente, al encarcelamiento del señor Gross. Para empezar el gobierno israelí, como es habitual en esos casos, negó cualquier relación con Pollard, pero se apresuró a despedir, sin muchos miramientos, al oficial de inteligencia que manejaba ese caso.

Despidieron, nada más y nada menos, que al legendario Rafi Eitan. El hombre que había raptado a Adolf Eichman en Argentina; el oficial del Mossad que asesoró, paso a paso, al Mayor General Yekutiel Adam durante la exitosa Operación Entebbe. Un hombre probado en la acción, pero que años después terminó siendo, gracias a su extraordinaria inteligencia, el jefe del espionaje científico de los israelíes.

A Rafi Eitan la condena de Pollard le pareció tan exagerada, injusta y antisemítica, que prometió no descansar hasta liberar a su compatriota. Voló por debajo del radar durante unos cuantos años y un mal día, quizás siguiendo el viejo adagio de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, tocó a las puertas de La Habana con una propuesta que el castrismo no podría rehusar.

Las relaciones de Eitan con La Habana, dice Moshe Pérez, no eran nuevas. Años antes, por una de esas tantas circunvoluciones del trabajo de Inteligencia, Rafi había logrado convencer a los cubanos para que lo ayudaran en la supresión de un enemigo común. El convencimiento fue logrado a través de Jonathan Brimley, un oficial sin grados de la Inteligencia castrista que fingiría, años después y durante el affaire Gross, haber caído en la más profunda desgracia.

El compañero Brimley se ocupó de llevar las propuestas y contrapuestas entre Eitan y sus jefes. Al final, después de algunas concesiones por ambas partes, quedó listo el plan para eliminar a Gerald Bull, el diseñador del supercañón sudafricano que tantas bajas cubanas había causado durante la guerra en Angola. Con su muerte los israelíes lograron eliminar al artillero en jefe de Sadam Hussein.

El artículo, según mi amigo, volvió a la línea central. Pollard fue preso, Eitan se vistió de gris durante unos cuantos años y a mediados de los noventa emergió en La Habana como empresario y residente autorizado en la isla de los Castro. La propuesta que le llevó al castrismo, aderezada con las consabidas similitudes entre Cuba e Israel, fue muy simple: Yo los ayudo a desmantelar el bloqueo y ustedes me ayudan a sacar a Pollard.

Pasados los recelos iniciales los castristas empezaron a cooperar con Rafi. El compañero Brimley hizo muchas visitas a los Estados Unidos, se reunió con decenas de empresarios estadounidenses interesados en invertir en Cuba, con muchos académicos y con algunas figuras políticas en ascenso. En los oídos de algunas de esas personas Brimley dejó caer, siguiendo las indicaciones de Rafi, frases previamente convenidas para insinuar que lo que parece, no siempre es.

Así, poco a poco y con mucha paciencia, el castrismo logró extender su red de apoyo dentro de la comunidad judía y, por tanto, dentro del mundo empresarial y académico de los Estados Unidos. Esa extensión llegó hasta unos límites que los Castro nunca antes habrían soñado. Ese fue el primer regalo que Rafi Eitan les hizo: llenar de fisuras la vieja y sólida alianza entre los judíos americanos y los exiliados cubanos en Norteamérica.

El segundo regalo fue el de los medios de difusión masiva y la industria del entretenimiento. Después que Rafi empezó a hacer su trabajo los Castro pudieron haber descubierto que una cosa es manejar a su antojo a filocomunistas como Herbert Matthews y otra, muy distinta, es tener acceso a las manos que agarran las cuerdas que controlan los hilos que mueven las crucetas que hacen bailar a las marionetas.

–La frase no me gusta, pero así la puso el tal Moshe.

Esa es una nota curiosa que el autor del artículo señala muy bien: En los años de mayor represión castrista, en la época en la que el castrismo, ya derrotado, se quitó la careta y empezó a matar y a reprimir a diestra y siniestra, Cuba recibió un flujo interminable de periodistas, actores de Hollywood, raperos bling-bling y mulatas de curvas muy bien trazadas. Un ejército de marionetas famosas que hoyaban la isla con sus sandalias sin sospechar el origen de sus viajes.

El punto final de esa fase fueron los grandes periódicos del liberalismo estadounidense. Publicaciones dispuestas a perder una buena parte de su reputación apoyando a los déspotas de Cuba. Medios controlados, ya fuera financiera o intelectualmente, por los judíos, pero que no se cansaban de celebrar unos supuestos “logros” del castrismo —en educación y salud— que los nazis bien podrían haber reclamado para ellos mismos. Puro periodismo imperial al que solo le faltaba parafrasear y decir que los Castros eran unos hijos de puta, pero eran sus hijos de puta.

Una vez tejido el bastidor mediático empezó un concierto que ya estaba escrito. Una sinfonía in crescendo para otra orquesta roja que esta vez, paradójicamente, no buscaba derrotar a un déspota alemán, sino presentar como víctimas y corderos a dos psicópatas asesinos de apellido Castro. Rafi condujo sus instrumentos con maestría inimitable.

Los castristas “quemaron” una red de espías que ya estaba detectada, y convirtieron en héroes a los pocos que no cooperaron con la justicia estadounidense. Rafi movió sus batutas para lograr que el señor Alan Gross empezara a visitar Cuba. Al principio para llevar ordenadores y teléfonos a la pequeña comunidad judía en ese país, después, otras cosillas un poquito más comprometedoras. Una vez logrado eso sus viejos contactos empezaron a sembrar informaciones falsas encaminadas a pintar a Gross como un hombre vinculado al Mossad. Tan pronto como esas medidas activas llegaron a buen término Alan Gross fue detenido por los castristas.

Ese es uno de los misterios que intenta develar Moshe Pérez en su artículo: la ausencia de una respuesta rápida, clara y enérgica, por parte de los Estados Unidos cuando los castristas detuvieron a Alan Gross. La explicación más aceptada siempre fue la de una falta de liderazgo por parte de la administración americana —liberal, por cierto— que estaba en el poder en aquel momento.

La otra explicación, más plausible para Moshe Pérez, es que esa administración americana, junto con su comunidad de Inteligencia, tomó la decisión más adecuada según las informaciones —reales y falsas— que poseía en aquel momento: Rafi Eitan vive en La Habana, Alan Gross parece estar vinculado al Mossad y el castrismo quiere liberar a sus espías presos. Ergo, esto parece ser una jugada de Eitan para darle a La Habana una pieza de cambio e incluir en el canje, con un poco de suerte, a su bien amado Pollard. El curso de acción debía ser, por lo tanto, no cooperar con el castrismo y dejar que Gross se pudriera en la cárcel.

El primer movimiento había terminado como se esperaba. A partir de ahí todo fue un subir de octava en octava. Los espías castristas presos se convirtieron, gracias a los medios liberales estadounidenses, en luchadores contra el terrorismo cubanoamericano. La culpabilidad de Alan Gross dejó de ser cuestionada. La inocencia de los espías castristas se convirtió en uno de los mantras preferidos del liberalismo gringo. El deterioro físico de Gross en la cárcel castrista pasó a ser responsabilidad del gobierno americano. Los intentos de ayuda estadounidense a la indefensa oposición al castrismo —dentro de Cuba— fueron denunciados —olvidando a Lafayette y al desembarco de Normandía— como una violación a la sagrada soberanía del poder castrista. El embargo comercial al castrismo fue declarado como inoperante, obsoleto y absurdo. Filmes cubanos de peor calidad que “Antes que Anochezca” fueron premiados con el Oscar y los reguetoneros cubanos fueron recibidos en USA como verdaderos intelectuales.

Cuando el ruido parecía estar estabilizándose empezó un movimiento encaminado a demostrar que la prisión de Alan Gross no era más que un pequeño punto, minúsculo e injusto, dentro del gran diferendo Cubano-Americano. Una confrontación que, según la orquesta roja, no podría resolverse antes de que los Estados Unidos levantara un embargo que ya, para facilitar las cosas, había sido declarado como inoperante, obsoleto y absurdo.

Los grandes medios liberales estadounidenses se fueron sumando a la sinfonía con una cadencia que hablaba de batutas muy bien utilizadas. El ruido llegó a ser ensordecedor. Cuando ya todos esperaban las fanfarrias del final Rafi Eitan, como un mago, dio su nota genial. Lo hizo, quizás, parado en puntillas, con los brazos abiertos y la cabeza inclinada hacia el cielo. Lo hizo para que a nadie le quedara la menor duda de que él estaba detrás del encarcelamiento de los dos nuevos espías estadounidenses capturados por el castrismo en Venezuela. Dos oficiales de alto rango que fueron extraditados hacia La Habana y presentados ante la televisión cubana con la consabida confesión: Planeaban un ataque terrorista contra la embajada castrista en Caracas.

Al otro día, como nota final del magistral concierto, uno de los medios liberales más influyentes de los EE.UU. sacó un titular en el que conminaba a su gobierno a resolver, de una vez y por todas, sus diferendos con países pequeños, y bajo asedio, que solo habían espiado dentro de los EE.UU. para protegerse de los terroristas albergados en el territorio de “nuestra” gran nación. El título del editorial, como una mueca y un déjà vu, era: Again, ready to talk now?

A mi amigo se le acabó la energía y tuvo que regresar a nuestro presente, pero le dio tiempo para leer el final del artículo.

–Anticlimático, los republicanos ganaron en el 2016 y Eitan y los Castro se llamaron al buen vivir. Entregaron a los supuestos espías y allí no pasó nada.

Después, como es su costumbre, mi amigo colgó sin decir adiós.

Me dejó pensando en la suerte que tenemos. En la dicha de vivir en una línea de tiempo tan simplona y predecible como estas horas que corren.

Imagen: Pawel Kuczynski

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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