Prosas bananeras y discursos macondianos

Divine touchPonga la palma de su mano por delante de usted y mirando hacia el piso.

Muévala hacia los lados como si fuera una hamaca.

Sincronice el vaivén con las oraciones y como en un rezo diga —mientras mece sus dedos— aquello de “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar…

Imagine una francesita durmiendo sobre la hamaca, deje que un rumor de follaje se cuele entre las palabras, como una voz entre los pasos del péndulo, y tendrá usted la receta del último de los grandes escritores-tiranos. Aderezada, ya sabemos, con algunos nombres de la guía telefónica de Manila.

No exagero, hay algo profundamente tiránico en el acto de escribir. De un universo infinito de combinaciones posibles el escritor escoge una, y sólo una. Después, ya hecha la elección, el único destino posible es el de imponerla.

La fascinación de los escritores por los tiranos tiene mucho de gremial.

Es verdad que los dioses tejen las desgracias humanas para que los hombres tengan algo a que cantarle. Es verdad que los tiranos son, a fin de gotas, lluvias de desgracias. Pero quién se atreve a negar que para cantarlas están los poetas.

Los escritores son otra cosa. Los escritores saben que por mucho que quieran esconderlo —por mucho que la fama, el poder y la gloria intenten borrarlo— ellos no son más que tiranos de las palabras, impostores bendecidos por una imposición que la mayor parte de las veces le debe más a la suerte y a la astucia que al talento.

Usan las frases de sus abuelas. Cambian la métrica escondida de un José Eustasio Rivera con una o dos vocales más. Saben que Kafka y Bulgakov ya estuvieron dónde ellos quieren estar. Le roban sus espacios a Quiroga y a Carpentier. Se inventan un condado de Yoknapatawpha, lo disfrazan de Comala, le ponen la piel de un banano y se aprestan a traducir, al dialecto de sus tiempos, eso que ya otros hicieron pero que por obra y gracia de una ideología —hecha mercadeo y agentura literaria— llegara a parecer original.

Los tiranos de este lado del mundo son similares. Reproducen a gran escala los abusos de sus padres. Le ponen un repicar de tambores a la oratoria hitleriana. Saben que Calígula y Nerón ya estuvieron donde ellos quieren estar. Le roban razones a Lenin y a Robespierre. Se inventan un futuro luminoso, lo visten con la piel de un plátano macho y se aprestan a traducir, al dialecto de un metalenguaje ya inventado, unas maldades que son tan viejas como el mundo.

Nacen condenados a la cría divina y la juntadera diabólica. Están hechos los unos para los otros. Se entienden, se admiran y llegan a convencerse —entre ellos— de que sus tantos imitadores son prueba fehaciente de un lugar muy bien ganado en la historia. Dejan un mundo agobiado por castristas y garciamarquitas. Sonríen satisfechos y recuerdan aquellas preguntas que —como un hágase la luz— marcaron sus vidas:

¿Para qué asaltar un banco si el poder permite nombrar ministros de finanzas?

¿Para qué luchar duro por la gloria literaria si se puede hacer simbiosis con un asaltador de bibliotecas?

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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