Disco rayado

Jester Unicorn

El diputado Silvio Rodríguez y su amigo Guillermo Rodríguez Rivera insisten en recordarnos el origen cortesano de casi todas las artes.

Como buenos juglares de la corte castrista han vuelto a salir, una vez más, en defensa de su rey. Esta vez con una carta dirigida a Ruben Blades.

Una misiva en la que  han decidido adentrarse —con las ambigüedades, desvaríos y sensiblerías típicas de esa generación— en las profundas aguas de la sociología, el marxismo y la teoría leninista de la revolución.

Agárrense señoras y señores —prepárense compañeras y compañeros—, los Rodríguez acaban de descubrir el axioma definitorio de la palabra “revolución”.

Para ellos una revolución es un proceso violento y lleno de buenas intenciones que nunca se pueden cumplir por culpa de la respuesta violenta —mundo cruel— que ese proceso siempre genera.

Un revolucionario es, entonces, cualquier asaltador de caminos que se acoja a la coartada de decir que asalta para ayudar a los pobres pero que, desgraciadamente, nunca puede hacerlo porque la ley lo persigue.

Ya lo saben, ilustres habitantes de la república de Centro Habana: cuando el hambre apriete un poco más se pueden ir hasta el reparto Biltmore y asaltar la casona del diputado Silvio. Después, cuando los agarren y los lleven para Villa Marista, le pueden explicar al interrogador que ustedes sólo querían, como buenos revolucionarios que son, repartir las africanas y los yogures del compañero entre los hambreados niños de la ciudad, pero nunca alcanzaron a hacerlo por culpa de la persecución despiadada —y el bloqueo injusto— que les impuso el G-2.

Olvidémonos, de una vez y por todas, de la ley de los cambios cuantitativos a cualitativos, dejemos a un lado la contradicción entre las formaciones socioeconómicas y el desarrollo de las fuerzas productivas, hagamos caso omiso al criterio —marxista, por cierto—  de que una revolución que no genera bienestar es una simple revuelta. Pongamos todo eso en el congelador —de Silvio Rodríguez— y estaremos listos para aceptar que una revolución es cualquier intento bien intencionado por el que alguien, que se llama a sí mismo revolucionario, está dispuesto a matar y —llegado el momento heroico— a morir bajo el grito guevarista de “no disparen, que yo valgo más vivo que muerto”.

Lindo regalo de los juglares a su cortesano moribundo. De buenas a primeras, y por obra y gracia de dos revolucionarios de pura cepa, que en sus tiempos libres piensan y negocian, ya el castrismo tiene una coartada perfecta. Ahora resulta que todos aquellos fusilados, todos los presos, las familias separadas, los niños ahogados en barcos y remolcadores, las guerras mercenarias en África y el narcotráfico en América latina, no sucedieron, no tenía por qué haber sucedido, por el bienestar del pueblo cubano, sino por la intención, la idea o el deseo, de ese bienestar.

Ahora resulta que el castrismo no tiene que dar cuentas por su responsabilidad en la destrucción  de Cuba, por el paso del mono-cultivo al cero-cultivo, de la prostitución al jineterismo, de la paridad monetaria a la doble moneda, de la insalubridad a la primera epidemia de Cólera en casi dos siglos, de una balanza migratoria positiva a miles de balseros jugándose la vida cada año, de una pirámide demográfica bien balanceada a una sociedad envejecida e improductiva, de las exportaciones a las remesas, de la corrupción batistiana a la corrupción castrista, de la violencia republicana a la violencia revolucionaria, y del asesinato a las ejecuciones.

Nada de eso necesita justificarse, según los Rodríguez, con aquella idea de un futuro luminoso, con la promesa de una sociedad de bienestar, con la producción de más leche que Holanda, más café que Brasil, o con el hecho de que en el peor de los casos “comeríamos malanga”.

No, no hace falta ninguna justificación real, objetiva y palpable. Es innecesario, y puede resultar hasta contraproducente,  hablar de promesas materiales que al ser contrastadas con la realidad  le permitan a la población pensar que aquellos supuestos revolucionarios no fueron más que una bola de asesinos, mentirosos, ineptos y ladrones.

Basta con refugiarse en la entelequia de las buenas intenciones, para seguir empedrando el camino.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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