Dos dolores y un ay

MandelaOrlando Zapata Tamayo[1]

Murió Nelson Mandela.

Con su muerte dejó de existir el hombre que alcanzó a concentrar —en la sonoridad de su nombre— la idea de un dolor colectivo. Pensar en él es recordar que durante décadas la gran mayoría del pueblo sudafricano fue condenada, injustamente, a un humillante régimen de abuso y segregación.

Recordar a Mandela es saber y sentir —no imaginar— un dolor colectivo que a pesar del extraordinario sufrimiento que representa, y su inobjetable derecho a existir, pudo haberse extinguido antes de dejar la impronta que ya hoy tiene en nuestras vidas.

El dolor es una sensación. Nos hincan y duele. El dolor es un sentimiento. Nos hincan y mucho tiempo después —ya desaparecida la sensación— todavía nos duele. El dolor es una idea. Nos hincan y queremos trasmitir, sin hacer daño, esa mezcla de sensación y sentimiento que nos hicieron sufrir.

Las ideas, por suerte o desgracia, compiten entre ellas. Las ideas pueden ser vistas como organismos vivos que luchan por su sobrevivencia dentro de un ecosistema llamado imaginario colectivo. Hay ideas que sobreviven y hay ideas que se extinguen. Es posible imaginar extinciones masivas y explosiones inesperadas de ideas;  asombrosas metamorfosis de algunas y adaptaciones puntuales de otras. Hay ideas que hacen uso de la simbiosis para sobrevivir mientras que otras, para lograrlo, tienen que integrarse dentro de grandes agregados o colectivos de ideas. Es quizás por eso que el dolor, cuando  deja de ser sensación o sentimiento, tiene una gran tendencia a asociarse en eso que llamamos dolor colectivo.

Hablar de dolores colectivo es enfrentar, aunque nos moleste, la dolorosa realidad de ver como sufrimientos de intensidades o características similares siguieron caminos evolutivos diametralmente opuestos. Pienso, por ejemplo, en el genocidio del pueblo armenio en contraposición al del pueblo judío. Los dos son dolores que merecen nichos muy parecidos en nuestro imaginario; la realidad, sin embargo, es que uno tiene una presencia mucho más amplia que el otro. Lo mismo podría decirse del dolor de los gitanos, del sociocidio que sufrió el pueblo de Kampuchea, o de la extraordinaria asimetría que existe a la hora de comparar el sufrimiento de las víctimas de Hitler con las de Stalin o Mao.

Cuando pienso en la muerte de Nelson Mandela no puedo dejar de pensar, por mucho que quiera, en la muerte de Orlando Zapata Tamayo. Esos dos nombres resumen el paradójico destino evolutivo de dos dolores colectivos que a pesar de sus similitudes todavía van por caminos diferentes. Los dos tuvieron su origen en la protesta contra el control de una sociedad por una élite, eminentemente blanca, que se cree superior —ya sea por razones raciales o ideológicas— y que justifica su control con el argumento de las supuestas ventajas sociales que brinda a sus oprimidos. Los blancos sudafricanos nunca dejaron de clamar a los cuatro vientos que la población negra de su país era la mejor educada, la más saludable, y la que mejor comía de toda el África.

Mandela entró en la cárcel siendo un abogado. Zapata Tamayo era un simple albañil cuando lo encarcelaron. A pesar de eso a Mandela le llevó 27 años aceptar que existe una sola Sudáfrica, hecha de blancos y negros entrelazados ya de una forma irreversible. Orlando Zapata, sin embargo, y aunque era negro, nunca dejó de pensar en una sola Cuba. A Mandela le llevó casi tres décadas renunciar a la violencia como forma de lucha. Orlando Zapata fue, desde el comienzo de su oposición al régimen castrista, un pacifista convencido. La primera batalla de Mandela en prisión fue convencer a sus captores de la enorme diferencia que existe entre poner a un hombre preso y quitarle su dignidad. Para ganarla se fue a una huelga de hambre que de no haber triunfado habría hecho desaparecer, allí mismo, en aquel momento, al símbolo que despedimos hoy. Zapata Tamayo pensó algo similar y reclamó, con una huelga de hambre, unas condiciones de vida en prisión similares a las que tuvo Mandela, o a las que disfrutaron Fidel y Raúl Castro cuando estuvieron presos. Mandela entró en prisión siendo un agitador político y salió en libertad siendo un estadista. A Orlando Zapata lo dejaron morir.

Alguien podría pensar que me estoy quejando. Acepto que tiene razón. Sería absurdo negar un dolor que no se puede esconder. Aunque sepa que la evolución no entiende de méritos y justicias,  que es ciega, que actúa por ensayo y error y que sus únicas referencias son el azar y la necesidad. Aunque tenga que aceptar que mi dolor, para ser honesto y consecuente, debería empezar por reconocer las ventajas que tiene sobre otros dolores que lo sobrepasan, sin lugar a dudas, en sufrimiento e incomprensión. Pienso, por ejemplo, en los inmigrantes ilegales; en los balseros haitianos, en la población de origen árabe en Norteamérica y en todos esos seres humanos que han pasado, y están pasando, por sufrimientos superiores al que hemos tenido que enfrenar los cubanos.

Pienso en esas personas y no puedo dejar de reconocer que las razones por las cuales un sufrimiento colectivo logra imponerse, como idea, son extraordinariamente complejas e imposibles de rastrear en su totalidad. Algunas, como el triunfo final de los que sufrieron, su poder económico, o su acceso a los medios de difusión masiva, son fáciles de identificar. Otras, como el efecto de personalidades puntuales, el apadrinamiento por grupos de influencia o el beneficio indirecto de decisiones políticas ajenas, caen dentro del reino del azar y son, por tanto, mucho más difíciles de adjudicar.

La lucha del pueblo sudafricano contra el Apartheid, así como todos sus afanes por hacerle saber al mundo del sufrimiento que ese régimen representaba, ilustra una buena parte de esas causas y azares que median entre una idea fosilizada y otra con vida. Durante los 27 años que Mandela estuvo preso la lucha de su pueblo nunca se detuvo, pero a ella se añadieron una series de eventos internacionales, fortuitos y ajenos a la voluntad de Mandela y sus compañeros, que fueron extraordinariamente importantes en la derrota final del Apartheid y en el reconocimiento del dolor colectivo que ese régimen infligió.

Cuando pensamos en el conflicto Sino-Soviético y en el absurdo corte del suministro del petróleo de la URSS a China (1959); en el salto tecnológico en las técnicas de perforación a gran profundidad (1967), en el fracaso de la Zafra de los 10 millones en Cuba (1970), en la genial visita de Richard Nixon a Pekín (1972) y en la decisión de Mao Zedong, alentada por los Estados Unidos, de salir a buscar fuentes estables de petróleo para su país, estamos pensando en la lista reducida de una serie de eventos que, sin tener una relación evidente con la lucha del pueblo sudafricano, terminaron teniendo una gran importancia en el desenlace de la misma.

A todos esos azares hay que añadirle la existencia de grandes yacimientos de petróleo en Cabinda y Angola, la relativa cercanía de esos países a China, las viejas relaciones de esa potencia con los llamados Movimientos de Liberación Nacional africanos, la absurda decisión soviética de impedir que Pekín tuviera acceso a esas fuentes de petróleo y el involucramiento —inevitable para el castrismo e innecesario para el Apartheid—de Cuba y Sudáfrica en una contienda que en poco les afectaba directamente, y por la que terminarían pagando un gran precio. La confluencia de todos esos intereses, y la necesidad de disfrazar de altruismo lo que en realidad eran simples decisiones económicas y geopolíticas, hizo que la lucha contra el Apartheid alcanzara un relieve internacional que de de otra forma habría sido mucho menor.

Esa proyección internacional de los desmanes del régimen sudafricano, aunque importante desde el punto de vista psicológico y propagandístico, no era, para nada, garantía de éxito alguno. Para que Mandela y sus compañeros pudieran vencer era necesario que el ejército sudafricano fuera derrotado o, al menos, como sucedió al final, que no pudiera declararse vencedor. Es ahí donde vuelve a jugar su papel el azar. Esta vez en la figura del General cubano Arnaldo Ochoa. El hombre que logró estabilizar el frente sur después de la fallida y desastrosa Operación 70 Aniversario. El estratega que pudo, a fuerza de hacer oídos sordos a las sandeces de  la Habana, detener el victorioso avance de los sudafricanos en la Batalla de Cuito Cuanavale, y alcanzar una situación de equilibrio de la que ambas partes sólo podrían salir negociando.

Esa es otra de las paradojas evolutivas que confluyen en la figura de Mandela: renunció a la violencia, pero su triunfo final se debió, en gran medida, a la violencia desencadenada por los tanques cubanos y por los miles de soldados, muchos de ellos negros, que lograron detener a los sudafricanos. Sin esa violencia el ANC pudo haberse convertido, pasado el tiempo, en uno de esos movimientos de liberación nacional que hoy —como las FARC— negocian sus paces en París o en La Habana.

Eso no demerita, para nada, la justeza y grandeza del triunfo de Mandela y sus compañeros, sólo la pone dentro del marco frágil e impredecible de la evolución. Un contexto que incluye, también, la hermosa simbiosis ocurrida entre el dolor colectivo de la población estadounidense de origen africano y el de las víctimas del Apartheid. Una asociación que no ha ocurrido, y quizás nunca ocurra, con respecto a Cuba.

Hoy despedimos a Mandela y hacemos un esfuerzo por olvidar cuanto de su grandeza se debe a la victoria de aquella huelga de hambre, a la genialidad de Ochoa, o al hecho de que el régimen sudafricano, a diferencia del cubano, nunca pensó en utilizar sus bombas nucleares.

Hoy sabemos que Mandela terminó descubriendo —o intuyendo— que la evolución no conoce la palabra éxito, sólo, si acaso, el concepto “tiempo de vida media”. A nivel local, en el tiempo y en el espacio, la evolución selecciona a los más adaptados; pero a largo plazo, y en ausencia de cualquier noción de futuro, la evolución sólo puede funcionar si selecciona, en última instancia, la capacidad de evolucionar.

Hoy reconocemos que una buena parte de la sobrevivencia evolutiva del dolor de los sudafricanos se debe al hecho de que Mandela descubrió que un sufrimiento colectivo, cuando se arroga el derecho de hacer sufrir, deja de ser idea, se convierte en sensaciones, o en sentimientos, y empieza a perder su capacidad de adaptación.

Es por eso que la mayor parte de la grandeza de Mandela se debe a la actitud que asumió una vez declarado vencedor; a su decisión de dejar a un lado el rencor y la revancha, olvidar los agravios recibidos, tender su mano hacia el bando derrotado, apostarle a la democracia y ponerle todos sus esfuerzos en una Sudáfrica hecha de blancos y negros.

Me habría gustado ver una evolución similar en Orlando Zapata Tamayo; pero no pudo ser.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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3 respuestas a Dos dolores y un ay

  1. Victor Mozo dijo:

    Me has emocionado. Chapeau hermano!

  2. fguy dijo:

    César
    Feliz Navidad y un magnifico 2014.

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