El tonto y el Zar

Maduración

Pobre Maduro, lo podrían estar madurando a pellizcos y ni cuenta se da.

Dice y repite que los gringos lo quieren matar.

No alcanza a darse cuenta de que mientras más repita esa tontería más se acerca, solito, al golpe que podría derribarlo.

Está cometiendo el mismo error que cometieron muchos castristas antes que él: no vieron venir el trastazo.

Camilo Cienfuegos, Ernesto Che Guevara, Arnaldo Ochoa, Tony de la Guardia y José Abrante, entre otros, murieron sin ver venir la descarga que les partió la vida, o cuando la vieron ya era muy tarde.

Ahora le podría tocar el turno al pobre Nicolás.

Las escuelas que pasó en Cuba no alcanzaron a enseñarle que el castrismo le tiene una alergia mortal a los sobresaltos electorales.

Los Castro son demasiado asesinos, tienen demasiada información y dependen demasiado del petróleo venezolano como para permitir que el destino de su reino se decida en algo parecido a una democracia, por rumbera que sea.

Si Maduro tuviera un ápice de inteligencia se daría cuenta de que la única utilidad que él puede tener para el castrismo es como figura de transición, como mártir y como bandera, necesaria e imprescindible, de un implacable “proceso de radicalización”.

Las preguntas que Maduro debería hacerse —antes de ver asesinos de la CIA hasta en la sopa— son estas:

¿Cuán antiguas y profundas son las relaciones de Cilia Flores con La Habana?

¿Por qué Hugo Chávez, siguiendo las órdenes de Castro, lo eligió a él como sucesor y no a Diosdado Cabello, un hombre mejor preparado y más inteligente que él?

¿Si todo estaba amarrado para que él ganara las elecciones; si Ramiro Valdés y sus hombres ya habían garantizado que él saldría “presidente”; por qué hacerlo ganar por la mínima y no —como mandan las buenas reglas de la trampa— por una abrumadora mayoría?

¿Por qué hacerlo gobernar marcado por los estigmas de la trampa y la impopularidad cuando se sabe que la primera de esas manchas es bien tolerada por muchos latinoamericanos mientras que la segunda provoca un rechazo visceral?

¿Por qué Cuba, lejos de incrementar su ayuda a los programas sociales venezolanos —que son unas de las fuentes más importantes del populismo chavista y de la escasa popularidad de Maduro—, empieza a anunciar el envío de médicos a Brasil, a Ecuador y a la Conchinchina?

¿Por qué La Habana no parece estar preocupada por el deterioro de la situación venezolana; por la inflación, el desabastecimiento, la violencia, y por unos escándalos de narcotráfico que cada vez recuerdan más a aquellos que precedieron a la caída del General Noriega en Panamá?

¿Por qué La Habana insiste en controlar la seguridad personal del presidente de Venezuela y de su primera dama?

¿A quién favorecería más una muerte “heroica” y violenta de Nicolás Maduro?

¿A unos Estados Unidos que nunca, ni en los momentos más macondianos del chavismo, dejaron de recibir el petróleo venezolano y que ahora, de contra, se benefician con la extraordinaria fuga de capital financiero y humano que sufre Venezuela?

¿O a un Castrismo que aprovecharía inmediatamente para crear una nueva bandera, envolver en ella a una viudita implacable que se encargaría —con lágrimas de cocodrilo y dolor de telenovelas— de gritar consignas, culpar a los americanos, reprimir a la oposición y destruir, siguiendo los dictados de La Habana, los últimos vestigios de la ya maltrecha democracia venezolana?

Es muy probable que Maduro nunca se atreva a responder esas preguntas. Es posible, también, que logre sobrevivir sin tener que hacerlo; pero existe el riesgo de que tanta ceguera termine logrando que su amado Socialismo —lejos de ser el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo— se convierta, al menos para él, en el camino más largo entre dos Nicolás.

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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