Carcassés y la carcasa

1234081_570197746376236_579732677_n

La caricatura de Garrincha lo dice todo y vale más que mil palabras.

Robertico Carcassés —quizás sin proponérselo— le ha hecho sufrir a Fidel Castro una de sus más humillantes derrotas.

Que nadie se llame a engaño, el concierto organizado el pasado jueves —para recordar el decimoquinto aniversario del desmantelamiento de la Red Avispa— fue un concierto hecho por y para Fidel Castro.

Las razones de ese carnaval mediático podrían entenderse mejor si las ponemos en el contexto de un absurdo.

Imaginemos que en el año 1991 el dueño de los Chicago Bulls, después de la increíble suerte de haber encontrado a Michael Jordan y a Scottie Pipen, y después de millones de dólares gastados con la esperanza de llegar a la final, le hubiera ordenado a Phil Jackson que utilizara a sus jugadores estrellas para caerle a pelotazos a personas que desde las gradas se dedicaban a tirar octavillas y abuchear a los Bulls.

Imaginemos que Phil Jackson y sus jugadores estrellas, siguiendo el viejo principio de la obediencia debida, hubieran cumplido las órdenes impartidas y, lejos de intentar ganarle a los Detroit Pistons, se hubieran dedicado a tirarle pelotazos al público y a algunos de los jugadores contrarios. Es fácil imaginar que semejante decisión, además de sus implicaciones legales, habría generado un gran efecto desmoralizante en los implicados, en el resto del equipo y en toda la franquicia de los Chicago Bulls.

Bueno, algo así hizo Fidel Castro, en 1996,  cuando ordenó el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate y la aparición del espía Roque ante las cámaras de la Televisión Cubana. Esa decisión clasifica, fácilmente, como una de las grandes imbecilidades en la historia del espionaje, un error de tal magnitud que el castrismo  todavía lo está pagando, un exabrupto de la psicopática personalidad de Fidel Castro que tiró por el tragante años de trabajo de inteligencia, millones de dólares gastados y espías, como Ana Belén Montes, que otras agencias de espionaje habrían protegido a toda costa.

La Red Avispa, ya hoy sabemos, estaba condenada al desmantelamiento desde el día en que dos de sus agentes cubanos — Edgerton Ivor Levy y sus esposa— empezaron a trabajar para el FBI. Lo que la contrainteligencia estadounidense no pudo imaginar fue que Fidel Castro les daría, con su torpeza disfrazada de principios, dos regalos extraordinarios. Uno, un argumento de oro a la hora de lograr la cooperación de una buena parte la agentura desmantelada. El otro, la posibilidad de llegar hasta Ana Belén Montes.

Una de las cosas que más llama la atención de la Red Avispa es el alto nivel de cooperación que tuvieron sus agentes, una vez apresados, con las autoridades estadounidenses. Eso es algo muy raro si tomamos en cuenta que se trata de un grupo de personas altamente escogidas —muchas de ellas con una larga historia de incondicionalidad dentro de Cuba— y entrenadas, exhaustivamente, en la primera y más importante de todas las máximas del castrismo: el único que puede hablar sin ser un traidor es Fidel Castro.

A pesar de eso, un estimado conservador permite calcular que al menos diez de los quince detenidos terminaron hablando hasta por los codos —incluida, años después,  la propia Ana Belén Montes —. Esa es la pregunta que el castrismo le ha estado escondiendo a los cubanos desde hace mucho tiempo: ¿Cómo es posible que hombres y mujeres que fueron escogidos por su entereza, sus principios, su inteligencia y su incondicionalidad, hayan terminado hablando sin que mediara tortura alguna y a cambio de reducciones de condenas que harían morir de risa a cualquier revolucionario verdadero?

Una de las tantas repuestas a esa pregunta es que la mayoría de esos espía castristas eran, o son, profesionales, y como tales muy capaces de entender los argumentos de sus interrogadores del FBI. Argumentos disfrazados de informaciones dadas —de colega a colega— y que pueden haber sonado más o menos así: “Mira, si al jefe de ustedes no se le hubiera ocurrido la tontería esa de volar las avionetas es muy probable que ustedes estarían todavía trabajando. Pero lo hizo y a nosotros no nos quedó más remedio que empezar a investigar si eso fue una simple operación militar o una jugada de inteligencia. Para más al jefe de ustedes se le ocurrió montar ese show mediático con Mr. Roque, allá en La Habana, y a nosotros ya no nos quedó la más mínima duda de que todo había sido una operación de espionaje, dentro de nuestro territorio, para asesinar civiles. A partir de ahí nos vimos obligados a investigar a fondo. Los recursos fueron emplazados, los presupuestos aprobados y aquí están ustedes, pagando, en el mejor de los casos, por la torpeza de alguien que no es un profesional del giro, alguien que los sacrificó a ustedes para alcanzar objetivos políticos de una utilidad tan baja que demuestran, sin duda, un gran desprecio por el extraordinario trabajo que ustedes estaban haciendo”.

Con Ana Belén Montes también pudieron haber usado una aproximación similar, sobre todo si la pobre mujer fue la que permitió, con sus informaciones, salvar a los seis miembros de la Red Avispa que lograron escapar y que, por culpa de eso, terminaron “quemándola”.

Los detalles de estos asuntos son siempre muy difíciles de conocer. La mayor parte de las veces hacen falta décadas de historias y kilogramos de documentos desclasificados para tener una idea de lo sucedido. Una cosa, sin embargo, que salta a la vista es la responsabilidad de Fidel Castro en el destino de la Red Avispa, en la desmoralización de la mayor parte de sus miembros, y en el encarcelamiento de los famosos cinco (que ahora son cuatro).

La obsesión de Fidel Castro con la liberación de esos cuatro espías no es real ni es sincera. El destino de esas personas fue decidido, de una forma fría y calculada, hace ya muchos años, en alguna de las oficinas tapiadas de la Dirección General de Inteligencia. Si algo ha demostrado el líder del castrismo a lo largo de toda su vida política es su profunda incapacidad para sentir penas o remordimientos por el destino de sus peones. Fidel Castro sabe que sus payasadas mediáticas nunca van a lograr que esos espías sean liberados; Fidel Castro sabe que los sacrificó en el altar de su soberbia y que los que hablaron hicieron exactamente lo que haría cualquier persona inteligente.

El carnaval mediático creado alrededor de la liberación de los cuatro espías es una carcasa, una caja vacía, un andamio propagandístico erigido para darle circo al pueblo cubano, para realzar la imagen de Fidel Castro y, más importante aún, para hacerle creer al resto de los espías del castrismo, que andan regados por el mundo, que el máximo líder es capaz de ser leal a sus hombres.

En medio de ese circo —y durante el concierto hecho para recordar el decimoquinto aniversario de la detención de los espías— se subió al tablado Robertico Carcassés y, con unas cuantas oraciones y un estribillo, lo puso todo de cabeza.

A partir de ese momento los espías pasaron a tercer plano —siempre estuvieron en segundo— y el concierto se convirtió en la increíble noche, casi mágica, en la que alguien dijo, frente a millones de espectadores, que quiere elegir al presidente por voto directo, que todos los cubanos deben ser iguales, que Cuba está auto-bloqueada y que ya va siendo hora de legalizar la Marihuana.

De todos los reclamos de Robertico Carcassés el que más me llama la atención es el de la Marihuana. Me parece una intuición genial. Me suena a un consejo práctico que, por suerte, tiene todas las probabilidades de caer en oídos sordos. Es como si un joven lleno de vida y  talento le dijera a un anciano moribundo: Oye, temba, déjate de concierticos, de represión y de meter en la cárcel al señor Alan Gross. Si de verdad quieres liberar a tus cúmbilas, si eso es en serio, entonces lo que tienes que hacer es legalizar a María. Di que detrás viene el Perico —que era sordo— y tú vas a ver lo que pasa. Hazlo y vas a ver como los Yumas se sientan a negociar y te dan los cuatro mi gato a las dos mi reloj.

Es una suerte que Fidel Castro prefiera comer Moringa.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Cuba. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Carcassés y la carcasa

  1. Family guy dijo:

    jaja, bien brother, gracias siempre

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s