De géneros y degenerados

Memorial

El 11 de septiembre es una fecha que asocio con radios y televisores.

En 1973 recuerdo a la familia y a algunas amistades reunidas alrededor de un radiecito de pilas. Había apagón en La Habana y allá en Santiago de Chile se abrían y cerraban las grandes alamedas.

El aparatico estaba en el centro de la mesa del comedor, el quinqué también. La luz alumbraba las caras de unos adultos que miraban hacia la bocina como si de sus miradas dependiera el destino de Allende.

Yo entendía un carajo de todo aquello. Los locutores mezclaban consignas con fragmentos de noticias. En la tertulia se hablaba de “armas para el pueblo”, del “camino democrático hacia el socialismo”, de “condiciones objetivas” y de la grandeza de los perdedores.

Las mujeres comentaban que las botellas de vino chileno iban a desaparecer y las onzas arroz, o café, nunca serían devueltas.

Pasaron las horas y las discusiones se redujeron al hecho brutal de una inmolación. Los hombres que sí y las mujeres que no. Me fui a dormir. Desperté a la mañana siguiente con la noticia de que el pueblo chileno aplastaría al fascismo.  Allende estaba muerto.

28 años después, en el 2001, me levanté bien temprano. Quería escribir una historia sin géneros. Se me había ocurrido, en el colmo de la novatada, que era posible emanciparse de la esclavitud del ella y del él. Era una historia en la que el cortejo, la seducción y el clímax se alcanzarían sin que el lector pudiera saber, esperaba yo, si se trataba de dos ellas, dos él, o uno de cada bando.

Sonó el teléfono, mi amigo David Álvarez me dijo “oye, enciende el televisor” y colgó. Encendí el aparato y vi las imágenes repetidas del primer impacto. No tuve la más mínima duda. Sólo tuve la esperanza de estar equivocado. Unos minutos después llegaron las imágenes del segundo impacto. El mundo había cambiado.

Era, también, un aparatico. Era un televisor tan pequeño que lo llamábamos el osciloscopio. Ahí estuve, durante horas, sentado en el piso frente a una pantallita con imágenes que, por una razón inexplicable, me parecían impúdicas.

Vi, en tiempo real, columnas de humo negro, bomberos y policías, siluetas de gente tras los cristales y seres humanos cayendo como gotas desde mi barbilla.

Ahí estuve, hasta que aquellas dos moles de concreto vivo se desplomaron como nos desplomamos nosotros cuando nos dan por dentro.

No pude regresar a mi historia sin géneros.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Cuba. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a De géneros y degenerados

  1. Isbel dijo:

    Yo estaba en La Habana. Recuerdo haber visto en vivo por el satélite cuando el segundo avion se impacto. Constantemente retransmitian las imagenes. Tienes razon cuando dices que habia algo profundamente impudico en aquella forma de hacernos asistir pasivamente al desastre, a lo irremediable. Este post lo escribi cuando se cumplio el décimo aniversario del siniestro. Increible como hay cosas y momentos que recordaremos por siempre nitidamente. Aqui te lo dejo, por si te animas: http://chez-isabella.blogspot.ca/2011/09/10-anos-del-11-de-septiembre.html
    De tus experimentos con los géneros en la literatura… jejeje! No digo nada. Conozco tus ganas de innovar. Abrazo.

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