Sinhueso

cesar_beltran.10.tongue

Es de esas cosas que uno sabe que le van a pasar.

Premonición es la palabra.

Digamos que tengo suerte para vivir esos murmullos que corren por las calles.

Veo a esos tres tipos venir y sé que voy a chocar con una de esas bolas.

Lo sé por la forma en que caminan.

Llevan pasos de hombres con misión.

Vienen decididos a encontrarme.

A mi derecha, el rumor del mar, a la izquierda, el zumbido de los carros que pasan por la avenida,… y ellos, al frente.

Están a veinte metros y cubren la acera.

Quince.

Diez.

Cinco.

Intento una de esas sonrisas de “están en un error”.

Me sale una mueca.

El que va por el medio de la acera se detiene frente a mí, indica con la mano hacia la calle y me ordena:

— Dale.

En el contén se detiene un carro.

Los otros dos me agarran por los brazos y me conducen hacia la puerta abierta.

Me dejo llevar.

Son profesionales.

Son cinco.

Hay tres en la acera y dos en el carro: el chofer y uno que está en el asiento de atrás.

Me empujan, agacho la cabeza, entro y quedo sentado entre dos.

El quinto se queda fuera del carro, cierra la puerta y se va caminando muy tranquilo.

El que me dijo “dale” se sienta al lado del chofer, le da la  espalda al parabrisas, me mira sin verme y ordena:

— Abre la boca.

Miro con ojos desorbitados y pasan a la acción.

La punta de un bastón me golpea en la boca del estómago.

Abro la otra boca y aprovechan para poner una pieza metálica que me impide cerrarla.

Después es un anzuelo clavado en la lengua y una explicación:

— Voy a jalar, tú decides, la sacas o te la abro en dos.

Mick Jagger me habría envidiado.

El chofer maneja a alta velocidad mientras los otros estudian mi lengua.

— ¡Arghhh!

— Cojones.

— Coño.

— Mierda.

El del Arghhh soy yo.

Siento en el anzuelo la frustración de mis captores.

Sacan una linternita y parpadeo más.

El chofer pregunta:

— ¿Tiene pelos?

 Responde un coro:

— ¡Con cojones!

Igual me registran.

Me arrancan pelos por todo el cuerpo y los comparan con los de mi lengua.

El que está sentado a mi izquierda propone:

— Oye, cortamos, afeitamos y entregamos, que así más nunca vamos a cumplir la meta.

El de la derecha corrige:

— No, es más fácil afeitar y después cortar.

El jefe da por terminadas las propuestas:

— No coman mierda, miren esos folículos.

Son profesionales.

Cortan la punta del azuelo.

Sacan el gancho.

El carro se detiene.

El de la derecha abre la puerta, sale, me deja salir y vuelve a entrar.

Baja la ventanilla sin apuro, sonríe despectivo y me emplaza:

— Di algo, comemierda.

Quiero desearles buena suerte, pero temo ser malinterpretado.

Parten con un chirrido de gomas.

Me dejaron cerca de casa.

Eso, profesionales.

Camino.

Llego.

Abro la puerta.

Entro.

Enciendo el ordenador y me siento a escribir con estos dedos gordos y peludos.

Afuera la ciudad murmura.

 

 

Imagen: Tongue, por César Beltrán

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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