Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo XVI-Final)

Maquiavelo-Geandy

Coño Nicolás, te quedaste dormido.

Eso en mis buenos tiempos se resolvía con una preguntica: ¿Te duele la cabeza?

Con lo poco que falta por contar.

Tú lo dijiste hace tiempo, la gente juzga más con los ojos que con la inteligencia, porque casi todos pueden ver, pero pocos son capaces de comprender lo que ven.

Una verdad como un templo esa frase tuya.

Para demostrarlo ahí estuvo el punto cimero de aquellos esfuerzos: la presentación ante el mundo del culpable de la muerte de nuestros dos opositores. CAT1, bien limpio y bien cuidado, sin un rasguño y sin el más mínimo impedimento al hablar. Calmado y seguro mientras explicaba que él era el culpable del lamentable accidente en el que habían perdido la vida sus dos amigos y del que ellos, los extranjeros, habían salido, gracias a Dios, la providencia, el destino y la suerte, absolutamente ilesos.

Una belleza ese acto de contrición; pero un hecho perfecto si consideramos  que al lado de CAT1, sentado en la misma mesa, casi codo con codo, estaba nuestro Octavito. El hijo de aquel Octavo que un día estuve a punto de fusilar. Ahí, sentado y sin decir ni esta boca es mía. Mostrándose ante el mundo de una forma que todos los videntes podían ver, pero pocos podían explicar. ¿Qué sentido tenía mostrar a un tipo que siempre había trabajado en las sombras, al hijo de un mártir y al antiguo jefe de la red de espías más importante que habíamos tenido? ¿Qué sentido tenía  poner al lado de CAT1, no ya a Octavito, sino a cualquier otro? Bastaba y sobraba para que nuestro prisionero se sentara a esa mesa y entonara su mea culpa sin moscones alrededor, mucho menos con uno de ese calibre.

La razón de esa presencia, la explicación de esa supuesta incongruencia está en el código invisible de los Condotieros. Ese era el mensaje que Octavito estaba pasando. Esto, queridos Condotieros del imperio, lo hice yo. Al opositor ese que ustedes admiraban tanto y decían proteger lo maté yo, pero lo hice de una forma tan elegante y discreta, tan profesional que ahora, para que ustedes entiendan que lo hice yo, no me queda más remedio que sentarme aquí, sin decir ni pío, mientras el comemierda  este repite el guion que ya tiene ensayado. Chúpense esa queridos colegas, chúpensela bien y miren a ver si pueden averiguar cómo hice para hacerlo, gasten sus enormes recursos, rómpanse su cabecitas y después, si pueden, canten jugada.

Ese era el punto final en el discurso silente de Octavito: la imposibilidad de cantar jugada. Podían romperse la cabeza los Condotieros del imperio intentando averiguar cómo habíamos hecho; pero en cuanto lograran imaginarlo, ahí mismo tendrían que parar. A menos que los CAT decidieran auto-inculparse, cosa muy poco probable que, además, nosotros podríamos contrarrestar con los videos que teníamos de ellos explicando —hasta la saciedad— cómo habían sido sus respectivos trabajos con los Condotieros del imperio. Fuera de eso, ¿qué posibilidades tenían? Si hacían una acusación formal probablemente terminarían pagando una fuerte suma por difamación. Si les daba por deslizar la hipótesis en alguno de sus medios de propaganda, bajo la firma de algunos de los escritores de su nómina, se estarían arriesgando a otra demanda y, claro está, a una campaña de nuestros medios acusando a ese escritor de ser agente nuestro y de estar manchando, con la duda y la calumnia, la imagen de dos jóvenes cuyo único delito había sido ayudar en la lucha contra la tiranía. Lo único que les quedaría, entonces, sería la posibilidad, extraordinariamente remota, de que alguien sin el más mínimo vínculo con ellos, un don nadie, digamos, se diera cuenta de la jugada y decidiera cantarla. Nada para quitarnos el sueño.

CAT1 hablaba y hablaba mientras Octavito, en silencio, disfrutaba su momento de gloria ajena sin saber que él y los AB ya estaban condenados a muerte también. Una lástima que no pude presenciar ese capítulo de nuestra gloriosa historia. Nada disfruto más, Nicolás, que ver a un hombre morir como un hombre; y sin son dos, o tres, pues mejor. Te digo esto porque tengo que reconocer que disfruté mucho la muerte de aquellos dos opositores.

Al acompañante, que era un muchacho joven y fuerte, lo dejamos desangrarse poco a poco. Contamos las gotas que iba perdiendo en silencio y sin pedir clemencia hasta que supimos que era tanta la sangre perdida que ya nada podría salvarlo, entones paramos la hemorragia. Se fue de aquel mundo sin una súplica, sin un rencor.

Con el otro opositor Octavito cometió el error de desbocarse en un discurso que yo nunca ordené y siempre le dije que era mejor evitar. Pero se desbocó el muy cretino con el discurso de la suerte, con la arenga esa de ustedes creían que iban a escapar ilesos, y se lo dijimos y se lo dijimos, pero ustedes se hicieron los sordos, porque como todos los mercenarios del imperio, se sentían protegidos, pero eso se acabó, eso se va a acabar ahora mismo y ustedes nunca van a saber que nunca pasó nada; porque aquí todo es nuestro, hasta la suerte de ustedes, aquí nadie puede venir a decirnos lo que hicimos o dejamos de hacer, este es nuestro reino y aquí hasta los pájaros cantan como a nosotros nos sale de los cojones, aquí…

Octavito desbocado. Hablando y hablando hasta que perdió el aliento y sucedió lo que le advertí que podía ocurrir y era mejor evitar. Tuvo que hacer una pausa para coger aire y terminar su diatriba antes de levantar el hierro que habíamos diseñado con las medidas exactas. El objeto con el que él tendría que golpear a nuestro enemigo en un sitio preciso del cráneo. Una localización que después nos iba a servir para que nuestros peritos, con todo el rigor de los buenos profesionales, pudieran dictaminar y decir que las marcas dejadas por  la lesión mortal coincidían perfectamente con la medida del cabestrante del coche contra el que había impactado, desgraciadamente, la cabeza del primero de los dos opositores que habían perecido en el accidente.

Una pausa muy larga que le permitió a nuestro enemigo echar su última pelea antes de morir; un titubeo que alcanzó para que ese tipo, lleno de paz, mirara a Octavito a los ojos, y sin pestañear le dijera: yo te perdono.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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3 respuestas a Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo XVI-Final)

  1. Family guy dijo:

    no hay manera que encuentre el mea culpa completo de carromero, eso me pasa por no prestar atencion en su momento. Un abrazo brother, saludos

    • Peter, la declaración de ese muchacho cuando estaba en Cuba no tiene ningún valor legal. Es información que cualquier persona medianamente justa rechazaría (por haber sido obtenida bajo coacción). Para lo único que sirve esa declaración es para recordarnos cuan poco hemos avanzado desde los tiempos de la Santa Inquisición.

      • Family guy dijo:

        Claro, claro Cesar, si entendi bien el texto, me gustaria echarle un vistazo al que acompañaba a Carromero en la declaracion. saludos

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