Mirar en la mira

Tara_Krebs_Transmissible

Hace poco escribí un post sobre esa absurda costumbre de ir por la vida pensando que todo el mundo es un castrista.

En ese post propuse, a ojo de buen cubero, un grupo de criterios básicos que pueden ser utilizados a la hora de saber si alguien —o algo— se inclina al castrismo.

Esos criterios los resumí con el acrónimo MIRA, porque un castrista es, creo, una persona que Miente, Insulta, Roba o Asesina para defender a los hermanos Castro.

La semana pasada el sitio web Diario de Cuba publicó un texto que enseguida me puso a pensar en esos criterios.

Antes de continuar, dos aclaraciones.

La primera es señalar un hecho que por mucho que pueda molestarme no deja de ser incontrovertible: El castrismo forma parte de la realidad cubana y estará presente en esa realidad por un largo tiempo.

Todavía hoy quedan polpotianos en Kampuchea, fascistas en Alemania, estalinistas en Rusia, franquistas en España y dominicanos que celebran cada año el nacimiento de Chapitas Trujillo. Basta recordar eso para reconocer que el castrismo será parte de nuestra realidad por un largo tiempo.

Carece de sentido, por tanto, molestarse o acusar a un sitio web de ser castrista por el simple hecho de publicar un texto que nos parezca que defiende a los Castro. Eso es algo con lo que tendremos que aprender a vivir, aunque sea como una prueba infalible de la robustez del exilio cubano a la hora de intercambiar ideas.

La segunda aclaración es que existe la posibilidad teórica de que un texto sea castrista sin que su autor lo sea o, incluso, sin que tenga conciencia de serlo. De hecho, hay escritores en el exilio que se consideran furibundamente anticastristas y a pesar de eso escriben, a cada rato, unos textos que bien podrían ser firmados por cualquiera de los hermanos Castro.

Una gran ventaja que nos ofrece esta última aclaración es que podemos ocuparnos de esos textos haciendo caso omiso al nombre de las personas que los firman o a los motivos que pudieron estar detrás de sus escrituras. Ayuda mucho, desde el punto de vista racional, aproximarse a un discurso sin preguntarnos si fue escrito por muchas ratas caminando sobre un teclado infinito, o por un colectivo de autores.

El texto al que aquí me refiero esconde —entre las circunvoluciones de una anécdota innecesaria y un cinismo pueblerino— una sarta de insultos dignos de la mejor tradición castrista. Así, como quien no quiere las cosas, la  muerte de Oswaldo Payá ha generado una “alharaca” que en estos días ha sido “azuzada” por las últimas declaraciones de Carromero. La opinión de Yoani Sánchaz sobre la muerte de Payá es “extraña” y el afecto de los amigos y seguidores del fallecido es “desbordado”. Los blogueros cubanos son “parlanchines”, el Proyecto Varela se “hundió” y Carromero miente ahora, cuando habla sin coacción, y tuvo que haber dicho la verdad cuando estuvo en las mazmorras castristas.

Mejor ni el DOR, con su vieja tradición de encontrar adjetivos que flexionan hacia la virilidad del líder, y palabras con connotaciones negativas a la hora de referirse a esos que osan enfrentársele. Para más el texto alaba, de una forma muy cautelosa —demasiado tímida, diría yo, para el gusto del tirano—, la figura de Fidel Castro. En un momento se refiere al mismo como “inimitable”, un adjetivo que, bien se sabe, flexiona como “grande”.

¿Cómo un mal imitador puede ser inimitable? Eso es algo que sólo los castristas, tan acostumbrados como están a opinar en ausencia del derecho a réplica, pueden decir sin enrojecer. Fidel Castro es un mal imitador del caudillismo latinoamericano, del culto estalinista a la personalidad, del uso de los medios que inventó Mussolini, de la gritería hitleriana y del populismo peronista. No hay un ápice de originalidad en el pobre guajiro de Birán; ni sus desprecios para con los más débiles se comparan con el de Stalin preguntando cuántas divisiones tiene el Vaticano, o el de un alemán buscando a Cuba en un mapa y tapándola con un dedo; pero sus defensores, con tal de hacerle regalitos de cumpleaños, se agarran de cualquier cosa.

Para más regalos, el texto se extiende y defiende la oportuna idea de que el castrismo nada tuvo que ver con la muerte de Oswaldo Payá y Harold Cepero. Las palabras que usa para sustentar ese plante —me cuesta trabajo llamarlas razones—pueden ser resumidas en tres sentencias:

  1. Oswaldo Payá y Harold Cepero no eran, al momento de su muerte, opositores tan importantes como para ser asesinados.
  2. Los hermanos Castro son seres racionales que nunca estarían dispuestos a pagar el alto costo político de asesinar a opositores de tan poca importancia.
  3. Los verdaderos asesinos de Payá y Cepero son los cubanos.

Empecemos por el intento de minimización —ninguneo— de la figura de Oswaldo Payá.

Antes de hacerlo es importante recordar que las tiranías perfectas son esas que logran hacernos pensar que sólo pueden ser derrocadas por opositores perfectos. Ese ideal de opositor perfecto se construye a partir de la imagen del propio tirano a derrocar; una imagen que, para mayor ironía, no utiliza como referencia al tirano en sí, sino al mito que este logra construir durante su reinado; un mito que, ya sabemos, ha sido expurgado de todo indicio de imperfección y carece, por tanto, de todo indicio de humanidad.  En ese sentido, como en muchos otros, el castrismo no ha sido original.

Así las cosas, los opositores perfectos al castrismo, según los castristas, deben ser personas muy populares, pero sin la revista Bohemia o las bombas en los cines; deben autofinanciarse, pero sin propiedad privada o ley de partidos políticos; deben ser antiamericanos, pero no anti-soviéticos; deben enfrentarse al tirano a pecho descubierto, pero sin garantías legales y con Villa Marista y Cien y Aldabó esperando por ellos; deben ser viriles, pero apestosos; misóginos, pero mujeriegos; buenos padres, pero raptar a sus hijos; buenos amigos, pero fusilar amistades; verticales, pero incoherentes y memoriosos, pero imbéciles.

Si una grandeza tiene la figura de Oswaldo Payá es que logró romper con ese absurdo arquetipo del líder psicopático. Al hacerlo le devolvió al concepto de figura política su carácter humano, su ideal de servidor público, su vulnerabilidad inevitable, su esencia de trabajo paciente y su capacidad para entender al pueblo y respetarlo. Contra la imagen de Oswaldo Payá los hermanos Castro lucen exactamente como lo que son: dos ratas de alcantarilla. Nada más que por eso habrían estado dispuestos a matarlo más de cien veces.

Pero Payá fue mucho más que eso. Su Proyecto Varela, por mucho que se le intente minimizar ahora, fue una verdadera pesadilla para el régimen. Por primera y última vez alguien logró utilizar las propias leyes amañadas de la tiranía para lograr un grupo de objetivos políticos que el bruto de Fidel Castro no pudo predecir, en 1976, cuando escribió su simulacro de Constitución.

El Proyecto Varela demostró que varias décadas después de lavado de cerebro y represión todavía existían en Cuba miles de personas dispuestas a expresar abierta y pacíficamente su desacuerdo con el sistema. Todos esos firmantes se convirtieron, a su vez, en un núcleo de atracción para muchos —incluidos militares y militantes— que por primera vez vieron una salida a la vieja dicotomía castrista de “estar contra mí es ser pro-norteamericano”.

En la arena internacional Oswaldo Payá logró demostrar de forma objetiva e incontestable el carácter simbólico de las mal llamadas leyes cubanas y la esencia tiránica del régimen. Todo eso, sumado a una calma y a una decencia sin límites, lo convertían en una figura a considerar en caso de que algún día la comunidad internacional se decidiera a sacar a Cuba del marasmo en que vive. Todo eso, sumado al hecho de la muerte anunciada de Fidel Castro, lo condenaba a morir mil veces.

Estas razones de la grandeza de Payá —y de la necesidad del Castrismo de eliminarlo físicamente— pueden ser declaradas como “subjetivas” y rechazadas por cualquier castrista medianamente cínico y mentiroso; pero existe, por suerte, otra aproximación que resulta mucho más objetiva.

Durante su largo reinado Fidel Castro nunca ha dejado pasar la oportunidad de contabilizar hasta el último centavo que perdió en sus arcas por cada una de las agresiones, reales o imaginadas, que él se complace en endilgarle a sus enemigos políticos. En su larga carrera de victimario disfrazado de víctima el tirano de la Habana siempre se ha encargado de convertir su supuesto dolor en cifras contabilizadas hasta el último centavo. Resulta llamativo que a la hora de analizar la figura del Oswaldo Payá los voceros del castrismo eviten ese tipo de análisis.

¿Cuánto le costó el Proyecto Varela no ya en capital político —siempre subjetivo— sino en capital real al castrismo? ¿Cuánto costaron todas esas marchas y movilizaciones convocadas para declarar el socialismo “irreversible”? ¿Cuánto cuestan las sesiones extraordinarias de la Asamblea Nacional? ¿Cuál es el costo de un “referendo popular”? ¿Cuánto perdió la economía cubana durante esos días que estuvo paralizada para obligar a todo el mundo a ir a firmar el famoso “referendo”? ¿Cuánto hay que pagar por todos esos esbirros apostados en las esquinas, por las escuchas telefónicas y por los carros que persiguen y acosan? ¿Cuál es el salario o las dadivas que reciben todos esos que escriben dentro y fuera de Cuba para mentir e insultar cuando de Oswaldo Payá se trata? ¿Cuántos millones dejaron de entrar en las arcas castristas por culpa del cambio de la posición común de la Unión Europea?

Oswaldo Payá, sin disparar un tiro ni poner una bomba fue, con toda probabilidad, mucho más costoso al castrismo que tiendas y cañaverales hechos cenizas, que fábricas saboteadas, autobuses quemados o barcos hundidos. El Proyecto Varela fue, en dólares y centavos, más costoso para los hermanos Castro que muchos de esos huracanes de mediana intensidad que ellos siempre han usado para pedir a gritos ayuda internacional. Ahora resulta, por obra y gracia de un texto castrista, que nada de eso cuenta y que el líder del Movimiento Cristiano de Liberación no era tan importante.

Asumamos que Oswaldo Payá no fue tan importante y ocupémonos entonces de la racionalidad de los hermanos Castro.

Recordemos un Remolcador lleno de mujeres y niños que fue hundido, siguiendo las órdenes de Fidel Castro, sin razón alguna y pagando un enorme precio político, por los esbirros de la tiranía.

Hablemos de tres jóvenes que intentaron secuestrar un bote a punta de cuchillo. Unos muchachos que nunca mataron a nadie y a  pesar de eso, y del enorme costo político a pagar, fueron condenados a muerte. Sus verdaderas culpas: haberse atrevido, durante las negociaciones, a tratar a Fidel Castro como un simple mortal.

Esos hechos sobran para recordar algo que la prensa castrista y sus colectivos de autores han intentado esconder durante mucho tiempo: las sinrazones de los asesinatos de estado en Cuba pasan más por la personalidad psicopática de Fidel Castro que por cualquier otra cosa.

Las mentiras que los voceros del castrismo utilizan para presentar a su venerado líder como una personalidad normal no pasan de ser —cuando se contrastan con la cruda realidad de los hechos— intentos fallidos y patéticos; pujos que de no ser por la abusiva violencia que justifican moverían a una risa interminable.

Una risa que se convierte en mueca cuando esos defensores del castrismo se quitan la careta para decir, ya en la cima de su cinismo, que los verdaderos asesinos de Oswaldo Payá son los cubanos. Un argumento que mueve al asco y al silencio cuando recordamos que ya ha sido utilizado —por neofascistas, antisemitas y fundamentalistas— para decir que una buena parte de la culpa del holocausto la tuvieron los judíos por sus actitudes pasivas dentro de los campos de concentración.

Hay que ser…

Imagen: Transmissible, by Tara Krebs

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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7 respuestas a Mirar en la mira

  1. Leonardo Soto dijo:

    BRAVO BRO.
    Diste en el clavo

  2. Felix Antonio Rojas G. dijo:

    César, que placer me da leer tus textos inteligentes, pero sobre todo por la gran verdad que llevan, explícitos y categóricos…

  3. Felix Antonio Rojas G. dijo:

    César,master, de pie y aplaudiendo : genial,magnífico,formidable..brutal.

  4. Dave Freeman dijo:

    Cesar mil por ciento de acuerdo. Una sola sugerencia escribe mas frecuente, tus analisis se echan de menos. Son real politick. Gracias. Dave Freeman.

  5. luis dijo:

    que buen blog, que buen articulo.

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