Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo XV)

Maquiavelo-Geandy

El segundo acto empieza con Octavito enseñándole un álbum de fotos al dormilón. Imágenes de CAT2 fotografiado con la crema y nata de la derecha europea. En cada foto, de eso se encargaron los AB con mucho cuidado, se ve la cara de algún condotiero del imperio, o de alguien que trabaja de forma pública y notoria para ellos. No había tiempo que perder.

Tú, le dice Octavito, eres un agente del imperio, te reclutaron en tal fecha, trabajaste para este, para este otro y para este también y en tales y mas cuales operaciones, hasta que te dieron la misión de venir a nuestro país y preparar la muerte de un opositor famoso como si lo hubiéramos ejecutado nosotros. Lo que está en juego aquí no es mi carrera, mi vida o la tuya, lo que está en juego es el destino de una revolución por la que han dado su vida —y todavía están dispuesta a darla— más hombres y mujeres que los que tú puedas imaginar. Frente a ese destino resulta verdaderamente insignificante que yo te vuele los sesos ahora mismo.

Así que esto es lo que vamos  a hacer: Tú me firmas una confesión en toda regla, te sientas delante de una cámara y cuentas todo desde el principio, con fechas, lugares, y con los nombres de cada uno de los implicados. Una vez hecho eso te presentamos al público y a los funcionarios de tu cancillería, para que digas que ibas dormido y no te acuerdas de nada. Si se te ocurre cambiar de opinión, después que te dejemos ir, vamos a publicar tus confesiones, tu cómplice va a morir en la cárcel donde vamos a guardarlo, y te vamos a encontrar donde quiera que te metas. Tienes dos minutos para firmarme esa confesión, y las horas que necesites para aprendértela mejor que el nombre que te puso tu madre. Cuando estés listo me avisas.

Y así fue Nicolás, de golpe de remo en golpe de remo la góndola se fue deslizando por el canal que habíamos construido. Te aclaro que estoy siendo generoso con la enorme cantidad de detalles, extraordinariamente complejos, que estoy obviando para evitarte el aburrimiento. Hay dos momentos climáticos, sin embargo, que no me atrevería a esconderte. El primero fue una improvisación necesaria. Resulta que las cosas iban bien, CAT2 había firmado su confesión y la había actuado para nuestras cámaras con un extraordinario nivel de credibilidad. CAT1, por su lado, ya estaba listo para declarar ante el mundo que todo había sido un simple accidente y el único culpable era él. Todo iba bien porque, según lo planeado, el hombre de los AB había hecho un trabajo impecable convenciendo a los CAT que ellos estaban fuera de toda duda; y que la barbaridad que había sucedido era consecuencia de las ambiciones personales de alguien y de esa falta de control y coordinación que siempre ocurre alrededor de todas la transiciones.

Todo iba bien, pero yo miraba las imágenes de los interrogatorios y sentía que algo faltaba, algo que nos permitiera cerrar con broche de oro. Era como una incomodidad en el cuerpo, una molestia de guisante bajo el colchón. Hasta que me di cuenta de cuál era el problema. Yo tenía que dar la cara. Así es que mande a que me trajeran a los CAT, los senté frente a mí, les pedí disculpas y me autocritiqué.

Tendrías que haberme visto Nicolás. Tendrías que haber visto la cara de esos muchachos. Yo, el líder de la revolución mundial, el hombre y el nombre por el que ellos habían decidido tocar a la puerta de nuestras embajadas, sentado ahí, delante de ellos, pidiendo disculpas y dando explicaciones. Esas muertes, absurdas e innecesarias, les dije, parece que las ordené yo.

El verbo, Nicolás, es parecer, no ordenar. Parece, digo, porque aunque a mí nunca se me habría ocurrido ordenarlas, sí tengo que reconocer que son consecuencia del celo que siempre he puesto en la defensa de nuestra revolución. Por eso tengo que autocriticarme, porque en el momento más importante de nuestra historia, en el momento del traspaso de las banderas de una generación de revolucionarios a otra, se me ocurrió redoblar el celo en la defensa de nuestros sagrados principios. Y eso trajo esas muertes, repito, absurdas e innecesarias.

Ya eran míos. Ya los tenía, pero nadie tiene lo que no está dispuesto a perder. Así es que seguí. Esa responsabilidad mía no implicaba, para nada, que se dejara de hacer justicia. El compañero que había decidido y ejecutado esas muertes, excediéndose en el ejercicio de sus responsabilidades, pagaría por lo que había hecho. Iba a pagar sin que la justicia revolucionaria se detuviera ante ninguna de las circunstancias atenuantes que sabíamos que existían; porque se trataba del hijo de uno de nuestros mártires, de un niño que creció sin padre por culpa del imperio, y que ya después, de adulto, vio a decenas de sus compañeros caer en la garras de nuestros enemigos. Ninguna de esas circunstancias lo salvaría de enfrentar las consecuencias de sus actos. Lo único que quedaba por decidir, con respecto a la suerte de ese compañero, era el cuándo; porque en eso las revoluciones siempre han tenido que ser muy cuidadosas. Pero en este caso ya estaba decido que ese cuando sería una decisión de ellos, de los CAT. Era lo menos que podíamos hacer después de todo lo que habían sufrido en nuestro país.

Tendrías que haber visto, Nicolás, como me miraban cuando les dije que, una vez cumplidas las formalidades necesarias, ellos regresarían a sus respectivos países, y regresarían con la sugerencia, la petición o la orden nuestra, absolutamente nuestra, de denunciar lo que había sucedido. De decir exactamente lo que sucedió, sin detenerse en miras para decir que todas sus versiones anteriores ellos las habían dicho para salvar sus vidas. Esa era la última tarea que nos atrevíamos a encomendarles, y tenían absoluta libertad para decidir cuál era el mejor momento para ejecutarla. Si decidían hacerlo de inmediato, al llegar a sus países, les estaríamos eternamente agradecidos, fuera cual fuera el precio que tuviéramos que pagar. Si decidían esperar a que la transición ya hubiera ocurrido, y la revolución estuviera más fortalecida, se lo agradeceríamos también; pero ellos tenían un solo compromiso, y era el de decir la verdad. Eso era lo menos que podíamos hacer por la imagen de nuestra revolución y por los familiares de un hombre que, a pesar de sus ideas y sus posiciones contrarrevolucionarias, nunca había dejado de ser un excelente padre, esposo, y amigo.

Tendrías que haber visto cómo se fueron. Si en ese momento les hubiera pedido un hígado ahí mismo se habrían abierto las panzas para darme los suyos.

Así fue, salieron los CAT en trance y entraron los AB con admiración mal contenida.

Ya estaba todo listo para el punto culminante de una operación que, en ese momento nos dimos cuenta, que no tenía nombre. Lo nuestro, compañeros —les dije—, lo nuestro no tiene nombre.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

Para comprar el libro

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Ficciones. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s